LA CONDENA - Episodio 8: Violeta
Kiara y Lidija tenían taller con Violeta en el gimnasio, de modo que Elisa desayunó sola esa mañana. Por recomendación de La Gitana, no se sentó con Alba y Carlota. Ambas lo sabían y la saludaron de forma discreta y cómplice cuando la vieron. Tras lo de Helga, querrían saber quién era la encapuchada que la torturó y dejarse ver con ellas dos sería ponerle las cosas demasiado fáciles.
Elisa echó un vistazo a través del comedor, y allí estaba, como un cervatillo bebiendo de un arrollo, cabizbaja y ojerosa. Helga estaba en compañía de sus dos leales camaradas: Tamy y Sandra. La otra era Laura, pero desde que volvió del hospital no salía de su celda. Las dos compañeras hablaban con Helga, que permanecía ausente. Parecían estar haciéndole preguntas, probablemente sobre la negociación y sobre su cambio de actitud. Helga hacía gestos para que la dejaran en paz.
Cuando terminó el yogur, Elisa se levantó, recogió su bandeja y se dirigió con la cabeza alta hacia ellas, que se habían levantado y estaban obstruyendo el pasillo que quedaba entre dos hileras de mesas.
—A ver, chicas, ¿me dejáis pasar?— dijo con amabilidad pero con una seguridad en sí misma que ni ella misma reconocía. Había algo de chulería en su tono, lo suficientemente imperceptible como para que no se lo pudieran reprochar.
Helga fue la primera en apartarse. Ni siquiera la miró. Las otras dos, se miraron entre ellas.
—Oye, tú—. Elisa se dio la vuelta, era Sandra. De piel pálida y rostro anguloso, con su reconocible peinado estilo "chelsea" y algunos tatuajes que no dejaban lugar a dudas sobre su ideología.
—¿Yo?—dijo Elisa, aparentemente tranquila.
—No, mi prima. Sí, guapita, es a ti. Eres la del caso ese de corrupción, ¿no?
—Esa soy, sí. Me llamo Elisa, ¿y tú eres?
—No te importa. He visto que te juntas mucho con la bollera esa de los tatuajes.
—¿Kiara?
—Sí, la lesbiana pelo pollo. Es colega de La Gitana, no tendrás tú ningún chanchullo con ella, ¿no?— le preguntó con tono desafiante.
—No conozco a ninguna gitana y de momento prefiero no tener ningún "chanchullo" con nadie, la verdad.
Sandra se la quedó mirando, como si tratara de procesar las palabras que acababa de escuchar y la seguridad con la que habían sido pronunciadas.
—Deja a la chavala en paz—. Dijo Helga, poniendo una mano en el pecho de Sandra para apartarla. Luego miró a Elisa a los ojos. — Pírate, va.
Definitivamente, Helga no la había reconocido. Aún así, el corazón de Elisa latía a toda velocidad. Aunque había logrado disimularlo a la perfección, estaba realmente asustada.
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Ya en su celda, Elisa se quitó las botas, se subió a su litera y se tumbó a descansar. Allí, pensó en la mirada de Helga, tratando de aparentar dureza, ignorando que estaba defendiendo a su torturadora. A la persona que la derrotó con unas simples cosquillas No conocía a Helga de antes, pero a Elisa le daba la impresión de que algo se había roto dentro de ella. Pensó también en cómo había llegado a pensar que todo el asunto de la Hermandad y las cosquillas podía no ser más que un delirio colectivo fruto del mesianismo sectario en torno a una mujer fetichista. Ahora sabía que el poder de La Gitana era real. Ahora la admiraba, pues resolvía los problemas sin recurrir a la violencia, además de que lograba privilegios y tratos de favor debido a sus buenas acciones, como cuando ayudó a la hija de la funcionaria Maribel sin saber que lo era.
Un dedo en su cintura interrumpió sus pensamientos. Elisa dió un salto. Era Kiara, que llegaba de las duchas.
— ¿Cómo lo llevas?—Kiara frotó la pierna de Elisa.
—Bueno, lo voy llevando.
Kiara se subió a la litera con Elisa de un salto, quedando sentada a los pies de Elisa.
—Bueno, aquí estoy yo por si necesitas hablar, ya lo sabes.
—Te lo agradezco— le sonrió Elisa. — Yo lo que necesito es uno de esos masajes de pies que dicen que das.
—Diputada, no me tientes, que ya sabes que tus pies me pierden...
Elisa puso los pies sobre el regazo de Kiara con una sonrisa burlona.
—Vas a tener que avisarme si te hago cosquillas, ¿eh? —bromeó Kiara, flexionando los dedos como si calentara las manos para una sesión de fisioterapia. La mirada le brillaba.
—Ya... —Elisa soltó una risa leve, nerviosa, enterrando el rostro en la almohada—. Como si no lo supieras ya.
Kiara deslizó los pulgares con suavidad sobre los talones primero, apenas rozando, tanteando la textura de la piel, sabiendo muy bien que ese primer contacto bastaba para tensar a Elisa de pies a cabeza. La notó encoger los dedos al instante, como un reflejo involuntario.
—Mmm... ya estás temblando —murmuró Kiara con voz baja, casi ronca, como si le hablara solo a ella y a la planta de sus pies.
Elisa se mordió el labio.
—Calla… —susurró, y la voz le salió más suave de lo que quería.
Kiara sonrió. Siguió subiendo, masajeando con algo más de firmeza los arcos, notando cómo la piel cedía al principio pero luego temblaba a su paso, como si cada caricia fuera una provocación calculada.
—No sé cómo puedes querer esto si te mueres de cosquillas —dijo Kiara, casi en un murmullo, inclinándose un poco más para soplarle con descaro sobre los dedos de los pies.
Elisa soltó un quejido ahogado, dio un pequeño salto involuntario y luego se revolvió, pero no apartó los pies.
