LA CONDENA - Episodio 41: Vuelta a casa (parte I)


El sol de la mañana, tras una semana de luz recuperada y rutina restablecida, se filtraba por los ventanales del módulo cuando los primeros autobuses comenzaron a llegar. Era un día marcado en rojo en el calendario oficioso de la prisión: el regreso de las reclusas que habían sido trasladadas durante las obras de reparación tras la inundación. Los pasillos, aún oliendo a pintura fresca y cemento seco, bullían con la expectación de los reencuentros y la tensión de los ajustes pendientes.

La Gitana esperaba en el patio interior, rodeada por las que habían permanecido con ella. Valentina no podía estarse quieta, Nadia mantenía su habitual serenidad tensa, Marina observaba cada autobús con atención clínica, La Limeña había recuperado su lugar a la derecha de la líder, y Shadi, Lorena, Ness, Miriam y Nika formaban un semicírculo protector. Faltaba Aminata, y ese hueco pesaba en el ambiente como una losa.

Cuando las puertas del autobús se abrieron y las primeras figuras comenzaron a descender, Lidija fue la primera en distinguirse. Su mole serbia, su porte erguido y su mirada escrutadora eran inconfundibles. Tras ella, Carlota, con el pelo más corto y una tensión en la mandíbula que delataba el esfuerzo de las semanas lejos de Alba. Y finalmente Violeta, la colombiana, cuyo rostro se iluminó por un instante al ver a La Gitana.

El reencuentro fue físico, de abrazos apretados y silencios elocuentes. No hacían falta palabras entre ellas; los brazos decían lo que las lenguas no podían en espacio abierto.

—Gitana —murmuró Lidija, separándose ligeramente para mirarla a los ojos—. Estás entera.

—Más entera que vosotras, por lo que veo —respondió La Gitana, con una sonrisa que no alcanzaba del todo sus ojos—. Estáis más delgadas.

—La comida del otro centro era un puto asco —escupió Carlota—. Menos mal que hemos vuelto.

Violeta no dijo nada. Simplemente sostuvo la mirada de La Gitana un segundo más de lo necesario, y en ese segundo hubo un reconocimiento tácito de que tenía cosas que contar, pero no allí, no así.

—Venid —dijo La Gitana, girándose—. Tenemos mucho que hablar.

Mientras el grupo se alejaba hacia el interior, otra escena se desarrollaba en el extremo opuesto del patio.

Loba había descendido del autobús con la rigidez de quien sabe que pisa territorio minado. A diferencia de las otras tres, no se dirigió hacia La Gitana. Su mirada buscó, encontró, y se fijó en un grupo compacto junto a la pared soleada.

Tamy, Sandra y Helga estaban allí. Las tres tenían la cabeza vendada con gasas y esparadrapo, cubriendo los puntos de sutura donde la llave inglesa de Aminata había hecho mella. Tamy, la más visiblemente afectada, tenía un vendaje que le rodeaba la cabeza como un turbante improvisado, manchas de betadine tiñendo el blanco de la gasa. Sandra, más pálida que de costumbre, mantenía la mirada baja, perdida. Helga, a pesar de las vendas, conservaba esa rigidez ideológica en su postura, aunque sus ojos color miel delataban una furia helada y, quizás, algo más: el recuerdo imborrable de lo que había ocurrido en la oscuridad.

Loba se acercó con paso firme, ocultando cualquier atisbo de nerviosismo. Había ensayado este momento mentalmente durante horas en el autobús.

—Ya era hora —gruñó Tamy, tocándose instintivamente la venda—. ¿Dónde te habías metido? ¿Con las otras?

—Con quien me tocó —respondió Loba, encogiéndose de hombros con un desdén estudiado—. No elegí compañeras de celda. Me tocaron ellas. Hice lo que pude para sobrevivir.

Helga la escudriñó con sus ojos de hielo, buscando una fisura, una mentira. Pero Loba había aprendido en las últimas semanas. Había observado, había callado, había sentido el peso de una deuda con Carlota y el extraño consuelo de no ser atacada. Ahora mentía con la misma naturalidad con la que antes odiaba.

