LA CONDENA - Episodio 24: Nadia
En la celda de la Gitana el aire estaba cargado de humedad, pero aún se respiraba cierta calma. Las luces parpadeaban de vez en cuando, lanzando destellos sobre las paredes desconchadas, pero después volvía la completa oscuridad. Valentina estaba sentada al borde de la cama, todavía despeinada y con las mejillas encendidas; no paraba de hablar, como si quisiera reírse del cansancio. Marta escuchaba divertida desde el rincón, también exhausta, mientras Nadia —la rumana— se peinaba con los dedos, mirando de reojo hacia la ventana empañada por la lluvia.
La Gitana, recostada en su sillón con el cigarro apagado entre los dedos, las observaba con esa mezcla de cariño y dominio que la caracterizaba.
—Vaya par de sesiones, ¿eh? —dijo al fin, con una sonrisa socarrona—. La Flaca no tiene ni idea de lo que hace, pero hay que reconocer que le pone empeño.
Valentina soltó una carcajada, echándose hacia atrás.
—¡Ay, Gitana, que la chiquilla me ha dejao sin aire! —dijo tocándose el estómago—. Si sigue practicando, va a ser peor que tú.
—No exageres, niña —respondió la matriarca, divertida—. Que tú te ríes hasta con un soplido.
Las tres rieron, y por un momento el murmullo de la tormenta se perdió entre sus voces. Nadia sonrió apenas, con u gesto tímido que le era bastante propio. La Gitana la miró entonces con picardía.
—Por cierto… —dijo, levantando una ceja—. Hoy ha tocao Valentina y Marina, ¿no?
—Sí —respondió Nadia, asintiendo—. Dos de golpe, la Flaca no pierde tiempo.
La Gitana asintió lentamente, exhalando un suspiro que sonó casi a satisfacción.
—Entonces sólo nos queda una por torturar —dijo, girando la mirada hacia Nadia.
La rumana levantó los ojos, sorprendida.
—¿Yo? —preguntó, aunque ya conocía la respuesta.
—Tú —confirmó Valentina entre risas—.
La Gitana sonrió, divertida, pero su mirada se desvió hacia la puerta un instante.
—A ver si vuelven pronto las otras. No me gusta cómo suena ahí fuera —murmuró, más para sí que para las demás.
Un trueno sacudió los cristales, y durante unos segundos el silencio se apoderó de la celda. Luego, como si nada, Valentina volvió a bromear sobre la Flaca, imitando sus gestos torpes y arrancando otra ronda de risas que, por un rato, consiguieron disimular el mal presentimiento que empezaba a rondar a la Gitana.
Valentina se echó hacia delante, con esa sonrisa traviesa que siempre anunciaba lío.
—Venga ya, Nadia, que aquí hoy todas hemos pasado por eso —dijo, señalándola con el dedo—. No te vas a librar tú, rubita.
—Yo no… —empezó a decir la rumana, algo cortada, bajando la vista.
Tenía la voz suave, dulce, con un acento leve que hacía que cada palabra pareciera elegida con cuidado.
Marina, apoyada contra la pared, intervino con una media sonrisa.
—Mira que yo tampoco tenía muchas ganas, ¿eh? —dijo encogiéndose de hombros—. Pero luego… bueno, se pasa volando.
—Se pasa volando porque casi te la llevan en volandas de la risa —rió Valentina—. ¡Si hasta la Flaca acabó llorando de verte patalear!
La Gitana observaba la escena con serenidad. Su tono fue más calmado, pero firme.
—Nadie te va a obligar, Nadia. Ya lo sabes, cariño. No te preocupes.
Nadia levantó la mirada. En sus ojos había un brillo tímido, casi infantil, de alguien que nunca se había acostumbrado del todo a tanta cercanía. Sonrió apenas, como resignándose.
—No es que no confíe —dijo en voz baja—. Es que… me da vergüenza. Siempre que me toca me da mucha vergüenza.
—Vergüenza, dice —bromeó Valentina—. Después de verme a mí reírme como una puerca, jajajajaja.
Las risas se multiplicaron. Incluso Nadia no pudo evitar una sonrisa. Marina le dio un golpecito en el brazo.
—Anda, déjate. Te lo tomas con calma, respiras y cuando no puedas más, gritas. Eso funciona —dijo, guiñándole un ojo.
