LA CONDENA - Episodio 14: Tamy


La Gitana estaba sentada en la silla más cercana a la puerta, el cuerpo relajado pero con esa mirada que no dejaba dudas: nada de lo que pasara allí escaparía a su control. A su lado, Alba apoyaba la espalda contra la pared, los brazos tatuados cruzados y su característica sonrisa torcida.

Carlota estaba de pie, con su imponente figura, las manos en los bolsillos, los ojos fijos en la puerta como si pudiera atravesarla. Kiara se movía de un lado a otro, inquieta.

Lidija no decía nada. Estaba en la esquina más oscura, sentada con las piernas abiertas, el cuerpo inclinado hacia delante y las manos entrelazadas. Parecía una estatua de hielo.

Y Elisa llevaba de nuevo el pasamontañas. El corazón le latía tan fuerte que podía oírlo bajo la tela. Sentía el sudor en la frente, las manos húmedas contra el tejido de los pantalones. El anonimato de la máscara le daba una seguridad extraña, como si hubiera dejado de ser ella misma en cuanto se la puso.

El ruido de pasos en el pasillo hizo que todas contuvieran la respiración.

La Gitana giró la cabeza hacia la puerta y habló como si ya supiera el desenlace:

—Ahí vienen.

La celda  estaba en penumbra, con las luces justas para que las sombras parecieran más densas de lo normal. Alba, Carlota, Kiara, Lidija y Elisa —oculta tras el pasamontañas— aguardaban en silencio junto a la Gitana. El ambiente tenía ese peso previo a una tormenta: tenso, cargado, expectante.

Un golpe de nudillos en la puerta.
—Adelante —dijo la Gitana con voz grave.

Primero apareció Sandra, altiva y con una media sonrisa que quería parecer segura. Detrás, Tamy, chicle en boca y gesto burlón, echando un vistazo rápido a todas. Por último, Loba asomó la cabeza con evidente desconfianza. El recuerdo de la paliza que le había dejado la mandíbula rota todavía la mantenía a raya. Entró despacio, con el cuerpo tenso, como quien pisa un terreno minado.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó Sandra, midiendo a cada una con la mirada.

—Nada que no quieras —replicó la Gitana, apartándose para dejarles paso.

Las tres neonazis cruzaron el umbral, pero apenas lo hicieron, Violeta, desde dentro, cerró la puerta con un golpe seco y giró la rueda del pestillo. El chasquido metálico resonó como una sentencia.

Las miradas se cruzaron y, antes de que ninguna pudiera reaccionar, las internas de la Hermandad se abalanzaron sobre ellas. Alba y Carlota inmovilizaron a Loba con una coordinación fría; Kiara y Lidija sujetaron a Tamy entre risas heladas, mientras la Gitana y Elisa reducían a Sandra con fuerza.

Las tres quedaron retenidas, atrapadas entre manos firmes y rostros decididos. La celda, ahora cerrada, se sentía más pequeña, más sofocante. El silencio de antes había sido sustituido por respiraciones agitadas, gritos y murmullos que anunciaban lo que estaba por venir.

Los forcejeos duraron apenas unos segundos. La superioridad numérica y la coordinación de la Hermandad dejaron claro que las nazis no tenían escapatoria.
Enseguida, trozos de tela y cinta improvisada sirvieron de mordaza. Los sonidos de protesta quedaron reducidos a gemidos apagados. Con manos rápidas, las despojaron del uniforme beige hasta dejarlas en ropa interior, dejando sus pieles expuestas. 

—A la cama va la rubita —indicó Alba, señalando a Tamy con una sonrisa cargada de malicia.

Entre Lidija y Kiara la alzaron y la llevaron hasta la vieja cama de matrimonio de la Gitana, que crujía al mínimo movimiento. La colocaron en forma de equis, brazos y piernas bien estirados, y la aseguraron con correas y tiras de tela que parecían esperar ese momento desde hacía años.

Sandra y Loba, cada una en un extremo del suelo, quedaron tumbadas boca arriba, con las muñecas atadas a los tobillos para impedirles moverse. El metal del somier, la penumbra y el silencio solo roto por respiraciones rápidas hacían que el ambiente estuviera denso, casi eléctrico.

