LA CONDENA - Episodio 12: La Hermandad (parte I)

—¿Te volviste loca o qué? —saltó Violeta, sin ni siquiera levantar la voz.

—No me he vuelto loca —dijo Elisa, manteniendo el aplomo—. Me acerqué a Helga con un perfil que no levanta sospechas. Me tienen por una exconcejala de derechas... conservadora, pero "civilizada". Una posible aliada.

Lidija la observaba desde su litera con los brazos cruzados. Había algo peligroso en su silencio.

—¿Y qué esperas sacar con eso? —intervino la serbia—. ¿Que te cuenten sus planes? ¿Que te den una lista de a quién odian más hoy?

—Quiero saber si están reorganizándose, si planean algo. Quiero anticiparme a sus movimientos.

Violeta bufó.

—Eso suena precioso, pero si te pillan... te desfiguran, como mínimo.

—Sé cómo moverme. Ya lo he hecho antes, en otros contextos. No voy a improvisar.

—Esto no es política, Elisa —dijo Lidija con voz grave—. Aquí no hay diplomacia. Si una nazi sospecha que las estás traicionando, te apuñala con una cuchara mellada.

Hubo un silencio pesado. Entonces, Kiara, que hasta entonces había estado sentada con la mirada baja, alzó sus ojos azules.

—¿Y yo qué?

Elisa la miró, casi con lástima. 

—No podremos hablar tanto. Tendremos que tener cuidado...

—¿Y si te hacen daño? —Kiara no se movió, pero su voz temblaba apenas.

—Confío en vosotras. Y si algo pasa, al menos sabréis con quién empezar a ajustar cuentas —respondió Elisa, medio en broma, medio en serio.

Lidija apretó la mandíbula.

—Yo no estoy de acuerdo, pero no soy tu madre. Si lo haces, hazlo bien. Pero a partir de ahora, ni una palabra de más delante de ti.

Kiara se levantó despacio, cruzó el espacio de la celda y se quedó frente a Elisa. No la besó. No la tocó. Solo le dijo:

—Si te pasa algo, sabré que fueron ellas. Y entonces no habrá cárcel ni patio que me detenga.

-------------------------------------------------------------------

Las bandejas golpeaban una tras otra sobre la encimera metálica mientras el guiso insípido de lentejas se escurría por los bordes. Elisa se acercó a la mesa del fondo, la de las indeseables. Helga levantó la vista y le hizo un leve gesto con la cabeza.

—¿Vienes con nosotras hoy, concejalita? —preguntó Sandra, con esa voz rasposa y sarcástica.

—Mejor con vosotras que sola, ¿no? —respondió Elisa, midiendo el tono.

Loba se encogió de hombros, con una sonrisa torcida. Todavía tenía la mandíbula resentida por el golpe que Carlota le había propinado para defender a Alba.

—Mientras no te hayas vuelto bollera como las otras… —dijo, metiéndose una cucharada de lentejas a la boca sin disimulo.

—A ver si va a ser una infiltrada —añadió Tamy, con voz grave, mirándola como quien sopesa un trozo de carne.

—No digas gilipolleces —cortó Helga, más pálida de lo habitual—. Si fuera una de ellas, yo lo sabría. ¿Verdad, Elisa?

—No soy de nadie, Helga. Pero sé distinguir entre personas y pervertidas.

Eso bastó. Un par de risas ahogadas se cruzaron entre las cuatro.

—¿Has visto qué pintas me llevan? —dijo Loba—. Esa punkarra y la novia… la Carlota esa. Hijas de la gran puta...

No se te olvide que te dejaron sangrando —dijo Sandra con desdén, sin levantar la mirada de su comida—. Todo por meterte tú sola y no avisarnos.

—Fue por sorpresa —bufó Loba—. Si hubiera estado Helga conmigo...

Helga no contestó. Miraba su plato, pero estaba lejos. Se la notaba distinta. No derrotada, pero más contenida. 

—Dicen que ese grupito es como una secta—añadió Sandra con media sonrisa—. Que en la celda de la Gitana hacen cosas raras por las tardes. Que un funcionario lo vio todo hace poco. Yo tengo buena relación con él, le puedo preguntar.

