LA CONDENA - Episodio 9: Rebecca (parte I)


Dejó la bandeja en el carrito de recogida, aún con el estómago revuelto. Desde que había vuelto del permiso, a Elisa la comida le sabía a cartón. Aún así, había hecho el esfuerzo de sentarse en el comedor, por dar señales de normalidad.

Se estaba ajustando la goma del pelo cuando sintió que alguien se le acercaba por detrás.

—Oye… —la voz baja y juguetona de Kiara, casi un susurro, la hizo girarse—. Tenemos a la nueva.

Elisa ladeó la cabeza, medio sonriendo.
Kiara se cruzó de brazos, echando un vistazo rápido a su alrededor antes de hablar.

—Es argentina. Se llama Rebecca. Acabo de estar un rato con ella en el patio.

Elisa entornó los ojos, sin entender a qué venía tanto misterio.

—¿Y?

—Que es rara. Un poco en su mundo. Callada, con ese aire como… no sé, de que no termina de ubicarse. —Kiara se encogió de hombros— Y luego está su edad. Tiene apenas 19. Ni idea de porqué la han encerrado, pero siendo tan joven, no te encierran si no has hecho algo gordo.

¿Tú crees? —preguntó Elisa.

Kiara sonrió de medio lado.

—Pero bueno, en la Hermandad no nos juzgamos. Además, tiene muchas cosquillas.

Elisa la miró, ahora sí, con más atención.

—¿Sí?

—Sí. La he probado, ya sabes, en plan disimulado. Un toquecito en el costado, y ha pegado un respingo que casi se le cae la botella de agua. —Kiara bajó la voz, divertida— Y lo mejor: cuando le he soltado lo de que hay un grupito aquí con "dinámicas de iniciación", no ha puesto pegas. Dice que le da vergüenza, pero que, bueno, que podría probar.
.
Elisa arqueó una ceja, apenas un poco.

—Vaya. Qué fácil.

—Las nuevas sois así… al principio. Queréis encajar —respondió Kiara, como si fuera toda una experta en perfiles.

Justo en ese momento, Rebecca cruzó el comedor, caminando rápido, abrazada a una carpeta de plástico transparente donde llevaba algunos papeles del módulo.

Kiara sonrió como si fuera una cazadora viendo pasar a su presa.

—Mira, ahí va. Ven, te la presento.

Sin esperar respuesta, Kiara avanzó dos pasos y llamó su atención:

—¡Eh! Rebecca, ven un segundo.

La chica se detuvo, parpadeando con un gesto confundido, como si no supiera si se referían a ella. Al final, dio media vuelta y se acercó despacio.

—Rebecca… —dijo Kiara con tono casual— Esta es Elisa. Una muy buena amiga. 

Rebecca levantó la mirada. Tenía los ojos de un marrón muy oscuro y enigmático, y un rostro que parecía todavía no haberse acostumbrado a aquel lugar. Su acento argentino era suave, casi arrastrado.

—Hola… —dijo con una voz angelical y una sonrisa tímida— Encantada.

Elisa respondió con un simple gesto de cabeza y una media sonrisa. Había algo… distinto en la chica. Algo que no sabía si era simple timidez o esa especie de torpeza que tienen algunas al llegar. Pero si timidez le pareció agradable.
—Encantada,  Rebecca —murmuró Elisa de vuelta, con una sonrisa amistosa.

Después se hizo un silencio que Kiara rompió de inmediato dándole a Rebecca un golpecito amistoso cerca de las costillas.

—Luego hablamos, ¿vale? —dijo con tono ligero.

Rebecca se arqueó, soltó una risita nerviosa y se fue.

Cuando ya estuvo lejos, Kiara giró hacia Elisa con una mirada satisfecha.

—Diputada, esta tarde puede ser divertida.

Elisa no dijo nada. Solo dejó escapar una risita cómplice. 

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Por la tarde, Elisa revisaba por última vez el cajón de su mesa, como si buscara algo que sabía que no iba a encontrar. 

Kiara apareció en la puerta, con esa media sonrisa que le salía siempre que la pillaba distraída.

—¿Dónde vas, eh? —preguntó, con una sonrisa traviesa.

—Al tablón. Quiero mirar si han puesto ya lo de las visitas —contestó Elisa.

Kiara se apoyó en el marco de la puerta, cruzando los brazos.

—¿Ahora? Si estamos a punto de empezar…

Elisa ladeó la cabeza, sonriendo.