Alba dio un paso atrás, observando la escena con esa mezcla de calma y expectación que tenía antes de un juego. Carlota, de brazos cruzados, no apartaba la vista de Loba. La Gitana se acomodó en una silla junto a la pared, dejando claro que aquello no se haría con prisas

Tamy forcejeaba con todas sus fuerzas, haciendo que los nudos chirriaran contra el somier metálico. Los músculos tensos, la mirada desorbitada, intentaba liberarse a patadas, aunque estaba bien sujeta.

—¡Soltadme, hijas de puta! —alcanzó a gritar antes de que la mordaza ahogara sus palabras.

—¿Creías que ibas a ser tú quien mandase aquí, rubita? —susurró Lidija con su acento helado mientras se subía a la cama, con movimientos felinos.

Se inclinó sobre ella, sujetándole la barbilla un instante, casi con ternura, y luego dejó que la yema de sus dedos se deslizara lentamente por la piel húmeda de su axila expuesta.

La reacción fue inmediata: Tamy contrajo los músculos de la axila y el hombro como si hubiese recibido una descarga eléctrica. La cama crujió bajo sus movimientos violentos. De sus pulmones salió un grito ahogado que la mordaza convirtió en un rugido incomprensible.

—Vaya, vaya… parece que encontramos un punto sensible —rió Alba, que se acercó un poco más.

Lidija insistió, trazando eses suaves con sus uñas. Tamy empezó a retorcerse con furia, golpeando el somier con los talones, la mandíbula crispada en una mezcla de rabia y pánico. Sus intentos de liberarse eran casi convulsivos, y cada vez que Lidija variaba el ritmo, acercándose a las costillas, la reacción se volvía aún más descontrolada.

—Joder, se va a volver loca —murmuró Carlota, grave, aunque en sus labios se dibujaba una sonrisa fría.

La Hermandad rodeó lentamente la cama. Kiara bajó la mirada hacia las plantas de los pies de Tamy, que se agitaban frenéticas, como si intuyeran lo que estaba por venir. Sus pies eran grandes, acordes con su altura, de dedos alargados y piel anaranjada, que empezaba a palidecer por el centro.

Elisa, tras su pasamontañas, mantenía la respiración contenida, observando cómo la furia de la neonazi se transformaba en un espasmo tras otro, sin que pudiera evitarlo.

Pronto, una tras otra, las manos se fueron acercando hacia ella, sumando estímulos hasta hacerla enloquecer.

Tamy estaba fuera de sí. Cada vez que Lidija le rozaba las axilas, su cuerpo entero se sacudía como un animal atrapado. La cama chirriaba bajo los golpes de sus rodillas y pies, sus gritos amortiguados por la mordaza sonaban más a alaridos de rabia que a carcajadas.

Entonces, Alba dio un paso al frente.
—déjame a mí un momento.

Lidija le cedió sitio. Alba apoyó la rodilla en la cama, inclinándose con calma hasta posar la punta de sus dedos en las costillas marcadas de Tamy. Apenas un roce, como quien tantea la superficie del agua.

La reacción fue aún más brutal. Tamy intentó encogerse, pero las ataduras en forma de equis no le daban respiro. Su torso se arqueó, y de su garganta salió un sonido que mezclaba rabia y risa sofocada. Alba presionó un poco más, subiendo y bajando por la caja torácica, disfrutando de cómo el cuerpo de la neonazi temblaba bajo su control.

—Mira cómo se muerde la mordaza para no reírse —dijo la Gitana desde el rincón, con los brazos cruzados.

Cuando Alba se apartó, fue Carlota la que tomó el relevo sin pedir permiso. Con calma felina, se agachó al pie de la cama y atrapó un tobillo de Tamy. Sujetó fuerte con una mano y, con la otra, le recorrió la planta del pie con la uña.

Tamy se convulsionó. Intentó apartar el pie, pero Carlota lo inmovilizó con facilidad. Cada pasada lenta le arrancaba un grito más desesperado, sus músculos se tensaban y sus ojos, desorbitados, buscaban alguna salida imposible.

