LA CONDENA - Episodio 21: Shadi

El pasillo estaba en silencio, apenas roto por el zumbido lejano de una radio en otra galería. Shadi estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas, la espalda erguida como un mástil. Frente a ella, Lorena imitaba su postura, los ojos cerrados, respirando de manera profunda y regular. A su lado, La Flaca trataba de copiarla, pero cada pocos segundos abría un ojo, miraba a las otras dos y sonreía con gesto travieso.

—Inhala... —dijo Shadi, su voz grave y pausada llenando el espacio—. Exhala...

La Flaca aguantó apenas unos segundos antes de explotar en una risita contenida.
—Tía, parecemos monjes budistas. —Y estiró un dedo para darle un toque en el costado a Shadi.

Lorena abrió los ojos de golpe y negó con la cabeza, divertida y desesperada a la vez.
—¡Marta, en serio!

Shadi abrió los ojos y la miró con calma, sin un asomo de enfado.
—Si no puedes quedarte quieta, busca otra manera de soltar lo que llevas dentro —dijo, y su mirada se suavizó en seguida.

La Flaca la observó un instante... y de pronto sonrió de oreja a oreja.
—Pues ya sé cómo. —Se lanzó a por los costados de Shadi con los dedos en garra.

Lorena se llevó las manos a la cara.
—No, no, no...

Pero Shadi sólo dejó escapar un suspiro que se convirtió en una carcajada contenida mientras se doblaba como un junco al viento.
—De acuerdo —dijo entre risas suaves—. Si con esto te calmas, vamos a hacerlo bien. Pero cuando terminemos, te sientas y respiras como te he enseñado.

Se levantó del suelo con la misma calma con la que había estado guiando la meditación. Caminó hasta la cama de matrimonio de la Gitana y se sentó en el borde, como si meditara un instante. Después se tumbó bocarriba, extendiendo brazos y piernas sin que nadie se lo pidiera.

La Gitana, recostada en su sillón, observaba la escena con los brazos cruzados y una ceja alzada.

—Si tú crees que eso la puede ayudar —dijo con voz grave—, adelante.

La Flaca asintió, entusiasmada, y se giró hacia Lorena.
—¡Venga, ven, que tiene que ser entre las dos!

Lorena dudó un instante, pero la media sonrisa de la marroquí le dio permiso. Sus manos se movieron con precisión para desabrochar uno a uno los botones de su blusa, dejándola abierta, el torso expuesto a la luz de la celda.

Lorena tragó saliva y se inclinó a sus pies para descalzarla, quitándole primero las zapatillas y luego los calcetines. Shadi permaneció inmóvil, los ojos cerrados, como si se preparara para algo que no la sorprendía.

La Gitana se levantó despacio y, sin perder su gesto sereno, tomó las correas que siempre tenía a mano. Ató a Shadi en forma de equis, con los brazos y las piernas bien extendidos, sin apretar demasiado.

—Así está bien —murmuró, comprobando la tensión de las ataduras.

Shadi sonrió, con los ojos aún cerrados, y murmuró algo en árabe. 

Lorena y la Flaca se miraron. Está última sonreía con nerviosismo, como si no pudiera creer que Shadi estuviera dispuesta a algo así. Acababa de entrar a formar parte de la Hermandad, después de que la Gitana le explicara en qué consistía y cuáles eran las condiciones, y era la primera vez que participaba en una sesión de cosquillas en la que no fuera ella la víctima.

Lorena se subió a la cama despacio, como si temiera romper el silencio reverente que había dejado Shadi con su oración. Se colocó de rodillas junto al torso de la compañera atada y, tras mirar de reojo a la Gitana —que asintió apenas con la cabeza—, deslizó las yemas de los dedos por sus costillas.

Shadi soltó una risa suave, contenida, casi un suspiro con música. Sus hombros se estremecieron, pero no abrió los ojos.

Siguió recorriendo el torso, con una delicadeza casi artística, dibujando caminos con las uñas apenas rozando la piel. La respiración de Shadi se aceleraba, y su risa empezaba a tomar cuerpo, clara y aguda, como un canto involuntario.

La Flaca, que miraba desde el borde de la cama, no pudo resistirse más.

—¡Ahora voy yo! —exclamó, subiéndose con un salto.

