LA CONDENA - Episodio 29: La historia de La Gitana, parte 5 (Mimi)


AÑO 2016

La Gitana enseñaba a redactar a Lucía, la otra ex-secuaz de Yuleisi. Tras la muerte de esta, había quedado a la deriva, observando con envidia la camaradería que veía entre La Gitana y Ana. Una tarde, ayudando a recoger los libros del aula, se armó de valor.

—Yo también quiero estar donde estáis vosotras —dijo, mirando fijamente a La Gitana. Después se marchó.

La puerta de la estancia se cerró, y Ana se volvió hacia La Gitana, que permanecía inmóvil, con la mirada fija en la pared de cemento como si buscara una respuesta escrita en ella.

—Es la primera —dijo Ana, rompiendo el silencio—. Pero no será la última. La gente ve lo que tenemos. Necesitan ser parte de ello.

La Gitana se encogió de hombros, incómoda. La idea de un "club" seguía pareciéndole una fantasía.
—¿Y qué se supone que tenemos? ¿Y cómo demuestra ella que lo quiere?

—Tenemos lealtad. Confianza. Algo que nadie más tiene —Ana se sentó en la litera frente a ella, inclinándose hacia adelante—. Y para demostrarlo, tiene que pasar una prueba. Tiene que dar algo que duele más que un golpe.

—No voy a pegarle —refunfuñó La Gitana.

—No es eso —Ana negó con la cabeza, una sonrisa inteligente jugando en sus labios—. Piensa. ¿Cuál es la cosa que más controlas? ¿La que usas para desarmar, para humillar, para conectar y hasta para... follar?

La Gitana la miró, desconcertada por un momento, hasta que la comprensión se abrió paso en sus ojos.
—No —dijo, casi por instinto—. Eso es... mío. Es algo íntimo.

—Es tu arma, pero también es tu lenguaje. Es lo que nos hizo reír a mí y a Lucía cuando teníamos a Yuleisi pataleando en el suelo. Fue entonces cuando empecé a confiar en ti, cuando supe que eras diferente.

La Gitana guardó silencio. Recordó la risa de Ana aquel día, no la risa cruel de una secuaz, sino la risa liberada de alguien que veía caer un tirano.

—Es lo único —continuó Ana— que no se puede fingir. Puedes fingir valentía, puedes fingir lealtad... pero no puedes fingir cómo reaccionas cuando te hacen cosquillas sin poder defenderte. Tienes que rendirte. Tienes que confiar. Si ella se tumba y te deja hacerlo... si se ríe contigo y no contra ti... ¿qué mejor prueba de que se entrega al grupo?

La Gitana observó sus propias manos. Eran las manos que habían acariciado a Teresa, que habían doblegado a Yuleisi, entre otras, que ahora enseñaban a trazar letras. Ana tenía razón. No había nada más íntimo, más revelador de una persona, que someterse a ese ritual. Era una rendición total, pero una rendición que no dejaba heridas, solo el eco de una risa compartida.

—Está bien —concedió La Gitana, alzando la mirada hacia Ana—. Probemos. Pero si se cierra, si se enfada... se acabó.

—Se acabó —confirmó Ana—. Pero no lo hará. Porque lo que ofrecemos vale la pena.

—¿Y qué pasa si no tiene cosquillas?—dudó la Gitana.

—Será una aliada. Tendrá todo nuestro apoyo, pero desde fuera.

Esa tarde, antes del recuento, cuando Lucía volvió a cruzar la puerta del aula, La Gitana se irguió más que nunca.

Lucía se tumbó en la mesa de madera, las manos sudorosas apretadas contra los costados. La Gitana se situó a su derecha, Ana a su izquierda. El ambiente era serio, casi sagrado.

—Cierra los ojos —indicó La Gitana—. Y respira. No voy a hacerte daño.

Sus dedos comenzaron a trazar caricias en los hombros de Lucía. La chica contuvo el aliento.
—Tienes que soltarte —murmuró Ana desde el otro lado—. La primera regla es confiar.