—Qué blandita eres ahora, ¿eh? —le susurró Carlota con una mueca de desprecio.

Después fue Kiara, que se colocó al otro lado de la cama. Al principio sólo apoyó sus uñas en la otra planta del pie, sin moverlas. La mera amenaza hizo que Tamy sacudiera la cabeza frenética, como suplicando. Y cuando finalmente empezó a rascar despacio, los espasmos se volvieron casi convulsivos.

Elisa, tras el pasamontañas, observaba la escena con el corazón latiendo desbocado. Cada turno subía la intensidad, cada nueva mano se sumaba a ese coro de risas sofocadas y gritos ahogados que llenaban la celda.

Y aún faltaba ella.

Elisa se acercó despacio. El pasamontañas le ocultaba el rostro, pero por dentro estaba ardiendo: la respiración entrecortada, el pulso acelerado. Miró a Tamy estirada sobre la cama, bañada en sudor, con las venas del cuello marcadas por la tensión.

Se inclinó sobre ella, dudó un instante, y luego deslizó ambas manos a la vez bajo las axilas expuestas de la neonazi. La reacción fue inmediata: un rugido ahogado, los brazos tirando con violencia de las correas, el pecho arqueándose como si quisiera despegarse de la cama.

Elisa presionó con los dedos, alternando cosquillas rápidas y repentinos pellizcos suaves, y lo que obtuvo fue una mezcla imposible de risas estranguladas y alaridos furiosos. Por un segundo, sus ojos se cruzaron: los de Tamy, llenos de odio y humillación; los de Elisa, oscuros tras el pasamontañas, con una intensidad que ella misma no sabía explicar.

Cuando se apartó, con las manos temblando, la Gitana tomó el relevo. Lo hizo sin prisa, con una calma peligrosa que contrastaba con el frenesí de las demás. Se subió a la cama y se sentó a horcajadas sobre el abdomen de Tamy, inmovilizándola aún más.

—Te creías dura, ¿no? —murmuró con desprecio, y entonces bajó las uñas por el vientre desnudo, lentas, dibujando trazos casi artísticos.

Tamy perdió lo poco de control que le quedaba. La mordaza apenas contenía un grito animal; sus ojos se llenaron de lágrimas de impotencia, y su cuerpo convulsionaba con cada caricia.

Fue en ese momento cuando, como si se tratara de una señal invisible, todas se sumaron. Alba retomó las costillas, Carlota y Kiara redoblaron el ataque en los pies, Lidija volvió a las axilas y Elisa se colocó en el costado. Una sinfonía de uñas, risas y gemidos ahogados explotó en la celda. La cama de hierro crujía, las ataduras se tensaban al máximo, y en medio de todo, Tamy parecía quebrarse entre carcajadas forzadas y espasmos de rabia.

Mientras tanto, en el suelo, Sandra y Loba no podían apartar la mirada. Atadas y amordazadas, se retorcían más de incredulidad que de incomodidad. Esperaban una paliza, huesos rotos, violencia seca. En cambio, lo que veían era una tortura tan absurda como devastadora: su compañera hecha un manojo de risas frenéticas, descompuesta, reducida a un muñeco tembloroso por un ejército de dedos despiadados.

Los ojos de Sandra ardían de furia contenida, pero también de miedo. Loba, en cambio, parecía petrificada: su ceño fruncido, la mandíbula tensa, y una mirada que oscilaba entre el desconcierto y el pánico.

Era una humillación total. Y lo peor, pensaban las dos, era que les llegaría el turno.


La escena se transformó en una coreografía siniestra. Cada miembro de la Hermandad parecía conocer el punto exacto donde infligir el máximo tormento: Lidija le mantenía clavadas las uñas en las axilas, implacable; Alba y Elisa la castigaban en las costillas y costados, como pianistas ensayando un dúo macabro; Kiara y Carlota se encargaban de las plantas de los pies, sujetándolas con fuerza mientras sus dedos bailaban crueles sobre la piel indefensa; y la Gitana, inclinada sobre un la neonazi, alternaba rápidas ráfagas de cosquillas en sus axilas con repentinas pausas que confundían a la prisionera. Esta última se dirigió a sus compañeras:

—Ahora… más rápido. No le deis respiro.

