LA CONDENA - Episodio 4: Alba y Carlota (parte I)
Tras haber cenado la noche anterior, devorando de nuevo todo el contenido de la bandeja, Elisa se acostó en su litera y se quedó dormida prácticamente en el mismo instante en que su cabello castaño entró en contacto con la almohada. La despertó el sonido de las rejas al abrirse. Era la hora del recuento y, por primera vez, no la había sorprendido ya despierta, contemplando el techo. Se sorprendió sonriendo, se levantó de un salto y saludó a sus tres compañeras de celda, que la miraron extrañadas, pues era la primera vez que la tímida y asustadiza concejala se dirigía a ellas.
Volvió a preguntarse si alguna de esas tres mujeres pertenecería a la hermandad. Una señora de unos 60 años, bajita, con el pelo corto y cano que dormía en la litera de abajo suya. Una mujer venezolana - lo dedujo por su acento - de piel café, alta, muy atractiva y tonificada, que dormía en la litera de arriba del otro lado de la celda y una mujer de pelo negro rizado, con algo de sobrepeso, piel blanca y acento andaluz, que dormía bajo la mujer venezolana.
Finalizado el recuento, bajó a desayunar y allí estaba la radiante sonrisa de Kiara esperándola.
- ¿Cómo ha dormido mi fuente de los deseooos?
- Ay, cállate, qué vergüenza -. Dijo Elisa llevándose las manos a la cara.
¿Perdooona? ¿Vergüenza por correrte? Cuánto tienes que espabilar todavía, diputada, ¡eres mi puta heroína, tía, que lo sepas! Y la de La Gitana también, te lo aseguro.
- ¿Ella nunca baja a desayunar?
- Cuando no tiene lío, pero estos días tiene asuntillos que gestionar -. Le respondió Kiara. - Por cierto, a las 11 salen estas dos de aislamiento. Iremos a recibirlas.
- ¿Iréis toda la hermandad? - preguntó Elisa.
- No, qué va. Lo último que necesitan ahora las dos es llamar la atención. La Gitana ha preferido que vayamos nosotras dos y me ha dicho que te pregunte si te gustaría acompañarnos, para conocerlas.
- Claro que sí -. Elisa asintió con rotundidad. - Me encantaría conocerlas. Háblame más de ellas.
Kiara se acomodó en la silla y colocó sus brazos tatuados sobre la mesa.
- Pues por un lado está Alba, que es medio famosilla, como tú.
- ¿Y eso?
- Igual recuerdas el caso, fue hace un par de años, más o menos. Alba cantaba y tocaba el bajo en una banda de punk-rock femenino llamada "La Madriguera", bastante conocida dentro del circuito antisistema. Yo, de hecho, las había escuchado algunas veces y hasta llegué a verlas en directo en un festi. Cuando la vi aquí dentro, flipé en colores. Total, que un día, al grupo lo llevaron a declarar ante la Audiencia Nacional, las acusaban de "graves injurias a La Corona" en la letra de una de sus canciones. En el juicio, Alba declaró que ella era la única autora de la canción y la condenaron a seis años y medio. Fue la primera artista en ser encarcelada por sus letras. Hubo manifestaciones por todo el país, salió en todos los medios.
Elisa se volvió a llevar las manos a la cara.
- Jodeeer, esa chica me va a odiar.
- ¿Qué dices? ¿Por qué? ¿Qué pasa? - Kiara se alarmó.
- Recuerdo el caso, mi partido apoyó y alentó su encarcelamiento. El secretario general dijo que sus letras eran "aberrantes y absolutamente intolerables". Yo no estuve involucrada en eso, no era de mi competencia, pero era la organización en la que militaba.
- Bueno, tía, a ver. Conozco muy bien a Alba y yo creo que lo entenderá. Además, ya sabes la regla: aquí no juzgamos lo que hacíamos fuera. Aquí somos un clan.
- No sé, Kiara, es un choque ideológico muy fuerte.
- Diputada, ¿tú piensas que a mí me gusta tu partido? Me parece una mierda. Me representa cero. ¿Me has visto juzgarte por ello? ¿Verdad que no? Aquí pensamos todas de maneras muy distintas. En serio, tía, relaja.
Elisa hizo un esfuerzo por reponerse.
- Bueno, cuéntame más.
- Vale. Pues Alba, además de todo esto, es mi ex novia. Antes de empezar su relación con Carlota, estuvimos saliendo durante casi un año. Así entró en la hermandad. La primera vez que nos enrollamos, yo le quería comer el coño en plan sexy, le empecé a dar besos en la barriga y la tía se puso a descojonarse de risa. Ahí pensé "cariño, estás dentro". Además, Alba practicaba el BDSM antes de entrar aquí, así que el rollo de ser dominada le pone mogollón. La ves sufrir pero nunca tiene suficiente. Recibe las cosquillas casi con orgullo.
