LA CONDENA - Episodio 11: Lorena
Elisa vio un pie cruzarse con otro, el pantalón del uniforme tensarse.
—Quítate eso también —le ordenó el funcionario a Lorena con un gesto de la barbilla.
—¿Qué? —fingió sorpresa—. ¿El pantalón?
—Si vas a jugar a lo mismo que ella, claro. No tengo todo el día.
La Gitana intervino con una risa.
—Vamos, Lore. No seas tímida.
Lorena tragó saliva. Se bajó el pantalón con movimientos lentos, controlados. Se quedó en ropa interior. Elisa la miraba desde el suelo. Le temblaban las piernas, aunque mantenía la cara alta.
—Muy bien —murmuró el funcionario—. A ver cómo se ríe esta.
Lorena se tumbó despacio en la cama, mirando al techo como si nada.
Kiara se acercó y le sujetó las muñecas con una cuerda floja, lo justo para simular. Lidija hizo lo mismo con los tobillos. Lorena dejó que la ataran sin protestar. Ni una queja. Pero Elisa captó desde su escondite cómo su garganta tragaba saliva con dificultad.
La Gitana se acercó y empezó a recorrerle el costado con las uñas. Violeta se arrodilló a los pies y le rozó la planta, pálida y con los talones y almohadillas anaranjados. Lorena se removió, soltando una risa breve, algo tensa.
—¡JAJAJAJA! ¡Joder…! ¡No tan fuerte!
El hombre observaba. No miraba las manos, ni las reacciones. Miraba el cuerpo de Lorena como si quisiera devorarlo.
Lidija empezó a arañar el abdomen de la pelirroja, que se contrajo al contacto con sus uñas.
—Dios, Lidija. Tú no, que siempre me matas.
Violeta seguía a los pies, recorriéndole las plantas. Lorena se retorcía y reía a carcajadas desesperadas. Pero no protestaba.
Y entonces, de súbito, Rebecca se acercó.
—¿Puedo? —preguntó con una sonrisa seca.
Nadie respondió. Pero la Gitana le cedió hueco. Rebecca se inclinó sobre Lorena y, sin quitar la sonrisa, le hizo cosquillas en las costillas con movimientos suaves, casi perezosos. Lorena se revolvió sobre el colchón.
—Mirá vos —murmuró—. Nunca te imaginé tan sensible.
—¡Vete a cagar! —soltó Lorena entre carcajadas.
El funcionario reía también, como sin ganas.
—¿Y saben algo de Elisa Ramírez?
La pregunta cayó como una piedra en el agua.
Todas se quedaron quietas un instante. La Gitana fue la primera en responder.
—¿La concejala? ¿Una chica con el pelo castaño? Ni idea. Yo hace horas que no la veo.
—Ajá… —dijo él, escudriñando los rostros.
Y entonces, Rebecca habló, con el tono más ligero del mundo:
—¿Dónde la van a tener, señor? ¿Escondida debajo de la cama? —y soltó una carcajada fingida.
El silencio fue inmediato. El aire se volvió espeso. Elisa contuvo el aire hasta sentir dolor.
El funcionario entrecerró los ojos. Miró a Rebecca durante unos largos segundos.
Todas se miraron las uñas a las otras.
—No bromees, chiquilla—le dijo el hombre con voz baja—. Asesinaste a su madre.
Rebecca no respondió. Mantuvo la sonrisa, pero sus labios dejaron de moverse.
Kiara y Violeta se miraron brevemente.
Lorena seguía tumbada, los ojos cerrados, respirando con fuerza.
Y entonces el funcionario volvió a moverse. Ya no sonreía. Ya no tenía paciencia.
—No tengo tiempo para gilipolleces —dijo, y apartó de un empujón a Violeta—.
Se arrodilló junto a la cama y le puso la mano en el muslo a Lorena.
—¡Eh! —protestó ella, incorporándose.
—Tranquila —dijo él—. Un toquecito y ya. Si total, os gusta…
La Gitana se movió rápido, lo bastante para que pareciera parte del juego. Le agarró la muñeca con fuerza.
—No hace falta que toque, señor. Si quiere mirar, mire. Pero ella no es una puta.
El hombre la miró. La tensión crepitó en el aire.
—¿Y tú quién coño eres para decirme lo que puedo tocar o no?
—La que te puede armar un escándalo si te pasas un pelo—dijo la Gitana, sin dejar de sonreír—. Y tú sabes lo que pasa si alguien empieza a gritar y a pedir auxilio aquí dentro.