El resultado era un estrépito insoportable de carcajadas forzadas, golpes sordos de la cama contra el suelo y los chillidos ahogados de la neonazi. Tamy se agitaba con tal violencia que las correas se tensaban hasta rechinar, pero nada podía liberarla de aquel tormento sincronizado.

Sandra y Loba, amordazadas en el suelo, miraban con los ojos desorbitados. Lo que veían era inimaginable: su aliada, la más provocadora de las tres, convertida en una masa de risas histéricas y desesperadas. Loba respiraba con brusquedad, la cicatriz de su frente brillaba por el sudor; Sandra apretaba los puños tras la espalda, clavándose las uñas en las palmas, como si ese dolor pudiera distraerla de lo que estaba viendo.

De pronto, la Gitana detuvo el movimiento de sus uñas y tiró bruscamente de la mordaza de Tamy, arrancándosela de la boca. La rubia jadeó como un animal que emerge del agua, con el rostro enrojecido y empapado en lágrimas.

—¡Zorras de mierda! —rugió entre sollozos—. ¡Os voy a matar! ¡Os juro que voy a... —

Unas nuevas oleadas de cosquillas le cortaron la amenaza de raíz. Lo que salió de su garganta fue una carcajada rota, un grito quebrado que se perdió entre espasmos. Intentó repetir insultos,  pero las palabras se mezclaban con alaridos y risas involuntarias.

—¡Basta! ¡Por favor, basta ya! —terminó suplicando, la voz rota, temblorosa, ajena a cualquier resto de orgullo.

La Hermandad no aflojó. Al contrario: al oírla suplicar, redoblaron el ataque. Una risa frenética y dolorosa se apoderó de Tamy, que agitaba la cabeza de un lado a otro como si quisiera negarlo, como si todavía pudiera resistir. Pero su cuerpo la traicionaba, temblando bajo cada caricia cruel, cada sincronía despiadada.

En el suelo, Sandra y Loba ya no parecían tanto espectadoras como prisioneras de una pesadilla.
 
Tamy forcejeaba hasta el límite de sus fuerzas, empapada en sudor. Entre insulto y súplica, sus carcajadas se convertían en un ruido quebrado, casi inhumano.

En ese momento, Alba, con una sonrisa maligna, se inclinó sobre ella.

—A ver si te gusta esto, puta nazi —susurró.

Y sin previo aviso, posó los labios en el vientre de Tamy y le hizo una pedorreta sonora contra la piel tensa. El estallido vibró por todo el abdomen, arrancándole a la neonazi una carcajada salvaje y desesperada.

—¡N-noooo, joder, no! —gritó entre risas forzadas, arqueando la espalda.

Alba repitió, esta vez más prolongada, sujetándola por las caderas para que no pudiera escapar. La vibración le sacó un chillido ahogado, un alarido que se mezclaba con la risa descontrolada.

—¡Basta! ¡No, no, no! —balbuceaba Tamy, agitando la cabeza con lágrimas en los ojos.

Las demás estallaron en carcajadas cómplices. Carlota le dio un codazo divertido a Kiara, que ya lloraba de risa viendo la humillación, mientras Lidija y la Gitana mantenían su tortura puntual en axilas y costados. Elisa, detrás del pasamontañas, no pudo evitar soltar un bufido divertido, aunque sin apartar sus manos de las costillas de la prisionera.

Sandra y Loba, en el suelo, observaban la escena como si no pudieran creerla real. El contraste las descolocaba por completo: en lugar de la brutalidad que esperaban, presenciaban algo grotesco, infantil en apariencia, pero infinitamente cruel en su resultado. Los ojos de Loba reflejaban una rabia impotente; los de Sandra, una mezcla de pavor y fascinación.

Alba volvió a soplar otra pedorreta, esta vez más arriba, rozando el esternón. El sonido vibrante arrancó un grito quebrado de Tamy, que se agitó en convulsiones sobre la cama. La neonazi se desmoronaba a cada segundo.

—¡Juro que os voy a… aahhahahahahaha! —no pudo terminar la amenaza: la risa histérica le partió las palabras.

