LA CONDENA - Episodio 38: Redención (parte II)


La escena se congeló por un instante cuando los ojos negros de Rebecca, vidriosos por el golpe, se enfocaron en la figura de Elisa, ahora erguida y envuelta en la chaqueta de Alba. No hubo pánico. No hubo rabia. Sus labios, aún libres, se curvaron en una sonrisa amplia y cínica, que se transformó en una risa baja, burbujeante, y luego en un cacareo agudo y estridente que reverberó contra las lavadoras.

—¡Ja! ¡JAJAJA! ¡Qué lindo! ¡El reparto completo! —logró exhalar entre risas, sacudiendo la cabeza—. ¡La venganza de las punkis! ¿Vinieron a jugar?

Alba no dijo una palabra. Su rostro era una máscara de granito. Con movimientos rápidos y precisos, arrancó una tira larga de esparadrapo del rollo que Patri sostenía y, con una palmada seca, la selló sobre la boca de Rebecca, ahogando su risa en un murmullo nasal. Pero sus ojos seguían riendo, brillando con un frenesí divertido.

Ainhoa y Patri, sin necesidad de órdenes, se colocaron a cada lado. Con la eficacia de quienes han practicado este tipo de intimidación, agarraron los brazos atados de Rebecca y los levantaron, exponiendo por completo sus axilas.

Los dedos descendieron al mismo tiempo. No fue una exploración lenta, sino un ataque directo y vibrante, dedos rígidos que  arañaron ligeramente la suave piel de las axilas de Rebecca.

El cuerpo de la argentina se disparó hacia adelante como si la hubieran electrocutado. Una risa monumental, completamente incontrolable, explotó tras el esparadrapo. Era un sonido agudo, estridente, el cacareo histérico de una gallina poseída. «¡MMMPH! ¡MMMPH-HA-HA-HA-HA! ¡HHHNNGGG!». Se retorció con una fuerza salvaje, las cuerdas crujiendo, su torso arqueándose y sacudiéndose en espasmos frenéticos. Las lágrimas brotaron de sus ojos, pero no de dolor: eran lágrimas de una reacción fisiológica extrema, de pura y abrumadora sensación. Su risa era desesperada en su intensidad, pero en sus ojos, aún abiertos y mirando a Elisa, seguía habiendo un destello de aquel goce perverso, de un éxtasis retorcido.

Elisa la observó. No había sonrisa en su rostro. No había triunfo. Había una seriedad glacial, una profunda y silenciosa rabia que el ataque de cosquillas previo no había logrado expulsar. Se desprendió suavemente del brazo de Alba y avanzó un paso. Luego, se arrodilló frente a los pies descalzos y rosados de Rebecca, que pataleaban en el aire en un ritmo caótico.

Con una lentitud que era más aterradora que cualquier violencia, Elisa extendió su mano. No usó uñas ni herramientas. Usó la punta de sus dedos, imitando con cruel exactitud la suavidad insidiosa que Rebecca había empleado antes en su piel. Comenzó a acariciar, con una presión mínima, el arco de la planta del pie izquierdo.

Al otro lado, Alba, captando la intención al instante, hizo lo mismo con el pie derecho. Su técnica era diferente, más metódica, trazando líneas rectas y lentas de talón a dedos.

El efecto en Rebecca fue salvaje. Su risa nasal se quebró en un registro aún más alto, más desgarrado. «¡IIIIHHH-MPH! ¡AAAAII-MPH!». Su cuerpo entero entró en una convulsión continua, un vendaval de sacudidas sin ritmo. Ocho manos ahora la atacaban desde todos los frentes sensibles: las axilas, demoledoras bajo los dedos expertos y rápidos de las punks, y las plantas de los pies, sometidas a esa caricia lenta y tortuosa que era mil veces peor que un cosquilleo rápido. Era una sobrecarga sensorial perfecta, una tormenta en cada neurona.

Se ahogaba con su propia risa, la saliva empapaba el esparadrapo, su rostro se congestionaba. Parecía a punto de estallar, de desarticularse. Pero, de manera horriblemente milagrosa, su mirada no se apagaba. En los brevísimos instantes en que podía enfocar, buscaba a Elisa. Y en esos ojos negros, detrás del velo de lágrimas y la locura fisiológica, no había rendición, ni miedo. 

