LA CONDENA - Episodio 22: Valentina

El sol caía torcido sobre el patio y las seis compartían banco: Elisa, Kiara, Lidija, Violeta, Alba y Carlota. Charlaban sin mucho rumbo, más por pasar el rato que por decir nada importante.

—Hoy está raro el aire —comentó Alba, mirando al cielo.

—Será el aburrimiento —respondió Violeta, espatarrada al sol—. Acá hasta el viento bosteza.

De pronto, una voz las sacó del sopor:

—¡Niñas! ¡Que tengo que elegir a la siguiente!

Todas giraron la cabeza. Era La Flaca, que venía directa hacia ellas con los ojos brillantes y una sonrisa casi infantil.

—¿Qué siguiente? —preguntó Carlota.

—La víctima, chiquilla. La víctima —dijo la Flaca muy seria, y luego se echó a reír—. ¡Ayer le hice cosquillas a Shadi! ¡La morita!

Elisa levantó una ceja.

—¿Y sobrevivió?

—Por los pelos —contestó la Flaca, abriendo los brazos—. Al principio calladita, pero luego… ¡Madre mía, parecía que le estaban contando chistes en árabe!

Todas estallaron en carcajadas. Lidija negó con la cabeza, divertida.

—Tú estás loca, Flaca.

—Loca no, ¡feliz! —replicó ella, señalándose con orgullo—. Y hoy me toca elegir a la siguiente.

—A mí no me mires —dijo Kiara, jugando a esconderse detrás de Elisa.

—Ni a mí —añadió Alba, riéndose e imitando a Elisa, pero escondiéndose ella tras Carlota—.

La Flaca las fue observando una por una, con un brillo travieso en los ojos. Hizo un gesto teatral, como si fuera a elegir al azar, pero al final sonrió sin decir nada.

—No, aún no. Quiero pensarlo bien —dijo, llevándose un dedo a los labios—. Tiene que ser especial. Tengo que conoceros a todas.

Y sin añadir más, se dio media vuelta y se alejó tarareando algo, dejando al grupo riendo entre murmullos.

Elisa sonrió, mirando cómo la Flaca desaparecía entre el resto de internas.

El patio volvió a su calma, pero todas sabían que la ahora ex toxicómana ya tenía algo en mente.

Al otro lado del patio, donde el sol pegaba más fuerte y el suelo olía a tierra caliente, tres mujeres mataban el rato sentadas junto al muro.

Valentina “La Canija” hablaba sin parar, gesticulando tanto que casi tiraba el cigarro de Marina cada dos frases. Bajita, redondita y con una sonrisa que iluminaba todo el rincón, parecía inmune al aburrimiento. Su trenza negra le caía sobre un hombro y el diente de oro relucía cada vez que soltaba una carcajada.

A su lado, Marina, una catalana de rostro anguloso y mirada firme, fumaba tabaco de liar y escuchaba con aire de “me da igual todo”, aunque se le escapaba la risa a ratos. Tenía tatuado en el antebrazo un ojo abierto y la palabra “Sort”, y un aire de mandona tranquila que imponía sin querer.

La tercera era Nadia, una rumana de piel muy blanca, cabello rubio ceniza recogido en una coleta alta, y expresión apacible. Tenía una calma extraña, de esas que descolocan, y un acento suave que le daba a cualquier cosa que dijera un aire sensual.

En esas estaban, riéndose de una historia de Valentina sobre una pelea por el mando de la tele, cuando La Flaca se acercó con una sonrisa entusiasta y los brazos abiertos.

—¡Ahí están mis chicas favoritas! —dijo, deteniéndose frente a ellas—. A ver si adivináis quién se lo pasó bomba ayer haciéndole cosquillas a Shadi.

Valentina alzó las cejas, con picardía.

—No sé, miarma… pero si fue ella, seguro que ahora habla árabe a carcajás.

La Flaca soltó una risa.

