LA CONDENA - Episodio 20: Desintoxicación (parte II)
—¡AAAAAJJAJAJAJAJAAJAJ! ¡JODER, QUÉ RISAAA, JAJAJAJA!
La cama crujía bajo sus espasmos. Entre carcajada y carcajada soltaba frases entrecortadas:
—¡Sois… jajajajajaja… sois unas cabronas, jajajajaja! ¡Seguid, seguid, que esto me flipa, JAJAJAJA!
Las cuatro se miraron, divertidas y algo incrédulas. La risa de la Flaca se volvió más grave, como si le faltara aire, y de pronto soltó una carcajada nasal, como un cerdito, que hizo que todas estallaran en carcajadas también.
—¡Esta tía es la polla! —dijo Kiara, llorando de la risa mientras seguía con su trabajo en la planta del pie.
—¡No paréis! —ordenó la Gitana, seria pero con una chispa de emoción en los ojos—. Quiero ver hasta dónde llega.
Lidija, concentrada como siempre, se dedicó a cada dedo del pie izquierdo por separado, mientras Elisa dibujaba círculos en el abdomen de la Flaca. Cada vez que llegaba a los costados, la carcajada de la chica se volvía un chillido que resonaba en la celda.
—¡ESTO ES LO MEJOR! —gritó entre carcajadas, con lágrimas escurriéndosele por las sienes—. ¡DIÓOOOOOS!
La escena era surrealista: la Flaca, con la cara roja y el pelo hecho un desastre, riéndose hasta el límite de la histeria, y las cuatro cosquilleadoras trabajando en perfecta coordinación.
Por un momento, la Gitana se quedó observando el rostro de la muchacha: había algo extraño, casi puro, en esa felicidad. No había ni rastro de la desesperación que normalmente acompañaba las sesiones de castigo. Sólo risa.
—Esta niña es un misterio —murmuró la matriarca, sin detener el movimiento de sus dedos.
La Flaca estaba desencajada de risa, el cuerpo arqueado, las manos cerradas en puños que no podían zafarse de la sujeción de la Gitana. Cada nuevo ataque de los dedos de sus compañeras de prisión la hacía soltar una carcajada distinta: primero aguda, luego grave, después un chillido que parecía más un graznido.
—¡¡JAAAAJAJAJAJAJAJA!! ¡ME MUEROOOO! ¡QUE NO PUEDO, TÍAS, JAJAJAJAJA!
Tosió un par de veces, recuperó el aire como pudo, y en cuanto Lidija le arañó la planta del pie otra vez, volvió a reírse con más fuerza, como si la tos hubiera sido sólo una pausa para coger impulso.
—¡No puede ser, no puede ser! —gritaba Violeta, fascinada, que lo observaba todo desde una esquina—. ¡Nunca vi a nadie así!
Kiara se partía de la risa mientras sujetaba el tobillo de la chica para que no diera patadas.
—¡Es como darle cuerda a un juguete!
La cara de la Flaca estaba coloradísima, con mechones de pelo pegados en la frente por el sudor. Tenía lágrimas de risa en los ojos, pero no había ni rastro de súplica.
—¡JAJAJAJAJAJ! ¡SEGUIIIID! ¡QUE NO PAREEEE!
La Gitana, que solía mantener una calma imperturbable, sonrió de lado.
—Pues sigue recibiendo, que aún no has visto nada.
La Gitana, que solía mantener una calma imperturbable, sonrió de lado.
—Pues sigue recibiendo, que aún no has visto nada.
Redobló la velocidad en las axilas, mientras Elisa descendía a las costillas, presionando con la precisión de una pianista experimentada. La Flaca lanzó un chillido que rozó lo animal y luego se echó a reír con un sonido ronco, como si se quedara sin aire.
—¡AAAAJJAJAJAJAJJAJAJA! —tosió, se atragantó de risa, luego volvió a reír con fuerza—. ¡ME ESTÁIS MATANDOOO, JAJAJAJA!
Violeta miró a las demás, sorprendida.
—Se va a desmayar y aún le va a parecer poco.
Pero la Flaca no se desmayó. Entre carcajadas, tos y jadeos, seguía moviendo los pies, abriendo los dedos como si pidiera más.
—¡DAAAALE! —gritó, con voz rota—. ¡QUE NO SE ACABE!
