LA CONDENA - Episodio 16: Loba
Loba respiraba con fuerza, el pecho subiendo y bajando como el de un animal abatido que acaba de ser presa de un cepo. Las correas de la cama la mantenían estirada en cruz, cada músculo en tensión.
—No hace falta esto… —dijo con la voz rota, casi un gruñido—. Os lo juro, no hace falta.
Carlota se cruzó de brazos, observándola con calma.
—Pues a mí me parece que sí hace falta —replicó, sin levantar la voz.
Loba tiró de las correas con todas sus fuerzas, los hombros marcándose como cuerdas.
—¡Haced lo que queráis, pero no me toquéis! —rugió, con una mezcla de rabia y pánico.
Kiara se sentó a la altura de su costado, apoyando un codo en la cama.
—¿Qué pasa, loba feroz? —preguntó con una media sonrisa—. ¿Tienes miedo de reírte un poquito?
—¡Calla, joder! —espetó Loba, girando la cabeza para no mirarla.
Elisa intercambió una mirada rápida con Alba. Era evidente que esto no era simple orgullo: había algo más. Pánico. Loba estaba sudando incluso antes de que nadie la tocara.
La Gitana se agachó junto a sus pies, pasando un dedo lento por el aire, sin llegar a tocarla.
—Mírala… —murmuró—. Está temblando.
Loba apretó los dientes, los dedos de sus enormes pies rígidos, como si quisieran esconderse.
—Os lo suplico… —su voz sonó más débil—. No me hagáis esto.
—Ya empezó la fiesta —dijo Alba, con un brillo travieso en los ojos.
Sin más, Lidija se inclinó sobre ella y dejó caer un par de dedos en sus costillas, apenas un roce. Loba soltó un resoplido, arqueando la espalda con violencia.
—¡NO! —gritó, los músculos retorciéndose en la cama.
—Shhh… —susurró Lidija, volviendo a intentarlo, esta vez más lento.
Loba empezó a soltar risas cortas, casi involuntarias, como si se le escaparan a pesar de sí misma. Cada vez que intentaba sofocarlas, más brutales eran los espasmos.
—Miradla… —murmuró Carlota, divertida—. Ni hemos llegado a los pies y ya está perdiendo la cabeza.
—¡Os he dicho que no! —gritó Loba, y entonces, entre el forcejeo, se le escapó algo que hizo que todas se detuvieran un segundo.
—¡No como él… no como él!
El silencio cayó sobre la celda. Lidija apartó las manos. Alba frunció el ceño.
—¿Cómo que “él”? —preguntó Kiara en voz baja.
Loba respiraba entrecortadamente, con los ojos muy abiertos, casi fuera de sí.
—Un cabrón… —dijo, escupiendo las palabras—. Cuando era cría. Siempre empezaba así. Con cosquillas. Hasta que…
Se le quebró la voz. Elisa sintió un nudo en el estómago. La Gitana la observó en silencio, midiendo el momento.
—Aquí no hay ningún “él”, Loba —dijo al fin, con voz grave pero suave—. Aquí sólo estamos nosotras, a las que tanto odias. Y la memoria de Mimi, a la que las vuestras mataron sin compasión sólo porque era negra.
Loba cerró los ojos, respirando rápido. Las lágrimas le brillaban en la comisura.
—No puedo… —susurró.
—Sí puedes —contestó la Gitana.
Entonces, Lidija volvió a apoyar las manos en sus costillas, muy despacio. Loba tembló, pero esta vez no gritó: un hilo de risa escapó de su garganta.
Alba sonrió de lado.
Lidija empezó con paciencia, moviendo los dedos en círculos lentos sobre las costillas de Loba, apenas tocándola, rozando la piel con una delicadeza que parecía insultante. El cuerpo de Loba se tensó de nuevo, pero ya no había furia: era un temblor nervioso, anticipatorio. Se le escaparon pequeñas sacudidas de risa infantil, cortas, desesperadas, que ella intentó sofocar apretando la mandíbula.
—Mírala —dijo Carlota, divertida, desde la cabecera—. Con lo dura que parecía.
