LA CONDENA - Episodio 10: Rebecca (parte II)
Las cortinas marrones se abrieron con firmeza. Lidija apareció en la entrada, erguida, imperturbable, como esa figura tallada en mármol que la hacía parecer una estatua perfecta. No saludó. No hizo preguntas. Sus ojos pasaron de Rebecca —atada, jadeante— a Elisa, que permanecía en pie con los puños apretados a los lados del cuerpo.
La Gitana fue directa.
—Es ella —dijo, avanzando hasta quedar frente a Lidija—. Se llama Rebecca Santoro. La responsable del envenenamiento en la residencia Santa Aurora.
Lidija no reaccionó.
—¿Estás segura?
—Alba y Carlota lo han visto. Elisa también. Salió su foto. Su nombre. Las víctimas… —bajó la voz ligeramente—. Entre ellas, la madre de Elisa.
Lidija se acercó a la cama. Rebecca giró la cabeza, tratando de enfocar con los ojos enrojecidos.
—Lo que están haciendo es ilegal —dijo, sin gritar—. No tienen pruebas. Esto es una locura. ¡Me acusaron falsamente y ustedes lo creyeron!
Lidija no respondió. Sólo la observó un segundo más antes de volverse hacia la Gitana.
—¿Y Maribel?
—No está de turno todavía —respondió la Gitana—. Empieza en una hora. Hasta entonces, Violeta y dos chicas más están vigilando fuera. Nadie va a entrar. No hay de qué preocuparse.
Lidija asintió.
—Perfecto.
Se giró hacia el resto del grupo. Kiara, Carlota, Alba, todas atentas. Elisa seguía en su rincón, con la mirada fija en Rebecca. Como si aún no terminara de creer que todo eso estuviera ocurriendo de verdad.
—Esto no va a ser una sesión de bienvenida —dijo Lidija, con una voz firme como acero—. Esto va a ser una lección. Nos toca improvisar, pero tiene que salir como si llevásemos semanas preparándolo.
Lidija avanzó hacia la cama y dejó una mano en el cabezal de hierro.
—Cuando Maribel empiece el turno, cambiaremos el turno de vigilancia. Hasta entonces, Violeta estará en la puerta y otras dos cubriendo el pasillo. Tenemos tiempo. Nadie va a venir a molestar.
Y luego, sin añadir más, clavó los ojos en Rebecca.
La habitación se cerró sobre sí misma. Afuera, el módulo podía seguir con su rutina. Dentro, en cambio, sólo quedaba el calor, la respiración contenida y Rebecca, con los brazos y piernas estirados, inmovilizada sobre la cama de hierro.
Kiara se agachó a quitarse los zapatos. Alba ya lo había hecho. Carlota se crujía los nudillos. Lidija se mantenía en un rincón, callada. Observaba como si estuviera planificando una operación quirúrgica.
La Gitana fue la primera en acercarse a la cama.
—Vas a entender lo que significa joder a una de las nuestras, niña —murmuró—. Aquí dentro no vas a tener abogado ni juicio.
Rebecca tragó saliva. Su pecho subía y bajaba con fuerza.
—Están enfermas… —balbuceó—. No hice nada. Me metieron acá por error. No tienen ni una prueba.
—¿Y tu cara en la tele qué era? ¿Un deepfake? —dijo Alba con sarcasmo desde el pie de la cama.
Kiara ya estaba a su lado. Le dedicó una sonrisa helada.
—No te preocupes. No vamos a golpearte. Solo queremos ver cuánto "aguantás"… este suplicio.
Antes de que Rebecca pudiera responder, la Gitana deslizó las uñas por sus axilas desnudas. Rebecca se estremeció y apretó la boca. Un segundo intento, más firme, le arrancó una primera carcajada involuntaria.
—¡No! ¡No, por favor, no…! —dijo entre risas, sacudiendo la cabeza—. ¡No, hija de puta, pará!
—¿Hija de puta, yo? —se rió la Gitana—. Te vas a acordar de mí, nena.
Siguió con movimientos lentos, meticulosos, como si tocase una melodía con las yemas. Cada roce en la piel sensible de Rebecca hacía que su cuerpo temblara de forma involuntaria. La risa, aguda, nerviosa, explotaba en ráfagas.
Alba y Carlota se turnaban en los costados: una en las costillas, otra en la cintura. Rebecca no podía anticipar nada. Las manos venían de todas partes, como sombras que le robaban el aire.