Cuando los dedos de La Gitana encontraron el punto justo entre las costillas de Lucía, esta soltó un resoplido nervioso. Pero no se cerró. Permitió que las manos exploraran, que encontraran el sensible borde de sus axilas, que se deslizaran por sus costados. La risa llegó, primero como un temblor en la garganta. Lucía se estremecía y se movía nerviosa, dudando de si cubrirse o dejarse hacer. Ana se sumó, acariciando la parte delantera de sus costillas con sus de dos, que se movían como el aleteo de una suave pluma.

Lucía soltó una carcajada ahogada, y finalmente, cuando La Gitana, con permiso silencioso, le quitó las zapatillas y sus dedos recorrieron la planta de sus pies, suaves, anaranjados, las plantas blancas como la leche, Lucía estalló en una risa descontrolada.

—¡Joder, basta! —suplicó entre lágrimas, retorciéndose, pero sin intentar escapar. Se revolvía como quien es incapaz de dormir y se deshace de las sábanas con sus piernas. Sus pies reaccionaban a las caricias con convulsiones y patadas que trataba de contener.

La Gitana se detuvo, al fin. Lucía quedó jadeante, el pelo pegado a la sien sudorosa, una sonrisa enorme y aliviada en su rostro. Ana le ofreció un vaso de agua.

—Bienvenida —dijo La Gitana, con una de sus raras sonrisas.

A partir de esa noche, el ritual se perfeccionó. No se trataba de someter, sino de comprobar quién estaba dispuesta a ser vulnerable ante el grupo. Una nueva candidata, una mujer callada llamada Reme que siempre defendía a las más débiles en el patio, pasó la prueba conteniendo la risa heroicamente hasta que no pudo más, derrumbándose en un ataque de hipo risueño. Otra, una joven llamada Sonia, lloró al final, no de dolor, sino de alivio, porque era la primera vez en su vida que un contacto físico no pretendía sacarle nada a cambio.

Cada iniciación era diferente, pero el resultado era el mismo: un vínculo instantáneo e indestructible allí dentro. Todas llevaban en la memoria la misma vergüenza convertida en liberación, la misma risa compartida en la oscuridad de una celda. Eran más que compañeras; eran cómplices de un secreto que las unía contra el gris hostil de la prisión. Y en el centro de todo, siempre, estaba La Gitana, la sacerdotisa de aquel extraño rito que forjaba lealtades inquebrantables.

La primera regla de la Hermandad no se escribió en ningún lado, pero se grabó a fuego en la mente de cada miembro: la supervivencia dependía del secreto. Cualquier actividad que delatara su naturaleza real era un riesgo que no podían permitirse.

Las sesiones lúdicas se convirtieron en el pegamento del grupo.

Las llamaban "clases de lectura avanzada". Desde fuera, parecía un grupo de estudio. Cuatro o cinco mujeres reunidas en el aula por la tarde, con cuadernos y libros abiertos. Incluso tenían a una, a menudo Reme por su aire inocente, haciendo de "centinela" cerca de la puerta, fingiendo repasar un texto mientras vigilaba la llegada de cualquier funcionaria.

Dentro, el ambiente era otro. Tras asegurarse de que estaban solas, los libros se cerraban. La tensión del día se disolvía no con palabras, sino con carcajadas. Una sesión típica podía empezar con Ana desafiando a Lucía a aguantar sin reír mientras La Gitana le atacaba sus puntos débiles en los pies, ya cartografiados. No era una prueba de fuerza, sino de confianza y complicidad. Las risas eran ahogadas, sofocadas contra los brazos o en hombros ajenos, convertidas en jadeos y suspiros temblorosos. Era un juego, una catarsis. La Gitana observaba, a veces participando, a veces dirigiendo la "orquesta" con una sonrisa. Aquellas sesiones liberaban endorfinas y reforzaban los lazos de una manera que ninguna conversación podría lograr. Salían de allí relajadas, con los ojos brillantes y una conexión renovada, habiendo convertido la vulnerabilidad en su fortaleza secreta.

Otra cosa muy distinta eran los castigos ejemplares.

Su método para lidiar con elementos problemáticos externos a la Hermandad se perfeccionó hasta convertirse en un arte. La clave era la discreción y el mensaje psicológico.

