LA CONDENA - Episodio 13: La Hermandad (parte I I)
Allí venían, tal y como Lidija lo había planeado.
La bandeja de Alba cayó sobre la mesa con un golpe seco. Carlota se sentó frente a Loba sin siquiera mirarla.
—¿Qué tal la mandíbula, rubia? —preguntó Alba con una sonrisa provocadora.
Loba apretó la cuchara entre los dedos.
—De lujo. ¿Y la tuya? ¿Te la arreglo yo?
—Cuando quieras. —Carlota se inclinó hacia delante, la voz baja pero firme—.
Elisa se obligó a fingir sorpresa.
—¿Os conocéis?
—Nos conocemos demasiado —gruñó Loba, clavando los ojos en Carlota como si quisiera atravesarla.
Sandra dejó caer la cuchara en la bandeja con un ruido metálico.
—¿Qué coño hacéis aquí? ¿Venís a tocar los huevos o a que os partamos la cara delante de todo el módulo?
—Oh, ¿vas a pelear tú? —Alba la miró con calma—. Pensé que sólo sabías ladrar desde la esquina.
Helga no levantó la vista del plato, pero habló despacio:
—Esto es una puta guardería.
—Pues dile a tu gente que controle la lengua —replicó Carlota, sin subir el tono.
Tamy se inclinó hacia Elisa.
—¿Y tú qué? ¿No vas a controlar a estas dos?
—Apenas las conozco —dijo Elisa, midiendo cada palabra.
El comedor estaba demasiado vigilado. Un par de funcionarias pasaron cerca, echando una mirada de advertencia. Alba lo notó y sonrió de lado.
—Aquí no. Dos contra dos. En tres horas. Celda de la Gitana.
Sandra soltó una carcajada seca.
—¿Estás de coña?
—Nos vemos allí si no os acojonáis —dijo Carlota mientras se levantaba con la misma calma con la que había llegado.
Alba la siguió, sin mirar atrás. La mesa quedó en silencio unos segundos.
—No vamos a ninguna parte —espetó Tamy, aunque su voz temblaba de rabia.
—Claro que vamos —gruñó Tamy—. Nos han retado en nuestra puta cara.
Sandra miró a Helga.
—¿Tú qué dices?
Helga soltó el aire muy despacio.
—Haced lo que queráis. Yo no piso esa celda.
Tamy la fulminó con la mirada, pero no replicó. Elisa, con el corazón latiéndole demasiado rápido, se limitó a llevarse la cuchara a la boca, como si nada en la mesa acabara de pasar.
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Elisa empujó la puerta de la celda con cuidado. El silencio era extraño, casi pesado. Subió la vista y se encontró a Alba sentada en su propia cama, la litera de arriba, con las piernas colgando y las manos apoyadas a cada lado, como si llevara un rato esperándola.
—Buen trabajo ahí fuera —dijo Alba, sin rodeos, con una media sonrisa y una mirada orgullosa tras su greña negra que le tapaba el ojo izquierdo—. De verdad, te ha salido de cine. No te preocupes, todo va a salir bien.
Elisa sintió un nudo en el estómago. Aquellas palabras, simples, se le clavaron más de lo que habría imaginado.
—Gracias —contestó, bajando la mirada un segundo.
Alba la observó en silencio, con un brillo extraño en los ojos, hasta que habló de nuevo, más suave:
—Oye… siento todo lo que te ha pasado últimamente. Tiene que ser una mierda enorme. No me imagino por lo que habrás pasado, tía.
Elisa levantó la vista y le regaló una sonrisa cansada, sincera.
—Gracias.
Alba dio un par de golpecitos en el colchón junto a ella, invitándola a subir. Elisa dudó un instante, pero acabó acomodándose a su lado. La distancia entre las dos era mínima, y eso hizo que el aire pareciera más denso de repente.
—Hace días que no hablamos, ¿te has dado cuenta? —susurró Alba, con una voz que mezclaba reproche y algo más—. Desde… ya sabes, desde que te besé.
Elisa ladeó la cabeza, intentando restarle peso, aunque notó que se le aceleraba el pulso.
—Ah… sí. Eso.
Alba soltó una risa corta, casi sin sonido. Y sin avisar, se inclinó de nuevo, borrando cualquier espacio entre ellas. El beso fue distinto al primero: no tenía la sorpresa de entonces, pero sí una carga nueva, más sincera que la del anterior. Elisa tardó un par de segundos en apartarse.
