LA CONDENA - Episodio 42: Vuelta a casa (parte II)


El autobús penitenciario traqueteó sobre el asfalto roto de la carretera, avanzando en una nube de polvo y diésel. La verja principal se cerró con su chirrido metálico habitual.

Alba caminaba a su lado. No se cogían de la mano, no había gestos explícitos, pero sus hombros se rozaban a cada paso con una intimidad nueva, nacida de lo que habían compartido en aquella prisión lejana. Elisa, en cambio, caminaba en silencio, su mirada perdida en algún punto entre los muros grises.

Nada más girar la esquina del módulo, el griterío las envolvió.

—¡Ya está aquí mi chica! —La voz de Carlota cortó el aire del patio como un cohete.

Elisa vio una masa de uniformes que se precipitaba hacia ellas. En cuestión de segundos, el mundo se redujo a cuerpos que se apretaban, manos que tocaban, voces que preguntaban todas a la vez.

Carlota se abalanzó sobre Alba con una fuerza que las hizo tambalearse a ambas. Sus brazos se enredaron en el cuello de la punk, sus piernas rodearon su cintura, y durante un largo minuto no hubo palabras, solo un beso profundo, hambriento, de esas despedidas que habían durado demasiado. Alba la sostuvo, sus manos hundiéndose en la ancha espalda de Carlota, los ojos cerrados.

—Te juro que no pienso soltarte en una semana —murmuró Carlota contra sus labios cuando por fin se separaron lo justo para respirar.

—No me importaría —respondió Alba, y su voz sonaba ronca, casi rota.

La Gitana llegó hasta Elisa con esa mezcla de autoridad maternal y desparpajo callejero que la caracterizaba. No preguntó. No dijo nada. Simplemente abrió los brazos y envolvió a la ex concejala en un abrazo que olía a tabaco de liar y jabón de lavandería.

—Ya está, ya pasó, mi niña —susurró la Gitana—. Ya estás en casa.

Elisa se dejó abrazar. No habló. Sus brazos colgaron a los lados durante un momento, y luego, lentamente, se alzaron para devolver el abrazo. Fue un gesto mínimo, casi imperceptible, pero la Gitana lo sintió y apretó un poco más.

—¿Qué ha pasado? ¿Os han tratado bien? —preguntó Violeta acercándose.

—¿Había tías tan sexis como nosotras allí? —añadió Valentina con su sonrisa pícara.

Las preguntas llovían como granizo. Elisa no respondió. Se limitó a observar, a dejar que las voces la rodearan sin penetrar del todo.

Fue Alba quien tomó la palabra, soltándose un poco de Carlota para atender a las preguntas.

—Fue raro, la verdad. El otro módulo era más pequeño, más viejo. Pero había buen ambiente. —Una sonrisa, auténtica esta vez, se dibujó en sus labios—. Lo mejor fue encontrar gente que conocía mi música.

—¿En serio? —preguntó Nadia, la rumana, con interés genuino.

—Sí, tía. Allí era como una estrella del rock—rió Alba—. Dos chicas, Ainhoa y Patri. Resultaron ser fans de La Madriguera. Se sabían todas las letras. No te imaginas lo que fue eso, encontrar colegas así en medio de la nada.

—¿Y os hicisteis amigas? —preguntó Marina.

—Claro. Unas tías de puta madre.

Carlota, que había estado escuchando con una sonrisa, arqueó una ceja con picardía.

—¿Seguro que sólo eran amigas? —preguntó, su tono mitad en broma, mitad con un deje de curiosidad—. Porque con lo buena que estás, no me extrañaría que alguna se hubiera querido pasar de la raya.

Alba soltó una carcajada, sonora y auténtica.
—Ay, mi cari, siempre igual. No, no pasó nada. Eran colegas, punto. Además, ¿tú crees que yo podría estar un mes sin ti y encima liarme con alguien? Estaba demasiado ocupada extrañándote para pensar en eso.

—Eso espero —sonrió Carlota, enganchándose a su cintura de nuevo—. Porque si no, tendría que ir a esa prisión y darle una paliza a alguien.

—Tranquila, guerrera —rió Alba, dándole un beso en la punta de la nariz—. Tu reino está a salvo.

Elisa, mientras tanto, observaba la escena desde unos pasos atrás. La sonrisa de Alba, tan natural, tan convincente. Nadie notaba nada. Nadie veía la sombra que se escondía tras sus palabras. Y por supuesto, nadie podía imaginar que la que había compartido algo más que canciones con su novia no era ninguna fan de La Madriguera, sino ella.

La Gitana también observaba. A Alba, a Elisa, a la forma en que sus miradas no se cruzaban, como si hubieran acordado de antemano no delatarse. Algo había pasado allí. Pero no era el momento de preguntar.

—¡Dejadlas respirar, chicas! —dijo en voz alta, rompiendo el momento—. ¿No veis que vienen hechas polvo del viaje? Ya habrá tiempo de cotilleos.

Valentina miró alrededor con curiosidad.
—Oye, ¿Aminata sigue en aislamiento?

—Sí, hija. Todavía en aislamiento —respondió La Gitana con naturalidad, mirando a las que habían estado fuera—. Pero ya saldrá. Cuando vuelva, la conoceréis.

—¿Otra más? —bromeó Violeta—. Esto parece que no para de crecer. Me gusta.

—Ya veréis cuando la conozcáis —dijo La Limeña con una media sonrisa—. Tiene más huevos que el caballo de Espartero.