—Parece que aquí tampoco lo tuvisteis fácil —señaló Loba, indicando las vendas con un gesto de barbilla.

La mandíbula de Tamy se tensó. Sandra desvió la mirada por completo. Fue Helga quien respondió, su voz plana pero cargada de veneno:

—Un incidente con la nueva. La hija de la puta de Mimi. Se metió en nuestra celda durante el apagón. Lleva toda la semana en aislamiento. Y cuando salga, la esperaremos.

—La Gallega está al tanto —añadió Tamy, bajando la voz—. Esto no va a quedar así.

Loba asintió, como si compartiera su indignación. Por dentro, su corazón latía con un ritmo nuevo. Estaba dentro. Las nazis no sospechaban. Pero la información que tenía, el secreto que compartía con Lidija, Carlota y Violeta, pesaba como una bomba de relojería en su pecho. Ella era ahora el topo, la grieta en el muro del odio. Y mientras caminaba con ellas hacia el módulo, escuchando sus planes de venganza, supo que su papel apenas comenzaba.

En la celda 307, mientras tanto, La Gitana escuchaba el relato de sus hermanas sobre las amenazas, la confesión de Loba y el sacrificio de Óscar. 

La Gitana escuchó en silencio todo el relato. Cuando terminaron, se levantó y caminó hacia la ventana, dejando que la luz de la mañana bañara su perfil. Su silencio se alargó lo justo para que todas sintieran el peso de lo que estaba a punto de decir.

—Así que la serpiente nos ha traído un regalo —murmuró, más para sí misma que para ellas—. Información que puede salvarnos la vida. Pero las serpientes, incluso cuando cambian de piel, siguen siendo serpientes.

Se volvió hacia el grupo. Su mirada, oscura y profunda, recorrió cada rostro.

—Loba nos ha dado nombres. Nos ha contado el asesinato de La Flaca. Nos ha revelado la alianza con la Gallega. Eso no se puede ignorar. Pero la pregunta no es si su información vale. La pregunta es: ¿confiamos en ella? ¿La acogemos como una hermana más, o la mantenemos como un cuchillo en la sombra, útil pero siempre apuntando hacia fuera?

Lidija fue la primera en hablar, su voz pragmática cortando el aire.
—En la celda, durante este mes, la he observado. No es la misma que cuando llegó. Al principio sólo miraba, como un animal enjaulado. Luego empezó a… participar. A ofrecer el té sin que se lo pidieran. A callar cuando hablábamos de la Hermandad, pero con respeto, no con desprecio. —Hizo una pausa—. Carlota le salvó la vida. Eso pesa. En mi tierra, una deuda así no se olvida.

—Pero su tierra no es nuestra tierra —intervino La Limeña, su tono más duro de lo habitual—. Ella viene de la organización que mató a Mimi. Que intentó matar a la Gitana. Que asesinó a La Flaca. No podemos olvidar eso.

—Nadie lo olvida —dijo Carlota, y su voz tenía un matiz extraño, como si defendiera a alguien a pesar de sí misma—. Pero yo le rompí la mandíbula. La torturamos con cosquillas. Y aún así, nos ha contado todo lo que sabe aún sabiendo que le puede costar la vida.

Violeta se removió incómoda en la litera.
—En la celda, a veces hablaba. De su infancia. De cómo la reclutaron con quince años, borracha y sola en un centro de menores. A su padre no quiere ni mencionarlo. No es una excusa, pero… explica algo. 

—A mí también me enseñaron cosas que tuve que desaprender —dijo de repente Nadia, la rumana, con su acento grave—. Cuando llegué aquí, desconfiaba de todas. Las morenas, las gitanas, las catalanas… todas eran enemigas. La Hermandad me enseñó que no. Si a mí me dieron una oportunidad, ¿por qué a ella no?