—Alba, yo… no… —balbuceó, sin saber si estaba justificándose o defendiéndose.
Alba se echó a reír muy bajo, acercándose todavía más, hasta que Elisa pudo sentir el roce de su aliento en la oreja.
—Joder, concejala… —susurró con una voz cargada de veneno y dulzura—. Con lo bien que se te dio hacerme cosquillas, no me quiero ni imaginar lo que sabrás hacer con esos dedos.
Elisa sintió que algo le corría por la espalda.
Elisa abrió la boca para responder, para poner algún límite, pero Alba no le dejó tiempo. Se inclinó hacia ella y, con un movimiento lento y deliberado, dejó un beso suave en la curva de su cuello. Elisa sintió que todo el aire se le quedaba atrapado en los pulmones. Una risa corta, casi nerviosa, se le escapó sin querer.
—Alba… —murmuró, intentando sonar firme, pero su propia voz sonó temblorosa, desconocida.
Quería apartarla. Quería dejar claro que no. Pero la calidez de esos labios en su piel, el cosquilleo eléctrico que se extendía desde la nuca hasta la espalda baja, la dejó suspendida en un lugar extraño, entre el rechazo y algo que se parecía demasiado al deseo.
Y entonces, sin pensarlo, reaccionó como si necesitara recuperar el control de alguna manera: llevó las manos a la barriga de Alba y empezó a hacerle cosquillas de golpe.
—¡Ah, cabrona! —soltó Alba entre carcajadas, doblándose un poco hacia atrás, intentando apartarse—. ¡Concejala, para!
Elisa también reía ahora, pero era una risa rota, cargada de nervios. La situación se había invertido de golpe: Alba retorciéndose bajo sus dedos, y ella con esa mezcla de adrenalina, vergüenza y algo más a lo que no quería poner nombre.
Alba se dejó caer contra el colchón, tratando de atraparle las muñecas mientras se movía entre risas, su pelo enredándose en la sábana.
—¡Vale, vale! —jadeó, todavía riendo—. Joder, Elisa… como te pongas así…
Elisa detuvo el movimiento de sus dedos de golpe, dándose cuenta de lo que estaba haciendo. El silencio volvió a llenarlo todo, pesado, y se quedó mirándola con el corazón golpeando fuerte en las costillas.
Elisa aún estaba recuperando el aire cuando Alba, con la respiración entrecortada y la sonrisa torcida, la miró a los ojos.
—Vale… —dijo con un hilo de voz que mezclaba risa y algo más profundo—. Si no quieres besarme, por lo menos hazme cosquillas. Pero házmelas bien.
Elisa sintió que el estómago se le encogía. No supo si era miedo, excitación, o las dos cosas al mismo tiempo. Antes de que pudiera responder, Alba tiró de los botones de la casaca beige y se la quitó, dejándola caer al suelo. Debajo, sólo el sujetador negro y su piel pálida, casi luminosa en la penumbra de la celda. Los tatuajes se dibujaban sobre ella como un mapa secreto.
Elisa tragó saliva. Era consciente de que debía apartarse, decir algo, romper esa línea. Pero sus manos parecían moverse por instinto, rozando la cintura de Alba. Y sin pensarlo, se inclinó hacia delante.
El primer beso fue en el centro del vientre, apenas un roce de labios. Alba soltó una risa temblorosa, que se quebró en un pequeño gemido.
—Joder… —susurró, cerrando los ojos.
Elisa siguió, casi sin darse cuenta de que estaba haciéndolo, dejando besos suaves en la piel tersa de su abdomen, subiendo por las costillas. Alba se retorcía bajo ella, entre carcajadas ahogadas y respiraciones rápidas, su cuerpo tensándose y relajándose en una espiral de placer y cosquillas que la hacían morderse el labio.
—Así… sí… —jadeó Alba, con un hilo de voz que era más vulnerable de lo que Elisa había escuchado nunca.
No sabía en qué momento había dejado de pensar. Sólo sentía el calor de la piel de Alba bajo sus labios, el temblor de sus músculos cuando sus dedos la rozaban. Bajó otra vez hasta el vientre, dejando un beso más firme, y notó cómo Alba se arqueaba apenas un poco, una risa rota escapando de su garganta.