Hubo risas. El grupo comenzó a moverse hacia el interior. Lidija y Violeta flanqueaban a Elisa, integrándola sin presionarla. Y aunque Elisa no hablaba, aunque su rostro permanecía impasible, algo en la forma en que sus dedos se curvaban ligeramente, rozando la tela del uniforme, delataba que dentro de ella había un mar revuelto.

Un mar del que, por ahora, nadie sabía nada.

La Gitana caminaba detrás de todas, observando. A Alba, tan alegre, tan convincente. A Elisa, tan callada, tan ausente. Y supo, con esa intuición que daban los años de cárcel, que aquel viaje había dejado marcas más profundas de lo que ninguna estaba dispuesta a admitir.

La celda de la Gitana volvía a estar más llena que nunca. Las que habían vuelto se mezclaban con las que se habían quedado, creando un mosaico de cuerpos sentados en la cama, en el suelo, apoyados contra las paredes.

Alba se había sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared y Carlota enredada en su costado como una lapa. Elisa ocupaba un rincón más alejado, cerca de la puerta, con las rodillas recogidas contra el pecho y la mirada perdida. No hablaba. Solot escuchaba.

—Lo más jodido no fue la prisión de allí, ni el apagón —decía Alba, respondiendo a las preguntas que seguían lloviendo—. Lo más raro ha sido el viaje de vuelta. Íbamos mirando por la ventanilla del autobús y flipábamos.

—¿Qué visteis? —preguntó Nadia.

—Tanquetas del ejército en las rotondas. Controles militares en cada puto cruce. Soldados con metralletas parando los coches. Y en una gasolinera, vimos un grupo de gente peleándose, con palos y todo. La policía no aparecía por ningún lado.

Valentina silbó entre dientes.
—Está la cosa chunga de verdad, entonces.

—Chunga, chunga —confirmó Alba—. En las noticias de la radio del bus hablaban de manifestaciones, de dimisiones, de que el gobierno no controla. No sé qué va a pasar, pero pinta mal. Muy mal.

Carlota apretó el brazo de Alba, un gesto protector.
—Bueno, mientras estemos aquí dentro, igual estamos más seguras que fuera. O igual no. Quién sabe.

Elisa no comentó nada. Sus ojos seguían fijos en un punto indefinido de la pared.

Fue entonces cuando La Gitana se levantó de la cama y todas las miradas se giraron hacia ella. Había llegado el momento de los informes, de poner sobre la mesa todo lo que había pasado en las semanas de separación.

—Bien —dijo, con esa voz grave que imponía silencio sin necesidad de alzarla—. Ahora os toca escuchar a vosotras. Porque mientras estábais fuera, aquí tampoco ha sido precisamente un balneario.

Se sentó en el borde de la cama, frente a todas, y comenzó a hablar.

—Lo primero: las neonazis. Helga, Tamy y Sandra. No se han estado quietas. Un día, hace unas semanas, me abordaron justo aquí. Entre las tres me ataron, me acostaron en mi propia cama y... bueno, me hicieron cosquillas. Durante un buen rato. Hasta que no podía más.

Un murmullo de indignación y de sorpresa recorrió el grupo. La mayoría se sorprendió, sobre todo, por el hecho de imaginar a la Gitana, la que siempre hacía cosquillas, recibiéndolas.

—Pero eso no fue lo peor —continuó La Gitana, su rostro impasible—. Luego intentaron asfixiarme con una almohada. Y estuvieron a punto de conseguirlo.

—¿Qué? —La voz de Carlota fue un latigazo—. ¿Y qué pasó?

— Maribel. La funcionaria. Pasó por aquí, oyó los ruidos y las paró. Si no llega a ser por ella... —La Gitana se encogió de hombros, como si hablar de su propia muerte fuera algo cotidiano—. Bueno, no hace falta imaginar.

El silencio que siguió era denso, cargado de rabia contenida. Lidija tenía la mandíbula tan apretada que parecía de piedra.

—Pero hay más —dijo La Gitana—. La Gallega. Rosa. Me ha amenazado directamente. Tiene mucho poder dentro y fuera, y no se anda con juegos. Y lo peor... —Hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran—. Lo peor es que no tiene cosquillas. Es inmune. No hay manera de doblegarla con eso.

—¿Cómo puede alguien no tener nada de cosquillas? —preguntó Marina, incrédula.

—Hay gente así —respondió La Gitana—. Y ella es una de ellas. Así que si pensamos enfrentarnos a la Gallega, va a tener que ser con otras armas. Con las que tengamos.

Alba y Elisa intercambiaron una mirada rápida. La información era mucha y pesada.

—Y hay más —continuó La Gitana—. Antes del apagón, entró una chica nueva. Se llama Aminata. Es joven, alta, negra, de pelo largo con trenzas. Muy callada, pero con una determinación...

Se detuvo un momento, y cuando volvió a hablar, su voz tenía un temblor que no había tenido antes.
—Aminata es la hija de Mimi.

Un silencio absoluto cayó sobre la celda. Alba abrió los ojos de par en par. Elisa, por primera vez, levantó la mirada de la pared y se fijó en La Gitana.

—¿La hija de Mimi? —repitió Violeta en un susurro—. ¿La Mimi que...?

—La misma —confirmó La Gitana—. Nuestra Mimi. Su hija ha venido a esta prisión, y ha pedido entrar en la Hermandad. Pasó el rito de iniciación. Y luego, durante el apagón, se metió en la celda de las nazis y lo único que sé es que les partió la cabeza a las tres con una llave inglesa.