—Porque me relaja... Tú me relajas. Reír me relaja.
Kiara soltó una risa bajita, cálida, pegada a su piel.
—Lo que tú digas, diputada… —susurró, mientras seguía amasando con cuidado, pero deslizando, de vez en cuando, una uña traviesa justo por el centro del arco, solo para escuchar el siguiente gemido contenido.
Elisa respiraba más rápido, pero no pidió que parara.
Kiara se inclinó un poco más. Su aliento cálido rozó la piel de los tobillos de Elisa, provocándole un escalofrío que le recorrió la espalda.
—Te encanta más de lo que quieres admitir… —susurró Kiara, dejando un leve beso, casi imperceptible, justo en el hueso del tobillo.
Elisa se tensó de pies a cabeza. Cerró los ojos con fuerza, sintiendo cómo la respiración se le aceleraba sin remedio.
—Kiara… —La voz le tembló, no estaba segura si era una advertencia o una súplica.
Pero Kiara no se detuvo. Cambió de posición, deslizando ambas manos por las pantorrillas hasta que sus dedos llegaron de nuevo a los talones. Esta vez empezó a masajear con más intención, lenta pero profundamente, como si conociera exactamente cada milímetro de su piel. Elisa se mordió el labio, dejando escapar un gemido bajo, uno que no pudo ni quiso contener.
Kiara sonrió. Sus dedos se deslizaban hacia el empeine, subiendo con caricias largas y suaves, que no eran ya tanto un masaje como una forma de explorarla.
—Podría quedarme aquí toda la noche… —susurró, dejando otro beso, más prolongado, en la parte interna del tobillo.
Elisa giró la cabeza apenas, lo suficiente para mirar por encima del hombro. Sus ojos estaban entrecerrados, las mejillas coloradas, el pecho subiendo y bajando más deprisa de lo habitual.
—Vas a matarme… —dijo con una sonrisa entre nerviosa y rendida.
—O a volverte loca… —corrigió Kiara, y esta vez dejó que sus labios rozaran la piel, subiendo lentamente, dejando un rastro de calor húmedo desde el tobillo hasta la parte baja de la pantorrilla.
Elisa tembló, atrapada entre la risa nerviosa y el deseo creciente.
Y cuando Kiara, en un gesto descarado, dejó que sus uñas recorrieran levemente los arcos de sus pies, rozando solo lo justo para provocarle un espasmo y otro gemido ahogado, Elisa soltó un bufido, girándose de golpe en la cama.
—¡Maldita seas…! —exclamó, entre risas, atrapando a Kiara por la muñeca antes de que pudiera seguir torturándola.
Las dos se quedaron quietas un segundo. Demasiado cerca. Demasiado conscientes de lo que flotaba en el aire.
Kiara la miró desde arriba, con esa media sonrisa peligrosa que siempre parecía prometer problemas.
—Ya sabes que si quieres que pare… solo tienes que decírmelo.
Elisa tragó saliva. Su mano seguía sujetando la de Kiara. Y sin soltarla, cerró los ojos y dijo en voz baja:
—Sigue.
Kiara no necesitó más. Con escuchar ese "sigue", su sonrisa se volvió más ancha. Bajó la mirada hacia los pies de Elisa como si fueran un mapa por explorar, un territorio conquistado pero aún lleno de secretos.
Volvió a pasar las uñas, ahora más lentamente, dibujando líneas suaves desde los talones hasta los dedos. Elisa soltó una carcajada nerviosa, mezclada con un gemido que le salió más profundo de lo que pretendía.
—Kiara… —La voz de Elisa temblaba, pero ya no había rastro de enfado. Solo rendición y deseo.
—Qué fácil es volverte loca… —susurró Kiara, inclinándose un poco más para atrapar uno de los dedos de Elisa entre sus labios, dándole un beso húmedo, lento… apenas una succión, pero suficiente para que Elisa arqueara la espalda de golpe.
—Joder… —murmuró Elisa, tapándose la boca con una mano para no gritar.
Kiara rió bajito, disfrutando de cada reacción. Empezó a lamerle la planta del pie, con movimientos suaves, subiendo después por el empeine, dejando un rastro cálido y húmedo en cada centímetro de piel. Entre caricia y caricia, de vez en cuando, lanzaba pequeños mordiscos juguetones, o pasaba la lengua justo por el centro del arco, provocando esos espasmos involuntarios que tanto le divertían.
Elisa pateó suavemente, pero sin verdadera intención de apartarla.
—Eres… una cabrona… —jadeó, con los ojos cerrados, los labios entreabiertos, la respiración descontrolada.
Kiara sonrió contra su piel, dejando otro beso en el hueco entre los dedos. Luego deslizó una mano por la parte posterior de los tobillos, subiendo despacio, mientras con la otra sujetaba el pie de Elisa para que no se escapara.
—Y tú… una adicta a que te haga esto —le susurró, justo antes de hundir de nuevo la lengua en la planta, esta vez con más descaro, con movimientos circulares que parecían pensados para volarle la cabeza.
Elisa se retorció bajo ella, riendo, gimiendo, mordiéndose los dedos de la mano para no gritar. La mezcla de placer y cosquillas la tenía al borde de la locura.
—¡Kiara… para… para o…! —Elisa apenas podía respirar, pero tampoco hacía el más mínimo intento por alejarse.
Kiara levantó la cabeza solo lo justo para mirarla, sin dejar de sujetarle los tobillos.
—¿O qué? —preguntó con voz ronca, los labios brillantes, la mirada cargada de deseo.
Elisa abrió los ojos apenas un segundo. Había rubor en sus mejillas, lágrimas de risa en las comisuras de los ojos y una expresión de derrota absoluta.
—O me vas a hacer correrme sólo con esto… —susurró, con la voz rota, más entregada que nunca.
Kiara sonrió como si acabara de recibir el un premio.
—Entonces no pienso parar.
