LA CONDENA - Episodio 43: Loba herida


La celda 112 estaba en penumbra, iluminada sólo por la tenue luz que se filtraba por la ventana alta. Sandra yacía en su litera, mirando al techo con una expresión ausente. Tamy se sentaba en el borde de la suya, masajeándose distraídamente las sienes donde los puntos de sutura aún le molestaban. Helga, como siempre, ocupaba el centro del espacio, su postura rígida y sus ojos escudriñando a la cuarta ocupante de la celda.

Loba estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared, las rodillas recogidas contra el pecho. Llevaba así un rato, escuchando más que hablando, mientras las otras tres compartían impresiones sobre las recién llegadas.

—La vi de lejos, en el patio —decía Tamy, con su voz áspera—. La serbia esa. Y la otra, la colombiana. Loba, tú has estado con ellas todo este tiempo. ¿Cómo ha sido?

Loba se encogió de hombros, esforzándose por parecer natural.
—Normales. Calladas. Violeta es más abierta,Carlota casi no habla. No hubo problemas, si os soy sincera. Compartíamos celda por obligación, no por amistad.

—¿Y no se metían contigo? —preguntó Sandra, con un deje de incredulidad en la voz—. Saben quién eres.

—Lo saben. Pero también sabían que estábamos encerradas juntas sin posibilidad de cambio. Supongo que optaron por la convivencia pacífica. Como yo.

Helga la observaba con atención, sus ojos claros perforando la fachada de Loba.
—¿Y tú? ¿Tampoco te metiste con ellas?

—¿Para qué? —Loba mantuvo el tono neutro—. Tres contra una, en un módulo desconocido, sin refuerzos. No soy tonta. Aguardé mi momento. Y aquí estoy.

Helga no respondió, pero su mirada se mantuvo fija en Loba un segundo más de lo necesario. Luego se volvió hacia las otras.

—La cuestión ahora es qué hacemos. La Gallega quiere un movimiento pronto. Antes de que las reubicadas se asienten del todo.

—¿Y cómo lo hacemos? —preguntó Tamy—. La Gitana no se separa de su grupo. Están siempre juntas.

—Ya encontraremos el momento —respondió Helga—. Todo tiene su...

No terminó la frase.

La puerta de la celda se abrió sin previo aviso, sin el sonido de pasos que lo precediera. Y allí, en el umbral, recortada contra la luz del pasillo, estaba Rosa la Gallega.

Su presencia llenó el espacio de inmediato. No era una mujer especialmente alta, pero su aura de autoridad fría era aplastante. El uniforme beige le sentaba como si fuera de diseño, impecable. Sus ojos del color del acero, escudriñaron la escena con una lentitud que helaba la sangre.

—¿Interrumpo algo? —preguntó, y era una pregunta retórica. No esperaba respuesta.

Entró en la celda como quien entra en su propia casa. Las tres neonazis se irguieron instintivamente. Loba, desde el suelo, sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

La Gallega no se sentó. Se quedó de pie en el centro, obligándolas a todas a mirarla hacia arriba.

—He tenido noticias interesantes —dijo, su voz un susurro cargado de peligro—. Parece que durante vuestra estancia en el otro centro, hubo comunicaciones. Llamadas. Gente que hablaba de más.

Loba sintió que el corazón se le detenía un instante. Forzó su rostro a la inexpresividad.

—Yo controlo todo —continuó la Gallega, paseando la mirada por cada una de ellas—. Tengo funcionarios comprados en media docena de centros. Policías que me deben favores. Hasta jueces que miran para otro lado cuando les interesa. ¿Creéis que una llamada de teléfono puede escapar a mi conocimiento?

El silencio en la celda era absoluto.

—Si alguien llama desde otra cárcel informando sobre mí —dijo la Gallega, y ahora su mirada se posó directamente en Loba—, con datos que sólo una de vosotras conoce, inmediatamente esa información llega a mí.

Loba tragó saliva. Un gesto mínimo, casi imperceptible, pero suficiente.

Helga lo captó al instante. Sus ojos se estrecharon, y una sonrisa fría comenzó a dibujarse en sus labios.

