LA CONDENA - Episodio 50: Hermanas, el documental
Una producción de Gloria Herrera para Documentos del Real
Ocho meses después del motín
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FRAGMENTO DE LA ENTREVISTA A ELISA RAMÍREZ
La habitación es pequeña pero acogedora. Luz natural que entra por una ventana con cortinas de lino. En la pared, unas fotografías colgadas con pinzas: mujeres abrazadas, alguna que otra risa congelada en el tiempo. Sobre la mesilla, un ejemplar de "Hermanas" junto a una taza medio llena.
Elisa está sentada sobre la cama, con las piernas cruzadas, los pies descalzos. Blusa blanca de algodón, vaqueros azul desgastado. A su lado, GLORIA HERRERA —la periodista— se ha quitado también los zapatos, unos mocasines negros que ha dejado junto a la puerta. Viste pantalón de pinza y camisa azul clara, mangas remangadas. Ambas comparten el mismo colchón, la misma cercanía.
Un cámara las encuadra desde un ángulo que no interfiere. El equipo es pequeño, casi doméstico.
GLORIA (A CÁMARA):
Me llamo Gloria Herrera. Esto no es un plató. Estoy sentada en la cama de Elisa Ramírez, en su casa, con los pies descalzos porque ella me ha dicho que aquí se está mejor así.
Gloria sonríe, breve, y se vuelve ligeramente hacia Elisa antes de retomar su mirada al objetivo.
GLORIA (A CÁMARA):
Elisa Ramírez acaba de publicar un libro que se titula Hermanas. En él cuenta su experiencia dentro de una organización —dentro de una hermandad— que funcionaba en la prisión. Un grupo de mujeres que se sostenía entre sí a través de un método muy particular: las cosquillas.
Pausa.
GLORIA (A CÁMARA):
Ocho meses después del motín que sacudió su centro penitenciario, muchas de esas hermanas han salido en libertad. Otras siguen dentro. Algunas están aquí, en esta misma ciudad. Otras han vuelto con sus familias. Otras… otras no han vuelto.
Gloria deja reposar sus palabras. Su tono no es sensacionalista. Es humano, pausado, como quien está a punto de escuchar una historia que merece ser contada sin prisa.
GLORIA (A CÁMARA):
Le propuse a mi productora hacer un documental sobre esta historia y en seguida me pidieron que las buscara. Que les preguntara cómo están. Que averiguara si eso que llamaban hermandad sigue en pie, o si se deshizo entre los muros de la cárcel.
Se gira hacia Elisa. El gesto es suave. Las dos mujeres están ahora de frente, apenas medio metro de distancia.
GLORIA (A ELISA):
¿Preparada?
ELISA: (asiente, con una sonrisa pequeña, tranquila) Llevo ocho meses preparándome.
GLORIA:
Elisa, tu libro se ha convertido en un fenómeno inesperado. Nadie esperaba una historia así. Una exconcejala de Democracia Popular que entra en la cárcel, conoce a un grupo de reclusas de toda índole y pasa a formar parte de una hermandad muy, pero que muy particular. Cualquiera diría que se trata de un argumento de ficción, quizá algo surrealista. Pero yo he devorado tu libro y puedo decir sin miedo a exagerar que la verdad con la que cuentas tu experiencia es enternecedora y, a veces, sobrecogedora. ¿Esperabas esta repercusión?
ELISA:
(sonríe con calma, negando suavemente con la cabeza) No. En absoluto. Cuando empecé a escribir, no pensaba en nadie fuera de nosotras. Escribía para nosotras. Para que no se olvidara. Para que si alguna de mis hermanas volvía a leerlo dentro de veinte años, supiera que todo aquello fue real. Que no lo soñó.
Hace una pausa. Su mirada se pierde un instante en la ventana, en la luz que entra.
ELISA:
Lo que pasó después… las entrevistas, las librerías, la gente que me escribe para decirme que se ha sentido menos sola al leerlo… todo eso fue un regalo que no pedí. Y que aún no termino de entender del todo.
GLORIA:
¿Y qué sientes?
ELISA:
(piensa la respuesta) Gratitud. Sobre todo, gratitud. Porque el éxito del libro no es mío. Es de la Hermandad. De todas las que pusieron su cuerpo y su tiempo para que esto fuera posible. Yo solo puse las palabras.
Se queda callada un momento. Luego añade, con un tono más íntimo, casi de confesión:
ELISA:
Y también… también me siento muy alejada de la mujer que fui. La Elisa concejala, la de Democracia Popular. Esa mujer ya no existe. La mataron los muros, las rejas, las noches en vela escuchando los secretos de mujeres que la sociedad había tirado a la basura. Y también los últimos acontecimientos políticos que está atravesando este país, con la extrema derecha tratando por todos los medios de tomar el poder por la fuerza.
GLORIA:
¿Fue la cárcel la que te cambió? ¿O la Hermandad?
ELISA:
(sonríe, ahora más amplia) La Hermandad fue la llave. Pero la cárcel… la cárcel fue el candado.
Gloria asiente, en silencio. Elisa baja la mirada hacia el libro, abriéndolo por una página al azar, como si buscara algo que ya sabe de memoria.
ELISA: (en voz baja) Conocer a La Gitana, a Kiara, a Alba… a todas ellas… me enseñó que la dignidad no entiende de delitos. Que una mujer puede haber hecho cosas terribles y, aún así, reír como una niña cuando le hacen cosquillas.
El silencio se alarga, pero no es incómodo. Es el silencio de dos mujeres que saben que han llegado a un lugar profundo y no necesitan llenarlo de palabras.
GLORIA: (después de unos segundos, en voz baja) ¿Y ahora? ¿Cómo vives tu vida ahora?
ELISA:
(cierra el libro con cuidado, lo deja a un lado sobre la colcha) Ahora intento vivir sin las etiquetas que me puse yo misma. Sin el "concejala", sin el "conservadora", sin el "ex". Ahora solo soy Elisa. Una mujer que fue a prisión y encontró una familia donde solo esperaba castigo.
Gloria sonríe.
GLORIA:
Tu historia ha generado muchas adeptas. Pero en ella no solo hay risas. Por el camino te encuentras con obstáculos difíciles de superar. Entre ellos, el haber compartido espacio durante dos veces con la asesina de tu madre.
Elisa no se inmuta. O sí: sus manos, que descansaban sobre el libro, se posan ahora quietas sobre su regazo. Pero su rostro sigue sereno, aunque la mirada se le va un momento a la ventana.
ELISA:
(en voz baja, pausada) Tengo suerte de que hay registros de lo ocurrido. Porque si no, no me creería nadie. Haber convivido con una persona así, sabiendo lo que hizo... (hace una pausa más larga) ...es difícil de explicar. No es solo odio. No es solo miedo. Es una sensación rara, como si el pasado y el presente se mezclaran y no supieras en qué año vives.
GLORIA:
Rebecca se quitó la vida durante tu estancia en el centro penitenciario al que os trasladaron tras la inundación. A ti llegaron a investigarte. (pausa, cuidando el tono) ¿Cómo te hacen sentir las teorías que señalan que tú la mataste?
Elisa suelta una exhalación suave, casi una risa contenida pero sin humor.
ELISA:
No hago caso a esos comentarios. La investigación se cerró. No había nada que investigar. (se encoge de hombros, un gesto minimalista) Yo jamás podría quitar una vida. Ni la de ella ni la de nadie. No sé si es algo moral o es algo físico, pero me da igual. No es lo que soy.
GLORIA:
¿Nunca deseaste su muerte?
Gloria hace la pregunta con suavidad, pero directa. Elisa aguanta su mirada.
ELISA:
(piensa la respuesta unos segundos) Desear... es una palabra complicada. Deseé que no hubiera hecho lo que hizo. Deseé que mi madre siguiera viva. Deseé no tener que cruzarme con ella en un pasillo. ¿Que se muriera? (niega con la cabeza) No. Eso habría sido rebajarme a su nivel. Y yo no buscaba venganza. Solo quería vivir. Y ella... ella eligió no hacerlo.
GLORIA:
¿Y eso te pesa?
ELISA:
(silencio prolongado. Su mirada se pierde otra vez en la ventana.)
Gloria espera. No la empuja.
ELISA:
Me pesa no haber podido preguntarle por qué. Pero eso es otra historia. Y no sé si algún día podré contarla.
GLORIA:
Has declarado que, en el libro, cuentas hasta donde se puede contar, pero que hay cosas que te las guardas para ti.
ELISA:
Sí. Sobre todo por respeto a mis hermanas. Todas accedieron a salir en el libro, pero eso no significa que no deba respetar su intimidad. Hay cosas que son solo nuestras. Que no necesitan ser leídas para ser ciertas.
Gloria asiente. No insiste. Pero su mirada sigue curiosa, cómplice.
GLORIA:
Pero lo que cuentas no es poco. (pausa breve, con un tono más ligero) Entre otras cosas, sales de allí con pareja.
Elisa sonríe. No una sonrisa cortés, sino una que le nace desde dentro, que le cambia el brillo de los ojos.
ELISA:
Kiara es más que mi pareja. Lo que he vivido junto a ella nos ha unido para el resto de nuestros días.
Gloria la mira, interesada, pero no profundiza. Cambia de tercio con la naturalidad de quien conoce el ritmo de una buena entrevista.
GLORIA:
Oye, pero hablemos del elemento central. (sonríe, cómplice) Fuera de la cárcel, ¿te han vuelto a hacer cosquillas?
Elisa ríe. Una risa clara, espontánea, que llena la habitación.
ELISA:
Sí. Muchas veces. (se acomoda sobre la cama, más relajada) Las cosquillas ya no las vivo como antes. Ahora son parte de mí. Las amo. No son un juego, no son un castigo. Son nuestro lenguaje.
Gloria sonríe. Sin querer, su mirada desciende hacia los pies descalzos de Elisa, que reposan sobre la colcha. Es un gesto rápido, casi involuntario, pero Elisa lo capta.
ELISA: (con un tono cálido, casi un susurro) Adelante. No te cortes.
Gloria duda un segundo. Luego, con una sonrisa pícara que no había asomado en toda la entrevista, alarga la mano. Sus dedos recorren la planta del pie de Elisa. Es un roce suave, una caricia más que un ataque.
Elisa mueve el pie instintivamente, sus dedos se encogen, y suelta una risa breve, nerviosa, pero no aparta el pie. Gloria no retira la mano. Sigue acariciando, despacio, con las yemas de los dedos, mientras mantiene la mirada en Elisa.
GLORIA: (sin dejar de acariciar sus pies, en un tono que es casi una confidencia) ¿Cambiarías algo de lo que viviste allí dentro?
Elisa ríe entre palabras, con esa risa contenida que se escapa a pesar de uno.
ELISA: (con la voz entrecortada por las cosquillas) Sí… cambiaría el no haberme reído más. (Gloria insiste en el arco del pie, y Elisa se retuerce ligeramente) El no haberle dicho a mis hermanas más veces que las quiero. (pausa, una carcajada breve) Que las quería.
Gloria retira la mano. El gesto es suave, natural. Ninguna de las dos hace comentarios sobre lo que acaba de ocurrir. No hace falta.