El proceso era siempre el mismo:
La advertencia: Ana o Lucía se acercaban a la reclusa conflictiva. La conversación era tranquila, pero clara. "La Gitana prefiere que eso no vuelva a pasar." La mayoría, conociendo la reputación de La Gitana, recapacitaba. Pero si la advertencia fallaba, se procedía a la "invitación". A la reclusa se le sugería, sin opción real a negarse, que acompañara a unas "amigas" a un lugar tranquilo: un rincón del patio en un horario vacío, los servicios en un momento de poca afluencia o, más adelante, la celda de los trastos.

Allí, sin testigos externos, se desarrollaba la corrección. No era una paliza. Era una repetición controlada del ritual de Yuleisi. La reclusa era inmovilizada con rapidez y eficacia por varias miembros, y entonces comenzaba el "suplicio". Manos diestras y rápidas se concentraban en sus puntos más sensibles —axilas, costillas, pies—. No había gritos de dolor, sino carcajadas forzadas, desesperadas, mezcladas con súplicas y la humillación de perder el control frente a otras. No dejaban moretones, sólo el recuerdo imborrable de una vergüenza profunda y la impotencia de no poder explicarlo sin sonar ridícula.

El mensaje quedaba claro: "Podemos llegar a ti en cualquier momento, de una manera que los guardias no entenderán ni podrán detener. Tu fuerza física no sirve de nada aquí. La paz es más fácil."

Este poder era profundamente desestabilizador para sus enemigas. ¿Cómo quejarse a un guardia? ¿Decir "unas chicas me han hecho cosquillas hasta que me he meado de la risa"? Se convertirían en el hazmerreír de toda la prisión. La Ley del Silencio las protegía a ellas y, al mismo tiempo, era una prisión invisible dentro de la propia prisión para quienes se atrevían a desafiarlas. La Gitana había creado un sistema de justicia paralelo donde el castigo máximo no era el dolor, sino la risa convertida en arma y la amenaza de una humillación que no dejaba marcas visibles, pero sí una huella imborrable en el orgullo.

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Los privilegios seguían llegando a La Gitana sin que ella los pidiera: una fruta extra en la comida, el acceso a la ducha en horarios tranquilos, los libros que las funcionarias le dejaban con un gesto casi de complicidad. Pero Ana, cuya mente no dejaba de urdir estrategias, vio más allá de esas migajas.

Fue durante una de sus tardes en el aula, mientras fingían repasar un texto, cuando Ana se inclinó y murmuró:

—Esa celda vacía de la tercera planta, la 307, al final del pasillo. La que está llena de trastos y siempre está cerrada.

La Gitana, sin levantar la vista del libro, gruñó.
—Sí..., ¿qué?

—Podría ser tuya —dijo Ana, con una calma que contrastaba con la enormidad de la propuesta—. Sólo tienes que pedirla.

La Gitana cerró el libro con un golpe seco.
—¿Pedirla? ¿Para qué? ¿Para que todas me señalen como la ambiciosa? ¿Para que pongan el ojo ahí?

—Para esto —insistió Ana, bajando aún más la voz—. Para tener un sitio. Un territorio sólo nuestro. Donde podamos reunirnos sin que nadie nos vigile. Donde puedas dormir sola, sin ronquidos ajenos, y guardar tus libros sin miedo a que los manoseen. Es el siguiente paso.

La Gitana observó a Ana. Vio la determinación en sus ojos, esa fe inquebrantable en el proyecto de hermandad que ella misma aún no acababa de comprender del todo. Pedir algo tan grande era como clavar una bandera en tierra enemiga, pero Ana tenía razón: necesitaban un cuartel.

—No se lo pediré a la directora —aclaró La Gitana, fijando los términos.

—No hace falta —aseguró Ana—. Háblalo con Rocío. Como un favor. Una transacción.

La autorización llegó varios días después, con un murmullo de Rocío, la funcionaria veterana, en un pasillo: "La 307 es tuya. Para tus cosas. Que no haya problemas." Había funcionado. La transacción estaba hecha.

Ahora estaban allí, de pie frente a la puerta abierta de par en par. El aire era espeso y olía a polvo y abandono. Montañas de sillas con patas cojas, colchones raídos y cajas con papeles viejos se amontonaban en la semioscuridad.

—Es un desastre —resopló Lucía, que estaba junto a ellas con un cubo y una escoba.

—Es un palacio —corrigió Ana, con una sonrisa de oreja a oreja—. Y mira lo que hemos encontrado.

