LA CONDENA - Episodio 23: Marina
La Flaca se había sentado frente a la cama, casi ceremoniosa, observando los tobillos desnudos de Marina. Afuera, un trueno lejano hizo vibrar los muros del penal, un murmullo grave que pareció recorrer las paredes como un presentimiento. Nadie habló. Sólo se oía el golpeteo irregular del agua filtrándose por la ventana mal cerrada.
Marina mantenía la cabeza apoyada contra el colchón, la respiración entrecortada. Intentaba parecer tranquila, pero las cuerdas tensaban sus muñecas y el temblor leve de los dedos la delataba. La Flaca sonrió con una calma nueva y acercó las manos, dejando que las yemas rozaran apenas las plantas de los pies. Un toque suave, metódico, cuidadoso.
Marina dio un respingo y soltó una risa breve, incrédula, que se apagó enseguida. Cerró los ojos, apretando los labios para contener la siguiente. Pero el movimiento de los dedos de La Flaca siguió, pausado, buscando los puntos exactos donde la piel más sensible era, donde los espasmos la traicionaban.
—Ay… por favor… —balbuceó entre risas tímidas que ya no podía controlar.
Elisa la observaba en silencio, desde un rincón. Algo en la forma en que Marina reía —tan contenida, tan al borde— tenía un peso extraño, una tristeza que asomaba por debajo del sonido.
La Flaca, sin darse cuenta, fue encontrando el ritmo. Los dedos danzaban entre los arcos, los bordes, las comisuras de los dedos. Marina se encogía, respirando entrecortado, riendo de forma sorda. Por momentos su expresión se quebraba, como si una imagen repentina la hubiera cruzado, pero enseguida volvía la risa, nerviosa, torpe, luminosa por fuera.
Un relámpago iluminó la celda, blanco y fugaz. Kiara levantó la mirada; el trueno llegó poco después, más fuerte. Nadie dijo nada. Sólo se oyó la risa de Marina, mezclada con la lluvia que ya empezaba a golpear el cristal.
—Ya que estás, me podrías hacer un masaje… —dijo Marina entre carcajadas cortas, los pies intentando escapar sin éxito—.
Las risas se atropellaban, entrecortadas. La Flaca inclinó la cabeza, con esa sonrisa bobalicona suya, y recorrió con las yemas el borde de un talón hasta llegar al centro, dibujando círculos lentos. Marina contuvo en una risa desesperada, pero hacia dentro, mientras cerraba los ojos con fuerza.
—Mírala… si parece un muñequito, ¿eh? —bromeó la Flaca, sin dejar de moverse.
Marina sacudía los pies frenéticamente, intentando apartarlos, los dedos encogiéndose al mínimo contacto.
—Ay… Flaca, esos dedos tuyos, te lo juro… —decía entre carcajadas que la traicionaban.
La Flaca bajó el ritmo, apenas rozando la piel ahora, como si jugara con el contraste entre el alivio y el sobresalto. Marina intentó recuperar el aliento, pero cada roce mínimo la devolvía al mismo torbellino de risa sorda.
Afuera, otro trueno retumbó, más cercano. La luz tembló un instante. En la celda, la Flaca siguió, ajena al estruendo, concentrada en el vaivén de sus dedos sobre la piel que temblaba bajo ellos.
Marina, entre risas, intentaba hablar, pero cada intento se disolvía en carcajadas mudas. Por un segundo, sus ojos se encontraron con los de Elisa, que la observaba con una expresión imposible de leer.
Elisa se inclinó un poco hacia adelante, observando cómo Marina seguía riendo a trompicones, con el cabello despeinado.
—¿Puedo? —preguntó, con una media sonrisa.
La Flaca levantó la vista, aún con las manos en las plantas de los pies de Marina, y asintió con entusiasmo.
—Claro, reina. Es toda tuya.
Elisa se acercó despacio, sin apartar los ojos de Marina, que trataba de recuperar el aliento entre risas entrecortadas. Por un momento, la exconcejala se quedó quieta frente a ella, casi como si dudara. Luego, sus manos se deslizaron hacia los costados de Marina, levantando la tela de la camiseta y rozando apenas la piel de su cintura.
El contacto bastó. Marina soltó un chillido agudo, arqueándose en la cama con una risa que parecía escaparle del pecho sin control.
—¡No, no ahí, por favor! —gritó, entre carcajadas que le quebraban la voz.
Elisa apenas movía los dedos, trazando líneas rápidas que subían y bajaban por los flancos de la catalana, que se sacudía de un lado a otro sin rumbo. Su risa se volvió más alta, más desesperada, entrecortada por pequeñas súplicas que se perdían en el aire.