—No tardo. Voy directa luego a la celda de la Gitana. Lo prometo.

Kiara, como siempre, decidió que una simple respuesta no era suficiente. Se acercó en un par de pasos rápidos, la rodeó por detrás y le hizo un par de cosquillas rápidas en los costados.

—¡No me hagas esperar mucho! —dijo entre risas, aprovechando para besarle el cuello con descaro.

Elisa soltó una carcajada breve, intentando zafarse, pero sin demasiada fuerza.

—¡Para ya! —protestó, todavía sonriendo— Que no tardo, lo prometo. 

Kiara la miró con gesto pícaro, sin soltarla del todo.

—Vale… pero prométeme que no te escaqueas.

—Prometido —dijo Elisa, dándole un leve empujón para que la dejara salir.

Kiara se quedó en la puerta, observándola mientras se alejaba por el pasillo.

—Voy a buscar a Rebecca —anunció, más para sí misma que para Elisa—. La recojo en la puerta de su celda y la llevo directa.

Elisa alzó una mano a modo de despedida sin girarse.

—Nos vemos allí.

Con el corazón un poco más ligero y una sonrisa todavía en la boca, Elisa se dirigió hacia el tablón de anuncios.

Al pasar frente al salón común, donde algunas internas veían la televisión, el sonido del telediario le llegó de fondo. No le habría prestado atención de no ser por unas palabras que, sin saber cómo, captaron su oído de inmediato: "Residencia de mayores Santa Aurora".

Se detuvo en seco, aún sin entender por qué.

La voz de la presentadora llenó el salón con ese tono neutro y firme que tienen en los informativos.

—La joven auxiliar de enfermería Rebecca Santoro, de 19 años y nacionalidad argentina, permanece en prisión preventiva tras su detención el pasado lunes como principal sospechosa del envenenamiento masivo ocurrido en la Residencia de Mayores Santa Aurora.

Elisa giró lentamente la cabeza hacia la pantalla.

En la esquina inferior derecha, bajo un rótulo que decía "Tragedia en la residencia", apareció una foto de ficha policial. Una imagen reciente. Era la cara de Rebecca. Con el pelo recogido de cualquier manera, ojeras marcadas, la misma mirada huidiza pero con un brillo frío, casi vacío. La misma chica con la que acababa de hablar en el comedor.

La presentadora continuó, mientras en pantalla mostraban imágenes de la fachada de la residencia y de ambulancias saliendo a toda velocidad.

—Según fuentes policiales, Santoro habría manipulado alimentos y bebidas durante su turno nocturno, utilizando una combinación de sedantes y productos químicos corrosivos. La intoxicación provocó la muerte de seis residentes y dejó a otros doce en estado crítico. La investigación sigue abierta, mientras la joven se enfrenta a cargos de homicidio múltiple y delitos contra la salud pública. Su comparecencia ante el juez instructor está prevista para la próxima semana.

Un murmullo recorrió el salón. Algunas internas empezaron a cuchichear, otras se limitaron a mirar la pantalla en silencio.

Elisa seguía inmóvil. No escuchaba ya el resto. Sólo veía esa foto. La misma cara que apenas hacía unas horas le había sonreído con timidez.

Sintió un vuelco en el estómago. Una presión en el pecho. Una mezcla de incredulidad y una punzada de rabia contenida.

Sin decir palabra, dio media vuelta y siguió su camino por el pasillo.

Paso firme. Mirada al frente. Sin girarse.

Sólo un pensamiento resonando en su cabeza mientras avanzaba hacia la celda donde Rebecca la esperaba atada y confiada:

"La asesina de mi madre…"

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Elisa llegó a la puerta de la celda de la Gitana con el pulso acelerado. En su mente se seguía repitiendo en bucle la imagen de la televisión, la foto de ficha policial… y el nombre: Rebecca Santoro.

Respiró hondo antes de entrar.

Al abrir la puerta, encontró justo la estampa que se había imaginado:

Rebecca estaba atada en forma de equis, en la vieja cama de matrimonio que ocupaba el centro de la celda. Llevaba solo su ropa interior, una braguita de algodón gris y un sujetador sencillo, sin aros. Tenía los brazos estirados hacia arriba, sujetos a las esquinas del cabezal, y los tobillos firmemente inmovilizados en los extremos de la parte baja del somier. La piel blanca resaltaba contra las sábanas oscuras.

Su rostro, casi angelical, proyectaba vergüenza y risa nerviosa por lo que se avecinaba.

