LA CONDENA - Episodio 26: La historia de La Gitana, parte 2 (Teresa)
El ruido era ensordecedor. Gritos, chapoteos, el zumbido intermitente de los fluorescentes que parpadeaban en el techo y el golpeteo constante del agua cayendo desde alguna tubería rota. La Flaca avanzaba por el pasillo sin rumbo claro, esquivando cuerpos que pasaban a su lado a toda prisa. Varias presas corrían con mantas enrolladas, otras trataban de arrastrar cubos para desviar el agua que subía por los desagües.
—¡¿Dónde coño están los funcionarios?! —oyó que gritaba alguien.
Todo era confusión. Un par de luces se apagaron de golpe y el pasillo quedó a oscuras por un segundo. La Flaca se detuvo, empapada hasta las rodillas.
No estaba asustada. Más bien desconcertada, como si no alcanzara a entender del todo lo que ocurría. Miró a ambos lados; el aire olía a a moho.
De nuevo, gritos confusos.
—¡Hay que subir a los pisos altos!.
Siguió caminando, intentando orientarse entre los gritos. Una interna chocó contra ella y casi la tira al suelo antes de desaparecer de nuevo en la oscuridad. En algún punto cercano se escuchó un portazo metálico, un golpe seco, y luego una risa que se apagó en el eco.
La Flaca respiró hondo.
—Joder con la tormenta… —murmuró, tratando de convencerse de que era sólo eso, una tormenta y un poco de caos.
El agua ya le rozaba las pantorrillas. Dio un paso más, otro. El pasillo se estrechaba. Una ráfaga de aire frío le erizó la piel. Entonces lo sintió: un brazo por detrás. Trató de girar de golpe, pero antes de que pudiera ver nada, una mano le cubrió la boca.
El grito se ahogó contra la palma. Trató de zafarse, pero una segunda mano le sujetó el brazo con fuerza y, en un solo movimiento, alguien le echó una tela áspera sobre la cabeza. Olía a humedad y polvo.
—¡Eh! ¡Suelta! —intentó decir, pero su voz apenas fue un gemido.
Su cuerpo fue empujado hacia adelante. Los pies chapoteaban contra el suelo. La arrastraban, sin violencia excesiva, pero con decisión. El aire dentro del saco era sofocante; sentía cómo el corazón le golpeaba el pecho con fuerza.
Trató de contar los pasos, de orientarse por los sonidos: un giro, una puerta abriéndose, un golpe de metal, un murmullo ahogado. Luego, el colchón.
La tumbaron de espaldas sobre una litera. El colchón estaba frío, húmedo. Intentó incorporarse, pero una mano firme la empujó hacia abajo, sin decir palabra. Escuchó la respiración —cercana, tranquila— y eso la inquietó más que la fuerza con la que la contenían.
La Flaca no veía nada, pero sabía —sentía— que había más de una persona, alguien más estaba allí, de pie, observándola.
Y por primera vez desde que empezó la tormenta, sintió miedo de verdad.
El silencio se quebró por un murmullo bajo, apenas perceptible, que La Flaca no supo de dónde venía. Alguien respiraba cerca de su oído; otro movimiento, más alejado, confirmó una segunda presencia. Se tensó, inmóvil, con el pulso retumbándole en las sienes.
—¿Chicas? —dijo con voz temblorosa, buscando una respuesta que sonara familiar.
Nadie contestó. Sólo el sonido del agua goteando desde el techo y su propia respiración acelerada llenaban el aire.
Tragó saliva. Intentó reírse, como si quisiera convencerse de que aquello no era más que una broma pesada.
—¿Me vais a hacer cosquillas? ¿En serio? ¿Ahora? —preguntó, con una sonrisa nerviosa que nadie podía ver bajo la tela empapada.
El silencio que siguió fue largo, demasiado largo. Sintió cómo una mano —no la misma de antes— le rozaba el brazo con calma, casi con curiosidad. Luego otra, más áspera, le sujetó el tobillo para impedirle moverse.
La Flaca se revolvió, sin entender.
