LA CONDENA - Episodio 3: La Gitana
Elisa respiraba con la mirada clavada en el techo mientras La Gitana apretaba el último nudo de tela en su muñeca izquierda. Estaba extendida en forma de equis, igual que lo había estado Kiara. Apenas había quedado cubierta por su ropa interior blanca y limpia, dejando su cuerpo completamente a la intemperie. Cada inhalación parecía retener siglos de educación, modales, falsedad y orgullo. Elisa estaba atemorizada.
—¿Todo bien, flor de primavera? —murmuró La Gitana, mirándola con esa mezcla de ternura y autoridad que tan bien dominaba.
—No lo sé —susurró Elisa, con una risa nerviosa contenida —. Si te digo la verdad, tengo ganas de salir corriendo.
Desde un rincón, Kiara soltó una risita. Estaba sentada en el borde del colchón, expectante como una niña pequeña viendo sus dibujos favoritos.
—¿Huir? ¿Después de lo que me has hecho tú a mí, traidora? —le sonrió con malicia —. Vas a pagar con intereses.
La Gitana se inclinó sobre el cuerpo de Elisa, como quien observa una obra delicada. Con su mirada y su calidez, trató de tranquilizarla. Sus dedos largos y oscuros comenzaron a rozar la suave piel del costado, muy lentamente, apenas acariciándola. Elisa se tensó al instante.
—Vamos a ver… —musitó la Gitana con voz grave— si la pelona decía la verdad cuando ha dicho que tenías muchas cosquillas.
Elisa soltó un suspiro ahogado. La yema del dedo índice de La Gitana descendió con parsimonia por la línea de su cintura, y ahí llegó la primera sacudida: su vientre tembló, sus piernas se crisparon.
—¡No! —soltó ella entre dientes, tratando de no reír, como si fuera capaz de negar la evidencia—. No empieces por ahí...
—Mmm... interesante —dijo La Gitana, que no buscaba otra cosa que sinceridad corporal—. ¿Y si bajo un poco más?
Sus hábiles dedos recorrieron la cara interior de los muslos, luego trazaron un camino suave por la cara interna de la rodilla. Elisa trataba de cerrar las piernas, pero los nudos eran firmes y cada roce de los dedos de La Gitana provocaban en la sensible piel de la ex concejala una descarga eléctrica en forma de cosquillas que activaba su necesidad de forcejear y de liberarse.
Cuando por fin los dedos pasaron por los empeines de sus pies, ligeramente arqueados, tensos, vulnerables, un espasmo completo la recorrió. Una risa involuntaria se le escapó entre dientes.
La Gitana admiró los pies de Elisa, bien cuidados, sin durezas, a pesar de las rozaduras que le habían provocado las botas de la cárcel. Los empeines, adornados con marcadas venas que los recorrían como un mapa fluvial, los dedos largos y bien alineados, las uñas cortas y las plantas ligeramente cuarteadas, que se arrugaban con los movimientos que Elisa hacía, luchando inútilmente por escapar.
—Ay... no, por favor —dijo, sonrojada, mirando a Kiara como si implorara clemencia—. No, los pies no…
Kiara se mordió el labio, encandilada.
—¡Oh, oh! Ahora sí que me voy a vengar. —Se acercó a los pies expuestos de Elisa y sopló suavemente sobre una de sus plantas—. Pero mira qué pies de señoritinga, jajajaja.
—¡Kiara! —gimió Elisa, ya luchando contra su propia risa, con los ojos muy abiertos—. ¡No seas cruel!
La Gitana alzó una mano, solemne.
—Aquí no hay crueldad, sólo travesuras.
Kiara en un pie y La Gitana en el otro, agarraron cada una de un tobillo a su víctima y con la otra mano empezaron a recorrer con las yemas de sus dedos las plantas de los pies que, en vano, hacían incansables esfuerzos por liberarse. Los movimientos de ambas mujeres recorrían cada centímetro de los delicados pies, desde el talón, pasando por el arco, la planta, las almohadillas o bajo los dedos. Elisa no pudo más y se entregó por completo a la risa. Una risa que salió como el chorro contenido de una presa rota. Una risa desesperada, aguda y dulce.
- Ay, no, no, no, no. Ay, Dios mío, jajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajaja.
La Gitana dejó el pie de Elisa y se sentó en un lateral de la envejecida cama. Buscó su mirada para tantear cómo se encontraba y comenzó a recorrer con los dedos sus costillas, a la altura del lateral de sus pechos. Otra vez, las cosquillas comenzaron como una liviana caricia.
- ¡NO! GITANA, POR FAVOR, ¡AHÍ NO! - su rostro se contrajo de desesperación.
—Ah, ¿ahí no? —susurró la Gitana—. Entonces puede que sea justo ahí.
Estiró la otra mano y buscó el otro costado, para proceder a cosquillear los dos laterales de las costillas de Elisa, muy cerca de sus axilas. Y otra vez esa risa incontrolable y sin filtro.
- JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA. NOOOOOOOOOOOO...