Un murmullo recorrió el grupo. Marina levantó la mano, pidiendo la palabra con ese gesto suyo tan metódico.
—Propongo algo intermedio. No la aceptamos en la Hermandad. No todavía. No con los rituales, no con los secretos más profundos. Pero la mantenemos cerca. Le damos un rol: informante. Ojo en la cueva de las nazis. A cambio, la protegemos. Y con el tiempo… ya veremos.

—¿Y si nos traiciona? —preguntó Shadi, su ceño fruncido—. Podría estar jugando con nosotras. Ganándose nuestra confianza para luego darnos el golpe mortal.

—Entonces perdería lo único que ha encontrado aquí —dijo Valentina, y su voz sonó más sabia de lo que solía—. Un lugar. Porque en el otro lado, con las suyas, ya no tiene sitio. Ellas la verían como una traidora si supieran lo que nos ha contado. Está quemando sus naves.

La Gitana escuchaba cada intervención, asintiendo apenas, procesando. Finalmente, levantó una mano y el silencio cayó como una losa.

—No decidimos esto nosotras solas —dijo—. Hay alguien más que debería opinar. Alguien que pagó el precio más alto por enfrentarse a ellas.

Todas supieron a quién se refería.

—Aminata —susurró Lorena.

—Aminata —confirmó La Gitana—. Ella pasó una noche con esas tres. Las enfrentó sola. Cuando salga, tendrá derecho a decidir sobre Loba. Si la acepta o la rechaza. Si confía o no.

Se volvió hacia las recién llegadas.
—Mientras tanto, Lidija, tú que has convivido con ella, serás su enlace. Le transmitirás que apreciamos su información, que estamos en deuda, pero que la confianza se gana paso a paso. Que siga donde está, con las nazis, haciéndoles creer que es una de ellas. Que nos cuente todo lo que oiga. Y que sepa que, si esto sale bien, tendrá un lugar. 
Lidija asintió, comprendiendo la estrategia.

—Y nosotras —continuó La Gitana, mirando ahora a todas—, nos preparamos. La Gallega no va a esperar. Tiene un plan, y nosotras tenemos información. Ahora toca usarla. Tenemos que proteger a Aminata, neutralizar a las nazis de aquí, y encontrar la manera de llegar a la Gallega sin convertirnos en sus blancos.

El aire en la celda era denso, pero no de miedo. Era la densidad de la determinación. Habían sobrevivido a la inundación, a la dispersión, al apagón. Ahora tenían un enemigo claro y una aliada inesperada. La Hermandad, aunque fracturada, latía con más fuerza que nunca.

—Una cosa más —dijo Violeta, levantando la mirada—. Óscar. El funcionario. Cumplió. Hizo la llamada que le pedimos. Pero ahora… no sé qué será de él. Si le descubren…

—Eso ya no es problema nuestro —la cortó La Limeña, con dureza—. Él eligió.

—No —intervino La Gitana, su voz firme pero no cruel—. Violeta, si ese hombre arriesgó su cuello por nosotras, merece algo más que olvido. Cuando esto termine, si podemos ayudarle sin ponernos en riesgo, lo haremos. La Hermandad no olvida a quienes nos tienden la mano. Pero ahora, el foco es la Gallega y las nazis. Lo demás, después.

Violeta asintió, un destello de gratitud en sus ojos.

—Hay algo más —dijo Lidija, y su voz grave acalló los murmullos—. Algo que no tiene que ver con nosotras, pero que nos va a afectar a todas. A la prisión entera. Al país.

La Gitana la observó con atención, sus ojos oscuros escudriñando a la serbia.
—Habla.

Lidija respiró hondo, ordenando sus pensamientos.
—Durante el viaje de vuelta, en el autobús, vimos cosas. Cosas que no salen en las noticias de la tele común, o que salen de pasada, pero que en la carretera se notan de otra manera.

Carlota asintió, apoyando a su compañera de viaje.
—Controles militares. No de policía, de militares. Con tanquetas en algunas rotondas, soldados con metralletas parando los vehículos. En un par de sitios, nos hicieron bajar del autobús para registrar.

