LA CONDENA - Episodio 19: Desintoxicación (parte I)


El olor a café recién hecho llenaba la celda, algo raro en aquella ala de la prisión. La Gitana había conseguido que Maribel le trajera un termo y ahora servía en pequeños vasos de plástico.
—¿Qué? ¿Os vais a quedar ahí plantadas o vais a entrar de una vez? —dijo sin levantar la vista del vaso que llenaba.

Lorena pasó primero, seguida de Kiara, Violeta y Elisa. La escena tenía algo de reunión familiar improvisada.
—Vosotras diréis... —apremió la Gitana, mirando a Lorena.

La pelirroja respiró hondo.
—Las he visto con la Flaca —dijo, clavando los ojos en las tres chicas—. Riéndose, haciéndole cosquillas como si aquello fuera una broma.

Kiara se encogió de hombros.
—No era ninguna broma. Queríamos que dejara en paz a Lorena.

Elisa dio un paso al frente:
—Sólo queríamos ayudar.

La Gitana apoyó el vaso sobre la estantería, despacio.
—Os entiendo —dijo con calma—. Pero esto no se hace sin hablar conmigo antes.

La tensión se deshizo poco a poco. Elisa, mirando a Lorena, dijo:
—No deberíamos haber actuado por nuestra cuenta, pero ahora que lo sabemos, La Hermandad hará todo lo posible para que salgas de esto.

—Así me gusta —asintió la Gitana, con un destello de orgullo en los ojos.

Lorena no pudo aguantar más. Los ojos se le llevaron de lágrimas y tuvo que girar la cara un segundo antes de sonreír.
—Gracias —susurró—. De verdad.

Lorena se secaba las lágrimas cuando Kiara carraspeó.
—Hay algo más.

La Gitana levantó la vista, curiosa.
—¿Más?

—Sí —continuó Kiara, sentándose en el borde de la litera—. No fue sólo una sesión de cosquillas para intimidarla, eso era lo que pretendíamos, pero lo desconcertante fue… fue cómo reaccionó.

Violeta asintió.
—Parecía que se lo estaba pasando bien —añadió, con una mueca de incredulidad.

—¿Cómo que bien? —preguntó la Gitana, frunciendo el ceño.

Elisa tomó la palabra:
—No es que no tuviera cosquillas, todo lo contrario. Estaba muerta de risa, pero no se desesperaba, no nos insultaba, no pedía que paráramos.

Kiara se inclinó hacia delante, bajando la voz como si confesara algo extraño:
—Te juro que hasta parecía que lo disfrutaba.

La Gitana se quedó pensativa unos segundos, el codo apoyado en la rodilla y la mano en la barbilla.
—Interesante —dijo por fin—. Eso no pasa todos los días.

—Nunca lo habíamos visto, no cuando lo que tratamos es de hacernos respetar —admitió Violeta.

—Ni yo. Disfrutar, disfrutamos nosotras en nuestras sesiones privadas, donde todo es consentido, pero nunca he visto a nadie disfrutar cuando lo que pretendemos es dar una lección, sino todo lo contrario. —agregó Kiara—. Muchas veces te encuentras a algunas que no tienen nada de cosquillas, vale, pero esto… esto fue distinto.

La Gitana sonrió apenas, un gesto enigmático.
—Pues quizá haya que volver a verla —dijo. Después, se puso de pie despacio, como quien ha tomado una decisión importante.
—Bien. Lo primero es que Lorena vuelva a ser la que era.

Lorena la miró, con los ojos brillantes y un nudo en la garganta. Kiara le acarició el hombro. La Gitana continuó.
—Entonces empezamos hoy mismo. Turnos de acompañamiento, cambio de celda… moveré hilos para que tengas con quién dormir y no pases ni una noche sola —dijo con determinación—. Y ya sabes cuál es el primer paso.

Violeta sonrió, como si hubiese estado esperando esas palabras.
—Una sesión para ti sola —dijo.

Elisa y Kiara intercambiaron una mirada cómplice.
—Esta vez no habrá interrupciones, ni pasamontañas —añadió Elisa—. Será sólo para ti, para que te limpies por dentro y vuelvas a reír de verdad.

Lorena soltó una carcajada nerviosa, secándose las lágrimas.
—Dios… no sé si tengo fuerzas para tanto —bromeó, pero en su voz había alivio.

—Las vas a tener —le aseguró la Gitana—. Y después, cuando tú estés bien, ya veremos qué hacemos con la Flaca.

Kiara ladeó la cabeza.
—¿Entonces piensas traerla?

La Gitana sonrió de medio lado, como si ya tuviera la escena en mente.
—Claro que sí. Si esa chiquilla disfruta de las cosquillas, quiero verlo con mis propios ojos.

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Sobre la colcha había cojines y una manta doblada, y en la estantería ardía un pequeño cono de incienso que perfumaba el aire.