Y sin darle más tregua, volvió a atacar, esta vez usando la lengua y las uñas a la vez, trazando caminos de cosquillas y placer en cada rincón de la planta de sus pies, mientras Elisa se perdía entre risas, jadeos y gemidos que ya no podía ni quería contener.
Cada vez que Elisa intentaba recuperar el control, Kiara encontraba un punto nuevo, un rincón más sensible, un ángulo que la hacía encogerse y soltar una carcajada entrecortada que se transformaba en un gemido segundos después. Su lengua recorría los arcos con lentitud, deteniéndose en la base de los dedos, jugando con cada uno, lamiendo, succionando… mientras sus uñas se entretenían en la zona del talón, rozando apenas, provocando un cosquilleo eléctrico que se le subía por las piernas como una descarga.
—¡Kiara…! ¡Por favor…!
Kiara soltó una risa grave y peligrosa, inclinándose para dejar un mordisco más fuerte en la parte blanda del arco.
—Dime que pare… —susurró, rozándole la piel con los labios, subiendo un poco más por la pierna.
Pero Elisa no lo dijo.
Al contrario, soltó un gemido bajo, cerrando los ojos con fuerza, como si rendirse fuera ya inevitable.
Kiara sonrió, satisfecha.
Con un movimiento rápido, soltó las piernas de Elisa y se subió sobre ella, quedando a horcajadas, sujetándola por las caderas. Sus manos buscaron la cintura de la camiseta de algodón, subiéndola poco a poco, dejando al descubierto la piel del vientre de Elisa.
—¿Sabes…? —murmuró, inclinándose para besarle el ombligo mientras sus uñas trazaban líneas lentas por los costados, sabiendo muy bien lo sensible que era también ahí—. Echaba de menos hacerte cosquillas.
Elisa soltó un gemido suplicante, arqueándose hacia ella.
—Vas a matarme… —repitió, sin aliento.
Kiara sonrió contra su piel, dejando un camino de besos y mordiscos ascendentes, jugando entre el deseo y el tormento.
—Eso… aún está por ver.
Y sin darle tregua, deslizó las manos por sus costados, por sus costillas, subiendo hasta justo debajo del pecho… y empezó de nuevo, con las uñas, con la lengua… desatando en Elisa una mezcla de risa desesperada, gemidos rotos y ese temblor imparable que la recorría de pies a cabeza.
Las dos comenzaron a respirar a toda velocidad.
Elisa ya no podía más. Estaba jadeando, con el cuerpo entero estremeciéndose bajo las manos y la boca de Kiara. Sentía la piel ardiendo, la respiración completamente descontrolada, los muslos temblorosos y la cabeza dando vueltas entre la risa, el placer y el agotamiento.
Kiara subió aún más la camiseta, dejando al descubierto sus pechos, y sin darle tiempo a reaccionar, empezó a besarlos, primero lento, con la lengua trazando círculos en los pezones, y luego con más hambre, succionando, mordiendo suave, mientras sus manos seguían bajando por su cuerpo.
Elisa arqueó la espalda, hundiendo los dedos en la nuca de Kiara.
—Por favor… —jadeó, y ya ni siquiera supo si pedía que siguiera o que la terminara de una vez.
Kiara entendió perfectamente.
Con una seguridad que le venía de haberla llevado hasta ese límite, dejó que una de sus manos bajara por el vientre de Elisa, deslizándose por el borde de la ropa interior, pero sin apresurarse. La miró desde arriba, con los ojos oscurecidos, las mejillas sonrojadas, y una sonrisa peligrosa en los labios.
—Mira cómo estás… —susurró, mientras sus dedos se deslizaban finalmente entre sus piernas.
Elisa ahogó un grito. La sensación fue inmediata, intensa, como si todo su cuerpo reaccionara al instante. Se aferró a los hombros tatuados de Kiara, cerrando los ojos con fuerza, dejando que el gemido le saliera desde el fondo de la garganta.
Kiara comenzó a mover los dedos con un ritmo lento pero firme, explorando cada rincón con la misma dedicación que había mostrado antes en sus pies. Con la otra mano, acariciaba su muslo, subiendo, bajando, alternando caricias suaves con pequeños arañazos juguetones que le arrancaban nuevos temblores.
—Dime si quieres que pare… —le susurró al oído, rozando con los labios su cuello, justo en la zona donde Elisa más se estremecía.
Pero Elisa solo pudo soltar un gemido más fuerte, mordiéndose el labio hasta casi hacerse daño.
Kiara sonrió, satisfecha, y aceleró el ritmo. Su boca bajó de nuevo por el cuello, el pecho, el vientre… y sin previo aviso, bajó aún más, acomodándose entre sus piernas. Elisa apenas tuvo tiempo de abrir los ojos antes de sentir la lengua de Kiara rozándola, primero suave, apenas un roce… y luego con toda la intensidad que llevaba minutos prometiéndole.
Elisa perdió el control.
Gritó, esta vez sin preocuparse de quién pudiera escucharla en la galería. Se retorció, apretó las sábanas, trató de cerrar las piernas en un impulso reflejo, pero Kiara la sujetó fuerte por las caderas, manteniéndola abierta, vulnerable, completamente a su merced.
La lengua de Kiara no dio tregua. Alternaba movimientos rápidos y lentos, profundos y superficiales, sabiendo exactamente cómo llevarla al borde… y luego sostenerla ahí, un segundo más, otro… hasta que Elisa ya no pudo más.
Con un grito ahogado y el cuerpo arqueándose en un espasmo violento, llegó al orgasmo de forma tan intensa que le faltó el aire. Se quedó temblando bajo ella, con lágrimas en los ojos, la respiración entrecortada, el corazón latiendo con una fuerza que parecía desbordarla.
Kiara subió de nuevo, besándola despacio en el cuello, en la mejilla, en la frente. La abrazó por detrás, envolviéndola con su cuerpo, con los dedos todavía acariciando su vientre, ahora con ternura.