—¡Te lo juro, casi se me desmaya! Hoy me toca elegir a la siguiente víctima…

—¿Víctima dice? —replicó Valentina, llevándose la mano al pecho—. No me asustes, que yo me río hasta cuando me ponen la vacuna.

Marina chasqueó la lengua, divertida.

—Pues contigo no necesita ni tocarte, sólo mirarte y te partes.

Nadia sonrió.

—No le des ideas, Marina. Que luego no dormimos de tanto oírla reír.

Valentina se encogió teatralmente, con los ojos muy abiertos.

—Si me toca, prometo portarme bien… pero que alguien me ate los pies, que los tengo más traicioneros que la lengua.

La Flaca la observó unos segundos, divertida, y dijo:

—Pues mira, me caes tan bien que justo por eso te elijo a ti.

Valentina se llevó las manos a la cabeza.

—¡¿A mí?! ¡Pero si yo lo decía de broma, criatura! ¡Tú es que ves un alma alegre y te da por castigarla!

La Flaca se echó a reír, girando sobre sí misma.

—Lo tuyo no es un castigo, gaditana. Es un privilegio. Ya verás.

—¡Sí, un privilegio de los que se lloran! —replicó Valentina, entre risas—. ¡Como el IVA del tabaco!

Las tres estallaron en carcajadas, y La Flaca, aún riendo, se alejó entre ellas, moviendo la cabeza.

—Esta tiene arte —dijo Marina—. Pero ya verás mañana: la oiremos reír desde el comedor.

Valentina suspiró, mirando al cielo.

—Que Dios me coja confesá...

Cuando La Flaca se marchó dando zancadas, Valentina la siguió con la mirada, resignada, con las manos en la cintura.

—Nada, niñas, ya estoy sentenciada. Si mañana no vengo al recuento, buscadme en el cielo… o en la lavandería, riéndome sola —dijo, haciendo el gesto de persignarse.

Marina soltó una carcajada seca.

Nadia, que se había quedado observando a La Flaca mientras se alejaba, negó despacio.

—Yo no entiendo cómo La Gitana ha dejado entrar a esta yonki en la Hermandad. Se va a enterar todo el módulo de todo.

Valentina puso cara de mártir.

—¡Porque una es buena persona, Nadia! No tiene maldá, mírala.

Marina se inclinó hacia ella, con media sonrisa.

—Oye, si sobrevives, lo cuentas. Así nos echamos las risas nosotras también.

Valentina la señaló con un dedo.

—Eso está hecho, catalana. Pero el día que te toque a ti, que sepas que me voy a sentar con palomitas.

Nadia rió bajito.

—Yo creo que te lo tomas demasiado bien. En tu lugar, yo estaría escondida debajo de la cama.

—¿Debajo de la cama? ¡Con lo chiquitica que soy me confunden con una pelusa! —replicó Valentina, estallando en carcajadas—. Me rindo a mi destino. Si mañana me ves arrastrándome por el patio, tráeme un abanico y una botella de agua bendita.

Marina y Nadia no pudieron contener la risa. Valentina sonreía, feliz de ser el centro de las carcajadas, como si la sola idea del castigo fuera un motivo más para disfrutar del día.

—Ea —dijo al fin, sacudiéndose el polvo del pantalón—, voy a ver si almorzamos algo antes de que empiece mi martirio. Que con el estómago lleno se ríe mejor.

Y se fue, meneando la coleta y canturreando una copla, mientras las otras dos la miraban marchar entre risas.

—Tiene un arte… —murmuró Marina, aún sonriendo.

—Y un valor —añadió Nadia—. Porque yo, de ella, estaría temblando ya.

Marina asintió.

—Sí, pero esa se ríe hasta del miedo. Y por eso la queremos.