Se miran un instante. La cámara las encuadra a las dos, sentadas sobre la cama, los pies descalzos casi rozándose. La luz de la tarde se ha vuelto más dorada.
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FRAGMENTO DE LA ENTREVISTA A KIARA GARCÍA
La habitación de Kiara es un espacio cuidado, con personalidad. Las paredes no están vacías: aquí y allá, pósters de Joy Division, de The Smiths. Estanterías con libros —fotografía, tatuajes, algunos de poesía— compartiendo espacio con pequeñas plantas y algún objeto de recuerdo. La ropa está ordenada. No es la celda de una presa, es la guarida de alguien que ha aprendido a construir un hogar desde cero.
Sobre la cama, de colcha negra, espera KIARA. El pelo rapado al uno y teñido de un rubio oxigenado que casi brilla bajo la luz natural que entra por la ventana. Viste un top negro que deja al descubierto sus brazos y hombros, y un pantalón vaquero corto. Los tatuajes tribales que le recorren todo el cuerpo —dibujos negros, geométricos, que asoman por el escote y le suben hasta el cuello— son imposibles de ignorar. Está descalza, las piernas extendidas sobre la colcha.
Cuando Gloria entra, Kiara la recibe como si fuera una amiga de toda la vida. No con aspavientos, pero con una calidez sincera que desarma.
KIARA:
¡Gloria! Pasa, pasa. (señala la cama) Siéntate donde quieras. Y quítate los zapatos, que esto no es un plató.
Gloria sonríe, obedece. Deja los mocasines junto a la puerta y se sienta en el borde de la cama, frente a Kiara.
GLORIA: (a cámara, en voz baja)
Kiara fue la reclutadora de la Hermandad. La que tenía el don de gentes, la que detectaba quiénes podían encajar, quiénes tenían… cosquillas. (mira a Kiara, que le devuelve la mirada con curiosidad) También fue la que vivió la experiencia más peculiar durante el apagón nacional, cuando fue trasladada a otro centro y conoció a Ana, la primera reclutadora de La Gitana. Pero eso ya lo contaremos.
Kiara arquea una ceja, divertida.
KIARA:
¿Ah, sí? ¿Vas a contar tooooodo?
GLORIA: (ríe) Todo lo que me dejes.
Kiara se acomoda sobre la colcha, estira las piernas, y le devuelve la sonrisa.
GLORIA:
Vengo de entrevistar a Elisa. (pausa, sonrisa cómplice) ¿Qué pensaste cuando te dijo que iba a escribir sobre vosotras?
Kiara se queda mirándola un instante. No necesita pensar la respuesta. Le sale de dentro, como si la hubiera estado esperando.
KIARA:
(sonríe, y en sus ojos verdes se le nota una mezcla de orgullo y ternura) Pues mira, te voy a decir una cosa. Cuando Elisa me lo contó, yo estaba en la terraza, tomando sol como una lagartija. Ella se sentó a mi lado, así, como si nada, y me soltó: "Voy a escribir un libro sobre nosotras". (hace una pausa, negando con la cabeza) Yo me quedé mirándola, pensando: "Esta mujer está loca".
Gloria ríe. Kiara también, pero su risa se va suavizando mientras sigue hablando.
KIARA:
Pero luego lo pensé. Y supe que si alguien podía hacerlo, esa era ella. Elisa tiene una forma de contar las cosas que te llega al alma. Sabe encontrar las palabras justas, las que duelen y las que abrazan. (baja la voz, como si lo que viene a continuación fuera solo para ellas dos) Yo no sabría hacerlo. No tengo esa paciencia, ni esa forma de mirar hacia atrás sin torcerlo todo. Pero ella… ella lo hizo por todas nosotras. Y lo hizo con un cariño que se nota en cada página.
Se queda callada un momento. Su mano izquierda acaricia la colcha negra, distraída.
KIARA: (levantando la mirada hacia Gloria) Cuando leí el libro por primera vez, lloré. No porque me emocionara lo que decía de mí —que también—, sino porque la escuchaba a ella. Porque en cada frase estaba Elisa.
Gloria asiente, en silencio. No añade nada. No hace falta.
KIARA: (recuperando el tono ligero, con una chispa de picardía) Además, luego ha resultado que el libro lo está petando. Así que igual no estaba tan loca.
Las dos ríen. El ambiente se aligera, pero la emoción de antes sigue flotando, como un poso cálido en la habitación.
GLORIA:
Estáis en proceso de empezar a vivir juntas, ¿verdad?
Kiara se ilumina. No es una sonrisa forzada, es una que le nace desde dentro, que le cambia toda la cara.
KIARA:
¡Buah, sí! (se echa hacia atrás, apoyando las manos en la colcha) Da un poco de vértigo, ¿sabes? Porque al final, pasar de verse en un patio o en una celda a compartir el día a día, el supermercado, quién friega los platos… (ríe) Es un salto. Pero tenemos muchas ganas. Muchísimas.
GLORIA: (con curiosidad genuina)
Cuéntame, ¿cómo fue reclutar a Elisa Ramírez?
Kiara se queda pensativa un momento, pero con una sonrisa que no se le borra. Como si rememorara una película que ha visto mil veces y todavía le gusta.
KIARA:
Fue como otra cualquiera, la verdad. (se encoge de hombros) Se la veía tan asustada, tan inocente… yo no paraba de llamarla "diputada" y ella me corregía: "Es concejala". (ríe para sus adentros) Y luego, poco a poco, te voy a ser sincera… me fui enamorando.
Gloria no interrumpe. La mira, atenta.
KIARA:
De su manera de afrontar las dificultades, de cómo se plantaba ante según qué situaciones sin bajar la cabeza. De su forma de reír cuando le hacía cosquillas. (pausa, la voz se le vuelve más suave) De toda ella. De la cabeza a los pies.
Gloria sonríe. Hay algo en su mirada que delata que quiere preguntar algo más, pero también que sabe que tiene que hacerlo con cuidado. Decide no andarse con rodeos.
GLORIA: (en un tono amable, cómplice)
Sobre todo los pies, porque no es un secreto que es una parte del cuerpo que te apasiona.
Kiara no se incomoda. Al contrario. Suelta una carcajada franca, sin ningún tipo de pudor, y se estira sobre la cama como si acabaran de soltarle un cumplido.
KIARA:
¡Ay, Gloria! (niega con la cabeza, sonriendo) ¿Eso también lo vas a poner en el documental?
GLORIA: (ríe) Todavía no. Por eso te lo pregunto. Pero está en el libro.
KIARA: (se incorpora ligeramente) Mira, es verdad. Me gustan los pies. Siempre me han gustado. Antes de entrar en la cárcel me daba corte, no sabía ni cómo decirlo. Pero allí dentro… (se encoge de hombros con naturalidad) allí dentro te quitas las tonterías rápido. Y cuando conocí a Elisa y vi sus pies… (sonríe con picardía) ...pues tuve claro que esa mujer era para mí.
Gloria la observa, fascinada por esa forma tan natural de hablar de algo que otras ocultarían.
KIARA:
Y sí, los pies de Elisa son una obra de arte. Pero lo que me enamoró no fue solo eso. Fue todo. La cabeza, los pies, y todo lo que hay en medio.
Gloria asiente, sonriendo también.
GLORIA:
¿Y ella qué dice de eso?
KIARA: (ríe, con una ternura enorme)
A ella le encanta. De verdad. Le gusta que le haga masajes en los pies después de un día duro, y las cosquillas… bueno, las cosquillas ya sabes que son nuestro idioma. (se encoge de hombros) Ella se ríe, se retuerce, pero no me aparta. Nunca.
Hace una pausa, como si estuviera saboreando el recuerdo.
KIARA:
Y además, en ese aspecto, nuestra relación es muy abierta. A Elisa no le molesta que mire los pies de otra chica. ¿Sabes? Porque sabe que al final, los suyos son los míos. Y yo sé que ella también mira. (sonríe con picardía) No los pies, quizá. Otras cosas. Pero vamos, que no hay drama. Nos tenemos confianza.
Gloria asiente, con una sonrisa cómplice. Baja la mirada hacia sus propios pies, todavía descalzos sobre la colcha negra. Los mueve ligeramente, como si los viera por primera vez.
GLORIA: (con un tono entre tímido y autocrítico) Los míos no son muy bonitos que digamos.
Kiara sigue su mirada y se queda observando los pies de Gloria un momento. No es una mirada clínica, ni valorativa. Es curiosa, casi tierna.
KIARA: (con sinceridad) ¿Qué dices? Son preciosos, Gloria.
Gloria levanta la cabeza, sorprendida. Kiara ya está sonriendo, con esa facilidad suya para convertir lo íntimo en natural.
KIARA: (con naturalidad, como quien ofrece un café) ¿Quieres que te haga un masaje?
Gloria parpadea. No esperaba la oferta. Pero la forma en que Kiara lo dice, sin segundas intenciones, con esa calidez tan suya, la desarma.
GLORIA: (ríe, un poco nerviosa, pero gratamente sorprendida) ¿Ahora?
KIARA: (se encoge de hombros, sonriendo) Ahora. No hay prisa. La cámara puede esperar.
Gloria duda un segundo, como si no quisiera molestar. Luego extiende las piernas y acerca sus pies hacia Kiara.
KIARA:
Así me gusta.
Kiara toma el pie derecho de Gloria entre sus manos. No hay nada sexual en el gesto. Hay cuidado, atención. Sus dedos —llenos de tatuajes, pero suaves— comienzan a recorrer la planta con movimientos lentos, circulares.
Gloria contiene el aliento al principio. No está acostumbrada a que la toquen así, con tanta delicadeza. Pero pronto sus hombros se relajan, y una pequeña sonrisa se dibuja en su rostro.
GLORIA: (en voz baja, casi para sí misma) Se te da bien…
KIARA: (sin dejar de masajear, mirándola con complicidad) ¿Ves? No era tan difícil dejarse querer un poquito.
Gloria no responde. Solo sonríe, y cierra los ojos un instante, dejándose llevar.
Gloria tiene los ojos cerrados, los hombros relajados, la respiración más pausada. Kiara sigue masajeando su pie derecho con movimientos lentos, circulares, sus dedos tatuados desplazándose desde el talón hasta la base de los dedos. No hay prisa.
GLORIA: (con la voz más baja, como quien no quiere romper el hechizo)
Kiara, has vivido cosas muy duras. Cosas que no se olvidan. (pausa) ¿Lo sueles hablar con Elisa?
Kiara no deja de masajear. Sus manos siguen el ritmo de sus palabras, pausado, firme.
KIARA:
Sí. Todo. (levanta la mirada un momento, la sostiene) Con ella puedo decir las cosas que me duelen sin tener que adornarlas. No hace falta que me dé soluciones. Solo que me escuche. Y ella lo hace. Siempre.
Gloria asiente, con los ojos aún cerrados.
GLORIA:
¿Qué es lo más duro de recordar?
Las manos de Kiara se detienen un instante sobre el empeine. Solo un instante. Luego continúan, pero el ritmo es más lento, más pensativo.
KIARA:
(en voz baja, casi un susurro) Las que ya no están.
Pausa. Gloria abre los ojos y la mira. Kiara no llora, pero su mirada se ha ido a algún otro lugar, a algún otro tiempo.