—¿Y dónde está ahora? —preguntó Carlota.

—En aislamiento. Por agredirlas. Pero cuando salga, será una más de nosotras. Eso no lo discute nadie.

Alba asintió lentamente, procesando. La hija de Mimi. La venganza, el dolor, la continuidad de la sangre dentro de aquellos muros.

—Y por último —dijo La Gitana, y su voz se volvió aún más grave, si eso era posible—, lo más importante.

Miró directamente a Alba y a Elisa.
—Durante vuestra ausencia, recibí una llamada. De la prisión de Lidija.

Lidija asintió, confirmando.

—Me contaron algo que cambia todo. Resulta que Loba, que se fue con vosotras al otro centro, se ha pasado a nuestro lado. No oficialmente, no dentro de la Hermandad, pero nos está dando información.

—¿Loba? —la incredulidad en la voz de Alba era evidente—. ¿La misma que...

—La misma —la cortó Lidija—. Pero las cosas cambian. Tú le salvaste la vida, Carlota. Eso pesa. Y ella nos ha contado cosas. Cosas gordas.

La Gitana retomó la palabra.
—Según Loba, las neonazis de aquí —Helga, Tamy, Sandra— están aliadas con la Gallega. Juntas. Y no sólo planeaban matarme a mí. Ya han matado a una de las nuestras.

El corazón de Alba dio un vuelco.
—¿A quién?

—A La Flaca.

El nombre cayó como una losa. Elisa sintió que el aire se le helaba en los pulmones.

—No murió ahogada en la inundación —explicó La Gitana—. La mataron. Tamy y Sandra la agarraron en los servicios cuando todo era caos, le provocaron una sobredosis de heroína y la dejaron en su celda para que pareciera un accidente. Fue una prueba. Un mensaje.

El silencio que siguió era de los que pesan toneladas.

Alba miró a Elisa. En sus ojos vio reflejado lo que ella misma sentía: el horror, pero también una extraña familiaridad. Ellas también cargaban con una muerte. La de Rebecca. 

—Así que ahora lo sabéis —concluyó La Gitana—. Las nazis y la Gallega trabajan juntas. Ya han matado a una de las nuestras. Tienen un plan para acabar conmigo. Y nosotras tenemos que decidir cómo coño vamos a responder.

Se levantó y caminó hacia la ventana, de espaldas a todas.
—Bienvenidas a casa, chicas. La cosa está más chunga de lo que imaginabais.

La celda se fue vaciando entre abrazos, promesas de verse al día siguiente y el rumor de las conversaciones que se alejaban pasillo abajo. Carlota fue la última en soltar a Alba, y lo hizo con un beso largo y un "te veo en un rato" que sonó más a ruego que a afirmación.

Cuando la puerta se cerró, el silencio cayó sobre la estancia como una manta espesa.

La Gitana se quedó de pie junto a la entrada, observando a Elisa, que seguía en su rincón, con las rodillas contra el pecho y la mirada perdida en algún punto de la pared. No se había movido durante toda la conversación. No había hablado. Solo había escuchado, asimilado, guardado.

La Gitana se acercó lentamente y se sentó en el suelo frente a ella, dejando un espacio de confianza entre ambas. No dijo nada al principio. Sólo la miró, con esa mezcla de autoridad y ternura que sólo ella sabía poner en sus ojos oscuros.

—Elisa —dijo por fin, su voz baja, casi un susurro—. Hace meses que te conozco. Y en todo este tiempo, he aprendido a leerte. Puede que las demás no lo vean, pero yo sí.

Elisa levantó la mirada. Sus ojos tenían un brillo húmedo.

—En tus ojos hay algo que no anda bien —continuó La Gitana—. Algo que pasó allí. No tienes por qué contármelo si no quieres, pero... si necesitas soltarlo, estoy aquí. Para eso soy la madre de todas, ¿no?

Elisa la miró largamente. Sus labios se movieron, como si fueran a formar palabras, pero solo escapó un suspiro. Negó con la cabeza, un gesto mínimo.

—Sólo necesito volver a estar entre vosotras —dijo al fin, su voz ronca, cascada.

—Lo estás, cariño —respondió La Gitana, alargando una mano para posarla sobre su rodilla—. Lo estás. Y puedes contarme lo que sea. Nadie lo sabrá. Ni Lidija, ni Carlota, ni nadie. Sólo yo. Si tú quieres.

El silencio volvió a llenar el espacio. Elisa desvió la mirada, y entonces sus ojos se posaron en la cama. La vieja cama de matrimonio, con las sábanas revueltas, las almohadas fuera de su sitio, la huella evidente de la sesión de cosquillas que había tenido lugar horas antes con Violeta.

La Gitana siguió su mirada y, al comprender, una sonrisa tierna se dibujó en sus labios.

—Hemos hecho reír un rato a Violeta —dijo, con un deje de orgullo en la voz—. Le hacía falta. Llevaba un mes sin reír de verdad, sin sentirse en casa. Y ahora mismo... —la miró directamente a los ojos—, tú también pareces necesitarlo.

Elisa no respondió, pero algo en su expresión se suavizó.

—¿Te ayudaría? —preguntó La Gitana, su voz aún más baja, más íntima—. ¿Te ayudaría que te hiciera cosquillas? No tiene por qué ser como con Violeta, con todas encima. Podemos hacerlo nosotras dos. Aquí. En silencio. Sólo para que te relajes, para que te sientas... en casa.