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La celda de la Gitana olía a jabón y a suavizante, con las sábanas recién tendidas y el ventilador girando lento sobre la cama. Allí, en el centro, Valentina estaba ya preparada: atada en forma de equis, descalza y con una camiseta de tirantes que dejaba ver sus brazos morenos y redondeados. Sus axilas mostraban una sombra de vello.

—Madre mía, esto parece una sesión de espiritismo y yo soy el sacrificio —bromeó, intentando no mirar demasiado a las demás—. Si aparece mi abuela del más allá, avisadme, que la muy bruja siempre quiso verme en misa.

Elisa se llevó una mano a la boca, reprimiendo la risa. Kiara bufó divertida.

—No paras ni en estas, ¿eh, Valentina?

—Calla, niña, que si me callo me pongo peor —respondió ella, moviendo los pequeños dedos de sus pies—. Yo cuando me pongo nerviosa hablo, ¿qué quieres que haga? Es o esto o cantar por Camarón.

La Gitana estaba sentada en su sillón, observando la escena con calma.

—Tú cántate lo que quieras, pero no te me escapes, que luego hay que volver a atarte.

Nadia y Marina se miraron entre ellas, conteniendo las carcajadas.

—El día que me la presentaron yo pensaba que exageraban cuando decían que no se callaba ni dormida —susurró Marina.

—¿Dormida? Si duermo, ronco con un arte que no se puede aguantá —replicó Valentina desde la cama—. Me lo dijo la rumana, que parecía que estaba tocando las palmas.

La Flaca, que hasta entonces había permanecido de pie, la miró con una sonrisa traviesa.

—¿Estás lista, Canija?

—Lista no, cariño, pero resignada sí —dijo Valentina, soltando un largo suspiro—. Si me da un infarto, que alguien diga en mi funeral que morí como viví: riéndome.

La Gitana asintió con una sonrisa satisfecha.

—Así me gusta, con arte. A ver si hoy nos das un buen espectáculo.

Valentina giró la cabeza hacia Elisa, buscando complicidad.

—Concejala, si me da algo, tú hazme la RCP.

La risa general se extendió por la celda. Incluso La Gitana dejó escapar una carcajada suave, encendiendo al fin el cigarro.

—Ea, niñas, empezad cuando queráis. Que aquí la Canija está deseando demostrar que tiene más aguante que lengua.

—Eso lo dudo —murmuró Kiara, sonriendo.

Valentina soltó una risita nerviosa, cerró los ojos y murmuró entre dientes:

—¡Ay, virgencita!

La Flaca se subió con cuidado al borde de la cama, sonriendo de oreja a oreja.

—Bueno, Canija… ¿estás preparada?

—Nunca estoy preparada para esto, niña—respondió Valentina, riéndose ya antes de empezar—. Tú no te acerques tanto, que me entra la risa sólo de verte esa cara que pones.

La Flaca levantó las cejas con gesto travieso.

—¿Ah, sí?

Y sin más aviso, se inclinó sobre ella. En cuanto empezó a hacerle cosquillas en las costillas, Valentina se arqueó en la cama con un grito entre la risa y la sorpresa.

—¡Ay, ay, ay, por Dios! ¡Que me meo, niña! —soltó entre carcajadas.

Nadia y Marina se taparon la boca para no reírse demasiado fuerte. Kiara, desde una esquina, observaba encantada el espectáculo.

—¡No la mates, Flaca! Que luego la tenemos que resucitar con abanicos —bromeó.

La Gitana, sin moverse del sillón, sonrió con los ojos entrecerrados.

—No te quejarás de público, Valentina. Si esto fuera un teatro, ya estarías cobrando taquilla.

Valentina intentó contestar, pero la risa le cortó el aire.

—¡Ay…! ¡Me vais a enterrar en chirona! ¡Llamad al cura y que me eche agua bendita, que me da algo!

