LA CONDENA - Episodio 18: La Flaca
Las semanas siguientes transcurrieron con una calma casi extraña. Elisa empezó a acostumbrarse a los nuevos ritmos de la prisión: las colas para la ducha, las horas muertas en el patio, los turnos en el taller. Lo que antes era una amenaza constante ahora parecía, poco a poco, volverse rutina.
La Hermandad seguía reuniéndose, pero las últimas sesiones habían sido meramente recreativas. Sesiones de cosquillas que acababan entre risas y algún que otro orgasmo, pero ya sin el peso de la violencia. Elisa había aprovechado esos encuentros para conocer a las hermanas que aún le faltaban.
Cómo Shadi, una marroquí de mirada astuta que parecía enterarse de todo lo que ocurría en la prisión antes que nadie.
Valentina, sevillana, de carácter explosivo y carcajada contagiosa, que parecía encontrar siempre el lado divertido hasta de las discusiones más tensas.
O Noor, una chica de piel muy clara y melena larguísima, casi hasta la cintura, que siempre llevaba en una trenza apretada.
Tres ejemplos entre muchas más. Elisa sentía que por fin formaba parte de la Hermandad por completo. Todas la querían y la respetaban. No era la recién llegada ni la intrusa que había que poner a prueba: ahora era una más.
Aquella tarde, después de la cena, Elisa estaba sentada en el borde de su litera con Kiara y Violeta. Las tres charlaban en voz baja, disfrutando de ese raro momento en que nadie interrumpía y la celda respiraba intimidad. Kiara se recostaba contra la pared, descalza, jugando con uno de los cordones de su pantalón.
—Qué raro es que todo esté tan tranquilo —dijo Elisa, rompiendo el silencio—. Me da hasta miedo decirlo en voz alta.
Violeta soltó una risa breve.
—Cuando en esta cárcel todo está tranquilo… es porque algo se está cocinando.
Elisa arqueó una ceja, divertida.
—¿Tan paranoica te has vuelto?
—No es paranoia, mi vida —replicó la colombiana—. Es experiencia.
Kiara se encogió de hombros, con media sonrisa.
—Igual no tiene por qué ser malo. Puede que por una vez el marrón no nos toque a nosotras.
Elisa asintió.
—Por lo menos las nazis llevan semanas calladas —dijo Kiara, estirándose como un gato.
—Normal, con la lección que ustedes les dieron a todas—replicó Violeta.
—¿Sabéis qué es lo mejor? —dijo Elisa, pensativa—. Que de vez en cuando me siguen hablando. No sospechan nada de que yo fuera la chica del pasamontañas.
—¿Sabéis qué es lo mejor? —dijo Elisa, pensativa—. Que de vez en cuando me siguen hablando. No sospechan nada de que yo fuera la chica del pasamontañas.
Kiara sonrió, divertida.
—Eres buena actriz, diputada de mis amores. Yo no podría tenerlas delante sin que se me notara en la cara.
Violeta se recostó en la litera, con gesto pensativo.
—Pues yo creo que es mejor así. Cuanto menos sospechen, más tranquilas estamos todas. Aunque… no me fio un pelo de la rubia —añadió, refiriéndose a Tamy—. Esa tiene algo en la mirada, como que no ha soltado el tema. Y Loba apenas sale de su celda.
Kiara asintió, algo más seria.
—Sí. Mantienen un perfil bajo, pero no porque hayan cambiado. Sólo esperan su momento.
Elisa se encogió de hombros, intentando quitarle hierro al asunto.
—Pues que esperen. Yo mientras tanto pienso aprovechar la calma.
Por un momento, las tres se quedaron en silencio. Afuera, en el pasillo, se escuchó el ruido metálico de unas llaves y un par de risas lejanas. Violeta fue la primera en romper el silencio.
—Igual es que me estoy volviendo paranoica —dijo en voz baja—, pero últimamente veo cosas raras.
Elisa la miró, algo intrigada.
—¿Raras cómo?
—De gente nuestra —aclaró Violeta—. Bueno, de Lorena, para ser exactas.
Kiara se incorporó, apoyando los codos en las rodillas.