Sus espasmos se habían vuelto más torpes, menos coordinados, como si cada intento de liberarse drenara lo último de su fuerza. La cama vieja chirriaba con cada sacudida, pero ya no había verdadera potencia en sus movimientos.

El sudor le corría por el cuello y el pecho, mezclado con lágrimas que le nublaban la cara. La piel le ardía bajo tantas manos que no dejaban de recorrerle axilas, costillas y pies. Su risa, antes explosiva y desafiante, se había transformado en un hilo quebrado, más cercano al sollozo que a la burla. A Elisa, este sollozo le recordó demasiado al de Helga.

—M-mierda… por favor… —balbuceaba entre jadeos, intentando recuperar aire.

Alba, aún apoyada sobre ella, le plantó otra pedorreta en el costado, suave pero prolongada, que arrancó un último grito agudo y destemplado. Tamy ya no tenía fuerzas para insultar; sólo agitaba la cabeza de un lado a otro, con los ojos rojos y la respiración entrecortada.

La Gitana se apartó un momento, observándola con calma fría, y asintió con la cabeza.
—Está a punto de quebrarse —murmuró, como si lo confirmara para las demás.

Sandra y Loba no apartaban la mirada. Ahora la incredulidad había dado paso a algo más denso: miedo. El sudor les perlaba también la frente, aunque no fueran ellas las atadas en la cama. Comprendían, sin palabras, que Tamy estaba siendo convertida en un ejemplo, y que el turno de cada una de ellas llegaría.

Elisa, tras el pasamontañas, retiró las manos de las costillas de la prisionera, y la escuchó aspirar aire desesperadamente, como un animal que acaba de escapar del agua. Sus pechos subían y bajaban con violencia, la risa ya apenas un eco en su garganta exhausta.

Alba se inclinó hasta casi rozar su cara, aún con esa sonrisa que mezclaba ternura y crueldad.
—¿Qué pasa, Tamy? ¿Ya no tienes tanta energía? —susurró.

La rubia cerró los ojos, intentando recomponerse, pero el temblor en su mandíbula la delataba: estaba rota.

Las manos que antes la atormentaban se retiraron todas a la vez.
Tamy se quedó tendida en cruz sobre la cama, con la piel húmeda, jadeando, los ojos vidriosos y las muñecas marcadas por la tensión de las cuerdas. Apenas podía articular un insulto: sólo un quejido ronco se escapaba de su garganta. Cuando la Gitana aflojó los nudos y la soltaron, la rubia no opuso resistencia. Cayó hacia un lado, con las piernas temblorosas, y la arrastraron suavemente hasta dejarla en el suelo, donde la volvieron a inmovilizar. Esta vez no se rebeló; permaneció sumisa, con la mirada perdida, como si todo su carácter se hubiera vaciado en aquella tormenta de risas forzadas.

En su lugar, las miradas se giraron hacia Sandra. La cínica, que hasta entonces había mantenido la barbilla erguida a pesar de la mordaza, se empezó a remover. Loba la observaba desde el suelo, atada como ella, con una mezcla de rabia contenida y miedo; pero lo de Sandra era distinto: la incredulidad se le dibujaba en cada rasgo, como si aún no terminara de procesar que lo que acababa de ver —la sumisión de Tamy, una de las más bravas del grupo— hubiera sido provocado únicamente por cosquillas.

Cuando la Gitana le indicó con un gesto, Alba y Lidija se encargaron de levantarla. Sandra trató de plantar los pies, de resistirse, pero no tenía oportunidad contra varias manos que la condujeron hasta la cama. La empujaron hacia el colchón, y pronto las cuerdas volvieron a tensarse, sujetándola en cruz. La mordaza seguía en su sitio, pero sus ojos hablaban: oscuros, brillantes de incredulidad, con un miedo que no quería reconocer.

La Hermandad la rodeó en silencio. La calma antes de empezar con ella era incluso más opresiva que los ataques de risa que había escuchado de Tamy minutos atrás.

Comentarios

Entradas populares de este blog

LA CONDENA - Episodio 2: Kiara

LA CONDENA - Episodio 50: Hermanas, el documental

LA CONDENA - Episodio 1: Elisa