—¡No…! ¡No, no, no, por Dios! ¡Me estoy muriendo! —gritó entre carcajadas desesperadas—. ¡Esto no es normal, están locas!
Carlota la miró muy seria.
—¿Normal fue envenenar abuelas, zorra?
—¡Yo no envenené a nadie! ¡Me están incriminando! ¡Me quieren cagar la vida!
—Muy tarde para eso, reina —dijo Alba, presionando con fuerza en la parte baja del abdomen, justo en la unión con las costillas.
Rebecca pegó un grito agudo, una risa descontrolada y luego un gemido. El sudor le bajaba por el cuello, la frente brillaba, los ojos vidriosos.
Entonces Kiara se agachó a los pies.
—Vamos a ver si soportan esto tus piececitos angelicales.
Rebecca intentó levantar la cabeza.
—¡No… no los toqués! ¡Los pies no! ¡NO!
Pero ya era tarde. Kiara empezó despacio, con las uñas en los arcos, dibujando líneas suaves y constantes. Rebecca reaccionó como si le hubieran conectado la corriente.
—¡JAAJAJAJA NOOO! ¡POR FAVOR! ¡PARÁ! ¡ME VOY A CAGAR ENCIMA, TE LO JURO!
—Prueba —dijo Kiara, sin detenerse—. Así tendrás otra cosa de la que avergonzarte.
Rebecca retorcía las muñecas contra los amarres, pataleaba en el aire sin mover los pies. El cuerpo entero parecía convulsionar por la intensidad de la risa. Ya no se defendía, ya no daba explicaciones. Sólo suplicaba entre sollozos y carcajadas que no tenían fin.
Lidija empezó a trabajar con sus experimentados dedos en la piel alrededor de los pechos de la argentina.
—¡¡Basta!! ¡Me van a matar! ¡No puedo más! ¡Por favor!
Entonces fue Elisa la que se acercó, sin una palabra. Se puso junto a su costado izquierdo. Rebecca intentó mirarla, los ojos llorosos, la voz temblando.
—Elisa… por favor… vos no sos como ellas… sos distinta, ¿no?
Pero Elisa no respondió. Sólo alzó una mano y empezó a deslizar los dedos por la cintura húmeda, temblorosa de Rebecca. Su técnica era distinta: lenta, implacable, como si supiera exactamente dónde apretar y cuándo. La reacción fue inmediata. Rebecca volvió a gritar de
risa, sin aire, sin pausa.
—¡Jajajajajaaaa! ¡Te lo suplico, te lo suplico, por lo que más quieras! ¡No puedo más! ¡Piedad!
—¿Y mi madre? —dijo Elisa, sin elevar la voz—. ¿Con ella tuviste piedad?
Las demás se miraron un segundo, en silencio. La Gitana bajó la cabeza. Lidija cerró los puños.
Rebecca sólo lloraba entre risas. Ya no luchaba. Ya no mentía. Ya no fingía.
Y el castigo apenas estaba comenzando.
—¡Jajajajajaaa! ¡Por favor! ¡Ya basta! ¡Me van a matar! ¡Me están volviendo loca!
Kiara seguía a los pies. Rascaba sus con firmeza contra el centro de las plantas, los dedos y las almohadillas. La risa de Rebecca volvía a desbordarse en oleadas.
—¡AAAAJAJAJAJAAA! ¡NO! ¡LOS PIES NO! ¡LO JURO, ME VOY A DESMAYAR!
—¿Todavía sigues respirando? —murmuró Kiara—. Entonces no vamos bien.
—¿Eres creyente, Rebecca? —dijo Lidija, con su frío acento serbio, mientras trazaba formas en la parte más alta de los lados de las costillas, junto a los pechos.
—¿Qué?
—Si crees en Dios. Porque si no, vas a tener que empezar.
Rebecca sólo pudo soltar una risa rota, mezcla de llanto y desesperación. Ya no parecía tener control de su cuerpo. La espalda se arqueaba, los músculos le temblaban. Los dedos de las manos se cerraban por reflejo. La cara era una máscara roja de agotamiento extremo.
—¡Están enfermas, por Dios, enfermas! ¡Pará, Kiara! ¡Pará vos también, perra! ¡Lo juro, me voy a hacer pis!