KIARA:
Noches como la de la inundación, el accidente del furgón durante mi traslado… el motín. (traga saliva) A veces tengo pesadillas.
Gloria no dice nada.
KIARA: (continúa, la voz más firme ahora)
En las pesadillas vuelvo a ver a la gente que se fue. A las que no pudimos salvar. A las que se llevaron. Y despierto con la sensación de que aún estoy allí, en aquella puta celda, esperando.
Gloria no dice nada. No pregunta más. Solo la mira, presente.
KIARA: (levanta la cabeza, la mira a los ojos, y esboza una sonrisa pequeña, frágil)
Pero luego Elisa está a mi lado. Me abraza. Y me acuerdo de que salí. De que estamos aquí. (se encoge de hombros) Y se pasa. O no del todo. Pero se lleva mejor.
Gloria asiente lentamente. Kiara vuelve a bajar la mirada a sus manos, que siguen moviéndose sobre el pie de la periodista, casi con ternura.
KIARA: (en un tono más ligero, como quien cierra una puerta)
Por eso me gusta hacer esto, ¿sabes? (señala el pie que tiene entre las manos) El contacto con los pies es… no sé. Me conecta con el presente. Me recuerda que estoy aquí, ahora, con alguien que me está escuchando. Y eso, a veces, es más terapia que cualquier psicólogo.
Gloria sonríe. Una sonrisa cálida, agradecida.
GLORIA: (en voz baja)
Pues no pares.
Kiara sonríe también. Y sus dedos siguen moviéndose, lentos, firmes, mientras la charla continua.
GLORIA:
Tú aseguras que en la cárcel a la que fuiste trasladada existía otra hermandad, formada por la antigua reclutadora de La Gitana. (pausa) ¿No te emociona pensar que se pueda convertir en una especie de red?
Kiara levanta la cabeza. Sus ojos verdes brillan. No es tristeza. Es algo más parecido a la esperanza.
KIARA:
Sí. (asiente con firmeza) Mucho.
Se queda callada un instante, ordenando las palabras.
KIARA:
Cuando conocí a Ana, no me lo podía creer. Era como encontrarte un espejo, pero de otro tiempo. La Gitana me había hablado de ella, pero yo pensaba que aquello era historia antigua. Y de repente, allí estaba. Con su propia hermandad. Con sus propias reglas. Con sus propias… (sonríe) …cosquillas.
Gloria sonríe también, cómplice.
KIARA:
Y sí, me emociona pensar que esto pueda ser más grande que nosotras. Que no se quede en cuatro paredes. (pausa) Imagina que una reclusa sale de la cárcel y no tiene a nadie. Pues que haya una hermana esperándola. O un sitio al que ir. O simplemente alguien que le haga cosquillas para recordarle que está viva. (niega con la cabeza, como si el solo pensamiento la abrumara) Eso me emociona más que cualquier cosa.
Gloria asiente, en silencio.
KIARA: (baja la mirada a las manos, que siguen masajeando)
Ana y yo hablamos a veces. Por carta. Ella sigue dentro, pero me cuenta que la hermandad del Costurero sigue en pie. Que las nuevas reclutas pasan por el mismo ritual. Que la risa sigue siendo el idioma. (levanta la cabeza y mira a Gloria con intensidad) Y yo creo, de verdad, que esto solo está empezando.
Gloria contiene el aliento. Kiara sonríe, se encoge de hombros, y aligera el tono.
KIARA:
Ojalá. Ojalá algún día no tengamos que escondernos para hacer esto.
GLORIA:
¿Y qué te llevas de haber conocido a una persona como La Gitana?
Kiara tarda en responder. Sus ojos se pierden en algún punto de la habitación, más allá de la ventana, más allá del presente.
KIARA:
Todo. (pausa) Me llevo todo de ella.
Se incorpora ligeramente, apoyando la espalda en la pared.
KIARA:
La Gitana ha sido… (busca la palabra, no la encuentra) …ha sido lo más parecido a una madre que he tenido. La mía murió de cáncer cuando yo era pequeña. Me criaron mis abuelos, que me querían, pero no sabían muy bien cómo lidiar conmigo. Y luego llegué a la cárcel, y allí estaba ella.
Gloria no interrumpe. La mira, atenta.
KIARA:
Nos trataba con un respeto que no habíamos recibido nunca. Nunca nos miró por encima del hombro. Nunca nos hizo sentir menos por lo que hubiéramos hecho. Y su inteligencia… (se toca la sien) …una inteligencia que no he visto en nadie más. Leía a la gente como si los libros se abrieran solos.
Sus manos, ahora quietas, se retuercen sobre su propio muslo.
KIARA:
La noche del motín… (la voz se le quiebra, pero sigue) la noche del motín, encontramos una nota en su cama. La había escrito ella. Con su puño y letra. (traga saliva) Nos decía que nunca tomáramos el camino de la violencia. Que no usáramos el odio como bandera. Que la recordáramos, pero que no nos convirtiéramos en lo que ellas —la Gallega y las suyas— querían que fuéramos.
Pausa larga. El silencio se llena de ausencias.
KIARA: (en un hilo de voz)
Y al final… ponía que nos quería. Como a unas hijas.
Baja la cabeza. Sus dedos juegan con el dobladillo del pantalón vaquero.
KIARA: (levanta la mirada, los ojos brillantes pero sin derrumbarse)
Ella escribió esa nota con la firme idea que iba a morir esa noche. (pausa. La frase flota en el aire, pesada) No sé si estaba preparada para lo que vino después. Pero nos dejó eso. Una hoja de papel y un montón de enseñanzas.
Gloria rompe el silencio a propósito. Lo hace con una sonrisa, aligerando el aire que se había vuelto demasiado denso.
GLORIA:
¿Cómo se soporta una sesión de cosquillas?
Kiara parpadea, desconecta del recuerdo y vuelve al presente. Suelta una carcajada, la primera de la entrevista, y niega con la cabeza.
KIARA:
¡Ay, Gloria! (se incorpora, se pasa una mano por el pelo rapado) Mira, yo, igual que mis compañeras, soy extremadamente sensible. De las que se retuercen, de las que chillan de desesperación.
Gloria ríe.
KIARA: (con sinceridad)
He visto a chicas llegar al límite de lo soportable. He estado ahí yo misma, muchas veces. Temblando, llorando de la risa, sin poder respirar bien… pero es catártico. Porque cuando La Gitana —o alguna de las nuestras— te hacía cosquillas, todo estaba basado en el respeto y en la diversión. Nunca era un castigo. (pausa, buscando las palabras) Es un nivel de conexión increíble. Sabes que al otro lado no hay maldad. Solo ganas de verte reír, de recordarte que eres carne, que sientes, que estás viva.
Gloria la escucha, fascinada. Sus ojos recorren los tatuajes de Kiara, los brazos negros de dibujos tribales.
GLORIA:
Con tantos tatuajes, cuesta creer que las cosquillas sean capaces de doblegarte tan fácilmente. (pausa breve, curiosa) Kiara, ¿cuáles son tus puntos débiles?
Kiara vuelve a reír. Una risa franca, sin vergüenza.
KIARA:
Las axilas. (se señala debajo del brazo) Como ves, no las llevo tatuadas. (baja la mano al vientre) El abdomen sí lo tengo tatuado, mucho, pero soy muy sensible también. Y las plantas de los pies… (sonríe, con un punto de picardía) …ahí exploto.
Gloria baja la mirada al pie de Kiara, que reposa sobre la colcha negra. Sin pensar, sin planearlo, acerca la mano. Con las uñas —cortas, cuidadas— recorre la planta del pie de Kiara. Un roce suave, casi un susurro.
GLORIA: (con voz baja, cómplice)
Se podría decir que los pies son tu debilidad en todos los sentidos.
Kiara suelta una carcajada sonora, sincera, mientras su pie se aparta instintivamente —aunque no con violencia, solo con ese reflejo incontrolable que provocan las cosquillas—.
KIARA: (aún riendo, con la voz entrecortada)
¡Jajajajajaja! Sí que lo son, sí. (se incorpora, se abraza las rodillas, protegiéndose el pie) ¿Ves? Ya me has doblegado. Así de fácil.
Gloria retira la mano, satisfecha. Ambas ríen, y el ambiente se ha vuelto ligero, casi juguetón. Pero la mirada de Kiara, por debajo de las risas, sigue siendo profunda.
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FRAGMENTO DE LA ENTREVISTA A ALBA PUNZANO
La habitación es pequeña, casi una caja de zapatos, pero cada centímetro de pared está cubierto. Pegatinas de bandas punk. Carteles de agitación antifascista.
En el centro de la habitación, sobre la cama deshecha pero no desordenada, espera ALBA. Un parche negro le cubre el ojo izquierdo —la cicatriz que asoma por debajo, fina y blanquecina, apenas se intuye—. Viste una camiseta ancha negra sin mangas con el estampado de una calavera. Pantalón vaquero roto en las rodillas, agujeros que muestran la piel pálida. Los pies, descalzos, reposan sobre la colcha estampada.
Gloria se sienta en el borde de la cama, a medio metro de Alba. El gesto es el mismo que con Elisa: natural, sin aspavientos. Alba la observa con su ojo único, sin hostilidad, pero midiéndola.
GLORIA:
Hola, Alba.
ALBA: (con una voz más suave de lo que su apariencia sugiere) Hola, Gloria. ¿Quieres algo de beber?
Gloria sonríe, niega con la cabeza.
GLORIA:
Agua, si no es molestia.
Alba se levanta, cruza la habitación en dos zancadas y vuelve con un vaso de plástico y una botella de agua mineral. Gloria bebe un sorbo. Alba vuelve a sentarse, ahora con las piernas cruzadas, más cerca.
GLORIA: (a cámara, en voz baja, como si fuera una confidencia)
He llegado a casa de Alba, quien me ha abierto la puerta con una sonrisa, me ha ofrecido algo de beber, y ha dejado que me quite los zapatos. Así que aquí estoy. Otra vez en una cama. Otra vez descalza. Otra vez, escuchando a una de las protagonistas de Hermanas.
Gloria se gira hacia Alba, que la observa con calma. El parche negro le da un aire casi pirata, pero su postura es relajada, casi vulnerable.
GLORIA:
Oye, Alba. Eres vocalista y bajista del grupo de punk-rock La Madriguera. (Alba asiente, con un gesto que combina modestia y orgullo) De hecho, fue una de tus letras lo que te llevó a ingresar en prisión por injuriar a la Corona.
ALBA: (se encoge de hombros, pero sin arrepentimiento) La justicia tiene mucho sentido del ridículo, a veces.
GLORIA: (sonríe) En cambio, tras haber cumplido tu condena, has regresado con tu banda y acabáis de sacar el single "La 307". Ya habéis agotado entradas en casi todas las salas de la gira de regreso. (pausa) ¿Cómo estás viviendo todo esto?
Alba se queda callada un momento. Mira sus propias manos. Cuando vuelve a hablar, su voz es más baja, más íntima, pero no ha perdido ese punto macarra que la hace ser ella.