—¿Qué pasa con Lorena?
Violeta se mordió el labio antes de hablar.
—Nada grave… creo. Pero la he visto varias veces en el patio, con La Flaca. Siempre apartadas, como escondiéndose. Y luego la veo con los ojos medio perdidos.
Elisa frunció el ceño.
—¿Estás diciendo que está metida en algo?
—No lo sé —admitió Violeta—. Pero no me gusta lo que veo. Y si es lo que creo… alguien le está vendiendo mierda aquí dentro.
Kiara resopló, molesta.
—Joder, la Flaca esa es una yonki. Justo ahora que estábamos tranquilas.
—¿Crees que pueda ser heroína lo que tina? —preguntó Elisa, sin poder ocultar su preocupación.
—Es lo que toma la Flaca esa —contestó Violeta—.
Kiara se pasó una mano por la cara, pensativa.
—Joder… Lorena es una buena tía. Siempre está de coña, siempre ayuda cuando hace falta. No me pega nada verla metida en eso.
—Precisamente por eso me preocupa —respondió Violeta—. Si está tirando por ahí, es que algo le pasa y no nos lo está contando.
Elisa se mordió el labio, en silencio un momento.
—En la Hermandad nadie se droga, ¿no? —preguntó, más a modo de reflexión que de acusación.
Kiara se encogió de hombros.
—No que yo sepa. Aquí dentro todas estamos bastante centradas. Pero fuera… —hizo una pausa y sonrió con cierta picardía— yo probé alguna cosilla de lo que vendía, no te voy a mentir.
—¿Sí? —preguntó Elisa, sorprendida.
—Sí —rió Kiara—. Nada hardcore, un par de veces. Cuando vendes, lo mejor es no consumir. Y Alba… bueno, Alba se metía spid cuando tocaba con su grupo, pero lo dejó. No le iba nada bien para sus movidas mentales, ya sabes.
Elisa asintió despacio. Conocía lo justo de la historia de Alba, pero sabía que su bipolaridad era algo que le había costado controlar y lo había logrado allí dentro.
—Pues si hasta Alba lo dejó, tiene que ser serio.
—Por eso me pone brava —intervino Violeta—. La Hermandad siempre ha sido un lugar seguro para todas. Si Lorena empieza a engancharse, puede que la arrastre a algo peor.
Kiara suspiró.
—Tal vez deberíamos hablar con la Gitana antes de hacer suposiciones. Si alguien sabe o puede saber lo que pasa en esta prisión, es ella.
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Decidieron ir a buscar a la Gitana después de la cena. La encontraron en su celda, sentada en la cama, ordenando con parsimonia los libros de su vieja estantería.
—¿Qué pasa, niñas? —preguntó, alzando la vista.
Violeta fue la primera en hablar.
—Creemos que Lorena está metida en algo raro… drogas.
La Gitana frunció el ceño, dejó los libros y se cruzó de brazos.
—¿Estáis seguras de lo que estáis diciendo?
—No tenemos pruebas —aclaró Elisa—, pero Violeta la ha visto varias veces rara. Muy ida. Y dice que se junta mucho con La Flaca.
El silencio se instaló en la celda unos segundos. La Gitana inspiró hondo, apoyó los codos en las rodillas y se frotó la cara con las manos.
—Esto es lo último que nos hacía falta…
—¿Qué hacemos? —preguntó Kiara, con un hilo de voz.
—Por ahora, nada —contestó la Gitana con tono firme—. Maribel me pidió que paráramos nuestros… ajustes de cuentas. Dice que nos están observando demasiado. Niñas, arriesgamos mucho. Helga, Santoro, el funcionario, las otras tres nazis.
—¿Entonces dejamos que Lorena se hunda? —saltó Violeta, visiblemente enfadada.
La Gitana alzó la mano para calmarla.
—No, tranquila. Lo voy a manejar yo. Hablaré con ella a solas. Si está en algo, me lo dirá. Y si no, se le notará en la cara.
Elisa y Kiara intercambiaron una mirada de alivio.
—Vale —dijo Elisa finalmente—. Pero prométenos que no lo vas a dejar pasar.