Alba, entonces, se agachó y empezó a acariciarle la parte interna de los muslos con las uñas, cerca de las ingles. Lo hizo sin brusquedad, pero con constancia. Rebecca gritó. Y se retorció tanto que uno de los nudos crujió en el cabezal.
—No, no, no, no, ¡eso no, boluda! ¡No podés tocarme ahí! ¡Me da algo!
—¿Te molesta? —dijo Alba, sin cambiar el tono—. Pues te jodes, reina.
El silencio que siguió fue cortado sólo por las carcajadas asfixiadas de Rebecca, y el eco de su risa rebotando contra los muros. Sus gritos ya no eran palabras. Eran sonidos secos, crudos, gemidos rotos.
Entonces la Gitana cambió también de posición. Posó una mano en el tobillo izquierdo de Rebecca y la miró a los ojos.
—Esto no va a durar una hora. Ni dos. No vamos a darte descanso.
Rebecca parpadeó, las lágrimas bajaban por sus sienes. Intentó hablar, pero solo emitió un sonido ronco, sin forma.
—Hoy no te mataremos —continuó la Gitana, en voz baja—. Pero cuando acabemos, vas a desear que lo hubiéramos hecho.
La sesión no se detuvo. Sólo cambió el ritmo. Más lento. Más cruel. Más metódico.
Los minutos se estiraban como un castigo adicional. El tiempo parecía haberse detenido en aquella celda cerrada, donde sólo se oía el arrastre de uñas sobre piel, el jadeo entrecortado de Rebecca, sus gritos entre risas ahogadas y alguna que otra risa seca de Carlota o Kiara.
Rebecca se estaba quedando sin fuerzas.
Su garganta ya no podía proyectar la carcajada completa. Cada nuevo contacto en su cuerpo sensible, cada nueva incursión en sus pies, sus costados o sus ingles y muslos, le arrancaba sonidos más parecidos a un ahogo que a una risa.
—¡Ah-ah-ja! ¡Basta! ¡Me… me estoy… ahogando! —balbuceó, con un hilo de voz.
Pero las manos no se detenían.
Kiara seguía en los pies, sin prisa, firme. Le sujetaba uno por el talón y lo trabajaba con las yemas, dibujando círculos infinitos en el centro de la planta con todos sus dedos expertos.
—Ya ni protesta —murmuró—. Sólo tiembla con esa risita bobalicona. Quién iba a pensar que una asesina puede llegar a tener tantas cosquillas.
—Ya no le queda aire —dijo Alba desde el otro costado—. Pero su cuerpo todavía responde. Esto va para largo.
Y era cierto. Cada nuevo contacto provocaba un espasmo, un temblor, un nuevo gemido entre carcajadas espasmódicas.
Lidija seguía en las costillas y los pechos, también cerca de las axilas. Rebecca intentaba girar la cabeza, pero no podía. Sollozaba, balbuceaba sin sentido.
—S-se los suplico… chicas… no sé qué quieren que diga…
—No queremos que digas nada —le contestó Carlota, sin piedad—. Queremos que pagues.
Elisa torturaba su vientre y costados. Respiraba por la boca, como conteniendo dentro una marea entera. Su mirada no se había movido de los ojos de Rebecca ni un instante. Tenía los puños cerrados. La mandíbula tensa. Sus manos se movieron por toda la cintura, bordeando las caderas, subiendo hacia los laterales de las costillas y bajando de nuevo sin dejar respiro. Rebecca temblaba, reía, chillaba, lloraba.
De repente, su cuerpo se tensó. Y se quedó quieto. Por un instante, no se oyó nada.
Kiara soltó el tobillo y alzó la vista.
—¿Se desmayó?
Durante unos segundos, sólo se oyó el zumbido tenue del fluorescente sobre sus cabezas.
Lidija se aproximó a pasos firmes. Se inclinó sin prisa, colocó dos dedos en el cuello de Rebecca y cerró los ojos, concentrada. Esperó unos segundos. Luego ladeó la cabeza, con una expresión gélida.
—No. Está fingiendo.
La Gitana frunció el ceño.
—¿Seguro?
Lidija no respondió. Se enderezó, tomó uno de los pies sudados de Rebecca con ambas manos y, con calma quirúrgica, comenzó a pasarle las uñas desde el talón hasta los dedos, una y otra vez.
Al principio, Rebecca aguantó. Mantuvo la respiración, cerró los ojos más fuerte, apretó la boca. Estaba haciendo un esfuerzo titánico por sostener la mentira.