Kiara se unió a Lidija en el otro costado, sus dedos deslizándose en la misma dirección, en un juego perfectamente sincronizado. Las manos de ambas se movían como si bailaran sobre la piel de Loba, cubriendo cada espacio entre las costillas, luego subiendo despacio hacia las axilas.
Loba gritó una carcajada involuntaria y agitó los hombros para intentar cerrarlos, pero las correas se lo impedían.
—¡Basta! ¡Joder, basta!
—Ni siquiera hemos empezado —murmuró Kiara, con una sonrisa maliciosa.
Alba cambió de posición y se arrodilló a la altura de su cintura, usando sólo las uñas para recorrer la línea del abdomen. Loba se retorció violentamente, su cuerpo fibroso brillando de sudor, los abdominales contrayéndose bajo cada cosquilleo.
—Dios… —gimió Loba entre dientes, riendo sin poder evitarlo—. ¡No puedo, no puedo!
Elisa la observaba fascinada, notando cómo cada toque parecía desarmarla un poco más. A pesar de la dureza de sus músculos, la risa la hacía parecer frágil, casi vulnerable.
—Mira cómo se quiebra —susurró Lidija, como para sí misma.
Carlota sonrió y bajó también las manos para unirse al asalto, acariciando la base de las axilas, con movimientos apenas perceptibles. La mezcla de sensaciones volvió loca a Loba: sus carcajadas se volvieron desordenadas, y por un instante, su voz perdió toda agresividad.
—¡Por favor! —suplicó entre risas sofocadas—. ¡Por favor, parad!
La Gitana, que había observado en silencio, habló entonces:
—Ni hablar. Hasta que no entendamos que no sois las que mandáis aquí.
Las manos siguieron trabajando, incansables, recorriendo costillas, vientre y axilas. Cada vez que la risa de Loba parecía menguar, cambiaban de ritmo o de lugar, obligándola a soltar otra oleada. La tensión en sus músculos era tal que las venas se le marcaban en los brazos.
—Mírala cómo se agarra a las correas —dijo Alba, divertida—. Si pudiera romperlas, ya nos habría matado.
Kiara bajó un poco más, probando los costados y las caderas. Fue ahí donde Loba dio un espasmo particularmente violento y un grito que parecía más de sorpresa que de miedo.
—Ah, aquí tenemos algo —canturreó Kiara.
Lidija se unió a ella, las dos explorando la misma zona, alternando presión y caricias. Loba estalló en risas frenéticas, con los ojos apretados y la cara enrojecida.
—¡Os odio! —gritó, aunque su voz ya no sonaba tan firme.
—No —le respondió Carlota, implacable—. Lo que tienes es miedo.
Loba giró la cabeza hacia un lado, las lágrimas mezclándose con el sudor. La respiración se le cortaba entre carcajadas.
—Por favor… —susurró—. No más ahí…
—Entonces será abajo —dijo la Gitana, con calma, señalando con la barbilla hacia los pies.
Loba abrió los ojos de golpe, con un terror renovado.
—No… —dijo en voz baja, casi un sollozo—. Abajo no.
Las chicas se miraron entre sí.
—No… —gimió Loba, sacudiendo la cabeza con desesperación—. Os lo juro… prefiero que me partas la cara otra vez, Carlota…
—Lo sé —contestó Carlota, con una sonrisa seca—. Pero eso sería demasiado fácil.
Kiara fue la primera en rozarle la planta del pie, despacio, como si desvelara un secreto. La piel de Loba apareció húmeda por el sudor, los dedos tensos, arqueados. Lidija se arrodilló frente al otro pie y repitió el gesto.
Por primera vez desde que la trajeron, Loba se quedó en completo silencio, respirando rápido, los ojos fijos en el techo. La Gitana se inclinó hacia ella, notando el temblor que le recorría las piernas.
—¿Tanto miedo te da esto? —le susurró, casi con curiosidad.
Loba tragó saliva y apretó los dientes, pero no contestó.
Lidija le sostuvo el tobillo con firmeza y, con la otra mano, deslizó un solo dedo desde el talón hasta la base de los dedos, despacio. Loba pegó un respingo violento, el torso arqueándose, y soltó un grito que era mitad risa, mitad rugido.
