LA CONDENA - Episodio 32: Ainhoa y Patri


El motor del viejo autobús penitenciario rugió con cansancio antes de apagarse en el área de servicio, un lugar anodino y gris. Dentro, el ambiente era pesado, cargado del sudor del viaje y la incertidumbre. Las reclusas, entre ellas, miraban con desconfianza por las ventanillas sucias.

Fue entonces cuando vieron los dos furgones de la Policía Nacional, estacionados como buitres esperando. Las conversaciones murieron de golpe. Una tensión nueva, más afilada que la del viaje, llenó el vehículo.

La puerta del autobús se abrió con un silbido neumático. Un agente con una carpeta subió los escalones, su mirada barriendo el interior con indiferencia profesional.

—Cuando diga su nombre, se levanta y baja. Rápido y en silencio —anunció, y comenzó a leer—: Elisa Ramírez.

El corazón de Kiara dio un vuelco. Sintió cómo el cuerpo de Elisa, sentado a su lado, se tensaba. Sus manos, que habían estado entrelazadas, se apretaron con fuerza desesperada. No era sólo una compañera de celda; era su confidente, la que entendía su historia sin necesidad de palabras.

—Alba Punzano.

Alba cerró los ojos un instante. Al otro lado del pasillo, Carlota emitió un pequeño gemido ahogado. Las novias, inseparables en el caos de la prisión, cuya relación era un refugio de rabia y ternura, separadas por una inundación.

Las otras tres nombres no pertenecían a la Hermandad. Pero eso importaba poco en ese momento.

Elisa se levantó, su mirada clavada en Kiara. No había palabras para esto. Sólo un océano de miedo y promesas no dichas en sus ojos. Kiara le apretó la mano una última vez antes de que se soltaran, el contacto rompiéndose como un hilo vital.

Alba, por su parte, se volvió hacia Carlota. No hubo lágrimas, sólo una fiereza dolorida.
—Nos encontraremos —le dijo a Carlota, con una voz grave que no dejaba lugar a dudas.

Alba asintió, mordiéndose el labio para no llorar.

Bajaron del autobús una tras otra, escoltadas hacia los furgones. Elisa y Alba se miraron por un instante, una solidaridad instantánea naciendo entre ellas frente a esta nueva incertidumbre.

Desde su asiento, Kiara vio cómo la puerta del furgón se cerraba tras Elisa, eclipsando su rostro. Carlota hundió la cabeza entre las manos, sus hombros sacudidos por un temblor silencioso.

El autobús arrancó de nuevo, pero ahora su interior estaba más vacío, más frío. La Hermandad, ya fracturada, acababa de ser rajada de nuevo. Kiara apoyó la frente contra el cristal frío de la ventanilla, mirando cómo los furgones se alejaban en dirección contraria, llevándose consigo dos pedazos más de su mundo. No sabían cuándo, ni cómo, ni siquiera si volverían a verse. 

El trayecto hasta la nueva prisión fue un suplicio de miradas hostiles, registros invasivos y el roce áspero de unos uniformes azul marino que les quedaban grandes, ahogando sus figuras en tela basta y mal confeccionada. Cada grito de "¡nuevas!", "bombones" o "caramelitos" que resonaba en los pasillos era un recordatorio de su condición de forasteras, de intrusas en un territorio ya marcado por jerarquías y rencillas ajenas.

Cuando por fin la pesada puerta de su nueva celda se cerró a sus espaldas, el silencio fue casi un alivio. La estancia era pequeña, más austera incluso que las de su centro penitenciario, con dos literas metálicas y un olor a desinfectante que no lograba ocultar el aroma subyacente de cañería y resignación.

—Al menos estamos juntas —murmuró Elisa, dejando caer su escaso equipaje al suelo. Su voz, aunque baja, temblaba ligeramente.

Alba asintió, escrutando cada rincón con sus ojos alerta. Su actitud desafiante era ahora una coraza más necesaria que nunca.
—Es lo único que tenemos —respondió, pragmática—. Por ahora.

Ambas miraron hacia la litera vacía que había en un rincón. La incógnita de quién ocuparía ese espacio pendía sobre ellas como una espada. ¿Sería una aliada? ¿Una enemiga? ¿O simplemente una espectadora indiferente?

Elisa se sentó en el borde de la litera inferior, abrumada por el peso del cambio. Alba permaneció de pie, cruzando los brazos sobre el holgado uniforme, como si con ese gesto pudiera defender el espacio que acababan de asignarles.