—¿Has estado informando a esas bolleras sobre nuestra alianza? —preguntó, y su voz era un cuchillo.

Loba negó con la cabeza, quizás demasiado rápido.
—No, chicas. De verdad. Yo no he sido. Debe ser un error, o alguien que quiere...

—Cállate —la cortó la Gallega, y su voz no admitía réplica.

Se volvió hacia Helga, Tamy y Sandra.
—Agarradla.

Fue un movimiento coordinado, brutal y eficiente. Tamy se levantó de un salto y sujetó a Loba por los brazos, inmovilizándola contra la pared. Sandra, aunque más débil, ayudó a mantenerla quieta. Helga se acercó lentamente, saboreando el momento.

—No, por favor —suplicó Loba, forcejeando inútilmente—. Yo no he hecho nada. Ha sido un error, os lo juro.

La Gallega observaba impasible, como quien asiste a un espectáculo menor.

—Vamos a ver si te gustan tanto las del club de las cosquillas —dijo, y su sonrisa era puro hielo—. Vamos a comprobar si eres tan amiga de sus métodos.

Entre las tres, y con la supervisión silenciosa de la Gallega, desnudaron a Loba sin contemplaciones. Rasgaron el uniforme, dejándola en ropa interior, temblorosa y vulnerable. Sus protestas se ahogaban en sollozos de pánico.

—A la litera —ordenó Helga.

La tumbaron boca arriba en la litera de abajo. Tamy sujetó sus brazos mientras Sandra, con manos temblorosas pero obedientes, ataba sus muñecas a los barrotes de la cabecera con tiras de sábana. Luego hicieron lo mismo con sus tobillos, dejándola completamente inmovilizada, extendida, expuesta.

Loba yacía allí, en ropa interior, su cuerpo tembloroso bañado en sudor frío. Las lágrimas comenzaban a deslizarse por sus sienes. Sabía lo que venía. 

La Gallega se acercó a la litera y se inclinó sobre ella, su rostro a centímetros del de Loba.

—¿Sabes qué me contaron de ti? —susurró—. Que cuando te hicieron cosquillas la primera vez, odiaste cada segundo. Que lloraste. Que suplicaste. Que fue lo más humillante que habías vivido.

Loba no podía ni hablar. Sólo temblaba.

—Pues ahora vas a descubrir lo que es de verdad la humillación —concluyó la Gallega, enderezándose—. Por creerte que podías jugar a dos bandas.

Se volvió hacia Helga, Tamy y Sandra.
—Hacedla reír hasta que olvide su propio nombre. Hasta que confiese cada palabra que dijo, cada nombre que dio. Y cuando termine, quiero saberlo todo.

Las tres neonazis se acercaron a la litera, sus manos listas, sus ojos brillando con una mezcla de sadismo y venganza. Loba, atada e indefensa, sólo podía mirarlas, su respiración entrecortada por el pánico.

La Gallega se retiró hacia la puerta, pero no se fue. Se apoyó contra el marco, los brazos cruzados, dispuesta a presenciar el espectáculo.

Helga fue la primera en moverse. Sus dedos se posaron en la cintura de Loba, justo donde sabía que era más sensible.

Loba contuvo el aliento, esperando el impacto.

El silencio en la celda 112 era absoluto, roto sólo por los sollozos contenidos de la traidora y la respiración anticipada de sus verdugos.

Loba sintió que el mundo se detenía. Su cuerpo, atado e inmovilizado, era un mapa de vulnerabilidad expuesto a las miradas y, pronto, a los dedos de sus verdugos. El pánico irracional a las cosquillas, ese que había intentado ocultar toda su vida, que la hacía evitar cualquier contacto físico, que la convertía en una persona distante y arisca, ahora era conocido por todas.

Sandra fue la primera en moverse hacia sus pies. Los enormes pies de Loba, de una talla desproporcionada para su cuerpo, estaban ahora indefensos, las plantas pálidas y suaves. Con una lentitud cruel, Sandra comenzó a pasar las uñas por la piel.