—Vale, vale… ya está bien, ¿no? —insistió, la voz un poco más aguda.
El tiempo pareció detenerse.
—¿Qué estáis haciendo…? —musitó, apenas audible.
Entonces lo sintió: un pinchazo seco, breve, en el antebrazo. Una punzada de calor que se extendió bajo la piel, difundiéndose lentamente, como una corriente tibia que ascendía hasta el hombro.
—¿Eh? ¿Qué… qué es eso? —balbuceó, tratando de incorporarse.
Pero sus músculos ya no le respondían. Las voces —si es que las había— se convirtieron en un murmullo lejano. Notó cómo su respiración, que momentos antes era entrecortada, comenzaba a calmarse sin que ella pudiera evitarlo. Todo a su alrededor se volvía ajeno, distante.
La Flaca quiso decir algo más, pero la voz no le salió. El cuerpo se le aflojó, la mente se fue difuminando en una neblina espesa, cada vez más profunda, hasta que todo se volvió negro.
Mientras tanto, arriba, en su celda, La Gitana continuaba su relato ante el silencio atónito de todas.
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AÑO 2012
El aire en el aula olía a polvo, pero también a un secreto compartido que había impregnado las paredes. La Gitana seguía la línea de un párrafo con el dedo índice, su voz, antes áspera, ahora fluía con una seguridad nueva, tropezando sólo de vez en cuando con una palabra larga.
"—y la lu-na se re-fle-ja-ba en el a-gua es-tan-ca-da—", leyó, concentrada.
Teresa, sentada a su lado, no miraba el libro. Miraba el perfil de La Gitana, la suave arruga de esfuerzo entre sus cejas, la manera en que sus labios formaban las palabras. Una sonrisa tranquila jugueteaba en sus labios. Los encuentros en aquel aula habían añadido una nueva capa a su relación; una intimidad cómoda y ardiente que ahora se filtraba incluso en las lecciones.
—Perfecto—, dijo Teresa cuando La Gitana terminó el párrafo. Su mano descansó sobre el muslo de la otra mujer, un contacto casual que ya era natural.—Cada día lees mejor.
La Gitana sonrió, un gesto que aún le resultaba un poco nuevo en el rostro, pero que le venía cada vez con más facilidad. Bajó el libro y se recostó contra la silla, su hombro rozando el de Teresa.
—Es por la maestra—, dijo, y había un deje de picardía en su voz.
Teresa rió suavemente. Su dedo trazó un círculo lento en la tela del pantalón de La Gitana.
El silencio se llenó de complicidad. Luego, Teresa, con su curiosidad siempre gentil, preguntó:
—¿Siempre lo has tenido? Ese... gusto por las cosquillas.
La pregunta no era intrusiva. Era una llave que ofrecía para abrir otra puerta. La Gitana dejó de sonreír, su expresión se tornó pensativa, mirando la pizarra vacía como si en ella pudiera ver su pasado.
—Desde siempre—, contestó, su voz más baja. —Desde niña. Pero... ¿cómo iba a decir nada? Ya bastante deshonra hubiera sido para mi gente que supieran que me gustaban las mujeres... como para encima tener "eso". Un vicio raro, ¿sabes? Algo más de lo que avergonzarse.
Teresa asintió lentamente, comprendiendo el peso de esa doble condena.
—¿Nunca... nunca probaste con nadie? Antes de aquí, quiero decir.
La Gitana respiró hondo. Era una historia que había guardado bajo llave, en el mismo lugar donde escondía sus otros deseos.
—Una vez.—, empezó, con un hilo de voz. —Tendría catorce años. Con una chica del poblado, una amiga. Jugábamos a veces a luchar, a agarrarnos... y a veces mis manos se escapaban. Ella se reía, una risa nerviosa. Una tarde, en el almacén de su padre, detrás de los sacos de grano, fue más lejos. Empezamos a forcejear y acabé con mis dedos en sus costillas. Ella se retorcía, riendo, pero no me decía que parara. Se dejaba. Yo sentía... una cosa que me ardía en el pecho, una necesidad de oírla reír así, de sentir su cuerpo temblando bajo mis manos.