ALBA:
Pues mira, te voy a ser sincera. Cuando salí, no sabía si quería volver a coger un bajo. Había escrito "La 307" en la cárcel, en un trozo de papel de estraza. La canción habla de la celda de La Gitana. De ese sitio tan pequeño donde cabíamos todas. De las noches que pasamos ahí dentro riéndonos hasta que nos dolía la tripa, y de las otras noches, las que no contamos tanto, en las que simplemente estábamos ahí, juntas, sin saber muy bien qué iba a pasar con ninguna.
Hace una pausa. Se aclara la garganta.
ALBA:
Así que cuando el resto de la banda me dijo "grabamos esto", yo dije que sí. Pero sin pensar en nadie más. Sin pensar en salas, en entradas, en giras. (levanta la mirada hacia la cámara, sin deseo, solo con franqueza) Y luego empezaron a llamar. Y a llenarse los bares. Y a venir crías con el parche en el ojo. (se toca el suyo) Y ahí me di cuenta de que lo que escribí en aquel papel ya no era solo mío.
GLORIA:
¿Cómo te hace sentir?
ALBA: (piensa, se encoge de hombros otra vez, pero el gesto es más suave) Rara. Y agradecida. Y con unas ganas de seguir que no tenía desde antes de entrar en la cárcel. (sonríe, recuperando el tono macarra) También con un poco de vértigo, porque esto es muy grande para una que a duras penas junta dos notas seguidas.
Gloria ríe. Alba también. El ambiente se aligera, pero sin perder la hondura.
GLORIA:
¿Y el parche? ¿Es definitivo?
ALBA:
Sí. El ojo no hay quien lo recupere. (se encoge de hombros) Pero mira, le he cogido cariño. Me da un aire… misterioso.
Gloria vuelve a reír. Alba la imita.
Gloria la mira un momento. Calcula las palabras. Sabe que el terreno que va a pisar es delicado, frágil. Alba intuye el cambio en su mirada y se tensa ligeramente, pero no aparta la vista.
GLORIA: (con cuidado, despacio) Perdiste el ojo durante el motín. Pero no fue lo único que perdiste esa noche. Carlota, tu pareja, falleció durante los altercados.
El silencio se espesa. Alba mantiene la compostura unos segundos —la mandíbula apretada, el ojo fijo en algún punto de la pared— pero sus manos la delatan. Los dedos, que antes descansaban tranquilos sobre la colcha, ahora se enredan entre sí, tirando de la tela, retorciéndose.
ALBA: (la voz le tiembla al principio, pero se obliga a ser firme)
Joder, sí. (respira hondo) Carlota era mi protectora. Era una bruta, pero las que la conocíamos sabíamos que tenía un corazón enorme. (pausa. Su ojo se humedece, pero no llora. Aún no.) La quise como a nadie. La libertad me la quitaron pero la acabé recuperando. (la voz se le quiebra, apenas un susurro) A Carlota ya nunca la voy a poder recuperar.
Baja la cabeza. Un instante. Solo un instante. Luego la levanta, se pasa la mano por la cara —evitando el parche, rozando la mejilla sana— y exhala como quien suelta un peso.
Gloria traga saliva. Las palabras de Alba le han llegado dentro. No dice nada. No ofrece consuelos vacíos. Solo está ahí, presente, sobre la cama, descalza, compartiendo el silencio.
Cuando habla de nuevo, su tono ha cambiado. No es más alegre, pero sí más suave, como quien abre una ventana para que entre aire fresco.
GLORIA:
Oye, cuando te vemos con tu banda sobre el escenario, con tus letras ácidas, tu voz rasgada, ahora con tu parche… (sonríe, apenas) nos cuesta imaginarte riendo a carcajadas por las cosquillas. (pausa) ¿Qué significan para ti las cosquillas ahora?
Alba parpadea, como si volviera de un viaje largo. Su rostro se relaja. Casi sonríe.
ALBA:
Pues una descarga de adrenalina brutal. Sobre todo en mis momentos de bajón. (se encoge de hombros, un gesto que ya es su seña de identidad) Piensa que convivo desde hace años con TDAH y un trastorno bipolar de caballo. Las cosquillas son mejor que cualquier medicina que me puedan recetar.
Gloria asiente, sin juzgar. Alba se queda mirando un instante su propia mano, los dedos aún un poco temblorosos.
ALBA: (en voz más baja)
Y a ratos… cuando me da muy fuerte la nostalgia… (se toca el parche) las cosquillas me recuerdan que estoy viva. Que salí. Que ella no pudo, pero que yo estoy aquí para contarlo.
El silencio que sigue no es triste. Es denso, sí, pero también hay algo de paz en él. Las dos mujeres se miran, y durante un segundo, el tiempo se detiene.
GLORIA: (después de una larga pausa) ¿Quieres que paremos un momento?
ALBA: (niega con la cabeza) No. Sigue preguntando. Prefiero seguir.
GLORIA: (después de una pausa, con voz más cálida) ¿Has vuelto a ver a tus compañeras?
Alba se relaja ligeramente. El ojo único se le ilumina con algo que podría ser nostalgia, pero también ternura.
ALBA:
Sí. Cuando podemos. (se encoge de hombros) Es complicado, con la situación del país. Parece que hemos salido de una cárcel para meternos en otra más grande.
Gloria asiente, sin sorpresa.
GLORIA:
¿Te preocupa la situación?
Alba suelta una risa breve, seca, sin humor.
ALBA:
Ya te digo. (se pasa una mano por la nuca, masajeándose) A mí gobierno "democrático" (hace el gesto de comillas con las manos) me metió en el talego. ¿Qué no harán los nazis estos del Amanecer Nacional, que han llegado al poder cargándose a gente en plena calle?
Su tono no es histriónico. Es grave, contenido. Como quien habla de una amenaza que ya ha visto con sus propios ojos.
Gloria la mira. Asiente otra vez. Sabe que Alba tiene razón. No hace falta decirlo. El silencio entre ambas lo confirma.
GLORIA: (en voz baja) ¿Y aún así sigues subiéndote a los escenarios?
ALBA: (sonríe, esta vez con más calidez) Sobre todo por eso. Porque si callamos, ganan ellos. Y yo no he perdido un ojo para quedarme callada.
GLORIA: (con un tono más ligero, casi de confidencia)
Oye, ¿y tus compañeras de banda? ¿Qué opinan de lo que has vivido? ¿Qué les parece todo esto de las cosquillas?
Alba arquea la ceja sobre el parche y esboza una sonrisa pícara. Se acomoda sobre la cama, cruza los brazos sobre el pecho.
ALBA:
(ríe, negando con la cabeza) Les encantó la historia. En cuanto salió el libro, se lo leyeron en dos días. Y no paran de hacerme preguntas. Que si cómo se hace, que si cómo lo soportábamos, que si funciona de verdad…
Hace una pausa, divertida.
ALBA:
Ya les he encontrado los puntos débiles a todas. (señala con la barbilla hacia un lado, como si estuviera pensando en ellas) Una de las guitarristas tiene las costillas hipersensibles. La otra no puedes ni acercarte a sus axilas. Pero la que toca la batería… (baja la voz, cómplice) …esa es la peor. No me deja ni acercarme. Huye de mí como si llevara un cuchillo.
Gloria se echa hacia atrás y suelta una carcajada sincera, limpia, que llena la habitación.
GLORIA: (aún con restos de risa en la voz) ¿Y nunca te ha dado por… no sé… probar en un concierto? ¿Una pequeña demostración en directo?
ALBA: (con una sonrisa maliciosa) No me des ideas.
Vuelven a reír. El ambiente se ha aligerado, pero sin perder la intimidad. Alba se estira, desperezándose, y apoya la espalda en la pared.
ALBA: (más tranquila, pero aún sonriendo) Es coña. Bueno, a medias. Pero lo que te iba diciendo: al final las cosquillas son eso, una forma de conectar. Y cuando conectas con alguien, da igual si es en una celda o en un local ensayando. La risa es la risa.
Gloria asiente, aún sonriendo. La cámara las capta a las dos, descalzas sobre la cama.
Alba también sonríe, relajada, con el cuerpo ya sin tensiones sobre la colcha. El ambiente es casi doméstico, como el de dos amigas charlando después de mucho tiempo.
GLORIA: (con una sonrisa franca, los ojos brillándole)
Alba, en sus entrevistas, tus compañeras me dejaron hacerles cosquillas. (pausa breve, la sonrisa se vuelve pícara) No me puedo ir de aquí sin hacértelas a ti.
Alba arquea la ceja sobre el parche, pero no hay sorpresa en su gesto. Más bien una diversión contenida. Suelta una risa corta, negando con la cabeza.
ALBA:
¿Ah, sí? ¿Y quién te ha dado permiso?
GLORIA: (riendo)
Tú ahora mismo.
No espera respuesta. Se inclina hacia Alba con un movimiento natural, y sus dedos encuentran el costado derecho de la bajista.
El contacto es suave al principio, casi una caricia. Pero Alba reacciona como si le hubieran aplicado una descarga.
—¡Ay, joder! —exclama, encogiendo el torso y apartándose un palmo sobre la cama.
Pero Gloria la sigue. No es insistente, pero tampoco se rinde. Sus dedos se mueven ahora sobre las costillas de Alba, ese punto donde la piel es fina y los nervios saltan con solo rozarlos.
Alba se retuerce. Primero una sacudida de hombros. Luego un encogimiento de vientre. Finalmente, la risa. Una carcajada sincera, descontrolada, que le nace desde el estómago y le sacude todo el cuerpo.
ALBA: (entre risas) ¡Para, para! ¡Que me descojo!
GLORIA: (ríe también, pero no para) ¿Seguro que quieres que pare?
ALBA: (con la voz quebrada, los pies pateando la colcha) ¡¡No, joder, sigue!!
Gloria sigue. Ahora ataca la cintura, ese espacio blando que todas conocen. Alba se retuerce como una lombriz, los brazos intentando proteger sus costados sin conseguirlo del todo. Su risa es contagiosa: gutural, auténtica, la de alguien que se deja ir por completo.
La cámara las capta en un plano medio. Las dos mujeres sobre la cama, descalzas, enredadas en un juego que es pura vida.
Gloria se detiene. Alba queda jadeando sobre la colcha, con la camiseta arremangada, el pelo desordenado, los ojos —el ojo— brillantes de lágrimas y felicidad.
ALBA: (recuperando el aliento, señalando a Gloria con un dedo tembloroso) Eres mala, jodida.
GLORIA: (aún sonriendo) Me lo han dicho antes.
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La habitación es anónima, funcional.
Gloria está sentada en una silla de escritorio, no en la cama. Frente a ella, la puerta permanece cerrada. A un lado, el cámara ajusta el foco. El equipo es el mínimo imprescindible: ella, el técnico de sonido, el operador de cámara. Nadie más.
GLORIA (A CÁMARA): (en voz baja, seria)
He tenido que aceptar una cita en un hotel. No es el escenario que prefiero, pero la seguridad de la persona que voy a entrevistar está por encima de cualquier otra cosa.
Pausa. Mira hacia la puerta, luego vuelve a la cámara.
GLORIA (A CÁMARA):
Vamos a hablar con ella en un entorno controlado. El hotel ha sido elegido por su discreción. Nadie fuera del equipo sabe que estamos aquí. (pausa) Y si todo sale bien, esta entrevista llegará a ustedes tal como la estamos grabando.
La puerta se abre con un sonido suave, casi discreto. El equipo de grabación, que llevaba minutos en silencio expectante, contiene la respiración.