Elisa tragó saliva 

—No me extraña nada —dijo Tamy—. Esa celda es un nido de guarras. Una orgía de bolleras, fijo. Entre la Gitana, la colombiana, la punki y su novia la pitbull…

—En cambio a Elisa se la ve con los pies en el suelo. No va por ahí enseñando tatuajes ni lamiendo coños.

Elisa tragó un sorbo de agua. Observó a Helga un segundo más de lo necesario.

—Pero tú estuviste allí—dijo Tamy—todavía no nos has contado qué te hicieron esas putas.

Helga clavó los ojos en ella. No alzó la voz, pero hubo algo en su tono que hizo que hasta Sandra levantara la ceja.

—He dicho que no quiero hablar de eso.

El silencio cayó de golpe. Sólo se oía el ruido lejano de bandejas y cubiertos en otras mesas.

Elisa, sin mirarla directamente, percibió el temblor leve en el pulgar de Helga.

Sabía lo que le habían hecho. Sabía cómo la habían quebrado. Y sabía que en ese momento, su silencio era más valioso que cualquier golpe.

Cambió de tema con habilidad.

—¿Y no os parece raro que la Gitana tenga tanta manga ancha? Se mueve como si tuviera permiso para hacer lo que quiera.

Sandra recogió el guante al instante.

—Tiene contactos. Las funcionarias le deben favores. 

—Lo que necesita esa gente es que alguien les recuerde quién manda —gruñó Tamy—. Una paliza no. Algo más salvaje.

Elisa dejó la cuchara en la bandeja y habló con calma, como quien suelta un pensamiento en voz baja:
—A veces no hace falta romper a alguien a golpes para que aprenda.

Sandra soltó una carcajada seca.
—Pues nada, les haremos cosquillas, ¿no te jode?

Elisa arqueó una ceja y bebió un sorbo de agua. Helga agachó la cabeza.
—Pues a mí me haces eso y me matas. No las soporto.

—Ya ves —añadió Tamy con media sonrisa torcida—. A mí me haces cosquillas y te suelto una hostia que te reviento, jajaja.

Elisa la observó. Sus tatuajes en los nudillos y su mirada despiadada bajo su melena rubia, pero ya no le impresionaba que gente tan ruda y sin escrúpulos pudiera ser tan vulnerable a las cosquillas. Había aprendido a verlas como una respuesta física que ella podía percibir de forma más o menos emocional, dependiendo de la situación. Como había oído decir alguna vez a la Gitana: 'las cosquillas no entienden de hijas de puta'.

Helga levantó la vista de golpe, cortando las risas.

—Dejad de decir tonterías, me cago en Dios.

El silencio cayó un segundo demasiado largo. Nadie entendió del todo su tono, excepto Elisa, que vio cómo Helga apretaba los labios y volvía a bajar la mirada al plato, no sin antes repasarla con la vista. ¿Habría hablado demasiado?

-------------------------------------------------------------------

El murmullo del módulo se había apagado. Solo quedaban ecos de pasos y algún grito lejano en otro pasillo. En la celda de la Gitana, la luz anaranjada del atardecer se proyectaba sobre la estantería llena de libros viejos. Lidija no hablaba: sólo observaba a Elisa, que se mantenía de pie junto a la puerta como si aún llevara la tensión de la comida en los hombros.

—Ha salido la conversación sobre esta celda —dijo Elisa al fin—. Loba insinuó que aquí dentro hacemos cosas raras. Cuando Loba soltó una broma… Helga se quedó helada.

—¿Qué broma? —preguntó Kiara, frunciendo el ceño.

—Cosquillas.

—¿Reaccionó? —preguntó Lidija, sin apartar la vista de Elisa.

—No hizo un escándalo. Pero la palabra la atravesó. Como si supiera exactamente de qué hablaba.

—Entonces todavía está abierta esa herida —dijo Violeta, con una media sonrisa.

—Y el grupo entero sigue ahí fuera, esperando a moverse —añadió la Gitana desde su rincón.