Hizo una pausa, el recuerdo vívido nublando sus ojos.
—¿Y qué pasó?—, preguntó Teresa suavemente.
—Nada. Ella se levantó, se sacudió la ropa, me dio un empujón de broma, me dijo que estaba loca, riendo. Y se fue. Nunca más lo hablamos. Y yo... después de eso, me encerré todavía más. Jamás volví a tocar a nadie. Ni a mirar. Hasta...
—Hasta ahora—, completó Teresa. Su mano se cerró sobre la de La Gitana, apretándola con fuerza.—Esa chica tenía miedo. Miedo de lo que sentía. Tú no lo tienes ahora.
La Gitana la miró, y en sus ojos oscuros ya no había rastro de la vergüenza que acababa de describir. Sólo había una gratitud profunda, un asombro por este refugio inesperado.
—Contigo es diferente—, susurró.—Contigo no siento que sea un vicio. Siento que es... otra forma de quererte.
Teresa se inclinó y besó su frente, un beso suave y posesivo.
—Porque lo es, cariño. Y esa chica de catorce años que llevas dentro tenía razón: tu toque es pura locura. No vuelvas a encerrarla nunca.
La Gitana asintió, y una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla, pero era una lágrima de liberación. Teresa la secó con el pulgar, y luego, con una sonrisa pícara que La Gitana ya empezaba a reconocer y amar, susurró:
—Ahora, ¿por qué no me muestras otra vez lo que esa chica del almacén se perdió?
Teresa, con una sonrisa que era a la vez un desafío y una invitación, se deslizó de la silla. Sin prisas, se quitó la casaca y la camiseta, dejando al descubierto su torso, pálido y vulnerable. Luego, con un movimiento que parecía una ofrenda ritual, se tumbó de espaldas sobre la superficie lisa y fría de la mesa de madera. Su cabello plateado se desparramó como un halo. Cerró los ojos, y un suspiro de anticipación escapó de sus labios.
—La mesa está fría—, murmuró.
La Gitana, con el corazón latiéndole con una fuerza que sentía en las yemas de los dedos, se quitó la blusa. El aire rozó su piel, erizándola. Sus ojos, ya sin rastro de la timidez inicial, recorrieron el cuerpo extendido de Teresa: la curva suave de sus caderas, la ligera elevación de sus senos, la palidez lunar de su vientre. Y luego, sus pies. Descalzos, con las plantas ligeramente callosas pero de dedos redondeados, reposando inertes sobre la madera. Eran, en su quietud, una parte íntima y expuesta de ella.
—¿Vas a quedarte mirando toda la noche?—, provocó Teresa suavemente, sin abrir los ojos, una sonrisa jugando en sus labios.
Esa fue la chispa. La Gitana se acercó. Sus manos, que tantas veces habían temblado de miedo, ahora estaban cargadas de una intención clara y deseada. Comenzó con una delicadeza exquisita. Sus dedos, apenas un susurro, se posaron en las costillas de Teresa, dibujando círculos lentos, hipnóticos.
Teresa inhaló bruscamente, un estremecimiento recorriéndola. Un gemido lento, ahogado, se le escapó. "Así...", susurró, animándola.
La Gitana intensificó el contacto. Sus dedos se volvieron más insistentes, caminando desde las costillas hacia la cintura, explorando la sensibilidad de cada centímetro. Cuando sus uñas se arrastraron ligeramente por los flancos, Teresa se encogió con una carcajada sofocada, un sonido puro y alegre que llenó la habitación.
—¡Espera! ¡Ahí no!—, rió, retorciéndose, pero sus brazos permanecían abiertos a los lados, ofreciéndose, y sus piernas no se cerraban, sino que se flexionaban en una danza involuntaria de placer y tortura.