Violeta tomó el relevo, su voz más tensa de lo habitual.
—En las paredes de las gasolineras, pintadas. "Gobierno dimisión", "Ejército ya", "Fuera corruptos". Nadie hablaba. Solo miradas.

—Lo habréis visto todas en la tele de la zona común, o lo habréis oído en las visitas—continuó Lidija—. Hay manifestaciones frente al Congreso, dimisiones en el gobierno, el ejército no tiene claro de qué lado se pondría si… si pasa algo.

—¿Si pasa qué? —preguntó Valentina, con un hilo de voz que delataba su nerviosismo.

—Si intentan dar un golpe de estado —respondió Lidija, sin rodeos—. Eso es lo que se dice. Que hay generales que quieren tomar el control. Que el gobierno está desbordado por los muertos de la inundación, por el caos del apagón de tres días, por la gente que perdió todo y ya no confía en nadie. El país está partido en dos. Y la cuerda está a punto de romperse.

—Esto es más grande que la Gallega, más grande que las nazis. Es todo. ¿Estamos preparadas para algo así?

La Gitana la miró, y en sus ojos había una certeza antigua, forjada en años de supervivencia dentro de aquellos muros.
—Nadie está preparado para una tormenta, Nadia. Pero puedes tener un refugio. Y nosotras tenemos el nuestro. No son estas paredes. Es esto —se tocó el pecho, luego señaló a cada una—. Esto. La confianza. La lealtad. Saber que si caes, hay manos que te levantan. Eso no lo da ningún gobierno, ninguna ley. Eso se construye. Y nosotras llevamos años construyéndolo.

El silencio que siguió era denso, cargado con el peso de un futuro incierto y amenazador.

Fue entonces cuando Violeta habló.

—Ay, chicas.

Su voz, con ese acento colombiano que arrastraba las eses y hacía de cada palabra una caricia, rompió la tensión como un rayo de sol entre nubes grises. Todas las miradas se giraron hacia ella.

—¿Qué tal si ahora que volvemos a estar casi todas juntas hacemos lo que mejor se nos da? —Violeta se incorporó ligeramente en el rincón donde estaba sentada, sus ojos negros brillando con una mezcla de nostalgia y picardía—. Gitana, nunca pensé que diría esto, pero yo necesito que ustedes me hagan cosquillas. Yo necesito desfogarme. Yo necesito volverme a sentir en casa.

La Gitana parpadeó, descolocada por un instante. Acababan de hablar de conspiraciones asesinas, de la Gallega, de un país al borde del abismo, y ahora Violeta pedía una sesión de cosquillas.

La colombiana se dio cuenta del efecto de sus palabras y sonrió, encogiéndose de hombros con esa gracia natural que tenía.
—Miren, yo sé que estamos hablando de cosas muy serias. Pero llevamos un mes separadas, encerradas en otro centro, con una nazi en la misma celda, hemos visto a  militares en las carreteras… —suspiró profundamente—. Yo necesito esto. Necesito sentir que esto sigue siendo mi casa. Que ustedes siguen siendo mi familia. Y en mi familia, cuando las cosas se ponen feas, nos reímos. O nos hacen reír, que es mejor.

Carlota, a su lado, soltó una risa corta, casi de alivio.
—Violeta, siempre tan especial. Pero… tiene razón. 

Lidija, siempre pragmática, asintió lentamente. Por un momento, sus ojos perdieron esa dureza habitual y ganaron un brillo casi infantil.
—En mi tierra también decimos algo parecido. Cuando el lobo aúlla, los niños se ríen más fuerte para no oírlo. —Miró a La Gitana—. Gitana, yo secundo la moción.

La Gitana las observó a todas. Vio la tensión acumulada en los hombros de Nadia, la inquietud en los dedos de Valentina, la sombra de preocupación que aún no se había borrado del rostro de Marina, la rigidez defensiva que La Limeña mantenía incluso ahora. Vio a Shadi, Lorena, Ness, Miriam y Nika, apiñadas en el suelo, con los ojos brillantes de expectación.

