LA CONDENA - Episodio 44: Begoña


El sonido del furgón era rítmico, casi hipnótico, pero no lograba calmar el torbellino dentro de Kiara. Iba esposada, los brazos apoyados sobre el regazo, la cabeza gacha. A su lado, una agente de policía de mediana edad miraba por la ventanilla con aire aburrido, el subfusil apoyado entre sus piernas como quien sostiene un bolso incómodo.

Todo había pasado demasiado rápido.

El revuelo del apagón, los vítores cuando volvió la luz, los funcionarios corriendo de un lado a otro intentando controlar el desorden. Y en medio de aquello, una funcionaria había aparecido en la celda con un papel en la mano.

—Rubia, recoge tus cosas. Traslado. Ahora.

No hubo tiempo para más. Ana la había mirado con una expresión que Kiara no supo descifrar del todo. Sorpresa, sí. Rabia contenida. Y algo más, algo que parecía una pregunta sin formular: ¿Volveremos a vernos?

—Voy a salir de aquí —le había susurrado Ana al oído, en el pasillo, mientras la funcionaria revisaba los grilletes—. Cuando lo haga, buscaré a la Gitana. Y cuando encuentre la manera de hacer lo que te conté... tú estarás ahí, ¿verdad?

Kiara había asentido, sin palabras, mientras las esposas se cerraban en sus muñecas.

La morena alta, la de dedos de araña, le había tocado el hombro al pasar. La bajita rolliza le había lanzado un beso exagerado. Y la rubia callada, simplemente, había sostenido su mirada un segundo más de lo necesario, como sellando un pacto silencioso.

Rocío, desde el fondo del pasillo, la había visto partir con una sonrisa torcida. No dijo nada, pero su expresión lo decía todo: adiós, amenaza.

Y ahora Kiara estaba aquí, en este furgón anónimo, viendo cómo los muros del centro que la había acogido se alejaban por la ventanilla trasera.

—¿Adónde vamos? —preguntó, la voz rasposa.

La agente la miró con fastidio, como si hablar con reclusas estuviera por debajo de ella.

—A tu centro penitenciario. Por lo visto ya han arreglado los daños de la inundación. Vuelves con las tuyas.

Las tuyas.

Kiara no supo si sentirse aliviada o desgarrada. Sí, volvía con Elisa, con Alba, con Carlota, con la Gitana. Pero dejaba atrás algo que apenas había comenzado. Una semilla recién plantada. Una hermandad incipiente. Y a Ana.

Miró por la ventanilla. El cielo gris se extendía infinito. En su mente, aún sentía el calor de los labios de Ana en sus pies, el cosquilleo de sus dedos en el vientre, la risa compartida en la oscuridad.

—¿Estás llorando? —preguntó la agente, con un dejo de curiosidad.

Kiara pasó la lengua por sus labios secos. Negó con la cabeza, pero no apartó la vista de la ventana.

—Polvo —mintió—. Llevo tres días sin ver la luz.

La agente resopló y volvió a su ensimismamiento. El furgón siguió su marcha, devorando kilómetros, alejando a Kiara de un mundo que apenas había empezado a conocer para devolverla a otro que la esperaba con los brazos abiertos... y con un vacío nuevo que no sabía cómo llenar.

En su pecho, dos hogares tiraban de ella en direcciones opuestas. 

El silencio se apoderó del pequeño espacio durante el resto del viaje.
El rugido del motor del furgón había sido durante horas un sonido monótono y casi reconfortante, un recordatorio de que el mundo seguía girando aunque ella estuviera esposada y en tránsito entre dos mundos. Pero de repente, el vehículo frenó con brusquedad, haciendo que Kiara se tambaleara contra el hombro de la agente.

—¿Qué coño pasa ahora? —refunfuñó la policía, asomándose a la pequeña rejilla que comunicaba con la cabina—. ¿Por qué paramos?

Desde delante, la voz del conductor llegó tensa, filtrándose por el metacrilato.

—Una protesta. Han cortado la carretera. 

—¿Y no nos han avisado por radio? —preguntó la agente, su mano yendo instintivamente hacia el arma.

—No hay cobertura de radio, no sé si son ellos o qué, pero no responde nadie.

Kiara miraba de uno a otro, sin entender. Ella solo quería llegar a su celda, ver a Elisa, recomponer los pedazos de su vida. Pero algo en el ambiente había cambiado. El aire fuera del furgón, que antes era soloy carretera y campo, ahora vibraba con gritos lejanos.

Entonces alguien golpeó la chapa lateral. Un golpe seco, metálico, que hizo saltar a la agente.

—¿Estáis con el Amanecer Nacional? —gritó una voz ronca desde fuera, seguida de risas.

La agente no respondió. Su cara, antes aburrida, estaba ahora pálida. Sus dedos tamborileaban sobre el subfusil.

—No contestes —susurró al conductor—. Sigue recto si puedes.

—No puedo, hay gente...

El sonido de los disparos fue lo siguiente. Tres detonaciones secas, seguidas de un cristal que estalla y un grito ahogado desde la cabina. El conductor pegó un volantazo instintivo y el furgón comenzó a dar marcha atrás a toda velocidad, el motor rugiendo en reversa. Kiara y la agente rodaron por el suelo del habitáculo, un amasijo de esposas, uniformes y metal.

—¡José Luis! —gritó la agente hacia la cabina—. ¡¿Estás bien?!

Silencio. Luego, la voz rota del conductor:

—¡Le han dado a Carlos! ¡Está sangrando! ¡Y no contesta la puta radio, joder, no contesta nadie!

Desde el suelo, Kiara vio cómo la agente intentaba ponerse en pie, el arma temblándole en las manos. Fuera, los golpes en la chapa continuaban, más insistentes, más furiosos. Y los gritos, cada vez más cerca.

Pasaron varios minutos de silencio tenso. La agente, aún pálida, se giró hacia Kiara y la miró. La reclusa tenía los ojos abiertos como platos, perdida.

