LA CONDENA - Episodio 17: Maribel
La Gitana dejó el manojo de cuerdas sobre la estantería y se giró hacia Maribel.
—¿Sabes? —dijo con una media sonrisa—. Lo que pasa aquí no es nada malo. Nadie sale herido.
Maribel suspiró, como si no quisiera admitir lo que estaba a punto de decir.
—No voy a probarlo… —murmuró—. Pero sí… me intriga. Me gustaría saber qué tiene de especial.
La Gitana soltó una risa grave y traviesa.
—¿Saber? —se acercó despacio, con esa forma de andar que la hacía parecer dueña del espacio—. Es mejor vivirlo en primera persona.
Maribel negó con la cabeza, aunque no dio un paso atrás.
—Eres incorregible —susurró, pero había un brillo curioso en su mirada.
—Anda ya… —La Gitana se detuvo justo delante de ella—. Lo que hacemos aquí no le hace daño a nadie. Sólo… despierta algo en quien lo vive. —Sus labios dibujaron una sonrisa cómplice—. Me encantaría ver cómo reaccionas tú.
Maribel tragó saliva. Fingió todavía un poco de resistencia, pero su tono se había suavizado.
—Tal vez acceda… —dijo al fin, casi en un susurro—. Pero con una condición: quiero paz entre vosotras y las nazis. Nada de guerras en los pasillos. Nada de venganzas en las celdas.
La Gitana la miró, sorprendida, y después soltó una carcajada breve, incrédula.
—¿En serio? ¿Me estás diciendo que te ponga a prueba… y a cambio te prometo paz?
—Exacto. —Maribel la miró de frente, segura de su condición, pero algo en su expresión revelaba la curiosidad que no podía ocultar.
La Gitana negó con la cabeza, divertida, y suspiró con una sonrisa emocionada.
—Eres única, Maribel.
Dicho esto, se acercó y, con una lentitud casi reverente, empezó a ayudarla a desabrocharse el uniforme. Maribel hizo un gesto de resistencia, pero no se apartó; sus manos permanecieron quietas mientras la tela iba cediendo y resbalaba por sus hombros.
Gracias a la intimidad que ofrecían las cortinas marrones de la puerta, nadie en el pasillo podía ver lo que pasaba allí dentro. Cuando las prendas cayeron al suelo, Maribel quedó en ropa interior, respirando hondo, como si estuviera cruzando una frontera que jamás pensó traspasar.
Maribel permanecía de pie, rígida, como si en cualquier momento pudiera echarse atrás. Pero la Gitana, con esa calma suya que parecía arrastrar a todo el mundo a su ritmo, fue acercándose hasta que la distancia entre ambas se volvió mínima.
—Tranquila… —susurró—. Déjate llevar.
El sujetador negro se ajustaba a un cuerpo curtido por los años, pero todavía fuerte. Su piel, bronceada por el sol, mostraba pequeños signos del paso del tiempo: alguna estría en la cadera, cicatrices apenas visibles en los brazos. Imperfecciones que no restaban, sino que subrayaban una belleza madura y real, la de una mujer de 51 que había sabido mantenerse en pie.
Cuando quedó en ropa interior, Maribel intentó cubrirse con los brazos, incómoda por la desnudez repentina. La Gitana le sonrió con picardía y, sin decir palabra, se inclinó hacia sus pies.
Con cuidado, desató primero las botas negras, que cayeron pesadas al suelo, resonando en la celda como un aviso de que no había vuelta atrás. Después tiró suavemente de los calcetines, uno a uno, dejando los pies de la funcionaria desnudos.
Eran pies cuidados, de uñas limpias y cortas, aunque endurecidos por el uso constante de aquel calzado rígido. Los empeines mostraban venas marcadas que sobresalían bajo la piel morena, y en los bordes de los talones había leves rozaduras, señales de largas jornadas de patrullaje. La Gitana los sostuvo entre sus manos como si fueran algo valioso, recorriéndolos con la mirada antes incluso de tocarlos.
Maribel tragó saliva. El aire en la celda parecía haberse vuelto más espeso.
—¿Ves? —dijo la Gitana en voz baja—. No hay nada malo en esto… sólo tienes que dejarte llevar.