Elisa seguía tumbada en la litera de arriba, enredada entre las sábanas, con la piel aún caliente y el cuerpo relajado pero tembloroso. Kiara la abrazaba por detrás, acariciándole el pelo, jugando con un mechón entre los dedos mientras dejaba pequeños besos distraídos en su nuca.
La paz duró exactamente lo que tardaron en oírse las voces y risas de Violeta y Lidija.
—¡Ya estamos de vuelta! —anunció Violeta desde abajo, entrando con su botella de agua colgando de la mano y el chándal aún pegado al cuerpo por el sudor.
Lidija iba detrás, y como siempre, fue la primera en subir los escalones metálicos de la litera para asomarse sin preguntar.
La escena que encontró la hizo detenerse en seco, con una sonrisa que le subió sola a los labios.
—Pero bueno… —dijo en voz alta.
Violeta llegó justo detrás, y en cuanto asomó la cabeza y vio a Elisa y Kiara abrazadas, la camiseta de Elisa subida hasta la cintura y las mejillas de ambas encendidas, soltó una carcajada.
—¡Joder! ¡Y una aquí matándose en el gimnasio mientras vosotras os dais la gran vida!
Elisa soltó un gemido ahogado y se tapó la cara con las manos.
—No… no puede ser… —murmuró, riéndose ya sin remedio.
—¡Yo pensaba que eras la modosita del módulo! —se burló Violeta, guiñándole un ojo a Elisa.
Kiara, por supuesto, no hizo el más mínimo intento de disimular. Solo se limitó a rodearla con más fuerza por la cintura, dejando un beso lento en su cuello.
—No nos juzgues, que llevábamos días acumulando tensión… —dijo con su voz grave y divertida.
Lidija soltó una carcajada y se sentó en el borde de la litera, balanceando las piernas.
—Y la que parecía una mosquita muerta… —añadió, mirando a Elisa con expresión burlona.
Violeta se dejó caer de espaldas en su cama.
—A este paso, le vais a tener que poner matrícula de honor en el módulo —bromeó.
Kiara soltó una risa suave, sin dejar de acariciar a Elisa.
—Bueno… lo de hoy es una cosa… pero lo de Helga fue otro nivel —añadió, dándole un pequeño pellizco en el costado—. Que yo no estuve… pero me lo han contado todo.
Elisa volvió a esconder la cara en las sábanas.
—Pero no te escondas. ¡Si es de las mejores historias de los últimos meses! —dijo Lidija, riéndose—. La tía ahí con el pasamontañas y la nazi suplicando.
—Fue un momento puntual… no es que ahora me vaya a dedicar a eso… —balbuceó Elisa, bromeando avergonzada.
Lidija arqueó una ceja.
—Eso dices tú… pero un par de sesiones más y te conviertes en toda una experta —rió—. Aunque te quiero enseñar unos cuantos trucos para que seas más… efectiva.
Elisa tragó saliva, mordiéndose el labio.
—Bueno… —dijo en tono inocente—. Supongo que necesitaremos a alguien para practicar, ¿no?
El silencio fue breve… apenas un par de segundos.
Y como por reflejo, todas giraron la cabeza hacia Violeta.
La colombiana abrió los ojos como platos.
— ¡Ay, no! ¡Pero qué panda de cabronas son ustedes!
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La vieja cama de matrimonio de la Gitana crujía bajo el peso de Violeta, que estaba tumbada en forma de equis, con los brazos extendidos hacia las esquinas superiores y las piernas atadas a las inferiores. El top deportivo y las mallas ajustadas que llevaba después del taller de gimnasia apenas disimulaban las curvas tensas de su cuerpo. La respiración ya empezaba a acelerársele aunque apenas le hubieran rozado.
—No puedo creer que me hayan liado para esto… —gimoteó entre risas nerviosas, mirando a las cuatro mujeres que la rodeaban.
La Gitana se sentó en su sillón, con una sonrisa amplia y satisfecha.
Lidija se frotó las palmas de las manos, mirando a Elisa con una sonrisa de cómplice maestra.
—Bueno… —dijo, señalando a Violeta—. Aquí está tu conejillo de indias. Eres muy buena, Elisa, pero ahora te voy a enseñar un par de truquillos… para que la próxima vez que quieras torturar a alguien, lo hagas como una auténtica profesional.
Elisa entornó los ojos, mirando a Violeta de arriba abajo. Sonrió, arrodillándose junto a la cama.
—¿Y por dónde empezamos? —preguntó, mirando a Lidija.
—Ven… —le indicó Lidija—. Vamos por orden.
Lidija colocó las manos en las axilas de Violeta, sin tocar aún, solo rozando el aire.
—Aquí es donde más sufre. No hace falta apretar fuerte. Lo que más la mata es la anticipación… la espera… —sonrió—. Y el contacto ligero.
Violeta soltó un grito anticipado, retorciéndose como podía entre las ataduras.
—¡No, no, no… por favor! ¡Por ahí no! Se lo pido por Dios…!
Elisa la miró con los ojos brillando entre nerviosismo y emoción. Lidija le hizo una seña para que se acercara más.
—Mira… —dijo en tono didáctico, deslizando los dedos por debajo de los brazos de Violeta, rozando apenas la piel delgada de sus axilas.
La reacción fue inmediata.
Violeta soltó un chillido agudo, arqueando la espalda, tirando de las ataduras mientras la risa le estallaba de golpe.
—¡AAAAAAAAHH! ¡No, no, nooo! ¡Me muero! ¡Yaaa, hijueputa!
Las risas de las demás llenaron la celda.
—¿Ves? —rió Lidija, mirando a Elisa—. No hace falta ni apretar fuerte. Es más la anticipación… el roce suave… —volvió a pasar las uñas apenas rozando la piel, provocando otro estallido de carcajadas desesperadas en Violeta.