—¿Te encuentras bien? —preguntó la agente, con un tono que sorprendió a ambas — Ponte el cinturón de seguridad.

Kiara obedeció, abrochándose cómo podía con las esposas puestas mientras respondía.

—Yo... sí. Creo. —Tragó saliva—. ¿Qué ha sido eso? ¿Qué está pasando?

La agente dudó un momento. Luego suspiró, frotándose la cara con la mano libre.

—Es complicado. —Hizo una pausa, ordenando ideas—. El partido Amanece ha iniciado algo que llaman el "Amanecer Nacional". Hay grupos ultras de extrema derecha metidos. Han saboteado ferrocarriles, promovido huelgas... incluso ha habido atentados en varios edificios.

—¿Atentados? —Kiara sentía que hablaba otro idioma—. ¿Y por qué?

—Protestan por la caída del gobierno. Aprovechan el descontento por la gestión de las inundaciones, el apagón, todo eso. La gente está harta y ellos... ellos pescan en río revuelto.

—¿Y nadie hace nada? —preguntó Kiara, con una mezcla de incredulidad e indignación.

La agente soltó una risa amarga.

—Hay militares, jueces, compañeros nuestros metidos hasta el cuello. Se han hecho demasiado fuertes. Han conseguido apoyo, financiación... y mientras el gobierno provisional intenta poner orden, ellos actúan. Además...
No pudo terminar la frase.

El golpe seco en el lateral de la parte frontal del furgón fue como naa mano gigante golpeando una lata. El mundo se inclinó violentamente. Kiara sintió que su cuerpo dejaba de pesar, que el cinturón de seguridad la clavaba al asiento mientras todo a su alrededor giraba. El metal rechinaba, los cristales explotaban en mil pedazos, y el ruido era una bestia que lo devoraba todo.

Una vuelta. Dos vueltas. Tres.

El furgón era una centrifugadora gigante. Kiara cerró los ojos, agarrada instintivamente al asiento, sintiendo cómo su cabeza golpeaba algo blando —el hombro de la agente— y luego algo duro —el panel de la puerta—.

Y entonces, el silencio.

Boca abajo. Colgando. El mundo al revés.

Kiara parpadeó. La sangre le resbalaba por la frente, caliente y pegajosa, llenándole el ojo izquierdo. Parpadeó de nuevo, tratando de enfocar. A su lado, la agente colgaba también, pero su brazo derecho colgaba en un ángulo antinatural, el codo doblado donde no debía doblarse. Tenía la cara desencajada, mordiéndose el labio para no gritar.

—¿Estás bien? —preguntó Kiara, la voz ronca.

La agente la miró, los ojos vidriosos por el dolor.

—El brazo no... no está bien —jadeó—. ¿Tú?

—Me duele la cabeza.

Pasos. Fuera, sobre los cristales rotos. Varias personas. Voces roncas, nerviosas.

—¿Están muertos?

—El conductor parece que se mueve.

Un disparo. Uno solo, seco, definitivo. El cuerpo de la agente se tensó, y su mano izquierda, temblorosa, buscó el arma que había caído cerca. La encontró, la sujetó con dedos torpes, apuntando a la puerta trasera.

— Ponte detrás de mí. No te muevas —susurró—. Respira bajo.

Kiara asintió, conteniendo el aliento. La sangre seguía cayendo, goteando ahora sobre el techo abollado del furgón. Las voces se acercaron a la parte trasera.

La agente flexionó los dedos sobre el gatillo. Kiara cerró los ojos, esperando el fogonazo, el ruido, el fin.

Pero no pasó nada.

Los pasos que se alejaban. Voces que se perdían en la distancia.

El silencio volvió, roto solo por el goteo de algún líquido del motor y los latidos de sus corazones, demasiado fuertes, demasiado vivos.

La agente exhaló un temblor, bajando el arma. Su brazo roto colgaba inerte, pero su mano izquierda seguía aferrada al arma.

—Se han ido —murmuró, incrédula—. Se han ido, joder.

Kiara abrió los ojos. Colgaban boca abajo, una reclusa y una policía, unidas por el metal retorcido y el terror compartido.

—Gracias —dijo Kiara de repente.

La agente la miró, confundida.

—¿Por qué?

—Por decirme que me pusiera el cinturón. 

La agente no respondió. Solo desvió la mirada hacia la puerta cerrada, el arma aún en su mano temblorosa. Afuera, el caos continuaba. Pero dentro del furgón volcado, dos enemigas naturales compartían un instante de tregua en el infierno.

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El atardecer había caído sobre ellas como un manto pesado y frío. Durante horas, Kiara y la agente permanecieron colgadas boca abajo en el furgón volcado, sin atreverse a moverse, conteniendo la respiración cada vez que un ruido lejano se acercaba. Los disturbios se habían ido apagando con el paso de las horas, y el silencio, un silencio denso y casi irreal, se había instalado por fin.

—Creo que ya no hay nadie —susurró la agente, su voz ronca por la sed y el dolor.

Kiara asintió, aunque el gesto apenas era visible en la oscuridad.

—Vamos a intentarlo.

Salir del furgón volcado fue una odisea torpe y dolorosa. La puerta trasera, abollada pero funcional, cedió tras varios empujones. Cayeron al suelo, un talud de tierra y maleza que amortiguó el golpe. Kiara sintió la sangre seca pegada a su cara, el latido de la brecha en la frente, pero también sintió el aire fresco de la noche, el más limpio que había respirado en años.

Se incorporaron, mirando a su alrededor. El furgón había caído ladera abajo, un montón de chatarra humeante en la cuneta de una carretera secundaria que parecía desierta. A lo lejos, tal vez a un kilómetro, una edificación. Una gasolinera que parecía abandonada.

—Allí —señaló Kiara—. Podemos refugiarnos.