Fuera, el sonido de los cerrojos y los pasos en el pasillo eran un recordatorio constante de que estaban en otra jaula, con nuevas reglas que aprender y peligros que sortear. Pero en el silencio compartido de aquella celda, con el consuelo amargo de no estar solas en el exilio, una determinación empezaba a germinar. La Hermandad podía estar dispersa, pero en aquella habitación fría y anónima, dos de sus miembros acababan de replantar, en secreto, su primera semilla de resistencia.

La puerta de la celda se abrió de golpe y entraron sus dos compañeras. La atmósfera se cargó al instante. La más alta, con una enorme cresta y ojos verdes que escudriñaron el espacio con hostilidad, clavó su mirada en Elisa, sentada en la litera inferior.

—Eh, tú. Esa es mi cama. Bájate o te bajo yo—ordenó, con una voz cortante y seca.

Elisa, pragmática, asintió y se deslizó al suelo sin rechistar. Pero Alba se interpuso de inmediato, plantándose frente a la recién llegada con la actitud desafiante que la caracterizaba.

—Relájate, ¿vale? O te relajo yo —espetó Alba, con la mandíbula tensa y los puños apretados.

La chica de la cresta no se inmutó. En lugar de eso, estudió a Alba con más atención, sus ojos verdes recorriendo su rostro, los tatuajes visibles en sus brazos, el pelo rapado a un lado y su mechón rojo. De repente, su expresión de dureza se quebró, reemplazada por una incredulidad que rayaba en el éxtasis.

—Joder... —masculló, y su voz perdió toda la agresión—. No puede ser. ¿Eres tú? ¿Alba, la cantante de La Madriguera?

Su compañera, la más bajita y de pelo rojo chillón, se acercó de un salto.
—¡Hostia, es ella! —gritó, mirando a Alba como si fuera un fantasma—. ¡La de "Himno de Rabia y Mierda"!

La chica de la cresta se volvió hacia su amiga, exaltada.
—¡Te lo juro por mi madre, es Alba Punzano! ¡La metieron en el talego por putear a la casa real en una canción! ¡Es una leyenda!

Alba se mantuvo firme, pero la sorpresa era evidente en su rostro. No era la reacción que esperaba. Elisa, desde un rincón, observaba la escena con una creciente sensación de alivio. El reconocimiento no venía de un historial delictivo compartido, sino de la fama underground de Alba. Su música, su rebeldía, había cruzado los muros de la prisión antes que ella.

—Sí, soy yo —confirmó Alba, con cautela, pero un atisbo de orgullo asomaba en su voz.

—Tía, es un puto honor de verdad —dijo la de la cresta, y su tono era ahora de un respeto genuino—. Aquí dentro somos cuatro los que seguimos este rollo. Tu música... nos recuerda que hay un mundo fuera de esta mierda.

La pelirroja asentía con fervor.
—Eres una heroína para nosotras.

Alba intercambió una mirada con Elisa. La tensión se había disipado, reemplazada por esta inesperada y poderosa forma de respeto. No eran guardaespaldas, ni siquiera amigas. Eran fans. Y en el código no escrito de la prisión, la lealtad que inspiraba un ídolo podía ser tan sólida como cualquier otra. Elisa sonrió, leve pero sinceramente. 

Las presentaciones fluyeron en la tensa calma que había seguido al reconocimiento. La chica de la cresta era Patri, la de pelo rojo, Ainhoa. Ambas llevaban unos meses allí por un asunto de tráfico de estupefacientes que Patri resumió con un "cosas de la vida".

Fue entonces cuando Elisa, que había estado observando a Patri con cierta familiaridad, dijo su nombre completo.
—Elisa Ramírez. Exconcejala del PDE.

Patri frunció el ceño, y luego sus ojos se abrieron un poco más.
—Hostia... La del caso de las licencias. Lo recuerdo. —Su mirada se volvió entonces a Alba, con una mezcla de confusión y reproche—. Oye, perdona, pero... ¿no era tu partido el que pedía a gritos que encerraran a Alba? ¿El que decía que su música era "un veneno para la juventud"?

El ambiente, que se había relajado, se cargó de nuevo de electricidad. Ainhoa miró a Alba con expectación, esperando una explicación.

Elisa asintió, con serenidad. No parecía molesta por la pregunta.
—Sí. Era mi partido. Pero ya no profeso esas ideas. Aquí dentro... las cosas se ven de otra manera.

