LA CONDENA - Episodio 7: Helga


Había cámaras en la puerta. Otra vez.

Elisa no se detuvo. El gesto sereno, las gafas oscuras, los pasos medidos. Un funcionario le abrió y ella entró como quien regresa al único lugar donde poder refugiarse de una tormenta. Solo cuando la puerta metálica se cerró tras ella, se permitió un suspiro leve, casi imperceptible, como si acabara de soltar un peso que llevaba dentro desde hacía dos días.

Dos días de permiso. Dos días fuera, pero no en libertad. El entierro, los trámites, las miradas. Los pésames forzados de antiguos compañeros de partido, las frases huecas sobre su recién fallecida madre o sobre su también difunto padre —“el ex alcalde Santiago Ramírez Pradas, un demócrata de los de siempre”— dichas por labios que antaño comieron de su mano y ahora apenas disimulaban la repulsión. Su hermana tampoco habló mucho. No hizo falta. Esa mirada suya bastaba: mezcla de rencor y decepción, como si Elisa hubiera fallado una vez más, como si el dolor ajeno fuera culpa suya también.

Y los periodistas, siempre los periodistas. A la entrada del cementerio, a la salida del juzgado, incluso cuando dobló la esquina para recoger la ropa negra que apenas había tenido tiempo de planchar. Hacían preguntas inoportunas y fotografías como quien colecciona pruebas de una caída.

Al cruzar el módulo, notó cómo las conversaciones se apagaban y las miradas se giraban con disimulo torpe. Sabía que era carne de telediario, incluso allí. Pero no dijo nada. Caminó con la cabeza alta, el rostro tenso, y fue directa a su celda. O a lo que esperaba que siguiera siendo su celda.

Se encontró su cama vacía. Más aún: sus cosas ya no estaban allí.

— Nena. ¿Qué haces aquí? —preguntó una voz desde la litera inferior de la celda contigua. Era la chica de cara redonda y acento andaluz —. Te han cambiao. Dicen que pal otro pasillo. ¿No te has enterao?

Elisa parpadeó, desconcertada.

—¿Cómo que me han cambiado?

La andaluza se encogió de hombros, medio entretenida con una lima de uñas.

—Vendrán a por ti. Yo solo sé que se llevaron tus cosas esta mañana.

Y entonces llegaron.

Primero Kiara, con su sonrisa de hada y los ojos brillantes. Luego la Gitana, con el pelo suelto como una bandera. Detrás Carlota, seria y directa, seguida por Alba —más contenida y seria de lo habitual—, y finalmente Lidija, con su gesto inescrutable y los brazos cruzados. De una en una, la abrazaron.

—¡Ahí estás, mi niña! —dijo la Gitana, abriendo los brazos.

Elisa apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de verse envuelta en tantos abrazos. Kiara la sostuvo un instante más que el resto, como si quisiera asegurarse de que volvía entera. Carlota le palmeó el hombro con una ternura torpe. Alba no dijo nada, pero sus ojos se quedaron fijos en ella. Y Lidija, como siempre, lo observaba todo.

—¿Qué está pasando? —preguntó Elisa al fin, desorientada, aunque aliviada por el recibimiento.

La Gitana sonrió, orgullosa.

—He hablado con quien tenía que hablar. Ya no estás sola, Elisa. Te han asignado a una celda nueva, con tus hermanas de la Hermandad. Con Kiara, con Lidija... y con otra chica más que aún no conoces. Pero pronto lo harás. Ahora puedes descansar.

Elisa tragó saliva. Por primera vez desde que dejó atrás el cementerio, sintió que podía aflojar los hombros. No era consuelo. No era olvido. Pero era algo parecido a pertenecer a un lugar después de tantos meses de juicios. Y, en aquel lugar, eso valía más que el luto.