Loba lanzó un grito que no era de risa, sino de puro terror. Su cuerpo se tensó como la cuerda de una guitarra, tirando de las ataduras con una fuerza desesperada. Pero no había escape.

—¡NO! ¡POR FAVOR, NO! —aulló, mientras las uñas de Sandra recorrían el arco de su pie derecho.

Tamy no esperó más. Se situó a la altura de sus axilas, esas zonas que sabía hipersensibles, y hundió sus dedos sin contemplaciones. El contacto en esa piel fina y vulnerable arrancó de Loba un sonido extraño, mitad alarido, mitad carcajada frenética.

—¡PARAD! ¡OS LO RUEGO! —gritaba, retorciendo la cabeza de un lado a otro, las lágrimas brotando a chorros.

Helga atacó el torso. Sus dedos, crueles y precisos, se clavaron en el estómago de Loba, trazando recorridos implacables por la piel del vientre, subiendo por las costillas, bajando hacia la cintura. Cada movimiento era una descarga desesperante que sacudía el cuerpo de la víctima.

La combinación era demoledora. Tres ataques simultáneos en sus zonas más sensibles, y Loba, que ya de por sí sentía un pánico irracional a las cosquillas, se vio desbordada por completo.

Su risa, cuando lograba escapar, era frenética, histérica, mezclada con gritos de súplica y llantos desgarrados. Su cuerpo se retorcía en todas direcciones, un torbellino de espasmos incontrolables que hacían crujir la litera. Las ataduras tiraban, enrojecían su piel, pero no cedían.

—¡HABLA, HOSTIA! —rugió Helga sin dejar de atacar—. ¡DI LO QUE LES CONTASTE A ESAS PUTAS!

—¡NO... NO LES CONTÉ NADA! —gritaba Loba entre carcajadas y sollozos—. ¡ES... ES VERDAD!

—¡MENTIRA! —Tamy redobló el ataque en las axilas, usando ahora no solo los dedos sino también soplidos cálidos que hacían aún más insoportable la sensación—. ¡TÚ SIEMPRE HAS SIDO UNA RATA!

Los pies de Loba, bajo las uñas de Sandra, eran un hervidero de nervios a flor de piel. Sus dedos habían encontrado un ritmo implacable: pasaba las uñas desde el talón hasta los dedos, una y otra vez, sin pausa, sin compasión. Cada pasada arrancaba un nuevo alarido de Loba, una nueva sacudida de su cuerpo.

—¡YA NO PUEDO MÁS! —aulló Loba, su voz quebrada, rota—. ¡PARAD, POR FAVOR!

—¿VAS A CONFESAR? —preguntó Helga, deteniéndose un instante.

El silencio fue breve, sólo un par de segundos en los que Loba jadeó, buscando aire. Sus ojos, enrojecidos, miraron a Helga con una mezcla de odio y súplica.

—NO... NO HAY NADA QUE CONFESAR —susurró.

Helga sonrió, una sonrisa gélida.
—Entonces seguimos.

Y las tres reanudaron el ataque con renovada intensidad.

Sandra ahora no sólo usaba las uñas, sino que comenzó a pellizcar suavemente los dedos de los pies de Loba, retorciéndolos ligeramente, provocando una sensación nueva y aún más insoportable. Tamy había descubierto que pasar los dedos muy rápido por la zona justo debajo de las axilas, donde la piel es más fina, producía en Loba convulsiones casi epilépticas. Helga, metódica, exploraba cada centímetro del torso: las costillas, el estómago, los costados, los pechos, encontrando puntos de sensibilidad extrema que hacían gritar a Loba de una forma casi animal.

La celda 112 se llenó de un sonido insoportable: risas frenéticas, gritos de dolor, súplicas entrecortadas, y el rumor de los dedos contra la piel. Loba ya no podía formar frases coherentes. Solo gemidos, carcajadas histéricas, palabras sueltas que no significaban nada.

—¡NO... NOOO... AHHH... JAJAJAJAJAJAJA... POR FAVOR... JAJAJAJAJAJAJA!