Ella entra despacio, con una seguridad tranquila que no necesita hacerse notar. Morena, pelo ondulado suelto sobre los hombros, unos cincuenta años bien llevados. Maquillaje discreto, apenas un toque en los labios. Lleva una camiseta estampada de colores pastel, un pantalón corto beige y unas sandalias que dejan ver unos pies cuidados, las uñas lacadas.
Camina con paso pausado, apoyándose en un bastón de madera oscura. Su presencia llena la habitación sin esfuerzo. El pelo ondulado le cae sobre los hombros. Deja una pequeña bolsa de viaje en el suelo.
Gloria se levanta de inmediato. Da un paso hacia ella y le ofrece la mano. Pero no es un apretón seco. Es casi una reverencia, una inclinación de cabeza que delata el respeto —casi veneración— que siente.
GLORIA: (con voz emocionada, contenida)
Es un auténtico placer conocerla.
La mujer suelta una carcajada. Una risa franca, sonora, que rompe la formalidad del momento como un rayo de sol.
—¡Jajajaja, niña! Me crié en un poblado de chabolas y me he pasado media vida en la cárcel. (pausa, la sonrisa aún en los labios) No me trates de usted.
Gloria parpadea, desconcertada pero encantada. La mujer se le acerca con naturalidad.
—¿Cómo estás, guapísima?
Y le da dos besos. Uno en cada mejilla. El gesto es tan cálido, tan inesperado, que Gloria siente cómo se le afloja algo en el pecho.
GLORIA: (recuperando la sonrisa)
Mejor, ahora que está… (se corrige) que estás aquí.
La mujer ríe otra vez, más baja, y se gira hacia la cama. Apoya el bastón en la mesilla y se sienta en el borde con un suspiro de alivio. Estira las piernas, se quita las sandalias con los pies —un gesto ágil a pesar de la edad y el bastón— y las deja en el suelo. Sus pies, cuidados, quedan apoyados sobre la colcha blanca.
Gloria sonríe. Saca el bloc de notas, aunque sabe que apenas lo va a mirar. La entrevista, por fin, ha comenzado.
Y delante tiene nada menos que a La Gitana.
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ENTREVISTA ÍNTEGRA A LA GITANA
GLORIA:
En los emails que nos escribimos me pediste expresamente que me refiriese a ti como Gitana.
La Gitana sonríe, pero no es la risa fácil de antes. Es una sonrisa más honda, más seria. Asiente despacio.
LA GITANA: (con voz grave, solemne)
Eso es lo que soy.
Gloria asiente, respetando el peso de esas palabras. Luego continúa, con cuidado.
GLORIA:
¿Eres consciente del fenómeno que se ha formado alrededor de tu figura?
La Gitana echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada franca, sonora, que rompe la solemnidad como un cristal.
LA GITANA:
¡Jajajaja! ¡La que ha liado mi Elisa! (niega con la cabeza, todavía riendo).
Gloria sonríe, pero no la deja escapar.
GLORIA:
Ahora mismo compaginas una vida discreta, casi anónima, con una fama creciente que te ha convertido casi en una leyenda.
La Gitana deja de reír. Su rostro se vuelve más sereno, más íntimo. Mira a Gloria a los ojos.
LA GITANA: (con mucha humildad)
Mira, Gloria. Lo de la vida discreta… (pausa) Te cité aquí porque deseaba que esta entrevista se grabara sin ningún incidente. Pero yo no me pienso esconder.
Gloria contiene el aliento. La Gitana no está hablando alto, pero cada palabra pesa.
LA GITANA:
He pagado mi deuda con la justicia. He salido. Y no he salido para meterme en un agujero. Y lo de la fama… (sonríe, casi apenada) es un poco abrumador. Y me siento muy halagada. Pero no me cabe duda de que pasará.
GLORIA: (con curiosidad)
Elisa y Alba ya eran conocidas. Una por su actividad política y el caso de corrupción que la salpicó. La otra, por su banda de punk-rock y su polémico encarcelamiento. (pausa) Pero el resto de vosotras os habéis convertido en figuras públicas casi de la noche a la mañana. Especialmente tú.
La Gitana arquea una ceja, sin entender muy bien adónde quiere llegar.
GLORIA: (con una sonrisa)
Tienes hasta una cuenta de Instagram. Ya ha alcanzado los cien mil seguidores. (pausa breve) Tengo entendido que es Kiara quien te la ha creado.
La Gitana se echa hacia atrás y suelta otra carcajada, esta vez más suave, más cálida.
LA GITANA:
¡Jajajaja! Sí. Esta niña… (niega con la cabeza, con una mezcla de ternura y resignación) Estoy aprendiendo a usarlo. (sus dedos imitan el gesto de hacer scroll) Me paso horas mirando tonterías. Pero lo que más me gusta… (su tono se vuelve más íntimo) lo que más me gusta son los mensajes que me escribe la gente.
Gloria inclina la cabeza, invitándola a continuar.
GLORIA: (inclinándose ligeramente)
¿Qué tipo de mensajes?
La Gitana se queda callada un momento, como si estuviera seleccionando cuáles compartir. Sus manos reposan sobre las piernas.
LA GITANA:
Chicas que se sienten identificadas con nosotras. (pausa) Chicos y chicas que me cuentan que les gustan las cosquillas pero nunca se han atrevido a contarlo. Que creían que eran raros, que les pasaba algo malo.
Su voz se vuelve más cálida, más materna.
LA GITANA:
Yo les digo que no les pasa nada malo. Que no hay nada raro en algo que no hace daño a nadie, siempre que sea consentido y esté basado en el respeto.
Gloria asiente, fascinada.
LA GITANA: (con un tono más íntimo, casi confidencial)
Ayer me escribió una chica. Me contaba que acababa de romper con su pareja porque él no aceptaba su fetiche. (pausa) Y que ahora se sentía como si acabara de salir de una prisión.
El silencio que sigue es denso, emocionado. La Gitana baja la mirada un momento, como si estuviera recordando el mensaje.
GLORIA: (en voz baja)
¿Respondes a todos los mensajes?
La Gitana levanta la cabeza y sonríe. Esta vez no es una sonrisa amplia, sino pequeña, casi tímida.
LA GITANA:
Lo intento, sí. (ríe, con una mezcla de ternura y vergüenza) Pero todavía estoy aprendiendo a teclear. ¡Ay, Gloria, estos dedos míos no están hechos para las pantallas!
Gloria ríe con ella. La imagen de la leyenda de la Hermandad peleándose con el teclado del móvil es tan humana, tan real, que el momento se vuelve entrañable.
LA GITANA: (recuperando el aliento)
Pero les respondo. Porque si alguien se ha tomado la molestia de escribirme, lo mínimo que puedo hacer es leerlo y contestar. Aunque tarde tres días . (se encoge de hombros) Y tardo, eh. Que esto es un mundo nuevo para mí.
GLORIA:
Tú has puesto el tickling de moda. Lo has hecho tendencia, hasta el punto de que algunas personalidades del mundo de la cultura han confesado su gusto por esta práctica o, incluso, su curiosidad. Algo que antes era poco conocido, hoy se habla en todas las redes sociales. Se hacen memes, parodias en televisión, reels virales.
La Gitana escucha con atención, pero sin pavoneo. Cuando Gloria termina, niega suavemente con la cabeza, como si aquello que acaba de oír le resultara a la vez grato y ajeno.
LA GITANA:
Mira, Gloria. Hasta que no salí de la cárcel, hace dos meses, ni siquiera había oído la palabra "tickling". (pausa, sonríe) Y eso que hablo inglés bastante bien. Lo estudié dentro. Pero esa palabra… nunca me había llegado.
Gloria la mira, interesada.
LA GITANA:
Pero es importante que se visibilice. (su tono se vuelve más grave, más íntimo) Yo me crié pensando que todo en mí era un error. Mi gusto por las mujeres. (pausa) Mi gusto por las cosquillas. Todo lo que me hacía diferente me lo señalaron como algo malo, algo que debía ocultar.
Baja la mirada a sus manos, que reposan quietas sobre el regazo.
LA GITANA:
¿Y sabes qué? Que me lo creí. Durante años. Hasta que entré en la cárcel y me liberé.
Levanta la cabeza y mira a Gloria directamente a los ojos.
LA GITANA:
¿Por qué siguen existiendo tantos tabúes? (se encoge de hombros) Quizá sea porque siguen existiendo extremismos del pasado que estáb volviendo con fuerza y que los arraigan cada vez más. Gente que quiere que volvamos a tener miedo de nosotras mismas. Que nos avergoncemos de lo que sentimos. Y yo… (su voz se endurece ligeramente) yo casi muero en un hospital hace unos meses. Ya no estoy para malgastar la vida avergonzándome
Gloria asiente, en silencio. La Gitana exhala, y su semblante se suaviza de nuevo.
LA GITANA:
Si lo que hemos vivido nosotras sirve para que alguna persona deje de sentirse rara, o sola, o avergonzada… pues bienvenido sea el "tickling" ese. Y que hablen. Que hablen todo lo que quieran. (sonríe, recuperando su calidez) Porque al final, lo único que importa es que la risa nos una. Y que nadie tenga que esconderse para reír. Para quererse como quieras y disfrutar de su sexualidad como le apetezca.
GLORIA: (con cuidado, midiendo cada palabra)
Pero no todo son buenas críticas, eso ya lo sabes. Se te ha acusado de ser la líder de una secta sexual.
La Gitana no se inmuta. Al contrario, esboza una sonrisa irónica, casi divertida.
LA GITANA:
¿Secta? (pausa, arquea una ceja) Pensaba que los líderes de sectas ganaban dinero.
Gloria sonríe a pesar de la gravedad del tema, pero no se deja desviar.
GLORIA:
Además, durante el motín, aparte de los hombres que fueron tiroteados, aparecieron dos funcionarios muertos, atados de pies y manos. Una mujer en una celda de aislamiento. Un hombre en una celda común, al que le indujeron una sobredosis de heroína. (pausa) También se le atribuye a una miembro de la Hermandad el asesinato de la militante neonazi Laura Ríos, "Loba".
El ambiente se tensa. La Gitana deja de sonreír. Su rostro se vuelve grave, pero no nervioso. Hay una calma en ella que parece inquebrantable.
LA GITANA:
Yo sé que Aminata sería incapaz de matar a nadie. (su voz es firme, sin titubeos) La conozco. He dormido en la misma celda que ella. He visto cómo trata a las demás. No es una asesina.
Gloria la mira, expectante.
LA GITANA: (con la mirada fija en la periodista)
Y estoy segura de que es la Gallega quien está detrás de esas muertes. Ella, o los suyos. (pausa) Ya sabemos cómo opera. Usa a otros para ensuciarse las manos. Y luego deja que caigan sobre nosotras las sospechas.
Su tono no es de enfado. Es de certeza. Como quien ha visto demasiado como para dudar.
LA GITANA:
Si de verdad investigaran, lo sabrían. Pero ya sabemos los contactos importantes que tiene esa mujer.
Gloria asiente despacio, sin añadir nada. La Gitana exhala, y su semblante se suaviza ligeramente.