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Ya en su nueva estancia, Elisa se sentó en su cama a estrenar, de nuevo la litera de arriba. Todas la habían acompañado, como si quisieran asegurarse de que llegaba intacta. 

—Te he dejado mi litera, sé que te gusta la de arriba — le dijo Kiara con su sonrisa infantil.

— Eres un sol— dijo logrando esbozar una sonrisa. Luego se volvió hacia La Gitana. — Gitana, ¿cuándo nos vamos a encargar de la puta nazi esa? 

La contundencia de las palabras de Elisa sorprendieron a todas, que se miraron entre ellas.

— Mi amor, tú olvídate de todo eso ahora. Lo que necesitas es descansar unos días.

— No quiero descansar, Gitana. Lo último que necesito ahora es pensar. Me comprometí con vosotras y voy a hacerlo.

— Muy bien, pero hay que hacer las cosas bien. Lo haremos mañana. Hoy las chicas te harán compañía y te ayudarán a despejarte.

A Elisa, la respuesta la dejó satisfecha.

— ¿Qué jaleo es este? — se oyó decir desde el umbral de la puerta. Era una mujer de unos cuarenta y pocos, con acento colombiano, una melena lisa negra como el azabache, estatura media y un cuerpo atractivo y tonificado. De pronto, vio a Elisa. — Ay, tú eres la chica nueva. ¿Cómo estás, mi amor? Yo soy Violeta.

Se acercó a la litera de Elisa para darle dos besos. Elisa se agachó.

— Siento mucho lo de tu mamá. Ya me hablaron muy bien de ti.

Elisa agradeció con un gesto de cabeza sus palabras.

— ¿Sabes que Elisa se va a unir a Lidija y La Gitana para lo de Helga? — dijo Kiara, casi susurrando.

Violeta se asombró. Sabía lo que eso significaba. La chica nueva estaba más interesada de lo que parecía. La miró con respeto.

— Eso quiere decir que eres buena. Te felicito. 

— Aquí ya hemos pasado todas por sus manos—. Señaló de pronto Lidija, guiñándole un ojo a Elisa.

— Además, Elisa disfruta de lo lindo recibiendo cosquillas — dijo Kiara desde la litera de abajo con una sonrisa pícara.

 — Anda, a lo mejor tiene un fetiche como nuestra Gitanita. — Violeta sonrió a La Gitana con ternura y respeto.

— Bueno, aquí todo el mundo tiene sus fetiches. — Señaló Alba, de pie, mirando a Kiara con esa media sonrisa burlona que Elisa tanto había calado. Kiara se ruborizó. Elisa la miró, desde arriba.

— ¿Y eso qué quiere decir? — preguntó riendo la ex concejala, que estaba empezando a despejarse gracias a la conversación.

— Vamos a ver, diputada, ¿tú no te has fijado hacia dónde voy siempre que le hago cosquillas a alguien? — dijo Kiara, entre risas, con la cara completamente roja.

Elisa se quedó pensando durante un momento. Estaba sentada al borde de su litera, con los pies colgando, muy cerca de la cara de Kiara, que estaba sentada en la de abajo. Se los miró. De repente, cayó en la cuenta y se echó a reír.
—¡Te gustan los pies!

Todas se echaron a reír. Kiara se llevó las manos a la cara.  A Elisa le enternecían esos arrebatos de timidez en una chica, aparentemente, tan extrovertida como Kiara. Comenzó a mover los pies en círculos y a mirarselos. 
—Oye, ¿y qué te parecen los míos? — Kiara los examinó detenidamente. Elisa los movía de forma juguetona.

—Me tienen enamorá, concejala— le dijo mientras le pasaba las uñas por las plantas provocando que Elisa pataleara.

—Con Kiara tenemos masajista gratis en la celda, es un lujo— añadió Violeta.

Elisa rió. Estaba anocheciendo y casi había olvidado por completo sus últimas horas. Ahora se sentía en familia.