La Flaca, lejos de parar, seguía divertida, disfrutando como una cría, cosquilleando sin piedad el torso de la andaluza. Su risa se mezclaba con la de Valentina, y la escena acabó contagiando a todas. Elisa se doblaba de la risa desde la silla, mientras Marina murmuraba entre jadeos:

—Esta mujer no tiene remedio…

Valentina, roja como un tomate, trató de hablar entre jadeos:

—¡Gitana! ¡Por tu madre, dile que pare un segundo! ¡Que necesito… aire, por Dios!


La Gitana  respondió con calma:

—Vale, vale, Flaca, dale un respiro… que si se nos muere la gaditana, esto se nos queda sin gracia.

La Flaca paró un momento y se dejó caer a su lado, riendo también. Valentina respiró hondo, con lágrimas en los ojos de tanto reír.

—Sois unas salvajes… pero me lo voy a tomar como un homenaje —dijo, todavía riéndose—. 

La Flaca volvió a inclinarse sobre Valentina, con una sonrisa maliciosa.

—¿Descansada ya, miarma? 

—¡Ni se te ocurra! —protestó Valentina, encogiéndose todo lo que podía, sin dejar de reír—¡Que lo digo en serio, que me va a dar un ataque de los gordos!

Pero La Flaca ya había vuelto a la carga. Bastó un par de caricias con sus largos dedos en las axilas de la gaditana para que ésta empezara a retorcerse entre carcajadas, pataleando en el aire.

—¡Ay, ay, ay, quita, niña, quita! ¡Ahí nooo, que me muero!

Marina se dobló de risa.

—Si es que parece que le están contando chistes con las manos —dijo, divertida.

Nadia la observaba con curiosidad.

—Yo me muero si me tocan ahí.

Valentina, entre carcajadas, trataba de agarrarse a algo, pero sus muñecas atadas la mantenían quieta. Su risa se hizo más aguda cuando La Flaca, incansable, cambió de ritmo.

—¡Madre mía, que esta lo hace con técnica! ¡Gitana, dile que pare, que me va a sacar el alma por la boca!

La Gitana sonrió, divertida.

—Te estás quejando mucho para ser la que más se ríe del patio.

—¡Porque soy buena persona! ¡Pero esto es un martirio!

Las carcajadas de Valentina se oían ya desde el pasillo. Su cuerpo entero se sacudía con cada nuevo ataque, y cuando La Flaca se centró en sus costados, la gaditana perdió por completo el control.

—¡Ahí no, por tu madre, ahí no! —gritó, mientras su voz se mezclaba con chillidos y risas—. ¡Que me vas a sacar el demonio por la barriga!

Elisa y Kiara se miraban sin poder contenerse, contagiadas por el jaleo.

—Dios… si es que hasta parece que disfruta —dijo Kiara, riendo.

—Disfruta, disfruta —respondió La Gitana, sin moverse—. Que esto limpia el alma por dentro.

Valentina, exhausta pero incapaz de parar de reír, gritó entre suspiros:

—¡Sois peores que el levante en agosto, me tenéis revuelta entera!

Pero ni siquiera eso frenó a La Flaca, que se reía tanto como ella, recorriendo con los dedos los costados y la barriga de Valentina, cuya carne temblaba como un flan cada vez que soltaba sus agudas y contagiosas carcajadas.

La Flaca se echó atrás, con las mejillas coloradas de tanto reírse ella también, y levantó las manos.

—¡Ay, esto es demasiado pa’ una sola! —dijo entre jadeos—. ¡Venga, quién se apunta a ayudarme, que esta tiene más energía que una lavadora en centrifugao!

Marina, que hasta entonces se había limitado a observar desde un rincón con los brazos cruzados, arqueó una ceja.

—Va, dona, que si nadie te ayuda, esto se alarga hasta el recuento —dijo con una sonrisa traviesa.

Valentina, aún entre carcajadas, se revolvió en la cama.

—¡Tú no, tú no, que me vas a poner la risa en catalán y no me entiendo ni yo!