Elisa se animó. Alargó la mano y, con movimientos tímidos al principio, la imitó.
Violeta chilló aún más fuerte.
—¡Noooo! ¡Elisa, tú no! ¡Tú eres buena! —gritó entre carcajadas, con la cara ya roja de tanto reír.
La Gitana se reía abiertamente desde el borde de la cama.
Bien, bien… Ahora, siguiente lección. Baja al abdomen… justo aquí… —le indicó a Elisa, marcando la línea entre las costillas y el ombligo.
Elisa deslizó los dedos, algo más segura esta vez, y Violeta volvió a romperse en una mezcla de risa y gritos.
—¡Me vais a matar, lo juro! —jadeó, pataleando como podía dentro de sus límites.
Lidija continuó:
—Las costillas son otro punto fuerte… y las caderas… —le explicó, mientras le mostraba a Elisa cómo presionar justo en los laterales—. Y no olvides los dedos de los pies… Violeta se ríe como una loca.
Kiara, desde su rincón, no podía borrar la sonrisa.
—Vas a crear un monstruo, Lidija —bromeó, viendo cómo Elisa ya empezaba a moverse con más soltura, recorriendo el cuerpo de Violeta con sus manos, provocándole risas incontenibles.
—¡Malditas…! ¡Cuando me suelten… vais a ver!
Pero nadie parecía tener mucha prisa por hacerlo.
Elisa llevó las manos a la barriga de Violeta. La reacción fue inmediata: otro estallido de risa, de esos que ya sonaban desesperados, con pataleos y chillidos.
—¡No más…! ¡Por favor… me rindo… me rindo! —gritaba Violeta entre carcajadas.
Elisa bajó a los pies. Con cuidado, deslizó los dedos por los arcos de las plantas, trazando movimientos lentos.
Violeta, que ya apenas podía luchar, soltó una risa más suave… esta vez menos desesperada.
—Ahí… ahí… eso me relaja… —jadeó, con los ojos cerrados y una sonrisa rendida.
—¿Sí? —preguntó Elisa, bajando aún más la intensidad, simplemente acariciando.
Violeta asintió, riéndose todavía pero ya sin gritar.
—Ahora… una cosa importante, Elisa —dijo, con voz de maestra de ceremonias—. Si quieres que pierda completamente el control… hay un truco: el ataque combinado.
Elisa parpadeó, sin soltar aún las plantas de Violeta.
— Sí, tú tienes los brazos largos, como yo. Si atacas, por ejemplo, con una mano los dedos de los pies y con la otra la cadera, te aseguro que conseguirás que esta colombiana colapse—. Elisa obedeció.
—¡NOOO! ¡ASÍ NOOO! ¡ASÍ NO! —gritó entre carcajadas, retorciéndose, tratando de escapar sin conseguirlo.
—¿Ves? —se rió Lidija, acariciando de nuevo las axilas con los dedos—. Con sincronización y un poco de maldad… el efecto se multiplica.
—¡¡AY, YAAAAAAAAA!!
Lidija levantó las manos al fin, dándole un respiro. Elisa, contagiada por la energía del momento, también se detuvo, dejando los dedos de sus pies en paz.
Violeta quedó tumbada, respirando como si hubiera corrido diez kilómetros, con el cuerpo empapado de sudor y las mejillas encendidas.
Lidija se sacudió las manos, satisfecha.
—Te he visto suelta, ¿eh? —le dijo a Elisa, guiñándole un ojo—. Pero no te confíes… Esto tiene más técnica de lo que parece. Si quieres… la próxima vez te enseño a provocar risas solo con la respiración o con un dedo en el sitio justo.
—Sí… quiero seguir aprendiendo —reconoció, mirando a Violeta, que seguía medio tirada, recuperando el aliento.
La colombiana alzó la cabeza con dificultad, todavía con la risa pegada en la garganta.
—Sois… unas cabronas… —dijo entre risas roncas, y luego añadió—. ¡Pero que sepáis… que me vais a tener que llevar en brazos al patio…!
Todas estallaron en carcajadas.
Lidija le revolvió el pelo con cariño.
Elisa se quedó un rato en silencio, pensativa. Se mordió el labio inferior, bajando la mirada un segundo. El corazón le latía fuerte, anticipando lo que estaba a punto de decir.
—Oye… —dijo de pronto, con voz más baja de lo que pretendía. Todas giraron la cabeza hacia ella.
Miró primero a Lidija, luego a Kiara, después a Violeta —que la observaba todavía medio derrumbada pero ya de nuevo con su característica chispa en los ojos— y por último a la Gitana.
—Quiero… quiero ser yo la siguiente —soltó al fin, casi de un tirón, como si le costara más tenerlo dentro que decirlo.
Un silencio denso llenó la habitación. Solo duró un segundo.
Luego la risa de la Gitana rompió el aire, lenta y profunda.
—¿Tú? —repitió, sonriendo de oreja a oreja—. Claro que sí, sabía que no tardarías en pedirlo, mi niña.
—Quiero… sentirlo otra vez. Pero esta vez… —hizo una pequeña pausa— …quiero que estéis las cuatro. Quiero explorar mis límites.
Kiara la miraba desde su rincón, con una sonrisa lenta, esa que le nacía siempre que Elisa la sorprendía.
—¿Estás segura? —preguntó ella, con la voz baja y un brillo especial en los ojos—. Sabes que te va a costar respirar, ¿no?
Elisa tragó saliva, pero no apartó la mirada.
—Lo sé… —dijo—. Precisamente por eso.
Lidija soltó una carcajada, encantada.
—Pues entonces… no se hable más —dijo, frotándose las manos—. Hoy es día de aprendizaje para todas.