Por primera vez en horas, quizás en días, Elisa sonrió. Una sonrisa pequeña, frágil, pero auténtica. Una rendija por donde se colaba un poco de luz.

—Me encantaría —susurró.

La Gitana asintió, y sin prisas, se levantó del suelo. Extendió una mano para ayudar a Elisa a levantarse, y juntas caminaron hacia la vieja cama de matrimonio. La colcha aún conservaba el calor de los cuerpos que se habían retorcido sobre ella horas antes.

—Túmbate —indicó La Gitana con suavidad—. Boca abajo, boca arriba, como prefieras. Esto va de ti, de lo que necesites.

Elisa dudó un instante, y luego se quitó la parte de arriba del uniforme, se descalzó y se tumbó boca arriba, en el centro de la cama. Sus brazos quedaron a los costados, sus piernas estiradas. La tensión en sus hombros era evidente, una rigidez que delataba el peso que cargaba.

La Gitana se sentó a su lado, en el borde del colchón. No empezó de inmediato. Dejó que sus manos se posaran suavemente sobre el antebrazo de Elisa, sólo para que sintiera el contacto, para que se acostumbrara a su presencia.

—Respira hondo —dijo—. Vas a estar bien. Estás conmigo.

Elisa obedeció. Inspiró profundamente, y al exhalar, parte de la tensión pareció aflojarse.

Entonces, La Gitana comenzó.

Sus dedos, delgados y cálidos, iniciaron un recorrido lento por el brazo de Elisa. Desde la muñeca hasta el codo, trazando círculos suaves, apenas rozando la piel. No era un ataque, era una caricia. Una invitación. Elisa contuvo el aliento un momento, y luego lo soltó en un suspiro cuando el cosquilleo, leve pero presente, le recorrió el brazo.

—Así —murmuró La Gitana—. Déjate llevar.

Sus dedos subieron hasta el hombro, y desde allí, con una lentitud exquisita, se deslizaron hacia el cuello. Elisa se estremeció, una pequeña sacudida involuntaria, y una risa mínima, casi un suspiro, escapó de sus labios.

—¿Te molesta? —preguntó La Gitana, deteniéndose.

—No... —la voz de Elisa era un hilo—. Sigue.

La Gitana sonrió y continuó. Ahora sus dedos bajaban por el costado, apenas rozando la piel, trazando caminos impredecibles que hacían que Elisa se retorciera ligeramente, pequeñas convulsiones controladas, como si su cuerpo quisiera reír pero aún no se atreviera del todo.

Llegó a la cintura, y allí se detuvo un momento. La piel era sensible, lo sabía. Esperó.

Elisa abrió los ojos y la miró. En su mirada no había miedo, sólo una entrega total, una confianza absoluta.

—Hazlo —susurró.

La Gitana hundió sus dedos suavemente en el costado, justo donde la cintura se curva...

Los dedos de La Gitana comenzaron un movimiento rítmico, pausado, casi hipnótico.

Elisa contuvo el aire por un instante. Luego, una risa pequeña, contenida, escapó de sus labios. No era la carcajada explosiva de Violeta, sino algo más íntimo, más frágil. Una risa que parecía asomarse con timidez, como si no estuviera segura de tener permiso para existir.

—Así —murmuró La Gitana, sin detener sus dedos—. Déjala salir. No la retengas.

Elisa mordió su labio inferior, intentando controlarse, pero las cosquillas en el costado eran insistentes, una caricia que se transformaba en electricidad pura que recorría sus nervios. Otra risa, esta vez un poco más audible, brotó de su garganta.

La Gitana sonrió y cambió ligeramente la técnica. Ahora sus dedos trazaban círculos lentos alrededor del ombligo, una zona que sabía especialmente sensible. El abdomen de Elisa se contrajo en un espasmo involuntario, y una risa más sonora, casi un gorjeo, llenó el silencio de la celda.

—¿Ves? —dijo La Gitana con ternura—. Tu cuerpo sabe lo que necesita. Sólo hay que dejarle.

Elisa negó con la cabeza, riendo entre dientes, pero no pidió que parara. Sus manos, que habían comenzado a subir instintivamente para protegerse, cayeron de nuevo a los costados. Un acto de entrega.

La Gitana aprovechó la tregua para deslizar sus dedos hacia las costillas. Allí, con la punta de los dedos, inició un recorrido ascendente, como si estuviera tocando las teclas de un piano diminuto. Elisa se retorció ligeramente, su risa volviéndose más aguda, más descontrolada.

—¡No... no, Gitana! ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA!—alcanzó a decir entre carcajadas, pero era una protesta débil, sin convicción.

—Tranquila, mi niña —respondió La Gitana con una sonrisa maliciosa, y redobló el ataque en esa zona.

Elisa ya no podía formar palabras. Su risa era un torrente continuo, entrecortado por jadeos y pequeños gritos de sorpresa cuando los dedos encontraban un punto especialmente sensible. Sus piernas comenzaron a moverse sobre la cama, frotando los pies contra el colchón, buscando una salida que no existía.

La Gitana se lo permitió un rato, dejando que la risa la envolviera, que la sacudiera, que la vaciara. Luego, sin previo aviso, detuvo sus manos.

Elisa jadeó, buscando aire. Su pecho subía y bajaba con violencia, sus mejillas estaban encendidas, y unas lágrimas mínimas brillaban en el borde de sus ojos. Pero en su rostro, por primera vez en semanas, no había tensión. Sólo una especie de aturdimiento feliz.

—¿Cómo estás? —preguntó La Gitana en voz baja.