Pero el cuerpo la traicionó. Un estremecimiento le recorrió la pierna, luego el abdomen. Un leve tic en la comisura de los labios.
Entonces soltó una carcajada seca, casi involuntaria. Como un grifo que no logra contener la presión.
—Jajajaja… ¡no… no…!
Lidija la miró sin detenerse.
—Eso pensé.
Kiara, al otro lado, tomó el otro pie con una sonrisa torcida.
—Muy bien. Entonces seguimos.
En segundos, todas estaban en posición.
Kiara y Lidija, ahora cada una en un pie, con movimientos perfectamente sincronizados. Rascaban los arcos, la base de los dedos, el talón, el borde externo. Rebecca se retorcía como una cuerda tensa, soltando risas descontroladas, desgarradas, rotas.
—¡AAAAAAAJAJAJAJAJA! ¡NOOO! ¡BASTAAA! ¡LOS PIES NO, POR DIOS, POR FAVOR!
Alba se había posicionado entre las piernas, sobre las ingles. No hacía fuerza, sólo sus uñas, suaves, veloces, deslizándose por la zona interna con precisión milimétrica. El efecto era devastador.
—¡AAAAAAAAH! ¡HIJAS DE PUTA! ¡HIJAS DE P...JAJAJAAAJAA!
Carlota y Elisa se situaron en el vientre y la cintura. Carlota se inclinaba sobre el abdomen, moviendo los dedos en espirales, mientras Elisa se mantenía más arriba, atacando los flancos con determinación muda, sus movimientos casi mecánicos.
—¡NO MÁS! ¡ME ESTOY MEANDO! ¡TE LO JURO, ME VOY A HACER ENCIMA!
—No te preocupes —dijo Carlota—. Después puedes ir a lavandería con las sábanas.
La Gitana, por su parte, había tomado posición detrás de la cabeza de Rebecca. Sus manos se hundían en las axilas y el contorno de los pechos, alternando caricias lentas con ataques rápidos y repentinos. Rebecca chillaba como un animal atrapado.
—¡NO, NO, NO, NOOO! ¡ME VAN A MATAR! ¡ME ESTÁN VOLVIENDO LOCAAAAA!
—Loca ya estabas, nena —susurró la Gitana.
Rebecca jadeaba, gritaba, reía sin control. Las lágrimas le corrían por las sienes, mezcladas con el sudor. El cuerpo entero brillaba, sacudido, ya sin resistencia, como si flotara en un eterno mar de cosquillas insoportables.
Rebecca no sabía cuánto tiempo llevaba atada. Podían haber pasado veinte minutos o dos horas. Había perdido toda noción del tiempo. Sólo existía la risa, la presión insoportable en los pulmones, las lágrimas saladas en los ojos y esa sensación constante bajo la piel que no se apagaba nunca.
—¡JAJAJAJAJA! ¡NO, NO, NO, NO! ¡POR FAVOR! —chilló con voz rota mientras su espalda arqueada golpeaba contra el colchón viejo.
Lidija seguía en los pies, ahora usando ambas manos para abarcar el talón y la parte blanda justo debajo de los dedos. Alternaba la intensidad con precisión quirúrgica, sin necesidad de hablar. Kiara, al otro lado, le imitaba los movimientos, y a veces incluso se coordinaban, provocando ráfagas perfectamente sincronizadas que hacían que Rebecca chillara y se sacudiera como si la electrocutaran.
—¡Dios mío! ¡No… no se puede aguantar esto! ¡NO SE PUEDE! ¡NO SE PUEDE!
Carlota y Elisa se habían convertido en una unidad. Los dedos de ambas se movían sin descanso en el vientre y los costados, cruzándose, doblándose, cambiando de dirección, apretando, arañando. Una trabajaba justo bajo las costillas mientras la otra descendía hasta la cadera y volvía a subir, como si se turnaran para no darle tregua ni medio segundo.
—¡Aaaaaajajajaja! ¡No, no, no…! ¡Dios! ¡Hacen esto de verdad! ¡Son… son unas sádicas!
—Y tú eres una asesina sin emociones—respondió Lidija, con extrema frialdad.
—¡NO! ¡NO SOY! ¡NO MATÉ A NADIE! —gimió entre carcajadas incontrolables—. ¡Me usaron! ¡Me quieren echar el muerto!