—Vaya, parece que le has pillado justo donde era —comentó la Flaca, con una sonrisa satisfecha.
Elisa no respondió; mantenía la mirada fija, casi estudiando cada reacción, como si quisiera entender algo más allá de la simple risa. Marina, en cambio, no podía articular palabra. El sonido de su risa llenaba la celda, mezclándose con el golpeteo distante de la lluvia que ya empezaba a caer sobre el techo.
Otro trueno resonó, esta vez tan fuerte que hizo vibrar los barrotes. Nadie se movió. Elisa siguió un poco más, sin apresurarse.
La exconcejala se acomodó a un lado de la cama, intercambió una mirada rápida con Marina y, tras el gesto aprobatorio de la Flaca, dejó que sus dedos apretarán un poco más los costados de la catalana. Marina pegó un respingo y soltó una carcajada nerviosa, intentando contenerla en vano. Elisa sonrió de medio lado, midiendo la intensidad, pulsandi la piel con precisión mientras la Flaca seguía entretenida más abajo, contando los dedos de los pies de forma infantil y acariciando los arcos sin prisa pero con precisión, concentrada en su tarea como una alumna aplicada.
Valentina, que observaba divertida desde los pies de la cama, no pudo resistirse más.
—¡A ver, que aquí falta arte! —exclamó, acercándose risueña.
La Gitana, desde el sillón, asintió con un gesto complacido.
Valentina se colocó del otro lado de la cama y empezó a colaborar imitando el movimiento de una araña en las dos axilas de Marina con una picardía que desató nuevas carcajadas. La catalana reía con fuerza, la voz entrecortada, suplicando entre risas que pararan un segundo.
Elisa y Valentina intercambiaron una mirada cómplice. Cada una a su ritmo, seguían provocando aquella mezcla de desesperación y timidez que recorría a Marina de punta a punta, mientras la Flaca reía tanto como la propia víctima.
Marina apretó los labios con todas sus fuerzas, intentando mantener la compostura. El cuerpo, sin embargo, la traicionaba: los hombros se sacudían, las piernas temblaban y una risa contenida se le escapaba en espasmos cortos y entrecortados. La Flaca, encantada con su progreso, no dejaba de moverse con destreza por los pies, ligera pero insistente, recorriendo arcos, dedos y talones.
—Ay, madre mía, que va a explotar —bromeó Valentina entre risas, sin dejar de trabajar en el cuello y las axilas de la catalana—. ¡Mírala, que parece una olla a presión!
Elisa soltó una carcajada y redobló la atención en los costados y la barriga, provocando que Marina rompiera finalmente en una carcajada sonora, cristalina y rendida. La habitación entera pareció llenarse de esa risa; Kiara sonrió desde la esquina, y la Gitana soltó un pequeño chasquido con la lengua, complacida.
—Así se limpia el alma —dijo con calma, observando la escena mientras otro trueno, más cercano, hacía vibrar el aire.
La luz parpadeó brevemente. Marina, entre risas y jadeos, trató de girar la cabeza hacia ella, buscando un poco de piedad. Pero la Flaca, entusiasmada con su papel, insistía con un toque juguetón, y Valentina, muerta de risa, no parecía tener intención de detenerse.
El trueno siguiente sonó tan fuerte que las siete levantaron la vista al mismo tiempo. Un instante después, la luz titiló y se apagó del todo, dejando la celda sumida en una penumbra azulada, apenas iluminada por los relámpagos que se filtraban entre los barrotes.
Elisa y Valentina se apartaron instintivamente; La Flaca soltó una carcajada nerviosa, aún con las manos sobre los pies de Marina, que respiraba entre risas y jadeos, los ojos muy abiertos en la oscuridad.
—Bueno, parece que la madre naturaleza ha dicho “basta” —dijo Valentina, intentando restarle dramatismo, aunque su voz resonó más de lo que esperaba en el silencio repentino.
—Será mejor parar —añadió Kiara, mirando hacia la puerta—. No vaya a entrar algún funcionario…
—Tranquila, hoy no hay ronda hasta dentro de media hora —respondió La Gitana, cruzándose de brazos con serenidad—. Pero soltadla, que ya ha tenido bastante.
Empezaron a desatar a Marina justo cuando un nuevo relámpago iluminó el rostro de Violeta, que apareció en la puerta, empapada y con gesto preocupado.
—¿Sabéis que os habéis quedado sin luz en todo el módulo, no? —dijo, alzando la voz por encima del retumbar de la lluvia—. Y por cierto, Flaca… te andan buscando unas cuantas por el patio.