Lidija intervino.

—Si sólo la tocamos a ella, las otras crecerán como hongos.

Elisa inspiró hondo.

—No van a parar. Helga está acobardada y Tamy no termina de reponerse del golpe que le dio Carlota y no parece que tenga ganas de recibir más, pero Sandra y Loba nos tienen ganas. Además, tengo una información extra: Tamy tiene cosquillas. Si queremos cortar esto, tenemos que ir a por ellas dos, como mínimo.

—Hay otro problema —cortó Kiara—. El funcionario que vino a buscar a Rebecca. Por lo visto anda contando que vio algo ese día.

—¿Qué exactamente? —preguntó Carlota.

—Que vio a una interna atada a la cama. Y que nosotras parecíamos disfrutarlo. —Kiara apretó los dientes al decirlo.

Lidija dejó que el silencio durara unos segundos. Luego habló como si ya tuviera la decisión tomada:

—Dos amenazas.

Violeta arqueó una ceja.

—¿Qué tienes en mente?

Todas se acercaron...

-------------------------------------------------------------------

Elisa estaba sentada en la litera de Kiara, quitándose lentamente los zapatos. Kiara estaba en la cama de arriba, la de Elisa, con una pierna colgando, balanceándola despacio.

—Hace días que no hablamos de nada que no sea planes y conspiraciones—murmuró Kiara, bajando la voz para que sólo Elisa la oyera.

—No hay mucho más que hablar —respondió ella, mirando la pared desnuda.

—Sí lo hay. Tú y yo. —Kiara bajó la pierna, asomando la cabeza por el borde de la litera—. No recuerdo la última vez que me miraste sin que hubiera miedo o dolor de por medio.

Elisa dejó escapar una sonrisa cansada.

—Supongo que desde antes del entierro de mi madre. O desde antes de Rebecca. Todo se mezcló demasiado rápido.

Kiara bajó de la cama y se sentó junto a ella, con las rodillas rozando las suyas.

—No es que me guste, pero… lo entiendo, diputada.

—Es demasiado lo que tengo que procesar—dijo Elisa, bajando la mirada.

Lidija giró la cabeza desde su litera, sin abrir los ojos.

—Si vais a poneros cursis, hacedlo en voz baja —gruñó, medio en broma.

Violeta soltó una risa suave desde su rincón.

—O mejor, hagan ruido. Igual nos anima un poco el ambiente.

Kiara la ignoró y se inclinó hacia Elisa.

—El plan… todo esto… nos está volviendo locas.

—Sí. Pero también nos está uniendo de otra manera —respondió Elisa, y por primera vez su voz no sonó rota, sino firme.

—¿Te da miedo? —preguntó Kiara.

—Me daría más miedo no sentir nada.

Un silencio cómodo se instaló entre ellas. Kiara alzó una mano y, con un gesto casi infantil, le rozó el costado a Elisa con dos dedos.

—¿Qué haces? —Elisa dio un salto y se contrajo.

—Probando si todavía sabes reírte.

Elisa intentó mantener la compostura, pero soltó un respingo.

—Para…

—¿Para? —Kiara le hizo otra caricia rápida en el mismo sitio.

—¡Para, cabrona! —Elisa no pudo contener una carcajada corta que hizo a Violeta levantar la cabeza y sonreír.

—Mira tú qué fácil —dijo Kiara, divertida.

—Es trampa, no vale. —Elisa le devolvió el gesto, deslizándole los dedos por la cintura.

Kiara soltó un grito agudo y retrocedió de golpe.

—Ah, ¿que la que ha empezado esta guerra ahora no aguanta una caricia? —Elisa la acorraló con otra pasada rápida de dedos.

—Te juro que si sigues… —Kiara estaba riendo ya, conteniendo la voz para no llamar demasiado la atención.

—Si seguís las dos voy a ataros a la cama y callaros la boca —intervino Lidija, esta vez sonriendo de verdad.

Violeta soltó una carcajada baja.

—¿Y tú te crees que eso las va a detener? Si es lo que están buscando.