La conversación fue apagándose poco a poco, como la brasa de una hoguera que no quiere extinguirse. Elisa se recostó boca abajo en su litera, con la cabeza colgando hacia Kiara, aún riéndose entre dientes.

—Te juro que no me lo habría imaginado nunca —murmuró.

—Nadie lo sospecha —contestó Kiara, encogiéndose de hombros—. Lo llevo con naturalidad.

Violeta se estiró y soltó un bostezo sonoro.

—Ay, niñas, si no os molesta, yo me voy a acostar. Mañana tengo taller a primera hora y quiero llegar con la cara descansada. Además —añadió mirando a Elisa con una expresión más seria, casi reverente—, sé lo que vais a hacer. Y aunque no lo parezca, no es poca cosa. Tú también deberías descansar.

La Gitana intercambió una mirada fugaz con ella. Hubo una comprensión silenciosa entre ambas. Cuando Violeta se marchó, cerrando suavemente la puerta tras de sí, el ambiente cambió de textura. Como si algo invisible se tensara.

Lidija fue la primera en hablar.

—¿Estás segura de que quieres estar mañana? —preguntó a Elisa, con voz más baja.

Elisa asintió.

—No he cambiado de idea.

La Gitana esperó un segundo antes de hablar. Se levantó de su sitio y se acercó al borde de la cama superior, apoyando una mano en el marco de hierro. Habló en voz lo bastante baja para que sólo las presentes la oyeran.

—Entonces escúchame bien, Elisa. Esto se hará rápido y sin ruido. Después del recuento de la tarde, cuando la mayoría están en el patio o en los talleres. Lidija y yo la haremos entrar. Hemos hecho llegar a Helga la noticia de que queremos sellar una tregua con las condiciones que ella nos dé, a cambio de que no haya más agresiones y deje de hostigar a las internas.

—¿Y si no quiere venir?

—Vendrá. Haré que piense que va a hablar conmigo sobre Carlota y Alba, sobre los límites. Sobre que no queremos que se vuelvan a repetir cosas como lo de Mimi. Le haré creer que puede intimidarnos. Y cuando esté dentro, cerramos.

—¿Y los funcionarios?

—La única que importa es Maribel. Ella estará en vigilancia mañana. Nos da media hora. Después, desaparece.

—¿Y ella no sabe lo que hacéis?

—Sabe lo suficiente para no querer saber más. La mayoría de los encuentros que se producen en mi celda no serían posible si no fuera por ella.

Hubo un silencio espeso.

Lidija se levantó, cogió su libro del escritorio y lo dobló con cuidado. Se acercó a la cama, miró a Elisa un segundo y dijo, sin emoción:

—No será la primera vez. Ni la última. Lo harás bien.

Kiara, desde abajo, acarició con la yema de los dedos el tobillo de Elisa, con un gesto breve, casi imperceptible.

—Te cuidaremos. Mañana… y después.

Elisa no dijo nada más. Apoyó la frente sobre el antebrazo, mirando al vacío. Por primera vez desde que enterró a su madre, sintió que el día siguiente tenía un sentido, por surrealista que pareciera.


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Al día siguiente, por la tarde, Elisa esperaba junto a la puerta de la celda, enfundada en una sudadera gris y con el pasamontañas cubriéndole el rostro. El tejido se le pegaba a la piel. Respiraba con fuerza por la nariz, intentando no parecer nerviosa. No lo conseguía del todo. Sentía cómo el aire cálido de la prisión se condensaba dentro de la tela, mezclándose con la ansiedad.

Lidija parecía distraída, organizando unos libros en la repisa de madera. A su lado, la Gitana se apoyaba en la pared como si esperara a una vieja amiga. Con los brazos cruzados, el rostro sereno. Podría parecer que estaba a punto de salir a fumar, no de emboscar a una neonazi.

Elisa habló sin mirarla:

—¿Y si alguien escucha?

La Gitana apenas giró la cabeza.