Gloria asiente despacio, sin añadir nada. La Gitana exhala, y su semblante se suaviza ligeramente. Pero no para relajarse. Es la calma que precede a una confesión.
LA GITANA: (con la voz más baja, más íntima)
Ahora bien. (pausa) Sí que asumo mi parte de responsabilidad en todo lo malo que les ha sucedido a mis chicas desde que Rosa —la Gallega— entró en el juego.
Gloria la mira, sorprendida por esa asunción de culpa.
LA GITANA:
Yo siempre creí que podría solucionarlo todo con las cosquillas y las buenas intenciones. (niega con la cabeza, una sonrisa amarga) Ingenua de mí. Cuatro puñaladas en el abdomen me demostraron que no siempre es así.
Se queda callada un momento, ordenando los recuerdos.
LA GITANA:
¿Sabes por qué empezó mi enemistad con la Gallega? Una mujer con la que jamás antes había tenido problemas. (mira a Gloria fijamente) Si has leído el libro de Elisa, sabrás que todo empezó por ayudar a dos chicas a salir de la adicción a la heroína.
Gloria asiente. Lo recuerda.
LA GITANA:
Eso interfirió directamente en su actividad dentro del centro. Ella movía la droga, nosotras la apartábamos de las que querían dejarlo. Y lo demás… (alza una mano, en un gesto de rendición) lo demás ya es historia.
Baja la mano, la apoya sobre su muslo.
LA GITANA:
Pero si pudiera volver atrás… no sé si lo haría de otra manera. Porque al menos una de esas dos chicas, Gloria, hoy están limpias. La otra… (pausa) la otra murió el día de la inundación. Eso es lo único que puedo ofrecer: que en el intento de hacer el bien, también puede hacer mucho daño sin querer.
El silencio que sigue es pesado, pero no incómodo. La Gitana lo rompe con un suspiro.
LA GITANA:
Así que sí, asumo mi parte. Pero no la culpa entera. No la responsabilidad directa de todas esas trágicas muertes. Esa se la dejo a quien la merece.
GLORIA: (con preocupación genuina)
¿Tienes miedo de que vuelva para tomar represalias?
La Gitana no responde de inmediato. Mira hacia la ventana, hacia la cortina gris que oculta el exterior. Cuando vuelve a hablar, su voz es pausada, medida.
LA GITANA:
La Gallega estará un tiempo sin hacer ruido. En paradero desconocido. Pero estoy segura de que volverá. (pausa) Y es a mí a quien quiere.
Gloria contiene el aliento.
LA GITANA: (con una calma casi inquietante)
Como te dije antes, yo no me voy a esconder.
Se toca el pecho con la mano abierta, un gesto que es a la vez una promesa y un desafío.
LA GITANA:
Es por mis chicas por quien temo.
Su voz se quiebra ligeramente al final. Solo un instante. Luego recupera la compostura, pero la grieta ha quedado a la vista.
LA GITANA: (en voz más baja)
Ellas ya han pagado bastante. Algunas dieron la vida. Otras perdieron la salud, la libertad, la paz. (mira a Gloria a los ojos) No quiero que nadie más tenga que pagar por algo que empecé yo.
Gloria no dice nada. Solo asiente.
LA GITANA: (endureciendo el tono, pero sin perder la serenidad)
Pero si viene, que venga a por mí. Aquí me tiene. No me muevo.
GLORIA: (con la voz teñida de admiración)
Gitana, pero lo que cuentan las chicas de ti… (pausa) Me da la sensación de que les has cambiado la vida. Son mujeres nuevas, más fuertes. Ellas te admiran.
La Gitana baja la mirada un momento. Cuando la levanta, sus ojos brillan. No de lágrimas, sino de esa luz interna que tienen las personas que han encontrado su lugar en el mundo.
LA GITANA: (en voz baja, casi un susurro)
Como yo a ellas.
GLORIA (A CÁMARA): (con los ojos brillantes, una sonrisa nerviosa pero decidida)
Antes de cerrar esta entrevista, tengo que confesar algo. Hemos preparado algo especial. Algo que sé que no va a gustarle a todo el mundo y por lo que seguramente voy a recibir no pocas críticas. (pausa, se encoge de hombros) Y la verdad, no me importa.
Gira ligeramente la cabeza hacia La Gitana, que la observa con curiosidad desde la cama. Luego vuelve a la cámara.
GLORIA (A CÁMARA):
La Gitana me va a atar a esta cama. Y me va a hacer cosquillas.
Una pausa. Se ríe, nerviosa, pero sin perder la determinación.
GLORIA (A CÁMARA):
Estoy nerviosa. Pero también muy expectante. (mira a La Gitana, y su voz se vuelve más cálida) Porque después de escuchar a tantas mujeres hablar de esto durante semanas… necesito saberlo. Necesito sentirlo.
La Gitana la mira con una sonrisa pausada, cómplice.
LA GITANA: (en voz baja, divertida) ¿Segura, niña?
GLORIA: (asintiendo, sin dudar) Más que nunca.
La Gitana se incorpora. El movimiento es lento, pausado. El operador de sonido se acerca para ayudarla —un brazo firme, un gesto discreto— y ella apoya su peso en él mientras se pone de pie. El bastón queda apoyado en la mesilla.
Se agacha, con esfuerzo pero sin prisa, y abre la cremallera de una bolsa de viaje de lona que está en el suelo, junto a la cama. De su interior extrae unas correas de cuero marrón, suaves, bien cuidadas. No parecen un instrumento de castigo, sino algo más cercano a un juego consentido.
La Gitana se acerca a la cama. Gloria, que ya se ha quitado los mocasines —los ha dejado junto a la puerta, como siempre—, se tumba boca arriba sobre la colcha blanca. Estira los brazos por encima de la cabeza. Las piernas, ligeramente separadas. Sus pies descalzos, de uñas pintadas de un rojo oscuro, quedan apoyados sobre el borde del colchón.
La Gitana ata sus muñecas a los barrotes del cabecero. No con fuerza, pero con seguridad. Las correas de cuero se ajustan con un suave roce.
GLORIA: (ríe, nerviosa, mientras siente el cuero en la piel) Ay, madre…
LA GITANA: (con una sonrisa tranquila, mientras ata también sus tobillos) ¿Quieres que pare antes de empezar?
GLORIA: (negando con la cabeza, la voz un poco temblorosa pero firme) No. Quiero saber.
La Gitana termina de ajustar la última correa. Se endereza, con ayuda del borde de la cama, y mira a Gloria tendida bajo ella. El equipo de grabación sigue rodando. El cámara las encuadra en un plano medio. El sonidista ajusta los niveles.
Gloria cierra los ojos un instante. Los abre. Y espera.
SESIÓN DE COSQUILLAS A LA PERIODISTA GLORIA HERRERA
La Gitana termina de ajustar la última correa. Se endereza, con ayuda del borde de la cama, y mira a Gloria tendida bajo ella. La periodista tiene los brazos estirados por encima de la cabeza, las muñecas atadas a los anclajes del cabecero. Los tobillos, también sujetos, mantienen sus piernas ligeramente separadas. Sus pies descalzos reposan sobre la colcha blanca.
El equipo de grabación sigue rodando. El cámara las encuadra en un plano medio. El sonidista ajusta los niveles. Nadie habla.
La Gitana no comienza de inmediato. Estudia a Gloria con una atención minuciosa, como quien observa un mapa antes de trazar una ruta. Sus ojos recorren el cuerpo tenso de la periodista: los hombros encogidos, las manos que se abren y se cierran sobre el aire, el pecho que sube y baja con una respiración cada vez más agitada.
Gloria ríe nerviosa. Es una risa baja, contenida, que no termina de florecer.
LA GITANA: (con una sonrisa tranquila, la cabeza ligeramente inclinada)
Te veo nerviosa.
Gloria asiente, sin dejar de reír.
LA GITANA:
¿Tienes muchas cosquillas?
Gloria vuelve a asentir. Esta vez su risa se vuelve más audible, más temblorosa. Sus dedos se aferran al vacío.
La Gitana no dice nada más. Su mano derecha —la que no necesita apoyarse en el cabecero— comienza a moverse.
Los dedos se posan sobre el antebrazo derecho de Gloria. El contacto es suave, casi una caricia. Las yemas recorren la piel despacio, descendiendo milímetro a milímetro desde la muñeca hacia el codo.
Gloria resopla. No es una risa, es un escape de aire, una advertencia de que su cuerpo ya sabe lo que viene.
La mano de La Gitana sigue bajando. Pasa el codo, roza la parte interna del brazo, ese lugar que nadie toca en el día a día. Los dedos se demoran allí un instante, apenas rozando, y luego continúan su camino.
Hacia las axilas.
Gloria contiene la respiración. Su cuerpo entero se tensa. Los hombros tiran de los brazos atados. Los pies se presionan entre sí. La risa nerviosa ha cesado por completo, reemplazada por una tensión vibrante que llena la habitación.
Las manos de La Gitana siguen bajando.
Gloria cierra los ojos. Los abre. Los cierra. Su boca se entreabre como si fuera a decir algo, pero no salen palabras. Solo aire.
Y entonces los dedos alcanzan las axilas.
Los dedos de La Gitana se posan sobre las axilas de Gloria. Apenas rozan la piel. Un contacto mínimo, casi etéreo. Pero es suficiente.
Gloria estalla.
La carcajada que brota de su garganta es limpia, sonora, libre. No hay nada contenido en ella. Es la risa de alguien que ha perdido el control sobre su propio cuerpo y, por un instante, no le importa.
GLORIA: (entre carcajadas) ¡Ay, no, no, no…!
La Gitana no aumenta la presión. No hace falta. Sus dedos se mueven con una firmeza suave, insistente, recorriendo ese hueco sensible con movimientos circulares y pausados. La misma zona. Una y otra vez. Sin descanso.
Gloria se retuerce sobre la cama. Sus muñecas tiran de las correas de cuero, sus tobillos forcejean contra las ataduras, sus pies descalzos se frotan entre sí sin conseguir calmar el cosquilleo que le recorre el cuerpo. La risa es un torrente imparable, una corriente que la arrastra y de la que no puede escapar.
GLORIA: (con la voz quebrada, entre hipidos de risa) ¡Ja-ja-ja-ja-ja! ¡Ay, no puedo, que no puedo!
La Gitana la observa mientras sus dedos siguen bailando sobre las axilas. Hay una ligera sonrisa en sus labios, pero también una atención clínica, como si estuviera aprendiendo algo nuevo sobre la mujer que tiene delante.
LA GITANA: (en voz baja, casi para sí misma) Sí que puedes.
Gloria niega con la cabeza, pero no puede articular palabras. Solo risa. Pura. Sonora. Desesperada.
La Gitana abandona las axilas y desciende lentamente hasta las costillas de Gloria. Las yemas se posan sobre los huesos cubiertos de piel fina y comienzan a moverse con esa misma firmeza pausada, insistente, implacable.
Las carcajadas de Gloria se multiplican, se hacen más agudas, más descontroladas. La risa ya no es la de una periodista seria y profesional. Es áspera, visceral, una erupción que le brota desde lo más hondo. Su boca se abre mostrando los dientes, la mandíbula tensa, y entre carcajada y carcajada apenas le da tiempo a tomar aire.