La Gallega observaba impasible desde la puerta. Su rostro no mostraba ni satisfacción ni disgusto. Sólo una frialdad absoluta, como quien asiste a un trámite necesario.

Pasaron minutos. Quizás diez, quizás veinte. El tiempo en aquella celda se había vuelto elástico, cruel, infinito.

Helga levantó una mano, y las otras dos se detuvieron. Loba yacía jadeante, bañada en sudor, las lágrimas formando rastros en sus sienes, su rostro una máscara de sufrimiento y agotamiento extremo. Pero aún no había confesado.

—¿Vas a decirlo ahora? —preguntó Helga, inclinándose sobre ella.

Loba la miró, sus ojos vidriosos pero con un destello de algo que podría ser desafío o simplemente el límite de su resistencia.
—No... tengo... nada que... decir —logró articular entre hipidos.

Helga la observó un momento, evaluando. Luego se volvió hacia la Gallega.

La narcotraficante, desde la puerta, mantenía su expresión impasible. Dio un paso adelante, acercándose a la litera. Su presencia helaba incluso a las neonazis.

—Eres más fuerte de lo que pareces —dijo, su voz un susurro peligroso—. O más tonta. Veremos cuánto aguantas.

Miró a Helga, Tamy y Sandra.
—Seguid. Hasta que no pueda más. Hasta que suelte todo lo que sabe.

Helga asintió, y las tres volvieron a colocar sus manos sobre el cuerpo indefenso de Loba.

Loba había perdido la noción del tiempo. Los minutos se estiraban como chicles, cada segundo era una eternidad de cosquillas insoportables. Las manos de Sandra, Tamy y Helga no daban tregua. Relevándose, cambiando de zona, explorando cada centímetro de su piel hipersensible con una crueldad metódica que sólo aumentaba su desesperación.

Los pies, las axilas, el torso, los costados, la cintura, incluso detrás de las rodillas. No había rincón de su cuerpo que no hubiera sido explorado, acariciado, torturado por aquellos dedos implacables. Su risa, si es que aún podía llamarse así, era un ronquido entrecortado, un sonido mecánico que salía de sus pulmones sin que ella pudiera controlarlo, mezclado con sollozos y súplicas ininteligibles.

—Por favor... por favor... —repetía una y otra vez, como un mantra sin esperanza.

Helga se detuvo un momento, observando su obra. El cuerpo de Loba estaba bañado en sudor, las ataduras habían enrojecido sus muñecas y tobillos, y su rostro era una máscara de sufrimiento absoluto. Pero aún no había confesado.

—Eres más terca de lo que pensaba —dijo Helga, casi con admiración—. ¿Qué es peor, Loba? ¿Hablar ahora o seguir así?

Loba no respondió. No podía. Su lengua parecía de trapo, su mente un remolino de sensaciones contradictorias. Pero en el fondo, muy en el fondo, aún quedaba un reducto de lucidez que le susurraba la verdad: si confesaba, la Gallega la mataría. Y si no confesaba, también. La narvo no albergaba dudas. La información que Loba había filtrado a la Hermandad ya era un hecho consumado. Su utilidad como traidora había terminado. Ahora sólo era un ejemplo.

Pero lo peor, lo que helaba la sangre de Loba más que la propia idea de la muerte, era la certeza de que sus últimos momentos, lo último que sentiría antes de dejar este mundo, sería esto: cosquillas insoportables.

El terror en sus ojos debió ser evidente, porque Sandra sonrió al verlo.

—Jider, Loba —dijo, acariciando lentamente la planta de su pie—. ¿No crees que es patético? Admite que eres un sapo y dejaremos de humillarte.

Loba quiso responder, quiso insultarla, quiso escupirle a la cara. Pero lo único que salió de su boca fue una carcajada histérica, seguida de un sollozo.

Tamy atacó de nuevo las axilas, con una intensidad renovada. Sus dedos se hundieron en la piel húmeda y sensible, removiendo, acariciando, torturando. Loba se arqueó contra la cama, un alarido de risa desgarrando su garganta.

