LA CONDENA - Episodio 1: Elisa
Hoy, sin embargo, notó algo distinto. A escasos metros, sentada en la mesa de enfrente, una chica de penetrantes ojos verdes y una pálida piel cubierta casi por completo de tatuajes la observaba con inquietante serenidad. No sonreía, pero tampoco parecía hostil. Tenía el pelo rapado al dos y teñido de un rubio casi blanco, y sostenía su tenedor como si pesara más de lo normal. Elisa fingió no haberse dado cuenta y apartó la mirada, fingiendo estudiar de nuevo el repulsivo contenido de su bandeja.
No le gustaba sentirse observada. Necesitaba contacto, una voz amable a la que asirse, alguien en quien confiar, pero no podía evitar sentir pánico ante la posibilidad de entablar una conversación con alguien.
Elisa apartó un trozo de patata con el tenedor, sin intención de llevárselo a la boca. Por el rabillo del ojo, la mirada de la chica de los tatuajes seguía allí. Y aunque su expresión no le resultaba amenazante, había en ella algo insondable, una especie de calma que se gana a base de duras batallas. Parecía mirar con la parsimonia de a quien le sobra confianza, algo que Elisa aún no poseía.
Era absurdo, pero por un momento pensó en las sábanas de hilo blanco de su cama, la luz cálida de su habitación, en la taza de café que solía preparar cada mañana, dejándola despedir vapor sobre la encimera de mármol. Ahora parecía estar recordando la vida de otra persona.
Un pequeño temblor burbujeante en el estómago —quizás hambre, quizás miedo— la obligó por fin a probar la comida. No supo a qué sabía. Sólo notó que la chica de pelo oxigenado ya no estaba. Y eso, por algún motivo, la inquietó aún más. Elisa buscó con la mirada, casi con desesperación, como una niña pequeña a la que acaban de soltar la mano. De pronto, un movimiento furtivo a su lado, como el de un fantasma, era la chica de los tatuajes, que se había sentado a su lado con un movimiento ágil. Elisa la observó con sus enormes ojos color miel abiertos de par en par, pero no fue capaz de decir nada.
- Eres la diputada, ¿no?
- Con... concejala. - alcanzó a decir con la voz temblorosa.
- Eeeso, la concejala, Elisa Ramírez, ¿verdad? Yo soy Kiara.
Elisa se desinfló en un suspiro de alivio cuando atisbó por primera vez una sonrisa amable en el rostro de su interlocutora. De cerca, vio sus facciones. Además de sus ojos verdes, Kiara tenía una piel pálida y los pómulos adornados con dos constelaciones de diminutos lunares que se conectaban a través del puente de su nariz. La mandíbula puntiaguda, un holluelo en la barbilla y una sonrisa de labios finos y dientes perfectamente alineados. A partir del cuello y hasta donde el basto uniforme beige de presidiaria dejaba ver, la piel de Kiara estaba cubierta de tatuajes, negros como el carboncillo.
- No te preocupes, es normal que estés acojonada, yo estaba igual que tú cuando entré.
- ¿Cuánto llevas aquí dentro? - Le preguntó Elisa.
- Cuatro años, me queda un año y medio para largarme de aquí.
Elisa no supo qué más decir. Aquella chica le pareció tan joven, que le horrorizó pensar que sería prácticamente una niña cuando entró. Kiara miró a Elisa de arriba abajo, sonriendo de lado.
- ¿No comes o qué, tía? Estás en los huesecicos. - le dijo al tiempo que le picaba las costillas con el dedo índice, provocando que Elisa diera un pequeño salto y se le escapara una sonrisa.
- ¿Tienes cosquillas? - volvió a hacer lo mismo, riendo de forma infantil. Elisa saltó de nuevo y soltó una tímida risa. Ambas se quedaron mirando la una a la otra, en silencio. Kiara sonreía de oreja a oreja.
- Tía, no sé muy bien cómo decirte esto. Sé que estar aquí es una mierda pero te acaba de tocar la lotería.
- No te entiendo.
- Es largo de explicar, te lo contaré después, en el patio, ahora nos tenemos que ir a las celdas. Estate tranquila, no te va a pasar nada malo aquí si me haces caso, pero tienes que confiar en mí, ¡y alegra esa cara!
Kiara pronunció esta última frase mientras se alejaba. Elisa no entendió nada, pero sintió un alivio tal, que la angustia de haber ingresado en prisión se disipó por primera vez tras aquella conversación.
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La espera en la celda se estaba haciendo eterna. No paró de dar vueltas en la litera, de levantarse y de volverse a acostar, incomodando visiblemente a sus otras tres compañeras de estancia, con las que apenas había cruzado palabra todavía. Cuando por fin salieron al patio, buscó a Kiara entre todos aquellos uniformes idénticos, entre todas aquellas mujeres tan distintas entre ellas, cada una con su historia. De pronto, alguien la sorprendió por detrás, agarrándole la cintura y haciéndole cosquillas con los dedos. Elisa dio un respingo, retorciéndose, pero en seguida reconoció las manos tatuadas de su nueva amiga.