Elisa tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz era un susurro ronco.
—Flotando.

La Gitana asintió, satisfecha. Pero no había terminado. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Elisa, buscando el siguiente punto, la siguiente puerta que abrir.

Se inclinó hacia sus pies. Con una delicadeza exquisita, tomó uno de sus pies entre sus manos. Un pie elegante, suave y cuidado.

Elisa, que había cerrado los ojos, los abrió de golpe.
—¿Los pies? —preguntó, con un deje de aprensión en la voz.

—Los pies —confirmó La Gitana, y antes de que Elisa pudiera protestar, comenzó.

No fue un ataque directo. Comenzó con un masaje suave en el talón, presionando con los pulgares, relajando la tensión acumulada. Elisa suspiró, aliviada. Pero luego, sin solución de continuidad, los pulgares se deslizaron hacia el arco del pie, y el masaje se transformó en cosquillas.

La reacción fue violenta. Elisa lanzó un grito-risa agudo y su pierna intentó retirarse, pero La Gitana la sujetó con firmeza. Sus dedos trazaban ahora líneas lentas a lo largo de la planta, desde el talón hasta los dedos, una y otra vez, incansables.

—¡No, no, no! —gritaba Elisa entre carcajadas, retorciéndose sobre la cama—. ¡Eso es demasiado! ¡JAJAJAJAJAJAJA JAJAJAJAJAJAJAJA!

Elisa ya no podía responder. La risa la había poseído por completo, un torrente incontrolable que la hacía arquearse, retorcerse, golpear la cama con los puños. 

La Gitana observó un momento, midiendo su resistencia. Luego, con una sonrisa, soltó el pie y esperó.

Elisa yació jadeando. Pasaron segundos, quizás un minuto, antes de que pudiera hablar.
—Eres... eres una sádica —logró articular entre hipidos.

—Puede ser —rió La Gitana—. Pero estás más relajada, ¿no?

Elisa no pudo negarlo. Algo en su interior se había aflojado, una cuerda que llevaba demasiado tiempo tensa. Incorporándose ligeramente sobre los codos, miró a La Gitana con una mezcla de gratitud y desafío.

—¿Ya está? —preguntó.

La Gitana arqueó una ceja.
—¿Tú quieres que ya esté?

El silencio que siguió fue elocuente. Elisa sostuvo su mirada un momento, y luego, con un gesto mínimo, casi imperceptible, negó con la cabeza.

La Gitana sonrió.
—Eso quería oír.

Se levantó de la cama, sólo para volver a sentarse en una posición diferente. Ahora estaba a la altura de su torso, con las manos preparadas sobre el vientre de Elisa.

—Esta vez —dijo—, vamos a ir más despacio. Pero más profundo. Quiero que sientas cada contacto, cada roce. Y quiero que te rías sin guardarte nada. ¿Entendido?

Elisa asintió, los ojos muy abiertos, anticipando.

La Gitana comenzó. Sus dedos, ahora apenas rozando la piel, iniciaron un recorrido lento por la barriga. Movimientos lentos, concéntricos, que se expandían y contraían como las ondas en un estanque.

Elisa contuvo la respiración. La sensación era diferente ahora, menos agresiva pero más insistente, una presencia constante que no le daba tregua. Su risa, cuando brotó, era más melódica, más musical. Podía sentir cada terminación nerviosa despertando, cada célula de su piel vibrando con una sensibilidad nueva.

—Así —susurró La Gitana—. Ahora déjate llevar de verdad. Sin miedo.

Los movimientos se volvieron más rápidos, más amplios. Abarcaban ahora todo el vientre, subían hacia las costillas, bajaban hacia la cadera. Elisa reía con los ojos cerrados, su cuerpo moviéndose al ritmo de las manos de La Gitana, una danza involuntaria y liberadora.

La Gitana varió el ritmo, a veces acelerando, a veces casi deteniéndose, creando una montaña rusa de sensaciones que mantenía a Elisa en un estado de suspensión constante. Cuando las cosquillas arreciaban, su risa se volvía descontrolada, casi histérica. Cuando amainaban, quedaba jadeando, esperando, deseando más.

Así pasaron minutos, quizás media hora. El tiempo en la celda se había vuelto elástico, maleable, sometido sólo al ritmo de aquel ritual íntimo.

Finalmente, cuando Elisa ya no podía más, cuando su risa era sólo un temblor residual y su cuerpo un mapa de sensaciones agotadas, La Gitana detuvo sus manos. Pero no se apartó. Permaneció a su lado, observándola, esperando.

Elisa abrió los ojos. Estaban húmedos, brillantes, pero en ellos había una paz que no tenían antes.

—Gracias —susurró.

La Gitana inclinó la cabeza, aceptando el agradecimiento. Luego, con una sonrisa, preguntó:
—¿Quieres más?

El silencio se alargó. La pregunta flotaba en el aire, cargada de posibilidades. Elisa la miró, y en sus ojos se libraba una batalla silenciosa entre el agotamiento y el deseo de seguir sintiéndose viva, de seguir soltando, de seguir estando en casa.

Elisa asintió de nuevo. Apenas un movimiento de cabeza, pero suficiente.

La Gitana sonrió con satisfacción y se incorporó ligeramente, cambiando de posición. Ahora se situó a la altura de los hombros de Elisa, sus manos flotando sobre ella como dos pájaros a punto de posarse.

—Las axilas —anunció, y no fue una pregunta.

