LA CONDENA - Episodio 37: Redención (parte I)
Elisa se movió como un suspiro a través de la galería B. No llevaba linterna. Cada paso suyo fue deliberado, el tacón de sus zapatillas de lona rozando el suelo con un sonido que se perdía en el rumor del caos externo.
Lo único que llevaba era un objeto largo y rígido, envuelto en un trozo de sábana áspera, sujeto con un cordón a la cintura. Un cepillo de lavandería. No era un arma para matar. Era un instrumento para otra cosa.
Ella no buscaba seguridad. Elisa buscaba algo más concreto, más visceral.
Buscaba a la asesina de su madre, con quién se había estado cruzando un mes entero sin recibir más que indiferencia.
El olor la guió antes que la memoria visual. Un perfume barato, dulzón, como a vainilla, que siempre la precedía en los pasillos. Elisa lo había aprendido a identificar entre el hedor a desinfectante y sudor. Lo rastreó entonces como un animal. Lo olió junto a la puerta del taller, cerrada pero no con llave. Dentro, las máquinas eran esqueletos inmóviles.
Un susurro vino del pequeño trastero de los materiales de limpieza, al fondo del pasillo de duchas. Un cubículo sin ventana, un agujero.
Elisa se detuvo. Su propio corazón fue un tambor sordo en sus oídos. Sacó el cepillo de la sábana. Las cerdas duras, en la penumbra, parecieron los dientes de una bestia diminuta.
—Sal —dijo, y su voz no sonó a condena, sonó a invitación a un ritual.
La puerta se abrió sin rechinar. Y allí estaba.
Rebecca no pareció sorprendida. En pocos meses, parecía haber crecido. Su aspecto era más maduro, más adulto. Su uniforme estaba impecable. Sus ojos, de un negro profundo, reflejaron la tenue luz de la luna.
—Elisa —dijo, como saludando a una conocida en un pasillo de la antigua vida—. Sabía que serías tú. Los apagones sacan a relucir los instintos más puros, ¿verdad? Las ratas corren, los depredadores cazan.
—Cállate —dijo Elisa. Pero no fue un grito. Fue una orden baja, plana.
—¿Y qué vamos a hacer? —preguntó Rebecca, dando un pequeño paso adelante. No hubo miedo en su postura. Hubo una curiosidad casi académica—. No tenés a tu guardaespaldas punk. No tenés a sus perritas fanáticas. Sos solo vos. Y tu… ¿cepillo? Qué mundano.
Elisa sintió la rabia, un líquido blanco y caliente, subiéndole por la garganta.
—Vamos a dar un paseo —dijo Elisa, y el mango del cepillo se convirtió en una extensión de su brazo.
—No creo que sea una buena idea —musitó Rebecca, pero su sonrisa dijo lo contrario. Fue una sonrisa íntima, de comensal ante un plato exquisito.
Elisa no discutió. Se abalanzó. No con la torpeza de la ira, sino con la eficacia brutal que un mes en ese lugar le había enseñado. Enganchó un pie tras el tobillo de Rebecca y empujó. La joven cayó hacia atrás con un golpe seco, más de sorpresa que de fuerza. Elisa estuvo sobre ella en un instante, una rodilla clavada en su esternón, la punta del mango del cepillo presionando contra el hueco de su garganta.
—Te vas a levantar —dijo Elisa al oído de Rebecca, cuyo aliento olía a menta y a nada, a un vacío—. Y vas a caminar delante de mí. Un ruido, un movimiento, y esto deja de ser un paseo.
Rebecca tosió, una tos seca que pudo ser una risa ahogada. Asintió. Sus ojos no habían perdido aquella chispa de fascinación.
Elisa la levantó, la empujó. Rebecca caminó, dócil, por el pasillo desierto. Giraron, bajaron una corta escalera de servicio. El aire se volvió más húmedo, pesado con el olor a jabón en polvo y lejía rancia.
La lavandería industrial. Las enormes máquinas estaban quietas, monstruos dormidos. La luz de la luna entró por un tragaluz sucio, bañando de un blanco fantasmagórico las pilas de sábanas grises.
Elisa empujó a Rebecca hacia el centro del claro, frente a una de las lavadoras. La hizo arrodillarse.
—Ahora —dijo Elisa, y su voz por fin tembló, no de miedo, sino de la descarga brutal de la anticipación—. Ahora vamos a hablar de mi madre.