Entre todas la ayudaron a tumbarse en el centro de la cama. La Gitana fue la primera en atarle las muñecas a las esquinas superiores, usando las mismas cuerdas que antes habían sujetado a Violeta. Estaban algo húmedas por el sudor de su compañera. Kiara se encargó de las piernas, asegurándose de que quedaran bien abiertas hacia los extremos inferiores, dejando a Elisa totalmente expuesta, inmóvil.
Elisa cerró los ojos un momento, sintiendo cómo su respiración se volvía cada vez más rápida solo con la sensación de estar atada. El recuerdo de su iniciación le vino de golpe: aquella noche en la que Kiara y la Gitana la habían sometido por primera vez, las lágrimas, los gritos, el vértigo… y esa confusión deliciosa entre desesperación y placer que no había olvidado.
—Mírala… —susurró Kiara, pasando la palma de la mano por su vientre desnudo—. Cómo tiembla ya… y aún no la hemos tocado.
La Gitana se acercó al borde de la cama, pero sin apartar la mirada de Elisa.
—Chicas… hoy nos vamos a divertir.
Lidija tomó posición en el lateral derecho, a la altura de las costillas de Elisa. Violeta, recuperada y ya riéndose, se colocó en el lado izquierdo, mirando a Elisa con una sonrisa traviesa.
Kiara… por supuesto… fue directa a los pies.
—Yo… me pido esto —dijo, cogiéndole los tobillos con ambas manos, con una expresión casi de hambre contenida.
Elisa soltó un pequeño gemido anticipado, ya luchando contra el impulso de retorcerse.
—¿Lista? —preguntó Lidija, acercándose a su oído, hablándole muy cerca—. Esto va a ser mucho más duro que el primer día…
Elisa respiró hondo, apretó los párpados y asintió.
No hubo más aviso.
Las cuatro comenzaron al mismo tiempo.
Lidija atacó las costillas con esos dedos rápidos y certeros, sabiendo exactamente dónde presionar para sacar la risa más profunda. Violeta fue directa al abdomen, trazando círculos con las yemas, subiendo y bajando por la zona del ombligo, provocando espasmos inmediatos.
La Gitana, que al principio sólo miraba… acabó inclinándose por detrás para deslizar sus dedos lentos por el cuello y detrás de las orejas de Elisa.
Y Kiara… Kiara empezó por las plantas de los pies que tan bien conocía ya, acariciando despacio primero… pero en cuanto escuchó el primer grito desgarrado de Elisa, no se contuvo más y empezó a concentrarse en los dedos de los pies, uno a uno, con una dedicación casi religiosa.
Elisa rompió en carcajadas desde el primer segundo.
No había forma de contenerlo. No podía respirar, no podía pensar. Sentía cómo el cuerpo se le sacudía entero, como si le estuvieran arrancando la risa desde las entrañas.
Lidija le murmuraba cosas en serbio que Elisa ni entendía pero que sonaban peligrosas. Violeta reía mientras la veía retorcerse. Kiara… estaba completamente concentrada en los pies, disfrutando cada reacción, cada espasmo de los dedos.
—Estás preciosa así… —le susurró Kiara entre ataque y ataque.
La Gitana, desde arriba, soplaba suavemente en su cuello, combinando el aire frío con el calor de sus dedos en la nuca.
Elisa sentía que se deshacía. Que el cuerpo ya no le respondía, que la piel le ardía en todas partes, que cada poro estaba despierto y pidiendo más, aunque la cabeza gritara lo contrario.
—¡Por… favor…! ¡Por favor ya…! —sollozó, con lágrimas cayéndole por las mejillas.
Pero ninguna tenía prisa.
Lidija fue la primera en cambiar el ritmo. Retiró las manos de las costillas, pero sólo para llevarlas a su abdomen, bajando los movimientos, arrastrando los dedos con una lentitud exasperante desde justo debajo del pecho hasta el borde de la costura de las braguitas.
—Así… despacio… —murmuró la serbia, como si le hablara a un animal asustado—. Lo que peor lleváis las sensibles es esto… que nunca sabes cuándo volverá la ráfaga fuerte.
Elisa gritó, pero fue un grito ahogado, como si el cuerpo le temblara solo con el peso de la expectativa.
Violeta, desde el otro costado, sonrió al verla así.
—Dios… es que eres un espectáculo, nena… —dijo con su agradable acento, antes de deslizar también sus uñas por los laterales de la cintura, en una caricia apenas perceptible.
Elisa arqueó la espalda de puro reflejo, echando la cabeza hacia atrás, con el rostro completamente rojo, los labios entreabiertos, los ojos apretados con fuerza.
—¡No… por favor…! ¡De verdad…! —jadeó—. ¡Me voy a volver loca…!
Kiara la miraba desde los pies, casi con devoción, como si tuviera delante un regalo precioso que aún no terminaba de abrir.
Se inclinó más cerca de sus tobillos, y sin previo aviso, empezó a recorrer con las uñas el contorno de los dedos de Elisa, uno por uno, con movimientos circulares, cuidadosos pero insistentes.
Elisa chilló de nuevo, sacudiendo las piernas como podía, aunque las ataduras la mantenían firme.
—¡Kiara… no… me vas a matar…! —gimió entre risa y desesperación.
Pero Kiara sólo sonrió.
—Sabes que no puedo resistirme… —susurró, y continuó.
La Gitana, desde la cabecera, soplaba ahora en su cuello con pequeños alientos fríos y, de vez en cuando, pasaba la yema de un dedo por detrás de sus orejas o por la línea del nacimiento del cabello. Cada vez que lo hacía, Elisa sentía un escalofrío que le recorría la columna entera.
—Niña, estás ardiendo… —murmuró la Gitana, con esa voz grave que le nacía siempre que se divertía—.
La sensación era tan intensa que Elisa llegó a un punto en que ya ni suplicaba… Solo reía… con una risa rota, salvaje, interrumpida por gemidos, sollozos y respiraciones cortas. La garganta le ardía. El estómago le dolía de tanto apretarlo. Y sin embargo… había algo en ese abandono total… en esa entrega… que la hacía sentirse libre, igual o más que la primera vez que fue torturada.