Alba, que había estado escuchando con una media sonrisa, se apoyó contra la litera.
—Tranquilas, chavalas —dijo, con un tono desenfadado—. Todo está más que solucionado. Elisa y yo somos de la misma hermandad. —Hizo una pausa dramática y luego, guiñando un ojo a Elisa, añadió—: Y ya me ha pagado con creces lo de su pasado facha. ¿A que sí, Ramírez?

Elisa no pudo evitar una sonrisa resignada y genuina al mismo tiempo.
—Sí, Alba. Con creces.

Alba se dirigió de nuevo a Patri y Ainhoa, con picardía.
—La tengo trabajando a mi servicio. Le toca darme masajes en los pies todas las semanas. A veces, hasta le hago enumerar mi discografía mientras lo hace. Es mi forma de hacerle expiar sus pecados capitalistas. —Soltó una carcajada.

—Joder, pues igual le podrías decir que nos lo haga también a nosotras.

La broma de Ainhoa flotó en el aire un instante. Pero Alba no rió. Esbozó una sonrisa, sí, pero sus ojos tenían una firmeza tranquila que acalló cualquier risa incipiente.

—No —dijo Alba, su voz clara y serena, pero con un deje que no admitía réplica—. A Elisa aquí se la respeta. Tanto o más que a mí. —Hizo una pausa, dejando que las palabras calaran. Luego, su sonrisa se amplió ligeramente, transformando la corrección en un nuevo desafío lúdico—. Así que, quién sabe... igual sois vosotras dos las que acabáis dándonos a nosotras masajes en los pies.

La mirada de Alba se posó alternativamente en Patri y en Ainhoa. No era una amenaza, sino una redefinición de posiciones. Les estaba diciendo: "Os acepto, incluso os admiro, pero en esta celda, el orden lo marcamos nosotras".

Para sorpresa de nadie que entendiera el código de la cárcel, Patri y Ainhoa no se ofendieron. Al contrario. Intercambiaron una mirada de entendimiento y luego rompieron a reír, una risa franca y amistosa que no tenía rastro de burla o resentimiento.

—¡Vale, vale, jefa! —concedió Patri, alzando las manos en un gesto de rendición teatral—. Se hará lo que mandes. Y que conste que mis masajes son de puta madre.

—Y los míos, y los míos —añadió Ainhoa, riendo.

La tensión se disipó, pero el mensaje había quedado clavado. La jerarquía estaba establecida, no por la fuerza, sino por una combinación de carisma, leyenda y una seguridad inquebrantable. Elisa sintió una oleada de gratitud hacia Alba. No sólo por defenderla, sino por hacerlo de una manera que fortalecía su posición sin necesidad de conflictos. En ese pequeño espacio, la Hermandad, aunque reducida a dos miembros, ya estaba extendiendo sus raíces, adaptándose y afirmando su lugar. 

El resto del día había transcurrido con una calma tensa pero productiva. Patri y Ainhoa les habían mostrado a Alba y Elisa las instalaciones del módulo: el patio gris, el comedor ruidoso, la biblioteca semivacía. Les habían presentado a algunas de las otras reclusas, la mayoría con miradas evaluadoras y gestos cortantes, pero sin abierta hostilidad. Era el típico primer día de cualquier prisión: un rito de paso incómodo y agotador.

Ahora, en la penumbra de la celda, con el sonido de los cerrojos echándose a lo lejos, las cuatro mujeres se preparaban para dormir. 

—Las dos que estaban antes —comentó Ainhoa desde su litera, rompiendo el silencio— están en aislamiento. Un lío con una funcionaria. Seguro que las mandan al módulo de alta seguridad. Por eso teníamos las camas libres.

Fue entonces cuando Patri, ya acostada, apoyó la cabeza en la almohada y miró hacia la litera donde Alba y Elisa compartían espacio. La curiosidad, contenida durante todo el día, finalmente surgió.

—Oye, no me saco de la cabeza lo de vuestra hermandad —dijo, su voz baja en la oscuridad—. Vosotas sois... tan diferentes. Tú, Alba, la leyenda del punk anti-sistema. Y tú, Elisa, la exconcejala de un partido de orden. ¿Cómo es que acabasteis formando parte de lo mismo? ¿De la misma hermandad?

Alba y Elisa se miraron. En la oscuridad, sus sonrisas fueron un destello compartido. Era la pregunta inevitable, la que resumía toda la absurdidad y belleza de lo que habían construido.