—Dios… concejala… —susurró, mezclando la burla con una respiración acelerada que la traicionaba.
Elisa deslizó las manos por sus costados, apretando suavemente al mismo tiempo que volvía a besar la línea de sus costillas. Alba soltó una carcajada ahogada que se convirtió en un gemido breve, y su mano se cerró en el hombro de Elisa como buscando anclarse.
—No pares… —pidió, casi sin voz.
Elisa levantó la vista y la encontró con los ojos medio cerrados, los labios entreabiertos. Sintió un impulso que no entendía. Sus dedos se movieron con más decisión, buscando los puntos más sensibles de la piel de Alba, mientras su boca seguía dejando besos que eran caricias y cosquillas al mismo tiempo.
Alba se mordía la risa, dejándola escapar en forma de jadeos que llenaban el espacio cerrado de la celda. Su risa ya no eran aquellos gritos salvajes que Elisa oyó cuando le hicieron cosquillas la primera vez que la vio. Ahora se retorcía bajo ella, sujeta a la sábana, con el cuerpo tenso y rendido a la vez.
—Joder… —soltó entre carcajadas que ya sonaban casi como un sollozo de placer—. Eres mejor de lo que imaginaba…
Elisa no respondió. Sentía que si decía algo, rompería el hechizo extraño que estaba envolviendo todo. Sólo siguió, con las manos, con los labios, dejándose arrastrar por esa sensación prohibida que crecía entre ambas.
Elisa deslizó los labios más arriba, rozando el borde del sujetador mientras sus dedos recorrían las costillas con una precisión que arrancaba de Alba una mezcla de risas entrecortadas y gemidos contenidos.
—Ah… mierda… —Alba dejó caer la cabeza hacia atrás, los músculos de su abdomen contrayéndose bajo cada caricia—. Sigue…
La propia Elisa no sabía qué la impulsaba: si el poder de ver a Alba quebrarse bajo sus manos o el vértigo de sentir cómo algo dentro de ella se rompía y se abría al mismo tiempo. Su boca subió hasta el lateral del pecho, apenas un roce que hizo que Alba soltara una carcajada corta seguida de un jadeo.
—Concejala… —murmuró, con una voz ronca que sonaba casi vulnerable—. Me vas a volver loca, me cago en Dios.
Elisa hundió los dedos en la cintura de Alba, recordando otro punto sensible. La reacción fue inmediata: Alba se arqueó, riendo con fuerza, intentando atraparle las muñecas sin convicción. Entre la risa rota, un gemido bajo vibró en el aire, y esa mezcla hizo que a Elisa se le encendiera algo muy profundo, un fuego extraño que le subía desde el estómago hasta la garganta.
Se inclinó más, besando su piel pálida, y sin pensar tiró suavemente del elástico del sujetador hacia abajo, apenas un centímetro. Alba soltó un suspiro tembloroso y dejó que ocurriera, sin apartar la mirada de ella.
—Joder… —dijo Alba, con la voz rota de tanto reír—. Vas a matarme…
Elisa sonrió apenas, sintiendo una oleada de calor recorrerle la espalda. Sus dedos continuaron explorando cada rincón de la cintura de Alba, encontrando nuevos puntos que la hacían estremecerse. Cada carcajada de Alba iba acompañada de un suspiro, cada estremecimiento de un gemido breve que le erizaba la piel a Elisa.
Se inclinó de nuevo, dejando un beso húmedo justo debajo del ombligo. Alba dejó escapar un ruido que estaba a medio camino entre un gruñido y una risa.
—Concejala… —jadeó, intentando recuperar la voz—. Si esto es tu manera de decir que no me quieres besar… lo estás haciendo muy mal.
Elisa levantó la vista, encontrándose con esos ojos encendidos que la miraban con una mezcla de desafío y vulnerabilidad. Sintió que el mundo se hacía estrecho, reducido al colchón, a las respiraciones agitadas y al contacto de sus manos sobre aquella suave piel lechosa.
Sus labios volvieron a subir, pero se detuvieron justo antes de cruzar la línea que separaba el juego de algo más. La tensión era casi insoportable, un hilo invisible que las mantenía suspendidas entre la risa, el deseo y el miedo de lo que estaban a punto de romper si seguían.