La escena era dantesca. Cuatro mujeres sometiendo a una quinta a una tortura que la hacía reír hasta el borde del desmayo, pero la víctima, en el colmo del perverso intercambio de poder, se negaba a ser víctima en su mente.

Las cuatro mujeres trabajaban con una sincronización aterradora, metódica, convirtiendo el cuerpo de Rebecca en un amasijo de tormento.

Ainhoa y Patri, desde sus flancos, recorrían las axilas de Rebecca con movimientos ágiles, vibrantes e implacables, encontrando los puntos exactos donde las sensaciones eran más intensas. Luego descendían a las costillas, arañando con las uñas la piel erizada, esos canales sensibles donde cada roce era una descarga eléctrica. Rebecca se retorcía como un gusano, su torso arqueándose en puentes imposibles para escapar de esos dedos que conocían demasiado bien la anatomía de la humillación.

Alba, arrodillada a sus pies, había encontrado un cepillo de dientes viejo, de cerdas duras y gastadas. Lo pasaba, con una presión constante y devastadora, por las plantas de los pies de Rebecca. No era el rasgado del cepillo de ropa, era algo peor: una vibración fina, enervante, que se infiltraba en cada poro. Los pies de Rebecca bailaban una danza epiléptica e inútil, los dedos crispados en garras, los talones golpeando el suelo en un ritmo frenético de tormento insoportable.

Elisa se había colocado frente al vientre y los muslos de Rebecca. Su rostro era una máscara pálida de concentración absoluta. Usaba las yemas de los dedos. Con ellas, trazaba círculos infinitamente lentos, agonizantes, en la piel hipersensible del bajo vientre, justo por debajo del ombligo, y en la cara interna de los muslos, donde la piel es más fina y vulnerable. Era una tortura de suspense, cada milímetro de avance de los dedos era una promesa de agonía, una exacerbación de la sensibilidad hasta límites psicológicos. Aquí, la reacción de Rebecca era más profunda, más convulsa: un retorcimiento pélvico involuntario, un intento desesperado de cerrar las piernas que las ataduras hacían inútil, acompañado de gemidos nasales que subían de tono hasta lo estridente.

Las reacciones de Rebecca eran un cataclismo neuromuscular. Su cuerpo ya no era un cuerpo, era un campo de batalla de reflejos en guerra.

La risa ya no era cacareo. Era un silbido continuo, de alta frecuencia, que parecía rasgarle la garganta por dentro. Un sonido de máquina averiada, sin pausa para respirar, que la llevaba al borde repetido de la asfixia. Sus ojos, inyectados en sangre, parecían a punto de salirse de sus órbitas.
Los espasmos no eran sacudidas aisladas. Era una convulsión en onda continua que recorría su cuerpo de pies a cabeza. Los músculos de su abdomen se contraían, sus piernas trataban de patear el aire sin éxito. Las ataduras crujían, pero el movimiento era tan frenético que parecía que podría, por pura energía histérica, romperlas.

Rebecca buscaba la mirada de Elisa. Y en ellos no había fractura. Había un fuego negro, un éxtasis retorcido. 

La frustración empezó a crecer en las atacantes. Ainhoa gruñó, aumentando la velocidad de sus dedos hasta lo furioso. Patri escupió un insulto. Alba apretó el cepillo de dientes con tanta fuerza que las cerdas se doblaron. Elisa, ante esa mirada que no se quebraba, sino que se alimentaba del tormento, sintió una rabia helada. 

La frustración comenzaba a cuajarse en el aire, densa y acre como el olor a sudor. El éxtasis retorcido en los ojos de Rebecca, que brillaba incluso a través de las lágrimas, era un muro que ni la saña de Ainhoa y Patri, ni la meticulosidad de Alba, parecían poder traspasar. La risa silbante y desgarrada de Rebecca sonaba menos a sufrimiento y más a un himno distorsionado, celebrando su propia resistencia aberrante.

Fue en ese punto muerto, con la rabia helada de Elisa cristalizándose en desesperación, cuando su dedo índice, movido por una intuición visceral, se desvió un centímetro. Abandonó el lento círculo en el bajo vientre y trazó, con la misma presión, una línea hacia la unión de la ingle con la cadera.