Rebecca miró hacia arriba, la sonrisa intacta. Su cuello, expuesto, palpitante. Su cuerpo, una silueta vulnerable en la penumbra.
—De tu madre —repitió, como saboreando las palabras—. Tenía los ojos marrones, ¿verdad? Como los tuyos. Al final, se llenaron de un miedo… cristalino. Precioso.
Elisa descendió el cepillo. No para golpear. Lo posó, con una lentitud agonizante, sobre el costado de Rebecca, justo donde las costillas se encontraban con la blusa delgada de su uniforme.
—Vas a contarme todo, porqué lo hiciste—dijo Elisa.
Y entonces, con un movimiento preciso y frío, deslizó las cerdas del cepillo sobre la tela, en el lugar más sensible, el flanco.
El cuerpo de Rebecca reaccionó antes que su mente. Un espasmo instantáneo, un jadeo que cortó su sonrisa. Era extremadamente sensible. Un temblor recorrió su torso. Pero sus ojos, esos charcos negros, no se nublaron. Se estrecharon. Y en ellos, Elisa no vio terror.
La escena se fracturó en un instante. La sonrisa de Rebecca, hasta entonces un mero gesto de desdén, se transformó en algo afilado y reconocedor.
—¿Otra vez esa pelotudez de las cosquillas? —escupió, y su acento argentino, normalmente suavizado, se cargó de un desprecio denso. Sus ojos negros, que antes reflejaban la luna, ahora la absorbieron, volviéndose pozos de una lucidez aterradora—. Pensé que habías aprendido en el otro centro. Que no servía.
El movimiento fue tan rápido que Elisa, aún intoxicada por la fiebre de su propia venganza, no lo vio venir. La mano de Rebecca, fuerte y segura, se cerró como un torno sobre el mango del cepillo. Un tirón seco, un giro de muñeca, y el instrumento cambió de dueña. Elisa sólo tuvo tiempo de ver el arco descendente del mango de madera, oscuro contra la luz del tragaluz, antes de que un estallido de dolor blanco y cegador le reventara en la sien.
La oscuridad no fue gradual. Fue un telón que cayó de golpe.
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El regreso a la consciencia fue un ascenso lento y doloroso desde las profundidades de un pozo fangoso. Primero fue el dolor: un latido sordo y brutal en su cráneo. Luego, la desorientación. No estaba de pie. No estaba arrodillada. Estaba sentada en el suelo frío y húmedo de cemento, la espalda apoyada contra algo metálico y redondo. Una tubería gruesa.
Intentó mover las manos. No respondieron. Un roce áspero mordió sus muñecas. Cuerda. Gruesa y bien anudada. Lo mismo en sus tobillos. Un pánico frío, más agudo que el dolor de cabeza, le serró la respiración. Abrió los ojos por completo.
La lavandería. Seguía allí. Pero el mundo se había invertido.
Rebecca estaba arrodillada frente a ella, a la misma distancia a la que Elisa había estado antes. La miraba con la cabeza ladeada, una expresión de curiosidad divertida.
—Despertaste, huerfanita —dijo, y su voz era un susurro melodioso, venenoso—. Te dormiste un ratito.
Elisa intentó hablar, insultar, gritar. Sólo salió un sonido apagado, un gemido nasal. Un esparadrapo ancho y áspero le sellaba la boca con eficacia brutal. Respiró con fuerza por la nariz, las fosas nasales dilatándose. Entonces sintió el aire frío en su piel, un frío que no era el del ambiente. Miró hacia abajo.
Le habían quitado la parte superior del uniforme y los pantalones. Estaba en ropa interior, sólo un sostén sencillo y unas bragas de algodón gris, ambas prendas descoloridas y desgastadas. La humedad del suelo se le pegaba a los muslos. La vergüenza, instantánea y feroz, le incendió la piel. Pero fue un fuego secundario. Porque Rebecca se inclinó hacia adelante.
Con las yemas de los dedos, comenzó a trazar un círculo lento, deliberado, justo en el borde de la tela del sostén, en el arco que conducía a su axila izquierda, completamente expuesta. El contacto era ligero, casi un susurro, pero Elisa sintió cada milímetro del recorrido. Su cuerpo, traidor y extremadamente sensible, reaccionó antes de que su mente pudiera fortificarse. Un escalofrío violento le recorrió el costado. Un músculo en su estómago se contrajo involuntariamente.
Rebecca sonrió, disfrutando de la reacción fisiológica pura.