Elisa y Kiara se quedaron quietas un segundo, aún con la respiración agitada. Se miraron y la risa se les escapó otra vez, cómplice.

Violeta y Lidija las miraban, sonriendo tiernamente. Incluso la frialdad de Lidija se desvanecía al contemplar a la pareja.

Kiara había acorralado a Elisa contra la pared, los dedos buscando de nuevo su costado. Elisa se retorcía intentando no reírse demasiado alto.

—¡Para ya! —dijo entre carcajadas contenidas.

—No hasta que digas la palabra mágica. —Kiara la tenía atrapada con una sonrisa traviesa.

Elisa la miró, aún temblando de risa, y bajó la voz a un susurro que no impidió que el sus otras dos compañeras la oyeran:

—Si paras… te dejo besarme los pies.

Kiara se quedó quieta un segundo. La chispa de deseo fue inmediata, apenas contenida tras sus ojos azules.

—No juegues con eso.

—No estoy jugando. —Elisa alzó una ceja, desafiante, aunque el rubor le subía por el cuello hasta las mejillas.

Kiara tragó saliva. Bajó despacio hasta arrodillarse frente a ella. Elisa estiró las piernas sobre la litera baja, los dedos de los pies bailando bajo los calcetines.

—No sabes lo que me haces con esto… —murmuró Kiara, deslizando los calcetines poco a poco hasta dejarlos caer al suelo.

—Tú tampoco sabes lo que me haces cosquilleándome —dijo Elisa con una sonrisa nerviosa.

Kiara inclinó la cabeza y dejó un beso suave en el arco del pie izquierdo. Elisa soltó una risa involuntaria, mezcla de cosquilla y placer.

—¿Eso te hace reír? —susurró Kiara.

—Todo me hace reír si me tocas los pies.

Kiara la sostuvo por los tobillos, bajó la boca hasta el talón y dejó otro beso, más lento. Elisa apretó los labios, intentando controlar la mezcla de escalofrío y risa.

—Dios, Kiara…

—No sabes cuánto he soñado con volver a hacer esto. —Los labios de Kiara trazaban el puente hacia los dedos. Su lengua rozó apenas la piel sensible, y Elisa se estremeció. Una carcajada corta escapó de su garganta.

—¡No te rías! —dijo Kiara, riendo ella también.

—No puedo… tengo cosquillas… ¡Como si no lo supieras! —Elisa apoyó la cabeza en la pared, dejando que la sensación la recorriera.

Violeta se giró en su litera, medio oculta por la sombra.

—Si seguís así, mañana el módulo entero sabrá que sois pareja —murmuró con una sonrisa.

—Que se enteren —susurró Kiara sin dejar de besar.

Lidija bufó desde arriba, aunque había un deje de ternura en su tono.

Elisa soltó otra carcajada nerviosa cuando Kiara atrapó uno de sus dedos entre los labios. La mezcla de cosquillas y placer era un hilo tenso que no quería romperse.

—Sigue… —pidió al fin, con voz baja.

Kiara levantó la mirada un instante y asintió, volviendo a recorrer la planta del pie con besos suaves, cada uno arrancando un sonido entre risa y suspiro de Elisa.

—Dios… me vas a matar… —susurró Elisa, la voz rota entre placer y cosquillas.

—Si te mueres, me muero contigo —murmuró Kiara, atrapando el puente del pie entre los labios antes de subir hacia los dedos.

Elisa cerró los ojos y dejó que la electricidad la envolviera. De pronto, sin pensarlo, se inclinó hacia delante y agarró suavemente uno de los suaves pies de Kiara.

—¿Qué…? —Kiara abrió los ojos, sorprendida.

—No voy a dejar que te diviertas tú sola. —Elisa bajó la cabeza y dejó un beso tímido en el empeine.

El suspiro de Kiara fue inmediato, casi un gemido suave que se convirtió en una risa nerviosa cuando Elisa deslizó la lengua por la fina y pálida piel sensible de su planta.

—Joder… Elisa… yo… tengo muchas cosquillas ahí…

—Perfecto —susurró Elisa contra su piel antes de atrapar uno de sus dedos entre los labios.