Nadia respiró hondo. Miró a Valentina, que le devolvía una sonrisa tan amplia que el diente de oro relucía con el reflejo de un relámpago. Finalmente, asintió.
—Vale… pero suave —dijo, casi susurrando.
—¡Ea! ¡Eso quería oír! —exclamó Valentina, palmoteando—.
Entre bromas y risas contenidas, empezaron a prepararlo todo. La Gitana daba indicaciones, Valentina y Marina se movían con agilidad, y Nadia, aunque todavía algo rígida, no pudo evitar soltar una risa nerviosa cuando la ayudaron a colocarse.
La lluvia seguía golpeando el tejado, marcando un ritmo constante, casi hipnótico. Afuera, el caos crecía; dentro, se preparaba otra de esas escenas que, incluso en medio de la tormenta, mantenían viva la peculiar armonía de la Hermandad.
Una vez atada y retirada la blusa, las zapatillas y los calcetines, Valentina se sentó a su lado con aire travieso. Nadia mantenía el mentón alzado, los labios apretados, una expresión serena que intentaba no delatar la inquietud que le palpitaba dentro. Respiró hondo. Los dedos de Valentina se posaron en su vientre suave, pálido y plano. Sus abdominales se tensaron. Cerró los ojos con fuerza, intentando no perder el control, pero el intento resultó inútil. De su garganta brotó una risa breve, tímida. La sorpresa de su propia reacción la hizo reír más, y entonces todo se volvió más liviano: la tensión del cuerpo, la mirada de las demás, el ambiente de la celda, incluso el ruido de la lluvia.
Valentina reía con ella, contagiada, mientras la Gitana asentía despacio, satisfecha. La rumana, con las mejillas encendidas, trató de recuperar el aliento, resoplando con los ojos cerrados.
Valentina comenzó a trazar círculos alrededor del ombligo de Nadia, que respiraba profundamente para no reír. Unas caricias suaves en los costados la hicieron estremecerse y su piel, blanca como una luna llena, se erizó. La joven se tensó apenas sintió el contacto, los músculos del abdomen contrayéndose al instante. Su cuerpo, que antes parecía una estatua, ahora reaccionaba con movimientos breves a los dedos de la gaditana que apenas tocaban su cintura.
—No… —murmuró, entre dientes, con una sonrisa que intentaba ocultar.
Valentina sonreía en silencio, disfrutando de las reacciones que provocaba en su compañera erizando la piel de su cintura.
La respiración de Nadia se hizo irregular. La serenidad de su rostro se quebraba por momentos, sustituida por esa mezcla de esfuerzo y contención.
Marina observaba desde la litera, entretenida.
—Si es que nuestra rumana no es tan de hielo como parece.
Valentina seguía jugueteando, con suma picardía ligera . Nadia intentaba volver a su calma habitual, pero el cuerpo la traicionaba. Entre espasmos y respiraciones agitadas, alzaba los ojos un instante hacia la Gitana, buscando sin decirlo permiso o refugio, y lo único que recibía era una sonrisa tranquila, casi orgullosa.
Cuando las manos de la gaditana llegaron a la zona lateral de las costillas, justo antes de alcanzar las axilas, la rumana se quebró del todo. Nadia, que hasta entonces había mantenido su calma prácticamente inquebrantable, empezó a perderla poco a poco. Al principio trató de mantener la compostura, de resistirse al impulso que la hacía encogerse entre risas contenidas. Pero aquello fue inútil. La tensión que había sostenido durante tanto tiempo se deshizo de golpe al sentir atacadas sus costillas, y una risa limpia, sorprendentemente luminosa, le escapó entre los labios.
Valentina se rio también, divertida, mirando a la rumana con cariño y algo de picardía. La Gitana, observando la escena, sonrió satisfecha: no por lo que ocurría, sino porque veía cómo Nadia, tan hermética siempre, se permitía al fin un respiro, una rendija de vulnerabilidad.
El murmullo de la lluvia se intensificaba afuera, golpeando los muros con furia creciente.
Marina se incorporó despacio, con la sonrisa traviesa, y se situó a los pies de Nadia. La joven rumana reía entrecortadamente, intentando mantenerse digna mientras sus mejillas enrojecían.
—A ver si con un poco de ayuda... —bromeó Marina, en tono suave.