—¡Jajajajaja! ¡No, ahí nojojojojo! ¡Ahí no, por…!
La frase se le corta. Otra oleada de cosquillas la atraviesa. Su torso se arquea sobre la cama, los abdominales contraídos, los hombros tirando de las correas con una fuerza que hace crujir el cabecero. Sus pies descalzos se retuercen, los dedos apretándose contra las plantas, las piernas forcejeando sin conseguir soltarse.
La Gitana observa, impasible, sonriente, mientras sus dedos siguen bailando sobre las costillas. Una por una. De arriba abajo. Sin prisa, pero sin pausa.
—Tienes muchísimas cosquillas —dice, con una calma que contrasta con el estado de la mujer atada bajo ella.
Gloria no puede responder. Su pecho sube y baja con violencia, y a pesar de la desesperación que muestra su cuerpo —los tirones, los forcejeos, los intentos fallidos de escapar— hay algo en su mirada que dice que no quiere que pare. Que está dispuesta a seguir.
La Gitana lo sabe. Por eso sonríe.
—Ahora —dice, en voz baja, íntima, mientras sus dedos se desplazan a otra costilla— todo el mundo sabrá los puntos débiles de la reputada periodista Gloria Herrera.
Gloria suelta una carcajada que es casi un grito. Una mezcla de vergüenza y liberación. Sus pies se arquean, los dedos se curvan, y su risa se vuelve más alta.
Ahora el ataque pasa a los costados de su cintura, esa piel suave llena de terminaciones nerviosas. Gloria se retuerce como si estuviera poseída. Su risa se vuelve sorda, su rostro enrojece y su pecho sube y baja a toda velocidad.
Entonces, la Gitana decide darle un respiro.
Mantiene sus dedos un instante más sobre los costados de Gloria, pero no reanuda el ataque. Observa el rostro de la periodista: las mejillas encendidas, el pecho que sube y baja como un fuelle, los ojos brillantes de lágrimas y diversión. Solo entonces retira las manos.
Gloria exhala. Un suspiro largo, tembloroso, que parece sacar de ella el último resto de la risa contenida.
—Dios —dice, con la voz ronca, rota—, jajajajajaja, qué tortura, Gitana.
Se queda unos segundos mirando el techo, recuperando el aliento. Las correas de cuero siguen sujetando sus muñecas y tobillos, pero su cuerpo ha dejado de forcejear. Hay una calma nueva en ella, una rendición dulce.
Gira la cabeza hacia La Gitana. Su mirada ya no es la de la periodista seria que abría el documental. Es otra. Más desarmada, más sincera.
—¿Pero por qué paras?
La Gitana sonríe. No responde de inmediato.
El silencio se alarga un segundo. El cámara reajusta el encuadre. El sonidista contiene la respiración.
Gloria dirige la mirada a sus propias manos, atadas sobre la almohada. Luego la eleva de nuevo.
—Sigue —susurra.
La Gitana inclina la cabeza, como si no hubiera oído bien.
—¿Estás segura?
—Sigue —repite Gloria, más alto esta vez. Y aunque intenta poner firmeza en la voz, la sonrisa se le escapa, cómplice.
La Gitana asiente. Sus dedos vuelven a posarse sobre la cintura de Gloria, pero ahora con más calma, con más intención.
—Bien —dice.
La mano de La Gitana se desplaza hacia abajo. Deja atrás la cintura y los costados, y se posa sobre el muslo derecho de Gloria. Los dedos se vuelven de nuevo más ligeros. Un roce. Casi una caricia.
No hay presión. Solo un deslizamiento suave de las yemas sobre la piel expuesta del muslo blanco, sensible, suave, vulnerable.
La reacción de Gloria sorprende a todos.
—¡HOSTIA, JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
El grito rasga la habitación. No es una risa, es una explosión. Un estallido que sale de sus entrañas sin pedir permiso. Sus piernas tiran de las correas con una fuerza que hace crujir los anclajes de la cama. Sus pies se arquean, los dedos se curvan hacia abajo como si intentaran agarrarse a algo que no existe.
La cámara capta el momento. El operador, que ha visto muchas escenas a lo largo de su carrera, abre los ojos con asombro. El sonidista se lleva una mano a los auriculares, ajustando los niveles para no saturar.
La Gitana no aparta la mano. Al contrario. Insiste en el mismo punto, con esa misma ligereza cruel de quien acaba de encontrar un tesoro y no tiene prisa por desenterrarlo.
—Vaya —dice, con una sonrisa que es mitad asombro, mitad diversión—. Aquí hay premio.
Gloria no puede responder. Su cuerpo se retuerce como una anguila, los brazos tirando de las correas, la cabeza girando de un lado a otro sobre la almohada. Las carcajadas se entremezclan con jadeos, con intentos fallidos de articular palabras que se ahogan antes de nacer.
—¡NO PUEDO, JAJAJAJAJA, NO PUEDO! —logra gritar entre espasmo y espasmo.
Pero La Gitana no para. Sabe que está en el límite, pero también sabe que ese límite, a veces, es solo una puerta que hay que atravesar.
La Gitana apoya ambas manos sobre los muslos de Gloria. Ahora no es solo una caricia. Es un ataque coordinado, preciso: los dedos de su mano derecha recorren el muslo derecho mientras los de la izquierda hacen lo propio en el izquierdo. El movimiento es el mismo en ambos lados: círculos lentos, suaves, insistentes, sobre esa piel que parece arder con solo rozarla.
Gloria pierde la capacidad de articular sonidos reconocibles.
Su cuerpo se arquea como si una corriente eléctrica la recorriera de pies a cabeza. Las correas de cuero crujen contra los barrotes. La cama tiembla. La risa que brota de ella es ya una cosa inhumana, un sonido ronco, gutural, que apenas le permite tomar aire.
La Gitana la observa con atención. No solo sus manos se mueven: sus ojos también, atentos a cada gesto, a cada contracción, a cada pequeño espasmo que recorre el cuerpo de la periodista. Sabe que está cerca del límite. Por eso vuelve a preguntar.
—¿Quieres decir la palabra de seguridad?
Su voz es baja, casi un susurro. No hay presión en ella. Solo una puerta abierta.
Gloria tarda en responder. Primero viene una carcajada explosiva, luego otra, luego un jadeo que parece un intento fallido de formar una palabra. La Gitana no aprieta más, pero tampoco se detiene. Sigue moviendo los dedos sobre los muslos, firme pero suave, esperando.
—No… —logra articular Gloria entre estertores de risa—. No… ja-ja-ja-ja…
La palabra se pierde en una nueva oleada de cosquillas. Su cabeza gira de un lado a otro, los pies patean el aire, todo su cuerpo es un territorio conquistado por la risa. Pero no dice la palabra.
—¿Segura? —pregunta La Gitana, apenas alzando la voz por encima del tumulto.
Gloria niega con la cabeza. No puede más que eso. Pero es suficiente.
La Gitana asiente. No dice nada más. Solo sonríe —apenas un leve temblor en los labios— y sus dedos continúan su danza sobre los muslos de la periodista, porque así se lo ha pedido. Sin palabras. Pero con todo el cuerpo.
Después de un rato explorando los muslos, La Gitana desliza sus manos hacia abajo. Sus dedos recorren la cara interna, bordean la rodilla, y sin querer —o queriendo— rozan la parte de atrás.
La zona poplítea. Esa pequeña concavidad que pocos recuerdan, donde la piel es fina como el papel y los nervios asoman sin protección.
El efecto es eléctrico.
—¡¿QUÉ ES ESO?! —grita Gloria, entre carcajadas que ya son puro reflejo.
Su pierna derecha intenta cerrarse sobre sí misma, pero la correa se lo impide. Los dedos de La Gitana insisten ahora con conciencia, explorando esa hendidura vulnerable que pocos conocen y menos aún atacan.
—Vaya, vaya —murmura la Gitana, con una sonrisa que es pura picardía—. Aquí escondías esto.
Sus dedos se mueven ahora con una lentitud deliberada, trazando círculos diminutos en esa piel de seda, justo donde el tendón se tensa bajo la superficie. Gloria se retuerce como si le hubieran aplicado una descarga eléctrica. Los jadeos se mezclan con carcajadas explosivas, con palabras que no llegan a formarse.
La cámara enfoca sus pies, que se arquean violentamente, los dedos curvándose hacia las plantas como garras. El sonidista apenas puede contener la risa mientras ajusta los niveles.
La Gitana ataca ahora la otra pierna. La reacción es idéntica, si cabe más intensa.
—¡JAJAJAJAJA NO PUEDO, JAJAJAJA, AHÍ NO, AHÍ ES MUCHO PEOR!
—¿Palabra de seguridad? —pregunta la Gitana, por encima del estruendo.
Gloria niega con la cabeza con tal violencia que el pelo le vuela. No quiere. No puede querer. Algo en esa tortura la fascina, la atrapa, la completa.
La Gitana lo sabe. Por eso no para.
Sus manos, que habían estado explorando cada rincón del cuerpo de Gloria con una intensidad meticulosa, quedan suspendidas en el aire un instante. Luego, su mirada desciende.
Hacia los pies.
Gloria los tiene descalzos desde el principio de la entrevista. Son pies cuidados, elegantes, de uñas arregladas con esmero y bien proporcionados. La Gitana los observa como quien contempla un paisaje que no había reparado en visitar.
Gloria sigue el recorrido de su mirada y lo adivina antes de que ocurra.
—Ay, no. —Su voz aún está ronca por las carcajadas anteriores, pero ahora hay un matiz nuevo: un nerviosismo genuino, casi infantil—. Los pies no. En las pedicuras lo paso fatal.
La Gitana sonríe. Es una sonrisa lenta, que nace en un lado de la boca y se extiende con una calma peligrosa.
—¿Ah, sí?
No espera respuesta. Su mano se acerca al pie derecho de Gloria y las yemas de sus dedos —suaves, cálidas, terriblemente pacientes— se posan sobre la planta. Apenas rozan. Un contacto mínimo, casi una pregunta.
El cuerpo de Gloria responde antes que su cerebro. Un espasmo recorre su pierna, sus dedos se curvan hacia la planta en un reflejo de defensa, y una risa nerviosa —más aguda, más vulnerable que las anteriores— escapa de sus labios.
—¡Jajajajajajaja! ¡No, no, no empieces!
Los dedos trazan curvas lentas sobre la piel sensible del arco, sin presión, sin prisa, dejando que la anticipación haga el trabajo sucio.
Gloria se muerde el labio. Sus manos, atadas al cabecero, se aferran a la almohada con una fuerza nueva. Sabe lo que viene. Sabe que no puede hacer nada para evitarlo.
La Gitana levanta la vista hacia ella, y sus ojos brillan con una luz tranquila.
—¿Sigue sin querer la palabra de seguridad? —pregunta, mientras sus dedos continúan su danza sobre la planta.
Gloria niega con la cabeza. La risa ya le tiembla en el pecho, a punto de estallar.
—No —susurra—. No quiero.
La Gitana asiente. Y sus dedos se vuelven más firmes.
Los dedos de La Gitana se posan sobre la planta del pie derecho de Gloria con la suavidad de una pluma. Apenas se apoyan. Son las yemas, nada más, rozando la piel como quien prueba la temperatura del agua antes de meterse.