El efecto fue arrollador y completamente nuevo.

El cuerpo de Rebecca se disparó como si una descarga de alta tensión la hubiera atravesado. Un espasmo tan violento que hizo crujir los huesos de su pelvis contra el suelo. Pero el sonido fue lo más revelador. No fue una risa. No fue un grito. Fue un chillido agudo, rasgado, animal, que consiguió desgarrar el esparadrapo en su potencia bruta. Un sonido gutural de pura reacción nerviosa, el chillido de un cerdo en el matadero, primitivo y desprovisto de cualquier capa de control. Por un instante, los ojos de Rebecca perdieron su fuego negro y se nublaron con un pánico biológico, ciego.

Elisa contuvo la respiración. Había encontrado algo que no estaba dispuesta a soltar. Su mirada se cruzó con la de Alba, que había captado el cambio.

Mientras, Alba, respondiendo al nuevo flanco abierto, redobló su ataque en los pies. Hundió las cerdas del cepillo de dientes no ya en la planta, sino en los estrechos espacios entre los dedos de los pies de Rebecca, frotando con fuerza ese tejido ultrasensible y casi nunca expuesto. Los pies de Rebecca, ya en convulsión, comenzaron a temblar con una frecuencia vibratoria e incontrolable, como si cada huesecillo y tendón recibiera una descarga eléctrica independiente. Era un temblor que se propagaba como un escalofrío violento por sus pantorrillas y muslos.

Ainhoa y Patri, viendo la primera brecha real, se abalanzaron sobre ella con renovada ferocidad. Dejaron de arañar y comenzaron a pellizcar y recorrer con los dedos firmes la piel de los costados, justo donde las costillas flotantes terminan, un área de pura carne sensible. También atacaron los muslos internos, cerca de donde Elisa había encontrado su punto de oro. 

La amalgama de reacciones era monstruosa. Se ahogaba con sus propios chillidos, los ojos en blanco pero luego abriéndose desmesuradamente con un pánico que por primera vez parecía genuino, no teatralizado. El sudor era ahora un río. 

¿Era esto, finalmente, el quiebre? ¿O era sólo otro nivel, más profundo y aterrador, de la experiencia sensorial extrema que Rebecca parecía capaz de metabolizar? 

Elisa mantenía sus dedos a un milímetro de la zona hipersensible, observando el horror en los ojos de la joven psicópata, preguntándose si lo que había desbloqueado era la puerta a su rendición. 

El dedo de Elisa se detuvo, flotando como un halcón sobre la presa, a un milímetro de aquella zona en la ingle que hacía chillar a Rebecca. Un silencio abrupto, cargado de la electricidad residual del sufrimiento, cortó el chillido animal. Con un gesto seco de su cabeza, ordenó a Alba que detuviera el cepillo de dientes. El temblor eléctrico en los pies de Rebecca decayó a un espasmo residual.

—Bajad la intensidad —ordenó Elisa, su voz áspera pero firme, dirigida a Ainhoa y Patri.

Las dos punks cambiaron su agarre brutal por una presión de contención, y sus dedos furiosos se transformaron en un recorrido lento, casi ocioso, por las axilas sudorosas de Rebecca. Era una amenaza latente, un recordatorio constante, pero ya no un ataque abrumador.

Sin prisas, con una calma que resultaba más aterradora que cualquier gesto violento, Elisa se inclinó y agarró el borde del esparadrapo empapado en la boca de Rebecca. Con un tirón lento y deliberado, que arrancó más que adhesivo, se lo despegó.

Rebecca inspiró profundamente, un sonido gutural de alivio físico inmediato, seguido de una tos seca y una risita burbujeante e involuntaria, provocada por los dedos que aún merodeaban en sus axilas. Sus ojos, inyectados en sangre y aún brillantes con una mezcla de pánico reciente y esa antorcha negra de antes, se fijaron en Elisa.

Elisa no le dio tiempo a recuperar el aliento.
—A ver —dijo, su voz un filo de hielo—. Cuéntame ese secreto que tenías que contarme. Ahora. Si no quieres que te matemos literalmente de la risa.

Rebecca jadeó, una sonrisa temblorosa y desquiciada dibujándose en sus labios hinchados. Los dedos de Ainhoa hicieron un círculo un poco más firme bajo su axila, y un nuevo ataque de risa espasmódica la sacudió antes de que pudiera hablar.