Miró los pies de Nadia, rosados, medianos, perfectos, y pensó en su compañera Kiara, la fetichista de pies del grupo, que los estaría alabando si no estuviera abajo haciendo a saber qué con Elisa y La Flaca. Apenas empezó a rozaos con la uña, el cuerpo de Nadia se estremeció. Intentó resistirse, cerrar los puños, recuperar la serenidad que ya había perdido, pero no tardó en doblarse entre risas que le escapaban sin permiso. La Gitana observaba la escena con una mezcla de ternura y orgullo; pocas veces se veía a Nadia perder el control de esa manera.
Fuera, un relámpago iluminó la celda durante un segundo. Luego volvió la penumbra y las risas siguieron, cálidas.
Valentina no perdió un segundo. Con un movimiento ágil, se instaló frente al pie izquierdo de Nadia, mientras Marina, con una sonrisa pícara, hacía lo propio con el derecho. Los dos pares de manos se posaron simultáneamente sobre las plantas desnudas y tensas. Nadia, lejos de lo contenida que había estado hasta ahora, comenzó a tirar de sus ataduras desesperadamente.
—¡Ay, dios mío! —fue lo único que alcanzó a decir antes de que la primera oleada de cosquillas en ambos pies la arrasara por completo.
Los dedos de Valentina, rápidos y traviesos, se deslizaron como arañitas veloces por el arco sensible de su pie.
—¡Jajajajajajajajajajaja! ¡No, por favor! —suplicó Nadia entre risas ahogadas, intentando retorcer los tobillos, pero las ataduras le impedían cualquier escape.
—¿Qué pasa, rubia? ¿Demasiado para ti? —preguntó Valentina sin detenerse, dedicándole su amplia sonrisa gaditana—. ¡Pero qué cosquillosos son estos piececitos!
Marina, por su parte, empleaba una técnica más metódica pero igual de efectiva. Sus dedos pulgares presionaban y hacían círculos firmes en el centro de la planta, mientras los demás dedos recorrían con precisión suiza los sensibles metatarsianos y la base de los deditos.
—Tiene razón Valentina, son unos pies muy dignos de… atención —comentó Marina, riendo entre dientes al ver cómo los dedos de Nadia se encogían y se estiraban en un baile involuntario de puro tormento.
La risa de Nadia ya no era tímida ni contenida; era un torrente desbordado, carcajadas altas y dulces que parecían limpiar la atmósfera cargada de la celda. Se retorcía contra las ataduras, su cuerpo arqueándose en la cama en forma de equis, mientras la cabeza se le iba de un lado a otro sobre la almohada. Los veinte dedos seguían recorriendo los pies de la rumana de arriba a abajo, sin piedad.
—¡Parad! ¡Vale, me rindo! ¡Jajajaja! ¡No puedo más! —gritaba, sin que sus verdugos, entregadas a su misión, hicieran el más mínimo caso.
La Gitana observaba la escena con los brazos cruzados, una sonrisa serena y profunda dibujada en su rostro.
Las carcajadas escalaron varios tonos cuando las manos expertas de La Gitana se unieron al ritual. Mientras Valentina y Marina continuaban su asedio en los pies, la líder deslizó sus dedos, firmes pero bondadosos, por los costados de la rumana, encontrando inmediatamente ese punto justo debajo de las costillas donde la sensibilidad era máxima.
—¡Oh, no! ¡Gitana, no tú también! —gritó Nadia entre carcajadas que ahora eran completamente incontrolables. Su cuerpo se convulsionaba en la cama, tirando de las ataduras que la sostenían.
—Eso es, cariño —dijo La Gitana con su voz grave y calmada, que contrastaba con el caos que provocaban sus dedos—. Suelt esa risa.
Sus movimientos eran diferentes a los de las demás: más lentos, más intencionados. No buscaba simplemente provocar risa, sino una catarsis. Presionaba suavemente los espacios intercostales, dibujando trazos que hacían que Nadia se retorciera con una mezcla de agonía y éxtasis.
—¡Jajajajajajajajajajajaja! ¡Es demasiado! ¡No puedo respirar! —imploraba la rumana, con el rostro enrojecido y el pelo desordenado.
Valentina, desde los pies, celebraba el nuevo nivel de tormento.
—¡Así, Gitana! ¡Ese es su punto débil!
Marina, entre risas, aumentó la presión en el arco del pie derecho.
—Parece que nuestra rumana tiene más puntos débiles de lo que creíamos.