Lorena ya estaba allí, descalza, sentada en el borde de la cama. Elisa entró la primera, seguida de Kiara y Violeta.

—¿Lista? —preguntó Elisa, sentándose frente a ella.

Lorena respiró hondo y se tumbó de espaldas, dejando que sus brazos cayeran sobre su cabeza. Sus pies quedaron al borde de la cama, tentadores.

La Gitana le colocó las ataduras. Las primeras cosquillas fueron suaves, casi un masaje: Elisa trazó líneas lentas en su vientre con las uñas mientras Kiara le rozaba las costillas. Lorena sonrió, se mordió el labio y enseguida soltó la primera carcajada.

—¡Madre mía! —dijo entre risas, girando el rostro—. No me había reído en meses.

—Pues ahora no pares —rió Kiara, intensificando el juego.

Kiara se arrodilló al pie de la cama, tomó suavemente uno de los tobillos de Lorena y empezó a recorrer la planta del rosado pie con un dedo, lento, sin prisa. Lorena chilló de risa, pero no con angustia: su risa era liberadora, como si algo en su pecho se estuviera aflojando.

—¡No me hagáis esto! —dijo entre carcajadas, sabiendo que ninguna iba a detenerse.

—Es lo que toca —replicó Violeta con ternura—. Tú suéltalo todo.

Lorena sonrió con nerviosismo, pero en cuanto Elisa deslizó de nuevo las uñas por sus costillas, estalló en carcajadas. Su cuerpo se arqueó, intentando escapar, pero las ataduras la mantenían en su sitio. Los dedos de Elisa apenas rozaban la epidermis del torso de Lorena, que se contraía con cada roce.

—¡Nooo! —gritó entre risas—. ¡Me vais a matar!

—De risa, sí —le contestó Kiara, que seguía en los suaves y cuidados pies de la pelirroja. Con los dedos empezó a recorrer la planta izquierda, despacio, provocando que Lorena chillara de risa y sacudiera las piernas inútilmente. Después, hizo lo mismo con la derecha, atacando sus dos pies, que a Kiara le parecían irresistibles.

—¡Por favor, es demasiado! —decía, pero no había miedo en su voz. Sus carcajadas eran sonoras, limpias, el tipo de risa que hacía que las demás también se contagiaran.

Elisa comenzó a dibujar círculos en sus pálidas axilas, aprovechando su vulnerabilidad. Lorena se retorcía tanto que casi parecía bailar.

—¡Está soltando todo! —comentó Elisa, animada por la reacción de su compañera—. ¡Vamos, que lo eche todo fuera!

Kiara cambió de pie y esta vez usó ambas manos, recorriendo los arcos de arriba abajo, sin pausa. Lorena gritó con una carcajada aguda, que se culminó en un sollozo de risa.

—¡Basta, basta, no puedo más! —dijo, y acto seguido se rio con más fuerza. 

Lorena se revolvía, pataleaba sin poder liberar los pies, arqueaba la espalda. Las carcajadas llenaban la celda como una tormenta alegre, y la Gitana, sentada en su silla, las observaba con una media sonrisa.

—Dejad que se vacíe —dijo, con voz calmada—. Esta es la medicina que necesita.

Siguieron así un buen rato, alternando zonas, variando la presión, jugando a que Lorena no supiera dónde vendría la siguiente cosquilla. Cada explosión de risa parecía hacerla más ligera, más viva. 

Finalmente, cuando ya apenas podía moverse de agotamiento, las chicas fueron bajando el ritmo. Lorena quedó tendida, jadeando y sonriendo, con el cabello desordenado y los ojos brillantes.

—Sois unas brujas —dijo entre suspiros, todavía riendo.

—Unas brujas que te quieren —contestó Elisa, inclinándose para darle un beso en la axila que hizo reír de nuevo a Lorena.

La Gitana se levantó y se acercó a la cama, observando el rostro relajado de Lorena.
—Así te quiero ver, mi niña.

Lorena cerró los ojos, sonriendo, como si la cama fuera el lugar más seguro del mundo.

Cuando por fin soltaron las últimas ataduras, Lorena permaneció unos segundos inmóvil sobre la cama, recuperando el aliento. Tenía el pecho agitado, el pelo pegado a la frente y las mejillas sonrojadas, pero sonreía como hacía tiempo que no hacía.

Kiara le ofreció la mano para ayudarla a incorporarse. Lorena se sentó en el borde de la cama, todavía con la risa entrecortada, y de repente adoptó un gesto serio.

—Tenemos que ir a por la Flaca —dijo, sin rodeos.

Las otras tres se miraron, sorprendidas por la determinación de Lorena.

—¿Ahora? —preguntó Violeta.

—Cuanto antes —respondió ella—. No quiero que vuelva a ponerle la mano encima a nadie, y menos a mí.

