LA CONDENA - Episodio 6: Lidija Vuković


Elisa se despertó con las ideas espesas, como si no hubiera dormido en absoluto. La conversación con La Gitana del día anterior seguía retumbando en su mente, como un eco difícil de silenciar. ¿En serio había dicho que sí? ¿De verdad había aceptado, aunque fuera a medias, convertirse en cómplice de una guerra de cosquillas contra una organización neonazi? Parecía un chiste muy mal contado.

Mientras se vestía, repasó mentalmente la idea. Cosquillas. Como herramienta de tortura. Como castigo. Como rito de paso. Aún ahora, le costaba tomárselo del todo en serio. Y sin embargo… algo dentro de ella quería creer. No en la lógica de todo aquello, sino en la energía que se respiraba entre las mujeres que seguían a La Gitana. Esa confianza sin palabras. Esa forma de cuidarse entre ellas sin parecer débiles. Quizás no se trataba tanto de las cosquillas como de lo que representaban: control, poder, desarme.

El pasillo estaba más tranquilo de lo habitual. Apenas unas internas desperdigadas por ahí, algún murmullo apagado entre celda y celda. Elisa caminaba hacia el comedor cuando se cruzó con Alba.

—Ey, buenos días, concejala —dijo la punk con una sonrisa torcida.

Elisa se detuvo, sonriendo.

—Hola, Alba. ¿Todo bien?

Alba asintió despacio. Llevaba el uniforme beige remangado, como si fuera una prenda de calle, y el pelo negro alborotado. Se le notaba algo distinto en la mirada, como si llevara una pequeña bomba de relojería entre los dientes.

— He oído alguna cosita sobre ti—dijo, casi canturreando—. Me han contado de qué partido venías tú.

Elisa tragó saliva. Asintió, con ese gesto de quien ya no se molesta en defenderse.

—No pasa nada —añadió Alba—. Aquí no juzgamos por lo de fuera. De eso va La Hermandad, ¿no? En serio, está todo bien.

Elisa forzó una sonrisa. Iba a responder, pero no le dio tiempo.

Alba se acercó sin avisar, la sujetó suavemente del rostro y la besó. Fue un beso rápido, apenas un roce prolongado, pero suficiente para nublarle por completo los pensamientos.

— Carlota va a flipar si se entera, ¿te imaginas ? — susurró con una risita burlona, como quien lanza una piedra y se escondepara ver cómo y dónde cae.

Y antes de que Elisa pudiera reaccionar, Alba ya se había alejado por el pasillo, con las manos en los bolsillos y una risa muda temblándole en los hombros.

Elisa se quedó inmóvil unos segundos. Sintió la sangre caliente subirle al rostro, no supo si de la vergüenza, del desconcierto o una mezcla incomprensible de emociones. Tenía demasiadas cosas que procesar. Sólo cuando su estómago rugió como una vieja caldera, recordó que no había desayunado. Y que, después del desayuno, la esperaban La Gitana y esa tal Lidija.

Y eso sí que no tenía vuelta atrás.

-------------------------------------------------------------------

Se detuvo frente a las cortinas marrones de la celda de La Gitana. Dudó un instante antes de apartarlas. Al otro lado la esperaban.

Dentro, todo estaba en silencio. La Gitana estaba sentada en su sillón, las piernas cruzadas. Sonrió al verla entrar, sin decir palabra. Elisa devolvió la sonrisa, algo tímida.

Y entonces la vio.

Lidija estaba de pie junto a la estantería, hojeando sin interés aparente un libro de tapas gastadas. Cuando oyó a Elisa entrar, levantó la mirada, tras sus gafas de pasta negra, con una lentitud calculada. Tenía el uniforme ligeramente entallado a la cintura, y los primeros botones del escote desabrochados con un descuido elegante. Su melena castaña dejaba libres algunos mechones dorados que suavizaban sus pómulos altos. Los labios eran finos, y la boca parecía permanentemente al borde de una media sonrisa irónica.