Kiara se inclinó y sopló entre los dedos del pie izquierdo. Rebecca pegó un salto como si le hubieran dado un latigazo.
—No te vas a morir, tranquila. Te vamos a mantener viva mucho tiempo —le susurró, acariciando ahora solo los bordes de los dedos—. Lo suficiente para que aprendas a rogar de verdad.
Rebecca ya no reía como antes. Sus palabras eran ininteligibles a ratos, su respiración entrecortada, los espasmos descoordinados. El cuerpo entero vibraba como si estuviera al borde del colapso. Pero aún reía. Aunque fuera esa risa deformada y entrecortada, rota y animal.
Lidija bajó la vista a Rebecca. La joven argentina tenía la mirada clavada en el techo, pero ya no parecía ver nada. Su rostro estaba completamente húmedo. Su cuerpo, tenso y blando a la vez. Y sin embargo, algo en sus ojos aún resistía. Una chispa. Una soberbia mínima. Como si todavía se aferrara a algo.
Lidija no lo toleraría.
Sus músculos seguían reaccionando —con espasmos, con temblores—, y su garganta aún soltaba ruidos de risa ahogada… pero su mirada había cambiado. Ya no forcejeaba. Ya no suplicaba a gritos. Solo lloraba, con los ojos abiertos, completamente desbordada.
—Jajaja... por favoor... —murmuró—. Basta… basta ya, por Dios… ya está…
Elisa dejó de mover los dedos un instante, mirándola con los labios apretados. Lidija notó el cambio en el tono y también detuvo su ataque a los pies. Kiara no. Kiara siguió con un solo dedo, lento, girando en círculos en el centro del arco. Rebecca soltó una carcajada muda y una arcada de aire.
—No puedo más —dijo con la voz cascada, quebrada—. No puedo más, no puedo más, no puedo…
—Sí que puedes —le respondió Alba, aún en su posición—. Te queda aire. Habla.
—¿Quieres decir algo ya, Santoro? —preguntó la Gitana desde la cabecera, con voz firme pero sin agresividad.
Rebecca alzó un poco la cabeza, apenas. Tenía el rostro bañado en lágrimas y sudor, el pelo pegado a la cara, los ojos perdidos, pero aún lúcidos.
—Sí… —jadeó—. Ya está.
Todas se quedaron en silencio.
—¿Sí qué? —preguntó Elisa.
Rebecca tragó saliva. Respiró hondo. Su pecho subía y bajaba con violencia.
—Sí, fui yo. Yo los maté. A todos.
No gritó. No lo dijo con ira ni con miedo. Fue como una verdad que le ardía por dentro y que, al salir, la aliviaba.
—¿Por qué? —preguntó Lidija, entrecerrando los ojos.
Rebecca ladeó la cabeza, extenuada, pero con un gesto casi desdeñoso.
—Porque no los soportaba. Me daban asco. Todos esos viejos, babeándose, gimiendo, cagándose encima… No podía con eso. Lo supe en cuanto entré a hacer las prácticas. Eso no era para mí.
Elisa no parpadeó. La miraba fija, con una quietud casi letal.
—¿Y por eso decidiste matarlos?
—No eran personas ya —dijo Rebecca con frialdad—. Estorbaban. Ocupaban espacio, oxígeno… tiempo. Iban a morirse igual. Sólo… lo aceleré.
Carlota dio un paso atrás. Kiara se llevó una mano a la boca.
—Estás enferma —dijo Kiara, en un susurro.
Rebecca soltó una risa leve, ronca, seca.
—¿Ahora te das cuenta?
—La madre de Elisa estaba allí —añadió la Gitana, sin moverse.
Rebecca la miró. Por un momento, el silencio fue absoluto.
—Lo sé. Me acuerdo de su cara. Siempre estaba tranquila. Casi no hablaba. Supongo que no sufrió tanto.
Las palabras cayeron como una piedra en un pozo.
Y entonces, Elisa se acercó lentamente. Se inclinó junto al rostro de Rebecca. No dijo nada. Sólo la miró a los ojos.
Rebecca intentó sostenerle la mirada, pero le tembló el labio inferior.
—¿Y ahora qué van a hacer? —murmuró.
—Seguir —dijo Elisa con voz baja y firme.
La Gitana asintió a las demás.
La puerta se abrió con un crujido metálico y la figura de Maribel apareció en el umbral. Su mirada recorrió la celda, encontró a la Gitana y asintió sin necesidad de palabras.