Avanzó entre el caos hacia un rincón y apartó un viejo tablero de madera. Allí, apoyado contra la pared, estaba un somier de muelles, ancho y largo, claramente de una cama de matrimonio antigua. El metal estaba oxidado en algunas partes, pero la estructura parecía sólida.

—Sólo falta el colchón —dijo Ana, pasando la mano por los muelles—. Pronto lo conseguiremos.

La Gitana se acercó y observó el hallazgo. No era sólo un mueble más. Era un símbolo. Un espacio para ella, para su intimidad, para su legado de libros. Y, sobre todo, un santuario para la Hermandad. Bajo la mirada distraída del funcionario de turno, que vigilaba desde la puerta para asegurarse de que no se llevaran nada peligroso, comenzó la gran limpieza. Estaban conquistando su reino.

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El aire en la celda 307 era tranquilo, casi reverencial. Hoy se estrenaba. Mimi yacía en el centro del colchón, sus muñecas atadas con suaves pañuelos a los barrotes de la cabecera. La luz de una lámpara improvisada bañaba su cuerpo, haciendo brillar el sudor en su piel y acentuando la textura de la cicatriz en su hombro. Sus pies, descalzos y con los talones ligeramente callosos, se movían con nerviosismo.

Lucía la había visto llegar al penal, callada, tímida y sin saber apenas español. Cuando hablo con ella y le comentó que ellas podrían enseñarle, la sonrisa de Mimi brilló por todo el comedor. Allí, entre libros y cuadernos, surgió la idea de reclutarla.

Ana, con una sonrisa tranquilizadora, comenzó la exploración. No fue directa a los puntos sensibles. Sus manos se posaron primero en los hombros de Mimi, masajeando suavemente la tensión.
—Relájate, hermana —murmuró—. Deja que el cuerpo se afloje.

Sus dedos entonces iniciaron un lento descenso por los costados de Mimi, apenas rozando la piel. Fue como encender una mecha. Un estremecimiento recorrió el cuerpo de la mujer senegalesa, seguido de un hipo breve y una risa contenida que sonó como un campanilla.
—Ahí... ahí cosquilla —logró decir Mimi, con su español rudimentario, ya retorciéndose.

Lucía, viendo la reacción, no pudo resistirse. Se acercó a los pies de la cama y, con una delicadeza sorprendente, tomó uno de los pies de Mimi. La sola expectativa hizo que Mimi contuviera la respiración.
—¿Y aquí, Mimi? —preguntó Lucía, su voz un susurro juguetón.

Sin esperar respuesta, sus uñas comenzaron a trazar lentos, tortuosamente lentos, círculos en el arco del pie. A pesar de que los talones eran algo ásperos , la planta era suave. La reacción fue eléctrica. Mimi lanzó una carcajada aguda, verdaderamente sorprendida, y trató de retirar el pie con fuerza, pero la sujeción era firme.
—¡No, no, no! ¡Para! —gritó entre risas, su acento haciendo que las palabras sonaran a canto—. ¡Mucho cosquilla ahí!

Mimi se debatía, pero era una lucha inerte. Su cuerpo se arqueaba y se retorcía, dibujando curvas en el colchón. Ana, entonces, cambió de táctica. Sus dedos abandonaron los costados y se convirtieron en diez puntas ligerísimas que recorrieron el cuello de Mimi, desde la clavícula hasta justo detrás de las orejas.

—¡AY! —chilló Mimi, una risa aún más estridente y descontrolada estallando de su garganta. Giró la cabeza de un lado a otro, incapaz de escapar del tormento—. ¡Eso no juego! ¡Eso no juego!

Su respiración era entrecortada, y entre carcajada y carcajada, mezclaba palabras en wolof con "por favor" y "basta" en español.

Lucía, animada por la reacción, intensificó el ataque en sus pies. Sus dedos ya no trazaban círculos, sino que se movían en rápidos aleteos por toda la planta, deteniéndose especialmente en la base de los dedos, un punto de sensibilidad extrema para la senegalesa. Mimi respondió con una convulsión de risa, sus piernas pateando el aire con fuerza, todo su cuerpo convulsionado por un paroxismo de cosquillas.

—¡Se rinde! ¡Se rinde! —consiguió articular entre toses y risas, completamente exhausta, su cuerpo relajándose en una rendición total.