Elisa tragó saliva. Sabía lo que venía. Las axilas eran, junto con los pies, su zona más sensible. Pero no dijo nada. Lentamente, con un esfuerzo visible, levantó los brazos por encima de la cabeza, dejando al descubierto la piel suave y vulnerable.

La Gitana esperó un segundo, saboreando el momento. Luego, con una delicadeza exquisita, posó sus dedos en el hueco de la axila derecha.

El efecto fue instantáneo y brutal.

Elisa bajó violentamente los brazos, atrapando la mano de La Gitana contra su costado en un reflejo puramente instintivo. Una carcajada sonora, casi un rugido, escapó de sus pulmones, sacudiendo todo su cuerpo.

—¡No! ¡No puedo! —gritó entre risas, apretando el brazo contra su cuerpo como si quisiera fundirse con él.

La Gitana rió abiertamente ante la reacción, un sonido cálido que llenó la celda.
—Vaya, vaya —dijo, sin intentar liberar su mano atrapada—. Así no hay manera, mi niña. Tienes que colaborar.

Elisa jadeaba, su pecho subiendo y bajando a toda velocidad. 

—Lo... lo intento —logró articular—. Pero es que... es demasiado.

—Jajajajs, ya lo sé—corrigió La Gitana con picardía—. Venga. Otra vez. Y esta vez, aguanta.

Poco a poco, Elisa fue soltando el brazo. Separó el codo del costado, liberando la mano de La Gitana, y con un suspiro que era pura rendición, volvió a elevar los brazos por encima de la cabeza.

La Gitana esperó a que estuvieran completamente extendidos. Luego, con la misma lentitud de antes, volvió a posar sus dedos.

Elisa contuvo el aliento. Sus músculos se tensaron, preparados para el impacto. Cuando las yemas de los dedos comenzaron a moverse, trazando círculos lentos en la piel sensible, un gemido escapó de sus labios. Pero no bajó los brazos. Apretó los dientes, apretó los ojos, y aguantó.

—Buena chica —susurró La Gitana, sin detener sus dedos—. Muy buena.

El cosquilleo se intensificó. Los círculos se volvieron más rápidos, más amplios, abarcando ahora toda la axila. La risa de Elisa creció, se volvió más descontrolada, pero sus brazos permanecieron arriba, temblando por el esfuerzo sobrehumano de no ceder al instinto.

—¡No puedo... no puedo mucho más! —gritó entre carcajadas.

—Un poco más —respondió La Gitana, cambiando de axila—. Sólo un poco más.

Y entonces atacó la izquierda con la misma intensidad. Elisa se arqueó sobre la cama, sus pies golpeando el colchón, pero sus brazos, milagrosamente, siguieron arriba. La risa era ya un torrente continuo, un sonido que llenaba cada rincón de la celda, que se escapaba por las rendijas de la puerta, que probablemente se oiría en todo el pasillo.

Pero no importaba. Nada importaba excepto aquel momento, aquella entrega, aquella risa que limpiaba por dentro.

La Gitana cesó el ataque abruptamente. Elisa quedó jadeando, sus brazos cayendo como pesos muertos a los costados, su pecho buscando aire desesperadamente. Pero antes de que pudiera recuperarse del todo, La Gitana se movió.

—Y ahora —dijo con determinación—, los pies.

Se desplazó hacia el extremo de la cama. Con un movimiento rápido pero cuidado, se sentó a horcajadas sobre las espinillas de Elisa, inmovilizando por completo sus piernas. No había posibilidad de escapar ahora.

Elisa levantó la cabeza, alarmada.
—Gitana, eso...

—Sí —confirmó La Gitana, tomando uno de sus pies entre las manos—. Esto.

Los pies de Elisa eran bonitos, cuidados a pesar de las circunstancias. Uñas limpias, cutículas recortadas, la piel suave por la constante atención que les prestaba. Y extremadamente, terriblemente sensibles.

La Gitana comenzó con el pie derecho. Sus yemas acariciaron primero el talón, con movimientos lentos y circulares. Elisa se estremeció, una risa nerviosa escapando de sus labios. Luego, los dedos se deslizaron hacia el arco, esa zona traicionera donde los nervios están más expuestos.

Elisa lanzó un grito agudo, intentando instintivamente retirar el pie, pero las espinillas inmovilizadas se lo impidieron. Sólo podía retorcerse, arquearse, golpear la cama con los puños mientras la risa la poseía por completo.

—¡No puedo! ¡No puedo con los pies! ¡AAAAAJAJAJAJAJA! —aulló.

—Ya lo sé —respondió La Gitana, implacable—. Por eso los elegí.

Sus dedos subieron ahora hacia los dedos del pie. Uno por uno, los fue tomando y acariciando, pasando la yema del pulgar por la base de cada uno, por el borde de las uñas, por los pequeños espacios entre ellos. Era una tortura exquisita, una sobrecarga sensorial que no daba tregua.

Elisa ya no podía formar palabras. Su risa era un sonido continuo, entrecortado por jadeos y pequeños gritos de pura sobrecarga. Las lágrimas corrían a chorros por sus sienes, empapando la almohada. Su cuerpo se retorcía en todas direcciones, pero las piernas, inmovilizadas por el peso de La Gitana, solo podían temblar.

—¡Basta! ¡Basta, por favor! —logró articular entre carcajadas.

—¿Seguro? —preguntó La Gitana, deteniéndose un instante.

El silencio fue breve, solo un par de segundos de respiración jadeante. Luego, Elisa, con los ojos en blanco y una sonrisa involuntaria en los labios, negó con la cabeza.