—Acabo de entrar —dijo en voz baja—. Tenéis algo de margen. Pero si la noticia ha corrido, no tardarán en moverse.
—Lo sabemos —dijo la Gitana—. ¿Está libre el pasillo?
—Ahora sí. Pero no contéis con más de hora y media. A partir de ahí, me empiezan a hacer preguntas.
—Ahora sí. Pero no contéis con más de hora y media. A partir de ahí, me empiezan a hacer preguntas.
—Suficiente —sentenció la Gitana.
Maribel se retiró en silencio. En ese mismo momento, por la cortina entraron Violeta y una interna que Elisa no conocía. Alta, delgada, cabello rojo cobrizo recogido en un moño desordenado. Mirada intensa en unos profundos ojos verdes, de esas que no pestañean sin motivo.
La pelirroja se acercó directamente a Elisa.
—Lorena —dijo, tendiéndole la mano—. Te había visto de lejos. Siento tener que conocerte en estas circunstancias.
Elisa la miró y asintió. Apretó su mano con fuerza.
—Gracias por estar aquí.
—No hay otro lugar donde debería estar —respondió Lorena, sin dramatismo.
—Carlota, Alba —dijo la Gitana—. Por favor, vigilancia en ambos extremos. No quiero interrupciones.
Las dos asintieron y salieron de inmediato. La celda se reacomodó. Ahora estaban Kiara, Lidija, Violeta, Lorena, la Gitana… y Elisa sentada al margen, con los codos sobre las rodillas, la mirada fija en Rebecca, que aún estaba atada, sudada, con el cabello pegado al rostro y la expresión entre altiva y vencida.
Lorena se acercó a los pies de la cama.
—¿Esta es? —preguntó con frialdad.
—La misma, parece —respondió Violeta, ya arrodillándose frente al torso.
Rebecca alzó la cabeza con esfuerzo. Cuando vio a las dos nuevas figuras, intentó incorporarse por reflejo, pero no podía ni con su propio peso.
—¿Otra ronda? —gimió, con la voz ronca, marcadamente argentina—. Ya no tengo más para darles, boludas…
Lorena sonrió con desdén.
—Qué lástima. Nosotras sí tenemos más para darte.
Y sin más, se puso a trabajar en los dedos del pie derecho, cada uno por separado, con precisión. Violeta ya estaba encima, sus uñas danzaban por las costillas inferiores, a ras de la piel sudada. Kiara retomó el otro pie, sin piedad.
Rebecca estalló en nuevas carcajadas, esta vez casi animales, rotas, desbordadas. El cuerpo se arqueaba, se hundía, vibraba con los espasmos de un castigo que ya no parecía soportable ni para ella ni para quien lo observaba.
—¡NOOOOO! ¡NOOOOOOOO! ¡HIJAS DE PU… JAJAJAJAJAA! ¡ESTÁN LOCAS! ¡ESTÁN RELOOOOOCAS!
La Gitana se mantenía al lado de Elisa, con los brazos cruzados.
—No sé cuánto más va a aguantar.
—No sé cuánto más quiero que aguante —respondió Elisa en voz baja, sin apartar la mirada.
—Si la noticia ha salido —continuó la Gitana—, el director ya lo sabe. Seguramente la ingresaron de urgencia. Debe de tratarse de un error. No van a permitir que la tengas cerca mucho tiempo. En cuanto suban la orden, vendrán a por ella.
Rebecca soltó un chillido seco. Violeta había encontrado un punto especialmente vulnerable en la cintura.
—¡NOOOO! ¡NO MÁS! ¡NO MÁAAAS! ¡VOY A COLAPSAR! ¡SE LOS JURO! ¡SE LOS JURO, VOY A MORIRME!
Violeta seguía en las costillas y cintura. Lorena, más abajo, se centraba ahora en los muslos e ingles. Kiara y Lidija en los pies. Pero ya no lo hacían con intensidad constante. Eran pinceladas, toques impredecibles, como si el castigo se hubiese convertido en un arte.
Y entonces, la cortina se movió.
Alba apareció, jadeando.
—¡Alguien viene! ¡Un funcionario! ¡Viene hacia aquí!
Todas se congelaron.
—¡Soltadla! —ordenó la Gitana—. ¡Ahora!