Alba soltó un suspiro divertido.
—Joder, Patri. Es una historia tan larga que nos dan la condicional antes de que la terminemos de contar.

—Inténtalo —insistió Ainhoa, también intrigada.

Elisa se arropó un poco más.
—Imagina que el mundo que creías sólido se desmorona —empezó, buscando las palabras—. Que todas las etiquetas que te definían dejan de servir. Y te encuentras en un sitio donde lo único que importa es si eres leal, si proteges a las tuyas.

Alba asintió, completando el pensamiento con su crudeza habitual.
—Y donde aprendes que los enemigos de fuera a veces se convierten en las únicas aliadas de verdad dentro. Donde una palabra vale más que un puñetazo, y una risa... —hizo una pausa, y su tono se volvió más íntimo— puede ser más poderosa que un grito.

Patri y Ainhoa guardaron silencio, procesándolo. No era una explicación concreta, pero transmitía la esencia: una lealtad forjada en el fuego de la adversidad, que había trascendido ideologías y pasados.

—Suena... a que tenéis suerte la una con la otra —concluyó Patri, con un respeto genuino en la voz.

El silencio era cómodo, roto solo por el crujir ocasional de un colchón o un suspiro profundo. En la penumbra, la voz de **Patri** surgió, más baja y tentativa que antes, como si midiera el terreno.

—Oye... —comenzó, dirigiendo sus palabras hacia la litera de enfrente—. Por la tele, cuando salió lo de la inundación... dijeron que en vuestra cárcel hubo trece... bueno, que no sobrevivieron trece internas. —Hizo una pausa breve, buscando las palabras—. ¿Perdisteis a... a alguna de las vuestras? ¿De vuestra hermandad?

La pregunta flotó en la oscuridad, cargada de un respeto solemne. 

Alba guardó silencio un momento, como si la pregunta le hubiera llegado a un lugar muy profundo. En la oscuridad, su voz sonó especialmente grave.

—Sí —dijo, y la palabra era casi un suspiro—. Una. La más reciente en entrar... La Flaca.

El nombre quedó flotando en el aire, un fantasma que ocupó su espacio en la celda. No hizo falta decir nada más. Todas entendían lo que significaba perder a alguien así, de esa manera tan abrupta y absurda.

El silencio se hizo pesado, cargado de un duelo ajeno pero respetado.

Fue Elisa quien, transcurrido un minuto, rompió esa tensión con un tono deliberadamente ligero, casi pícaro.

—Bueno... y acerca de ese famoso masaje en los pies que se nos prometió —dijo, dirigiendo la palabra al otro lado de la celda—, ¿cuándo pensáis pasar de las palabras a los hechos? ¿O en este módulo sólo se habla?

La transición fue tan brusca que casi resultó cómica. Patri saltó de la cama de inmediato, como si le hubieran dado un resorte.

—¡Ahora mismo! ¡No sé diga más! —exclamó, frotándose las manos con energía teatral—. ¿Por dónde empezamos, concejala?

Ainhoa se incorporó también, poniendo pucheritos de forma cómica , con una cara falsamente ofendida.
—¡Eso! Pero que quede claro que después nos toca a nosotras. ¡Y queremos el tratamiento completo!

Las risas, bajas pero auténticas, volvieron a llenar el espacio. Alba meneó la cabeza, una sonrisa cansada pero real asomando a sus labios.

—Con una condición —dijo, señalando a Patri con fingida severidad—. Que sea un masaje de verdad, ¿eh? Nada de medias tintas.

—¡Palabra de honor! —afirmó Patri, arrodillándose ya ante la litera con una reverencia exagerada—. Técnica profesional, lo prometo.

Mientras Patri comenzaba con torpe dedicación su tarea, Alba cerró los ojos, permitiéndose por primera vez desde su llegada bajar la guardia completamente. En la oscuridad, con las manos de una extraña trabajando en sus pies cansados y el sonido de las respiraciones acompasadas de las demás, sintió que algo muy parecido a la paz se instalaba en su pecho.

Bajo la tenue luz que se filtraba por la ventana, Ainhoa presionaba con sus pulgares la planta del pie de Elisa, que se dejaba hacer, los ojos cerrados, un suspiro escapando de sus labios. Estaba recordando otras manos, las de Kiara, que conocían cada surco de sus pies con una devoción casi religiosa.

Pero entonces, los dedos de Ainhoa, buscando un nudo de tensión, se deslizaron con un movimiento más ligero, casi un roce, justo en el centro del arco plantar.