Sus ojos grises —intensos, inquebrantables— se fijaron en Elisa con una curiosidad distante, como si intentara calibrar su alma con una sola mirada. Hablaba con un acento extranjero apenas perceptible, pero cargado de una musicalidad lenta, medida.

—Así que tú eres la famosa concejala —dijo, cerrando el libro con un leve chasquido—. Tenía curiosidad por verte de cerca.

—Y yo a ti —respondió Elisa, con una voz más segura de lo que esperaba. Sentía que el aire cambiaba a su alrededor cuando esa mujer la observaba.

Lidija se acercó sin prisa, como una pantera domesticada que no olvida lo que es. Caminaba con la gracia de alguien que había aprendido a moverse entre alfombras rojas y suelos caros, pero que también sabía cómo hacerlo entre barrotes.

—La Gitana me comentó que querías ponerme a prueba—. Elisa la miró de arriba a abajo, tratando de aparentar seguridad, algo de lo que Lidija se dio cuenta y recibió con una leve risa.

—No es una prueba para que me venzas, Elisa —dijo, deteniéndose frente a ella—. Es para saber si estás dispuesta a cruzar ciertos límites. Lo que vas a hacerme hoy no es un simple juego como lo que has hecho hasta ahora. Hoy vas a usar las cosquillas sin ninguna piedad. Estoy dispuesta a ello, así que no quiero que te detengas, pase lo que pase, hasta que La Gitana te lo diga.

—¿Estás segura de esto?

—No estaría aquí si no lo estuviera. —Sus ojos no pestañeaban—. Quiero sentir si lo que La Gitana ha visto en ti es real. Pero no voy a fingir resistencia. No voy a hacerme la dura. Si tienes talento, lo sabré enseguida. Pero también necesito saber si, además de talento, sabes ser cruel.

Entonces se volvió y, sin una palabra más, comenzó a desabrocharse el resto de los botones del uniforme, hasta dejar la espalda casi descubierta. Subió con naturalidad a la cama de hierro y se tendió boca arriba, colocando los brazos en cruz sobre la almohada y las piernas separadas. Esperó a que La Gitana se acercara para sujetarla con las viejas correas de tela que colgaban discretamente de los barrotes del cabecero y el somier.

Durante todo ese proceso, Lidija no dejó de mirar a Elisa. Había algo retador en su serenidad, como si le ofreciera su vulnerabilidad envuelta en una capa de poder. Como si fuera ella la que tuviera el control, incluso atada.

—Estoy lista. Ven cuando quieras —dijo, con una helada calma.

Elisa tragó saliva. Dio un paso al frente. Y entonces supo que lo que venía no era un juego, como le habían dicho, sino algo mucho más serio.

Miró a la mujer. Su escultural cuerpo de modelo de lencería. Su rostro circunspecto. Lidija no era como Kiara o como Carlota. Ni siquiera como Alba, que se tomaba las cosquillas como un reto personal. Elisa veía a Lidija como una especie de soldado. Se preparó.

La Gitana no intervino. Observaba con una calma casi maternal, como si asistiera a un bautismo.

Elisa se acercó. Vio el movimiento casi imperceptible del vientre de Lidija al respirar. Los pies de la serbia estaban desnudos, algo enrojecidos por el contacto con el suelo, pero perfectamente cuidados. El resto de su cuerpo permanecía inmóvil, voluntariosamente entregado.

Con una mezcla de nerviosismo y concentración, Elisa se arrodilló frente a ella y comenzó despacio.

Primero, con los dedos índice y corazón, trazó líneas suaves desde el talón hacia el arco del pie izquierdo. La piel reaccionó al instante. Lidija soltó una breve exhalación, nada más, pero su mandíbula se tensó. Elisa repitió el gesto, aumentando ligeramente la presión.

—No… no tan despacio —dijo Lidija, en un susurro que sonaba más a desafío que a súplica.

—Perdona, pero... sé lo que hago. No puedo atacarte sin piedad sin antes saber cómo reacciona tu piel — a Elisa le sorprendieron sus propias palabras. Lidija las recibió con una sonrisa satisfecha, casi orgullosa.