Kiara y la Gitana estaban de pie a los lados de la cama, charlando en voz baja y preparándose para empezar.

Kiara fue la primera en notar su presencia.

—¡Eh! Ya estás aquí… —le dijo con una sonrisa. Pero al verla, su expresión cambió—. ¿Estás bien?

La Gitana se giró también. Frunció el ceño.

—Chiquilla… tienes mala cara. ¿Te ha pasado algo?

Elisa negó con la cabeza. Su voz salió seca, sin matices.

—Nada. Estoy bien. Podemos empezar.

Las dos se miraron entre ellas, pero no insistieron. Kiara encogió los hombros, tratando de no darle importancia. La Gitana, sin embargo, la observó un segundo más, como si no terminara de creérselo.

Elisa no apartó la vista de Rebecca. La chica mantenía una expresión tensa, pero no parecía realmente asustada. Sólo incómoda… como cualquiera en su situación.

—Bueno… vamos a ver qué tenemos aquí —dijo la Gitana, acercándose al cabezal de la cama.

Sin perder tiempo, deslizó sus manos directamente a las axilas de Rebecca. Primero un toque suave, como tanteando. Después, más decidida, empezó a mover los dedos de forma rítmica y rápida.

Rebecca soltó una risa súbita y aguda, como un disparo.

—¡Ah! ¡Pará! ¡Ay… jaja… no! —protestó, retorciéndose todo lo que le permitían las cuerdas.

Kiara rió, divertida.

—¡Pero si acabamos de empezar!

La Gitana siguió unos segundos más, alternando entre caricias y ataques más intensos. Rebecca se encogía, luchando por cerrar los brazos sin éxito, las risas escapándosele a trompicones.

—¡Ay, por Dios…! ¡Jajaja… no ahí… no más! —decía, con su acento argentino arrastrando las palabras entre jadeos.

Kiara no tardó en ocupar su sitio a los pies de la cama. Se agachó, le agarró ambos tobillos con una mano y con la otra empezó a recorrerle las plantas de los pies con movimientos rápidos y precisos.

El grito de Rebecca fue inmediato, más alto, más desesperado.

—¡NO! ¡NO! ¡JAJAJA! ¡PARÁ! ¡LOS PIES NO! ¡JAJAJAJ…!

Las carcajadas de la chica llenaron la celda. Golpeaba la cama con la espalda, intentando liberarse, pero no tenía opción. Kiara apretaba fuerte, disfrutando como siempre, entretenida con cada reacción.

La Gitana miró la escena con una sonrisa de satisfacción.

—Pobrecita… —comentó en tono burlón—. Parece que tiene el punto débil muy claro.

—¡Mucho! —rió Kiara, sin dejar de hacerle cosquillas—. ¡Le va a dar algo!

Rebecca seguía suplicando entre jadeos y grititos.

—¡Por favor… por favor… ya…! ¡Basta… no más…!

Elisa apenas oía el bullicio. Sólo podía ver la cara de la joven. El rostro que había visto en la televisión. Esa boca estrecha. Esa expresión angelical. Esos ojos oscuros.

Algo dentro de ella se tensó.

Se acercó a la cama, sin decir nada.

La Gitana y Kiara la miraron, sorprendidas por el silencio.

—Venga, Elisa, tu turno —la animó Kiara, todavía sonriendo.

Elisa no respondió. Se colocó al lado del cuerpo de Rebecca, cerca de la cintura. Sin mediar palabra, empezó a mover los dedos con fuerza. Sin ritmo. Sin tacto. No estaba jugando.

Las primeras reacciones de Rebecca fueron igual de explosivas que antes: gritos, carcajadas entrecortadas, súplicas atropelladas.

—¡NO! ¡NO, AHI NO…! ¡JAJAJA! ¡ME MUERO! ¡BASTA…!

Pero Elisa no paró. Siguió. Más rápido. Más intenso. Sin espacio para que la chica respirara. La presión de sus manos aumentó hasta hacer que Rebecca se revolviera como si llevara al demonio dentro.

—¡Elisa…! —dijo Kiara en voz baja, empezando a notar algo raro.

La Gitana dejó de moverse, ladeó la cabeza y la observó en silencio.

Rebecca estaba jadeando ya entre carcajadas ahogadas, con la cara enrojecida, apenas capaz de gritar.

Elisa seguía. Los dedos enterrándose en sus costados. Una y otra vez. Más fuerte.

Kiara se acercó, tocándole el brazo.

—Eh… Eh… para un segundo.

Nada.