—Esta es la gran tortura que les encanta a ustedes, ¿cierto? —preguntó retóricamente, acercando su rostro moreno y juvenil al de Elisa—. Reducir todo a esto. A un reflejo estúpido. A una risa tonta.
Los dedos de Rebecca. No eran ásperos. Eran suaves, casi profesionales. Empezaron a acariciar, con una lentitud exquisitamente cruel, la piel hiper-sensible de su axila. No era un cosquilleo rápido y nervioso. Era una caricia insidiosa, una exploración meticulosa de cada milímetro de piel, del vello fino, del hueco profundo y vulnerable.
—¿Y vos sos muy cosquillosa, huerfanita? —susurró Rebecca, su aliento oliendo a menta y a la manzana que había robado del comedor—. ¿Tu mamá te hacía cosquillas de pequeña?
La mención a su madre, en esa boca, con ese tono, fue un puñal más efectivo que el golpe. Elisa se revolvió con fuerza, tirando de las ataduras. La cuerda se clavó en sus muñecas, pero el movimiento inesperado hizo que los dedos de Rebecca resbalaran, provocando por un instante un cosquilleo más directo, más eléctrico.
Una oleada de sensación incontrolable subió por su costado. Una risa, compulsiva y ahogada, intentó abrirse paso a través de su nariz y del esparadrapo. Sonó como un bufido desesperado, un hipo de pánico. Los ojos de Elisa se llenaron de lágrimas instantáneas, de furia y de humillación pura.
Rebecca rió suavemente, una risa genuina de disfrute.
—Ahí está —murmuró—. La tortura que tanto les encanta infligir.
Sus dedos cambiaron de técnica. Abandonaron la caricia y comenzaron un movimiento ligero, rápido y erratico, como las patas de una araña, justo en el punto más hondo y sensible de la axila. El ataque fue tan preciso y brutal que Elisa arqueó la espalda, un estremecimiento convulsivo sacudiéndole todo el torso. La risa, ahora completamente fuera de su control, era una serie de gemidos ahogados, nasales y agónicos que escapaban por su nariz. Cada sacudida le disparaba el dolor en la cabeza. Las lágrimas corrían libremente por sus mejillas, mezclándose con el sudor frío.
Pero en sus ojos, fijos en los de Rebecca a través del velo acuoso, no había rendición. Había odio puro, una negativa absoluta a darle el placer de verla quebrarse por completo. Hacía muecas, se retorcía, los músculos de su cuello se cordaban con el esfuerzo de contener la tormenta en su cuerpo, pero su mirada no suplicaba.
Rebecca lo vio. Y, lejos de frustrarse, su interés se avivó. Paró un momento, observando a Elisa jadear contra el esparadrapo, el pecho subiendo y bajando frenéticamente.
—Muy bien —dijo, como aprobando un examen—. Sos muy fuerte. Como tu vieja. Ella también aguantó mucho. Hasta que le conté un secreto.
Se inclinó aún más, hasta que sus labios estuvieron a un centímetro de la oreja de Elisa, ignorando el olor a sudor y miedo.
—¿Querés saber cuál fue? —susurró, mientras su mano libre descendía hacia la otra axila, preparándose para un nuevo asalto—. Te lo voy a contar… mientras vemos cuánto aguantás realmente.
Los dedos de su otra mano se posaron, como diez puntos de electricidad a la espera, sobre la axila derecha de Elisa. Esta no pudo evitar un nuevo temblor previo, un espasmo de anticipación. El sonido de su propia respiración, desesperada y nasal, llenó sus oídos.
Rebecca se sentó sobre sus talones, estudiando el cuerpo atado de Elisa como un mapa. Su mirada, clínica y fría, se posó en la cintura, donde el borde elástico de las bragas grises se encontraba con la piel pálida y lisa del vientre. Un área amplia, vulnerable, sin la protección de los huesos de las costillas.
—Vamos a ver —dijo, casi para sí misma.
Extendió ambas manos. No usó las uñas ni el objeto metálico. Usó las yemas de sus dedos, suaves y secas. Comenzó a trazar círculos lentos, deliberadamente lentos, justo por encima del hueso de la cadera de Elisa. El contacto era tan leve que era casi insoportable. No era un cosquilleo brusco, era una amenaza susurrada, una promesa de algo peor.