Usó ambas manos, ahora a mayor velocidad, explorando el contorno de los talones y subiendo por el arco con movimientos zigzagueantes. Lidija se encogió ligeramente. Una risa seca, pero sin control, le estalló en los labios.

—¡Ah…! —intentó decir algo más, pero lo perdió entre espasmos de risa contenida—. Dios… qué manos tienes…

Elisa subió hacia los dedos. Los estiró, los recorrió uno a uno, jugando con las uñas justo en la base. Lidija empezó a mover los pies, a intentar zafarse de forma automática. Pero las ataduras eran firmes. No había escape.

—Joder… —gimió entre risas secas—. Sabes lo que haces.

—¿Quieres que pare? —preguntó Elisa, con una sonrisa malévola.

Lidija negó con la cabeza. 

Entonces Elisa cambió de objetivo. Se puso de pie, bordeó la cama y se detuvo frente a los costados de la presa. Observó el ascenso y descenso de su pecho. Con ambas manos, presionó justo bajo las costillas.

El resultado fue inmediato: Lidija soltó una carcajada explosiva, involuntaria, seca, que le sacudió todo el cuerpo.

—¡No, ahí no…! —dijo, por primera vez con un atisbo de súplica real—. Por lo que más quieras.

Pero Elisa ya había descubierto el resorte. Los costados eran como interruptores eléctricos. Con sólo tres dedos de cada mano, aplicaba presión y velocidad de forma intermitente. Lidija ya no hablaba. Reía, jadeaba, apretaba los ojos, torcía el cuello, intentando mantener la dignidad. Pero sus músculos temblaban, su piel se sonrojaba. Probó diferentes ritmos, distintos niveles de presión. Sus movimientos eran intuitivos, casi inquisitivos. No sólo buscaba provocar risa; buscaba algo más: una grieta, un temblor, un quiebre en la mujer sofisticada que tenía delante.

—Tienes una resistencia envidiable —comentó Elisa, sin saber muy bien de dónde le venían las palabras.

Lidija comenzó a golpear con los talones contra el colchón, entre carcajadas que ya no podía contener de ningún modo. La risa que surgía de su garganta era irregular, convulsa, casi rota. No había rastro de elegancia en ella, sólo una vulnerabilidad intensa que Elisa saboreaba triunfal. Sin embargo, sus dedos seguían: a pequeños toques, luego con trazos más largos, subiendo y bajando como quien pulsa cuerdas tensas en un instrumento.

La Gitana seguía observando, serena.

Elisa dio otro volantazo en su ruta por el cuerpo de la serbia. Se arrodilló entre las piernas de Lidija, posó las yemas de los dedos en la parte interior de los muslos y, sin decir nada, dejó que sus dedos se deslizaran por la piel tensa y vulnerable. 

Lidija se desmoronó.

—¡No…! No… ahí no… —gritó entre jadeos y risa—. Por favor… no… no puedo…

Se arqueaba. El cuerpo entero le vibraba como si algo hubiera implosionado en su interior. Su risa era ahora sucia, desesperada. Una mezcla de rendición y rabia.

—¡Basta! —gritaba, con las mejillas encendidas—. ¡Basta, Elisa, por favor…!
Lidija arqueaba la espalda, sus pies atados golpeaban el aire en vano, los dedos de las manos se cerraban como garras inútiles.

Elisa volvió a los pies. Deslizó la mirada por los tobillos, por el suave arco que ya había visto tensarse, y colocó ambas manos sobre los talones. Al primer roce, Lidija lanzó una carcajada tan aguda que pareció un grito.

—¡Aaahhh NO! ¡NO ahí…! ¡No… no más…!

Con ambas manos, se concentró en los largos dedos y el arco del pie, acariciando, rascando, presionando. Lidija se volvió loca. Intentaba girar los pies, esconderlos, soltar patadas que no llegaban a nada. Sus gritos eran risas forzadas, entrecortadas, interrumpidas por jadeos, insultos en serbio, súplicas veladas.

—¡Dios…! ¡No puedo… no puedo más…! ¡Te lo suplico!

