LA CONDENA - Episodio 3: La Gitana


Por primera vez en ocho días, Elisa se alimentó de algo más que fruta. La comida le supo extremadamente sabrosa, aunque era consciente de su pésima calidad. Le resultó agradable comer mientras charlaba y bromeaba con sus dos nuevas compañeras, que habían estado contándole a Elisa anécdotas divertidas o criticando a los funcionarios.

- Gitana, ¿te puedo hacer una pregunta? - le dijo Elisa frunciendo el ceño.
- Mientras no me preguntes porqué estoy aquí, sí, cariño. Puedes preguntar lo que quieras.
- No, qué va, no era eso -. Elisa terminó de masticar el trozo de la pera que le había tocado por postre.
- Pues tú dirás, corazón -. La Gitana sonrió con ternura.
- ¿Qué es lo que te gusta tanto de las cosquillas?
- Esa es muy buena pregunta. Mira, a veces las personas no escogemos lo que hay dentro de nuestras cabezas. Yo sentía atracción por la cosquillas desde bien pequeñita. Crecí haciéndole cosquillas a mis primas y amigas del poblado, pero llega un momento en que te lo tienes que guardar todo dentro. En mi familia, eso de que a una chica le gustasen otras chicas era una abominación, por no hablar de tener un fetiche. Eso era impensable. Para colmo, mis padres murieron con muy poco tiempo de diferencia siendo yo apenas una niña. Yo me crié con mi abuela. Imagínate, una gitana de las de toda la vida. Luego me juntaron con un hombre y me tuve que casar, y allí empezó mi calvario. Al poco tiempo, yo no lograba quedarme embarazada, y eso fue una desgracia para mi familia y una vergüenza para él. Me empezó a tratar como una basura. Me maldecía, me pegaba, me humillaba...

Se quedó callada un momento, mirando a algún punto fijo de la pared de ladrillo gris.

- Siento mucho oír eso-. Le dijo Elisa pasando una mano por su espalda.

- Muchas gracias, bonica. En fin, que eso pasó y un día me vi aquí dentro. Libre, por fin. ¿Te lo puedes creer? Tenía 35 años y empecé a ser yo misma. Aquí dentro aprendí a leer, a escribir y a follar. Recuerdo que me peleé a golpes con la primera mujer que trató de flirtear conmigo. Imagínate cómo me criaron, cómo de reprimida había estado siempre. Hasta que no entré aquí dentro, yo ni siquiera había oído jamás la palabra "fetiche". No sabía que lo que yo tenía era un fetiche.
Luego llegó una mujer que lo cambió todo, hizo que me enamorara, que me liberara de todos mis prejuicios y me aceptara como era. Ella fue la primera persona a la que le confesé, avergonzadísima, que tenía un fetiche con las cosquillas y con ella tuve mis primeras experiencias. Me aceptó desde el primer momento y con ello consiguió que me aceptara a mí misma. Pero un día terminó su condena y tuve que despedirme de ella y ver cómo se alejaba cargando una bolsa de deporte con sus pertenencias.

- ¿Y no volviste a tener noticias suyas? - Preguntó Elisa, verdaderamente emocionada con la historia. 

- Ay, cariño, yo le pedí que no me contactara ni viniera a visitarme. Es menos doloroso que pedirle que lo haga y no recibir nunca una respuesta. Allí fuera la vida cambia mucho. La gente se va, rehace su vida y no quiere recordar lo que ha vivido aquí dentro. Por eso monté esta hermandad, para tener siempre a alguien con quien disfrutar de mi sexualidad y ser feliz, pero sin tener que forzar a nadie. Aunque reconozco que se me fue de las manos, y bendita la hora en que se me fue de las manos, porque contigo ya seríamos doce.

- Háblame de las otras mujeres, ¿cómo son?

- Jajajaja, hay buena fauna -. Intervino Kiara.