La Gitana esbozó una sonrisa breve.
—Niña, ¿cuándo me has visto dejar pasar algo?
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El patio estaba casi vacío, la tarde tranquila. Elisa y Kiara observaban desde un banco a la Flaca, que comía sola, sentada en el suelo con las piernas encogidas y el plato sobre las rodillas. Sus ojos, enrojecidos, vagaban sin fijarse en nada.
—Mírala… —murmuró Elisa—. Siempre parece ida.
Kiara se cruzó de brazos.
—Es que lo está. Siempre va puesta. Aquí dentro no hay mucho que hacer, pero esa se está cavando su propia tumba.
Elisa la miró de reojo, con el ceño fruncido, y de pronto pareció tomar una decisión.
—Kiara, pídele algo.
—¿Qué? —preguntó, desconcertada.
—Droga, lo que sea. Que crea que quieres comprarle. La llevamos a la celda y allí… —Elisa bajó la voz— la hacemos hablar.
Kiara parpadeó, sorprendida.
—¿Estás hablando en serio?
—Sí. —Elisa apretó la mandíbula—. Así sabremos qué le ha estado pasando a Lorena. Y le quitamos las ganas de seguir vendiendo aquí dentro.
Kiara negó lentamente con la cabeza.
—No sé, Elisa… eso sería actuar a espaldas de la Gitana. Y hacerle cosquillas de esa manera a alguien fuera de su celda… no me parece buena idea.
—No tenemos por qué decírselo —insistió Elisa, con un brillo de urgencia en los ojos—. No le vamos a hacer daño, sólo… ya sabes.
Kiara suspiró y miró de nuevo a la Flaca, que seguía ajena a todo, masticando con desgana.
—No me gusta, Eli. No es lo mismo que con las nazis. Ella no nos ha hecho nada directamente.
—Le está haciendo daño a Lorena —replicó Elisa—. Si sigue así, un día la encontraremos tirada en el baño. ¿Quieres esperar a que pase?
Kiara permaneció callada un instante. La determinación de Elisa parecía contagiosa, pero algo en su interior le decía que era un paso arriesgado.
—Déjame pensarlo —dijo finalmente.
Elisa asintió, aunque su mirada seguía fija en la Flaca, calculadora, como si ya estuviera imaginando el momento en que la tendrían atada en la litera.
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Lorena entró en la celda con paso dudoso, mirando alrededor. La Gitana estaba sentada en su cama, cosiendo con calma un dobladillo del uniforme de alguna compañera.
—Cierra la puerta, por favor —dijo sin levantar la vista.
Lorena obedeció y se quedó de pie, incómoda.
—¿Qué pasa? —preguntó al cabo de un momento, intentando sonar casual.
La Gitana dejó la aguja sobre el colchón y por fin la miró, con esa expresión tranquila que siempre parecía atravesar a las personas.
—Pasa que hace tiempo que no te veo en las reuniones —dijo—. Y que me dicen que andas rara.
—¿Rara yo? —Lorena soltó una risa nerviosa—. Estoy igual que siempre.
—No, no lo estás. —La Gitana se inclinó un poco hacia ella—. Desde que ayudaste a Elisa en lo de Rebecca no te he visto participar en nada.
Lorena parpadeó un par de veces, sorprendida.
—Bueno… es que no siempre me apetece, ya sabes.
Lorena bajó la mirada, inquieta.
—No es nada, de verdad.
La Gitana no respondió de inmediato. Tomó aire, como si pesara cada palabra.
—Mira, Lorena… yo sé que aquí dentro es fácil perderse. —Su voz sonaba baja, casi cálida—. Todas cargamos con algo, y no siempre es sencillo dar la cara.
Lorena frunció el ceño, sin levantar la vista.
—No quiero que pienses que te juzgo. Al contrario. Me preocupo porque te aprecio. Desde que llegaste has demostrado fuerza, y cuando estuviste en lo de Rebecca fuiste valiente. Eso no lo olvido.
—No fue nada —murmuró Lorena, encogiéndose de hombros.