Vuelta a los costados, pero esta vez, Elisa los agarró con sus dedos en forma de garra y comenzó a apretar con una fuerza medida casi al milímetro. Sin variar el ritmo, insistiendo y mirándola fijamente con el rostro completamente serio y los ojos muy abiertos.

La víctima se revolvió, gritó y rió con absoluta desesperación. Todas las palabras que salían ahora de su boca eran en serbio. Su cuerpo se tensaba y se doblaba como un junco a punto de partirse por la mitad. A pesar de las sonoras carcajadas, la expresión de Lidija era de absoluto horror. Elisa no se detuvo. Alargó la agonía todo lo que pudo, casi sin pestañear, observando las reacciones de una mujer completamente fuera de control.

La Gitana alzó una mano con la palma extendida. Elisa paró, casi al instante. 

Lidija permaneció un rato en silencio, colgada de las ataduras, sin decir nada. Luego alzó la vista, con el rostro enrojecido y la respiración rota.

—La Gitana tenía razón —susurró—. No tienes potencial. Joder, tienes poder.

La Gitana se levantó, se acercó a Elisa, y le acarició el hombro.

—Lo que me esperaba, cariño. Lo has hecho genial.

—Mis expectativas, en cambio, las has superado con creces—. Dijo Lidija.

Elisa no supo qué sentir. No era exactamente satisfacción, ni miedo. Era algo nuevo, parecido a lo que había experimentado cosquilleando a sus compañeras, pero mucho más intenso. Algo que no podía poner en palabras… pero que le quemaba por dentro.

-------------------------------------------------------------------

Elisa regresaba a su celda con una mezcla de sensaciones difícil de nombrar. Tenía el cuerpo agotado, pero se sentía satisfecha. Lidija la había puesto a prueba y había superado el examen. La Gitana la había observado con esa mirada que sólo regala a quienes considera de los suyos. Y aun así, mientras subía las escaleras del módulo, con las palmas de las manos aún calientes y el pecho lleno de vértigo, no dejaba de pensar en el beso que Alba le había robado esa mañana.

"¿Es esa su manera de darme una lección? ¿De jugar conmigo? ¿De torturarme psicológicamente por haber pertenecido al partido que apoyo su ingreso en prisión?"

Pero nada de eso importó en cuanto dobló el pasillo y vio la expresión del funcionario que la esperaba junto a la puerta de su celda. Era uno de los veteranos, de rostro pétreo y voz seca, pero en sus ojos brillaba esa especie de respeto incómodo que sólo aparece en situaciones graves. Muy cerca, Kiara. No decía nada, pero su cuerpo entero hablaba: el gesto compungido, los hombros encogidos, los labios tensos y los ojos cargados de una pena que no era suya, pero que ya sentía como propia.

Elisa frenó en seco. Su cuerpo supo lo que pasaba antes que su mente.

—Ramírez —dijo el funcionario—. Te estaban buscando.

Silencio.

—Ha habido un accidente en la residencia donde estaba ingresada tu madre. Una intoxicación. Parece que ha sido algo masivo, hay más afectados… pero me temo que tu madre ha fallecido.

Por un momento, Elisa no entendió las palabras. O tal vez sí, pero no se le acoplaron bien a la realidad. Las oyó como quien escucha una noticia ajena, un dato que no tiene por qué doler. Parpadeó.

—¿Mi madre?

Kiara se acercó. No dijo nada. La tomó de la mano y, al sentir que Elisa no se resistía, la abrazó. Y entonces todo se deshizo.

Kiara la acariciaba en la espalda sin prisas. No dijo “lo siento”. No dijo “todo irá bien”. Sólo la sostuvo, firme, hasta que los sollozos de Elisa se convirtieron en respiraciones irregulares, hasta que sus piernas dejaron de temblar.

El funcionario se retiró en silencio.


Comentarios

Entradas populares de este blog

LA CONDENA - Episodio 2: Kiara

LA CONDENA - Episodio 50: Hermanas, el documental

LA CONDENA - Episodio 1: Elisa