Y entonces sonrió. Una sonrisa auténtica, de esas que no había mostrado desde antes de la inundación.

—Violeta —dijo, sacudiendo la cabeza con una mezcla de ternura y asombro—. La Hermandad es lo mejor y lo más raro que nos ha pasado en años. Y tienes razón. Nos hemos olvidado de quiénes somos en medio de tanto miedo.

Se levantó de la cama y extendió una mano hacia la colombiana.
—Ven aquí, pues. 

Violeta no necesitó que se lo repitieran. Se levantó de un salto y se dejó caer de espaldas en la vieja cama de matrimonio, justo en el centro, como si aquel colchón desgastado fuera el altar de una religión que solo ellas entendían. Sus ojos negros brillaban con una mezcla de anticipación y entrega total.

—Ay, Dios mío —susurró, cerrando los ojos—. Lo necesitaba tanto…

La Gitana se colocó a la cabecera, pero antes de que pudiera empezar, La Limeña se acercó también. 

—Permíteme, Gitana —dijo, con una sonrisa pequeña pero sincera—. Tengo un mes de cosquillas acumuladas para darle a esta colombiana.

Carlota y Lidija ya estaban a los pies, frotándose las manos con una siniestra alegría. Nadia y Valentina flanqueaban los costados. Marina se arrodilló junto a la cama, lista para sujetar un brazo si hacía falta. Las demás formaban un círculo expectante, sus rostros iluminados por primera vez en días con algo que no era miedo ni preocupación.

Violeta abrió un ojo y vio el ejército desplegado a su alrededor.
—Uy, uy, nos vamos a divertir —rió, nerviosa y feliz.

La Gitana inclinó la cabeza hacia La Limeña.
—Honores de bienvenida. Tú empiezas.

La Limeña no se lo pensó dos veces. Sus dedos, ágiles, se posaron en las axilas de Violeta, que aún lucía los tops deportivos con un porte especial. Un simple roce de yemas justo donde la piel asomaba, fue suficiente para que la colombiana soltara un chillido agudo y una carcajada instantánea.

—¡Ay, no, que ahí me muero! —gritó, retorciéndose ya.

Carlota y Lidija atacaron los pies al unísono. Una presión deslizante desde el talón hasta los dedos, con las uñas ligeramente marcadas, hizo que Violeta se arqueara como un arco, su risa volviéndose más aguda y desesperada. La experta Lidija recordó un punto maestro.

—¡No, los dedos de los pies no! ¡Gonorrea! —aullaba entre carcajadas, pateando inútilmente.

Nadia encontró un punto vulnerable en la cintura y aplicó un cosquilleo rotatorio que hizo que Violeta se doblara sobre sí misma, atrapada entre las risas y las súplicas.

—¡Basta, que me meo! ¡En serio, que me meo! —gritaba, pero nadie le hacía caso.

Valentina se sumó al ataque de las costillas, usando la técnica de "el pianista", un punteo rápido y aleatorio sobre cada espacio intercostal. La combinación era demoledora.

La Gitana observaba, con los brazos cruzados y una sonrisa que le iluminaba todo el rostro. Hacía tanto que no veía esto. Hacía tanto que no sentía esto. La risa de Violeta, contagiosa y auténtica, llenaba la celda como una bendición.

—¿Ya te sientes en casa, Violeta? —preguntó en voz alta, por encima del jaleo.

—¡SÍ, JODER, SÍ! —gritó la colombiana entre carcajada y carcajada—. ¡Pero ya para, que me ahogo de la risa!

—Eso dicen todas —rió Lidija, y redobló el ataque en los dedos de los pies.


La Limeña, viendo que Violeta empezaba a perder el aliento, cambió de táctica. Dejó las axilas y pasó a un soplo cálido y suave en el cuello, justo detrás de la oreja, una zona que sabía hipersensible. El efecto fue inmediato: Violeta emitió un gemido-risa, casi un llanto de placer-tortura, y sus ojos se llenaron de lágrimas de pura risa.