—Claro que lo fue. —La Gitana sonrió apenas, pero con firmeza—. Y por eso me duele no verte más. No eres una cualquiera, Lorena. Eres de las nuestras. Y cuando una se aparta, suele ser porque carga con algo que le está pesando demasiado sola.
La joven mordió el interior de su mejilla, con gesto tenso.
—No quiero dar problemas…
—Nadie aquí es un problema por sentir que flaquea. —La Gitana se inclinó hacia ella, bajando aún más la voz—. El verdadero problema es callar y dejar que la cosa crezca. Eso sí nos hace daño a todas.
Lorena respiró hondo, nerviosa.
—Es que… no sé cómo decirlo.
—No hace falta que lo digas todo ahora —contestó la Gitana con suavidad—. Pero sí que confíes en que no voy a soltarte la mano. Si algo te está arrastrando, lo vamos a enfrentar juntas.
Hubo un silencio denso. Lorena movió un pie inquieta, tragando saliva. Sus ojos se humedecieron apenas, como si aquello hubiera resquebrajado la coraza que intentaba mantener.
—Yo… —balbuceó, sin terminar la frase.
Lorena frunció los labios, incómoda.
—No es nada, de verdad. Solo he estado... cansada.
—¿Cansada de qué? —insistió la Gitana—. De nosotras, de la Hermandad, de ti misma... ¿de qué?
La pelirroja bajó la mirada. Durante un segundo pareció que iba a contestar, pero se quedó callada, jugueteando con la costura del pantalón.
—Lorena —prosiguió la Gitana, inclinándose hacia ella—. Te conozco. Desde que entraste aquí has sido de las más alegres, de las que sostienen a las demás.
—Yo sólo quería ayudar cuando lo de Rebecca —continuó Lorena, con las lágrimas asomando—. Pero desde entonces no puedo dejar de pensar que no sirvo para esto, que todas sois más fuertes, que Elisa, a la que admiro profundamente, ha ocupado un lugar a tu lado que yo jamás lograré, que... que no encajo.
Se tapó la cara con las manos y, como si de pronto se rompiera una presa, empezó a llorar abiertamente. La Gitana se movió despacio, se sentó a su lado y le puso una mano en la espalda.
—Shhh... —susurró—. Aquí cada una ocupa su papel y el tuyo es indispensable.
Lorena asintió sin mirarla y, temblando, se giró para abrazarla.
—Ayúdame, Gitana —pidió entre sollozos—. No quiero seguir así.
La matriarca la sostuvo en silencio, meciéndola levemente como si fuera una niña.
—Lo vamos a arreglar, mi vida —prometió—. Pero necesito que confíes en mí. No más excusas, no más ocultar lo que pasa.
Lorena asintió de nuevo, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.
—Vale. Te lo contaré todo.
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Violeta estaba recostada en su litera, hojeando una revista atrasada, cuando la puerta se abrió y entraron Kiara y Elisa acompañadas de la Flaca.
—¿Qué pasa, Vio? —saludó Kiara con naturalidad.
—Nada, mija, pasando el rato —respondió Violeta, alzando las cejas al ver a la recién llegada—. ¿Y esta qué?
—Tranquila, venimos en son de paz —dijo Elisa, casi sonriendo.
La Flaca, huesuda y nerviosa, miró alrededor de la celda como si evaluara la situación.
—¿Entonces? —preguntó, cruzándose de brazos—. ¿Qué queréis?
Kiara se sentó en el borde de la litera de abajo, manteniendo un tono casual.
—Nos han dicho que te mueves bien para conseguir lo que hace falta.
La Flaca sonrió con suficiencia, como si le gustara que reconocieran su fama.
—Depende de lo que busquéis. Aquí dentro todo tiene su precio.
Elisa se agachó un poco para quedar a su altura.
—Queremos lo mismo que le das a Lorena.
Por un instante, la Flaca perdió la sonrisa.
—¿Lorena? —repitió, intentando sonar despreocupada—. Yo no suelto nombres de clientas.
Kiara la observó en silencio, dejando que el silencio pesara un segundo.
—Mira, Flaca, no queremos problemas —dijo al fin—. Pero si nos mientes, eso sí que va a ser un problema.