- Ven, vamos a sentarnos.
Atravesaron la cancha de baloncesto y se sentaron en una escalinata al fondo del patio, presidida por un enorme muro de color verde botella. Kiara no paraba de mirarla, sonriente. La penetró con sus imponentes ojos verdes, achinados de tanto sonreír.
- Mira, diputada...
- Concejala, bueno, ex concejala. - le corrigió Elisa con amabilidad.
- Eeeso. Mira, yo te voy a ser muy clara. Te vi, me caíste guay, me pareciste maja. Aquí dentro no hay concejalas, ni diputadas, ni ladronas, ni asesinas. Aquí somos presas y si no nos juntamos con alguien, estamos vendidas.
Elisa la miraba y asentía, escuchando su retahíla, coloquial pero simpática. Kiara hablaba muy deprisa, pero se expresaba a las mil maravillas.
- Yo trabajo para La Gitana, "recluto" gente para ella. Busco a chicas que me den buen rollo y que cumplan los requisitos. Nada turbio, tía, te lo juro. Un poco raro, jajaja, pero no vas a meterte en ningún jaleo.
Elisa estaba cada vez más intrigada.
- El caso es que todas las que estamos bajo la tutela de La Gitana tenemos protección. Somos un clan, tía, la peña lo sabe y ni nos tose. Nos ayudamos entre nosotras, nos damos apoyo, tejemos una red. La Gitana lleva aquí la tira de años, no sé si doce o trece, y tiene mogollón de beneficios. Ella es la que corta aquí el bacalao. Tiene sus chanchullos pero no te va a meter en ellos, en serio. Tú hazme caso a mí en todo y estarás dentro, te irá de lujo aquí dentro, te lo juro.
- Espera, espera, espera. - la interrumpió Elisa. - En serio, te agradezco mucho que quieras que entre en vuestro "clan", pero, ¿cómo sabes que me aceptará? No me conocéis de nada, ni siquiera creo que vaya a caerle bien, soy una pija. Una concejala que está en la cárcel porque ha sido la cabeza de turco de un caso de corrupción en su partido. ¿Y si no le gusto? ¿Y si le caigo mal?
- Para, para, tía, en serio. La Gitana es maja, no es una tía de estas chungas. Tiene poder, pero no es una tirana. Le gustarás, créeme, lo sé.
- ¿Cómo estás tan segura? - Elisa estaba visiblemente inquieta. Kiara se echó a reír, algo nerviosa. - ¿Qué pasa? - preguntó Elisa, extrañaba.
- Lo sé, sé que le gustarás. Ya te he dicho que me encargo de reclutar a gente que cumpla los requisitos.
- ¿Y qué requisitos son esos? - la pregunta volvió a provocar una risilla en el rostro de Kiara.
- Estos... - Kiara volvió a hacer cosquillas en la cintura a Elisa, que se sorprendió y trató de protegerse, más extrañada todavía.
- Tienes mogollón de cosquillas, tía.
- Sí, lo paso fatal, ¿pero eso qué tiene que ver con La Gitana y vuestro "clan"?
- Mira, sé que es difícil de entender y un poco raro, te lo he dicho antes. Tienes que confiar en mí. A La Gitana le molan las tías (como a mí, por otra parte), pero tranqui, que no tienes que acostarte con ella, que ya te estoy viendo la cara y sé que lo estás pensando, respira. Lo que pasa es que La Gitana tiene un fetiche muy particular, tía, le mola hacernos cosquillas.
- ¿Hacernos cosquillas? Kiara, que a mí me da algo, que lo paso muy mal con las cosquillas, eh. - la cara de Elisa era de absoluta estupefacción. ¿Y si todo eso no era más que una forma de burlarse de ella.
- Escucha, - dijo Kiara tratando de calmarla. - La Gitana no nos obliga a hacer nada, lo único que te pedirá para estar bajo su protección es hacerte cosquillas de vez en cuando. Todas las chicas que entran a nuestro grupo pasan esa prueba, aceptar que La Gitana les haga cosquillas, igual es una o dos veces al mes, tiene a muchas chicas y tampoco le gusta abusar, no quiere que nos cansemos de ella. Yo soy la que se encarga principalmente de investigar a las nuevas que entran, La Gitana me escogió por mi don de gentes, mi misión es comprobar primero si me transmiten confianza y averiguar si tienen cosquillas. A algunas las pillo descalzas en la litera y les hago cosquillas en los pies, a otras les hago cosquillas en la cintura como a ti este mediodía, a otras, que son más lanzadas, me las follo y ahí lo compruebo directamente, jajajajajaja.