—¡No! ¡No ahí! —exclamó, sacudiendo la cabeza, los ojos desorbitados.
Alba sonrió con malicia y se unió en el otro pie, repitiendo el mismo movimiento, pero con dos dedos, apenas rozando la piel.
La reacción de Loba fue inmediata: carcajadas forzadas y espasmódicas, que intentaba morderse para que no salieran, mientras todo su cuerpo se retorcía como si intentara arrancarse las correas.
—Mírala —comentó Kiara, fascinada—. No puede ni respirar.
—Ni queremos que pueda —respondió la Gitana, señalando para que se sumaran todas.
Kiara y Carlota se arrodillaron junto a las otras dos y comenzaron a trabajar en equipo: unas en las plantas, otras en los dedos, otras en los talones. Era un ataque meticuloso, coordinado, que no dejaba ningún rincón sin explorar.
Loba gritaba, reía, se atragantaba con su propia voz. El sudor le corría por el cuello y las lágrimas ya le empapaban las sienes.
—¡Por favor! —suplicaba entre carcajadas—. ¡No puedo más! ¡Os lo juro!
Pero las manos seguían, ágiles, implacables, hasta que la risa de Loba se convirtió en un sonido ronco, agotado, casi un sollozo.
—Ahora ya sabes —dijo la Gitana, acercándose a su cara—. Aquí mandamos nosotras.
Las carcajadas de Loba resonaban en la celda, secas, casi dolorosas. Sus pies se sacudían en todas direcciones, pero las manos de las chicas no cedían, atrapando tobillos y dedos con precisión. De pronto, entre una ráfaga de risa, salió un grito que heló el aire:
—¡BASTA! —gritó, casi ahogada—. ¡ERA LO QUE ME HACÍA MI PADRE!
Elisa detuvo sus dedos un segundo, y lo mismo hicieron Alba y Lidija, mirándose con desconcierto.
—¿Qué? —susurró Kiara, sin dejar de sujetar el pie.
Loba respiraba entrecortadamente, los ojos desorbitados y húmedos.
—Siempre empezaba así… —dijo, temblando—. Cosquillas… primero cosquillas… y luego…
No pudo terminar la frase. El silencio se hizo un instante en la celda, sólo roto por el sonido de su respiración jadeante.
Carlota fue la primera en romper el momento. Se inclinó sobre ella, su rostro endurecido pero con un dejo de compasión.
—Ese cabrón ya no está aquí —dijo en voz baja—. Y nosotras no somos él.
La Gitana asintió, seria.
—Aquí nadie te va a tocar para hacerte daño —añadió, mirándola a los ojos.
Carlota se agachó y le limpió una lágrima con el pulgar.
Loba quedó tendida, respirando a trompicones, con los tobillos todavía temblando y la cara empapada en lágrimas. Nadie dijo nada durante varios segundos. La Hermandad, que hasta hacía un momento parecía una máquina perfectamente coordinada de manos y risas crueles, se quedó inmóvil, mirándola.
Entonces Loba rompió en llanto de verdad. No eran sollozos tímidos sino un llanto hondo, gutural, como si por fin se permitiera sacar algo que llevaba demasiado tiempo tragándose. Elisa apartó la vista, incómoda, mientras Kiara se mordía el labio, quizá dudando si acariciarle el cabello. Sandra y Tamy, desde el suelo, observaban la escena en silencio.
El momento fue interrumpido por el sonido seco de la puerta de la celda abriéndose. Maribel apareció, seria, con su uniforme impecable. Caminó despacio, como si no le sorprendiera encontrar a todas allí, y se agachó para susurrarle algo al oído a la Gitana.
La expresión de la Gitana se endureció. Se incorporó de inmediato y, con un gesto de la mano, pidió la atención de todas.
—Chicas —dijo, en un tono que no admitía discusión—, es hora de pasar a la segunda parte del plan. Antes de lo previsto.
Hubo un silencio denso. Carlota frunció el ceño, Alba levantó una ceja, pero ninguna protestó.