La Gitana cogió las cuerdas que acababa de guardar, esas que habían servido tantas veces para someter a otras internas. Maribel las miró, con el pulso acelerado.
—¿De verdad vamos a hacer esto? —preguntó en un susurro, como si temiera que alguien pudiera escucharla.
—Shhh… —La Gitana le dedicó una sonrisa tranquila—. Nadie va a entrar, te lo prometo. Confía en mí.
Maribel se sentó en el borde de la litera, todavía dudando. Por un segundo, se le pasó por la cabeza lo que significaría que alguien las sorprendiera en ese momento: un escándalo, la pérdida de su puesto, quizá su reputación. Y sin embargo, no se movió.
La Gitana se agachó y empezó por las muñecas, envolviéndolas con una suavidad inesperada, sin apretar demasiado. Maribel observaba cada movimiento, fascinada y nerviosa a la vez.
—Estás temblando —dijo la Gitana con una media sonrisa.
—Es que… —Maribel tragó saliva— es una locura que una funcionaria se deje atar por una interna.
—No soy cualquier interna —respondió ella, mirándola a los ojos—. Y tú no eres cualquier funcionaria.
La frase la golpeó en algún lugar profundo. Se dejó hacer.
La Gitana trabajaba con precisión, asegurando cada nudo con la calma de quien tiene el control absoluto de la situación. Le sujetó los tobillos, colocándolos juntos sobre la colchoneta. El roce de las cuerdas sobre su piel la hizo estremecerse.
—Si en algún momento quieres parar, me lo dices —susurró la Gitana, agachada junto a sus pies—. Aquí mando yo, pero tú tienes la última palabra.
Maribel asintió en silencio, sintiendo que su respiración se aceleraba. Estaba atada. Estaba vulnerable. Y, sorprendentemente, no sentía miedo… sino expectación.
La Gitana terminó de ajustar el último nudo y se apartó medio paso para admirar su trabajo.
—No te preocupes, estás segura conmigo —susurró, con esa voz grave y rasposa que parecía acariciar más que tranquilizar.
Maribel asintió, todavía con el ceño fruncido. Sentía la cuerda firme en sus muñecas y tobillos, y por un instante le pasó por la cabeza de nuevo la idea de que, si alguien entraba ahora, su carrera se iba al traste.
La captora le puso una mano en el hombro, invitándola a relajarse, y sin avisar dejó que sus dedos bajaran lentamente hasta el vientre. No era un movimiento brusco ni agresivo: la yema de los dedos apenas rozaba la piel mientras dibujaba círculos perezosos alrededor del ombligo.
Maribel tragó saliva.
—¿Qué haces…? —preguntó, con un hilo de voz.
—Nada malo —respondió la Gitana, sonriendo—. Sólo quiero que te olvides de todo lo de fuera, que estés aquí conmigo.
Las caricias fueron subiendo poco a poco hacia los costados. Maribel tensó el abdomen de manera involuntaria, como si quisiera protegerse. La Gitana lo notó y sonrió, deteniéndose justo en el límite de las costillas.
—Estás rígida —le dijo—. Relájate.
Maribel intentó soltar el aire despacio, pero el siguiente roce le arrancó una risita corta y nerviosa.
—Oye… me haces cosquillas —dijo, casi como una disculpa, bajando la mirada.
La Gitana inclinó la cabeza, estudiando su reacción.
—¿Ah, sí? —preguntó con fingida inocencia, y esta vez dejó que las uñas rozaran apenas la piel, lo justo para que el vientre de Maribel temblara bajo su toque.
La funcionaria soltó otra risa, más larga esta vez, y se mordió el labio para intentar contenerla.
—De verdad… —logró decir entre dientes—, es que… no lo aguanto mucho.
—Eso es lo que quiero ver —murmuró la Gitana, y sus dedos siguieron el camino hacia las costillas, cada vez con un contacto más juguetón, como si estuviera dibujando en su piel.
Los dedos de la Gitana se movían con la precisión de alguien que sabe exactamente lo que busca. Cada roce parecía medir la reacción de Maribel, como si su vientre fuera un instrumento que afinaba poco a poco.
Las caricias subieron por las costillas, más arriba, hasta rozar justo debajo de las axilas. Maribel soltó una risa aguda y tiró de las cuerdas de manera instintiva.