—¡Eso es trampa, eso es trampa! —protestó entre hipidos de risa—. ¡Ahí no hay compasión!

—En esto no hay compasión —sentenció La Gitana con una sonrisa maliciosa.

Se inclinó sobre Violeta, sus ojos oscuros brillando con una mezcla de ternura y diversión. Sus manos se posaron en el vientre de la colombiana, justo encima del ombligo. Pero no comenzó a moverse. Se quedó quieta, las yemas de sus dedos apenas rozando la tela del uniforme, creando una expectación casi más insoportable que el propio cosquilleo.

Violeta contuvo el aliento, su cuerpo tenso como una cuerda de guitarra, anticipando lo que venía. Su pecho subía y bajaba con respiraciones entrecortadas. Pero en sus ojos, abiertos de par en par, no había súplica para que pararan. Había una pregunta silenciosa, una rendición total a lo que decidieran hacer con ella.

Todas las miradas se volvieron hacia La Gitana. Sus dedos, inmóviles sobre el vientre de Violeta, eran el centro de gravedad de la celda. Podía dar la señal para continuar, para llevar a la colombiana al límite de la risa y más allá. O podía detenerlo todo, dejar que el eco de las carcajadas se disipara en un silencio satisfecho.

El aire se había vuelto denso otra vez, pero no de tensión oscura. Era la densidad de la expectación, del juego, de la hermandad en su forma más pura. La decisión estaba en sus manos.

La Gitana no dudó. Con una sonrisa que era pura maldad y amor a partes iguales, sus dedos comenzaron a moverse.

El abdomen de Violeta era una contradicción viviente. Horas de gimnasio, de abdominales en el suelo de cemento, de esfuerzo físico habían esculpido un vientre duro, marcado, de esos que parecen de piedra. Pero bajo esa coraza de músculo, los nervios eran traicioneros. La Gitana lo sabía. Lo había explotado cientos de veces.

Sus dedos no atacaron con brusquedad. Comenzaron con un roce de yemas en el borde del ombligo, una zona especialmente sensible. Violeta se encogió como si le hubieran aplicado una descarga eléctrica.

—¡No, ahí no, Gitanaaaaa! —gritó entre risas, sus manos intentando bajar para protegerse, pero las ataduras se lo impidieron, sujetándole las muñecas con firmeza.

La Gitana sonrió y varió la técnica. Ahora trazaba círculos lentos y profundos alrededor del ombligo, cada vuelta más amplia, abarcando más superficie del vientre. Los músculos de Violeta se contraían y relajaban en espasmos involuntarios, incapaces de controlarse.

—¡Ay, jueputa! ¡Que me meo, de verdad! —aullaba la colombiana, su acento haciéndose más marcado con cada carcajada.

Pero nadie pensaba parar.

Lidija, desde los pies, no había descansado. Ahora concentraba su ataque en los dedos, uno por uno, algo que en Violeta provocaba convulsiones en toda la pierna. Luego, pasaba las uñas bajo los dedos de los pies de la colombiana. El efecto era inmediato: Violeta lanzaba un chillido agudo, su pierna intentaba retirarse, pero era imposible.

—¡Mis dedos no, que ahí me da muchas cosquillas! —gritaba Violeta, pero sus palabras se perdían en otra oleada de risa.

En las axilas, La Limeña y Valentina habían establecido un ritmo sincronizado. La Limeña usaba una técnica de "cosquilleo de pluma" con la punta de los dedos, apenas rozando la piel fina y sudorosa. Valentina, en cambio, optaba por un ataque más directo: hundía todos los dedos y removía suavemente, como si estuviera buscando algo en el fondo de un bolsillo. Ambas técnicas, combinadas, eran devastadoras.

La piel de las axilas de Violeta era, si cabe, más sensible que el resto. Cada roce le arrancaba un gemido-risa, cada movimiento más profundo la hacía arquearse contra la cama, sus pies golpeando inútilmente contra las manos de Lidija y Carlota.