Echaron a correr. O más bien, a tropezar. La agente corría con el brazo roto pegado al cuerpo, ahogando gemidos con cada paso. Kiara, mareada por el golpe en la cabeza y las horas colgada, sentía que las piernas no le respondían del todo. Pero siguieron. No tenían otra opción.

La gasolinera, cuando llegaron, era un esqueleto de cemento y metal oxidado. Los cristales de la tienda estaban llenos de graffiti, los estantes vacíos, las puertas selladas con tablones. Pero una ventana lateral, en la zona de los lavabos, ofrecía una entrada posible. Kiara trepó primero, ayudando luego a la policía a pasar con cuidado de su brazo.

Dentro, el olor era a horrible, a humedad y a abandono. La luz de la luna se filtraba por los cristales rotos, creando sombras alargadas. Se sentaron en el suelo, apoyadas contra la pared de azulejos sucios, recuperando el aliento.

La agente, jadeando, buscó algo en su cinturón. Unas llaves pequeñas, un juego de esposas. Miró a Kiara.

—Acércate.

Kiara obedeció, extendiendo las manos esposadas. El clic del mecanismo al abrirse fue el sonido más liberador que había escuchado en mucho tiempo. Se frotó las muñecas, sintiendo el alivio de la piel libre.

Luego miró el brazo de su liberadora. Colgaba en ese ángulo imposible, la hinchazón evidente incluso en la penumbra.

—¿Me dejas? —preguntó Kiara.

Ella la miró, confundida.

—¿Dejarte el qué?

—He visto hacerlo unas cuantas veces. En la cárcel, ya sabes, caídas, peleas... La Gitana sabía de estas cosas. Si no lo colocamos ahora, luego va a doler más y va a soldar mal.

La policía dudó. Sus ojos, acostumbrados a desconfiar de las reclusas, luchaban contra la necesidad.

—¿Sabes lo que haces?

—No. Pero he visto hacerlo. Y confía en mí, duele menos si se hace rápido.

Otro segundo de duda. Luego asintió, apretando la mandíbula.

—Hazlo.

Kiara se colocó a su lado, palpando con cuidado el brazo. La policía contuvo el aliento, los músculos del cuello tensos como cables. Kiara localizó el punto, la desviación del hueso. Respiró hondo.

—A la de tres. Una... dos...

El tirón fue seco, preciso. El hueso volvió a su sitio con un ruido sordo que ambas sintieron más que oyeron. Y entonces ella gritó. Un alarido desgarrador que llenó la gasolinera abandonada y se perdió en la noche, llevándose consigo horas de dolor contenido.

Se quedó temblando, lágrimas cayendo por su rostro, pero el brazo ya tenía un aspecto más natural. Kiara rasgó un trozo de una sábana, haciendo un cabestrillo improvisado.

—Ya está —susurró—. Ya pasó.

La agente de policía respiró hondo varias veces, secándose las lágrimas con la mano buena. Miró a Kiara con una expresión nueva, difícil de definir.

—No me has dicho tu nombre —dijo Kiara, rompiendo el silencio incómodo.

La policía la miró un largo momento. Luego, algo en su rostro se suavizó.

—Me llamo Begoña.

Kiara asintió lentamente. 

El pequeño almacén olía a polvo y a gasolina vieja, pero era un refugio. Necesitaban esconderse hasta poder establecer contacto de nuevo.

Habían encontrado unas mantas apolilladas en un armario metálico y las habían extendido en el suelo, creando una improvisada cama. La luz del atardecer se colaba por una claraboya sucia, pintando el espacio de una penumbra dorada.

Begoña estaba sentada, apoyada contra la pared, con el brazo en cabestrillo. Respiraba hondo, intentando asimilar todo lo que había pasado. Kiara se movía inquieta, rebuscando en cajones, buscando algo útil.

—Oye —dijo Begoña, con voz cansada—. ¿Me ayudas a quitarme las botas? No puedo con una sola mano.

Kiara se acercó y se arrodilló frente a ella. Fue desatando los cordones con cuidado, deslizando una bota primero, luego la otra. Al quitar el calcetín, vio una mancha oscura.

—Espera, tienes sangre.

Begoña se inclinó para mirar.

—Deben ser cristales. Con el shock, no sentí nada.

Kiara encontró un botiquín oxidado colgado en la pared. Milagrosamente, contenía gasas, betadine y esparadrapo. Volvió a arrodillarse, tomó el pie de Begoña con suavidad y examinó la herida. Un corte pequeño pero limpio en la planta, justo en el arco. Limpió la sangre, aplicó el antiséptico y vendó con cuidado.

—Ya está —dijo, levantando la vista.

Y entonces se quedó mirando los pies de Begoña. Eran pies normales, de mujer que ha usado botas toda su vida, con los dedos bien alineados a pesar del calzado, los empeines marcados por venas finas, la piel más clara que en el resto del cuerpo. Y sonrió. Una sonrisa que empezó pequeña y se fue ensanchando.

Begoña la observó, extrañada.

—¿Pasa algo?

—Nada —respondió Kiara, negando con la cabeza, pero sin dejar de sonreír—. Un pensamiento intrusivo.

—¿Qué pensamiento? —preguntó Begoña, arqueando una ceja.

Kiara levantó la mirada, sus ojos verdes brillando con picardía.

—Siempre me he preguntado si los maderos tenéis cosquillas.

Y antes de que Begoña pudiera reaccionar, sus dedos se movieron rápidos sobre la planta del pie descalzo.

Begoña pegó un respingo, apartando el pie como si le hubiera dado una descarga.

—¡Oye! —protestó, pero ya una risa nerviosa se le escapaba.

—¿Tienes? —Kiara inclinó la cabeza, triunfante—. Sí que tienes.

Volvió a atacar, esta vez con más suavidad, acariciando el arco con las yemas. Begoña se retorció, intentando apartar el pie con la pierna buena, pero sin fuerza, agotada, y sobre todo, riendo. Una risa baja, ronca, de alguien que no está acostumbrada a reírse.