- ¿Y por qué se terminó vuestra relación? Si no es demasiado preguntar.
- No te preocupes. Mira, Alba es un cielo de tía. Es lista, tiene un corazón que no le cabe en el pecho, pero es una bomba de relojería. Está diagnosticada de trastorno bipolar y TDAH, aunque ahora se medica y acude regularmente a la psicóloga. Pero ahí es donde entra Carlota.
- Eso, háblame de Carlota.
- Carlota tampoco es mala tía. En el fondo es un cacho de pan, pero...
- ¿Pero...?
- Pero es una persona violenta. Entró aquí por acumulación de delitos, la mayoría de ellos, agresiones. A un tío le rompió todos los dedos de una mano en una discoteca, por ejemplo. La Gitana la aceptó en la hermandad tras pasar la prueba de iniciación con la condición de que emplease toda esa brutalidad para proteger al grupo. Digamos, que es algo así como nuestro brazo ejecutor. Y de momento, lo está cumpliendo.
- Entonces bien, ¿no?
- Bueno, por esa parte sí, pero a Alba no es que le haga demasiado bien estar con una persona como Carlota. Si a sus problemas de salud mental les sumas los celos y la impulsividad de Carlota, te queda una pareja la hostia de tóxica. Siempre están discutiendo. Discuten, follan, follan y discuten y vuelven a follar, y así todos los días -. Kiara miró el reloj de la pared del comedor. - Tía, vámonos, que éstas salen en veinte minutos.
La tranquilidad de Elisa había durado muy poco. Entre lo del grupo de música de Alba y la personalidad de Carlota, tenía miedo de que ambas la rechazaran de facto. ¿Qué podía hacer para ganarse el respeto de la pareja?
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El portón de barrotes de hierro se abrió entre chasquidos. Alba fue la primera en cruzar el umbral. Su melena oscura, rapada por un lado, caía revuelta sobre un ojo. De su expresión se adivinaba agotamiento, mientras sus tatuajes, diseminados por sus brazos, piernas y cuello, seguían manteniendo el brillo y la nitidez de siempre.
Le seguía Carlota, muy alta y corpulenta, todavía dura como una roca bajo su uniforme beige talla XXL, con el rostro imperturbable y su corte de pelo masculino, aunque los hombros levemente caídos delatando la inevitable fatiga de diez días de aislamiento que la obligaba a arrastrar sus enormes botas para poder desplazarse.
La Gitana las esperaba al fondo del pasillo, junto a Kiara y una figura nueva, de rostro sereno pero ojos inquietos: Elisa.
—Ahí vienen nuestras mártires —. murmuró Kiara, alzando la voz justo lo suficiente para que Alba y Carlota la oyeran.
Alba alzó una ceja. Cuando divisó a La Gitana, algo se suavizó en sus facciones. La abrazó. Cuando vio a Kiara a su lado, sonriendo, respiró más hondo y le dio la mano. Y al ver a Elisa, inclinó levemente la cabeza, con la curiosidad de quien intuye un nombre que se repetirá.
—¿Y tú eres…? —preguntó Alba con voz ronca, pero con un particular toque infantil.
—Elisa —respondió ella—. Acabo de llegar hace poco más de una semana. Kiara y La Gitana me acogieron. Ya... ya pasé la prueba.
Carlota, que estaba abrazando a La Gitana, se detuvo, girándose hacia Elisa con sorpresa contenida.
—¿La prueba? —repitió, arrastrando las palabras y entrecerrando los ojos. Su voz era grave.
—Aguantó entera la sesión —añadió Kiara, divertida—. Incluso participó en la mía.
— De puta madre, Elisa —. Le manifestó Carlota, haciendo un esfuerzo por mostrarse agradable a pesar del cansancio.
— Vaya... así que tenemos a otra zorra en la madriguera —. Dijo Alba. Después dio un paso para acercarse más, sus ojos oscuros fijos en Elisa, y habló sin perder esa mezcla de cansancio, calidez y arrogancia que la envolvía.
—Si aguantaste eso, ya has pasado por lo peor. De momento, porque vendrán más. — Le tendió una mano —. Bienvenida.
— Lo sé, lo sé, estoy preparada..., creo —. Elisa rió.
La Gitana habló.
— Bueno, de hecho, esta semana le tocaba a albita, pero se lo vamos a perdonar, porque tiene que estar molida, la pobre.
— ¿Qué dices, gitanica? A mí unas buenas risas ahora me recargan las pilas.
— ¿Estás segura? Niña, lo podemos dejar para otro día y así descansas.
— Que no, que paso de comer más techo, Gitana. Reviéntame a cosquillas, venga. Así que se apunte también Elvira, fíjate lo que te digo.