La Gitana, embriagada por el poder y la belleza de esa rendición, no cedió. Sus manos subieron, como sabían que debían hacerlo, hacia las axilas de Teresa. El contacto allí fue eléctrico. Teresa gritó, un sonido agudo y cómico, arqueando la espalda completamente fuera de la mesa. Se debatió con fuerza, pero era una lucha ficticia, un juego donde la derrota era el premio.
—¡Ay, por favor! ¡Es demasiado!—, jadeó, entre carcajadas, su cuerpo convulsionando bajo el ataque implacable de aquellos dedos diestros que conocían ya todos sus puntos débiles.
La Gitana, por primera vez, sintió una chispa de esa "crueldad" que tanto le excitaba. Con una mano mantuvo presionado suavemente el torso de Teresa, mientras la otra continuaba su danza cruel y amada en sus axilas. Luego, su mirada se desvió hacia sus pies.
Teresa, al percibir el cambio de foco en la atención de su amante, abrió los ojos, brillantes y húmedos.
—No...—, suplicó, riendo nerviosa.
La Gitana no dijo una palabra. Con una ternura que contrastaba con la tortura que infligía, tomó uno de los pies de Teresa. La planta, ligeramente rugosa, era increíblemente sensible. Sus dedos comenzaron a trazar espirales lentas desde el talón hasta la base de los dedos.
Teresa soltó un grito estrangulado, una mezcla de risa y alarido. Intentó retirar el pie, pero la mano de La Gitana era firme. El "dulce suplicio" alcanzaba su cénit. Su cuerpo era un arco de sensaciones, cada risa, cada estremecimiento, una confesión de placer y entrega total. Ya no podía formar palabras, sólo sonidos entrecortados y jadeos, completamente a merced del deseo liberado de La Gitana, que por fin, después de una vida de represión, podía amar y ser amada exactamente como era.
El aire en el aula era ahora una sinfonía de jadeos y risas sofocadas. Teresa yacía completamente a su merced.
Tras la primera y devastadora incursión en sus pies, que había arrancado de Teresa un grito agudo y una serie de convulsiones involuntarias, La Gitana cambió de estrategia. Sabía que el poder de este juego residía en la sorpresa, en la alternancia.
Dejó los pies, que seguían retorciéndose en el aire como si aún sintieran el eco del cosquilleo, y se inclinó sobre el torso de Teresa. Sus manos, que ahora parecían poseer una inteligencia propia, se cernieron sobre las axilas, pero no tocaron. Sólo sintieron el calor que emanaba de esa piel ultrasensible. Teresa, al sentir la proximidad, contuvo la respiración en una anticipación agonizante, un sollozo a punto de estallar.
—Shhh...—, susurró La Gitana, y el sonido era tan inusual en ella, tan cargado de una ternura dominante, que Teresa sintió otra descarga recorrerla.
Entonces, los dedos atacaron.
No fue un arañazo suave, sino un rápido y ligero aleteo, como si diez mariposas se hubieran posado a la vez en el vulnerable recoveco de sus axilas. La reacción fue instantánea y catártica. Teresa se cerró como una navaja, una carcajada explosiva, descontrolada, que le sacudió el pecho y le nubló la vista con lágrimas. Su cuerpo se debatió con una fuerza que La Gitana apenas pudo contener, sus caderas se elevaron de la mesa y sus manos volaron instintivamente para proteger la zona, pero La Gitana fue más rápida, inmovilizándole las muñecas con suavidad pero con firmeza junto a la cabeza.
—¡No! ¡Basta! ¡Me vas a matar, gitanita!— suplicó Teresa entre risas que eran casi llantos, la cabeza ladeada, los músculos del cuello en tensión. Cada exhalación era un nuevo acceso de risa nerviosa, un sonido puro y despojado de toda intelectualidad, que venía directamente de lo más visceral.
La Gitana, impasible en su misión de placer, aflojó la presión, transformando el aleteo en un suave caminar de yemas de dedos que serpenteaban desde las axilas hacia los costados. Teresa jadeó, intentando recuperar el aliento, su cuerpo aún convulso. Pero el respiro fue breve. Los dedos de La Gitana encontraron un punto de sensibilidad extrema justo debajo de las costillas, en la suave curva que se hundía hacia su vientre.