—¡Ya no puedo! ¡Ya no puedo máaas, jajajajajajaja! —suplicaba entre carcajadas que ya no eran ni siquiera palabras, solo sonido puro.

Pero sus ojos, brillantes de lágrimas y de risa, decían lo contrario. Podía. Quería. Necesitaba esto.

La combinación de cuatro ataques simultáneos en sus zonas más sensibles —abdomen, dedos de los pies y axilas— era demasiado para cualquier sistema nervioso. El cuerpo de Violeta se retorcía en todas direcciones a la vez, una contradicción de movimientos imposibles. Su risa había pasado de ser carcajadas reconocibles a un torrente incontrolable de sonido, una mezcla de gritos, jadeos y explosiones de aire que llenaba la celda por completo.

—¡Socorrooo! —aulló, y luego, entre risas—. ¡Qué bien me sienta esto, joder!

La Gitana redobló su ataque en el abdomen. Ahora usaba no las yemas, sino las uñas, muy ligeramente, para trazar líneas verticales desde el esternón hasta el ombligo. Era una sensación completamente distinta, más aguda, más eléctrica. Violeta perdió el poco control que le quedaba.

Su risa se volvió silenciosa por un instante, sólo un temblor convulsivo de todo el cuerpo, los ojos en blanco, la boca abierta en una mueca de placer-tortura. Luego, un nuevo alarido de risa, más fuerte que los anteriores, escapó de sus pulmones.

—¡Me van a matar, pero de la risa! —logró articular entre espasmos.

Lidija no cedía. Había descubierto que insistir con suma suavidad bajo los dedos de los pies producía en Violeta una reacción especialmente violenta. Cada vez que aplicaba esa técnica, la pierna de la colombiana se disparaba hacia arriba como un resorte, y una nueva explosión de risa sacudía su cuerpo.

—¡Ay, coño! ¡Paren, putas! —gritaba Violeta.

La Limeña y Valentina, en las axilas, habían empezado un relevo: una atacaba mientras la otra descansaba, pero sin solución de continuidad, de modo que Violeta nunca tenía un segundo de tregua. La piel, ya enrojecida por el roce, era un hervidero de terminaciones nerviosas a flor de piel.

Violeta ya no intentaba protegerse. Estaba completamente rendida al torrente de cosquillas, un instrumento de risa pura en manos de sus hermanas. 

El espectáculo era tan intenso que incluso las que no estaban participando activamente —Nadia, Shadi, Lorena, Ness, Miriam y Nika— reían sólo de verla, contagiadas por esa alegría brutal y catártica.

La Gitana aminoró el ritmo un instante, solo para que Violeta recuperara el aliento suficiente para hablar.
—¿Ya te sientes en casa, Violeta? —preguntó, sus dedos quietos pero amenazantes sobre el abdomen.

Violeta jadeó, buscando aire. Su rostro era una máscara de lágrimas, sudor y una felicidad incontenible.
—¡Sí, joder, sí! —gritó con la voz cascada—. ¡Pero no paréis, por favor, no paréis!

Lidija se inclinó sobre el pie derecho de Violeta, su rostro serio pero con una chispa de travesura en los ojos. Acercó los labios al arco del pie y dijo, con su acento serbio marcando cada sílaba:

—Esto va por Kiara, nuestra apasionada de los pies. Esperemos que vuelva pronto para que pueda hacerlo ella misma.

Y entonces, sin más preámbulos, se llevó a la boca los dedos del pie de Violeta.

El chillido que escapó de la colombiana fue algo primario, visceral, un sonido que no parecía humano. No era de dolor, pero tampoco de risa. Era algo intermedio, una explosión de sorpresa y sensación extrema que la dejó sin aliento por un instante.

—¡AAAAAAAAH! —gritó, su cuerpo arqueándose contra la cama como si hubiera recibido una descarga.

Lidija comenzó a mover la lengua. No sacaba los dedos de la boca; simplemente jugaba con ellos, pasando la punta de la lengua entre cada espacio interdigital, rodeando cada uña, trazando círculos húmedos y cálidos en la piel ultrasensible. Era una sensación completamente nueva, una combinación de cosquilleo, humedad y una intimidad tan brutal que resultaba abrumadora.