Elisa no pudo evitarlo. Un estremecimiento le recorrió la pierna y un "¡Ay!" seguido de una risa corta y nerviosa escapó de su garganta. Retiró el pie instintivamente.

Ainhoa detuvo sus manos, pero una sonrisa pícara se dibujó en su rostro. Había visto ese destello de sensibilidad, esa reacción inmediata e incontrolable.

—Oye... —susurró, sus ojos brillando con malicia—. ¿Tienes cosquillas?

Antes de que Elisa pudiera responder, Alba, desde la litera de al lado, soltó una risa baja. Patri seguía masajeando sus pies con una concentración exagerada.

—¿Cosquillas? —dijo Alba, con un deje de orgullo y complicidad—. No lo sabes tú bien.

Fue toda la invitación que Ainhoa necesitó. Sus dedos, que hasta entonces habían sido herramientas de un masaje torpe pero bienintencionado, se transformaron. En lugar de presionar, comenzaron a caminar. Recorrieron la planta del pie de Elisa con un aleteo rápido y ligero, como si tocaran las teclas de un piano invisible.

La reacción fue instantánea e incontrolable. Elisa estalló en una carcajada que trató de contener, completamente diferente a la risa contenida de antes.

—¡Eh, no! ¡Para! —suplicó entre risas, retorciéndose y tratando de escapar del agarre de Ainhoa, que no cedía.

Su pie se movía de un lado a otro, pero Ainhoa, riendo también, seguía el ritmo, sus dedos encontrando nuevos puntos sensibles, explotando la sensible piel con una curiosidad juguetona y despiadada. 

Mientras Ainhoa mantenía a Elisa en un estado de alegre tortura, Patri observaba la escena con una sonrisa de oreja a oreja, sin dejar de amasar con dedicación el pie de Alba. Sus manos notaban la suavidad inusual de su piel pálida, tan distinta a la de Elisa.

De pronto, Patri alzó la mirada hacia Alba. La curiosidad le brillaba en los ojos.
—Y tú, jefa... —musitó, con un tono juguetón—. ¿También tienes cosquillas como la concejala?

Sin esperar respuesta, y llevada por el mismo impulso travieso que Ainhoa, Patri deslizó sus dedos desde el talón hasta el arco del pie de Alba con un movimiento ligero y rápido, completamente distinto al masaje.

La reacción fue inmediata. Alba soltó una carcajada rasgada y visceral que sorprendió incluso a Elisa, que entre risa y risa volvió la cabeza para mirarlas.

—¡Oye! —protestó Alba, pero riendo, retorciendo el pie en un intento fallido de escapar—. ¡Que te llevas una patada en la cara!

Patri rió, encantada con el descubrimiento.
—¡Hostia, sí que tienes! 

No hubo necesidad de más palabras. Patri se dedicó en cuerpo y alma a explorar este nuevo territorio, mientras Alba se dejaba llevar, riendo con una liberación que no se permitía desde hacía semanas. Sus risas, la de Alba ronca y rasgada, la de Elisa más aguda y nerviosa, se mezclaron en la celda, creando una sinfonía de complicidad.

En ese momento, atrapadas entre las mantas ásperas y las manos de sus nuevas compañeras, Elisa y Alba se miraron. No hicieron falta palabras. Lo entendieron al instante. Este era su lenguaje.

Ainhoa, la de pelo rojo, dejó de hacer cosquillas a los pies de Elisa. Su mirada, de repente seria y concentrada, se clavó en sus ojos como si quisieran atravesar su mirada. Un silencio tenso se extendió entre ellas durante un par de segundos que parecieron eternos. Luego, lentamente, Ainhoa inclinó la cabeza y posó sus labios sobre el tobillo de Elisa, en un beso suave y deliberado.

Alba, que seguía riendo por las cosquillas de Patri, observó la escena con los ojos brillantes.
—Vaya, vaya —comentó con sorna, su voz un poco ronca—. ¿Así que en esta celda se reparten besos ahora?

Pero antes de que alguien pudiera responder, Patri, quizá imitando el atrevimiento de su compañera o llevada por una inspiración propia, hizo algo aún más audaz. Sin dejar de sonreír, bajó la cabeza y pasó la punta de la lengua por la planta del pie de Alba, en un recorrido rápido y húmedo que recorrió desde el talón hasta la base de los dedos.

Alba emitió un jadeo ahogado, y su risa se cortó de golpe. Un escalofrío le recorrió la espalda.