De repente, Elisa experimentó una mezcla de emociones. Por un lado, se sintió decepcionada. Realmente había pensado que Kiara se había fijado en ella de otra manera, que se iba a convertir en su amiga. Por otro lado, sintió alivio de saber que podía tener protección sin meterse en demasiados líos. Pero lo que más la descolocó fue lo de las cosquillas, todo estaba resultando tan surrealista que se sentía confundida y agotada.
- Mira, diputada, yo sé que todo esto es muy difícil de procesar. Te lo puedes pensar esta noche. Puedes decirme que no, si no te gusta la idea. Sólo un par de tías dijeron que no y tampoco pasó nada, simplemente no entraron al grupo, pero nadie les hizo nada. Acuéstate, dale un par de vueltas y mañana por la mañana hablamos, ¿vale? Pero me molaría mogollón que entrases a formar parte de nuestra hermandad, en serio. Creo que eres buena tía.
Kiara acarició el hombro de Elisa, sonriéndole cálidamente, y se marchó.
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El techo de la celda estuvo presente durante todas las horas de la noche para Elisa, que apenas pudo pegar ojo pensando en todo aquello. Oía la respiración de sus otras tres compañeras de celda, algún que otro ronquido y pesados ruidos metálicos que interrumpían la calma de vez en cuando, a lo lejos. Miró los cuerpos intertes de aquellas chicas y se preguntó si alguna también formaría parte de ese "clan" del que hablaba Kiara. Se imaginó a esas personas, rudas, serias, con el carácter forjado por los muros de la cárcel, retorciéndose de risa ante las cosquillas de una mujer que disfrutaba viendo sus vulnerables reacciones. Se imaginó a Kiara, con su cuerpo tatuado y su risa infantil. Se imaginó luego a ella misma, suplicando clemencia. Pensó en cuando su ex novio le hacía cosquillas para molestarla o en cuando se las hacía su hermana mayor, cuando eran niñas. Las cosquillas siempre habían sido su punto débil y había un par de zonas en las que Elisa se imaginó las manos de una mujer y sintió auténtica ansiedad. Pensó en todo aquello y vio cómo la luz del sol se introdujo por fin a través de los delgados barrotes de la ventana. Era hora de desayunar.
Kiara la estaba esperando. Esa sonrisa que le transmitía tanta calma, brillaba aún más por la mañana.
- Buenos díaaas, diputada, ¿qué tal has dormido?
A Elisa le gustó que no la abordara de primeras con el tema de La Gitana.
- No he pegado ojo en toda la noche, tía.
- Jajaja, ya se te ve.
- No he parado de pensar en el tema ese de las cosquillas y me da un poco de ansiedad, si te digo la verdad.
- Es perfectamente comprensible, no te preocupes. - Kiara la miró con ternura.
- Es que, Kiara, te juro que me desespero mucho cuando me hacen cosquillas, me pongo hasta de mal humor. ¿Y si reacciono mal? ¿Y si le doy un golpe sin querer?
- Jajaja, por eso no te preocupes, que estarás atada.
- ¡Qué dices!
- Mira, si al final decides que quieres hacerlo, yo te puedo acompañar en todo momento, no te vas a quedar sola con ella si no quieres. Igual hasta me animo y te hago cosquis yo también, jajajaja.
Elisa la miró, muy seria.
- Oye, mira, sin presiones, vamos a desayunar y luego nos vamos a verla, ¿sí?
- ¿Y tú qué ganas con todo esto? - preguntó Elisa con curiosidad.
- Beneficios, no te voy a mentir. Yo soy su persona de mayor confianza, La Gitana está prendadita de mí. A veces nos acostamos, pero me deja acostarme con otras chicas. No es posesiva mientras le respondas y le muestres lealtad. A mí me habló ella directamente. Cuando entré, era como tú y fue ella la que me habló de su grupo, apenas eran cuatro chicas. Ahora somos más de quince. Hablamos, me contó su historia y en seguida me acogió como una madre.
- Y te hizo cosquillas, supongo.
- No la primera vez, porque no me vio convencida y no me presionó. Me presentó a las chicas, me enseñó su celda.
- ¿Y cuándo te hizo cosquillas?
- Jajajaja, mucho quieres saber tú, diputada.
- Quiero saberlo todo antes de ir allí, la verdad.
- La Gitana no te va a presionar, te preguntará cuándo estás preparada y entonces todo irá como la seda. Lo pasarás mal, eso sí, son cosquillas y la tía no tiene piedad, pero luego te garantizo que la tendrás de cara para siempre.
Elisa miraba el yogur, dándole vueltas con la cuchara de plástico blanco. De pronto, salió de su abstracción y se levantó de golpe.
- Vamos a ver a esa mujer. ¿Por dónde se va?
- Jajajaja, ¡esa es mi diputada!
- Soy conce... ¿sabes qué? Que me gusta que me hayas subido de rango.
Kiara soltó una carcajada chillona y ambas abandonaron el comedor, dirigiéndose hacia la celda de La Gitana.
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