- Sí, hija, sí. Hay de todo, como dice la pelona. Mira, Kiara te habrá contado que para mí hay que cumplir el requisito de tener muchas cosquillas y dejárselas hacer, pero hay otro requisito indispensable en este grupo. Aquí hay que tener buen corazón. Independientemente del delito que hayamos cometido fuera. Eso sí, hay cosas que no las tolero, como hacerle daño a los niños o llevarse por delante varias vidas por pura maldad, pero por lo demás, aquí hay una regla básica y es que no nos juzgamos. Nos cuidamos y nos ayudamos entre nosotras. 
Yo aquí el respeto me lo he ganado cuidando a la gente, haciendo favores, ayudando a las personas adecuadas. Lamentablemente, también he tenido que emplear la violencia, la hermandad ha tenido que emplear la violencia cuando no ha habido más remedio, pero lo más importante ha sido la inteligencia, la estrategia y el respeto. He visto caer a otras líderes antes que yo y todas cometían el mismo error: abusar de su poder. Yo no hago eso. Utilizo las cosquillas como condición, sí, pero no abuso ni extorsiono. Debes saber, de hecho, que no sólo las empleo para eso. También las utilizo como castigo y como forma de hacerme respetar por quienes intentaron e intentan doblegarme. Dependiendo de la manera en que las apliques, las cosquillas pueden ser un suplicio agradable, una auténtica tortura y hasta una forma de humillar. Te sorprendería saber la cantidad de bestias a las que he tenido que amansar a base de cosquillas. Personas rudas y sin escrúpulos que me han tenido que suplicar entre lágrimas que las deje en paz. Una china que decía pertenecer a una tríada y presumía de ser una asesina implacable hasta salió corriendo despavorida de mi celda al grito de "loca, loca" en cuanto la liberé de la última de sus ataduras. Pero prefiero no utilizar las cosquillas para eso, prefiero aplicaroslas a vosotras, con cariño y con respeto. Es un juego que adoro y por eso las tengo como principal requisito.
Otro requisito de esta hermandad es el del amor libre. Aquí ninguna persona posee a otra. Tú no me perteneces, te puedes acostar con quien quieras. Sólo hay dos personas en el grupo que son pareja cerrada y no admiten que entren terceras personas, salvo yo, para hacerles cosquillas, claro.

- Sí, la Carlota y la Alba -, dijo Kiara. - que de hecho salen mañana de aislamiento.

- Ostras, ¿y eso? - preguntó Elisa con curiosidad.

- Tuvieron una pelea con otra reclusa. Aunque tengo que decir que la pava se lo merecía, ahora está en el hospital, jajaja. Pero de todo eso ya te enterarás. Por otra parte, Alba y Carlota se quieren con locura, pero tiene una relación tóxica que flipas. Pero bueno, ya las conocerás.

- Sí, en el grupo tenemos de todo -. apostilló La Gitana -. Tenemos chicas de varias edades y nacionalidades. Tenemos a gente en peluquería, en cocina, en la biblioteca, en el gimnasio...
Es lo que te digo, somos un ejército.

- Sí, un ejército de cosquillosas, jajaja -. Apuntó Elisa.

- Jajaja, eso es. Y hablando de cosquillosas, vamos al lío, ¿no?

Elisa tragó saliva.

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Elisa respiraba con la mirada clavada en el techo mientras La Gitana apretaba el último nudo de tela en su muñeca izquierda. Estaba extendida en forma de equis, igual que lo había estado Kiara. Apenas había quedado cubierta por su ropa interior blanca y limpia, dejando su cuerpo completamente a la intemperie. Cada inhalación parecía retener siglos de educación, modales, falsedad y orgullo. Elisa estaba atemorizada.

—¿Todo bien, flor de primavera? —murmuró La Gitana, mirándola con esa mezcla de ternura y autoridad que tan bien dominaba.

—No lo sé —susurró Elisa, con una risa nerviosa contenida —. Si te digo la verdad, tengo ganas de salir corriendo.

Desde un rincón, Kiara soltó una risita. Estaba sentada en el borde del colchón, expectante como una niña pequeña viendo sus dibujos favoritos.

—¿Huir? ¿Después de lo que me has hecho tú a mí, traidora? —le sonrió con malicia —. Vas a pagar con intereses.

La Gitana se inclinó sobre el cuerpo de Elisa, como quien observa una obra delicada. Con su mirada y su calidez, trató de tranquilizarla. Sus dedos largos y oscuros comenzaron a rozar la suave piel del costado, muy lentamente, apenas acariciándola. Elisa se tensó al instante.

—Vamos a ver… —musitó la Gitana con voz grave— si la pelona decía la verdad cuando ha dicho que tenías muchas cosquillas.