—¡Para, joder, que estoy de servicio! —alcanzó a decir entre carcajadas.

Begoña, con un último esfuerzo, logró liberar su pie y, con un movimiento rápido, atacó el costado de Kiara con su mano buena. Sus dedos encontraron la cintura justo donde la camiseta se había levantado.

—¿Y las quinquis delincuentes? —preguntó Begoña, con una sonrisa desafiante—. ¿Tenéis cosquillas?

Kiara soltó una carcajada clara y cristalina, doblando el cuerpo sobre sí misma.

—¡Policía! —gritó entre risas—. ¡Trampa, trampa!

Rodaron un poco sobre las mantas, una lucha torpe de manos y risas, cuidando el brazo herido de Begoña, encontrando puntos débiles. Cuando finalmente se detuvieron, jadeando, las dos miraban el techo sucio de la gasolinera, compartiendo el mismo aire, el mismo silencio cómplice.

—No se lo cuentes a nadie —dijo Begoña, aún sonriendo—. Si mis compañeros se enteran de que he tenido una guerra de cosquillas con una reclusa...

Kiara giró la cabeza para mirarla.

—¿Qué? ¿Te expulsan del cuerpo?

—Peor. Se mofan de mí hasta la jubilación.

Kiara sonrió, apoyando la cabeza en el brazo sano de Begoña.

—Tu secreto está a salvo conmigo, maderita.

Begoña resopló, pero no apartó el brazo. Afuera, la noche seguía siendo hostil y el país se desangraba. Pero dentro de aquel almacén abandonado, dos enemigas naturales habían encontrado un rincón donde reír. Por ahora, era suficiente.

El ambiente en el pequeño almacén había pasado del agotamiento tenso a una calma extraña, salpicada de risas. Kiara, tumbada de lado sobre las mantas, miró a Begoña. La policía estaba apoyada contra la pared, el brazo en cabestrillo, pero con una expresión más relajada de lo que había tenido en todo el día.

—Gracias por confiar en mí —dijo Kiara, en serio.

Begoña la miró con una ceja arqueada. Una sonrisa torcida se dibujó en sus labios.

—¿Quién ha dicho que confío en ti, pedazo de quinqui?

Kiara soltó una carcajada. Se incorporó ligeramente, apoyándose en un codo, y señaló con la barbilla un rincón del almacén.

—Te has dejado el arma reglamentaria ahí.

El subfusil descansaba apoyado contra una caja de madera, a menos de dos metros de Kiara. Un camino despejado. Tres zancadas, quizá cuatro.

Begoña siguió su mirada y luego volvió a Kiara. No hizo ademán de levantarse. En su lugar, su sonrisa se ensanchó.

—Aún con el brazo así —dijo con una calma desafiante—, no tendrías nada que hacer.

Kiara sintió que la sangre le hervía. No de miedo, sino de ese picor competitivo que siempre la había metido en problemas.

—¿Ah, no? —Se incorporó del todo, lista para probarlo—. A que...

No terminó la frase. El mundo se inclinó.

Begoña se movió con una rapidez que su brazo herido no hacía presagiar. Su pierna buena barrió el apoyo de Kiara, y en una fracción de segundo, Kiara estaba boca arriba en el suelo, con Begoña a horcajadas sobre su cadera, sus dos muñecas atrapadas en un único y firme agarre de la mano buena de la policía.

Kiara parpadeó, intentando procesar lo que acababa de pasar. Estaba inmovilizada. Completamente.

—Te lo dije —susurró Begoña, inclinándose ligeramente—. Nada que hacer.

Estaban muy cerca. La respiración de Begoña, apenas acelerada por el esfuerzo, le rozaba la mejilla. La luz de la luna dibujaba sombras en su rostro, y sus ojos, antes duros, tenían un brillo nuevo. Kiara sintió que el corazón se le aceleraba por una razón completamente distinta al forcejeo.

Los labios de Begoña estaban ahí, a unos centímetros. Kiara casi podía sentir su calor. Un segundo más y...

Begoña soltó sus muñecas.

Pero no para levantarse. Sus dedos encontraron el costado de Kiara, justo donde la camiseta se había arremolinado, y atacaron con una precisión diabólica.

—¡HIJA DE PUTA! —gritó Kiara, atrapada entre la indignación y la risa que ya empezaba a brotar—. ¡ESO ES TRAMPA!

—¿Trampa? —La voz de Begoña era un susurro burlón mientras sus dedos bailaban sobre sus costillas—. Esto se llama mantener el orden público.

Kiara se retorcía, intentando liberarse, pero Begoña la mantenía sujeta con su peso. Las carcajadas brotaban imparables, mezcladas con insultos que no tenían ningún veneno.

—¡Ja-ja-ja... hija de... ja-ja-ja... Me cago en tu prima! 

—Bonito lenguaje para alguien que está a mi merced —respondió Begoña, cambiando el ataque a la cintura.

Kiara se retorcía de risa, pateando las mantas, sin aliento para seguir insultando. Solo quedaban risas, jadeos y el sonido de dos mujeres que, por un momento, olvidaban el caos del mundo exterior.

Cuando Begoña finalmente se detuvo, Kiara yacía jadeando, mirando el techo con los ojos llorosos.

—Eres... la peor... persona... que conozco —logró decir entre risas.

Begoña, aún sentada sobre ella, sonrió desde arriba.

—Y tú la quinqui más fanfarrona que he conocido.

Kiara sintió el peso de Begoña sobre ella, la calidez de su cuerpo a horcajadas, la mirada de la policía fija en la suya con ese brillo desafiante. 

—¿Tan dura te crees que eres? —susurró Kiara, con una sonrisa lenta—. Déjame ponerte a prueba.

Begoña arqueó una ceja, curiosa.

—¿A qué te refieres?

—Tú solo déjate.