—Jajajaja… ¿pero es que no lo entendés? —logró escupir entre carcajadas breves y forzadas—. Jajajaja… Yo no tengo nada que perder, pelotuda. Yo…, jajajajaja… Yo ya me voy a pasar prácticamente toda la vida acá adentro. —Otro acceso de risa, esta vez más amarga, le sacudió el pecho—. Jajajaja, recién cumplí 20 años… con suerte saldré con 40 de acá, si es que salgo… jajajajaja…

Elisa no movió un músculo. La observaba, esperando. Rebecca tragó saliva, intentando controlar la respiración entre los estímulos constantes.

—Me grabaron… envenenando a todos esos viejos de mierda —confesó, y por primera vez su voz perdió un poco la melodía, sonó cansada, ronca—. Pero no es eso por lo que estoy jodida. —Alzó la mirada, desafiante—. Si no me matás vos… me matarán acá dentro. Jajajajajajaja. —La risa sonó hueca, como un eco en una caverna.

Elisa se inclinó un poco más. El aire se enrareció.
—¿Quién te matará? —preguntó, cada palabra medida como un gramo de veneno.

Rebecca cerró los ojos un segundo, vencida por otra oleada de cosquilleo en las axilas que le arrancó un grito-risa. Cuando los abrió, había en ellos un destello de lucidez salvaje, casi de complicidad.
—Los que… jajajajajaja… Los que me mandaron matar a tu mamá, concejalita. —La revelación cayó entre risas, como si fuera un chiste macabro—. Tu mamá sabía cosas. Cosas que jodían a gente muy… muy limpia. Tenía que parecer un accidente, un descuido de la residencia… pero se lo encargaron a la más loca de todas las locas. Jajajajajajajaja.

Ainhoa y Patri intercambiaron una mirada cargada de incredulidad y creciente preocupación. Alba, a los pies de Rebecca, no apartaba la vista de Elisa, midiendo su reacción.

—Borraron mis antecedentes psiquiátricos, me dieron una identidad nueva… un laburito de enfermera en el infierno de los viejos —continuó Rebecca, la voz entrecortada pero clara, como si liberar este secreto fuera, a su manera, otro tipo de éxtasis—. Pero yo… yo odiaba a todos esos viejos. Los olores, los ruidos, la decrepitud… La idea de matarlos a todos… me sedujo. Jajajaja. Era perfecto. Yo les hacía el trabajo sucio y me divertía. —Una sacudida más fuerte de Patri le cortó la frase con una risa aguda—. ¡Aaah! Pero ahora… jajajaja… ahora ya no les sirvo para nada. Soy un riesgo. Un testigo flojo. Y acá adentro… tienen gente. Siempre tienen gente.

Elisa se irguió. El suelo de cemento pareció inclinarse bajo sus pies. No era syolo el odio a una psicópata. Era una red. Una conspiración que había usado a un monstruo como arma desechable para silenciar a su madre. La venganza se le escapaba de las manos, transformándose en algo más vasto y peligroso.

Miró a Rebecca, jadeante y vulnerable, pero con esos ojos que ahora brillaban con una mezcla de terror y triunfo por haber soltado la bomba. La asesina ya no era sólo el objetivo. Era el único hilo que llevaba a algo más grande.

Elisa se volvió hacia Alba. Sus miradas se encontraron en el aire viciado de la lavandería. 

El silencio que siguió no fue de tregua, sino el precario equilibrio que precede a la tormenta. Rebecca seguía atada, los dedos de las punks aún sobre su piel.

La revelación de Rebecca quedó flotando en el aire, un veneno demasiado complejo para el cuarto de lavandería. Elisa alzó la vista, apartándola del rostro sudoroso y burlón de la argentina, y clavó sus ojos en Alba.

—Quiero que os vayáis —dijo, y su voz no dejó espacio para la discusión. Era plana, agotada, pero con una determinación de acero recién templado—. Las tres. Dejadme sola con ella.

Alba dio un paso al frente, su mirada escudriñando el rostro de Elisa. No vio histeria, ni la rabia caliente de antes. Vio algo más peligroso: una resolución glacial.
—Elisa, no. Esto ya no es una venganza, es una... locura. No sabes de lo que es capaz.
—Justamente por eso —cortó Elisa, sin alterar el tono—. Esto ya no es sólo lo de mi madre. Es algo más grande. Y tengo que terminarlo. A mi manera.