—No lo harán. Las dos celdas contiguas están ocupadas por nuestras chicas. Shadi y Valentina al lado izquierdo. Al derecho No hay nada, ya que esta es la última celda. No te preocupes por nada.

—¿Y esa funcionaria es de fiar?

—Lo es, está de nuestro lado.

—¿Por qué?

—Su hija entró aquí hace dos años. Dieciocho recién cumplidos. Entró mediante un ingreso urgente, cuando la iban a trasladar, Maribel pidió que no lo hicieran, para estar cerca de ella. Sólo iba a estar unos meses, así que lo logró, pero no podía decir que era su madre. Yo no lo supe, de hecho, hasta dos o tres meses después, pero la protegí desde el primer día. Cuando algunas presas se enteraron de que era hija de una funcionaria, ya estaba bajo mi protección. Me ocupé de que nadie la molestara. Nadie la tocó. Nadie se atrevió. A los cuatro meses, salió limpia. Maribel me lo agradeció personalmente, tuvimos algunas conversaciones.

Elisa la miró de reojo, a través de la ranura del pasamontañas.

—¿Y por eso os cubre?

—Por eso y porque nos respeta. Le interesa que pongamos paz. Y cuando pedimos algo así… cierra los ojos. La tenemos a ella y a un chico que lleva muchos años haciendo la vista gorda, pero eso ya te lo contaré.

Se hizo un silencio. Elisa apretó los puños dentro del bolsillo.

—¿Y por qué el pasamontañas?

—Porque eres nueva. Y porque eres Elisa Ramírez Pradas, una figura pública. ¿Quieres que la prensa se entere de que andas secuestrando a compañeras de módulo?— La Gitana le guiñó el ojo, tratando de ponerle humor a la situación. Lo cierto es que Elisa no había pensado en la prensa.

—¿Y si Helga no tiene cosquillas?

La Gitana sonrió, despacio. Como si le hiciera gracia la pregunta. Recibía con comprensión y paciencia los nervios y las reticencias de Elisa.

—Todas tienen. A veces muy dentro. A veces donde no esperan. Pero si no tuviera, habría que recurrir al plan b.

La puerta se abrió con un golpecito seco desde dentro. Lidija, en silencio, asomó la cabeza. Un gesto rápido con la barbilla. Todo listo.

Elisa dió un paso al frente, pero se detuvo al oír unos pasos.

Pasos firmes. Lentos. Luego una voz también firme:

—Treinta minutos. No más.

Maribel no se detuvo. No miró a nadie. A Elisa ni siquiera le dio tiempo de ver su cara. Pasó de largo como si hiciera su ronda habitual.

Un minuto después, se oyó otro paso. Firme. Seguro. Helga.

Apareció en el umbral con una expresión de desconfianza instantánea, con su angelical melena rubia y lisa perfectamente cortada a la altura de los hombros. A Elisa le sorprendió su aspecto pulcro, casi angelical, como una muñeca. 

—¿Qué es esto? —preguntó, sin saludar, mirando primero a la Gitana y luego al interior. No vio a Elisa.

—Una charla. Una tregua —respondió la Gitana con suavidad—. Pasa. Nadie va a tocarte.

—¿Y esa? —preguntó, señalando a Lidija con la barbilla.

—Testigo. No habla. No interviene.

Helga se detuvo. Sintió algo raro. Miró a la Gitana, luego a Lidija. Elisa permaneció inmóvil, como una estatua de sal. Había quedado tras la neonazi.

—¿Dónde está la otra? Carlota.

—No ha querido venir —diji la Gitana—. Pero me pidió que mediara.

Helga bufó, como un gato enfadado. Miró otra vez alrededor. El instinto le dijo que algo no cuadraba. Pero su orgullo era más fuerte. Avanzó. Dio dos pasos. Su voz, más baja, más contenida:

—No me gustan las trampas.