Begoña dudó un instante. Luego, con un movimiento calculado, se inclinó hacia atrás, sentándose sobre los muslos de Kiara, liberando sus muñecas pero manteniendo la posición dominante. Un gesto de confianza, o quizá de desafío.

—Adelante —dijo—. Pero no te confundas, rubia. Voy armada.

Kiara se incorporó ligeramente, apoyada en los codos. Sus manos, libres ahora, encontraron el uniforme de Begoña. Los botones cedieron uno a uno con pequeños chasquidos en el silencio de la gasolinera. Separó las solapas de la camisa, dejando al descubierto la camiseta interior, blanca, ajustada. Con cuidado, casi con reverencia, deslizó sus dedos bajo el borde y levantó la tela, revelando el vientre desnudo.

La piel de Begoña era pálida a la luz de la luna, lisa, con una suave línea de vello que descendía desde el ombligo. Kiara contuvo el aliento un momento, admirando el contraste entre la dureza de su oficio y la vulnerabilidad de ese cuerpo ahora expuesto.

—A ver lo que eres capaz de soportar —murmuró.

Y comenzó.

Sus dedos, las yemas apenas, se posaron sobre el vientre de Begoña justo a la altura del ombligo. No fue un ataque, sino una caricia lenta, deliberada, el movimiento pausado de una araña explorando terreno desconocido. Círculos diminutos, hipnóticos, sobre la piel tensa.

Begoña contuvo el aliento. Sus abdominales se contrajeron instintivamente, marcándose bajo la piel. Apretó los labios, formando una línea fina. Sus ojos, fijos en los de Kiara, luchaban por mantener la compostura.

Kiara sonrió, sintiendo la tensión bajo sus dedos.

—¿Ya? —susurró—. Apenas te he tocado.

Sus yemas se deslizaron hacia un lado, trazando un camino lento por el costado del abdomen. Begoña emitió un sonido ahogado, algo entre un gruñido y una risa contenida. Su cuerpo se movió ligeramente, un intento de escapar, pero no rompió la posición.

—No te muevas —susurró Kiara, con fingida autoridad—. Esto es una prueba, ¿recuerdas?

Begoña la fulminó con la mirada, pero obedeció. Sus manos, la buena y la del brazo en cabestrillo, se aferraron a sus propios muslos, buscando un anclaje.

Kiara continuó. Sus dedos subieron ahora, lentamente, bordeando las costillas. Allí, donde el hueso se encuentra con la carne, aplicó una presión aún más ligera, un roce casi etéreo que hacía cosquillas solo con la amenaza del contacto. Begoña cerró los ojos un instante, respirando hondo por la nariz. Un temblor recorrió su cuerpo, una lucha interna entre el control y la rendición.

—Estás temblando —observó Kiara, con una voz baja y juguetona—. ¿Seguro que eres tan dura?

—Cállate —respondió Begoña entre dientes, pero su voz falló al final, quebrada por una media risa que no pudo contener del todo.

Kiara rió suavemente, triunfante. Sus dedos volvieron al centro del vientre, dibujando espirales cada vez más lentas, más hipnóticas. Begoña apretó la mandíbula, sus ojos vidriosos, su respiración cada vez más agitada.  

—Dime cuándo quieres que pare —susurró Kiara, sus dedos deteniéndose justo encima del ombligo, inmóviles, en una tregua peligrosa.

Begoña abrió los ojos. Su mirada, antes desafiante, era ahora un mar revuelto. Miró a Kiara, a sus ojos verdes brillando en la penumbra, a sus labios entreabiertos, a sus manos detenidas sobre su piel.

—No... —la voz se le quebró—. No he dicho que quiera que pares.

Kiara sonrió lentamente. Y sus dedos volvieron a moverse.

El vientre de Begoña era un territorio de contrastes: la piel suave, casi infantil, abdominales marcados por años de formación y servicio. Kiara se inclinó sobre él como quien se acerca a un altar pagano. Sus labios encontraron la piel justo al lado del ombligo, y depositaron un beso lento y húmedo.

Begoña cerró los ojos.

Su cabeza cayó hacia atrás, el cuello dibujando una línea tensa bajo la luz de la luna. Los dedos de su mano buena se aferraron a su propio muslo con fuerza. Una respiración profunda, controlada, que quería ser serena pero temblaba en los bordes.

Kiara besó de nuevo. Y otra vez. Un rastro de besos que descendía en espiral alrededor del ombligo, cada uno un pequeño latido caliente sobre la piel fría. Begoña mordió su labio inferior, sus fosas nasales dilatadas en el esfuerzo por mantener la compostura. Las cosquillas en cada beso, en la humedad que quedaba tras ellos, en la anticipación de lo que vendría después.

—Aguanta —susurró Kiara contra su piel, la voz vibrando—. A ver esa dureza de las fuerzas del orden.

Y entonces sus labios se desplazaron.

Dejaron el vientre y encontraron el flanco derecho, justo donde las costillas se vuelven sensibles, donde la carne es poca y los nervios están cerca de la superficie. No fue un beso. Fue un mordisco suave seguido de un soplido cálido.

Begoña perdió la batalla.

La risa estalló de sus labios, involuntaria, desbordada, un sonido ronco y agudo a la vez que parecía sorprenderla a ella misma. Su cuerpo se arqueó, intentando escapar, pero Kiara la sujetó por la cadera con una mano, manteniéndola en su sitio.

—¡La madre que..., ja-ja-ja, hija de puta! —gritó entre carcajadas, olvidado ya cualquier protocolo, cualquier distancia profesional.

Kiara rió con ella, pero no cesó. Sus labios encontraron la axila a través de la tela, luego el otro costado, luego el borde inferior de las costillas. Begoña se retorcía, su risa llenando el pequeño almacén, un sonido catártico que limpiaba el aire de horas de terror y tensión.

Cuando Kiara se detuvo, Begoña jadeaba, mirando el techo, lágrimas en los ojos.