La Gitana fue más directa. Le puso la mano en el hombro con firmeza, pero sin brusquedad.

—Ya está. Basta. Suelta.

Elisa detuvo las manos, pero las dejó quietas un segundo más, como si le costara soltar el cuerpo de Rebecca. Luego, finalmente, se retiró unos pasos hacia atrás.

Kiara la miró, preocupada.

—¿Qué pasa contigo? ¿Estás bien?

Elisa tragó saliva. La garganta le ardía.

—Sí… sí. Todo bien.

La Gitana no le quitaba ojo. La miraba como si supiera que eso no era cierto.

—Pues no lo parece, chiquilla.

Elisa respiró hondo, hizo un esfuerzo casi doloroso por sonreír y añadió:

—De verdad. Quiero seguir.

Las dos la miraron en silencio.

La Gitana intercambió una mirada rápida con Kiara. Ninguna de las dos era ajena a los altibajos emocionales que traía la vida en prisión, pero lo que acababan de ver… no era normal. No en Elisa.

Kiara fue la primera en intentar aligerar el ambiente.

—Vale… pero con calma, ¿eh? —dijo frotando el brazo de Elisa, con una sonrisa que no le salió del todo natural—. Que esto era para que se riera un rato… no para matarla de un susto.

La Gitana, por su parte, hizo un gesto con la mano, como si diera por zanjado el asunto por ahora.

—De momento vamos a dejarla respirar un poco… —murmuró, mirando a Rebecca, que seguía tumbada, jadeando, con el pecho subiendo y bajando de forma descontrolada, todavía con restos de risa en la garganta.

Rebecca giró la cabeza hacia un lado, buscando aire como podía. La piel le ardía, el pelo se le había pegado a la frente. Su voz salió temblorosa y con el acento más marcado que nunca.

—Chicas… en serio… yo estoy bien. No importa. Soy muy cosquillosas, eso es todo.

—Ahora me toca otra vez… —anunció Kiara—. A ver si consigo que grites más que antes.

Rebecca, aún con el rostro enrojecido y las mejillas húmedas de sudor y lágrimas, sonrió con esa mezcla de cansancio y vergüenza que tenían todas después de una primera sesión.

—Ay… por favor… —murmuró entre jadeos, con su voz rasgada y ese acento argentino arrastrado que parecía acentuar su vulnerabilidad—. Me van a matar ustedes…

Kiara empezó de nuevo a recorrerle las plantas de los pies, sin tanta fuerza como antes, pero lo justo para provocarle otro estallido de carcajadas.

—¡Noooo… jajajajaja! ¡Basta! ¡Me muero! —gritaba la chica, moviendo las piernas como podía dentro de las ataduras.

La Gitana, por su parte, regresó a las axilas, jugando con las uñas, y arrancando más espasmos de risa nerviosa.

Elisa las observaba en silencio unos segundos más… hasta que sin pedir permiso, se inclinó de nuevo sobre Rebecca, atacando otra vez su cintura. Todas habían vuelto a sus posiciones.

Los dedos de Elisa no tenían el ritmo juguetón que Kiara y la Gitana usaban. Iban rápidos, bruscos, como si su único objetivo fuera quebrarla. Hundía las manos, apretando, retorciendo los dedos en cada costado.

Rebecca se arqueó como un resorte.

—¡NO! ¡NOO! ¡JAJAJAJAJA…! ¡Basta… basta, por favor… no más…!

Kiara soltó una carcajada, al principio divertida, siguiendo la corriente.

—¡Madre mía, Elisa! ¡Si al final te vas a volver la peor de todas!

La Gitana también sonreía, pero con cierta prudencia, observando de reojo el gesto de Elisa.

Pasaron unos segundos más. Elisa no paraba. Kiara intentó suavizar el momento acariciando los pies, esta vez con toques todavía más suaves.

—Venga… vamos a turnarnos… —dijo—. Si no, la pobre va a explotar.

Pero Elisa no reaccionó. Siguió en la cintura, subiendo ahora hacia las costillas, volviendo a bajar, sin dar tregua. El sudor ya corría por el cuerpo de Rebecca, que apenas podía respirar entre ataques de risa y sollozos.

La Gitana, que había dejado las axilas para no saturarla, se fue a las ingles, donde sabía que cualquier roce provocaba espasmos involuntarios. La punta de sus dedos apenas rozó la piel, pero el efecto fue inmediato.

—¡AAAAHH…! ¡JAJAJAJAJAJA! ¡NO! ¡NO… MÁS…!