—Ni a mí las nazis—dijo la Gitana, cerrando la puerta detrás de ella.

Clac.

Helga giró la cabeza.

—¿Qué coño estás haciendo?— De pronto vio a Elisa con el pasamontañas y se puso en guardia 

—Sólo cerrando para que nadie interrumpa. No querrás que escuchen lo que digas, ¿no?

La neonazi se quedó quieta, como calibrando la distancia entre ella y la puerta. Entre ella y Elisa. Entre ella y Lidija.

—¿Y esta payasa?—dijo señalando a la desconocida del pasamontañas.

Helga dio medio paso hacia atrás. Y en ese momento, Lidija se levantó. Rápida. Precisa. Le sujetó los brazos por detrás. Helga reaccionó, pero era tarde. La Gitana ya le había sujetado las piernas, y con un leve giro de cadera la empujó sobre la cama. Helga cayó de espaldas, pateando el aire.

—¡Estáis locas! ¡Soltadme, hijas de puta!

Lidija le quitó la parte de arriba del uniforme y le inmovilizó los brazos por encima de la cabeza con una agilidad sorprendente. Sacó las ataduras de debajo de la almohada. La Gitana le sujetó las piernas y le quitó los pantalones. Elisa observaba, inmóvil.

—¡¿Qué coño hacéis?! ¡¿Qué es esto?! ¡¿Qué me vas a hacer, gitana de mierda, puta, escoria...?!

—Shh —dijo la Gitana, sentándose con calma sobre sus muslos para atarle los pies—. No hace falta insultar. Vas a entenderlo en seguida.

Giró el rostro hacia Elisa.

—Cuando quieras.

Elisa tragó saliva. Avanzó un paso. Otro. Sabía lo que tenía que hacer.

Helga forcejeaba con furia, apretando los dientes. El cuerpo, menudo y tonificado, atado en forma de equis —brazos y piernas separadas, asegurados con cintas de tela gruesa a los extremos de la cama— revelaba no sólo su impotencia, sino también la crudeza de su exposición. La luz de la tarde caía sobre su abdomen tenso, Helga llevaba en ropa interior negra, el sudor comenzando a brillar en la clavícula y sobre la esvástica, del tamaño de un puño, que llevaba tatuada entre Sus dos pequeños pechos. Sus músculos estaban marcados, tensos, duros. Pero esa fuerza no servía de nada ahora. Su respiración ya se había acelerado.

—¿Qué coño es esto? —gruñó, girando la cabeza de un lado a otro—. ¡Soltadme! ¡No me toquéis! ¿Me vais a violar, putas lesbianas? ¡Os voy a matar!

Elisa dio un paso al frente. A su lado, Lidija se mantenía en pie, sin moverse aún. La Gitana, en cambio, ya había tomado asiento junto a la parte inferior de la cama, con una sonrisa inquietante. 

Elisa extendió los dedos con lentitud. Las miró. Ninguna dijo nada.

Y entonces los posó sobre los costados de Helga. Un simple roce. Apenas presión.

Helga se encogió como si le hubieran clavado una aguja.

—¡Hija de puta! —escupió con la voz cargada de furia—. ¡¿Qué mierda hacéis?! ¡¡No me toques!!

Elisa repitió el gesto. Esta vez trazó una línea suave con ambas manos a lo largo de sus costados, de abajo arriba. La reacción fue instantánea: Helga soltó un alarido y se retorció con tal fuerza que la cama entera chirrió. Su cuerpo tembló  en un fuerte espasmo. Los dedos de Elisa insistieron.

—¡NO! ¡NO! ¡NO ME JODÁIS! ¡QUÉ MIERDA... ¡BASTA!

Lidija no se movió, pero sus labios se curvaron apenas.

La Gitana la observaba como una matrona antigua.