Kiara se derrumbó hacia atrás, riendo y temblando al mismo tiempo. La escena se llenó de respiraciones agitadas, risas y un calor que poco tenía que ver con el sol del ocaso.

Violeta, que observaba desde la litera de enfrente con una sonrisa torcida, alzó una ceja.

—Me están dando envidia, ¿saben? Una es herero pero no de piedra.

Elisa levantó la vista un segundo, con los labios aún sobre la planta de Kiara.

—Ven entonces.

Kiara la miró y asintió, aún extasiada. Violeta dudó un instante, pero la curiosidad pudo más. Bajó de la cama y se sentó a su lado, cogiendo el otro pie de Elisa con una sonrisa traviesa.

—Si me lo piden así, me apunto. —Dejó un beso rápido en el talón antes de subir hacia el arco. Elisa soltó un grito ahogado que terminó en carcajada.

—¡No puedo con vosotras! —exclamó entre jadeos.

—Claro que puedes —dijo Kiara, recuperando el aliento mientras seguía besando su otro pie—. Y lo estás disfrutando.

El sonido de un colchón al moverse hizo que las tres miraran hacia arriba. Lidija estaba sentada en su litera, observándolas en silencio.

—Está bien —dijo al fin, bajando despacio—. Pero sólo porque no quiero ser la única que no se lo pase bien esta noche.

—Ven aquí, jefa —rió Violeta, ofreciéndole el pie de Kiara.

Lidija se agachó con una mezcla de seriedad y curiosidad. Propinó un mordisco lento en los dedos de Kiara. La reacción fue inmediata: Kiara se dobló hacia delante, riendo sin poder contenerse.

—¡No, Lidija, ahí no! —su voz se quebraba entre carcajadas.

Elisa la miró, aún con sus labios en la piel de Kiara, y por primera vez en aquellos horribles días, el peso de todo lo vivido pareció desaparecer bajo una lluvia de risas, besos y suspiros compartidos.

Kiara seguía dejando besos húmedos en la planta del pie de Elisa. Cada roce arrancaba de ella una mezcla intensísima de carcajada y suspiro.

—Me vas a volver loca… —Elisa apenas podía hablar entre respiraciones agitadas.

—Ese es el plan —susurró Kiara antes de atrapar con los labios el dedo gordo y darle un beso lento.

Elisa, entre el calor y las cosquillas, apenas pudo pensar cuando se inclinó y agarró el pie de Kiara, devolviéndole el gesto. Su boca rozó el empeine con un beso tímido que hizo que Kiara soltara un gemido inesperado.

—Joder, Elisa… —rió nerviosa—. Eso no se hace si no quieres que me derrita.

—Entonces derrítete conmigo. —Elisa deslizó la lengua por la piel suave del puente, arrancándole una risa quebrada.

Violeta, recostada en su litera, soltó un silbido bajo.

—Estáis para una película, parce. Elisa, a ver si eres capaz de aguantar esto… —murmuró antes de besarle el talón.

Elisa se arqueó de inmediato.

—¡Dios! Violeta… —La risa se le escapó sin control.

—Demasiado fácil —rió la colombiana, dejando otro beso más arriba, en el arco, mientras Kiara seguía devorando el otro pie de Elisa con besos y caricias.

Las carcajadas de Elisa llenaron la celda, ahogadas contra su propia mano para no alertar a medio módulo.

—No puedo más… —dijo entre risas.

—Puedes y quieres —le susurró Kiara, con la boca aún en su piel.

Lidija empezó a recorrer la punta de la lengua por la almohadilla y bajo los dedos de los pies de Kiara.

—¡No, Lidija…! Ahí me matas…

—Perfecto. —La voz de Lidija era calma pura mientras seguía dejando besos por la planta, explorando con una precisión que hizo a Kiara reír y gemir a la vez.

Violeta sonrió de lado, y mientras tanto deslizó sus dedos juguetones por la planta del otro pie de Elisa.

—No… no hagas eso… —Elisa suplicó entre risas.