Un largo segundo.
El funcionario se quedó quieto. Miró a Rebecca. Luego a Lorena. Luego a la puerta.
—En dos minutos —dijo con desgana—. Me la llevo en dos minutos.
Se puso en pie. Caminó hacia la pared y se recostó otra vez.
Lorena respiraba como si quisiera agarrar todo el aire de la habitación, con el pecho agitado y las mejillas rojas. Kiara se unió, rozándole las axilas con los dedos y olvidando los pies, por esta vez. La Gitana le hacía cosquillas tras la cintura, mientras Violeta había vuelto a sus pies, jugando con los dedos como si los contara uno por uno.
—¡No, no, basta ya, en serio! —gimió Lorena entre risas—. ¡Os mato, joder, os juro que os mato!
Elisa, debajo de la cama, no podía ver a Lorena, pero escuchaba cada carcajada y las notaba tensas, a pesar de no conocerla más que de unos minutos.
Los dedos de Lidija se movían por el suave y blando abdomen de Lorena, que trataba de endurecerse para evitar lo inevitable, entre risas nerviosas y movimientos bruscos.
Y entonces Rebecca volvió a actuar.
Estaba de pie cerca de la cama, observando. Tenía el rostro relajado, la expresión neutra. Parecía ausente. El funcionario ya no le prestaba atención: estaba centrado en el cuerpo medio desnudo de Lorena.
Y fue entonces cuando Rebecca se dejó caer al suelo, justo al lado de la cama.
—Eh —dijo Violeta—, ¿qué hace esta muchacha?
Rebecca no respondió.
—¿Rebecca?
La joven no se movía. Yacía en el suelo, de lado, con los ojos cerrados, una mano sobre el pecho. El rostro pálido, la respiración contenida.
—¿Qué pasa ahora? —gruñó el funcionario, dando un paso hacia ella.
—¡Creo que se ha desmayado! —exclamó Lidija, fingiendo alarma.
—Será del esfuerzo —dijo la Gitana—. No le hemos dado ni agua desde que entró.
El funcionario se acercó. Se agachó.
—Joder… —murmuró—. Con estas cosas no se juega, que tengo la espalda hecha una mierda.
Rebecca seguía quieta. Pero mientras el funcionario se inclinaba sobre ella, abrió ligeramente un ojo.
Solo un segundo. Lo justo para mirar hacia la oscuridad bajo la cama, donde Elisa, inmóvil, la miraba con el corazón encogido.
El funcionario no se percató. Pero estuvo a punto.
—Vamos, vamos —dijo, tomándole el rostro con una mano—. Respira, nena. Vamos…
Rebecca seguía fingiendo. La respiración apenas perceptible, el pulso tranquilo. Lo tenía todo controlado. Sólo necesitaba que el funcionario se agachase un poco más… sólo un poco…
Pero entonces Lorena gritó desde la cama:
—¡Me cago en Dios, que me meo ya, parad, parad un segundo!
La Gitana no había dejado de hacerle cosquillas en los costados del abdomen.
El funcionario se giró hacia ella con fastidio.
—¿Y ahora tú qué?
—Que estoy a punto de mearme encima —jadeó—. ¿Quieres eso?
El tono provocador fue suficiente. El hombre bufó y se incorporó de nuevo.
—A ver si os aclaráis —refunfuñó—. Me tengo que llevar a esta en un minuto.
Rebecca no se movió. Siguió en el suelo.
El funcionario se agachó junto a Rebecca. La tomó del mentón y le levantó la cara, pero ella no reaccionó. Seguía tumbada, pálida, con la respiración leve. O eso parecía.
—Eh. Santoro. —La sacudió un poco—. No me jodas.
Nada.
—Joder… —murmuró, más molesto que preocupado.
Desde su ángulo, Elisa veía cómo el cuerpo del hombre se inclinaba más y más, cada vez más cerca de la cama. Su bota rozaba ya el somier oxidado. Estaba a punto de verla.
Rebecca entreabrió un ojo, apenas un milímetro. Su mirada se deslizó hacia abajo. Justo donde estaba Elisa.
Y sonrió.
Muy levemente. Con la comisura derecha del labio apenas levantada.
Elisa sintió que el mundo se detenía.
El funcionario bajó aún más. Miró el suelo, los bordes de la cama. Luego alargó el brazo, como si fuera a mirar debajo.
En ese instante, la Gitana intervino.