—Tranquila —respondió Marina, acercándose despacio—. Que sólo la voy a ayudar… un poquito.

Marina se sentó al borde de la cama y miró a La Flaca con una expresión de falsa seriedad.

—¿Aquí? —preguntó, señalando con un gesto leve hacia los costados de Valentina, que ya se agitaba como si pudiera intuirlo.

—¡Ahí no, por Dios! —gritó la gaditana, sin poder contener la risa antes incluso de que la tocaran.

Pero era tarde. Marina empezó con una suavidad calculada, provocando una nueva explosión de carcajadas. Los dedos de Marina también eran delgados, sus uñas, ligeramente largas, recorrieron la piel blanda de la cintura. Valentina se arqueó, se encogió, y pataleó sin control, gritando entre risas:

—¡Que me meo, que me meo! ¡Quitadme a esta catalana que tiene los dedos de demonio!

La Flaca, doblada de la risa, añadió:

—Pues si vieras cómo toca la guitarra… —y el grupo entero estalló en carcajadas.

Marina, sin perder la compostura, la provocaba con un tono burlón:

—¿Y si canto una habanera mientras tanto?

—¡No, no cantes, que me remato! —respondió Valentina, llorando de la risa, con la coleta deshecha y el diente de oro reluciendo a la luz de la celda.

La Gitana, desde su silla, movió apenas la cabeza, divertida ante el caos alegre que se había formado.

—Venga, seguid, seguid —dijo con voz cálida—. Que la risa también cura, aunque luego me dejéis la cama como un campo de batalla.

La Flaca y Marina siguieron sincronizadas, una a cada lado, sin tregua, cosquilleando el torso. La Flaca recorría las costillas y de vez en cuando se adentraba en la zona de las axilas. Marina oscilaba entre la cintura y el vientre. Valentina ya no podía ni hablar: apenas emitía sonidos entre risas y sollozos agudos, intentando esconderse bajo sí misma sin conseguirlo.

—¡Sois malas, muy malas! —alcanzó a decir entre carcajadas—. ¡Esto es tortura!

Elisa y Kiara se habían mantenido observando desde el otro extremo de la celda, compartiendo miradas cómplices mientras las risas de Valentina llenaban el aire.

En un momento, cuando La Flaca y Marina aflojaron para tomar aire, Elisa ladeó la cabeza hacia su compañera y murmuró, con una sonrisa que era mitad dulzura y mitad amenaza juguetona:

—Habrá que hacerle una visita a tu parte favorita, ¿no, Kiara?

Los ojos de Kiara brillaron de inmediato. Bajó la vista hacia los pequeños pies descalzos de Valentina, que se movían sin rumbo, vulnerables y sin escapatoria.

—Ah, eso ni se pregunta —respondió, casi en un susurro, relamiéndose con la mirada.

Valentina, que oyó lo justo para intuir lo que se venía, alzó la cabeza bruscamente.

—¡No, no, ahí no! ¡Por lo que más queráis, ahí no!

Pero Elisa ya se había arrodillado a un lado de la cama, y Kiara al otro. Se miraron un instante, sonrieron… y atacaron al unísono, como sólo ellas sabían. Como si conocieran cada terminación nerviosa de la planta del pie.

El estallido de carcajadas fue inmediato, puro, sin aire.

Valentina intentó encogerse, pataleó, gritó entre risas descontroladas:

—¡Me vais a matar, me vais a matar de la risaaaa! ¡Quitad las manos de ahí, hijas de puta! ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Kiara se echó a reír, disfrutando de cada reacción, recorriendo con sus uñas la planta de arriba a abajo, mientras Elisa mantenía la calma aparente, pero sus dedos eran implacables, precisos, y resbalaban por la piel del arco y las almohadillas, visitando de vez en cuando la piel sensible bajo los dedos de los pies.

