LA CONDENA - Episodio 2: Kiara
Llegaron a la segunda planta del módulo y atravesaron el largo pasillo que dejaba a su derecha las celdas y a su izquierda la barandilla que protegía sus cuerpos de una caída mortal. A Elisa no le gustaban las alturas, de modo que caminaba por la derecha tratando de no mirar abajo.
- ¿Estás nerviosa? - le preguntó Kiara.
- Estoy cagada.
- No hay nada que temer, diputada, ya lo verás. Mira, es la última celda.
Elisa aminoró el paso y Kiara entró la primera, atravesando una ancha y tupida cortina marrón que cubría toda la celda, con la confianza que la caracterizaba y ese andar chulesco que a Elisa le parecía tan divertido. A Elisa le sorprendió ver cortinas en una celda.
- ¡GITANAAAA!
- Hombreeee, ¡pelonaaaa!
Mientras las dos presas se abrazaban y bromeaban entre ellas, Elisa se quedó en el umbral de la puerta, cabizbaja.
- Gitanita, te traigo a alguien.
- A ver, pelona, ¿a quién me traes?
Elisa levantó la vista y sonrió con timidez, lo que vio no era lo que esperaba. Se trataba de una mujer bajita, de unos 48 años, rechoncha, de piel tostada y cabello negro recogido con un tupido moño. Le llamó la atención el hecho de que no llevaba uniforme de presidiaria. Vestía unos pantalones cortos grises, una estridente camiseta de tirantes fucsia y unas chanclas. A pesar de la sencillez de su indumentaria, el hecho de que no llevara uniforme le revelaba allí dentro cierto estatus. Era una muestra de poder. Tras ella, una celda para ella sola con una vieja cama de matrimonio en el centro, estanterías llenas de libros a los lados y un pequeño sillón en una esquina.
- Ella es Elisa Ramírez, la del caso ese de corrupción en el ayuntamiento. Ha salido por la tele y todo, ¡es famosa!
- Jajaja, qué boba eres. Encantada, Elisa, dame dos besos.
Elisa se acercó, algo temerosa y le dio dos besos a La Gitana, sonriendo.
- Disculpa, ¿cómo es tu nombre?
- Jaja, qué bonica. Yo no tengo nombre, cariño, aquí dentro soy La Gitana. No te quedes de pie, siéntate.
A Elisa le pareció una mujer afable. Su voz rasgada desentonaba mucho con su tono cordial y su cortesía a la hora de hablar. Se sentó en la cama y La Gitana se sentó a su lado. Kiara se sentó en el sillón, observando.
- Cuéntame, Elisa, ¿te ha hablado la petarda esta de mí? - Kiara rió desde el sillón y Elisa sonrió.
- Algo me ha contado. - Elisa no supo qué más decir durante unos segundos y Kiara rompió el silencio.
- La diputada está un poco asustada con lo de las cosquillas. Es que la tocas y ya se pone a dar brincos, la pobre.
La Gitana rió y se dirigió a Elisa.
- Bueno, tú no te preocupes, que no tiene que ser hoy ni estás obligada a nada. Estate tranquila, de verdad.
- No, no, no, quiero hacerlo, en serio, sólo que estoy un poquito asustada. Lo paso muy mal con las cosquillas. - dijo Elisa, tratando de caer bien en todo momento a la mujer que podía otorgarle seguridad mientras estuviera ahí dentro.
Kiara intervino, apoltronada en el sillón:
- Ya verás, dipu, que te lo vas a pasar hasta bien al final.
Elisa sonrió, pero a La Gitana le pareció que no estaba muy convencida. Le puso una mano en la espalda a Elisa y la tranquilizó:
- Mira, vamos a hacer una cosa, ¿te parece? Para que veas lo que es, vamos a hacerle cosquillas a esta petarda. - dijo señalando a Kiara, que abrió los ojos de par en par y empezó a reír, nerviosa.
- No jooodas, ¿a mí? Jajajaja. Venga, quién dijo miedo.