Elisa no paraba. Apretaba la cintura como si quisiera hundir los dedos dentro. Subía y bajaba, arañando con las uñas, cambiando de costado a costado sin ritmo ni control.

Rebecca ya no pedía que parasen. Solo lloraba de risa, mezclando gritos con sollozos y respiraciones a medias.

Kiara empezó a frenar. Sus movimientos se hicieron más suaves, más lentos. La Gitana también bajó el ritmo. Pero Elisa seguía igual. Como si no escuchara nada. Como si estuviera en otro sitio.

Kiara la miró de reojo.

—Eh… —intentó, con una voz que ya no sonaba divertida—. Elisa...

Nada.

La Gitana dejó de tocar a Rebecca y se incorporó lentamente, observando a Elisa desde arriba.

Kiara también retiró las manos y dio un paso atrás. Se cruzó de brazos, frunciendo el ceño.

Elisa seguía atacando las costillas de la chica con una insistencia casi obsesiva, como si cada segundo fuera una descarga de rabia contenida.

—Ya basta, Elisa.

La Gitana le sujetó la muñeca con firmeza, pero Elisa apenas pareció notarlo. Con un tirón seco, se liberó de su agarre.

Antes de que nadie pudiera reaccionar, rodeó la cama por la parte del cabezal y se colocó justo detrás de la cabeza de Rebecca. La mirada de Elisa estaba fija, dura, como si ya no viera a Kiara ni a la Gitana. Sólo a ella. Sólo a Rebecca.

Con ambas manos, sin previo aviso, hundió los dedos en las axilas de la chica. Movimientos rápidos, profundos, sin tregua. Rebecca soltó un chillido estrangulado que se convirtió enseguida en una carcajada rota.

—¡AAAAH…! ¡JAJAJAJA… NO… NOOO…!

La muchacha arqueó la espalda, luchando por cerrar los brazos, pero las ataduras la mantenían completamente expuesta. Las carcajadas le salían a borbotones, mezcladas con jadeos, llantos y súplicas ininteligibles.

Kiara, todavía de pie junto a los pies de la cama, la observaba con los ojos muy abiertos. La Gitana dio un paso hacia adelante, pero se detuvo al ver el temblor que recorría el cuerpo de Elisa.

Elisa bajó de las axilas a las costillas. La presión de sus dedos era casi salvaje. Escarbaba entre las costillas como si quisiera deshacerle el cuerpo por dentro. Rebecca gritaba de risa, de agotamiento, de desesperación.

—¡BASTA… JAJAJA… POR FAVOR…! ¡ME VOY A MORIR…!

Elisa no escuchaba. Sus movimientos eran frenéticos, torpes, rabiosos. Sus propios ojos estaban húmedos. Su respiración, descontrolada.

La Gitana abrió la boca para volver a detenerla… pero entonces Elisa se inclinó, bajó la cabeza hasta acercar los labios al oído sudoroso de Rebecca y, con un hilo de voz ronco pero perfectamente audible, susurró:

—Rebecca Santoro… has salido hace un ratito por la tele…

Las manos de Elisa no dejaron de moverse mientras hablaba. Siguió horadando entre las costillas de la chica, sin pausa.

—¿Sabes quién soy? —continuó, con una sonrisa amarga que apenas le temblaba en los labios—. Soy la hija de María Jesús Pradas… una de las mujeres a las que has asesinado en Santa Aurora.

El silencio que siguió fue abrupto y absoluto, solo roto por las carcajadas entrecortadas de Rebecca.

Kiara se llevó ambas manos a la boca, retrocediendo un paso como si acabara de recibir un golpe.

—No… —murmuró, en shock—. No puede ser.

La Gitana, que hasta entonces había permanecido quieta, avanzó dos pasos de golpe.

—¡¿Es cierto eso?! —preguntó, alzando la voz hacia Elisa—. ¡Dime que no es cierto!

Elisa siguió haciéndole cosquillas al cuerpo menudo de Rebecca, pero su respiración ya era puro temblor.

Rebecca, por su parte, abrió los ojos de golpe, son dejar de revolverse. Su rostro enrojecido, cubierto de sudor, mostraba por primera vez algo que no era risa ni agotamiento: una mezcla de sorpresa, incredulidad… y una pizca de inquietud real. 

—¿Qué decís? —balbuceó entre jadeos, tratando de controlarse—. Yo… yo no sé de qué está hablando esta tarada. Soltame.