Valentina no podía articular palabra; sólo reía y reía con su risa aguda, infantil y contagiosa, con los ojos húmedos y las mejillas enrojecidas.

La Gitana, desde su rincón, se recostó en la silla, observando satisfecha cómo la escena se desarrollaba sin necesidad de dar una sola orden.

Marina, aún sentada al borde de la cama, se cruzó de brazos y comentó entre carcajadas:

—Mare meva, si sigue así, mañana no va a poder ni andar.

El coro de risas llenó la celda, y Valentina, derrotada, apenas alcanzó a balbucear entre jadeos:

—Sois... las peores... —para volver a romper en una carcajada imposible de contener.

Kiara y Elisa siguieron a lo suyo, como si el resto del mundo hubiese desaparecido.

Valentina se revolvía con una energía desbordante, los pies moviéndose frenéticamente, intentando escapar de unas manos que parecían adivinar cada intento de evasión.

—¡No, no, noooo! —chilló entre carcajadas, dando una patada al aire—. ¡Os juro que no puedo más, me va a dar algo!

Kiara soltó una carcajada tan sonora como la suya.

—¡Pues si no puedes, te aguantas, gaditana! —dijo entre risas, mientras sus dedos no daban tregua—. ¡Aquí se viene a reír, no a pedir compasión!

Elisa, más contenida pero con la misma precisión, observaba cada reacción con una media sonrisa. Su toque era distinto: calculado, pausado, justo lo necesario para volver loca a Valentina.

—¡Joder, luego me voy a vengar de vosotras! —gimió Valentina, entre un estallido de carcajadas—. ¡Todas las cosquillas que me estáis haciendo os las voy a devolver!

Kiara la miró con fingida seriedad.

—Pues mira, a La Flaca le mola que le hagan cosquillas, y aquí a mi chica también le encanta—replicó mirando a Elisa, y redobló su ataque justo cuando Valentina intentó apartar el pie.

El sonido de la risa de la gaditana llenó la celda, desbordando incluso el pasillo.

Su voz se quebraba entre sollozos de risa, con el rostro encendido y los dedos crispados sobre las sábanas.

—¡Os juro que me meo! —consiguió decir entre carcajadas, lo que provocó un nuevo estallido de risas entre las demás.

Elisa, sin dejar de hacerle cosquillas, murmuró divertida:

—Entonces date prisa y ríndete antes de que pase lo inevitable, Valentina.

La gaditana intentó hablar, pero solo salieron risas entrecortadas y un “¡basta yaaa!” que nadie tomó en serio.

Kiara, disfrutando de la escena, la miró con ternura fingida, mientras pasaba las uñas por las arrugas de la planta del pie.

—Ay, si es que cuando te ríes así hasta pareces inocente, niña.

Valentina solo pudo responder con otra carcajada desesperada, agitándose sin rumbo, los pies moviéndose frenéticos, prisionera de su propia risa.

Mientras Kiara y Elisa seguían entretenidas con los pies, La Flaca y Marina no se quedaban atrás a la hora de martirizar a Valentina.

La primera, con esa energía suya que parecía inagotable, inclinada sobre el torso de Valentina, clavaba en ella una sonrisa traviesa.

—A ver… creo que aquí tienes un punto debil de verdad —dijo, y sin más preámbulo empezó a recorrerle los costados con los dedos, ligeros y rápidos.

El efecto fue inmediato:

Valentina se arqueó sobre la cama, soltando un chillido agudo que se transformó en una carcajada imparable.

—¡Noooo, ahí no, por tu madre, tía, que me muerooo! —gritaba entre espasmos de risa, intentando retorcerse, sin poder moverse ni un centímetro.

Marina, que seguía castigando los costados de Valentina, se dio la vuelta.

—Pues si ahí no, será aquí —dijo, y deslizó sus manos por los muslos de la andaluza, provocando un frenético estallido de risas descontroladas. Las piernas le temblaron, recorridas por un auténtico terremoto de cosquillas. Sus michelines se movían sin control.