Elisa apretó los dientes contra el esparadrapo, conteniendo la respiración. Su estómago se tensó, los músculos abdominales se contrajeron en un esfuerzo fútil por alejar esa sensación. Un temblor, pequeño e involuntario, le recorrió el flanco.
Rebecca sonrió. Incrementó la velocidad de sus dedos. Los círculos se volvieron más pequeños, más rápidos, más erráticos, avanzando centímetro a centímetro hacia el centro mismo de su vientre. La sensación dejó de ser una amenaza para convertirse en una realidad eléctrica y devastadora.
El reflejo fue incontrolable. El cuerpo de Elisa se encogió violentamente, como si intentara doblarse por la mitad. Una risa ahogada, desgarradora y aguda, estalló en su nariz, acompañada de un gemido de pura desesperación. Se retorció, las ataduras cortando su piel, pero no podía escapar de aquellos dedos danzantes, metódicos, que exploraban cada centímetro de su piel sensible con una curiosidad cruel. La risa, forzada y espasmódica, la sacudía en oleadas, mezclándose con los sollozos de rabia. Cada carcajada sentía como una bofetada a la memoria de su madre, una humillación personal que quemaba más que la cuerda en sus muñecas.
—Ah, pero sos muy sensible —observó Rebecca, fascinada, como si anotara mentalmente una reacción—. Un instrumento afinadísimo.
Cansada, o quizás aburrida de esa zona, Rebecca se desplazó. Con manos firmes, agarró los tobillos atados de Elisa y los levantó, colocando sus pies descalzos y sucios sobre su propio regazo. Las plantas, frías y sonrojadas, quedaron expuestas, grotescamente vulnerables.
Elisa, a través de la neblina de lágrimas y la agonía de la risa residual, vio lo que iba a pasar. Un nuevo pánico, más profundo, se apoderó de ella. Negó con fuerza la cabeza, emitiendo sonidos guturales de protesta detrás de la mordaza.
Rebecca ignoró el suplicio mudo. Con una mano sujetó el pie derecho con fuerza. Con la otra, extendió un único dedo índice. Lo posó, con una delicadeza obscena, en el centro del arco plantar de Elisa.
Elisa se estremeció como si hubiera recibido una descarga.
Luego, Rebecca comenzó. No fue un cosquilleo rápido, sino un lento, tortuoso y metódico recorrido con la punta de su uña. Subió desde el talón hasta la base de los dedos, trazando líneas, círculos, espirales. Explotó cada milímetro de esa piel ultrasensible, donde cada terminación nerviosa gritaba.
La reacción de Elisa fue cataclísmica.
Su cuerpo entero se convulsionó en una danza espasmódica e incontrolable. Se retorció y sacudió contra las ataduras con una fuerza desesperada que hizo crujir la tubería a sus espaldas. La risa ya no era un sonido, era un tormento físico. Un cacareo agudo, desgarrado, continuo y ahogado que salía a chorros por su nariz, entrecortado por hipos y jadeos en los que parecía que se iba a asfixiar. Los músculos de su vientre y piernas se contraían en ondas dolorosas. Las lágrimas ya no caían, brotaban a raudales, bañando su rostro contraído. Era la risa del exceso, de la tortura pura, un reflejo nervioso llevado a su extremo más cruel y humillante.
Rebecca observaba, inmóvil, su dedo detenido momentáneamente. No reía. Su expresión era de profundo estudio. Veía cómo el espíritu de Elisa, ese odio feroz, luchaba por mantenerse a flote en el mar de una sensibilidad biológica abrumadora. Veía la rabia en sus ojos, aún presente, pero ahora nublada por una angustia animal e incontrolable. Era la fractura entre mente y cuerpo, y Rebecca era la ingeniera de esa ruptura.
Finalmente, retiró el dedo.
Elisa se derrumbó contra la tubería, completamente agotada. Jadeaba con fuerza, cada inhalación un silbido desesperado por la nariz. Temblaba incontrolablemente, como si tuviera frío. El sudor y las lágrimas brillaban en su piel. El esparadrapo en su boca se había humedecido.
Rebecca se inclinó hacia ella, hasta que sus rostros estuvieron a la misma altura. Sus ojos negros escudriñaron los de Elisa, buscando algo. No encontró rendición. Encontró un odio cansado, magullado, pero aún incandescente en las profundidades.
—Interesante —susurró Rebecca, su voz un hilo de fascinación genuina—. El cuerpo dice una cosa. Los ojos… otra muy distinta. Tu mamá también tenía esa… chispa. Hasta el final.