—¿Qué? ¿Esto? —Violeta alternaba besos y cosquillas, su lengua dejando un rastro húmedo antes de soltar una carcajada.

Lidija levantó la vista, seria pero con las comisuras de los labios temblando.

—Tu turno, colombiana.

Violeta arqueó una ceja, sin soltar el pie de Elisa.

—¿Mi turno de qué?

Lidija no respondió. Simplemente agarró uno de los tobillos de Violeta y llevó su pie descalzo hacia su boca. Dejó un beso lento en el arco. Violeta soltó un gemido ahogado que se convirtió en una carcajada salvaje.

—¡Ay no, hijueputa! —intentaba apartarse, pero Lidija la sostuvo con firmeza tranquila mientras sus labios recorrían la piel.

—¿Pensabas que te ibas a librar? —dijo Lidija casi para sí misma, antes de besarle el talón y arrancarle otra carcajada.

Violeta se retorcía entre carcajadas mientras Lidija seguía besándole la planta del pie, desde el talón hasta los dedos.

—¡Ya basta… jajajajajaja! —la colombiana reía con energía.

—Aún no —replicó Lidija con calma, dejando un beso lento en el puente antes de soltarla.

Elisa, con las mejillas encendidas, respiró hondo y miró a la serbia.

—Ahora te toca a ti.

Lidija arqueó una ceja, volviendo a su compostura habitual.

—Yo no juego.

Kiara, aún con el aliento agitado, sonrió y se acercó arrastrando las manos por el colchón hasta tomar uno de sus pies.

—Pues hoy sí.

Violeta se incorporó, traviesa, atrapando el otro tobillo.

Lidija intentó apartarse, pero Elisa ya estaba detrás, sujetando suavemente sus muñecas como si sellara el momento.

La líder soltó una risa baja, grave, tratando de mantener su egancia y frialdad. 

—Estáis locas.

—Puede ser. —Kiara bajó la cabeza y le dio un beso en el empeine. Lidija respiró hondo, pero el gesto de tensión en sus hombros la delató.

Violeta no esperó: sus labios rozaron el talón y subieron hacia el arco. La risa de Lidija fue pequeña al principio, un temblor contenido, hasta que el contacto simultáneo de ambas le arrancó una carcajada profunda, como si hubiera estado horas sin poder salir.

—¡Hij… hijas de…! —intentó hablar, pero otra oleada de risas la cortó.

Elisa apoyó la barbilla en su hombro, sonriendo.

Kiara atrapó con los labios uno de sus dedos, lenta, mientras Violeta recorría con besos húmedos la planta entera. Lidija dejó caer la cabeza hacia atrás, riendo y jadeando en una mezcla que hacía vibrar la celda.

—Vale… vale, basta… —dijo entre risas, aunque nadie obedeció de inmediato.

—No hasta que nos lo pidas bien —susurró Kiara contra su piel.

Lidija soltó otra carcajada, esta vez más libre.

—Por favor…

Cuando al fin la soltaron, la líder se cubrió el rostro con una mano, aún riendo. Elisa le apartó los dedos suavemente.

Lidija todavía recuperaba el aliento, los pies sensibles ardiendo bajo los besos de Kiara y Violeta, cuando Elisa le rozó el costado con dos dedos. Fue apenas un roce, pero su cuerpo reaccionó con un salto.

—Oh, oh… —Violeta sonrió como una fiera que huele sangre—. 

—Ni lo penséis… —dijo Lidija, aunque su voz ya no tenía el filo habitual.

Kiara levantó la mirada con una sonrisa cómplice.

—La mujer que sabe todas las llaves… también tiene cerraduras, no lo olvides.

Elisa fue la primera en recorrer con los dedos su cintura. Lidija soltó un jadeo que se quebró en una risa contenida. Violeta no tardó en sumarse, atacando con suavidad la parte baja de su vientre, mientras Kiara buscaba la unión de las costillas.

—¡No, cabronas…! —la carcajada de Lidija explotó, grave y rota, muy distinta a la que salía en una sesión de castigo. Allí no había resistencia ni papel que mantener, solo piel desnuda y confianza absoluta.