Allí, sus uñas dibujaron lentos y firmes círculos.
Teresa emitió un sonido estrangulado, un "¡Ay!" mezclado con otra risa, y sus piernas se agitaban, golpeando suavemente la mesa.
—¡Te he dicho que ahí no! ¡Por Dios, para!— Pero sus palabras carecían de toda autoridad; eran la música que alimentaba el deseo de su amante.
La Gitana sonrió, una sonrisa ancha y genuina que le iluminaba toda la cara. Se inclinó y, mientras una mano continuaba su tortuoso recorrido por el costado, acercó sus labios al oído de Teresa, cuyo cuerpo era un campo de batalla de estremecimientos.
—¿Demasiado?— preguntó, con un hilo de voz burlón y sensual. Su aliento caliente en la oreja provocó otro escalofrío en Teresa, que sólo pudo responder con un gemido y un movimiento negativo de cabeza, incapaz de formar palabras, entregada por completo al dulce, exasperante, glorioso suplicio.
El punto de no retorno había sido cruzado. Teresa ya no suplicaba, solamente emitía sonidos: risas entrecortadas que se transformaban en gemidos largos y temblorosos, jadeos que parecían sacudirla desde las entrañas. Su cuerpo era un instrumento de cuerda tensado al máximo, y las manos de La Gitana, diestras e incansables, eran la virtuosa que lo hacía sonar.
Mientras sus dedos no cesaban en su danza de tormento sobre los costados y la baja espalda de Teresa, provocando contracciones y arqueos que eran a la vez de huida y de búsqueda de más, La Gitana descendió con la boca. Su rostro descendió por el vientre y se hundió entre los muslos temblorosos de Teresa, y su lengua, larga, plana y deliberada, encontró el centro mismo de su placer.
El contacto fue un detonante.
Teresa gritó, un sonido ronco y desgarrado. Su cuerpo se convulsionó, pero La Gitana no se detuvo. La combinación era abrumadora, insoportablemente placentera. Por un lado, la lengua, firme y rítmica, trazando círculos y latigazos de puro fuego en su clítoris. Por el otro, esos dedos implacables que recorrían sus costillas, se colaban por los flancos y a veces, con una crueldad exquisita, arañaban ligeramente la piel sudorosa de su vientre bajo, justo por encima del vello púbico.
Era un asalto sensorial del que no podía escapar, ni quería. Las risas se habían transformado en un llanto entrecortado de éxtasis.
—¡No puedo...! ¡No puedo más...!— gemía, pero sus caderas se elevaban, empujando su sexo con más fuerza contra la boca de La Gitana, sus manos se aferraban al borde de la mesa hasta que sus nudillos blanqueaban.
Cada vibración del cuerpo de Teresa, cada contracción de sus músculos abdominales bajo los dedos de La Gitana, cada grito ahogado, era un verso en un poema de liberación que ambas escribían a cuatro manos.
Intensificó el movimiento de su lengua, concentrando la presión justo en el punto más sensible, al mismo tiempo que sus manos se volvían más rápidas, más traviesas, buscando los puntos donde la piel era más fina, más sensible.
Un gemido largo, profundo, surgió desde lo más hondo de su garganta. Su espalda se arqueó de manera casi sobrenatural, separándose por completo de la mesa durante un instante eterno. Un temblor violento la recorrió de la cabeza a los pies, seguido de una serie de espasmos irresistibles que sacudieron su vientre y sus piernas. La risa, las cosquillas, la lengua, todo se fundió en una única y catártica explosión de placer que la dejó jadeante, exhausta y completamente vaciada, flotando en un limbo de pura sensación.
Sólo entonces, La Gitana detuvo sus manos, que descansaron, palmas abiertas y tranquilas, sobre el sudoroso vientre de Teresa. Separó su rostro lentamente, con una ternura infinita, y posó la mejilla en el tembloroso muslo de la mujer, escuchando el galope furioso de su corazón que poco a poco empezaba a calmarse. No hacían falta palabras.