La Gitana sonreía con una especie de orgullo maternal. Veía cómo Nadia, siempre tan contenida, se deshacía en risas liberadoras, cómo sus defensas caían una tras otra bajo el ataque coordinado en sus pies y costillas.
—Así está bien —murmuró La Gitana, cambiando a un movimiento de "tecleo" ligero sobre las costillas flotantes—. Suelta, niña. Suelta todo.
Nadia ya ni intentaba formar palabras. Su risa era un río desbordado. Por un momento, incluso el sonido de la tormenta pareció amainar, como si la naturaleza misma se detuviera para escuchar esa risa.
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Elisa y Kiara bajaban a trompicones por el pasillo anegado, esquivando el agua sucia que ya les llegaba por los tobillos. Los fluorescentes parpadeaban, lanzando destellos irregulares sobre el suelo. Un trueno sacudió los muros justo cuando una figura apareció desde la esquina: era Violeta, con el pantalón empapado hasta las rodillas y el pelo pegado a la cara.
—Esto se está yendo al carajo —soltó, jadeando—. Hay que reunir a todas.
Elisa asintió sin pensarlo.
—¿Dónde está la Flaca? Venía con nosotras.
Violeta negó con la cabeza.
—Ni idea.
Las tres se miraron un instante, comprendiendo que había que moverse deprisa. Comenzaron a correr, gritando nombres entre el estruendo de la tormenta. El aire olía a tierra y a humedad, y de tanto en tanto un relámpago iluminaba los rostros tensos de las reclusas que trataban de ponerse a salvo.
En una de las galerías se toparon con Lidija, que avanzaba decidida con los pantalones arremangados y el ceño fruncido.
—Voy a por Alba y Carlota —dijo con su español rudo, casi gritando sobre el ruido del agua—. Vosotras buscad a las demás.
—¡En la celda de la Gitana! —respondió Kiara—. ¡Está en la parte alta, el agua no llegará allí!
Lidija asintió y echó a correr sin mirar atrás. Elisa respiró hondo; sentía el corazón desbocado, el cuerpo tiritando por el frío y la tensión.
—Vamos —dijo Violeta—, antes de que se bloquee el otro pasillo.
Las tres siguieron avanzando entre el caos, mientras el sonido de los truenos se confundía con el de los gritos y el chapoteo de decenas de pies descalzos buscando refugio.
Entre el estruendo del agua y el zumbido de los fluorescentes moribundos, Elisa distinguió dos siluetas que avanzaban a duras penas por el pasillo. La primera, más baja, caminaba con paso firme a pesar del agua; la segunda se apoyaba en ella, tambaleante.
—¡Shadi! —gritó Kiara, al reconocerla entre el parpadeo de las luces—. ¡Aquí!
La marroquí levantó la vista, el rostro empapado y los ojos encendidos por el reflejo de un relámpago. A su lado, Lorena avanzaba con dificultad, apoyada en su hombro, la cara manchada de sangre y el uniforme pegado al cuerpo por el agua y el sudor.
—La encontré en las duchas —jadeó Shadi cuando llegaron hasta ellas—. Estaba tirada, inconsciente. No sé qué ha pasado.
Elisa se inclinó hacia Lorena, que apenas lograba mantener los ojos abiertos. Le apartó el pelo mojado de la frente: la piel estaba fría, algo hinchada, el corte sobre la ceja seguía sangrando.
—¿Fue la tormenta? ¿Se ha golpeado algo? —preguntó Elisa.
Shadi negó, mirando a su alrededor como si temiera que alguien la oyera.
—No lo creo. Esto… —bajó la voz—. Esto parecen golpes.
Kiara frunció el ceño, intentando mantener la calma.
—¿Quién podría haberle hecho esto?
Shadi se encogió de hombros.
—Ni idea.
—Tenemos que llevarla arriba —dijo Elisa con firmeza—. No podemos dejarla aquí.
Shadi asintió y volvió a sostener a Lorena del brazo. Entre las tres la ayudaron a avanzar, abriéndose paso entre el agua turbia que ya subía por las pantorrillas.
—¡Vamos, rápido! —gritó Violeta desde el fondo del pasillo—. ¡Se está desbordando el patio!
El eco de los truenos llenó la galería mientras las cuatro avanzaban a trompicones, arrastrando a Lorena. En los rostros de todas se mezclaban el miedo, la confusión… y una extraña sensación de que algo, más allá de la tormenta, se había desatado dentro de los muros de la prisión.
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