Ana, entonces, cambió de estrategia. Sus manos abandonaron el cuello y se posaron en su cintura, justo por encima del hueso de la cadera. Sus dedos no se movieron. Sólo presionaron ligeramente. Mimi contuvo el aliento, expectante.

—¿Y aquí, Mimi?— preguntó Ana, y sin esperar respuesta, sus dedos se abrieron en un movimiento de araña, recorriendo los costados con una rapidez vibratoria. La piel de Mimi era Teresa y curtida, pero la sensibilidad era evidente. 

Fue como pulsar un interruptor. El cuerpo se le sacudió en una serie de espasmos rápidos y laterales, como intentando esquivar una descarga eléctrica. Su risa se volvió entrecortada, jadeante, sin aire para formar palabras, solo sonidos agudos y ahogados. 
—¡Ah-ah-ah-ah! ¡Para, para!— Su vientre se contraía con cada sacudida.

Lucía, viendo su momentánea distracción, atacó. No con suavidad, sino con un aleteo rápido y cruel de sus uñas en la planta del pie que sostenía. Mimi respondió con un chillido que reverberó en las paredes desnudas. Era una risa diferente, más desesperada, más visceral. Sus piernas se estiraron y encogieron violentamente, y sudor salpicó el colchón.

—¡Los dos pies! ¡Los dos!—gritó Ana, animando a Lucía.

En un movimiento coordinado, Lucía tomó el otro pie y Ana, sin soltar el costado, inclinó su cabeza y sopló suavemente en el ombligo de Mimi. Ésta piso los ojos en blanco y comenzó a convulsionar como si tuviese un demonio dentro. Las uñas de Lucía recorriendo la planta de sus pies y el aire caliente saliendo de los labios de Ana y rozando su vientre la llevaron a un estado de desesperación superior.

La combinación fue devastadora. Mimi perdió todo resto de compostura. Su cuerpo se convirtió ahora en un arco, elevándose del colchón sólo con la fuerza de sus risas convulsivas. 
—¡BASTA! ¡ME RINDO! ¡FAMILIA, YA, FAMILIA!— gritó, usando la palabra que más anhelaba. Las lágrimas corrían libremente por sus sienes, mezclándose con el sudor, y su risa ya era un llanto jadeante, la frontera entre el suplicio y la liberación completamente borrosa.

Fue entonces cuando Ana encontró el punto clave, el más inesperado. Sin pensarlo, posó los labios sobre la piel oscura del vientre de Mimi y comenzó a hacerle pedorretas. Los dientes de la africana relucían en su boca, completamente abierta, de la que emanaban gritos y carcajadas ahogadas. 

Mientras Mimi jadeaba, tratando de recuperar el aliento, los dedos de Lucía abandonaron los pies y se deslizaron suavemente por la parte trasera de sus rodillas, acariciando la piel sudada y sensible que reaccionó al instante.

La reacción fue un grito ahogado, un último y desesperado acceso de risa que ya no tenía fuerza, sólo espasmos. Mimi se encogió como pudo, una sonrisa de agonía y felicidad plasmada en su rostro.

—Basta... por piedad... —suplicó, con la voz ya ronca, la expresión avergonzada y un hilo de voz.

Ana y Lucía se detuvieron al unísono. El silencio que dejaron las carcajadas fue tan repentino como elocuente. Mimi yacía completamente agotada, jadeando, bañada en sudor y lágrimas, pero con una luz de profunda liberación en los ojos. Su cuerpo, que había sido un campo de batalla de nervios y risas, ahora estaba en paz.

Lucía desató sus muñecas con cuidado. Mimi se incorporó lentamente, frotándose las muñecas enrojecidas, y sin mediar palabra, se abrazó primero a Ana, luego a Lucía, con una fuerza que hablaba de una gratitud más allá del lenguaje. Finalmente, miró a La Gitana, que seguía observando desde su sillón con una expresión de profunda satisfacción.

—Gracias —logró decir Mimi, con una voz ronca pero llena de emoción—. Ahora... soy familia.

La Gitana asintió. En el eco de aquellas risas desgarradoras y en el agotamiento feliz de Mimi, la hermandad se había fortalecido. La celda 307 había cumplido su propósito por primera vez.


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