—Tu manera parece que va a ser que te mate —refunfuñó Ainhoa, pero sin su habitual descaro. La historia de conspiraciones había sembrado una inquietud palpable.

—No me va a matar —le susurró Elisa, y por primera vez desde que habían entrado en la lavandería, una sombra de su antigua frialdad política cruzó su rostro—. Ya no tiene nada que ganar. Y yo ya no tengo nada que perder que no haya perdido ya.

Alba mantuvo su mirada unos segundos eternos. Luego, con un gesto brusco de cabeza hacia la puerta, cedió.
—Vámonos —ordenó a Ainhoa y Patri, su voz ronca. No era una derrota; era un retiro táctico cargado de amarga preocupación.

Patri abrió la puerta. Ainhoa salió primero, lanzando una última mirada de advertencia a Rebecca. Alba se detuvo en el umbral. Volvió la cabeza, su silueta recortada contra la tenue luz del pasillo.
—Grita si la cosa se pone fea —dijo, y era una orden, no una sugerencia—. Estaremos cerca.

Elisa asintió, un movimiento casi imperceptible. Alba salió, y la puerta de metal se cerró tras ella con un clic que resonó como un portazo en el alma de Elisa. El ruido de sus pasos se desvaneció rápidamente, absorbido por el silencio carcelario del apagón.

Y entonces, sólo quedaron las dos. La víctima y la verduga, aunque en ese momento, cuál era cuál ya no estaba tan claro. Rebecca inspiró profundamente, una sonrisa ensanchándose en su rostro magullado.

—Qué tierno —murmuró—. Te dejó sola con el lobo.

Elisa escuchó los pasos de Alba, Ainhoa y Patri alejándose por el pasillo, la duda palpable en el aire incluso después de que desaparecieron. Ahora, sólo el goteo de una tubería y la respiración jadeante de Rebecca rompían el vacío.

Elisa se acercó. Se arrodilló frente a la joven argentina, cuya sonrisa temblorosa no se había borrado, a pesar del miedo físico que aún recorría su cuerpo en espasmos residuales.

—¿Quién te mandó matar a mi madre? 

Rebecca soltó una risa entrecortada, un sonido quebrado por la tos y la exhaustación, pero aún impregnado de esa burla intrínseca.
—Aaay, concejalita. ¿No entendés? —Sus ojos negros, brillantes como carbones húmedos, se clavaron en los de Elisa—. Yo nací sin la capacidad de sentir empatía. Es literal. Si te conté esto… jaja… fue por pura diversión. Por lo divertido que me resulta irme de este mundo de mierda y dejarte con la incógnita de quién me mandó matar a tu mamá. —Hizo una pausa, tragando saliva con dificultad—. Además, aunque quisiera, ni siquiera sé quién era esa gente. Sólo sé que prometieron darle plata a mi familia. Pero a mí… mi familia me importa tres vergas. Nunca fui nada para ellos ni ellos fueron nada para mí.

Elisa la miró durante un largo minuto. No había más preguntas que hacer. No había más torturas que valieran la pena. El circuito se cerraba aquí, en este sórdido cuarto de lavado, con una asesina que no temía a la muerte y una víctima que había agotado todas las formas de hacerla pagar, excepto una.

Sin decir una palabra, Elisa se levantó. Su movimiento era mecánico, preciso, como si alguien más guiara su cuerpo. Fue hacia un gran cesto de lona repleto de sábanas sucias y toallas grises. Con manos que no temblaban, comenzó a atarlas. Nudo con nudo, firme y seguro, convirtiendo la tela áspera en una soga improvisada, gruesa y resistente. La prueba tirando de ella con todas sus fuerzas. Aguantaba.

Arrastró un banco de trabajo de metal hasta colocarlo bajo una robusta tubería horizontal que cruzaba el techo. Subió. Pasó la soga de sábanas por encima de la tubería y anudó un lazo corredizo en un extremo.