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El comedor había sido ruidoso, como de costumbre. La Gitana terminó su comida en silencio, aunque ya no era el silencio vacío de antes, sino uno lleno de los ecos de la ternura y las risas compartidas con Teresa. Se levantó, dejó la bandeja y se dirigió hacia su celda, una ruta que ahora recorría con una seguridad renovada, la espalda un poco más recta.
El pasillo estaba casi vacío a esa hora. Justo cuando doblaba la esquina hacia su módulo, una figura corpulenta bloqueó su camino. Era la venezolana, la del pelo teñido de rojo que se burlaba de Teresa el día que la conoció. Sus ojos, pequeños y cargados de rencor, clavaron en La Gitana una mirada de hielo. No dijo nada. Cuando se cruzaron, fingió un tropiezo, un movimiento brusco y calculado, y se abalanzó sobre ella.
El impacto fue seco y punzante. Un dolor agudo, caliente, le atravesó el costado a la altura de la cadera. La Gitana jadeó, retrocediendo un paso. La venezolana ya se separaba, un rictus de satisfacción torciendo sus labios. Sin mirar siquiera, La Gitana se llevó la mano al dolor y, al retirarla, la vio manchada de un rojo brillante y espeso.
La sangre le latía en las sienes, pero no fue el miedo lo que la invadió. Fue una fría y clara furia. No gritó. No llamó a los guardias. Alzó la vista y vio a la venezolana alejándose con paso rápido, metiéndose en una celda cercana. Con la mano aún presionando la herida, la siguió.
Se detuvo en el umbral. Vio, con claridad meridiana, cómo la mujer se agachaba junto a una litera y deslizaba algo metálico y afilado—un pincho casero, un trozo de metal afilado—bajo el delgado colchón.
Algo se rompió dentro de La Gitana. Ya no era la reclusa que se hacía pequeña. Era la mujer que había aprendido a querer y a defenderse.
Empujó la puerta con tanta fuerza que golpeó contra la pared. La venezolana se volvió, sorprendida.
—¡Pelea con las manos, cobarde!— gritó La Gitana, su voz era un clamor en el silencio del pasillo.
La venezolana, recuperada de la sorpresa, gruñó y se lanzó hacia la litera para recuperar su arma. Pero La Gitana fue más rápida. La agarró del brazo y la apartó de un empujón tan violento que la mujer más corpulenta fue a dar contra la pared opuesta. Las otras dos reclusas de la celda, que observaban paralizadas, salieron huyendo al pasillo gritando.
No hubo más palabras. Sólo el sonido sordo de los golpes. La Gitana, a pesar de su complexión más delgada, descargó sobre la venezolana una furia contenida durante años. Puñetazos certeros al estómago, a la cara, mientras esquivaba los torpes intentos de la otra por agarrarla. La rabia le daba una fuerza sobrenatural.
—¡Cobarde! ¡Hija de puta!— le gritaba en la cara con cada impacto, y la venezolana, ahora sangrando por la nariz, sólo acertaba a gruñir, desbordada por la ferocidad del ataque.
El ruido atrajo a los funcionarios. Dos guardias irrumpieron en la celda, separándolas a la fuerza.
—¡Basta! ¡Separaos!—
La Gitana forcejeó, sus ojos inyectados en sangre no se despegaban de la venezolana, que jadeaba apoyada en la pared.
—¡Eres una cobarde! ¿Lo oyes? ¡Una cobarde que solo sabe atacar por la espalda!— le espetó, mientras los guardias la sujetaban con firmeza, arrastrándola fuera de la celda. Su camisa, junto a la cadera, estaba empapada en sangre, un testimonio escarlata de la traición cobarde y de su propia y feroz respuesta.
La noticia, como todo en la cárcel, voló. Y cuando Teresa la oyó, dejó el libro que estaba corrigiendo y salió corriendo hacia la enfermería, su corazón, tan sereno siempre, latiendo con un miedo nuevo y una profunda y terrible admiración.
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