Se levantó, desentumeciéndose. Miró a Elisa, deshecha y temblorosa en el suelo, una cosa vulnerable y rota. Pero no del todo.
—Esto fue divertido, huerfanita —dijo, recogiendo el cepillo del suelo y el trozo de sábana—. Pero me aburro. Y el aire aquí huele a… derrota.
Luego, agarró el cepillo.
Lo giró, mostrando el lado de las cerdas, duras, ásperas, descoloridas por el jabón y el uso.
Y volvió a acomodarse en el suelo.
Las cerdas rasparon, con una suavidad aterradora y constante, la piel se sible de la ex concejala. Rebecca comenzó a pasar el cepillo de arriba a abajo por la planta del pie derecho de Elisa. No era un cosquilleo puntiagudo. Era una sensación amplia, rasposa, invasiva y completamente ineludible. Cubría toda la superficie a la vez, despertando cada terminación nerviosa en una sinfonía de agonía pura.
El efecto fue instantáneo y catastrófico.
El cuerpo de Elisa, ya al límite tras la tortura anterior, reaccionó con una violencia convulsiva que pareció querer desarticularse. Se sacudió contra las ataduras con una fuerza que hizo sangrar sus muñecas. Un sonido gutural, profundo y completamente desesperado, brotó de su garganta y logró filtrarse, apagado y monstruoso, a través del esparadrapo. No era ya una risa. Era la caricatura de una risa, un espasmo sonoro incontrolable y frenético que escapaba a chorros de su nariz y de los bordes de la mordaza.
“¡Hnnngg-ja! ¡HnnnGGA-JA-JA! ¡HHHHKK!”
El sonido era casi animal. Las lágrimas ya no brotaban, manaban a cántaros, mezclándose con la saliva que humedecía el esparadrapo. Su rostro se congestionó, enrojeciendo de manera alarmante. Los músculos de su cuello y abdomen se cordaban en tensos arcos de dolor, cada sacudida de risa forzada era un martillazo en su cráneo lesionado. La sensación del cepillo, metódico, implacable, raspando esa piel supersensible, era una violación directa a su sistema nervioso. No podía pensar. Sólo podía sentir la tormenta eléctrica y rasposa que ascendía por sus piernas y estallaba en su cerebro, anulando todo lo demás.
Rebecca observaba, hipnotizada. Su respiración era tranquila, sus movimientos, pausados. Pasaba el cepillo del talón a los dedos, una y otra vez, luego hacía círculos lentos en el arco, la parte más sensible. Estaba mapeando las reacciones, buscando el punto exacto donde la conexión entre la voluntad y el cuerpo se rompía por completo.
Elisa ya no luchaba por no reír. La risa, esa risa enloquecida y ahogada, la poseía por completo. Era un tíete con los hilos cortados, sacudido por una corriente salvaje. Su visión se nubló, el mundo se redujo al rasgado de las cerdas y al sonido de su propio tormento. Por un momento, un instante de puro pánico animal, creyó que su mente se disolvería, que se quedaría atrapada para siempre en este ciclo de cosquillas brutales.
Entonces, Rebecca paró.
El contraste fue tan brusco que el cuerpo de Elisa siguió convulsionándose en seco durante varios segundos, los músculos disparándose sin estímulo. El silencio, tras el ruide de su sufrimiento, fue atronador. Elisa colgó de las ataduras, exhausta, jadeando con un sonido wet y horrible tras la mordaza. Un hilillo de saliva mezclada con sangre (de haberse mordido la lengua o la mejilla) le corría por la barbilla. Temblaba de manera incontrolable, como en un shock.
Rebecca dejó el cepillo a un lado. Se acercó mucho, hasta que su aliento a menta golpeó el rostro febril de Elisa. Con un dedo, le apartó un mechón de pelo sudado de la frente, en un gesto que podía haber sido de ternura en otro contexto.
—Eso —dijo Rebecca, su voz suave y llena de una satisfacción profunda—. Eso era lo que quería ver. Miedo.
Sus ojos negros escudriñaron los de Elisa, que apenas podían enfocar.
—Tu mamá —continuó, en un susurro casi confidencial—. Nunca llegó a este punto. Se fue antes. Se aferró a su dignidad hasta el último suspiro. Pero vos… vos llegaste más lejos. Por eso estás viva. Pero no por mucho tiempo, lamento decirte.