—¿A mí? —preguntó la Flaca, como si fuera lo más normal del mundo, secándose el sudor de la frente—. Pues que esperen, estoy en medio de una sesión de cosquillas.
Violeta la miró incrédula, con una media sonrisa que no alcanzó a disimular del todo la tensión.
—Pues andan bastante bravas —dijo la colombiana—. Y te lo digo en serio: mejor que termines rápido.
Un nuevo trueno sacudió la celda. Nadie habló durante unos segundos. Sólo se oía la lluvia cayendo con fuerza contra los barrotes y el goteo constante desde el techo.
La Gitana exhaló despacio.
—Vale. —dijo al fin—. Vamos a ver qué pasa. Elisa, Kiara, acompañad a Marta abajo.
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El pasillo olía a humedad y lejía, y el murmullo lejano de los truenos hacía vibrar las paredes. La luz parpadeaba a intervalos breves, dejando zonas enteras en sombra. Elisa y Kiara caminaban junto a la Flaca, más por precaución que por verdadero interés en acompañarla. La habían convencido de bajar, al menos para ver qué era lo que tanto decían de ella por los pasillos.
—No pasa nada, tías —decía la Flaca con su sonrisa ladeada—. Que hablen, que chillen, yo no debo ná. Me he retirado.
Elisa intercambió una mirada con Kiara, resignadas. No era miedo lo que veían en ella, sino esa mezcla de inconsciencia y torpe alegría que hacía de la Flaca una criatura casi infantil.
Giraron una esquina y allí vieron a una chica joven, rubia, temblorosa, con las mejillas hundidas y varios dientes menos en la dentadura amarillenta. Rascaba sus antebrazos sin pausa, como si tratara de arrancarse algo de debajo de la piel. Cuando vio a la Flaca, se le tensó el gesto.
—Tú…hija de puta, tú me dijiste que esta semana traías —dijo con la voz quebrada—. Llevo tres noches sin dormir, ¿me entiendes? Tres putas noches.
La Flaca se encogió de hombros.
—Se acabó, nena. Ya no vendo.
La otra dio un paso al frente, furiosa, los ojos enrojecidos y húmedos.
—¿Cómo que no vendes? ¿Quién cojones te crees que eres, eh?
—Ahora me dedico a otra cosa. A las cosquillas —contestó ella, como si hablara de una broma privada.
Y sin pensarlo más, alzó las manos y le rodeó la cintura, con esos movimientos ligeros y juguetones que usaba en la celda. La rubia ni se movió. Sólo la miró, inmóvil, con la piel erizada y los dientes apretados.
—¿Qué coño haces, tarada? —escupió, apartándola de un empujón—. Voy a hablar con la Rosa.
Y se perdió por el pasillo, caminando rápido, con los hombros temblorosos y la mirada fija en el suelo.
Durante unos segundos, sólo se oyó la lluvia golpeando los ventanales y el zumbido grave de la luz que volvía a parpadear. La Flaca la observó marcharse con una sonrisa pequeña, nerviosa.
—No le caigo bien, parece —dijo, encogiéndose de hombros.
Kiara negó con la cabeza. Elisa, en cambio, miró hacia donde la chica había desaparecido, con un presentimiento sordo y desagradable.
La tormenta, afuera, empezaba a rugir de verdad.
Bajaron los tres tramos de escaleras despacio, esquivando los charcos que se extendían como espejos sucios por el suelo. El aire olía a humedad y a metal oxidado. Cada paso chapoteaba. El agua se colaba por los pasillos desde una zona sin identificar, arrastrando trozos de papel y colillas.
En el piso inferior reinaba el desorden. Dos funcionarios trataban de imponer calma sin éxito, mientras el personal de limpieza pasaba fregonas y cubos sin parar, resignadas ante lo imposible. Las reclusas gritaban, discutían entre sí, algunas empujaban los cubos para mojarse los pies a propósito, riendo con nerviosismo.
Un trueno hizo vibrar los ventanales, y varias luces del techo parpadearon al unísono, proyectando sombras ondulantes sobre el agua. Elisa, Kiara y la Flaca avanzaron con cautela entre aquel caos. La Flaca iba descalza, riéndose sola, salpicando a propósito.
—Parece un puto parque acuático —murmuró Kiara.
Elisa no respondió. Observó a su alrededor: el descontrol, las voces, el eco de las escobas, el retumbar del cielo. Todo parecía anunciar algo que aún no tenía forma, pero que se sentía cerca y no traería nada bueno.
De pronto, la luz se fue por completo.
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