Los dedos subieron entonces hacia las axilas, cubiertas por el vello castaño propio de ocho días sin poder depilarse. Aunque Elisa ni siquiera había reparado en eso.
- ¡AAAAAAAAAAAAH! - Un chillido agudo resonó en la estancia -. JODER, GITANAAAAA, JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA.
Ésta rió suavemente, paró unos segundos para dejarla respirar y continuó bajando, explorando con dedos expertos y ligeros la piel del costado de Elisa. Su abdomen se contrajo al instante. Un pequeño bufido se le escapó de los labios.
—No me hagas esto —suplicó, con la voz casi infantil—. No voy a poder aguantar mucho más...
—Claro que puedes, corazón. —La Gitana le sonrió.—. Yo sé hasta dónde puedes llegar.
Las manos bajaron a su cintura, acariciando con movimientos circulares que se volvían cosquillas sin transición. Elisa estalló en una risa aguda, casi afónica, retorciéndose en lo que le permitían los nudos.
—¡Por Dios, para! ¡Para, para, para! —gritaba entre carcajadas—. ¡Me muero!
A cada minuto, el cuerpo de Elisa se rendía más. La dignidad de su porte, de sus años en cargos públicos, de su voz firme en ruedas de prensa… todo se deshacía en un caos de risas, espasmos y súplicas. Cada centímetro de su cuerpo reaccionaba a las cosquillas como Elisa no había sido capaz de imaginar. Jamás le habían hecho cosquillas de esa manera. Su cuerpo era mucho más sensible de lo que creía.
—¿Yo me puedo comer estos pies? —preguntó Kiara, que había parado hacía rato para contemplar maravillada las intensas reacciones de su compañera. Rozó la planta izquierda con una sola uña.
Elisa soltó de nuevo un chillido agudo.
—¡No! ¡No, ahí no, Kiara, no, los pies otra vez no, te lo ruego! —luchaba por liberar al menos uno, sin éxito.
—Uy, espérate, que todavía no he empezado — bromeó Kiara, y se llevó a los labios los dedos del pie —. Mmmmmm...
—¡¡Basta!! ¡¡Me meo, de verdad!! —gritó Elisa, la cara roja, los ojos llorosos, las costillas subiendo y bajando al ritmo de las carcajadas más desesperadas de su vida—. ¡Por favor… por favor…!
—¿Quieres que paremos? —La Gitana se inclinó sobre su rostro, con una mano aún en su cintura.
—¡Sí! No… no lo sé… es horrible… y liberador… ¡no puedo más! ¡Pero no quiero que paréis. —respondió Elisa jadeando, con un hilo de voz.
La Gitana la miró con ternura. No era crueldad lo que la guiaba, sino una especie de sabiduría secreta. Sabía cuándo presionar, cuándo liberar. Y ahora, después de diez largos minutos, el cuerpo y la mente de Elisa aún podían dar más de sí. Entonces comenzó a recorrer los dedos por sus ingles, provocando un fuerte espasmo de caderas que la sobresaltó y le hizo reír.
Kiara, todavía arrodillada, mordisqueaba la planta del pie de Elisa, la acariciaba con los labios, la recorría con la lengua de arriba a abajo.
- JAJAJAJAJAJAJAJAJA, ¡DIOOOOOOOS!
La Gitana, por su parte, comenzó a besar el vientre de Elisa, que se encogió en cuanto notó el roce de sus labios. La risa era cada vez más aguda y la voz le flaqueaba. Notó el tacto húmedo de una lengua recorriendo su abdomen y sus costillas, sumada a la que ya recorría cada rincón de su pie.
Su cabello estaba húmedo de sudor. Su risa se había vuelto más baja, casi como un sollozo alegre. La tensión de sus piernas había cedido. Su pecho subía y bajaba al compás de lo que ya prácticamente eran gemidos de desesperación. A las lenguas que la barnizaban se habían unido ahora veinte implacables y habilidosos dedos que le cosquilleaban las costillas y los pies.
- AAAAAHAHAHAHAHAHAHAHA...
Los dedos y las lenguas no daban tregua. El calor se apoderó de sus mejillas y una especie de sensación de vértigo se adueñó de su barriga, bajando por su bajo vientre y haciéndole estallar.
- Aaaaaaaaaauuuuuhhhhuhuhuhuhu - un alarido ahogado mezclado con risa desató una gran mancha de flujo por las braguitas blancas de Elisa, mientras su cuerpo temblaba en involuntarios espasmos que parecían no acabar.
La Gitana y Kiara se detuvieron y se miraron, sonriendo con perplejidad. Kiara, al verla así, le acarició el empeine con suavidad.
—Eh, lo hiciste, diputada. Sobreviviste a La Gitana, y a mí. ¡Y encima te has corrido! Eso no lo consigue cualquiera.
Elisa no respondió de inmediato. Cerró los ojos, riendo todavía, pero ya con calma. Luego los abrió, y su mirada era distinta. Como si acabara de dejar atrás una última capa de piel.
—Gracias —susurró, sin saber muy bien a cuál de las dos se lo decía.
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