La Flaca se removió incómoda, aunque intentó mantener su tono chulesco.
—Tampoco os pongáis así. Yo sólo le doy lo que ella me pide, algo para que no se raye.
Elisa ladeó la cabeza, su expresión se volvió un poco más seria.
—Necesitamos que nos digas exactamente qué es. Y que pares de pasárselo.
—¿Que pare? —La Flaca frunció el ceño, pero sin perder el tono chulesco—. Tías, vuestra colega se está metiendo caballo. Eso no se deja así como así.
Elisa, Kiara y Violeta se miraron en silencio un segundo. La última soltó un bufido, incrédula.
—Siéntate, anda —dijo Kiara, dando una palmada en el colchón de la litera de abajo.
La Flaca se dejó caer, encogiéndose de hombros, algo desconfiada pero divertida.
—Bueno, ¿y qué me ofrecéis si dejo de venderle?
Kiara intercambió una mirada con Elisa y le guiñó un ojo, cómplice.
—¿Un masajito? —respondió con media sonrisa—. Te podemos dar todos los que nos pidas.
Antes de que la Flaca pudiera contestar, Kiara le agarró suavemente un tobillo y empezó a quitarle la bota y el calcetín.
—¿Pero qué hacéis? —preguntó entre risas, más sorprendida que molesta.
—Relájate, mujer, que estás muy tensa —dijo Elisa mientras le quitaba el otro.
Los pies de la Flaca quedaron al aire: pálidos, de piel fina, delgados, como ella. Para el desgaste de la vida que llevaba, no estaban tan maltratados; quizá demasiado delgados, pero no feos.
Kiara le pasó los dedos por el arco del pie, despacio, casi como si de verdad fuera un masaje. La Flaca soltó una carcajada y trató de encoger los dedos, pero no se apartó.
—Jajajajaja, tías, ¿qué hacéis? —rió, medio sorprendida, medio divertida.
—Te vamos a hacer un masajito —repitió Elisa, empezando a rascar suavemente el otro pie—. Para que veas que no vamos a malas.
La Flaca se recostó un poco hacia atrás, riendo sin parar, moviendo los pies de un lado a otro, pero sin oponer demasiada resistencia.
Kiara y Elisa se miraron y, sin decir nada más, continuaron pasando las yemas de los dedos por las plantas de la Flaca, alternando suaves recorridos por el arco y los dedos de los pies.
La chica se retorcía de la risa, echando la cabeza hacia atrás.
—Jajajajajajaja... ¡tías, estáis colgadas! —dijo entre carcajadas, mostrando una dentadura algo gastada por el consumo de heroína.
—¿Tú crees? —respondió Kiara con una sonrisa—. ¿Y a ti qué te pasa, que no paras de reírte?
—Jajajajaja, es que tengo mogollón de cosquillas, jajajajajajaja —admitió la Flaca, encogiéndose de hombros y sin dejar de mover los pies de manera frenética.
Elisa no pudo evitar reírse también.
—¡Mira cómo los mueve! —comentó, divertida, mientras le dibujaba círculos en la planta del pie izquierdo.
La Flaca chilló de risa. Un chillido agudo e infantil.
—¡Jajajajaja, hostia puta, que me voy a mear!
—Pues aguanta, que acabamos de empezar —le respondió Kiara, aumentando apenas un poco la velocidad de sus dedos, sin dejar de sonreír.
Violeta, que observaba la escena desde la otra litera, no podía evitar sonreír ante lo absurdo del momento.
—¡Mira que eres escurridiza! —dijo Elisa con una carcajada—. Así no hay quien te dé el masajito.
La Flaca se encogió de hombros, aún riendo.
—Jajajajaja, tías... es que no me puedo aguantar la risa...
—Eso es lo que queremos —respondió Kiara, divertida—. Que te rías, que te relajes... y que nos digas que vas a dejar de venderle a Lorena.
Elisa y Kiara seguían con sus dedos danzando sobre las plantas pálidas de la Flaca, pero algo empezó a llamarles la atención. La chica no dejaba de reír, pero su risa se volvía cada vez más frenética, casi descontrolada, y sin embargo no parecía intentar escapar de verdad.
