LA CONDENA - Episodio 45: La Gallega


La noticia corrió por el módulo como un reguero de pólvora. En cuestión de minutos, todas las reclusas sabían lo que había pasado en la celda 112. Los funcionarios iban y venían, custodiando el perímetro, tomando declaraciones, haciendo preguntas que nadie quería responder del todo.

Aminata había sido esposada y sacada del módulo en medio de un silencio sepulcral. No opuso resistencia. Sus ojos negros, vidriosos por el shock, miraban al vacío mientras la conducían de vuelta al aislamiento. Ahora, como asesina. Como la negra violenta que había asesinado a una mujer indefensa.

En el patio, en los pasillos, en las celdas, solo se hablaba de eso.

—La mató con un destornillador —susurraba una reclusa a otra, con los ojos muy abiertos—. Se lo clavó varias veces en el cuello.

—¿Y por qué? ¿Qué le había hecho?

—Nada. Eso es lo peor. Dicen que Loba estaba atada, que no podía defenderse. La nueva la remató fríamente.

—¿La nueva? ¿La hija de Mimi?

—Esa misma. Una loca. Ya le partió la cabeza a las nazis con una llave inglesa. Ahora esto.

En la celda 307, el ambiente era denso, irrespirable. La Gitana estaba sentada en el borde de la vieja cama de matrimonio, con el rostro grave y los puños apretados. A su alrededor, el círculo se había cerrado. Nadia, Valentina, Marina, La Limeña, Shadi, Lorena, Ness, Miriam y Nika. Las que siempre estaban. Y las recién regresadas: Violeta, Carlota, Lidija, Alba y Elisa.

Faltaba Aminata. Faltaba Loba.

El silencio era una losa que pesaba sobre todas.

—No fue ella —dijo La Gitana al fin, su voz grave, cortante como un cuchillo—. No mató a Loba.

—¿Cómo lo sabes, Gitana? —preguntó Marina, con su tono pragmático—. Ya le había partido la cabeza a las nazis. Podría...

—No —la interrumpió La Gitana, y en su voz no cabía la duda—. Conozco a esa chica. No es una asesina. Lo que hizo con las nazis fue en defensa propia, encerrada con ellas, sin salida. Esto es diferente. Esto es... una ejecución.

Violeta asintió lentamente.
—Loba estaba atada. No podía defenderse. Matarla así, con un destornillador, en el cuello... eso no es un arrebato. Es un asesinato frío. Aminata no es así.

—Además —intervino Lidija, su voz grave y pausada—, ¿qué hacía Aminata allí? Estaba en aislamiento. Alguien la sacó. Alguien la llevó a la celda 112 justo en el momento adecuado.

Alba levantó la cabeza, sus ojos marrones brillando con una intensidad nueva.
—La Gallega. Fue la Gallega.

Todas la miraron.

—Piensa —continuó Alba—. La Gallega tiene contactos. Tiene funcionarios comprados. Puede sacar a quien quiera del aislamiento cuando le dé la gana. Lleva semanas amenazando a la Gitana. Loba era una traidora. Y encima, tenía una manera perfecta de incriminar a alguien que le estorbaba: Aminata, la que les partió la cabeza a sus secuaces.

Elisa, que había permanecido en silencio en su rincón, habló.
—Además, las cosquillas. A Loba le aterrorizaban. La Gallega lo sabía. Las usó para torturarla antes de matarla. Si no, ¿por qué iba a estar atada?

La Gitana la miró largamente, y en sus ojos había una chispa de gratitud por ese análisis tan frío y certero.

—Elisa tiene razón. La Gallega quería que Loba sufriera. Quería humillarla antes de acabar con ella. Y luego, para rematar, quería cargarle el muerto a alguien que nos importa.

—¿Y las nazis? —preguntó Nadia—. ¿Dónde estaban ellas?

—Mirando —respondió Lidija con amargura—. O participando. O las dos cosas. Pero seguro que fueron ellas las que ataron a Loba y le hicieron las cosquillas. La Gallega no se mancha las manos con eso.

—Hasta ahora —dijo La Limeña, su tono duro—. Porque lo del destornillador... eso sí fueron sus manos.

Un escalofrío recorrió el grupo.

—No tenemos pruebas —suspiró Marina—. No podemos demostrar nada. 

—Pero sabemos la verdad —dijo La Gitana, levantándose—. Y eso es lo único que importa ahora. La Gallega nos ha declarado la guerra. Mató a Loba. Incriminó a Aminata. Y nos está diciendo, bien clarito, que nosotras podemos ser las siguientes.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Valentina, con un hilo de voz.

La Gitana caminó hacia la ventana, dejando que la luz gris de la mañana bañara su perfil. Cuando se volvió, sus ojos tenían un brillo de acero.

—Primero, proteger a Aminata. Está en aislamiento, pero no sabemos cuánto tiempo más. Hay que asegurarnos de que nadie pueda hacerle daño allí dentro.

—Segundo —continuó, contando con los dedos—, encontrar pruebas. Algo que vincule a la Gallega con el asesinato. El destornillador, las ataduras, los testigos... alguien tiene que haber visto algo.

—Tercero, prepararnos. Porque esto no se va a quedar así. La Gallega ha dado un golpe sobre la mesa. Ahora nos toca a nosotras responder.

—¿Y cómo respondemos? —preguntó Carlota.

La Gitana sonrió, una sonrisa sin humor, llena de determinación.
—Con lo que sabemos hacer. Con nuestras armas. Las que no dejan marcas. Las que desarman sin matar. Las que la Gallega, con toda su influencia y su poder, no puede comprar ni controlar.

—Las cosquillas —dijo Violeta, y en su voz había algo parecido a una promesa.