—Desatadlas —ordenó, señalando a Sandra y Tamy.
Las cuerdas fueron retiradas rápidamente. Sandra se levantó de inmediato, frotándose las muñecas, pero en silencio; Tamy apenas pudo moverse, todavía temblorosa, y fue Elisa quien la ayudó a sentarse.
—Fuera todas —dijo la Gitana.
Poco a poco, la celda se vació. Sandra y Tamy salieron primero, escoltadas por Carlota y Kiara. Alba y Elisa se quedaron un momento en la puerta, pero al ver la mirada de la Gitana, obedecieron y desaparecieron por el pasillo. Lidija dejó en la estantería algo que Elisa no fue capaz de ver.
Cuando el silencio volvió a instalarse, la Gitana se agachó junto a Loba, que aún estaba atada en cruz sobre la cama. Con un gesto firme, le colocó la mordaza de nuevo en la boca.
—Escucha bien —dijo, con voz baja pero cargada de autoridad—. Si colaboras, todo saldrá bien.
Loba, agotada, la miró fijamente y, después de unos segundos, asintió despacio, las lágrimas todavía en sus mejillas.
La Gitana le acarició la mejilla un segundo, casi con ternura.
—Así me gusta.
La Gitana se incorporó lentamente y se dirigió a la vieja estantería de metal que había en la celda. Movió un par de objetos y palpó detrás de unos libros. Sonrió para sí misma, como si todo estuviera saliendo según el plan.
Entonces, la puerta se abrió de golpe.
Era el funcionario: el mismo que las había visto en la sesión de Lorena. Entró despacio, su silueta recortada contra la luz del pasillo, con una media sonrisa en la cara.
—¿Otro de vuestros jueguecitos? —dijo, mirando de reojo a Loba, aún atada en la cama—. Pero qué poca gente hay hoy…
La Gitana no perdió la calma. Se volvió hacia él, apoyándose contra la estantería con gesto relajado.
—Esto era algo… íntimo —respondió con una sonrisa ladeada.
El funcionario avanzó un paso más, curioso.
—¿Íntimo, eh? —dijo, con tono burlón.
—Si quieres, puedes quedarte —dijo la Gitana, acercándose a él con paso felino—. A solas con ella.
La frase quedó flotando en el aire. Loba, con los ojos enrojecidos por el llanto, abrió mucho los ojos y empezó a sacudir la cabeza, gimiendo por detrás de la mordaza.
La Gitana le lanzó un rápido guiño, que el funcionario no alcanzó a ver, y le pasó una mano por el hombro en un gesto tranquilizador.
—Tranquila —parecía decirle sin palabras.
Luego se volvió hacia el funcionario, que ya estaba relajando los hombros, divertido.
—Ven —susurró la Gitana, guiándolo hacia la esquina superior de la cama.
Y con un último vistazo a Loba, salió cerrando la puerta detrás de ambos.
El silencio que quedó era ensordecedor. Loba respiraba agitadamente, sus lágrimas todavía corriendo.
Él hombre se quedó de pie unos segundos, observando a Loba. Ella respiraba agitada, los brazos extendidos por las ataduras, el torso brillante de sudor.
—Vaya, vaya… —dijo él, con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. ¿Qué tenemos aquí?
Se acercó despacio y se inclinó sobre ella, como si quisiera examinarle la cara.
—¿Por qué lloras? —preguntó en voz baja—. ¿La gitana esa te ha hecho daño?
Con gesto pausado, le quitó la mordaza. Loba respiró hondo, pero no pronunció palabra. Se limitó a mirarlo, los ojos enrojecidos y húmedos, las lágrimas todavía resbalando por las sienes.
—¿Nada que decir? —insistió él.
El silencio fue su única respuesta. Él chasqueó la lengua, con fingida decepción, y le volvió a colocar la mordaza, apretándola un poco más de lo necesario.
—Pues nada. Si no hablas, mejor para mí.
Su tono se volvió más áspero. Empezó a pasarle la mano por la cadera, despacio, casi como si quisiera tranquilizarla, pero enseguida el gesto se volvió torpe, invasivo. Sus dedos le recorrieron el vientre y subieron hasta el pecho.