—Jajajajajajaja, ¡madre mía, me duele la barriga de reírme! —gimoteó la Flaca, agitando los pies en un vaivén que hacía reír a las otras dos.
Kiara le lanzó una mirada rápida a Elisa.
—¿Pero esta tía se lo está pasando bien o me lo parece a mí?
—A mí también me lo parece —respondió Elisa, sin dejar de mover los dedos, aunque con el ceño fruncido—. Ni se queja.
La Flaca, con lágrimas en los ojos de tanto reír, las miró entre carcajadas.
—Jajajajajaja, ¡en serio, no paréis! ¡Hace años que no me río así!
Aquello desconcertó a ambas.
—Mira que eres rara, colega. La peña suplica que paremos y tú pides más.
Elisa la miró con una mezcla de diversión y desconcierto.
—¿Esto va en serio?
La Flaca siguió mirando hacia arriba, todavía riendo y moviendo los pies.
—Os lo juro, tías, me duele hasta la cara de la risa
Kiara se inclinó hacia Elisa y susurró:
—Esta está peor de lo que pensaba, pero igual es hasta más fácil de manejar.
Sin previo aviso, soltó el pie que estaba sujetando y deslizó la mano hacia el costado de la Flaca. Sus dedos encontraron la piel blanda justo bajo las costillas, y la reacción fue inmediata.
—¡¡JJAJAJAJAJAJAA!! —la Flaca pegó un salto, la risa le salió ronca, casi como un ladrido.
—¡Anda! —exclamó Elisa, entre sorprendida y entusiasmada—. Mira qué hemos encontrado.
Kiara soltó el otro pie, le quitó de un tirón la casaca beige del uniforme y la empujó hacia atrás hasta tumbarla sobre la litera. Con una agilidad casi instintiva, le levantó los brazos por encima de la cabeza y se los sujetó con firmeza.
—Quietecita —dijo con una sonrisa torcida—. A ver qué más cosquillas tienes por aquí.
Elisa no dudó en aprovechar la oportunidad: se sentó sobre las caderas de la Flaca, inmovilizándola con su propio peso. Sus dedos comenzaron a recorrer el torso desnudo, lento al principio, explorando cada línea de las costillas y cada hueco entre ellas.
—¡¡JJAJAJAJAJAJJA, NOOOO!! —la Flaca gritaba entre carcajadas, la cara roja como un tomate, intentando encogerse en vano. Sus costillas se marcaban con cada espasmo de risa.
—Madre mía, si estás hecha un fideo —comentó Elisa, pasando ahora a las axilas.
—¡JJAJAJAJAJAJJA, POR FAVOR!
Las yemas de sus dedos encontraron la piel cálida de sus sobacos, con un poco de vello negro que hacía el cosquilleo aún más intenso. La Flaca se retorcía, sacudiendo la cabeza, pero no dejaba de reír.
Kiara se reía también, disfrutando del espectáculo.
—Si no fuera por lo yonli que eres, serías hasta guapa.
La Flaca, a pesar de la risa, intentó replicar:
—¡JJAJAJAJAJ, TÍAS, ESTÁIS LOCAS!
Elisa no paraba, recorriendo ahora el vientre plano y frágil, deteniéndose en los costados. La piel pálida parecía estremecerse bajo cada caricia.
Violeta, que había estado observando todo desde su cama, negaba con la cabeza con media sonrisa.
—Os vais a cargar a esta chavala de la risa.
—Eso es lo que queremos —respondió Elisa, sin dejar de hacer cosquillas—. A ver si así se le quitan las ganas de venderle mierda a Lorena.
La Flaca pataleaba, riendo sin control, los ojos llorosos y el pelo negro y encrespado despeinado.
—¡¡JJAJAJAJAJAJAJA, MADREEEEE!! —chilló, sacudiendo la cabeza—. ¡¡NADIE ME HABÍA HECHO COSQUILLAS ASÍ EN MI VIDA!!