Lidija fue la que marcó el siguiente cambio.
—Vamos a darle un descanso arriba… —dijo en voz baja, haciendo un gesto con la cabeza.
Ella y Violeta retiraron las manos del torso… pero eso no significaba que fueran a parar. Lidija bajó a las caderas y empezó a trabajar los laterales de los muslos, pellizcando suavemente con los dedos, provocando esos espasmos involuntarios que hacían a Elisa sacudirse como si recibiera pequeñas descargas eléctricas.
Violeta, que ya estaba animadísima, se deslizó hacia el lado opuesto de la cama y empezó a mordisquearle suavemente las costillas, provocando que Elisa se retorciera con una mezcla de risa y quejidos ahogados.
—¡No… no… no muerdas…! —gritaba Elisa entre carcajadas—. ¡Jajajajajajajajajajajajajajajajaja!
La Gitana sólo sonreía, observando la escena como quien contempla una obra de arte en movimiento.
Kiara, en los pies, no se detenía. Ahora había llevado su juego a las plantas, usando las dos manos para acariciar en zigzag por los arcos y los talones, y de vez en cuando, pellizcando suavemente los laterales de cada pie.
—Me encanta tu risa, diputada… —dijo, inclinándose para dejar un beso leve en la parte alta de su empeine.
Elisa ya no podía más.
La respiración le fallaba en intervalos, la boca abierta como si buscara oxígeno en un cuarto sin aire.
—¡Basta… basta…! —lloriqueó entre risa y jadeo—. ¡Por favor… ya…!
Pero entonces Lidija, siempre provocadora, le acercó los labios al oído, hablándole en un susurro grave.
—¿De verdad quieres que paremos… o quieres descubrir hasta dónde puedes llegar?
Esa frase le cayó a Elisa como un golpe bajo. Sintió un estremecimiento profundo en la boca del estómago… algo que no tenía que ver sólo con las cosquillas.
La confusión… la mezcla de agotamiento y placer… de control y pérdida… la llenaron por completo.
Y aunque las lágrimas ya le resbalaban por las mejillas, aunque el cuerpo le pedía parar… Elisa simplemente no quería que acabara.
—Un poco más… —susurró, sin poder creerse que ella misma estuviera diciendo esas palabras.
Todas la escucharon.
Kiara levantó la cabeza, con sus ojos azules brillando de puro deseo.
—Como digas… —susurró.
Cada una de las cuatro siguió con su propio ritmo, su propia zona, su propio juego.
Lidija no dejaba de trabajar las caderas y los muslos, alternando dedos, uñas y pequeños apretones que la hacían convulsionarse.
Violeta, en el torso, había encontrado el punto exacto en la línea que iba del ombligo hasta las costillas donde bastaba un roce para que Elisa chillara.
La Gitana seguía en el cuello y detrás de las orejas, sabiendo que la piel de Elisa ahí era puro nervio expuesto.
Y Kiara… Kiara en sus pies… ahora usaba incluso la punta de su lengua, rozando los dedos de Elisa con movimientos húmedos, lentos, mientras con una mano le sujetaba los tobillos y con la otra acariciaba apenas las plantas.
—No… no puedo… —sollozó Elisa entre carcajadas que ya sonaban rotas, con la garganta hecha trizas—. ¡Me… me voy… a…!
El final de la frase se perdió en otro grito, otro espasmo, otra carcajada convulsa.
Pero nadie paraba.
Lidija se inclinó sobre ella, mordiéndole suavemente la cadera mientras la Gitana dejaba un par de besos cortos en su cuello. Violeta seguía recorriéndole el abdomen con los dedos y Kiara… Kiara ya parecía en trance, totalmente concentrada en sus pies, como si aquello fuera una especie de ritual íntimo.
Elisa dejó de luchar.
El cuerpo entero le temblaba, pero ya sin resistencia. Sólo risas temblorosas y espasmos involuntarios, como si ya ni siquiera pudiera controlar sus propios músculos. El pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético, la garganta rasgada de tanto gritar.
La Gitana se inclinó desde la cabecer. Se colocó de rodillas sobre el colchón, a ambos lados de la cabeza de Elisa, y sin previo aviso hundió ambas manos directamente en sus axilas, con movimientos rápidos y precisos.
Elisa soltó un chillido desgarrado, una carcajada violenta que le cortó la respiración de golpe. El efecto fue inmediato: arqueó la espalda como un resorte, luchando por aire mientras la risa le explotaba en el pecho.
—¡AAAAHHH! ¡NOOO… AHÍ NOOO…! —gritó entre carcajadas y lágrimas.
La Gitana no mostró piedad. Sus dedos se movían como garras veloces, rascando, presionando, explorando cada rincón de esas axilas expuestas. La risa se convirtió en una especie de quejido desesperado, un grito sin pausa.
Mientras tanto, Lidija y Violeta intercambiaron una mirada cómplice… y se lanzaron a por su abdomen.
Violeta fue la primera en inclinarse y besarle justo por encima del ombligo, un beso cálido, húmedo, que hizo que el cuerpo de Elisa volviera a estremecerse. Lidija no tardó en unirse, arrastrando la lengua por un costado, justo debajo de las costillas, mientras sus dedos seguían pellizcando la piel a intervalos irregulares.
—Vamos, princesa… —susurró Violeta entre risas, antes de morderle suavemente el vientre.
Elisa chilló otra vez, sin poder controlar nada. La combinación era insoportable: las manos de la Gitana en sus axilas, los labios de Violeta jugando con su abdomen, la lengua de Lidija lamiendo en trazos lentos por los costados.
Y como si eso no fuera suficiente… Kiara, abajo, no paraba. Con las dos manos le acariciaba los arcos de los pies, subiendo de vez en cuando a los dedos, atrapándolos uno por uno entre sus labios, succionando con una suavidad exasperante.