Kiara dio una sonora palmada en su pierna y se levantó fingiendo soberbia. De un salto se tumbó sobre la cama y empezó a quitarse las botas y el uniforme, quedándose sólo en ropa interior. Elisa se levantó de la cama y se quedó de pie frente a ella, mirándola con atención. Kiara cerró los ojos y levantó los brazos. La Gitana se levantó, sacó de debajo de la cama una especie de girones de tela y empezó a atar las manos de Kiara, luego hizo lo mismo con sus pies dejando a Kiara boca arriba, en forma de equis. Elisa contempló el delgado y pálido cuerpo de Kiara, que la miraba sonriendo. Lo tenía cubierto de tatuajes, observó sus diminutos pechos, sus costillas marcadas y sus pies de la talla 38, de aspecto suave, cuidados y sonrojados, con los dedos redondeados que se movían de atrás hacia delante.
- Qué nervioooos. - dijo Kiara, apretando los dientes. A Elisa le empezó a divertir un poco aquella surrealista escena.
Los dedos de La Gitana empezaron a recorrer los antebrazos de Kiara, que empezó a estremecerse. Mientras hacía esto, comenzó a hablarle a Elisa.
- Cuando conocí a esta pelona, ella acababa de entrar, se las había querido dar de traficante de coca en su barrio y al principio, bien, pero cuando empezó a vender al por mayor le salió mal la jugada. Estaba tan asustada como tú. A los pocos días nos hicimos íntimas amigas. Un día le pregunté si no le habían dolido todos esos tatuajes, ¿sabes qué me respondió? ¿Tú te acuerdas, pelona? - se dirigió de pronto a Kiara.
- Me acuerdo, me acuerdo, te dije que doler, dolieron, pero que lo que peor llevé fueron las cosquiLLAAAAAHHH...
Los dedos de La Gitana habían llegado a las axilas de Kiara, que interrumpió su frase con un chillido agudo.
A Elisa, ver aquello le hizo reír.
- Jajajaja, no te rías, cabrona, que ya te tocará, JAJAJAJAJAJAJAJA...
Los dedos se movían con rapidez, apenas acariciando las axilas depiladas de Kiara, que se retorcía y de vez en cuando llenaba sus mejillas de aire para tratar de contener la risa. De pronto, La Gitana paró y miró a Elisa.
- ¿Qué me dices? ¿Te animas a torturar a esta petarda?
Elisa se echó a reír.
- Creo que me apunto.
Y se acercó tímidamente a la cama, arrodillándose frente a uno de los pies desnudos de Kiara.
- ¡Hija de puta, los pies no! - exclamó Kiara entre risas nerviosas que estallaron antes de que a Elisa le diera tiempo de hacer nada. La Gitana la miraba atentamente, con una sonrisa maliciosa. Elisa extendió la mano y comenzó a recorrer con las yemas de sus dedos la suave planta del pie desnudo de la joven, que empezó a estremecerse y a temblar con cada roce. El movimiento de los dedos de Elisa se incrementó, subiendo y bajando por el pie, que ahora daba fuertes tirones para tratar de liberarse de sus ataduras mientras su dueña reía histérica. Con la mano que le quedaba libre, Elisa alcanzó el otro pie, haciendo que Kiara empezara a chillar desesperadamente.
- NOOOOOOO, TÍA, TÍA, LOS PIES NOOOOO, JAJAJAJAJAJA, TE VAS A ENTERAAAAHHH, JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA. YAAAAA...
La Gitana, que había estado observando absorta, salió de su abstracción y atacó las costillas de Kiara, que empezó a dar saltos en la cama como si se hubiera vuelto loca. Su risa empezó a sonar ahogada y sus mejillas empezaron a enrojecer. Elisa empezó a cosquillear a Kiara por debajo de los dedos de sus dos pies, que no dejaban de temblar y de moverse de forma espasmódica.
- Mira a mi pelona, tan macarra que parece y lo mal que lo pasa con las cosquillas. - dijo La Gitana, mientras Elisa seguía disfrutando con los pies de su víctima.