El recorrido comienza en el talón. La zona más gruesa, menos sensible. Los dedos describen un círculo perezoso, casi una caricia. Gloria ni siquiera se inmuta al principio, solo mira desde la altura de sus brazos atados, conteniendo el aliento.
Luego ascienden.
El arco. Esa curva perfecta, esa piel más fina, más tersa, donde los nervios se agrupan como avispas en un nido. La presión sigue siendo la misma: mínima, etérea, apenas un susurro de contacto. Pero algo cambia.
Las yemas de La Gitana trazan ahora un camino lento, muy lento, desde la base del arco hasta la zona justo bajo los dedos. Una línea recta. Una línea invisible que parece dibujada con tiza sobre la piel.
Gloria emite un sonido extraño. No es una carcajada, no es un gemido. Es un aire que se le escapa, un suspiro que se convierte en risa contenida, en un temblor que le recorre la pierna y la hace intentar retirar el pie. La correa se lo impide.
—No… hagas… eso… —susurra, con la voz rota.
La Gitana no responde. Sigue. Ahora sus dedos —el índice y el corazón de la mano derecha— se mueven en paralelo, ascendiendo y descendiendo por el arco con un ritmo hipnótico. Vaivén. Vaivén. Como las olas de un mar calmado que, sin embargo, erosiona la orilla.
Gloria ya no contiene nada. La risa brota, baja al principio, casi temblorosa, y luego crece, se desborda, se convierte en algo que no puede controlar. Su pie izquierdo, el que aún está libre de ataque, se retuerce sobre la colcha, los dedos frotándose contra la tela como si buscaran un escape que no existe.
—¡Jajajajaja!
La Gitana no se inmutó. Sus dedos llegaron ahora a la zona más delicada: el espacio justo entre los dedos de los pies, esa membrana finísima que une una falange con otra. Allí, las yemas se movieron con una delicadeza obsesiva, pequeños círculos apenas perceptibles.
Gloria perdió el control por completo. Su cuerpo se arqueó como un arco, su cabeza presionó contra la almohada, sus manos atadas tiraron de las correas con violencia. La risa se volvió aguda, histérica, una cosa que le ardía en la garganta y le nublaba la vista.
—¡AHÍ NO, AHÍ NO, POR FAVOR!
La Gitana se detuvo un segundo. Solo un segundo. Observó el pie de Gloria, enrojecido por la fricción y el cosquilleo, los dedos aún temblorosos. Luego miró su rostro: las mejillas húmedas, los ojos desorbitados, la boca abierta en una mueca que era todo risa y todo súplica.
—¿Sí? —preguntó, en un susurro.
Gloria asintió con violencia.
—SÍ, SÍ, SÍ —gritó entre carcajadas—. PERO NO AHÍ, NO AHÍ.
La Gitana sonrió. Sus dedos volvieron a la planta, al arco, ese territorio que ya conocían, que ya habían conquistado. Y Gloria rió, rió con todo el cuerpo, con los pies arqueados y las manos apretando la almohada.
Ahora las dos manos de La Gitana trabajan al unísono. Cada una ha elegido un pie. Los dedos ya no acarician: arañan suavemente, con las yemas, con las uñas, con esa presión firme de la que la Gitana es experta.
Las plantas de Gloria son un amasijo de sensaciones que activan las carcajadas y los espasmos de la periodista. La Gitana las recorre de arriba abajo, del talón a los dedos, de los dedos al talón, sin descanso, sin piedad. El arco, ese punto vulnerable que ya había hecho temblar a la periodista, recibe ahora una atención metódica, obsesiva. Círculos rápidos, insistentes, que no permiten a los nervios un segundo de tregua.
Gloria pierde la capacidad de articular palabras coherentes.
Su risa se ha vuelto aguda, casi un silbido entrecortado por la falta de aire. Sus pies intentan retirarse, protegerse, cerrarse sobre sí mismos como flores que se pliegan al anochecer, pero las correas los mantienen firmes, expuestos, vulnerables.
Sus brazos tiran de las correas de las muñecas. El cuero cruje contra los barrotes. Su torso se arquea, se retuerce, intentando encontrar un ángulo que alivie la presión sobre sus pies, pero no lo hay. La Gitana conoce el cuerpo humano mejor que nadie. Sabe que no hay escapatoria.
—¡JAJAJAJAJA! ¡JAJAJAJAJA!
Es todo lo que Gloria puede emitir. Una carcajada ininterrumpida, una sola nota sostenida que sube y baja de tono según la intensidad del ataque. Las lágrimas corren por sus mejillas, empapando la almohada. Su cara está encendida, los ojos casi cerrados, la boca abierta en una mueca que es todo sufrimiento placentero.
La Gitana no habla. No hace falta. Sus dedos hablan por ella. Preguntan, exigen, reciben. Cada caricia es una pregunta: ¿hasta dónde puedes llegar? Cada espasmo de Gloria es una respuesta: más lejos, más lejos, aún más lejos.
Las correas de los tobillos están tirando con una fuerza que parece desafiar la integridad de los barrotes. La cama cruje. El cabecero golpea contra la pared con un ritmo frenético.
—¡JAJAJAJA… NO PUEDO… JAJAJAJA… NO PUEDO MÁS!
Gloria tira de las correas. Gime, ríe, llora. Los pies se le arquean. La Gitana no ceja.
Y la habitación se llena de ese sonido único, inconfundible: el de una mujer siendo desarmada pieza a pieza, cosquilla a cosquilla, risa a risa.
Las manos de La Gitana descienden hasta los dedos de los pies de Gloria.
Los sujeta con suavidad, uno a uno, y las yemas de sus dedos —cálidas, implacables— recorren cada falange, cada espacio interdigital, cada yema.
El efecto es demoledor.
La risa de Gloria se vuelve aguda, casi infantil. Un sonido que no parece salir de una mujer de cuarenta y tantos años.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡NO, AHÍ NO! ¡NO, NO, NO!
Sus pies patean el aire con una fuerza que sorprende. Las correas de los tobillos apenas pueden contener los espasmos. Los dedos de los pies se curvan, se esconden, intentan protegerse unos a otros, pero La Gitana es paciente. Los va desplegando uno por uno, como quien abre las páginas de un libro secreto.
El dedo gordo. El índice. El corazón. Cada uno recibe su atención: círculos, caricias, pequeños pellizcos que no duelen pero que hacen arder la piel.
Gloria ya no puede pensar. Solo reír. Reír y patalear, patalear y reír. Su cabeza se sacude sobre la almohada, el pelo desordenado pegándose a las mejillas húmedas. Sus brazos tiran de las correas del cabecero como si quisiera arrancarlas de cuajo.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡BASTA! ¡BASTA, QUE NO PUEDO!
Pero La Gitana sabe que no es suficiente. No hasta que oiga la palabra.
Vuelven las uñas a atacar son piedad bajo los dedos de los pies. Gloria pega patadas, grita, se retuerce, hasta que por fin, colapsa:
—¡VERITAS! —grita, con una voz que no parece la suya—. ¡VERITAS, VERITAS, VERITAS!
La Gitana se detiene al instante.
Como si un interruptor se hubiera apagado. Las manos quedan suspendidas en el aire, inmóviles. El silencio, de repente, es ensordecedor después de tanto ruido.
Gloria jadea. Su pecho sube y baja con violencia. Los pies aún tiemblan, los dedos se mueven solos, como si recordaran la caricia. La risa se ha convertido en un sollozo contenido, en una respiración entrecortada.
La Gitana no dice nada. Comienza a desatar las correas con manos hábiles pero cansadas. La hebilla del tobillo derecho. La del izquierdo. Las muñecas. Una a una. El cuero cede, y los brazos de Gloria caen sobre la cama como alas rotas.
La periodista no se incorpora. Permanece tumbada boca arriba, mirando el techo, con los brazos extendidos y las piernas aún ligeramente separadas. Su respiración poco a poco se aquieta.
La Gitana se sienta en el borde de la cama, con un suspiro de fatiga. Se masajea la mano derecha, la que ha trabajado más. No dice nada. Solo espera.
Gloria gira la cabeza hacia ella. Sus ojos, aún llorosos, tienen un brillo nuevo.
—Menuda tortura —dice, con la voz rota pero sonriendo—. Pero oye, me encuentro relajadísima.
La Gitana sonríe. No responde. Solo asiente, como si aquello fuera exactamente lo que esperaba oír.
Gloria se incorpora, apoyándose en los codos. Las marcas de las correas le dibujan surcos rojos en las muñecas y los tobillos. Se frota un brazo, luego el otro. Mira sus pies descalzos, aún temblorosos, y suelta una risa pequeña, casi tímida.
La Gitana se ríe. Una risa baja, cálida, que no necesita ser ruidosa para ser sincera.
El cámara baja la cámara un momento. El sonidista se quita los auriculares. La magia se rompe, pero algo ha quedado flotando en el aire de la habitación. Algo que ninguna de las presentes sabrá nombrar, pero que todas han sentido.
Gloria mira a La Gitana, y por un instante no son entrevistadora y entrevistada. Son dos mujeres que han compartido algo que no necesita explicación.
—Gracias —dice Gloria, en voz baja.
La Gitana asiente.
—A ti, niña. Por confiar en mí.
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TRES AÑOS DESPUÉS DEL MOTÍN
INT. CELDA DE LA GITANA – CENTRO PENITENCIARIO – NOCHE
La celda sigue siendo la misma. Las paredes de cemento, la vieja cama de matrimonio de hierro, la pequeña estantería metálica donde La Gitana guardaba sus libros y sus recuerdos. Pero algo ha cambiado. Sobre la mesilla reposa una fotografía enmarcada: La Gitana, sonriendo, abrazada a varias de las suyas el día de su salida.
Sentada en el borde de la litera inferior, AMINATA hojea un ejemplar gastado de "Hermanas". A sus pies, unos zapatos de lona desgastados. Está descalza.
La puerta se abre con un chirrido leve. Entra ISABEL, con el pelo canoso ahora más corto, la mirada más serena. Cierra tras de sí.
ISABEL:
Aminata.
Aminata levanta la vista del libro. Cierra suavemente la tapa y lo deja a un lado.
AMINATA: (con una sonrisa cansada pero cálida)
Isabel. Siéntate.
Isabel se sienta frente a ella, en el borde de la cama, como tantas veces hizo La Gitana.
ISABEL:
Hay una nueva. Lleva una semana en el módulo. Es joven. Veintipocos. (pausa) Muy cosquillosa, según las primeras pruebas.
Aminata arquea una ceja, interesada.
ISABEL:
Quiere entrar en la Hermandad.
El silencio se alarga un instante. Aminata mira la fotografía enmarcada, luego vuelve a Isabel.
AMINATA: (con una sonrisa pausada)
Estupendo. (pausa) Tendrá que pasar el rito de iniciación.
Isabel asiente. No necesita preguntar más.
AMINATA: (levantándose con esfuerzo, dejando los pies descalzos sobre el suelo frío)
Mañana. Aquí. A las ocho.
Isabel se pone de pie también.
ISABEL:
Se lo diré.
Se dirige hacia la puerta. Antes de salir, se detiene un momento.
ISABEL: (sin girarse)
¿Has podido ver ya el documental?
Aminata asiente, orgullosa.
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