—¿Qué coño hacéis, locas de mierda...? —jadeó Helga

Pero Elisa ya estaba explorando el terreno. Subió un poco más, tanteando las axilas, suaves y recién depiladas. Helga las encogió y se revolvió, pero la reacción no acabó de convencer a su torturadora. Bajó entonces a sus costillas. Y ahí la encontró. Una zona hipersensible. Helga se sacudió como si le hubieran electrocutado.

—¡AHH! ¡HIJAS DE PERRA! ¡ME CAGO EN VUESTRA... AHAHAHAHAHAA NO! ¡PARAD!

Elisa continuó. Metódica. Dos dedos que bailaban entre costilla y costilla, sin pausa, sin piedad. La risa de Helga se volvió más aguda, involuntaria, rota. Gritaba y reía al mismo tiempo. Era una mezcla insoportable para ella. La rabia y la vergüenza ya luchaban con algo mucho más intenso: el miedo.

La Gitana intervino por primera vez. Con elegancia, colocó sus manos sobre los tobillos atados de Helga y comenzó a rascar suavemente las suaves plantas de sus pequeños pies. Una caricia tenue. Técnica.

—¡NO! ¡LOS PIES NO! ¡NO LOS... AHAHAHAHAHAJODERRRRR!

La carcajada que brotó fue salvaje, desesperada.

Helga trató de levantar las piernas, pero no podía. Solo podía sacudirlas, intentando escapar del roce, del cosquilleo que le recorría la espina dorsal y la volvía loca. El cuerpo entero se le arqueaba.

—No puedes hacer nada, Helga —dijo la Gitana en voz baja—. Tu violencia. Tu odio. Nada de eso sirve aquí.

Elisa intensificó el ritmo. Ahora pasaba de costillas a vientre, cambiando el tempo como si tocase un instrumento. Movimientos ligeros, otros más firmes. Trazos circulares sobre el ombligo. El cuerpo de Helga convulsionaba. La risa la ahogaba.

—AHAHAHAHAHAHAAAAGGGHHH... ¡PERO PARAD YA! ¡SOIS UNA SECTA! ¡ESTÁIS LOCAS! ¡ME CAGO EN... AAAAAH!

Lidija, que hasta ahora no se había movido, se colocó en el otro extremo de la cama. Con dedos largos y fríos, comenzó a hacer cosquillas en la parte interior de los muslos.

Helga gritó como si la hubieran abierto en canal.

—¡NOOOOOO! ¡NO AHI! ¡NO AHI, POR FAVOR! ¡AAAAAAAAAAGHHHHAHAHAHAHAHA!

—Ah, por fin dice "por favor" —comentó Lidija con frialdad.

La escena se volvió casi hipnótica. Elisa movía las manos como en trance, dibujando círculos en el abdomen. La Gitana concentrada en los pies, arañando con uñas expertas los arcos, los talones, las zonas blandas entre los dedos. Lidija en los muslos. Una coreografía cruel, sincronizada.

Helga se deshacía.

Su voz, primero insultante, luego arrogante, ahora era puro suplicio.

—¡HIJAS DE PUTA! ¡BASTA, JODER, BASTA! ¡NO PUEDO! ¡NO PUEDO MÁS!

—Puedes más de lo que crees —dijo la Gitana, sin levantar la vista.

Elisa, por su parte, se sintió distinta a como se había sentido haciendo cosquillas a sus hermanas de hermandad. No estaba jugando, no cabía explorar ni pasar de un sitio a otro, dejando pausas para dejar respirar a su víctima y hacer comentarios burlones. Estaba realizando un trabajo. Un trabajo metódico con una precisión quirúrgica. No se estaba divirtiendo, pero de algún modo, estaba disfrutando cada contracción, cada grito y cada golpe que Helga le daba al colchón con sus puños.

Lidija trabajaba la piel de los pálidos muslos de la neonazi con una coreografía asombrosa. Sus dedos se movían ligeros, como las piernas de una patinadora sobre hielo, trazando curvas y líneas a través del terreno.