—¡Espera! —pidió entre risas nerviosas—. Ahí no, por favor…
La Gitana no apartó la mano.
—Ah, ya veo… —susurró, disfrutando de la información—. Aquí es donde de verdad te pones nerviosa.
—¡Ay, por favor…! —soltó entre dientes, intentando mantener la compostura—. Te juro que me muero de cosquillas ahí.
La Gitana se inclinó, con su sonrisa pícara a centímetros de su rostro.
—Eso es lo que quiero… que no puedas disimular.
Se detuvo un instante, sólo para dejar que la expectación creciera, y luego sus dedos se deslizaron hacia arriba, buscando el hueco suave de las axilas. Maribel, sin esperarlo, soltó un respingo y una carcajada limpia. Tiró de las cuerdas por puro reflejo, pero estaba bien sujeta.
—¡No, ahí no! —protestó, riendo a carcajadas, su voz convertida en súplica.
—Aquí es donde más te escondes… —respondió la Gitana, disfrutando de cada sacudida involuntaria de la funcionaria.
Las manos bajaron después a los muslos, alternando presión ligera con roces rápidos. Maribel intentaba contenerse, apretando los dientes, pero cada cosquilleo arrancaba un chasquido de risa que se le escapaba sin remedio.
La Gitana esperó el momento justo, y entonces se agachó hasta sus pies descalzos. El contraste con la cuerda áspera de los tobillos atados hacía que la piel de Maribel pareciera aún más vulnerable. Un dedo recorrió el empeine, siguiendo la vena marcada, y después bajó hasta el arco del pie.
Maribel estalló en carcajadas, echando la cabeza hacia atrás.
—¡No, los pies no, te lo ruego! —su risa sonaba ahora desesperada, mezclada con la incredulidad de estar viviendo aquello.
—Shhh… confía —susurró la Gitana, atrapando suavemente un pie entre sus manos para seguir jugando con cada rincón, desde el talón hasta la punta de los dedos.
La funcionaria se convulsionaba de risa, incapaz de controlar su cuerpo, y cada carcajada que escapaba de su garganta hacía brillar más los ojos de la Gitana, satisfecha de haber descubierto cada una de sus debilidades.
Las yemas de la Gitana siguieron recorriendo ahora el vientre de Maribel, cada vez más despacio, jugando a detenerse en los puntos donde el temblor era mayor.
—¡Ay…! —Maribel soltó una risita nerviosa, arqueando la espalda—. Gitana, estás loca…
—Tal vez —respondió ella, divertida—, pero mírate, no te quejas tanto.
Las manos subieron a los costados y Maribel dio un respingo, riendo ya sin poder evitarlo.
—¡Ahí no, por favor! —dijo entre carcajadas—. Me muero con las cosquillas…
—Justo por eso —murmuró la Gitana, y sus dedos bailaron con más rapidez en las costillas, arrancándole carcajadas más sonoras.
—¡Joder, esto era lo último que hubiera esperado hoy! —gimió Maribel, entre risas—. ¡Suelta, que no puedo más! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!
La Gitana se detuvo un segundo, sólo para dejarla recuperar el aliento, y después bajó lentamente a los muslos. El contraste entre la pausa y el siguiente roce hizo que Maribel se tensara de nuevo.
—¡No, ahí tampoco! —dijo, esta vez con la voz quebrada por la risa contenida—. ¡Me vas a volver loca!
—Esa es la idea… —susurró la Gitana, y sus dedos siguieron trazando caminos lentos hasta llegar a los tobillos.
Maribel respiró hondo, intentando prepararse, pero cuando la caricia le recorrió el arco del pie, explotó en una risa clara y descontrolada.
—¡No, los pies otra vez no, te lo pido! —dijo, agitando los dedos en el aire—. ¡Ahí tengo muchísimas cosquillas!
La Gitana sonrió, sujetándole el pie con suavidad para que no pudiera escapar.
—Pues me parece que vamos a quedarnos un rato aquí…
—¡Gitana, eres mala! —consiguió decir Maribel, aunque su risa se hacía cada vez más desesperada, su cuerpo agitándose sobre el colchón.