—¡Cuidado! —exclamó, con falsa alarma—. Se está poniendo rígida. Le está dando un ataque.
El funcionario giró la cabeza.
—¿Qué?
—¡Mirá cómo le tiemblan las manos! —añadió Violeta.
—¡Hay que levantarle las piernas! —sugirió Kiara, ya agachada junto a los pies de Rebecca.
—Trae agua —ordenó la Gitana a Lorena—. ¡Rápido!
El funcionario retrocedió instintivamente. Se incorporó.
—Sí —dijo Lidija, que ya se inclinaba sobre Rebecca fingiendo tomarle el pulso—. Ya está mejorando.
Rebecca abrió los ojos despacio, como si regresara del fondo de un sueño.
—¿Qué… qué pasó?
—Te desmayaste —respondió la Gitana, acariciándole el cabello con una ternura que no tenía nada de sincera.
Rebecca giró la cabeza, un poco más de lo necesario. Lo justo para lanzar una última mirada bajo la cama. Pero no dijo nada. S
Sólo suspiró.
Elisa sentía los latidos en la garganta. Las lágrimas le picaban en los ojos. No podía moverse. Apenas podía tragar saliva.
—Bueno —dijo el funcionario, suspirando—. Me la llevo. Ya está bien de jueguitos.
Miró a la Gitana.
—No me gusta nada las cosas raras que hacéis aquí. Ya hablaremos...
Se volvió hacia Rebecca. Le agarró el brazo con impaciencia y se marcharon, cerrando la puerta tras de sí.
Sólo cuando se fueron sus pasos, Elisa exhaló.
Sobre ella, las sábanas crujieron. Violeta se dejó caer en el colchón, con el pecho agitado.
—Esa hija de puta ha estado a punto —murmuró.
La Gitana, de pie junto a la puerta, no decía nada. Sólo pensaba en qué ahora la Hermandad corría peligro por culpa de ese funcionario entrometido.
Sólo entonces Elisa se atrevió a moverse.
Salió a gatas de debajo de la cama, temblando. Sus brazos estaban entumecidos, las rodillas le dolían, el corazón seguía latiendo como si estuviera escapando de algo. Tenía la marca del suelo en la mejilla. Se incorporó torpemente, con la cara manchada de polvo y el pelo pegado al sudor.
Y rompió a llorar.
Se tapó el rostro con las manos y empezó a llorar, sin fuerza, sin resistencia. Era un llanto agudo, entrecortado, contenido demasiado tiempo. No sólo por la tensión, o por el miedo, o por Rebecca. También por su madre. Por su imagen en la pantalla. Por haberla tenido tan cerca... tan cerca.
La Gitana se le acercó sin decir nada. Se agachó frente a ella y la rodeó con los brazos. Elisa no se resistió. Se dejó abrazar como una niña que ha sobrevivido a una tormenta.
—Shhh... —susurró la Gitana—. Ya está, ya pasó. No te ha visto. Estamos bien.
—Por mi culpa —balbuceó Elisa, entre lágrimas—. Por mi culpa la Hermandad está en peligro.
—Eso no es verdad —dijo la Gitana, firme pero dulce—. Tú no elegiste que esa asesina entrara aquí. No fue tu culpa que ese cerdo viniera a por ella. Y no te delató. Casi… pero no. Seguimos enteras.
Elisa negó con la cabeza, sollozando aún. Se apoyó en su pecho. Kiara se sentó cerca y le tomó la mano. Violeta se mantenía al fondo, en silencio, visiblemente afectada.
La Gitana le acarició el pelo un momento, con un gesto más maternal que de costumbre. Después, le levantó la cara con suavidad.
—Ahora te tienes que ir, niña. Están buscándote. Y ese funcionario no es el único que sabe lo que ha pasado.
Elisa asintió, con la garganta cerrada.
—Tú no te preocupes por nada. De ese me encargo yo. Luego hablamos con Maribel.
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Había pasado un día. El despacho estaba frío, como si el aire acondicionado llevara horas encendido, congelando el ambiente. El director de la prisión, un hombre canoso de rostro pétreo y traje demasiado pulcro para el lugar en el que trabajaba, se puso en pie cuando Elisa entró.
—Ramírez. Gracias por venir.
Ella no respondió. Caminó despacio hasta la silla frente al escritorio. No preguntó por qué la habían hecho llamar. No hacía falta. Había corrido el rumor de que ella y Rebecca se habían encontrado y, junto a Kiara, habían estado conversando antes de que Elisa viera la noticia en televisión.