Las reglas del juego habían cambiado otra vez. Lo que había comenzado como un masaje, luego un juego de cosquillas, se transformaba ahora en algo indefinido y cargado de una tensión sexual palpable. 

El gesto de Patri fue tan íntimo, tan deliberadamente sensual, que cortó lo que quedaba de risa en la garganta de Alba.

Después de esa lengua húmeda y desafiante en la planta de su pie, Patri no se detuvo. Sus ojos, brillantes con una mezcla de audacia y adoración, no se despegaban de los de Alba. Sin prisas, llevó el pie de Alba un poco más cerca de su rostro y, con un movimiento lento y deliberado, introdujo el dedo gordo en su boca, cerrando los labios alrededor de él.

Alba contuvo la respiración. Un choque de sensaciones la recorrió: el cosquilleo residual, el calor húmedo de la boca de Patri, la vulnerabilidad extrema de la posición y una punzada de deseo que le tomó por sorpresa. 

Desde la otra litera, Elisa y Ainhoa observaban en un silencio absoluto.

Patri sostuvo la mirada de Alba mientras succionaba suavemente el dedo, un acto a la vez sumiso y profundamente dominante. Luego, lo liberó con un leve chasquido.

La pelirroja, sin dejar de sonreír con picardía, se mordió suavemente el labio inferior. Con una mano firme pero delicada, tomó el tobillo de Elisa, que seguía vibrando por las cosquillas. Su mirada, intensa y divertida, no se despegó de los ojos de la exconcejala mientras se inclinaba.

En lugar de unos labios, fueron sus dientes los que entraron en juego. Con una precisión deliberada, Ainhoa aplicó un mordisco suave y lento justo en el centro de la planta del pie de Elisa.

La reacción fue inmediata y compleja. Un escalofrío recorrió la pierna de Elisa, seguido de una risa nerviosa y ahogada que, al instante, se transformó en un gemido largo y tembloroso. No era de dolor —la presión era mínima, más una promesa que una agresión—, sino de una sorpresa abrumadora y una excitación que le cortó la respiración. Su cuerpo se arqueó, atrapado entre la necesidad de retirar el pie y un deseo profundo de que aquella sensación no cesara.

Ainhoa mantuvo el mordisco un segundo más, sus ojos brillando con triunfo al sentir la respuesta de Elisa, antes de soltar la piel con un susurro casi inaudible. La marca de sus dientes, leve y rosada, quedó impresa en la planta del pie como un sello íntimo en la piel palpitante.

El silencio que siguió sólo fue roto por la respiración entrecortada de Elisa, desbordada por la intensidad de la sensación. La mirada de Ainhoa buscaba la suya. 

Cuando Elisa, con una voz suave pero sin titubear, le pidió a Ainhoa su pie, la pelirroja obedeció de inmediato, extendiendo su pierna con una mezcla de curiosidad y entrega. Elisa tomó aquel pie pequeño y suave entre sus manos, y comenzó a acariciarlo con una ternura que hacía que Ainhoa riera en bajito, estremeciéndose con cada roce. Luego, Elisa inclinó la cabeza y depositó un beso lento y deliberado en el empeine.

Ese acto de delicadeza fue la chispa que Alba necesitaba. Sin mediar palabra, agarró a Patri por la solapa del uniforme azul marino y la atrajo hacia sí, sellando su boca con un beso intenso y salvaje. Con manos expertas y decididas, Alba le desabrochó los botones y le quitó la parte superior del uniforme, dejando al descubierto la piel de Patri, que jadeó, sorprendida y excitada por la determinación de su ídolo.

Ver la escena, la pasión desatada entre Alba y Patri, animó a Ainhoa. Con una sonrisa pícara y desinhibida, se quitó su propia chaqueta del uniforme y luego, con movimientos rápidos, ayudó a Elisa a deshacerse de la suya. La tela áspera cayó al suelo, un montón informe de azul marino, mientras la piel de ambas quedaba expuesta a la luz tenue, creando un contraste vibrante con el frío del ambiente carcelario.

En la litera de Alba y Patri, la pasión era un fuego rápido y devorador. Sus bocas no se separaban, sus manos recorrían pieles ya descubiertas con una urgencia que hablaba de semanas de tensión acumulada. Alba mordisqueaba el labio inferior de Patri, quien respondía con gruñidos bajos y ahogados, sus dedos enredándose en el pelo oscuro de Alba. 