Elisa ya no sabía si reía, lloraba o ambas cosas a la vez.
Su cuerpo entero convulsionaba, presa de la sobreestimulación, de la risa desesperada, del calor que le subía desde el estómago hasta las mejillas.
—¡Por favor… por favor… por favor…! —sollozaba, con la voz rota.
Pero ninguna paraba.
La Gitana bajó un poco, sus dedos viajaron de las axilas a las costillas, rascando con fuerza, haciéndola sacudirse aún más.
Lidija le lamía el lateral del abdomen, subiendo de vez en cuando a morderle justo en la unión entre las costillas y la cadera.
Violeta… directamente metió la lengua en el ombligo de Elisa, provocando un espasmo tan violento que la cama entera crujió de golpe.
—¡NOOO! ¡No… no… ahí… no…! —Elisa chillaba, tirando el aire con bocanadas torpes.
Kiara, abajo, no dejó pasar la oportunidad y aumentó el ritmo en los pies, concentrándose en los huecos entre los dedos, soplando aire caliente después de cada lamida.
La mezcla de estímulos era insoportable.
Cada centímetro de su piel parecía arder. El estómago le dolía de tanto reír, las lágrimas seguían cayendo y los músculos le fallaban ya de puro agotamiento.
—Basta… por favor… ya… —susurró, sin fuerzas, con la voz casi inaudible.
Sus súplicas volvieron a ser ignoradas por sus compañeras, que castigaban su torso. Kiara abajo… fue la primera en cambiar el juego.
Deslizó lentamente sus manos por las piernas de Elisa, acariciando desde los tobillos hasta las corvas, subiendo por los muslos internos con movimientos largos, suaves, casi reverenciales. Sus dedos rozaron apenas la piel tensa y sensible, pero con una intención clara, lenta, segura.
Elisa apenas podía hablar. Sólo jadeaba.
Kiara se inclinó más… más abajo… y sus labios comenzaron a dejar un rastro de besos por el interior de sus muslos. Besos cálidos, húmedos, acompañados de leves mordiscos que provocaron que Elisa se arqueara de nuevo, con la poca fuerza que le quedaba.
—Kiara… —musitó, con un hilo de voz, apenas audible, casi más un suspiro que una palabra.
Pero Kiara no respondió.
Solo siguió trabajando.
Elisa sintió el aliento cálido primero… apenas un soplo… y luego… un contacto húmedo, suave, firme, donde más vulnerable estaba. Kiara le estaba comiendo el coño por segunda vez en un día, mientras sus dedos seguían acariciando sus muslos y, de vez en cuando, las plantas de sus pies.
El grito que salió de su garganta fue distinto. Más grave. Más profundo. Como si el cuerpo entero se le comprimiera en ese punto.
Las manos de Kiara sujetaron ahora sus caderas con fuerza, impidiéndole escapar, mientras sus labios y su lengua trabajaban despacio, con suma dedicación.
Arriba, la Gitana, Lidija y Violeta intercambiaron una mirada de pura complicidad. Las manos empezaron a retirarse poco a poco, como si entendieran que ahora era Kiara quien tenía que llevarla sola al final de ese viaje.
Violeta se llevó la mano a la boca, divertida, mirando fascinada la escena. Lidija sonreía con una mezcla de orgullo y picardía. La Gitana… simplemente se acomodó mejor, observando como quien presencia algo inevitable… y hermoso.
Elisa apenas podía moverse.
Su respiración se convirtió en una sucesión de jadeos irregulares, cortos, temblorosos.
Sus manos, aún atadas, cerraron los puños con fuerza, apretando las cuerdas como único anclaje a la realidad.
Sus muslos temblaban de forma incontrolable… y cada nueva caricia… cada movimiento lento y rítmico de Kiara… la llevaba más y más lejos.
No sabía cuánto tiempo pasó así.
Sólo supo… que en algún momento… simplemente desbordó de placer.
El cuerpo entero se arqueó una última vez, como si la electricidad la atravesara de dentro a fuera. Un gemido sordo, largo, escapó de su garganta… profundo… vibrante… hasta quedar completamente vencida, rendida, vacía de fuerzas.
Sólo entonces Kiara fue soltándola despacio.
Se incorporó, subiendo por el cuerpo de Elisa, dejándole pequeños besos en el vientre, en el pecho, en el cuello… hasta quedar junto a ella, abrazándola, susurrándole palabras que Elisa sentía como caricias en la piel.
Sin fuerzas, con la respiración todavía agitada, solamente pudo quedarse allí, envuelta en los brazos de Kiara y en las miradas tiernas de sus compañeras, con el cuerpo agotado, sonrió. Casi sin poder.
Pero sonrió.
La Gitana terminó de soltar las últimas ataduras de Elisa, y Lidija le ofreció un vaso de agua que ella bebió a sorbos temblorosos. Violeta, sentada a su lado, le acariciaba el pelo con movimientos lentos.
Kiara, que no se había separado de ella, le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.
—Te has portado como una valiente… —le susurró cerca del oído.
Elisa sonrió, débil pero sincera.
—Gracias… —musitó, cerrando los ojos sólo un segundo.
Se hizo un pequeño silencio. Y entonces, Kiara, mientras recogía una de las cuerdas y la dejaba a un lado, comentó con tono casual, pero con un brillo especial en la mirada:
—Mañana tengo que tantear a una nueva —dijo, como si hablara del tiempo—. Ingresó hace unos días, cuando tú estabas fuera, Elisa.
La frase quedó flotando en el aire unos segundos.
—¿Una nueva? —preguntó Elisa con interés.
Kiara asintió.
—Sí. Parece que es un poco callada y tiene carácter… —sonrió, mirando a Elisa de reojo—. Ya os contaré qué tal responde… cuando la tenga cerca y le busque las cosquillas.
Las demás rieron con complicidad.
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