—¡NOOO... JAJAJA... POR FAVOOOR... JAJAJA!

Helga se concentró en el torso, trazando círculos lentos alrededor de sus pechos, bajando por el estómago, encontrando ese punto justo debajo del ombligo que hacía que Loba perdiera el poco control que le quedaba. Cada círculo, cada roce, era un nuevo suplicio que sacudía su cuerpo agotado.

Loba ya no podía más. Sus fuerzas se agotaban, su resistencia se desmoronaba. Pero aún así, en algún lugar dentro de ella, una vocecita obstinada se negaba a confesar. No por lealtad a la Hermandad, no por principios. Sólo porque sabía que la confesión no cambiaría nada. Sólo porque quería aferrarse a algo, aunque fuera ese último secreto, en medio del naufragio.

La Gallega se acercó lentamente a la litera. Su presencia helaba incluso a las neonazis, que se apartaron ligeramente para dejarle espacio. Se inclinó sobre Loba, su rostro a centímetros del suyo.

—¿Sabes qué me gusta de esto? —susurró, su voz un hilo de hielo—. Me gusta que tus amigas, esas de la Hermandad, no tienen ni idea de lo que está pasando. Me gusta que mientras ellas ríen y juegan a sus juegos tontos, tú estás aquí, deshaciéndote. Y cuando mueras, nadie sabrá cómo fue. Sólo dirán que la traidora recibió su merecido.

Loba la miró, sus ojos vidriosos pero con un destello de algo que podría ser odio o simplemente el último rescoldo de dignidad.

—Mátame... y acaba... de una vez —susurró entre hipidos.

La Gallega sonrió, una sonrisa lenta y cruel.
—Morirás cuando yo lo decida. Y mientras tanto, seguirás suplicando. Es lo único para lo que sirves.

Se enderezó y miró a las tres neonazis.
—Seguid. No quiero que pare hasta que yo diga.

Helga, Tamy y Sandra asintieron y volvieron a sus puestos. Los dedos reanudaron su danza macabra sobre el cuerpo exhausto de Loba.

Las cosquillas arreciaron de nuevo. Los pies, bajo las uñas de Sandra, eran un tormento continuo. Las axilas, bajo los dedos de Tamy, un infierno de sensibilidad. El torso, bajo las caricias metódicas de Helga, una agonía sin fin.

Loba ya no podía gritar. Su risa era un ronquido apenas audible, su cuerpo se sacudía en pequeños espasmos residuales, sus ojos se cerraban y abrían sin ver. Estaba en algún lugar entre la conciencia y el desmayo, un limbo de sufrimiento del que no podía escapar.

Pero aún no confesaba. Aún no.

La Gallega observaba impasible, esperando. Sabía que la resistencia de Loba tenía un límite. Sólo era cuestión de tiempo.

Las manos de Sandra, Tamy y Helga no daban tregua, relevándose una y otra vez en una coreografía macabra que se prolongaba durante casi una hora. Los pies, las axilas, el torso, los costados, cada centímetro de su piel había sido explorado, acariciado, torturado hasta el límite de lo soportable.

Su risa ya no era risa. Era un ronquido mecánico, entrecortado, que salía de sus pulmones sin control, mezclado con sollozos y palabras sueltas que no formaban frases coherentes. Sus ojos, vidriosos, miraban al techo sin ver. Su mente, sometida a un tormento que desdibujaba las fronteras entre el dolor y el placer, comenzaba a colapsar.

Fue entonces cuando ocurrió.

Las tres neonazis atacaban al unísono sus zonas más sensibles: Sandra con las uñas en las plantas de los pies, Tamy con los dedos hundidos en las axilas, Helga trazando círculos implacables en el torso. La sobrecarga sensorial era total, absoluta, demoledora.

Y de repente, Loba gritó.

No fue un grito de risa, ni un alarido de dolor. Fue algo diferente, un sonido primario, infantil, que no pertenecía a la mujer adulta que yacía en aquella litera.

—¡PAPÁ, NO! —aulló, su voz quebrada, desgarrada—. ¡PAPÁ, PARA, POR FAVOR! ¡NO MÁS COSQUILLAS, AAAAAAAAAHHH!