Elisa soltó un suspiro ahogado. La yema del dedo índice de La Gitana descendió con parsimonia por la línea de su cintura, y ahí llegó la primera sacudida: su vientre tembló, sus piernas se crisparon.

—¡No! —soltó ella entre dientes, tratando de no reír, como si fuera capaz de negar la evidencia—. No empieces por ahí...

—Mmm... interesante —dijo La Gitana, que no buscaba otra cosa que sinceridad corporal—. ¿Y si bajo un poco más?

Sus hábiles dedos recorrieron la cara interior de los muslos, luego trazaron un camino suave por la cara interna de la rodilla. Elisa trataba de cerrar las piernas, pero los nudos eran firmes y cada roce de los dedos de La Gitana provocaban en la sensible piel de la ex concejala una descarga eléctrica en forma de cosquillas que activaba su necesidad de forcejear y de liberarse. 

Cuando por fin los dedos pasaron por los empeines de sus pies, ligeramente arqueados, tensos, vulnerables, un espasmo completo la recorrió. Una risa involuntaria se le escapó entre dientes. 

La Gitana admiró los pies de Elisa, bien cuidados, sin durezas, a pesar de las rozaduras que le habían provocado las botas de la cárcel. Los empeines, adornados con marcadas venas que los recorrían como un mapa fluvial, los dedos largos y bien alineados, las uñas cortas y las plantas ligeramente cuarteadas, que se arrugaban con los movimientos que Elisa hacía, luchando inútilmente por escapar.

—Ay... no, por favor —dijo, sonrojada, mirando a Kiara como si implorara clemencia—. No, los pies no…

Kiara se mordió el labio, encandilada.

—¡Oh, oh! Ahora sí que me voy a vengar. —Se acercó a los pies expuestos de Elisa y sopló suavemente sobre una de sus plantas—. Pero mira qué pies de señoritinga, jajajaja. 

—¡Kiara! —gimió Elisa, ya luchando contra su propia risa, con los ojos muy abiertos—. ¡No seas cruel!

La Gitana alzó una mano, solemne.

—Aquí no hay crueldad, sólo travesuras. 

Kiara en un pie y La Gitana en el otro, agarraron cada una de un tobillo a su víctima y con la otra mano empezaron a recorrer con las yemas de sus dedos las plantas de los pies que, en vano, hacían incansables esfuerzos por liberarse. Los movimientos de ambas mujeres recorrían cada centímetro de los delicados pies, desde el talón, pasando por el arco, la planta, las almohadillas o bajo los dedos. Elisa no pudo más y se entregó por completo a la risa. Una risa que salió como el chorro contenido de una presa rota. Una risa desesperada, aguda y dulce.

- Ay, no, no, no, no. Ay, Dios mío, jajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajaja.

La Gitana dejó el pie de Elisa y se sentó en un lateral de la envejecida cama. Buscó su mirada para tantear cómo se encontraba y comenzó a recorrer con los dedos sus costillas, a la altura del lateral de sus pechos. Otra vez, las cosquillas comenzaron como una liviana caricia.

- ¡NO! GITANA, POR FAVOR, ¡AHÍ NO! - su rostro se contrajo de desesperación.

—Ah, ¿ahí no? —susurró la Gitana—. Entonces puede que sea justo ahí.

Estiró la otra mano y buscó el otro costado, para proceder a cosquillear los dos laterales de las costillas de Elisa, muy cerca de sus axilas. Y otra vez esa risa incontrolable y sin filtro.

- JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA. NOOOOOOOOOOOO...

Los dedos subieron entonces hacia las axilas, cubiertas por el vello castaño propio de ocho días sin poder depilarse. Aunque Elisa ni siquiera había reparado en eso. 

- ¡AAAAAAAAAAAAH! - Un chillido agudo resonó en la estancia -. JODER, GITANAAAAA, JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA. 

Ésta rió suavemente, paró unos segundos para dejarla respirar y continuó bajando, explorando con dedos expertos y ligeros la piel del costado de Elisa. Su abdomen se contrajo al instante. Un pequeño bufido se le escapó de los labios.

—No me hagas esto —suplicó, con la voz casi infantil—. No voy a poder aguantar mucho más...

—Claro que puedes, corazón. —La Gitana le sonrió.—. Yo sé hasta dónde puedes llegar.