—Eres... lo peor... —alcanzó a decir.

Kiara sonrió, triunfante. Pero no había terminado.

Sus ojos encontraron los pies de Begoña, descalzos aún desde que le había curado la herida. Se movió con lentitud, arrastrándose sobre las mantas hasta situarse frente a ellos. Tomó el tobillo del pie que estaba sin vendar con suavidad, levantando la pierna, y se llevó el pie a los labios.

Begoña se incorporó ligeramente, apoyada en el codo sano, mirando con una mezcla de incredulidad y anticipación.

—¿Qué haces?

Kiara no respondió. Sus labios besaron el empeine, la piel fina donde las venas dibujaban mapas azules bajo la superficie. Luego la lengua, caliente y húmeda, trazó un camino lento desde el tobillo hasta el nacimiento de los dedos.

Begoña contuvo el aliento.

La sensación era indescriptible. Había cosquillas, sí, un cosquilleo eléctrico que le recorría la pierna y le encogía el estómago. Pero también había algo más, algo que no sabía nombrar, un calor que se extendía desde el pie hacia arriba, que le aflojaba los músculos y le nublaba la razón.

—Kiara... —su voz era un susurro roto.

Kiara introdujo el dedo gordo de Begoña en su boca, succionando suavemente. La lengua jugueteó alrededor, luego descendió al espacio entre los dedos, lamiendo allí donde la piel es más sensible.

Begoña soltó una risa nerviosa, entrecortada, que se mezclaba con jadeos más profundos. Su cuerpo se retorcía sobre las mantas, pero no apartaba el pie. No quería apartarlo. La mano buena se aferró a su propio muslo de nuevo, buscando un anclaje en medio del naufragio.

La lengua de Kiara encontró la planta. Describió círculos lentos sobre el arco, luego pasó la punta justo por el centro, donde la piel es más suave. Begoña arqueó la espalda, una risa aguda escapando de sus labios mezclada con algo que parecía un gemido.

—¡Dios, eso... ja-ja-ja... eso es... Uffff...!

No podía terminar las frases. Cada paso de la lengua era una batalla perdida, un nuevo territorio de sensaciones que su cuerpo no sabía procesar. Las cosquillas le crispaban los dedos de los pies, pero el placer le relajaba todo lo demás, un contrapunto imposible que la tenía suspendida en algún lugar entre la risa y el éxtasis.

Kiara levantó la vista, sus ojos verdes brillando en la penumbra, y sonrió contra la piel de Begoña antes de continuar.

Los pies de Begoña no tenían aspecto de delicados. Eran pies de policía, de carrera, de bota y asfalto. Tenían una fuerza que hablaba de equilibrio y resistencia. Las plantas, con una capa de dureza en el talón, escondían en el arco una piel más fina, más virgen, que parecía no haber recibido nunca un trato así.

Kiara los exploraba con una devoción que tenía algo de ritual. Sus labios recorrían cada pliegue, cada curva, cada espacio entre los dedos. La lengua, a veces firme, a veces apenas un roce, trazaba caminos impredecibles que mantenían a Begoña en un estado de alerta perpetua.

—Ahí... no... —susurraba Begoña, pero su voz se perdía en una risa entrecortada.

Kiara había encontrado el punto justo bajo los dedos, un pequeño valle de piel especialmente sensible. La punta de su lengua jugueteaba allí, pequeños círculos lentos, una caricia que era a la vez tormento y delicia. Los dedos de Begoña se curvaban, intentando escapar, pero Kiara sujetaba su tobillo con firmeza.

—¿Te gusta o no te gusta? —preguntó Kiara, la voz ronca contra la piel húmeda.

Begoña no sabía responder. O sí sabía, pero las palabras se le escapaban. Su cuerpo decía cosas contradictorias: los músculos del abdomen se contraían por las cosquillas, pero sus caderas se movían buscando algo que no sabía nombrar. La risa que brotaba de su garganta era sincera, involuntaria, pero cada carcajada dejaba paso a un jadeo más hondo, más carnal.

—No... lo sé... —logró decir, la voz quebrada—. Es... joder, tú sigue.

Kiara sonrió contra su empeine, satisfecha con la respuesta. Cambió de pie, ahora el derecho, el que tenía el pequeño corte en la planta. Besó la gasa que Kiara misma había colocado horas antes, un gesto casi tierno. Luego, con cuidado de no lastimar, introdujo la punta de la lengua por el borde del vendaje, lamiendo el arco desnudo que quedaba al descubierto.

Begoña soltó un gemido que era mitad risa, mitad algo más primitivo. Su mano buena bajó al pelo rapado de Kiara, los dedos enredándose en el rubio oxigenado, sin saber si quería apartarla o acercarla más.

—Eres... un problema... —susurró, con los ojos cerrados, la respiración acelerada.

—Más quisieras que fueran como yo todos tus problemas —respondió Kiara, sin levantar la vista.

Su lengua viajó ahora por el lateral del pie, esa zona que nadie toca, que parece no existir hasta que alguien la descubre. Begoña rió más alto, una risa que ya no intentaba contener, que se dejaba fluir como un río desbordado. Pero la risa se mezclaba con movimientos de cadera, con la mano que apretaba más fuerte la nuca de Kiara, con los dedos del pie que se abrían y cerraban en un ritmo que no seguía ninguna coreografía aprendida.

Kiara chupó suavemente el hueso externo del tobillo, luego ascendió por el tendón de Aquiles hasta la pantorrilla, dejando un rastro húmedo que el aire fresco de la gasolinera convertía en escalofrío. Begoña se estremeció por completo, un temblor que le recorría desde la columna hasta las puntas de los dedos.

—Kiara... —dijo su nombre, y no fue una súplica para que parara, ni para que siguiera. Fue solo su nombre, pronunciado como si fuera la única palabra que quedara en su vocabulario.