El silencio cayó sobre la celda como una losa.

Las manos de las tres neonazis se detuvieron en el aire, congeladas. Sandra miró a Tamy, Tamy miró a Helga, y Helga miró a Loba con una expresión que nunca antes había tenido: desconcierto puro.

—¡NO ME TOQUES AHÍ! —siguió gritando Loba, su cuerpo sacudiéndose en espasmos que ya no eran por las cosquillas, sino por algo más profundo, más oscuro—. ¡SIEMPRE EMPIEZA IGUAL! ¡SIEMPRE ACABA DOLIENDO, PAPÁ! ¡NO ME GUSTA!

Las palabras brotaban de ella como un torrente, sin filtro, sin control. La mente, al borde del colapso, había abierto una compuerta que nunca debió abrirse.

—¡MAMÁ NUNCA LO SUPO! —gritó, las lágrimas brotando a chorros—. ¡MAMÁ CREÍA QUE JUGÁBAMOS! ¡PERO TÚ... TÚ ME DECÍAS QUE ERA NUESTRO SECRETO! ¡QUE SI LO CONTABA, NADIE ME QUERRÍA!

Incluso en el frío rostro de la Gallega pareció asomar algo parecido a la sorpresa. Un parpadeo, un ligero fruncimiento de ceño. Algo que en cualquier otra persona sería una mínima expresión, pero en ella era un terremoto.

Helga retiró las manos como si la piel de Loba quemara. Tamy dio un paso atrás, sus ojos muy abiertos. Sandra se quedó inmóvil, la mano aún suspendida en el aire junto al pie de Loba, incapaz de procesar lo que acababa de oír.

Por un momento, en la celda 112, ocurrió algo insólito: las tres neonazis, las mujeres que habían dedicado su vida al odio y la violencia, sintieron algo parecido a la compasión. Una grieta minúscula en su coraza de crueldad. Un destello de humanidad en medio de la oscuridad.

Loba seguía gimiendo, sus palabras perdiéndose en sollozos ininteligibles. Su cuerpo, agotado, se sacudía con pequeños espasmos. Pero ya no reía. Solo lloraba.

La Gallega se movió.

Se asomó hacia la puerta de la celda, entreabriéndola apenas, y con un gesto imperceptible hizo acercarse al funcionario que siempre estaba a su disposición. El hombre, de rostro cansado y mirada huidiza, se acercó.

—Saca a la negra de aislamiento —ordenó la Gallega en un susurro—. Ahora.

El funcionario asintió y se alejó pasillo abajo, sus pasos perdiéndose en la distancia.

Las neonazis, aún conmocionadas, vieron cómo la Gallega se volvía hacia la celda. Su rostro había recuperado la máscara de hielo, pero en sus ojos brillaba algo nuevo: una decisión irrevocable.

Con un movimiento rápido, casi invisible, sacó algo de su bolsillo. Era un destornillador  de punta plana, envuelto en un pañuelo sucio para no dejar huellas.

—Ya está bien de tonterías —dijo.

Y entonces, antes de que nadie pudiera reaccionar, antes de que las neonazis pudieran procesar lo que estaban viendo, la Gallega se inclinó sobre Loba y clavó el destornillador en su cuello.

Una vez. Dos veces. Tres.

La sangre brotó, oscura y espesa, tiñendo el cuello de Loba, el colchón, las manos de la Gallega. Un sonido húmedo, grotesco, llenó la celda.

Loba abrió los ojos de par en par. Por un instante, su mirada se encontró con la de Helga, y en ella no había odio, ni miedo, sólo una especie de confusión extraña, como si no entendiera qué estaba pasando. Luego sus ojos se vidriaron, su cuerpo se tensó un segundo y se relajó para siempre.

La Gallega se enderezó, dejando caer el destornillador al suelo con un ruido metálico. La sangre goteaba de sus manos, pero ella no parecía notarlo. Miró a las tres neonazis, que estaban petrificadas, sus rostros pálidos como la cera.