En la litera de enfrente, la danza era diferente. Ainhoa exploraba el cuerpo de Elisa con una curiosidad reverente y juguetona. Sus labios recorrían la clavícula, los hombros, el suave vientre. Y fue allí, cuando sus besos rozaron las costillas de Elisa, que notó el estremecimiento instantáneo, seguido de una risa tímida y contenida que escapó de los labios de la exconcejala.

Ainhoa se separó unos centímetros, una sonrisa pícara iluminando su rostro.
—Qué cosquillosa eres, concejala —susurró, con un tono de complicidad adorable.

Elisa se sonrojó de manera visible, incluso en la penumbra. Pero en lugar de apartarse, un destello de picardía respondió en sus ojos. Con un movimiento rápido, sus manos encontraron la cintura menuda y suave de Ainhoa.

—¡Ah! —Ainhoa saltó como si la hubieran electrocutado, soltando un grito agudo que intentó contener de inmediato, ahogándolo contra el hombro de Elisa. Sus ojos se abrieron como platos, mirando a la puerta de reojo, temerosa de haber alertado a alguien.

Pero sólo hubo silencio en el pasillo. Y entonces, Elisa comenzó en serio. Sus dedos bailaron sobre los costados de Ainhoa, que se retorcía, sofocando risas y gemidos contra el cuello de Elisa, incapaz de decidir si quería que parara o que continuara.

—¡Es-pera! ¡No pue-do! —jadeó Ainhoa entre espasmos de risa, mientras Elisa, riendo también, no cejaba en su ataque.

Al oír la conmoción, Alba y Patri interrumpieron sus propios besos un momento para mirarlas. Alba sonrió, con una expresión de profundo afecto.
—Míralas —murmuró contra la boca de Patri—. Jugando como niñas.

Pronto, el juego se volvió recíproco. Ainhoa, logrando escapar por un instante, contraatacó, sus dedos encontrando los puntos débiles de Elisa que ya había descubierto. La exconcejala soltó una carcajada, retorciéndose y tratando de defenderse, en una lucha que las llevaba de vuelta a besos repentinos, interrumpidos por nuevos ataques de cosquillas y risas ahogadas.

Alba y Patri se deslizaron junto a Ainhoa y Elisa, y la energía se mezcló, se recombinó, creando una nueva constelación de deseos.

Los besos empezaron a fluir en todas direcciones, un intercambio fluido y natural. Alba encontró la boca de Ainhoa, y la intensidad de su beso con Patri se transformó en una curiosidad feroz y exploratoria. Patri, por su parte, se volvió hacia Elisa, y sus labios, que acababan de estar en los de Alba, se posaron ahora con una curiosidad diferente sobre los de la exconcejala.

Fue en este nuevo emparejamiento donde Elisa, con una sonrisa pícara contra los labios de Patri, decidió probar terreno. Mientras una mano acariciaba el costado de la chica de la cresta, la otra inició un suave recorrido por su torso, buscando la respuesta conocida.

Patri, al sentir el cosquilleo, se tensó por un instante. Una risa nerviosa le escapó, pero intentó contenerla, apretando los labios y arqueándose ligeramente para escapar del tacto.
—Eh, tranquila, concejalita —dijo, con un tono de advertencia juguetona, pero Elisa no se detuvo.

Sus dedos se volvieron más insistentes, encontrando el hueco justo debajo de las costillas de Patri. La resistencia cedió. Una carcajada clara y robusta estalló de Patri, que se retorció hacia un lado, directamente contra Alba.
—¡Vale, vale! ¡Concejala! —admitió entre risas, rendida—. ¡Para, por favor!

Las cuatro rieron, y el juego se intensificó. Manos anónimas recorrían costillas, vientres, muslos, axilas, provocando estremecimientos, saltos, risas ahogadas y gemidos que se confundían con los besos. 

Ainhoa estaba completamente entregada a reír, su rostro rojo como su cabello, los ojos brillantes con lágrimas de risa. Se retorcía sobre las sábanas, incapaz de defenderse del ataque implacable de Alba, cuyos dedos no cesaban de recorrer su vientre y sus costillas con movimientos rápidos y diestros.

—¡Para, tía, por lo que más quieras! —suplicaba Ainhoa entre jadeos, sin fuerza real para escapar, su cuerpo convulsionado por oleadas de cosquilleo incontrolable.

En el otro extremo del amasijo de cuerpos, Elisa había hecho un descubrimiento. Sus manos, más delicadas, se habían posado en los pies grandes y fuertes de Patri. Comenzó a recorrer la planta con las yemas de los dedos, al principio con suavidad, luego con una presión más firme y rítmica.