Elisa y Kiara se miraron y estallaron en una carcajada conjunta. La situación había dejado de ser un “aviso” y se había convertido en un espectáculo.
Violeta, que hasta entonces se había mantenido al margen, se levantó de su litera con una sonrisa pícara.
—Anda, dejadme a mí también un rato.
Sin esperar respuesta, se arrodilló al pie de la cama, agarró el tobillo derecho de la Flaca y deslizó sus dedos por la planta del pie, de arriba abajo.
—¡¡JJAJAJAJAJAJAJJAJA, DIOSSSSS!! —gritó la Flaca.
—¡Pero mira cómo se retuerce! —comentó Violeta entre risas, repitiendo el gesto con la otra planta.
Ahora eran tres contra una. Kiara mantenía las muñecas firmes, Elisa seguía castigando el torso y las axilas, y Violeta alternaba suaves cosquillas y pequeños golpecitos en los arcos de los pies.
—¡Le flipa reírse así! —dijo Kiara, sorprendida.
—¡¡SÍIIII!! —respondió la Flaca entre carcajadas, como si confirmara la afirmación.
La escena era un caos de risas: las carcajadas estridentes de la Flaca se mezclaban con las de Elisa y Kiara, que no podían evitar divertirse al verla patalear y reírse de manera tan bobalicona.
—Mira que eres flacucha, tía —dijo Elisa mientras le recorría las costillas con las uñas—. ¡Pero aguantas como una campeona!
—¡¡JAJAJAJAJAJAJA, ME VOY A MEEEEEAAAAR!! —gritó la Flaca, aunque no parecía enojada en lo más mínimo.
—Pues avisa, que no queremos cambiar de colchón —bromeó Violeta, pero no dejó de hacerle cosquillas en los pies.
La Flaca estaba empapada en sudor, con las mejillas encendidas, pero su risa seguía llenando la celda, como si en el fondo disfrutara.
Kiara miró hacia la puerta y la expresión le cambió por completo, soltó de golpe las muñecas de la Flaca, que quedaron flácidas sobre el colchón. Elisa, al verla, se apartó de un salto de sus caderas. Violeta se quedó quieta, aún con los dedos cerca de los pies de la drogadicta.
La Flaca seguía riendo en sordina, los hombros temblándole de la risa residual, el pelo sudado pegado a la frente. Tosió, se secó las lágrimas con el dorso de la mano y soltó un último bufido de risa nerviosa.
—¿Qué narices es esto? —preguntó Lorena desde el umbral de la puerta, la voz cargada de incredulidad.
El silencio fue inmediato. Elisa fue la primera en reaccionar:
—Lorena...
—¿Qué cojones estáis haciendo con esta? —Lorena dio un paso dentro de la celda y miró a las tres, una por una.
La Flaca soltó una risita ahogada, aún sin recuperar el aliento:
—Tíaaa, qué movida. Tus colegas están colgadísimas—dijo con voz ronca, todavía sonriendo como si le hubieran contado el mejor chiste de su vida.
Kiara se pasó la mano por la frente, buscando algo que decir.
—Queríamos que te dejará tranquila. —admitió al fin—. Que dejara de venderte mierda.
Lorena parpadeó, sorprendida.
—¿A quién se le ha ocurrido esta genialidad?
Elisa tragó saliva, pero no apartó la mirada.
—A mí. Y ha funcionado, ¿no, flacucha?
Lorena se cruzó de brazos, visiblemente alterada, aunque en su rostro había algo más que enfado: vergüenza, miedo, incluso algo de alivio.
—No teníais derecho —murmuró.
La Flaca se incorporó despacio, aún con las mejillas rojas y el uniforme arrugado.
—Pues a mí me ha molao —dijo, y soltó otra carcajada floja.
Aquello rompió un poco la tensión. Elisa y Kiara se miraron, conteniendo la risa. Lorena, sin embargo, no parecía lista para sonreír.
—Dejadme sola con ella —pidió, señalando a la Flaca.
Las tres se miraron en silencio, hasta que Kiara asintió.
—Vale. Pero no hagas ninguna tontería.
Lorena esperó a que salieran de la celda, luego cerró la puerta con el pie.
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