La risa de Violeta se volvió muda.

Su boca se abría en un grito silencioso, su pecho se contraía buscando aire que no llegaba, mientras su pie derecho luchaba inútilmente por liberarse de la sujeción de las ataduras, que no cedían. El rostro de Violeta empezó a enrojecer violentamente, la falta de aire mezclada con la sobrecarga sensorial pintando sus mejillas de un escarlata intenso.

—¡Mírala, mírala! —rió Carlota, fascinada por la reacción—. Se va a desmayar de la risa.

Valentina, la andaluza, observaba la escena con los ojos muy abiertos. Nunca había visto esa técnica. Pero la curiosidad y el espíritu de imitación pudieron más.

—Ay, pues si ella puede, yo también —dijo con su acento cantarín.

Y sin esperar más, se llevó a la boca los dedos del pie izquierdo de Violeta.

El efecto fue inmediato y devastador.

Violeta perdió por completo cualquier resto de control. Su cuerpo se tensó como un arco, todos los músculos en tensión máxima, mientras dos lenguas diferentes exploraban sus dos pies al mismo tiempo. La combinación de sensaciones —el cosquilleo húmedo, el calor de las bocas, la presión suave pero insistente de las lenguas— era demasiado para cualquier sistema nervioso.

Su risa, que había sido muda, estalló en una carcajada desgarrada, un sonido ronco que llenó la celda por completo. Tiraba de las ataduras con violencia, sus muñecas enrojeciendo por la fricción, pero no podía escapar. Las lágrimas le corrían a chorros por las sienes, mezclándose con el sudor que empapaba su top deportivo.

—¡AAAaay Dios mío! —logró articular entre hipidos de risa, su voz quebrada—. ¡Los dedos de mis pies no! ¡Por favor, que me muero, que me muero de verdad!

La Gitana observaba desde la cabecera, una sonrisa enorme iluminándole el rostro. Hacía tanto que no veía esto. Hacía tanto que la Hermandad no era tan plenamente ella misma. Nadia y Marina reían sólo de ver la escena, contagiadas por la alegría brutal del momento. La Limeña negaba con la cabeza, pero sonreía.

Lidija y Valentina no daban tregua. Sus lenguas seguían explorando, jugando, torturando con esa mezcla de cosquilleo y humedad que volvía loca a Violeta. La colombiana ya no podía formar palabras coherentes; sólo gemidos, risas y súplicas ininteligibles escapaban de sus labios.

Fue entonces cuando la cortina marrón que cubría la puerta de la celda se movió.

Lorena, que había estado vigilando todo el tiempo, asomó la cabeza con urgencia. Su rostro mostraba una alerta inmediata.

—Chicas —dijo, su voz cortando el jolgorio como un cuchillo—. Hay que bajar. Ha llegado otro furgón.

El silencio cayó sobre la celda como un jarro de agua fría.

Las lenguas se detuvieron. Las manos se retiraron. Violeta quedó jadeando en la cama, su pecho subiendo y bajando a toda velocidad, su rostro completamente enrojecido, las lágrimas aún frescas en sus mejillas. Pero incluso en ese estado, sus ojos se abrieron con una chispa de conciencia.

—¿Otro furgón? —preguntó La Gitana, su voz recuperando al instante la seriedad de la líder—. ¿De dónde?

—No lo sé —respondió Lorena—. Pero tiene pinta de que son más de las nuestras, que vuelven. Habrá que bajar al patio para el recibimiento.

Todas se miraron. La burbuja de intimidad y risas se había roto. Fuera, el mundo seguía girando, con sus amenazas, sus incertidumbres y, ahora, nuevos rostros que se sumaban al tablero.

Violeta, todavía temblorosa, soltó una risa residual mientras Carlota y Lidija comenzaban a desatar las sábanas que la sujetaban.
—Ay, no —murmuró, con la voz cascada—. Justo cuando estábamos en lo mejor.

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