La Gitana se giró hacia Kiara, como si necesitara una confirmación, como si de repente la celda entera se hubiera llenado de una tensión imposible de cortar.

Kiara seguía en el sitio, pálida, con las manos aún cubriéndose la boca.

Elisa, sin apartar las manos de la chica, cerró los ojos un segundo, como si estuviera al borde de derrumbarse, pero aún así… no soltó a Rebecca. No dejó de hacerle cosquillas. Sin dejar de saltar de una costilla a otra. 

Rebecca soltó una carcajada nerviosa, con la voz ya rota.

—¡No… jajaja… por favor…! ¡Basta…!

La risa le salía a medias, como si ya no supiera si debía reírse o llorar.

—¡Jajaja… no más…! ¡No…!

Elisa apenas la escuchaba. Movía los dedos arriba y abajo, volviendo a las axilas un momento, luego a la cintura. La mente en blanco. El cuerpo funcionando solo.

Kiara y la Gitana la miraban desde el otro lado de la cama, cada vez más preocupadas, pero por un instante… ninguna de las dos supo qué decir ni cómo parar lo que estaban viendo.

Sólo el sonido ahogado de las risas asfixiadas de Rebecca llenaba la celda. Una risa que ya no tenía nada de juego.

Las cortinas marrones que cubrían la entrada de la celda se apartaron de golpe, como si un viento furioso las hubiese atravesado.

Alba y Carlota irrumpieron dentro, las dos con la respiración agitada y el rostro desencajado.

—¡Elisa! —llamó Alba, con la voz aún cargada de adrenalina.

—¡La hemos estado buscando por todo el módulo! —añadió Carlota, con su voz grave y los ojos fijos en ella.

Elisa, que seguía inclinada sobre Rebecca, detuvo las manos al instante, como si el sonido de sus voces la despertara de un trance. Se giró lentamente, aún con la expresión perdida.

Kiara y la Gitana, que ya estaban a medio camino entre intervenir o dejarla, se acercaron rápidamente a las recién llegadas.

La Gitana fue directa.

—¿Es cierto? —preguntó con un hilo de voz ronca, como si le costara creerlo—. ¿Es ella?

Alba asintió de inmediato, sin dudar.

—Sí. La acabamos de ver en las noticias. Salía la foto. El nombre. Todo.

Carlota dio un paso al frente, con la mandíbula tensa.

—La madre de Elisa estaba en la residencia… —dijo—. Una de las muertas.

El silencio en la celda fue tan denso que apenas se oía la respiración agitada de Rebecca, todavía atada y temblando.

La Gitana no necesitó más. No le hacían falta más pruebas. No en ese momento. No con Elisa en ese estado.

Se volvió hacia Alba y Carlota con decisión.

—Os necesito aquí —dijo, con un tono que no dejaba lugar a dudas—. Y traed también a Lidija. Ahora.

Carlota asintió sin preguntar nada más. Alba le lanzó una última mirada preocupada a Elisa antes de salir corriendo tras su novia.

Kiara, aún sin moverse del sitio, miró a la Gitana buscando instrucciones.

La Gitana respiró hondo, como si fuera a cargar todo el peso de lo que venía encima.

—No vamos a dejarla sola en esto.

Y fue entonces cuando, por primera vez desde que había entrado en la celda, Elisa rompió a llorar.

Kiara fue la primera en acercarse. Se agachó junto a Elisa, la rodeó con los brazos y la atrajo hacia su pecho con fuerza.

—Eh… tranquila… —susurró—. Estamos contigo…

Elisa cerró los ojos, apretando los labios para no romperse del todo. Le temblaban los hombros. Pero no dijo nada.

La Gitana se inclinó hacia ella, le pasó una mano por la nuca y le habló al oído, con una voz grave y segura, la que usaba en los momentos que de verdad importaban.

—No te preocupes, hija… —dijo, sin suavizar ni una palabra—. A esa zorra la vamos a torturar como se merece.

Elisa asintió.

—Eso sí, habrá que soltarla en algún momento—. Dijo la Gitana. —Si esto ha sido un error, a estas alturas el director de la prisión ya sabrá que han encerrado a una asesina con la hija de una de sus víctimas. No tardarán en buscarla para llevársela. 

—Pues hay que darse prisa— exclamó Kiara. — Y tú, Elisa, es mejor que te vengas conmigo a descansar.

—Ni hablar. Voy a torturarla hasta que ya no pueda más.

Elisa lo tenía decidido, quería matar a esa chica de risa.






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