Él se sentó también. Se pasó una mano por el rostro antes de empezar.
—Quiero pedirte disculpas. Personales. Ha sido un error gravísimo. Un error que no debió ocurrir.
Elisa mantuvo la vista en sus manos. Tenía los nudillos marcados de la tensión acumulada, los dedos entrelazados sobre las rodillas.
—A Rebecca Santoro la ingresaron con carácter urgente. La orden llegó desde Fiscalía directamente. No se nos dio margen para organizar su destino, y entendimos que el traslado se haría de inmediato. Pero hubo un retraso administrativo.
Elisa no dijo nada. No movió un músculo.
—La idea —continuó él, bajando el tono— era que ni siquiera os cruzarais. Que tú ni te enteraras de que estaba aquí. Pero, por desgracia… ocurrió.
Silencio.
Elisa respiró hondo. Por dentro, todo se mezclaba. La rabia. El vacío. El alivio perverso de haber tenido a la asesina de su madre frente a frente. El asco de no haber sentido paz. La insatisfacción de una venganza incompleta.
La imagen de Rebecca atada, gritando, sin dignidad, sin escapatoria, le venía a la cabeza como un eco que no acababa de calmarla.
«No ha sido suficiente.»
El director carraspeó.
—Sé que has pasado por mucho. Y sé que esto puede tener consecuencias… emocionales. Pero debes saber que Santoro ya ha sido trasladada. No volverás a verla.
Elisa levantó la mirada por fin. Lo miró a los ojos un segundo. Asintió una vez. Nada más.
En su mente, sin embargo, no había silencio. Todo daba vueltas como en una centrifugadora de pensamientos.
La Hermandad. ¿Estaba comprometida?
Su madre. ¿Podría volver a verla en sueños sin odiarse?
Y ella misma.
Elisa Ramírez. La chica que hace apenas unas semanas no sabía ni respirar sin permiso… y ahora sabía torturar a alguien sin pestañear.
Se levantó sin decir palabra. El director tampoco intentó detenerla.
Elisa salió del despacho del director con los hombros tensos y el gesto contenido. El sol de mediodía inundaba el pasillo. Al pasar por el patio interior, se cruzó con una figura firme y menuda que venía de frente. Por un instante, no la reconoció.
—Elisa, ¿no? —dijo la figura, parándose con un gesto serio y tranquilo. Era Helga.
Tragó saliva. Le devolvió la mirada.
—Sí.
—Lamento mucho lo de tu madre. Anoche me enteré de lo que te hizo esa argentina de mierda. Qué locura.
—Gracias —dijo Elisa. Su voz era baja, seca.
—Me alegra que estés bien. Escucha, estamos ahí sentadas un rato, tomando el fresco. Si quieres venir, estás invitada.
Señaló con un leve gesto hacia el patio, donde se distinguían las siluetas de Loba, Tamy y Sandra sentadas en un escalón.
Elisa dudó. No quería estar con ellas. No después de lo que había visto, de todo lo que había vivido. No le apetecía codearse con una banda de neonazis, una de las cuáles, había sido víctima de sus cosquillas sin saberlo. Pero algo en su interior, una intuición, le dijo que si había algo en marcha, si alguien planeaba algo contra la Hermandad, saldría de ese grupo.
—Claro —respondió, con una sonrisa suave—. Me vendrá bien un poco de aire.
Helga asintió y echó a andar a su lado.
—Las chicas no muerden. Bueno, no mucho.
Elisa forzó una sonrisa.
Mientras caminaban hacia el grupo, su mente era un torbellino. Recordaba los gritos de Helga, las cosquillas, el pasamontañas. Qué ironía: la mujer ahora le sonreía como si fueran camaradas, una veterana a una recién llegada.
Las otras tres la miraron al acercarse. Tamy alzó una ceja con desconfianza. Loba solo escupió al suelo. Sandra, con quien ya tuvo un encontronazo la última vez, fue la única que saludó.
—¿La concejala? —preguntó, cruzando las piernas—. ¿Qué hace una chica como tú en un lugar como este?
—Sobrevivir —respondió Elisa, sentándose sin quitarles la vista de encima.
Helga sonrió, orgullosa de su ocurrencia.
—Vas a ver, estas tres tienen fama de fieras, pero en el fondo son buenas gente.
Elisa asintió despacio. No creía una sola palabra. Pero estaba ahí, sentada entre lobas, dispuesta a aullar.
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