La Gitana sonrió y continuó.

Ahora atacaba el pie izquierdo con la misma dedicación. Plantas, dedos, arcos, talones. Cada centímetro de piel era explorado, acariciado, torturado con esa mezcla de amor y sadismo que solo ella sabía aplicar. Elisa se retorcía como una posesión, su risa alcanzando tonos imposibles, su cuerpo completamente entregado a la sensación.

—Así —murmuraba La Gitana de vez en cuando—. Así, mi niña. Suelta todo. Déjalo salir.

Y Elisa soltaba. Soltaba la tensión de semanas, el peso del secreto, el miedo a lo que vendría. Todo se disolvía en aquella risa incontenible, en aquel cosquilleo que la desarmaba por completo.

La Gitana continuó implacable con los pies de Elisa. Sus dedos bailaban sobre las plantas sensibles, recorriendo arcos y dedos con esa mezcla de precisión y picardía que sólo ella dominaba. Elisa reía a carcajadas, su cuerpo retorciéndose bajo el peso de La Gitana, sus manos aferradas a las sábanas como único anclaje en medio del temporal.

—¡Ya no puedo más! —gritaba entre risas, aunque sus ojos brillaban con algo que no era súplica—. ¡Gitana, por favor!

—Por favor, ¿qué? —respondía La Gitana sin detenerse—. ¿Más? ¿Menos? ¿Diferente? Hay que especificar, mi niña.

Y entonces, en un momento de lucidez en medio del caos, Elisa actuó.

Aprovechando que La Gitana estaba inclinada sobre sus pies, dándole la espalda por completo, Elisa se incorporó con un movimiento rápido, casi felino. Sus brazos rodearon el torso de La Gitana y sus dedos se hundieron en sus costados, justo donde sabía —porque lo había visto hacer mil veces— que era una zona sensible.

El efecto fue inmediato y espectacular.

La Gitana dio un salto que casi la hace caer de la cama. Una risa enérgica, sonora, completamente inesperada, estalló de sus pulmones. Era una risa que nadie había escuchado antes, al menos no en ese contexto. La líder, la matriarca, la que siempre estaba al mando, retorciéndose y riendo como una cría.

—¡Pero serás...! —alcanzó a decir entre carcajadas, girándose para enfrentar a su atacante.

Elisa, con una sonrisa de puro triunfo y travesura, no cedió. Sus dedos seguían atacando los costados de La Gitana, aprovechando cada segundo de ventaja.

La Gitana, recuperándose de la sorpresa, se lanzó sobre Elisa con una mezcla de indignación fingida y diversión auténtica. En un segundo, las dos estaban enredadas sobre la cama, un torbellino de brazos, piernas y risas incontenibles.

Era una pelea de cosquillas sin reglas, sin estrategia, sin nada más que el puro placer del contacto y la risa compartida. La Gitana intentaba controlar las manos de Elisa mientras atacaba sus puntos débiles; Elisa se retorcía para escapar y contraatacar al mismo tiempo. Rodaron sobre las sábanas revueltas, chocaron contra las almohadas, estuvieron a punto de caerse de la cama en más de una ocasión.

—¡Traidora! —reía La Gitana, logrando inmovilizar una de las manos de Elisa contra el colchón—. ¡Te enseñé yo todo lo que sabes y así me lo pagas!

—¡Me lo enseñaste demasiado bien! —respondió Elisa entre risas, usando su mano libre para atacar las costillas de La Gitana.

La líder soltó un chillido agudo y perdió el control por un segundo, lo que Elisa aprovechó para liberar la otra mano y redoblar el ataque. Estaban igualadas, en un duelo de cosquillas que ninguna quería ganar del todo porque significaba el final.

Las risas llenaban la celda 307, escapándose por las rendijas de la puerta, mezclándose con los sonidos habituales de la noche en el módulo. Pero esto no era habitual. Esto era especial. Era la primera vez, que Elisa supiera, que alguien devolvía las cosquillas a La Gitana en un contexto de juego, de confianza, de amor puro.

Finalmente, agotadas, cayeron la una al lado de la otra sobre la cama, jadeando, riendo aún con pequeños espasmos residuales. El techo gris de la celda las miraba desde arriba, testigo mudo de aquel momento de humanidad compartida.

La Gitana giró la cabeza hacia Elisa. Su rostro estaba encendido, sudoroso, y una sonrisa enorme le iluminaba las facciones, borrando años de dureza y desconfianza.

—Hacía mucho tiempo que no... —comenzó, pero no terminó la frase.

—No sabía que tenías tantas cosquillas, Gitana —dijo Elisa, todavía recuperando el aliento—. Como siempre eres tú la que las hace. Tengo que reconocer que antes, cuando has dicho que las nazis te hicieron cosquillas, he sentido curiosidad.

La Gitana esbozó una sonrisa tierna.
—Tengo muchísimas —respondió—. Pero sólo personas muy especiales me las pueden hacer. Y tú eres especial, Elisa.

—¿Y te gusta que te hagan tanto como hacerlas?

—Me encanta.

Elisa la miró, y en sus ojos se libró una batalla. Luego, en un susurro que apenas se oía:
—Yo no soy especial, Gitana. Soy una asesina.

La Gitana no se inmutó. Su voz fue un susurro cálido:
—¿Por qué dices eso, niña?

—Rebecca. Rebecca Santoro.

El nombre cayó entre ellas. La Gitana lo conocía. Todas conocían a Rebecca Santoro, la joven que había matado a la madre de Elisa.