La Gitana alternaba cosquillas lentas en el talón con rápidas en las almohadillas, hasta que Maribel dejó caer la cabeza hacia atrás, rendida, pero aún riendo.
—¡No puedo más! —gritó entre carcajadas—. ¡Eres insoportable!
—Y tú preciosa cuando te ríes —contestó la Gitana, sin dejar de jugar con sus pies.
La Gitana aflojó la presión en los tobillos y dejó que las cosquillas se detuvieran poco a poco. Maribel respiraba agitada, con el pelo algo pegado a la frente y una sonrisa que no podía borrar.
—¿Ves? —dijo la Gitana, sentándose a su lado y soltándole las cuerdas—. No ha sido tan terrible.
Maribel soltó una última risa, más suave esta vez, y se cubrió el rostro con las manos.
—No tienes vergüenza —murmuró entre risas—. Me has hecho reír como hacía años que no me reía.
—Eso es bueno, ¿no?
Maribel asintió despacio, todavía recuperando el aliento.
—Sí… aunque me has dejado sin fuerzas —dijo, dejando caer los brazos—. Me he sentido… no sé… vulnerable, pero ahora me siento relajada.
La Gitana la miró con calidez, complacida.
—Ese es el punto, Maribel. Aquí nadie sale peor de lo que entra. A no ser que sea eso lo que buscamos.
Maribel la observó un instante en silencio, luego dejó escapar una pequeña carcajada.
—Sigo pensando que estás loca —dijo, sonriendo—. Pero… tal vez no sea tan mala idea repetirlo alguna vez.
La Gitana rió, satisfecha, y le ayudó a desatarse.
—Cuando quieras. Esta celda está siempre abierta para ti.
Maribel se vistió despacio, todavía con el cuerpo sensible. Al terminar de abrocharse la camisa, se acercó a La Gitana, que la observaba con una sonrisa pícara.
—No te acostumbres —dijo Maribel en voz baja, pero en lugar de marcharse, se inclinó y le dio un beso a la Gitana en la mejilla, muy cerca de la comisura de los labios.
—Pero prométeme que mantendrás la calma con las otras. No quiero conflictos a partir de ahora.
—Prometido —contestó la Gitana, levantando una mano en gesto solemne.
Maribel le dedicó una última mirada curiosa, casi cómplice, antes de marcharse.
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La celda estaba en silencio cuando Elisa apareció en la puerta, con el pelo algo revuelto y las ojeras marcándole la cara. La Gitana estaba sentada en el borde de la cama, todavía con la respiración algo acelerada, recogiendo de nuevo los restos de cuerda y ordenando las mantas.
—¿Cómo estás? —preguntó Elisa, entrando despacio.
La Gitana levantó la vista y soltó una carcajada ronca.
—Niña… si te cuento lo que me acaba de pasar, no te lo crees. —Negó con la cabeza, divertida—. Pero eso debería preguntártelo yo a ti.
Elisa se sentó a su lado sin decir nada, como si le pesara el cuerpo entero.
—Te veo agotada —continuó la Gitana, con una mezcla de ternura y severidad—. Piensa en todo lo que has vivido en tan poco tiempo: entraste aquí de golpe, perdiste a tu madre, te metiste de cabeza en el lío de las nazis, te enfrentaste a la asesina de tu madre… y encima te infiltraste en su grupo como si fueras veterana.
Elisa bajó la mirada. Aquellas palabras le calaban hondo porque eran verdad, pero también porque la Gitana no sabía toda la historia: las noches en vela, los besos furtivos y el sexo con Alba a espaldas de Kiara y Carlota, el torbellino que había sido empezar algo con Kiara mientras aún no procesaba su duelo.
—No soy de cristal —murmuró Elisa, casi como para convencerse a sí misma.
La Gitana le pasó un brazo por los hombros y la atrajo hacia ella.
—No, niña. No eres de cristal. Pero hasta el hierro se calienta si le das calor todo el rato.
Elisa suspiró y dejó caer la cabeza en el hombro de la otra.
—Anda —dijo al cabo la Gitana, con un tono más suave—. Descansa un poco. Aquí dentro las batallas nunca se acaban, pero a veces hay que coger aire antes de la siguiente.
Elisa asintió despacio. Sabía que tenía razón.
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