La dueña de la celda volvió a hacer cosquillas a las axilas de Kiara, así que Elisa decidió que era hora de cambiar y se lanzó a por su abdomen, clavando sus dedos en la barriga y los costados. La risa de la víctima se volvió a normalizar, pero seguía retorciéndose por el hecho de tener cuatro manos haciéndole cosquillas sin piedad. Elisa comprobó que el punto débil de Kiara eran las plantas de sus pies, con diferencia, y aunque el resto de su cuerpo también era bastante sensible, ella pensó que no tanto como el suyo. De pronto, mientras seguía martirizando a su compañera, empezó a pensar en qué después llegaría su turno y sintió una especie de vértigo en el estómago, una sensación agradable, como cuando montas en una atracción de feria. Se descubrió a sí misma disfrutando de todo aquello, se vio desde fuera y se sorprendió, pero le gustó lo que veía. La concejala remilgada y conservadora que siempre cuidaba las formas y medía con detalle sus movimientos estaba haciéndole cosquillas a una mujer semidesnuda en la celda de una cárcel. Una idea interrumpió sus pensamientos, miró el vientre tatuado y sorprendentemente plano de Kiara y empezó a hacerle pedorretas, provocando que ésta comenzara a chillar y La Gitana sonriera satisfecha. Mientras se las hacía, empezó a recorrer con sus dedos los costados de la pobre Kiara, que no paraba de retorcerse y de reír.
- Vale, vale, vale, ya, ya, por favor, ya. Hijas de puta.
Ambas obedecieron, Kiara respiraba de forma entrecortada, hundiendo su abdomen y dejando sus costillas marcadas cada vez que exhalaba aire. Su cara estaba completamente roja y su cuerpo brillante por el sudor. A Elisa le excitó un poco esa escena, pero trató de apartar esos pensamientos de su cabeza.
La Gitana desató a Kiara y ésta se incorporó, apoyando los brazos en sus rodillas y tratando de recuperar su ritmo cardíaco. Levantó la cabeza y miró a Elisa.
- Te lo has pasado bien, ¿no, cabrona?
Elisa se echó a reír.
- Pues esto es lo que me gusta a mí, chica, - le dijo La Gitana a Elisa. - haceros sufrir un poco de vez en cuando. Al principio es chocante, pero todas acaban disfrutando con esto de alguna manera. Algunas prefieren hacer cosquillas y se lo pasan en grande, como tú, pero todas tienen que pasar por mis manos, ese es el trato. Lo dicho, piénsatelo, sin presiones, y mañana me...
- Quiero que me hagas cosquillas, Gitana. - la interrumpió Elisa con vehemencia. - Perdón, no te quería cortar, pero es que quiero saber qué se siente, necesito reírme a carcajadas, necesito liberarme de toda esta tensión, necesito sentir algo, aunque lo pase mal. Hazme cosquillas, por favor, ahora.
Elisa se tumbó en la cama, sus dos compañeras la miraban perplejas y se intercambiaban miradas la una a la otra.
- Me alegra oír eso, cariño, pero ya es la hora de comer.
Elisa se sintió un poco avergonzada por su arrebato y se levantó de la cama.
- De acuerdo, perdona, vamos al comedor.
- De eso nada, hoy comemos aquí.
- ¿Eso se puede? - preguntó Elisa.
- Yo sí puedo, y si yo lo digo, vosotras también. Voy a hablar con un funcionario y en cinco minutos os subo la comida.
Elisa y Kiara se quedaron solas. Kiara la miró y se echó a reír, abrazando por sorpresa a su compañera.
- Cómo has disfrutado haciéndome sufrir, eh, diputada de los cojones, jajajajaja.
Ambas se echaron a reír. De pronto, se miraron.
- Tía, gracias por esto, gracias por escogerme. - dijo Elisa.
- Ya verás, va a ser lo mejor. Pero eso sí, después de comer, que sepas que me voy a cobrar mi venganza, hija de puta.
Elisa se rió.
- Me parece justo, "pelona". Jajajajaja.
Y las dos se quedaron en silencio, la una frente a la otra, mirándose a los ojos fijamente, sind ejar de abrazarse. Sus narices casi se tocaban. Elisa sintió que todo su cuerpo empezaba a temblar, mientras se perdía en la verde mirada de Kiara.
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