Las manos bajaron a su cintura, acariciando con movimientos circulares que se volvían cosquillas sin transición. Elisa estalló en una risa aguda, casi afónica, retorciéndose en lo que le permitían los nudos.

—¡Por Dios, para! ¡Para, para, para! —gritaba entre carcajadas—. ¡Me muero!

A cada minuto, el cuerpo de Elisa se rendía más. La dignidad de su porte, de sus años en cargos públicos, de su voz firme en ruedas de prensa… todo se deshacía en un caos de risas, espasmos y súplicas. Cada centímetro de su cuerpo reaccionaba a las cosquillas como Elisa no había sido capaz de imaginar. Jamás le habían hecho cosquillas de esa manera. Su cuerpo era mucho más sensible de lo que creía.

—¿Yo me puedo comer estos pies? —preguntó Kiara, que había parado hacía rato para contemplar maravillada las intensas reacciones de su compañera. Rozó la planta izquierda con una sola uña.

Elisa soltó de nuevo un chillido agudo.

—¡No! ¡No, ahí no, Kiara, no, los pies otra vez no, te lo ruego! —luchaba por liberar al menos uno, sin éxito.

—Uy, espérate, que todavía no he empezado — bromeó Kiara, y se llevó a los labios los dedos del pie —. Mmmmmm...

—¡¡Basta!! ¡¡Me meo, de verdad!! —gritó Elisa, la cara roja, los ojos llorosos, las costillas subiendo y bajando al ritmo de las carcajadas más desesperadas de su vida—. ¡Por favor… por favor…!

—¿Quieres que paremos? —La Gitana se inclinó sobre su rostro, con una mano aún en su cintura.

—¡Sí! No… no lo sé… es horrible… y liberador… ¡no puedo más! ¡Pero no quiero que paréis. —respondió Elisa jadeando, con un hilo de voz.

La Gitana la miró con ternura. No era crueldad lo que la guiaba, sino una especie de sabiduría secreta. Sabía cuándo presionar, cuándo liberar. Y ahora, después de diez largos minutos, el cuerpo y la mente de Elisa aún podían dar más de sí. Entonces comenzó a recorrer los dedos por sus ingles, provocando un fuerte espasmo de caderas que la sobresaltó y le hizo reír. 

Kiara, todavía arrodillada, mordisqueaba la planta del pie de Elisa, la acariciaba con los labios, la recorría con la lengua de arriba a abajo.

- JAJAJAJAJAJAJAJAJA, ¡DIOOOOOOOS!

La Gitana, por su parte, comenzó a besar el vientre de Elisa, que se encogió en cuanto notó el roce de sus labios. La risa era cada vez más aguda y la voz le flaqueaba. Notó el tacto húmedo de una lengua recorriendo su abdomen y sus costillas, sumada a la que ya recorría cada rincón de su pie.

Su cabello estaba húmedo de sudor. Su risa se había vuelto más baja, casi como un sollozo alegre. La tensión de sus piernas había cedido. Su pecho subía y bajaba al compás de lo que ya prácticamente eran gemidos de desesperación. A las lenguas que la barnizaban se habían unido ahora veinte implacables y habilidosos dedos que le cosquilleaban las costillas y los pies. 

- AAAAAHAHAHAHAHAHAHAHA...

Los dedos y las lenguas no daban tregua. El calor se apoderó de sus mejillas y una especie de sensación de vértigo se adueñó de su barriga, bajando por su bajo vientre y haciéndole estallar. 

- Aaaaaaaaaauuuuuhhhhuhuhuhuhu - un alarido ahogado mezclado con risa desató una gran mancha de flujo por las braguitas blancas de Elisa, mientras su cuerpo temblaba en involuntarios espasmos que parecían no acabar. 

La Gitana y Kiara se detuvieron y se miraron, sonriendo con perplejidad. Kiara, al verla así, le acarició el empeine con suavidad.

—Eh, lo hiciste, diputada. Sobreviviste a La Gitana, y a mí. ¡Y encima te has corrido! Eso no lo consigue cualquiera.

Elisa no respondió de inmediato. Cerró los ojos, riendo todavía, pero ya con calma. Luego los abrió, y su mirada era distinta. Como si acabara de dejar atrás una última capa de piel.

—Gracias —susurró, sin saber muy bien a cuál de las dos se lo decía.

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