Se lanzó directa a las plantas de los pies de Shadi, moviendo los dedos de manera rápida y caótica. Shadi arqueó la espalda y por primera vez abrió los ojos, riendo con fuerza, soltando carcajadas profundas que resonaron en la celda.

—¡Marta, despacio! —rió Lorena, intentando contenerla.

Pero la Flaca no paraba, feliz de ver a Shadi revolverse como una serpiente y gritar entre risas algo en árabe que nadie entendió.

Fue entonces cuando la Gitana se levantó de su sillón. Caminó despacio hasta la cama, con su autoridad natural llenando la celda. Colocó una mano en el hombro de la Flaca y la detuvo.

—Así no, niña —dijo en voz baja, pero firme—. No es sólo hacer reír. Es un juego, y en el juego se respeta a quien se presta.

La Flaca asintió, algo avergonzada. La Gitana se agachó junto a los pies de Shadi y, sin dejar de mirarla a los ojos, empezó a mover sus dedos de forma lenta, acompasada, buscando el ritmo justo.

Shadi volvió a cerrar los ojos y su risa cambió: ya no era un desespero, sino una risa alegre, libre, que se desbordaba sin resistencia. La Flaca la imitó, siguiendo el compás que marcaba la Gitana.

Lorena sonrió, viendo cómo poco a poco la escena se transformaba en algo armonioso. La celda se llenó de risas, pero no eran ruidosas ni brutales: eran suaves, cálidas, casi catárticas.

Cuando la Gitana se incorporó, volvió a su sillón satisfecha.

—Así sí —dijo—. Ahora sí lo estás haciendo bien.

Las manos curiosas de ambas siguieron explorando la piel suave de su compañera, jugando con sus límites. Shadi se encogía a cada toque, apretando los labios para no reír, hasta que una oleada de cosquillas más intensa la obligó a rendirse. Los delgados dedos de La Flaca en la fina piel de las plantas de sus pies y las uñas de Lorena en sus vulnerables costillas. La carcajada que estalló fue tan limpia, tan luminosa, que incluso la Gitana sonrió desde su rincón.

Lorena seguía el ritmo con delicadeza, recorriendo la piel cetrina del torso de la marroquí, mientras la Flaca, incapaz de contener su entusiasmo, redoblaba esfuerzos bajo los dedos de sus pies. Las risas de Shadi subían de tono, mezcladas con pequeños jadeos y súplicas entre risas.

Ahí Shadi perdió toda compostura. La risa se volvió pura música. Intentaba zafarse, pero lo hacía entre carcajadas sinceras, sin un ápice de malestar. Sufriendo pero tratando de liberar toda energía negativa de su cuerpo.

De repente, a Lorena se le ocurrió una idea: posar en el vientre de Shadi una sonora pedorreta que hizo estallar en su compañera una risa aguda que fue incapaz de contener. La Flaca, al verlo, rió con su característica manera de hacerlo e imitó la acción, dejando una pedorreta justo en el centro de la planta del pie de Shadi, que volvió a reír de forma energética y aguda, ya sin un ápice de contención.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡Qué malas sois! ¡Parad, por favor!

La Flaca y Lorena se miraron, sonriendo con malicia y, sin necesidad de decir nada, volvieron a atacar a su compañera. La Flaca hizo una pedorreta en la planta del otro pie. Lorena, esta vez, atacó el cuello de Shadi, que se contrajo ladeando la cabeza y riendo frenética. Tras esto, dejó otra pedorreta en una de las axilas de la marroquí mientras, con los dedos de la otra mano, cosquilleaba la otra. 

Shadi se retorcía, riendo con tanta fuerza que las mejollas le enrojecían el rostro. Intentaba hablar, pero sólo conseguía emitir sonidos entrecortados, ahogados por la risa.

La Flaca movía ahora las yemas de sus dedos por las dos plantas de Shadi, tal y como le había enseñado La Gitana.

—Si me dejáis hacer esto todos los días, prometo que no vuelvo a probar la droga en mi puta vida—dijo entre risas. 

La Gitana la miró, orgullosa.

—Mañana elegirás a tu siguiente víctima. Espero que cumplas tu promesa.

Y ambas siguieron haciendo cosquillas a la pobre Shadi, que ya había perdido completamente el control.


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