— Elisa —, le corrigió ésta. — y por mí encantada. Se me da bien, que te lo cuente Kiara.
— Eso, Elisa. Mira, yo esto me lo tomo como un reto y hoy me vas a ver batir un record. Me vais a hacer cosquillas tú, La Gitana, Kiarita y Carlota. ¿Te apuntas, cari?
— Venga, todo sea por tocarte, después de diez días, zorra mía —. Y ambas se fundieron en un intenso beso, entrecruzando sus lenguas.
A Elisa le pareció que Alba estaba demasiado eufórica para haber pasado diez días en aislamiento. Probablemente, estuviera en fase de subida de su trastorno bipolar. En cualquier caso, la idea de repetir lo que le había hecho a Kiara, pero con Alba, le excitó un poco.
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Alba estaba absolutamente emocionada. Sus ojos brillaban sobre sus ojeras de cansancio, se agitaba y aullaba por las ganas que tenía de recibir una buena dosis de dopamina en forma de risas.
— ¡Gitanita! No quiero cariñitos. No me jodas, que te conozco. No tengas piedad. ¡Hazme sufrir, me cago en Dios!
La Gitana rió tiernamente.
— Niña, ya sabes que tus deseos son órdenes para mí. ¿Cuándo te he decepcionado yo?
— Nunca, Gitana mía, ¡nunca! ¡VAMOOOOOOOS!
Por ese último grito, Elisa imaginó la voz rasgada de Alba al cantar esas viscerales canciones que ella nunca había escuchado. La Gitana fue la primera en acercarse al cuerpo atado que aguardaba impaciente. Un cuerpo bonito, de piel blanca y dispersos lunares. Un vientre plano pero carnoso y una cintura de hermosas curvas que hacían que la joven punk se viera verdaderamente atractiva sin su uniforme de presidiaria. Sus tatuajes, muy distintos a los de Kiara, mostraban todo tipo de símbolos, como una A de anarquía en su cadera, calaveras, un puño americano y demás cosas que Elisa no entendía.
Kiara y Elisa se acercaron también. Carlota fue la última.
— Habías dicho sin piedad, ¿no? — dijo La Gitana con malicia, y a continuación clavó sus dedos en las costillas de Alba, que tensó su cuerpo, cerró los ojos, apretó los dientes y empezó a proferir una especie de gruñido ronco que se alargó durante algo más de cinco segundos antes de empezar a berrear y a reír como si el demonio se hubiera metido dentro de su cuerpo y le estuviera haciendo cosquillas en el alma.
En ese instante, Elisa supo que Alba era tan sensible como ella, pero recibía las cosquillas de otra forma. Se entregaba a ellas con una mezcla de placer, rabia y orgullo. Parecía querer demostrar a todas que ella era la que más sufrimiento aguantaba, pero también se notaba que su sensibilidad y vulnerabilidad eran extremas.
Kiara miró a Carlota —. Uno de sus puntos más débiles ya está pillado, tú y yo sabemos cuáles son los otros dos, ¿cuál te pides tú?
— Carlota miró a Alba y sonrió —. Me pido los muslos.
Y allí se lanzó, clavando sus dedos en la cara interna de las piernas, que se movían con tanta fuerza que hacían temblar toda la estructura de la cama.
— ¡¡JODEEEEEEEEEEERRRRRRR, AAAAAAAAARRRRRGGHH!! CARIIII, TE QUIEROOOO.
Kiara se fue a por los pies, de tamaño mediano, arco pronunciado y dedos redondos, con los talones, las almohadillas y los dedos anaranjados. La piel de sus plantas, blanca como la leche y de aspecto suave y delicado, permanecía tensa y estirada como la piel de un tambor, ya que Alba echaba los dedos hacía atrás debido a las cosquillas que Carlota y la Gitana le hacían en costillas y muslos.
Los delgados dedos de Kiara se posaron en el centro de las plantas de los pies, realizando rápidos movimientos que éstos recibieron con fuertes sacudidas.
- KIARAAAAA, PUTAAAAA, ¡¡MIS PIEEEEEEES!! ¡¡JODEEEEEEEEEEERRRRRRR!!
Elisa miró de arriba a abajo el cuerpo de Alba. Lo envidió un poco. No es que ella no se viera atractiva, pero el de Alba todavía tenía algo que ella estaba perdiendo: juventud. Se acercó dubitativa, buscando un sitio en el que poder posarse para sumarse al suplicio de la joven. Tardó un poco, pero lo encontró en la suave barriga que subía y bajaba al compás de los caóticos alaridos que la bajista lanzaba. A pesar de la tortura que estaba sufriendo, Alba lo notó.
— YA ESTAMOS TODAAAAAASSSS. ¡VAMOOOOOS, HOSTIAAAAA! ¡¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAAAAAAAAAAHHHH!!
La sinfonía de risas rasgadas y gritos descarnados a Elisa le recordó a la estridente estructura musical de una canción de punk. Todos sus dedos trazaron círculos alrededor del vientre de Alba, que ya tenía el rostro completamente rojo. Abajo, vio los gruesos dedos de Carlota aproximarse a las ingles. Arriba, los viejos y experimentados dedos de La Gitana castigando sin piedad las costillas. Elisa ya no sabía cuál de todas ellas estaba desesperando más a la víctima, pero se entretuvo pulsando su vientre y sus costados con la presión justa para no provocarle dolor. Kiara seguía divirtiéndose con los hermosos y sonrojados pies, que pataleaban y se estiraban inútilmente, tensándose y separando los dedos, como si la desafiaran a recibir más cosquillas.
Los gritos y alaridos de Alba, que se habían estado intercalando con sus risas, desaparecieron paulatinamente, dejando pista libre a la risa rasgada y aguda de la valiente muchacha, que se entregó por completo a sus propias carcajadas. Unas carcajadas que a Elisa le parecieron muy cómicas.
Elisa pensó que ella sería incapaz de soportar el suplicio de tener nada menos que cuarenta dedos haciéndole cosquillas por todo su cuerpo. Veinte ya le habían parecido suficientes. Observó el rostro desencajado de Alba, que cerraba con fuerza los ojos y reía con la boca muy abierta, mostrando todos sus dientes. Al verla, vio también cómo La Gitana estaba hurgando con sus dedos en las dos matas de pelo negro de las axilas. Le pareció que la joven estaba llegando al cénit de su desesperación, la vio verdaderamente descompuesta, pero la tranquilizó la confianza que depositaba en La Gitana. Si ésta no se detenía, era porque Alba todavía podía soportar más sufrimiento.
Mientras se divertía trazando formas y apretando el vientre y la cintura, Elisa contemplaba el trabajo del resto de sus compañeras, aprendiendo de sus técnicas. Kiara mordisqueaba los dedos redondeados de los pies, temblorosos pero todavía tensos y desafiantes. La Gitana, ahora, alternaba axilas y costillas con rápidos e impredecibles movimientos. Carlota...
— JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA... FUAAAAAAAHH, CARIIIIIIII...
Carlota había apartado hacia un lado las braguitas negras de Alba y estaba lamiendo con la punta de su lengua la vagina de su chica., sin cesar de hacerle cosquillas en sus muslos e ingles. Elisa miró a La Gitana, riendo con expresión de sorpresa.
— Sigue, sigue —. Le dijo ésta sonriendo y guiñándole el ojo.
Y así lo hizo. Completamente entregada a esa crueldad sexual y consensuada que se había generado en la celda, Elisa decidió cosquillear ahora las caderas de Alba y su pubis, tratando de no interferir en el trabajo que Carlota estaba realizando en la entrepierna. La risa de la sufridora cantante punk no había perdido su intensidad, pero ahora se intercalaba con largos e intensos gemidos que la hacían ver todavía más vulnerable, presa de una vorágine de placer y desesperación muy parecida a la que Elisa había experimentado el día anterior, aunque de mayor intensidad. De pronto, Elisa sintió envidia, y ganas de sentir lo que estaba sintiendo Alba. No se lo podía creer. ¿Cómo podía desear estar en una situación así? Pero lo deseaba.
— AAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHH...
Un alarido agudo, un espasmo que sobresaltó a todas, la espalda completamente arqueada y un chorro a presión directamente contra el rostro bobalicón de Carlota, que quedó completamente empapado, con la barbilla goteando. A Kiara, que estaba tras Carlota cosquilleando los pies de Alba, la explosión le salpicó el uniforme.
— ¿Cómo le explico yo ahora esto a las de lavandería?
Y una carcajada sonó al unísono. Ahora todas reían, menos Alba, que quedó con la boca entreabierta y los ojos cerrados, como en una especie de trance.
— Muy bien, mi chica, muy bien —. La Gitana acariciaba el vientre sudado de Alba con las manos extendidas, como quién le acaricia la barriga a su propio perro. Su cuerpo hiperventilaba casi inerte, como si acabara de nacer. Tenía marcas rojas de uñas por todo su cuerpo.
Carlota se enjugó el líquido con el antebrazo y besó con dulzura uno de los muslos de Alba.
— Cari, te quiero. Que sepas que ahora te toca a ti —. Logró decir por fin la extasiada víctima.
— ¿Qué te parece a ti, Gitana? — preguntó Carlota con su voz grave y aletargada.
— Si a todas os parece bien, yo encantada —. Sonreía pletórica. Todas asintieron.
— Vale, cari, pero quiero terminar como has terminado tú, ¿te encargarás?
— Después de machacarte en tus puntos débiles, dalo por hecho, amor mío.
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