Elisa sintió que la tensión le quemaba la piel, como si no hubiera suficiente aire en la celda para respirar. Sin pensarlo demasiado, llevó las manos a los botones de su blusa beige y los desabrochó uno a uno. Cuando la prenda cayó, el silencio se volvió espeso. Las dos estaban ahora con el torso desnudo, sus respiraciones mezclándose en el pequeño espacio de la litera.
Los ojos de Alba bajaron, se detuvieron en ella y subieron de nuevo a su rostro. Sonrió con picardía.
—Mira tú… la concejala fachilla no es tan recatada como parece —susurró, dejando que la yema de sus dedos rozara el costado de Elisa.
Elisa dio un respingo involuntario. La risa nerviosa se le escapó de golpe, y Alba aprovechó el sonido para deslizar la mano más arriba, buscando el borde de sus costillas. El contacto era suave, casi reverente, pero la hizo arquearse con otra risa corta que se mezcló con un jadeo.
—Ah, ¿pero a ti no te gustaban las cosquillas? —Alba reía bajo, disfrutando de verla perder el control.
Elisa no pudo responder. Instintivamente, sus propias manos volvieron al cuerpo de Alba, encontrando la piel del vientre, dejando caricias que eran cosquillas y besos que arrancaban carcajadas entrecortadas.
Alba bajó la cabeza, mordiendo suavemente el cuello de Elisa mientras seguía haciendo trazos ligeros con las uñas en su cintura. Elisa rió más fuerte, intentando apartarse, pero el movimiento sólo las acercó más, pecho contra pecho, piel contra piel.
—Joder… —murmuró Elisa entre risas y respiraciones rápidas, sin saber si pedía que parara o que siguiera.
El sonido de ambas, la mezcla de risas, jadeos y el roce de sus cuerpos, llenó la celda como una marea creciente.
Las manos de Elisa ya no temblaban; se movían con decisión sobre la piel de Alba, explorando cada rincón de su cintura y sus costados mientras sus labios dejaban un rastro húmedo sobre su vientre. Alba se retorcía bajo ella, su risa quebrada llenando la celda, mezclándose con gemidos que sonaban cada vez más urgentes.
—¡Elisa…! —soltó entre carcajadas y jadeos, intentando atraparle las muñecas y fallando a propósito—. Vas a… ah…
Elisa sintió que algo en su interior se soltaba. Cada reacción de Alba era como una chispa, y el sonido de su risa rota bajo sus labios se mezclaba con el calor de la piel, con la electricidad que les recorría a ambas. Se inclinó más, pegando su cuerpo al de Alba mientras sus dedos encontraban el punto exacto en las costillas.
Alba lanzó un grito que era mitad carcajada y mitad gemido. Se arqueó bajo ella, la espalda curvada, los ojos cerrados mientras la risa le cortaba la respiración.
—¡Dios… sigue… sigue…! —jadeó entre risas, la voz rota.
Las cosquillas se convirtieron en caricias sin perder el juego, en una danza de dedos que arrancaban nuevas risas entrecortadas y respiraciones cada vez más rápidas. El clímax llegó como una ola: no fue un gemido puro, sino una carcajada que se quebró, que se transformó en un sonido ahogado mientras Alba se aferraba al colchón y a los brazos de Elisa como si se le escapara el suelo.
Elisa cayó sobre ella, las dos jadeando y riendo al mismo tiempo, un caos de piel húmeda y respiraciones entrecortadas. El eco de sus risas todavía flotaba en la celda, mezclado con un silencio espeso que las envolvía.
Alba abrió los ojos primero, con una sonrisa desordenada en los labios.
—Concejala… —susurró, todavía sin aliento—. Esto sí que no me lo esperaba.
Elisa no dijo nada. Sólo se quedó ahí, sintiendo el pulso acelerado de Alba bajo su piel, y preguntándose qué demonios acababa de hacer.
Alba se vistió y, antes de abandonar la estancia, pellizcó el costado desnudo de Elisa, que salió de su ensimismamiento de un salto.
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Elisa se sentó en el borde de su litera, mirando la pared desconchada. Se levantó, salió y cerró la puerta de su celda con un clic suave. El pasillo estaba frío y silencioso. Se pasó la lengua por los labios todavía temblorosos, como si el sabor de Alba siguiera ahí, pegado a su piel.
Ahora no podía pensar en eso. Se ajustó la camiseta beige, respiró hondo y comenzó a caminar. Le esperaba otra tarde demasiado intensa.
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