Lidija sonrió apenas, centrada en su trabajo. Le pellizcó el arco del pie y la reacción fue explosiva: la Flaca lanzó una carcajada tan fuerte que se dobló hacia atrás y por un momento pareció que la cama se iba a romper.
Lidija redobló su trabajo en los pies, pasando de caricias lentas a cosquillas rápidas, como una araña que no deja escapatoria. Kiara sincronizaba con ella, una en cada pie, mientras Elisa subía hasta las costillas y el vientre, presionando con suma habilidad en los puntos más sensibles.
La Flaca soltó un alarido que se transformó en carcajada:
—¡AAAAJAJAJAJAJAJJAJJAJ! ¡ME VOOOOOOOOY A MORIIIIIIIIIIIR!
Pataleaba, se arqueaba, tiraba de las muñecas atadas hasta dejar los nudillos blancos, pero no había ni un solo “basta”. Al contrario, entre cada carcajada soltaba un:
—¡DADLEEEE, TÍAAAS, DADLEEEE!
Su risa se volvió una mezcla de chillidos y ronquidos de tanto aire que había perdido, pero su cara estaba iluminada como la de una niña en una montaña rusa.
—Mírala, parece que esté poseída —comentó Kiara, riéndose ella también.
—¡Y que siga! —dijo Lidija, que rara vez mostraba emoción, mientras le arañaba la planta del pie.
La Flaca pegó un berrido que casi hizo eco en la celda.
—¡¡¡JAAAAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!!!
Elisa, empapada en sudor de tanto esfuerzo, le hundió los dedos en las axilas y el resultado fue casi catártico: la Flaca lanzó un grito agudo, seguido de carcajadas incontenibles que terminaron en hipo.
—¡JAJAJAJAJA—hic—JAJAJAJAJA—hic!
Fue la Gitana quien finalmente levantó la mano.
—Ya está bien.
Las demás se apartaron, dejando que la Flaca quedara tendida, el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido una maratón. El pelo se le pegaba a la frente y las lágrimas de risa le surcaban las mejillas, pero tenía la sonrisa más grande que jamás le habían visto.
—Joder… —logró decir, con la voz rota—. Joder, tías… eso… eso ha sido una puta locura.
Cuando la desataron, la Flaca se incorporó lentamente y, para sorpresa de todas, se giró hacia Elisa con una chispa traviesa en los ojos.
—¿Y ahora a quién le toca?
Sin esperar respuesta, se lanzó sobre Elisa y le clavó los dedos en los costados. Elisa soltó un gritito agudo y se derrumbó de risa, incapaz de apartarla de encima.
—¡Ehhh! ¡JAJAJAJA! ¡Pero mira la descarada! —rió Kiara, mientras Lidija observaba con una sonrisa contenida.
La Flaca, sin dejar de reírse ella misma, seguía cosquilleando a Elisa.
—¡Ahora me toca a mí! ¡Venga, que yo también quiero jugar!
De pronto, la Gitana, con un gesto tranquilo pero firme, pidió a las demás que salieran.
—Dejadnos solas un momento.
Ninguna replicó. Lidija, Violeta, Kiara y Elisa abandonaron la celda en silencio, aunque no pudieron ocultar la curiosidad en sus miradas.
Ya en el pasillo, Kiara fue la primera en romper el silencio, con un susurro conspirativo.
—¿Sabéis lo que le va a proponer? —dijo, mordiéndose el labio, mientras caminaban despacio.
Las demás negaron con la cabeza.
—Que se una a nosotras —añadió Kiara, casi emocionada—. Pero con una condición: que se desintoxique y deje de vender mierda en el patio.
Violeta arqueó una ceja.
—¿En serio? ¿La Flaca en la Hermandad?
—Eso ha dicho —confirmó Kiara—. Si acepta, la Gitana va a ponerla en el mismo plan que a Lorena: turnos de acompañamiento, cambio de celda… todo.
Elisa sonrió.
—Pues si consigue enderezar a esa loca, yo la nombro santa.
Las cuatro rieron en voz baja, imaginando la escena que debía de estarse produciendo dentro: la Flaca, todavía con el gesto bobalicón, escuchando a la Gitana con la misma atención con la que antes recibía las cosquillas.
El pasillo quedó en silencio, con la sensación de que algo importante estaba a punto de cambiar en el pequeño universo de la prisión.
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