Loba se quedó rígida, inmóvil, respirando cada vez más rápido.
—No te pongas tensa —murmuró él—. Si te portas bien, no te dolerá.
Le apartó un mechón de pelo de la cara y la insultó en voz baja, con desprecio, mientras su otra mano seguía explorando su cuerpo. Las lágrimas volvieron a brotarle a Loba, que cerró los ojos con fuerza, como si quisiera desaparecer de allí.
—Calladita estás más guapa —dijo él, con una sonrisa torcida.
Entonces empezó a desabrocharse la bragueta. El sonido metálico del cinturón y la cremallera rompió el aire de la celda. Se inclinó sobre ella, apoyando una rodilla en el colchón, justo cuando la puerta se abrió de golpe.
—¡¿Pero qué coño haces?! —la voz de Maribel cortó el silencio como un látigo.
El funcionario se giró sobresaltado, a medio inclinarse sobre Loba. Maribel estaba en el umbral, las manos en las caderas y el rostro tenso de furia contenida.
—¿Te has vuelto loco? —espetó, avanzando dos pasos hacia él—.
El funcionario se incorporó de golpe, tartamudeando una excusa.
—Yo… sólo estaba…
—Sólo estabas, ¿qué ?—lo interrumpió Maribel, la voz fría como el acero—.
Se miraron en silencio durante unos segundos, el funcionario todavía con la bragueta desabrochada y la respiración agitada. Su pene, flácido, ridículo, asomaba por encima del pantalón reglamentario.
Loba mantenía los ojos cerrados, las lágrimas cayendo en silencio por su rostro.
La expresión de Maribel era una mezcla de rabia y satisfacción: ella sabía que lo tenía.
—Arregla esa bragueta —ordenó, seca.
Él obedeció de inmediato, torpe, sin dejar de mirarla de reojo.
De pronto, la puerta volvió a abrirse y entraron de golpe Alba, Carlota, Kiara, Elisa y Lidija, todas con el rostro cubierto por los pasamontañas. La celda se llenó de su presencia.
—Perfecto —dijo Maribel, sin perder la calma—. Justo a tiempo.
Lidija fue directa a la estantería, metió la mano detrás de unos objetos y sacó un teléfono móvil. Lo miró, lo revisó rápido y se lo entregó a Maribel.
—Aquí está, se ve perfectamente—anunció.
Maribel sonrió con frialdad mientras mostraba la pantalla al funcionario. En ella, un vídeo en alta definición mostraba exactamente lo que acababa de ocurrir: él manoseando a Loba, la mordaza, el momento en que empezaba a desabrocharse.
El color desapareció de su cara.
—No… —balbuceó.
—Sí —lo interrumpió Maribel, guardándose el teléfono en el bolsillo—. Ha quedado todo grabado.
Elisa dio un paso al frente, sin apartar la mirada del hombre.
—A partir de ahora —continuó Maribel, su tono bajo y amenazante—, vas a hacer exactamente lo que te digamos. Ni una pregunta. Ni un movimiento que no aprobemos.
—O este vídeo se hace viral antes de que llegues a tu coche —remató Alba, cruzada de brazos.
El funcionario miró a todas, uno por uno, como si buscara piedad, pero sólo encontró ojos fríos detrás de los pasamontañas.
—¿Está claro? —preguntó Maribel.
Él asintió despacio, derrotado.
—Dilo —ordenó la Gitana, que acababa de entrar.
—Haré lo que digáis —susurró el funcionario, sin levantar la vista.
Maribel asintió satisfecha.
—Bien. Entonces empezamos a trabajar juntos.
La Gitana se agachó para quitarle la mordaza a Loba, que respiraba con dificultad, los ojos hinchados de tanto llorar.
—Se acabó —le dijo en voz baja—. Ya nadie te va a poner una mano encima sin que tú quieras.
Loba no contestó. Sus ojos siguieron al funcionario hasta que este salió de la celda, escoltado por Carlota.
El aire en la habitación era denso, pero había algo nuevo: la Hermandad no sólo había castigado a las nazis. Ahora controlaban a un funcionario.
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