La Gitana se cruzó de brazos, observándola con atención.
—Así me gusta, Lorena. Ya no hablas desde el pozo. 

Luego se volvió hacia Elisa y Kiara.
—Id a buscarla. Si es verdad lo que me contáis… —la voz se le volvió más grave, cargada de autoridad— si es cierto que esa drogadicta disfrutó tanto de una sesión de cosquillas a modo de castigo, aun siendo extremadamente cosquillosa, entonces esto es algo que hay que poner a prueba de verdad.

Las chicas asintieron y se dispusieron a salir.

—Y si vamos a ponerla a prueba —continuó la Gitana, con media sonrisa—, necesitaremos a las mejores.

Lorena, aún sentada, alzó la mirada.
—¿Lidija?

—Exacto —dijo la Gitana—. Que vayan llamándola. Hoy sabremos de qué está hecha esa tal Flaca. Elisa, Lidija y yo nos encargaremos de ella.

Kiara y Elisa intercambiaron una mirada rápida, una mezcla de excitación y respeto por lo que se avecinaba, y salieron a paso rápido en busca de la Flaca. La celda quedó en silencio unos segundos, roto sólo por la respiración, ya más tranquila, de Lorena.

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La puerta de la celda se abrió y apareció la Flaca, con su paso ligero y esa sonrisa casi infantil que le daba un aire de no tomarse nada en serio.
—¿Otra vez? —preguntó, divertida, mientras se pasaba la mano por el pelo—. Si es lo que me pienso… ¡me apunto!

Kiara, que había ido a buscarla, rodó los ojos con una sonrisa irónica.
—Pues sí. Otra ronda.

La Flaca soltó una risita y entró sin que nadie tuviera que empujarla. Se acomodó de pie junto a la cama, como si fuera ella la que estuviera esperando turno para un juego.

Lidija ya estaba allí, apoyada contra la pared, con los brazos cruzados. Su sola presencia imponía, aunque no dijera nada. Sus ojos fríos se fijaron en la recién llegada con una mezcla de curiosidad y desafío.

—Parece que no aprende —murmuró Violeta, medio divertida.

La Gitana se sentó al borde de la cama y le hizo un gesto a la Flaca para que se acercara.
—Ven aquí, criatura. Si tanto te gusta reírte, hoy te vas a hinchar.

La Flaca, lejos de intimidarse, soltó una carcajada sonora y se tiró de espaldas sobre la cama, estirando los brazos.
—¡Pues dale, jefa! —exclamó—. A ver si podéis conmigo.

Las chicas intercambiaron miradas: era la primera vez que alguien ajeno a la Hermandad se ofrecía voluntariamente. Elisa fue la que rompió el silencio.
—Está fatal de la cabeza…

—O muy segura de sí misma —añadió Lidija con una media sonrisa, acercándose despacio.

Lorena observaba todo con atención, todavía con el cuerpo vibrando de su propia sesión de cosquillas, y se sorprendió a sí misma sonriendo. Había algo liberador en ver a la Flaca tan desinhibida, tan lista para lo que viniera.

—Atadla bien —ordenó la Gitana, con voz tranquila pero firme.

Kiara y Violeta no tardaron en asegurar las muñecas y tobillos de la Flaca, que entre risas se dejaba hacer, incluso moviendo los dedos de los pies en el aire.
—¡Ay, ay, que ya me entra la risa sólo de pensarlo! —dijo, con una carcajada que contagió a las otras.

Lidija se arrodilló a los pies de la cama, con ese gesto de concentración que la hacía parecer una cazadora acechando a su presa. La Gitana le hizo un gesto de asentimiento.

—Veamos si de verdad disfruta tanto.

La Flaca levantó la cabeza, todavía riéndose.
—¡Venga, rumana, que me tienes que hacer llorar de la risa!

—No soy rumana. Soy serbia, flacucha.

La primera caricia de Lidija sobre las plantas de sus pies hizo que la Flaca soltara un grito y encogiera los dedos, pero en vez de maldecir o pedir piedad, rompió en carcajadas limpias, tirando la cabeza hacia atrás.

—¡Madre mía, esta tía es un espectáculo! —dijo Kiara, riéndose ella también.

—Pues no hemos hecho más que empezar —replicó Lidija, intensificando el movimiento de sus uñas.

La risa de la Flaca se hizo más aguda, más descontrolada, pero no había ni rastro de desesperación en su cara. Disfrutaba. Cada cosquilleo como una niña en una atracción de feria.

La Gitana la observaba con atención, como si estuviera frente a un fenómeno extraño.
—Lo que os dije —murmuró a Elisa—. Esta chica es diferente.

Elisa asintió, sin apartar los ojos de la escena.
—Y Lidija parece estar disfrutando también…

—Normal —respondió la Gitana—. No todos los días te encuentras una presa que pide más.

La sesión prometía ser larga.

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