Luego bajó. Se acercó a Rebecca, que la observaba con una mezcla de curiosidad y algo que, por primera vez, podría ser un atisbo de duda. Elisa desató las cuerdas que sujetaban sus muñecas a la tubería trasera, pero dejó sus manos atadas entre sí frente a su cuerpo. Con un esfuerzo sobrehumano, agarró a Rebecca por la cintura y la izó. Rebecca, sorprendida, no luchó; pareció casi colaborar, su cuerpo flácido por el agotamiento. Elisa la cargó a hombros, como un saco, y subió de nuevo al banco tambaleante. El lazo esperaba.

Rebecca lo vio. Sus ojos se abrieron por completo. No hubo súplica. Sólo un profundo, silencioso suspiro de resignación.

Elisa deslizó el lazo por la cabeza de Rebecca y lo ajustó alrededor de su cuello, justo por debajo de la línea de la mandíbula. La tela áspera se hundió en la piel aún sudorosa.

—Esto no es por mi madre —murmuró Elisa, por primera vez desde que empezó el ritual—. Esto es por mí.

Empujó.

Rebecca cayó del banco. El cuerpo, con un peso sordo, se desplegó en el aire. La soga de sábanas se tensó con un chirrido grave. La tubería crujió, pero aguantó.

Los pies descalzos de Rebecca quedaron colgando, a medio metro del suelo, oscilando lentamente en un arco grotesco. Sus manos atadas se elevaron instintivamente hacia el nudo, pero carecían de fuerza y coordinación. De su garganta salió un sonido áspero, un ronquido de estrangulamiento.

Fue entonces cuando Elisa, con una frialdad que sentía ajena y a la vez más propia que nunca, se acercó a esos pies angelicales que se mecían en su lucha final. Se arrodilló. Y con las yemas de sus dedos, comenzó a hacerles cosquillas.

Un espasmo inmediato, violento y eléctrico, recorrió las piernas de Rebecca. Los pies, que se retorcían por la asfixia, ahora se agitaban de un lado a otro de forma caótica, impulsados por ese estímulo espantoso y absurdo en medio de la muerte. De su garganta, ahogada por la soga, emergió un sonido imposible: un jadeo entrecortado que trataba de ser una risa, un «ja-ja-ja» estrangulado, burbujeante y húmedo, que se mezclaba con los estertores de la falta de aire. Era el sonido más horrible que Elisa había escuchado nunca: la risa convertida en último estertor, la agonía burlada por su propio reflejo.

Elisa no apartó la mirada. Sus dedos continuaron, trazando líneas rápidas y ligeras en las plantas suaves y calientes, entre los dedos que se crispaban en garra. Los pies de Rebecca bailaban una danza epiléptica y final, golpeando el aire sin sentido.

Poco a poco, el movimiento cambió. La lucha se volvió más débil. Los espasmos por las cosquillas se fusionaron con los espasmos de la asfixia, indistinguibles. El quejido-risa se apagó, reducido a un gorgoteo profundo. Los pies, que se habían agitado como hojas en una tormenta, fueron amainando. Los arcos se relajaron. Los dedos se descurvaron.

Y entonces, se quedaron quietos.

Colgando, inmóviles, pálidos bajo la luz sucia del tragaluz.

El silencio volvió a la lavandería, pero ahora era un silencio distinto, absoluto, sellado. Elisa retiró sus manos. Se levantó. Observó el cuerpo que colgaba, la cabeza ladeada, los ojos de Rebecca abiertos, mirando a la nada, con una expresión de sorpresa congelada que ya no contenía burla, ni desafío, ni siquiera miedo.

Se miró las manos, los dedos que unos minutos antes habían buscado desesperadamente la verdad en la piel de su enemiga. Ahora estaban quietas. Limpias. Frías.

Algo dentro de ella, algo que había mantenido un tenue calor a través de todo el odio y la humillación, se extinguía con el último temblor de los pies de Rebecca. No sintió alivio. No sintió triunfo. Sintió el vacío perfecto, hueco y resonante, de quien ha agotado por completo la posibilidad de la venganza y se encuentra, al final, más sola y más perdida que al principio.

Elisa no lloró. Desató las manos y los pies del cuerpo sin vida de la joven, dio media vuelta y caminó hacia la puerta, dejando atrás el cuerpo que se balanceaba suavemente en la penumbra, y el eco fantasmal de una risa que ya no sonaría jamás.

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