—Mírala… —rió Violeta mientras sus dedos bailaban sobre su estómago—. La experta no sabe ni defenderse.

—Esto es trampa… —Lidija intentó girarse, pero Elisa le sujetó suavemente las muñecas contra la pared.

—No es trampa. Es cariño —susurró Elisa mientras dejaba que sus uñas dibujaran líneas suaves sobre sus costados.

Kiara bajó la boca hasta la curva de su cuello, dejando un beso húmedo que hizo que Lidija se arquease de risa pura.

—¡Por… favor…! —La voz se le quebraba entre carcajadas.

Un último ataque coordinado la dejó sin aire, y las cuatro terminaron desplomadas en la litera baja, riendo juntas, respirando de forma entrecortada.

—Os odio —dijo Lidija, aunque la sonrisa en su cara la traicionaba.

El silencio que siguió a la última oleada de cosquillas no era incómodo. Era cálido, lleno de respiraciones agitadas y algún que otro suspiro flojo. Kiara estaba sentada en el extremo del colchón, sobre la almohada, entre Elisa y Lidija, con Violeta recostada a un lado.

—Nunca pensé que os vería así —dijo Elisa en voz baja.

—Ni yo pensaba que alguien aquí dentro me vería así a mí —respondió Lidija, aún con una sonrisa suave. No es lo mismo estoy que las sesiones en la celda de la Gitana. 

Kiara bajó la vista y tomó con cuidado los pies de ambas, uno de Elisa y uno de Lidija, acariciándolos con los pulgares como si atesorase algo precioso entre sus manos. Sin pensarlo demasiado, llevó primero el de Elisa a sus labios, luego el de Lidija.

—Kiara… —murmuró Elisa, sintiendo un escalofrío cuando los labios y la lengua de Kiara dejaron un recorrido húmedo en la curva de su planta.

—No puedo evitarlo —confesó ella en un susurro, como si fuera una verdad demasiado íntima para el aire frío de la celda—. Sois perfectas. Sobretodo tú, dijo mirando a Elisa.

Violeta soltó una risita y estiró una pierna hasta poner su pie contra la mano de Kiara.

—¿Y yo qué? ¿No merezco un beso?

Kiara la miró como si hubiera estado esperando ese gesto toda la noche. Atrapó el pie de la colombiana y lo acarició antes de dejarle un beso lento en el talón, luego en el puente. Su respiración ya era distinta, temblorosa, cargada de deseo.

—Joder… —Violeta rió nerviosa, estremeciéndose bajo la caricia—. No sabía que me ibas a poner así con solo…

Kiara no la dejó terminar. Sujetó el pie de Violeta contra su propia entrepierna mientras seguía alternando besos entre Elisa y Lidija, uniendo las tres sensaciones como si no hubiera más mundo que ese contacto de piel suave y delicada.

Elisa sintió el calor subirle a las mejillas al notar cómo la respiración de Kiara se volvía irregular, casi un jadeo. Lidija no apartó la vista, seria pero con una dulzura rara en sus ojos. Violeta dejó escapar un gemido breve cuando Kiara apretó un poco más su pie entre la mano y su vulva.

Nadie dijo nada. Sólo escucharon el sonido contenido del placer, de las bocas contra la piel, de la risa que se mezclaba con suspiros. Cuando Kiara alcanzó el clímax, temblando y escondiendo la cara entre los pies de Elisa y Lidija, la celda entera pareció contener el aliento un instante.

Violeta rompió el silencio con una carcajada suave.

—Bueno… creo que esto une más que cualquier plan.

Kiara levantó la cabeza, aún con el rubor en las mejillas y una sonrisa que era puro alivio.

—Más que cualquier castigo.

Elisa bajó la mano hasta acariciarle el pelo.

—Más que cualquier guerra.

Comentarios

Entradas populares de este blog

LA CONDENA - Episodio 2: Kiara

LA CONDENA - Episodio 50: Hermanas, el documental

LA CONDENA - Episodio 1: Elisa