Las manos volaron hacia las ataduras. Lorena deshizo los nudos de las muñecas. Violeta y Lidija le cubrieron el cuerpo con una sábana mientras Kiara corría a buscar su uniforme. Rebecca apenas podía moverse.
—¡Escondéos! ¡¡Elisa, bajo la cama!!
Elisa se quedó paralizada. Miró a la Gitana. Dudó. El corazón le golpeaba el pecho.
—¡Ahora! —rugió la Gitana.
Elisa obedeció. Se deslizó bajo la cama de matrimonio mientras Rebecca se incorporaba, temblorosa, ayudada por Lidija, que le alargaba las prendas una a una. Violeta le secaba el sudor de la frente con una camiseta vieja.
La Gitana se agachó junto a ella.
—Escuchame bien, nena —le dijo al oído—. Si no nos sigues la corriente, si te da por soltar una palabra de más, te juro que te vas a arrepentir. Estés donde estés. Tengo gente en otros módulos. En otras prisiones también. Te van a encontrar.
Rebecca la miró. Tenía la boca entreabierta y el rostro completamente pálido. Asintió. Tenía miedo.
La puerta se abrió.
—¿Rebecca Santoro?
La voz del funcionario retumbó al abrirse la puerta.
Tenía unos cuarenta años, bigote mal cuidado, ojeras profundas, gesto cansado y curiosidad en los ojos. Vestía el uniforme con desgana, como quien se pone la ropa de faena sin pensar.
La Gitana dio un paso al frente con una sonrisa tranquila.
—Aquí está —dijo, señalando a la joven que ya se estaba colocando la camiseta con manos temblorosas—. Estábamos… jugando un poco.
Rebecca mantenía la mirada baja.
El funcionario avanzó dos pasos. Miró la cama revuelta. Las cuerdas. Las marcas de sudor. Frunció el ceño.
—¿Qué es todo esto?
Lorena se sentó con descaro al borde del colchón, pasándose los dedos por la melena pelirroja y rizada.
—Entretenimiento privado —respondió—. Nada violento, nada raro. Sólo un juego un poco de picante.
—¿Picante? —repitió el funcionario, mirando alrededor.
Violeta se estiró exageradamente mientras bebía agua, arqueando la espalda como si fuera casual.
—Ya sabe cómo son las noches largas —murmuró.
Él volvió a mirar a Rebecca. Su expresión cambió ligeramente, mezcla de duda y deseo de no meterse en líos.
—¿Tú estás bien?
Rebecca alzó por fin el rostro. Tenía los ojos aún rojos, las mejillas húmedas, pero ya no temblaba. En su mirada había algo frío. Un brillo peligroso.
—Sí —dijo, con su acento argentino arrastrado y suave—. Estábamos haciéndonos cosquillas.
—¿Cosquillas?
Asintió despacio.
—Fue idea mía —añadió con fingida dulzura—. Quería reírme un poco antes de que me llevaran. Pero ahora le toca a una de ellas.
El funcionario se cruzó de brazos. Miró otra vez las ataduras. Luego la miró a ella. Y después, a Lorena, con un gesto lascivo que la asqueó.
—¿Y era a ti a quien iban a atar ahora?
Lorena dudó apenas una fracción de segundo. Pero lo disimuló bien.
—Claro —sonrió—. Es mi turno.
El funcionario entornó los ojos, divertido.
—¿Y es eso lo que le ibais a hacer?
Un silencio denso, incómodo.
Y entonces, con voz rasposa, aún jadeante, Rebecca se giró hacia él y susurró:
—Sí señor. Cosquillas.
La Gitana no dejaba de mirarla, muy seria.
Un disparo perfecto. Rebecca se quería cobrar su pequeña venganza.
El funcionario se rió. No mucho. Pero lo suficiente.
—Bueno, bueno… A ver eso entonces.
La Gitana apretó los dientes, pero sonrió.
—Como usted diga.
—No me importa cómo lo llaméis. Sólo que no haya follón.
—Aquí no lo habrá —dijo Violeta, con su dulce acento colombiano guiñándole un ojo.
Rebecca se sentó en la cama, fingiendo cansancio, pero en sus labios asomaba algo más: una media sonrisa torcida, como si se hubiera cobrado un pequeño triunfo.
Y Elisa, aún bajo la cama, entendió lo que había pasado.
Rebecca había improvisado. Y, por un instante, había tomado el control.
Pero la tarde aún no había terminado.
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