—Estaba en la prisión donde me trasladaron —continuó Elisa, su voz temblorosa pero decidida—. El tercer día del apagón. La abordé. Forcejeamos. Ella me ató. Me hizo cosquillas. Iba a matarme. Dijo que alguien la había mandado matar a mi madre, pero que ella quiso matar a más ancianos. No sé arrepentía.

La Gitana apretó la mandíbula, pero no dijo nada.

—Luego apareció Alba con sus chicas y me salvó. Cambiamos las tornas. La atamos. Le hicimos cosquillas hasta que no pudo más, hasta que su risa era un jadeo, hasta que lloró. Pero no se arrepentía. 

Un sollozo le cortó la voz. La Gitana esperó.

—Al final, las otras se fueron. Me quedé sola con ella. Y la ahorqué.

El silencio fue absoluto. La Gitana no apartó las manos del rostro de Elisa. No juzgó. Sólo esperó.

—La policía me interrogó —continuó Elisa, como si necesitara vaciarlo todo—. Interrogó a varias. Alba y las suyas, especialmente, me cubrieron. Dijeron que había estado rara en los días anteriores, que siempre lo había sido. La policía concluyó que la herida de su cabeza fue fruto de los disturbios del apagón. Incluso alguien testificó que creyó verla caminando herida entre el gentío.

—¿Y te creyeron? —preguntó La Gitana.

—Rebecca no despertaba simpatías. Sospecharon de mí al principio, pero no tenían pruebas. El caso está cerrado, creo. Pero yo sé la verdad. He matado a una persona, Gitana. No merezco estar en la Hermandad.

Y entonces el llanto la desbordó por completo, sacudiendo su cuerpo, empapando las manos de La Gitana que aún sostenían su rostro.

La Gitana la sostuvo. La dejó llorar. Y cuando el llanto empezó a amainar, cuando los sollozos se hicieron más espaciados, habló.

—Niña —dijo, su voz grave pero infinitamente tierna—. ¿Tú sabes acaso por qué estoy yo aquí dentro hace tanto tiempo?

Elisa levantó la mirada, confusa.

—Estoy aquí porque maté a los dos hombres que me violaron.

Elisa contuvo el aliento. El llanto se detuvo, como si las palabras de La Gitana hubieran congelado el aire.

—No una vez —continuó La Gitana, su voz plana, sin autocompasión, sin orgullo—. Muchas veces. Durante años. Eran mi pareja y su amigo. Gente de confianza, de las que nadie sospecha. Cuando por fin pude, cuando tuve la fuerza y la oportunidad, los maté. A los dos. Con mis propias manos.

Una pausa. Sus pulgares acariciaron las mejillas mojadas de Elisa.

—Y si volviera a nacer, volvería a hacerlo. Sin dudarlo.

El silencio que siguió era de otra naturaleza. Ya no era el silencio del secreto y la culpa, sino el de dos almas que se reconocen en la oscuridad.

—No te estoy diciendo que matar esté bien —dijo La Gitana—. Te estoy diciendo que te entiendo. Que hay violencias que el mundo no ve, que no castiga, que incluso justifica. Y cuando alguien se levanta contra esa violencia, la ley lo llama asesino. Pero nosotras, las que hemos vivido esa oscuridad, lo llamamos de otra manera.

—¿De qué manera? —susurró Elisa.

—Sobrevivir. A veces, la única forma de sobrevivir es quitar de en medio al que te quiere muerta. Rebecca te quería muerta, ¿verdad?

Elisa asintió, un gesto mínimo.

—Entonces hiciste lo que tenías que hacer. No por venganza, no por odio. Porque no te quedó otra. Y eso, mi niña, no te convierte en asesina. Te convierte en alguien que defendió su vida.

—Pero la ahorqué. Podría haberla dejado atada, podría haber...

—Podrías haber hecho muchas cosas —la interrumpió La Gitana con suavidad pero con firmeza—. Podrías haberla dejado y que ella te buscara el resto de tu condena. Podrías haber vivido con el miedo constante de que algún día volviera a atarte, a hacerte cosquillas hasta quitarte el aire, a matarte. Elegiste no vivir con ese miedo. Y yo no voy a juzgarte por eso.

Elisa la miró largamente. En sus ojos, el tormento seguía ahí, pero ahora se mezclaba con algo nuevo: el principio de un alivio, la posibilidad de ser entendida.

—Pero la Hermandad...

—La Hermandad no es un club de santas —dijo La Gitana con una media sonrisa—. La Hermandad es un grupo de mujeres que han pasado por el infierno y han decidido construir un lugar donde protegerse. ¿Tú crees que Lidija es una santa? ¿O Marina? ¿O cualquiera de nosotras? Todas tenemos fantasmas, Elisa. Todas tenemos cosas que no contamos ni en confesión. La diferencia es que aquí, cuando las cuentas, no te señalan con el dedo. Te abrazan.

Elisa volvió a llorar, pero era un llanto diferente. Menos desgarrado, más liberador. La Gitana la atrajo hacia sí, abrazándola con fuerza, meciéndola ligeramente como a una niña pequeña.

—Ya está —susurraba—. Ya está, mi niña. No estás sola. No lo has estado nunca.

Pasaron los minutos. El llanto fue amainando, convertido en hipidos ocasionales, en respiraciones profundas. Elisa permanecía abrazada a La Gitana, aferrada a ella como a un salvavidas en medio del océano.

Cuando por fin se separaron lo justo para mirarse, La Gitana tenía los ojos brillantes, pero no lloraba. 


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