Kiara levantó la vista. Begoña estaba apoyada en el codo sano, el pecho subiendo y bajando con la respiración agitada, la camiseta aún levantada mostrando el vientre que ella había besado minutos antes, los labios entreabiertos, los ojos brillantes y perdidos. 

Kiara volvió a inclinarse sobre su pie, esta vez con más calma, con más intención. Sus labios besaron la planta, sus dedos masajearon el arco al mismo tiempo que su lengua exploraba. La sensación era abrumadora, una sobrecarga de estímulos que tenía a Begoña riendo y gimiendo al mismo tiempo, sus caderas moviéndose sobre las mantas en un vaivén inconsciente, sus dedos aferrados al pelo de Kiara como a un salvavidas.

—No puedo... no sé... —las palabras se le escapaban en fragmentos, entre risa y jadeo—. Esto es... demasiado... pero no quiero... no quiero que...

No terminó la frase. Kiara había encontrado de nuevo ese punto bajo los dedos, y su lengua presionaba allí con firmeza mientras sus dedos recorrían el arco en movimientos lentos y circulares. La risa de Begoña se hizo más aguda, más descontrolada, pero sus caderas se alzaron buscando más contacto, su mano apretó con más fuerza, su cuerpo entero era una contradicción en movimiento.

Kiara sonrió contra su piel, sintiendo la batalla que se libraba en el cuerpo de Begoña. Y continuó.

Kiara seguía explorándolo como si cada centímetro del cuerpo de Begoña como si fuera nuevo, como si el tiempo no existiera fuera de esa gasolinera abandonada y la única realidad fuera la piel bajo sus labios. Sus besos en los pies de Begoña se hicieron más profundos, más hambrientos.

La lengua de Kiara ascendió desde el arco hasta la base de los dedos, luego descendió de nuevo, un vaivén rítmico que tenía a Begoña atrapada en un estado de suspensión. Cada recorrido era una descarga eléctrica que subía por su pierna, se instalaba en su vientre, se expandía por sus caderas.

La mano de Begoña, la buena, descendió desde el pelo de Kiara. Vaciló un momento en el borde de su propio pantalón, como si aún hubiera una parte de ella aferrada al protocolo, a la disciplina, a la idea de que las policías no hacen esto, no aquí, no con una reclusa, no después de un tiroteo y un vuelco y horas de terror compartido.

Pero Kiara tomó entre sus labios el dedo meñique del pie de Begoña y succionó con una lentitud deliberada, y el último muro de resistencia se derrumbó.

La mano de Begoña se deslizó dentro de su pantalón.

Sus dedos encontraron el centro caliente, húmedo, y un gemido escapó de sus labios, un sonido que no pretendía ser contenido. Al mismo tiempo, Kiara cambió de pie, su lengua ahora explorando el espacio entre el cuarto y el quinto dedo, y la risa de Begoña volvió a brotar, una risa quebrada, entrecortada, que se mezclaba con los gemidos en una armonía impura.

—No puedo... ja-ja-ja... con esto... —susurró Begoña, pero no era cierto. Podía. Estaba pudiendo. Sus dedos se movían sobre sí misma con un ritmo que no seguía ninguna norma, guiado solo por las olas de sensación que le llegaban desde los pies, desde la boca de Kiara, desde algún lugar profundo de su vientre.

Kiara introdujo el dedo gordo de Begoña en su boca, chupando con fuerza mientras su lengua jugueteaba alrededor. Los dedos de Begoña se curvaron involuntariamente, y su mano buena se movió más rápido, más desesperada, persiguiendo un clímax que sentía acercarse como un tren en la oscuridad.

—Kiara... Kiara... —su voz era un mantra roto, mezcla de súplica y juramento.

La risa seguía ahí, agazapada en cada terminación nerviosa, pero el placer era ahora más fuerte, más denso, un líquido caliente que le llenaba las venas y le nublaba la vista. Los dedos de Kiara se unieron a su lengua, masajeando la planta del pie mientras lamía, y Begoña sintió que algo en su interior se rompía, se desataba, se liberaba.

Su mano se movió frenética, los gemidos se hicieron más agudos, las risas más espaciadas, sustituidas por jadeos profundos, guturales. Su espalda se arqueó, la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados con fuerza, la boca abierta en un grito silencioso.

—¡Ah...! —El sonido escapó de sus labios como un animal liberado, un grito que era todo placer y sorpresa y liberación.

Su cuerpo se sacudió una, dos, tres veces, sacudidas que empezaron en el centro de su sexo y se expandieron por cada músculo, cada hueso, cada centímetro de piel. Sus dedos de los pies se curvaron con fuerza alrededor de la lengua de Kiara, sus caderas se alzaron de las mantas, su mano se detuvo presionando contra sí misma como si quisiera retener la sensación para siempre.

Cuando el orgasmo terminó, Begoña cayó sobre las mantas como un castillo de naipes, los brazos extendidos, la respiración entrecortada, los ojos vidriosos mirando el techo sucio de la gasolinera. Su pecho subía y bajaba con violencia, y un temblor residual recorría sus piernas, sus brazos, sus dedos.

Kiara soltó suavemente el pie que aún tenía entre las manos, depositando un último beso en el empeine antes de dejarlo descansar sobre las mantas. Se incorporó lentamente, mirando a Begoña con sus ojos verdes llenos de algo que no era solo deseo, sino también ternura, asombro, complicidad.

Begoña giró la cabeza para mirarla. Sus mejillas estaban sonrojadas, sus labios hinchados de morderse, su cabello desordenado sobre las mantas. Durante un largo momento, no dijo nada. Solo la miró, como si estuviera aprendiendo a verla de nuevo.

—Eres... —intentó decir, pero la voz se le quebró. Tosió, rió, una risa pequeña y exhausta—. Eres la quinqui más peligrosa que he conocido.

Kiara sonrió, acercándose para recostarse a su lado sobre las mantas.

—Y tú la madera más cosquillosa que he conocido.