Patri, que estaba enredada en un beso con Alba, dejó escapar un gruñido de sorpresa. Un estremecimiento le recorrió las piernas y empezó a patear el aire de manera involuntaria, una risa profunda y gutural uniéndose al coro de carcajadas.

—¡Eh, los pies no! —protestó, sin poder evitar reír a carcajadas, intentando retirarlos sin éxito.

Elisa sonrió, triunfante, y redobló sus esfuerzos, encontrando los puntos exactos que hacían que Patri se convulsionara. Las cuatro estaban ahora completamente mezcladas, un organismo de risas y suspiros. Una mano anónima acariciaba una pierna, otra buscaba un costado sensible, los besos se intercambiaban entre bocas que sonreían demasiado para un beso propiamente dicho.

En medio del caos de risas y cuerpos entrelazados, los cuerpos de Alba y Elisa se cruzaron de nuevo, como ya lo habían hecho de forma clandestina otras veces. No era un encuentro casual; había una familiaridad tácita en cómo se buscaron entre las otras dos. Sus miradas se encontraron, cargadas de una complicidad que iba más allá de la hermandad, el secreto que las unía a escondidas de Carlota y Kiara.

Elisa cerró la distancia y capturó los labios de Alba en un beso que no tuvo nada de juego. Fue profundo, urgente, cargado con la nostalgia de encuentros furtivos en rincones oscuros de la prisión anterior. Mientras su lengua buscaba la de Alba con una familiaridad que delataba práctica, sus manos subieron por los costados de la punk hasta encontrar sus blancas axilas.

Alba, atrapada entre el beso que la derretía y las cosquillas que la hacían enloquecer, soltó una risa estridente y quebrada contra la boca de Elisa. Era una contradicción deliciosa: quería perderse en el beso, pero su cuerpo traicionero respondía a las cosquillas con espasmos incontrolables.

Ainhoa y Patri, al ver la escena, intercambiaron una mirada de diversión y se unieron al ataque. Ainhoa se deslizó hacia los costados de Alba, sus dedos ágiles encontrando las costillas, mientras Patri, con picardía, agarró uno de sus pies y comenzó a trazar círculos rápidos en la planta.

Alba estalló en una carcajada desesperada, un sonido ronco y gutural de pura rendición. Su cuerpo se convirtió en un arco, tirándose hacia atrás, pero Elisa la sostuvo, manteniendo el beso ahora interrumpido por las sacudidas de la risa. 

Entre las cuatro, en esa litera que se había convertido en su isla privada, el juego se transformó en un ritual de conexión total. 

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Las cuatro reclusas se acomodaban en la mesa del comedor, con los restos del desayuno frente  ellas. El ambiente era ligero, lleno de risas y complicidad. Alba, con un brillo pícaro en los ojos, recordaba las cosquillas la noche anterior, y cómo una cosa llevó a la otra. 
—¿Quién iba a decir que acabaríamos haciendo una orgía nada más llegar?— dijo, sonriendo mientras jugueteaba con su cuchara.

Patri rió, rozando el brazo de Ainhoa. 
—Fue una buena forma de romper el hielo. 

Las cuatro rieron.

Pero de repente, la risa de Elisa se cortó en seco. Su sonrisa se desvaneció y su mirada se fijó en algo—o alguien—al otro extremo del comedor. Sus compañeras notaron el cambio al instante.

—Elisa. ¿Todo bien?— preguntó Alba, siguiendo su mirada.

Elisa no respondió. Estaba paralizada, como si el tiempo se hubiera detenido. Allí, entre un grupo de reclusas, había un rostro inconfundible. Esa engañosa dulzura angelical, con una piel pálida que resaltaba contra sus ojos oscuros. Reía con despreocupación, charlando animadamente con las demás, como si no tuviera ningún pasado que la persiguiera.

Elisa sintió un vacío en el estómago, una mezcla de incredulidad y algo más—¿miedo? ¿rabia?—que no podía definir. ¿Cómo era posible? ¿Otra vez?

Las voces a su alrededor se desvanecieron, y sólo el latido de su corazón resonaba en sus oídos. No podía apartar la vista de esa cara de muñeca de porcelana.

Y entonces, con un hilo de voz que apenas logró escapar, sus labios formaron el nombre que lo cambiaba todo:

"Rebecca Santoro."

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