Helga estaba al límite de la desesperación. Las lágrimas comenzaron a brotarle de los ojos. Gritaba, pataleaba, reía como una auténtica poseída. La cara desencajada ya no era la de aquella niña consentida y arrogante que había entrado en la celda como un felino en guardia.

Lidija la miró. No quedaba nada de la mujer que paseaba por el patio como si lo poseyera. Nada de la matona. Sólo una carcasa temblorosa, hundida en una tormenta de cosquillas.

Faltaban todavía quince minutos. Lidija dejó los muslos y bajó a los pies, siendo ahora cuatro las manos que cosquilleaban las plantas de la neonazi y quedando Elisa sola para toda la zona del torso. La sensación de tantos dedos recorriendo sus sensibles pies hicieron temblar las piernas de Helga, que ya no tenía fuerzas para estirar y se conformaba con patalear  y reír a base de frenéticas carcajadas.

A Elisa, derrumbar a Helga le estaba resultando demasiado fácil. Había pasado poco más de la mitad del tiempo y la muchacha ya no podía más. Todo lo que quedará hasta ahora sería rematarla. Hinchó el pecho, satisfecha, y empezó a apretar en las costillas, uno de los puntos más débiles, junto con los pies. 

Ahora, las zonas más sensibles de Helga estaban siendo atacadas sin descanso. Los pies temblequeaban de forma espasmódica. Su cuerpo se revolvía en vano. Su risa era ya un lamento desesperado, como un sollozo ahogado.

—Ya... ya... — alcanzaba a decir de vez en cuando, entre jadeos. Las mejillas rojas y los ojos húmedos de lágrimas.

Los dedos de Elisa apretaban con más fuerza, la justa para no causar dolor, sólo descargas eléctricas de cosquillas.

—¡YA! ¡¡YAAAAA!! VAMOS A HABLAR, ¡VAMOS A HABLAR!

—Ya —dijo la Gitana de pronto, tajante.

Elisa detuvo sus manos. Lidija también. Sólo se oía la respiración entrecortada de Helga. El cuerpo aún temblaba, enrojecido, empapado.

La Gitana se levantó y se inclinó junto a su oído.

—Esto no se olvida, Helga. No es por lo que has hecho. Es por lo que ya no podrás volver a hacer. Habla.

Helga no respondió. Tenía los ojos cerrados, la boca entreabierta.

Elisa, todavía con el pasamontañas, se levantó. Miró a la mujer derrotada, las muñecas marcadas por el roce de las ataduras, la piel húmeda y temblorosa.

—Bien, si no quieres hablar, seguiremos.— Helga no sabía que sólo les quedaban unos minutos. El terror de imaginar que la tortura podía seguir de forma indefinida la hizo hablar.

—Quiero… quiero… hablemos… por favor... dejadme hablar... Quiero que hablemos—sollozaba como una niña pequeña.

La Gitana bajó la mirada y le apartó con cuidado un mechón pegado de sudor de la frente.

—Ahora sí. Ahora sí podemos hablar.

Pero Helga no habló, sólo pudo romper a llorar.

 —Vamos a soltarla— dijo la Gitana.

Helga se incorporó y se vistió entre lágrimas. Torpe. Desorientada. Se levantó y fue hacia la puerta, cubierta con cortinas marrones. Esperó en silencio, tensa, sin saber qué decir, hasta que alguien, al otro lado, abrió. Los pasos se alejaron.

—Se acabó la violencia. Se acabó hostigar a las internas. Se acabó odiar. Si odias, hazlo en silencio. No quiero más peleas. No quiero más muertes como la de Mimi. Sé que fue tu organización. Sé que tú tuviste algo que ver. Si vuelve a pasar algo, no seremos tan benevolentes como lo hemos sido hoy.

Helga se limitó a asentir, mirando al suelo. Después se marchó.




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