Helga tragó saliva. Quiso decir algo, pero las palabras no le salían.

La Gallega la miró, y en sus ojos de acero no había ni un ápice de duda.
—Limpia esto —ordenó, señalando el destornillador en el suelo.

Salió de la celda sin mirar atrás, dejando tras de sí el olor a sangre, el silencio denso, y a tres mujeres que por primera vez en mucho tiempo no sabían qué sentir.

Helga miró a Tamy. Tamy miró a Sandra. Las tres miraron el cuerpo inerte de Loba, sus ojos abiertos, su cuello destrozado, la sangre que seguía empapando el colchón.

La narco ordenó salir a las tres neonazis, que seguían estupefactas.

Pasaron unos minutos. Quizás cinco, quizás diez. El tiempo en el módulo se había vuelto elástico, deformado por la tensión.

Entonces, el sonido de pasos. Dos pares. 

Aminata apareció en el umbral de la celda 112, escoltada por el funcionario. La joven senegalesa parpadeó, deslumbrada por la luz del pasillo tras una semana en aislamiento. Su pelo, antes cuidadosamente trenzado, estaba revuelto, sucio. Sus ojos, negros e intensos, tenían ese brillo confuso de quien ha pasado demasiado tiempo a solas con sus pensamientos.

—¿Qué...? —comenzó a decir, pero la Gallega la empujó suavemente hacia el interior.

La celda estaba en penumbra, iluminada solo por la tenue luz que entraba por la ventana alta. Y en la litera, el cuerpo inerte de Loba, con los ojos abiertos, el cuello destrozado, la sangre aún fresca empapando el colchón.

Aminata se quedó paralizada. Su mente, aún lenta por los días de aislamiento, tardó varios segundos en procesar lo que sus ojos veían.

—Coge el destornillador —ordenó la Gallega, su voz un susurro helado.

Aminata la miró, sin comprender.
—¿Qué?

—EL DESTORNILLADOR —repitió la Gallega, señalando el suelo—. Cógelo. Ahora.

En el suelo, junto a la litera, yacía el arma homicida, manchada de sangre, envuelta en un pañuelo sucio.

Aminata, aturdida, obedeció. Se agachó y tomó el destornillador con manos temblorosas. La sangre aún estaba húmeda, pegajosa. La sintió en sus dedos y un escalofrío le recorrió la espalda.

—¿Qué es esto? —preguntó, su voz apenas un susurro—. ¿Qué ha pasado?

Pero la Gallega ya no estaba. Había salido de la celda tan silenciosamente como había entrado, y ahora corría por el pasillo, sus pasos resonando en el cemento.

—¡AYUDA! —gritó, su voz rasgando el silencio del módulo—. ¡QUE VENGA ALGUIEN! ¡HAY UNA MUERTA!

Aminata se quedó inmóvil, el destornillador ensangrentado en la mano, mirando el cuerpo de Loba. Las piezas comenzaron a encajar en su mente, lentamente, terriblemente. La Gallega la había sacado del aislamiento. La había traído aquí. Le había ordenado coger el arma. Y ahora gritaba, llamando la atención.

Ella. La negra. La violenta. La que ya tenía un expediente por agredir a las neonazis. La que había pasado una semana en aislamiento por ello. La nueva, la desconocida, la que no tenía aliados en este módulo.

La iban a acusar de haber matado a Loba.

El destornillador pesaba en su mano como un pedazo de plomo. La sangre goteaba lentamente al suelo, formando un pequeño charco a sus pies. Los gritos de la Gallega se acercaban, mezclados ahora con otras voces, con pasos apresurados, con el caos que se avecina.

Aminata miró a Loba. Sus ojos abiertos, vacíos, parecían mirarla fijamente. En ellos no había acusación, solo el vacío eterno de la muerte.

—No he sido yo —susurró Aminata, pero las palabras sonaron huecas, inútiles.

Los pasos estaban cada vez más cerca. En cuestión de segundos, la celda se llenó de funcionarios, de reclusas curiosas, de acusaciones.

Y ella estaba allí, de pie, con el arma homicida en la mano.


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