Acarició la mejilla de Elisa, lentamente. Con un movimiento que era casi tierno, le apartó el pelo empapado de la frente. Elisa no pudo evitar estremecerse al contacto, un último espasmo residual de su sistema nervioso hecho jirones.
—Pero todo experimento tiene un final —continuó Rebecca, y su expresión se suavizó en una suerte de lástima genuina, la más aterradora de sus máscaras—. Y toda agonía, su climax. Dejarte vivir con esto… con el recuerdo de haber reído así por mi mano… sería cruel incluso para mí. Y un poco vulgar.
De la costura oculta del dobladillo de su uniforme, en la muñeca, Rebecca sacó una pequeña cuchilla. Era un trozo de metal afilado, delgado como una aguja y no más largo que un dedo, perfectamente oculto. El reflejo de la luna que emanaba el tragaluz se deslizó por su filo.
Elisa, a través de la neblina de su agotamiento, vio el destello. El instinto de supervivencia emergió con un golpe seco. Intentó girar la cabeza, forcejar, pero su cuerpo no respondía más que con un temblor débil. Sólo sus ojos se abrieron desmesuradamente, captando la imagen de Rebecca acercando la lámina de metal a su cuello.
—Shhh —la calmó Rebecca, con la voz que debió usar con los ancianos en sus últimos segundos—. Va a ser rápido. Más de lo que fue para tu madre. Te lo ganas por ser un buen sujeto de estudio. Pero antes, te contaré mi secreto. Mo me gustaría que te fueras con tu mamá sin saberlo.
El metal, frío como el hielo, se posó contra la piel húmeda y caliente de la yugular de Elisa. La presión aumentó, lenta, deliberada. No había espacio para el miedo, sólo para una resignación vasta y oscura. El olor a jazmín barato la envolvió.
El golpe no fue un sonido de película. Fue un sonido seco, compacto, como el de un melón maduro cayendo al suelo de tierra. La presión en el cuello de Elisa cesó de inmediato.
Al abrir los ojos, vio el cuerpo de Rebecca desplomarse hacia un costado, los ojos en blanco, una expresión de sorpresa absoluta congelándose en su rostro pálido y angelical. Detrás de ella, con el brazo aún extendido y un trozo de tubería de plomo, pesado y amenazador envuelto en una sábana, en la mano, estaba Alba. Su rostro, iluminado por la linterna de dinamo que sostenía Patri, no mostraba ira. Mostraba una furia fría, tectónica. Era el mismo rostro que debía poner en el escenario, años atrás, justo antes de destrozar un amplificador.
Ainhoa ya estaba a su lado, un cuchillo de cocina oxidado en la mano, cortando las ataduras de las muñecas y tobillos de Elisa con eficacia brutal. Las cuerdas cayeron. Elisa, sinse derrumbó hacia adelante, pero Alba dejó caer la tubería y la atrapó antes de que golpeara el suelo. La sostuvo con una fuerza que no parecía posible en su cuerpo delgado.
El esparadrapo fue arrancado con un tirón seco por Patri. El primer sonido de Elisa fue un grito ahogado, un quejido de dolor puro y alivio aún más doloroso. Temblaba de manera incontrolable, convulsivamente. Intentó hablar, pero sólo salieron sonidos rotos, entrecortados por hipos y el llanto que, ahora sí, era libre.
—Ya está —murmuró Alba contra su pelo, su voz bajando a un registro que sólo Elisa y tal vez sus viejos micrófonos habían escuchado—. Ya pasó. Respira.
Patri, con el rostro serio, revisó el cuello de Elisa. —Cortó un poco la piel, pero es superficial. No llegó a la vena. —Luego pateó con desprecio el brazo inconsciente de Rebecca—. ¿Y esta mierda? ¿La terminamos?
Alba miró a Rebecca, tendida en el suelo de cemento. Luego miró a Elisa, que se aferraba a su chaqueta como un náufrago, el cuerpo aún sacudido por espasmos y la respiración entrecortada por sollozos que no parecían tener fin.
Mientras Ainhoa y Patri se ponían a trabajar con fría eficiencia, utilizando las mismas cuerdas y trapos para inmovilizar a la inconsciente Rebecca, Alba se quitó su chaqueta de mezclilla y la envolvió alrededor de los hombros desnudos y temblorosos de Elisa. La levantó en sus brazos con un esfuerzo que no mostró en el rostro.
Ahora era el turno de Elisa y de las suyas. Por fin podría vengar a su madre.
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