Begoña rió de nuevo, una risa más suave ahora, y su mano buena encontró la de Kiara entre las dos. Sus dedos se entrelazaron.

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La luz del amanecer se filtraba por la claraboya sucia, pintando el pequeño almacén de tonos anaranjados y grises. El polvo bailaba en los rayos de sol, y el aire fresco de la mañana entraba por las rendijas de las ventanas rotas, llevándose consigo el peso denso de la noche anterior.

Kiara despertó sintiendo el calor del cuerpo de Begoña junto al suyo. Habían dormido abrazadas, sin hablarlo, sin planearlo. Sus cabezas compartían la misma manta apolillada como almohada, y la respiración de Begoña, aún adormilada, le acariciaba la nuca.

Permaneció quieta un momento, escuchando los sonidos del exterior. Pájaros lejanos. El viento moviendo alguna chapa suelta. Ningún disparo. Ninguna sirena. Solo el silencio frágil de un nuevo día.

Begoña se movió a su lado, desperezándose con un gemido. Su brazo roto, en cabestrillo, limitaba sus movimientos, pero su mano buena encontró la de Kiara entre las mantas. Los dedos se entrelazaron con una naturalidad que ninguna de las dos comentó.

—¿Has dormido bien? —preguntó Begoña, la voz ronca por las horas de silencio.

—Como no dormía desde antes de entrar en la cárcel —respondió Kiara, sincera.

Se quedaron calladas un momento, mirando el techo, las telarañas en las esquinas, la luz que se movía lentamente. Afuera, el mundo seguía existiendo, con sus problemas, sus peligros, sus leyes. Pero dentro de ese almacén, el tiempo parecía haberse detenido.

Begoña se incorporó, apoyándose en el codo sano. Miró a Kiara con una expresión seria, pero con algo más profundo en el fondo de sus ojos.

—Escucha —dijo, bajando la voz, como si compartiera un secreto que el aire mismo no debía oír—. Tienes una oportunidad. Yo puedo decir que huiste del furgón mientras yo estaba inconsciente. Que no pude impedirlo. Con el brazo roto, es creíble.

Kiara la miró, sorprendida.

—¿Me estás ofreciendo que me fugue?

—Te estoy ofreciendo tu libertad —corrigió Begoña, sin apartar la mirada—. Lo que hagas con ella es cosa tuya.

Kiara se incorporó también, quedando sentada frente a ella. Las mantas les cubrían las piernas, y la distancia entre sus rostros era apenas un suspiro.

—No —dijo Kiara, negando con la cabeza—. No voy a huir.

Begoña arqueó una ceja.

—¿No? ¿Por qué? No sabes cuándo tendrás otra oportunidad.

Kiara sonrió, una sonrisa pequeña, casi triste.

—Me queda poco de condena. Unos meses. —Hizo una pausa, sus ojos verdes perdiéndose en algún recuerdo—. Y tengo compañeras a las que quiero volver a ver. Son mi familia. La única que tengo.

Begoña la observó en silencio, como si estuviera memorizando cada rasgo de su rostro.

—¿De verdad quieres volver a una celda pudiendo estar fuera?

Kiara asintió, sin dudar.

—De verdad. No es solo el tiempo que me queda. Es que... allí tengo algo. Un propósito. Personas que me necesitan. —Miró a Begoña a los ojos—. Y tú también tienes lo tuyo aquí fuera, ¿no? Tu trabajo, tus compañeros...

Begoña soltó una risa corta, sin humor.

—Mi trabajo me ha puesto un brazo roto y me ha dejado tirada en una gasolinera abandonada con una reclusa que me ha hecho... —Se interrumpió, sonrojándose ligeramente—. Bueno, eso no viene al caso.

Kiara rió, y el sonido llenó el almacén como una bocanada de aire fresco.

—Viene al caso todo lo que quieras que venga.

Begoña la miró un momento más. Luego, con un suspiro, asintió.

—Vale. Entiendo. —Se puso de pie, con cuidado de no apoyarse en el brazo malo, y miró a su alrededor buscando algo—. Entonces...

El silencio se hizo denso. Begoña caminó hacia la esquina donde habían dejado el arma y las esposas la noche anterior. Recogió las esposas con su mano buena, las sopesó un momento, y volvió a donde Kiara seguía sentada en las mantas.

—Entonces —dijo, con la voz más baja—, tendré que volver a ponerte las esposas.

Kiara levantó las muñecas, ofreciéndolas sin resistencia.

—Supongo que sí. No querrás que te acusen de favorecimiento de fuga.

Begoña se arrodilló frente a ella. Sus dedos temblaron ligeramente mientras abría el mecanismo de las esposas, pero su rostro se mantuvo firme.

—No te las voy a poner detrás —dijo—. Por el camino. Hasta que lleguemos a algún sitio con gente. Para que no vayas incómoda.

Kiara sonrió.

—Qué detalle.

—Cállate, quinqui.

El metal frío se cerró alrededor de las muñecas de Kiara con un clic definitivo. Begoña no soltó sus manos de inmediato. Las sostuvo un segundo más, sintiendo los huesos pequeños bajo la piel, el pulso que latía rápido, tan rápido como el suyo propio.

Se miraron a los ojos. El sol de la mañana seguía ascendiendo, la luz se hacía más blanca, más implacable. Afuera, el mundo las esperaba con sus reglas, sus jerarquías, sus distancias infranqueables.

Begoña soltó las manos de Kiara y se puso de pie.

—Vamos —dijo, tendiéndole la mano buena para ayudarla a levantarse—. Tenemos un largo camino hasta la comisaría más cercana.

Kiara tomó su mano y se puso de pie. Las esposas colgaban entre ellas, un puente de metal frío que ya no sabía bien si era una atadura o algo distinto.

Caminaron hacia la puerta rota de la gasolinera. La luz las cegó un instante. Y luego, juntas, aunque separadas por el protocolo y el uniforme y las esposas, salieron al nuevo día.

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