Valentina apenas podía respirar.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡Sois malas, muy malas! —jadeó entre carcajadas—. ¡Esto es una puta tortura!

La Flaca se echó a reír con ella.

—Tortura no, cariño… esto es terapia —replicó, justo antes de colarse un poco más arriba, rozándole el vello de las axilas con precisión letal.

El grito que soltó Valentina hizo que todas las demás estallaran en carcajadas.

La gaditana se agitaba como una niña pequeña, con la cometa moviéndose de un lado a otro, los ojos cerrados y la sonrisa abierta, mostrando el brillo de su diente de oro.

—¡No puedo más, os lo juro, me va a dar un infarto! —decía entre risas histéricas—. ¡Flaca, para ya, que me vas a dejar sin aire!

Marina, riendo también, añadió con sorna:

—Vaya, y eso que aún no hemos empezado de verdad.

Valentina la miró como pudo, con lágrimas de risa en las mejillas.

—¡Catalana, no me jodas, que te muerdo!

Las demás rieron. La Flaca se apartó un segundo, doblada de risa también, mientras Marina le daba un leve golpecito en el hombro.

—Tienes arte, Valentina, hasta para sufrir —dijo, entre risas.

Cuando Valentina ya no podía ni articular palabra, La Flaca levantó las manos, todavía riendo.

—Vale, vale, chicas… creo que ya hemos exprimido bastante a esta loca.

Marina y Kiara se apartaron poco a poco, mientras Elisa le daba aire con la mano, aún sonriendo.

Valentina seguía respirando entrecortadamente, con la coleta deshecha y las mejillas encendidas.

—Sois unas salvajes —logró decir, jadeando pero divertida—. ¡Menos mal que no me queréis mal!

Las risas se apagaron poco a poco. La Gitana, desde una esquina, sonreía con los brazos cruzados. El ambiente quedó en silencio unos segundos, roto sólo por un sonido lejano y grave:

un trueno, profundo, que hizo vibrar las baldas de aluminio de la estanterías.

Todas se miraron un instante. La Gitana, que hasta entonces observaba desde su silla, alzó la vista.

—Viene tormenta, con el calor que ha hecho todo el día—dijo con tono tranquilo.

El cielo, más allá de los barrotes, se había ido tornando gris oscuro. El aire tenía ese olor metálico previo a la lluvia.

Valentina se incorporó poco a poco, aún sonriendo, y miró a Marina, que estaba recogiéndose el pelo con gesto distraído.

—Bueno, catalana… ahora te toca a ti, ¿no?

Marina soltó una carcajada nerviosa.

—¿A mí? Ni hablar. Yo paso, que ya os he visto las intenciones.

La Flaca se cruzó de brazos, fingiendo indignación.

—¿Cómo que no? Aquí todo el mundo paga su ración. Las reglas son las reglas.

Elisa intervino, divertida:

—Venga, Marina, que la Flaca está poniéndonos a prueba a todas nada más llegar.

Kiara añadió con una sonrisa traviesa:

—Además, seguro que tú aguantas más.

Marina negó con la cabeza, riendo y retrocediendo un paso.

—¡Ni lo soñéis! Yo no estoy tan loca como esta.

Valentina, aún con la voz entrecortada, le lanzó una mirada pícara.

Las carcajadas volvieron a llenar la celda. Afuera, otro trueno retumbó más cerca.

La lluvia todavía no había empezado, pero se intuía el peso del aire, denso, cargado de electricidad.

La Flaca, alzando un dedo como si dictara sentencia, concluyó:

—Pues ya está decidido. Marina, cariño, ahora te toca a ti.

Marina puso los ojos en blanco, aunque una sonrisa delató su rendición.

—No tenéis corazón —murmuró, mientras todas reían de nuevo.

Un relámpago iluminó el cielo.


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