—Las cosquillas...—confirmó La Gitana
—pero tenemos un problema —dijo después de un largo silencio—. Un problema gordo. Algo que no habíamos tenido que enfrentar nunca.

—¿Qué problema? —preguntó Valentina.

—Es que... no tiene cosquillas.

Un murmullo recorrió el grupo. Algunas ya lo sabían, otras lo oían por primera vez.

—¿Cómo que no tiene cosquillas? —preguntó Violeta, frunciendo el ceño—. Todo el mundo tiene.

—Pues ella no —respondió La Gitana, con una expresión grave—. Lo he comprobado. Ella misma se ofreció para que yo fuera testigo. Nada. Es inmune. Puedes pasarle los dedos por cualquier parte, por las zonas más sensibles, y no reacciona. Ni un espasmo, ni una risa. Nada.

Elisa levantó la cabeza desde su rincón.
—¿Y si lo finge?

—No lo finge —dijo Lidija—. Yo he visto gente que aguanta las cosquillas por orgullo, por fuerza de voluntad. Pero eso se nota. Los ojos se humedecen, los músculos se tensan, la respiración se acelera. Con ella no. Es como si sus nervios estuvieran muertos en ese sentido.

Violeta se removió incómoda.
—Entonces... ¿cómo la enfrentamos? Nuestra arma principal, la que nos ha servido siempre para desarmar a las más duras, con ella no funciona.

—Es una putada —intervino Nadia, la rumana—. La Gallega lo sabe. Por eso no le teme. Por eso se atreve a venir a nuestra celda, a amenazarnos, a matar a Loba e incriminar a Aminata. Sabe que no podemos doblegarla con lo nuestro.

La Limeña apretó los puños.
—Pues habrá que doblegarla con otra cosa. No somos unas indefensas. Tenemos manos, tenemos fuerza, tenemos...

—¿Qué? —la interrumpió Marina, con su tono pragmático—. ¿Puñetazos? ¿Navajas? Eso no es la Hermandad. Eso es lo que hacen ellas. Si nos rebajamos a su nivel, perdemos.

—No digo que nos rebajemos —respondió La Limeña, molesta—. Digo que tenemos que buscar otra manera.

Alba, que había estado escuchando en silencio, habló.
—¿Y si la debilidad no está en su cuerpo, sino en su red? La Gallega no es invencible porque ella no tenga cosquillas. Es invencible porque tiene contactos, dinero, gente que la obedece. Si le quitamos eso...

—¿Y cómo le quitamos eso? —preguntó Carlota—. No podemos salir de la cárcel.

—Pero podemos llegar a los que están fuera —dijo Violeta, y su mirada se dirigió a La Gitana—. Óscar. Él puede investigar. Puede encontrar a algún funcionario arrepentido, a algún policía que no esté comprado del todo...

—Es arriesgado —dijo Lidija—. La Gallega ya demostró que controla las llamadas. Si Óscar se mueve, lo matan.

—Entonces hay que moverlo con cuidado —insistió Violeta—. O encontrar a alguien más.

La Gitana levantó una mano, pidiendo silencio.
—Todo eso está bien. Pero a corto plazo, tenemos un problema más inmediato: Aminata está en aislamiento, acusada de asesinato. Tenemos que sacarla de ahí.

—¿Y cómo? —preguntó Nadia—. No tenemos autoridad para eso.

—Pero tenemos influencia —dijo La Gitana—. Y tenemos algo que la Gallega no tiene: una red de mujeres dispuestas a todo por las suyas. Voy a pedir ayuda a Maribel, la funcionaria. Y también voy a hablar con otras reclusas que no están ni con nosotras ni con la Gallega. Hay muchas que la odian en silencio. Es hora de que dejen de estar calladas.

—¿Y mientras tanto? —preguntó Valentina—. ¿Qué hacemos con las nazis? Ellas fueron las que ataron a Loba, las que le hicieron las cosquillas. Son cómplices.

—Las nazis son un problema, pero secundario —dijo Elisa—. Sin la Gallega, no son nada. 

—Entonces el objetivo es la Gallega —resumió La Gitana—. Y para eso, necesitamos dos cosas: pruebas de que ella mató a Loba, y una manera de neutralizarla sin usar cosquillas.

El silencio se hizo denso. El problema parecía insoluble.

La Gitana se levantó de la cama y caminó hacia la ventana. La luz gris de la mañana bañaba su rostro cansado.

—Vamos por partes. Primero, proteger a Aminata. Segundo, buscar pruebas contra la Gallega. Tercero, encontrar la manera de doblegarla. Todo esto mientras mantenemos la Hermandad unida y no dejamos que el miedo nos paralice.

Se volvió hacia el grupo.
—¿Alguien tiene algo más que aportar?

Alba levantó la mano.
—He estado pensando en el contexto de fuera. El golpe de estado, los disturbios. Si la cosa se descontrola, la Gallega tendrá más poder, porque tendrá más caos. Pero también será más vulnerable. Los funcionarios que la protegen ahora podrían desaparecer, o tener otros problemas. Puede que sea el momento de actuar, no de esperar. Propongo organizar un motín.

La propuesta de Alba cayó en el silencio de la celda como un ladrillazo en un cristal. Todas las miradas se giraron hacia ella. 

—Un motín —repitió Carlota, como si saboreara la palabra—. Cari, ¿estás loca?

—Puede —respondió Alba, encogiéndose de hombros—. Pero escuchadme antes de crucificarme.

Se levantó del suelo y caminó hacia el centro del círculo, adoptando una postura que recordaba a sus días sobre los escenarios, arengando a multitudes.

—Fuera hay caos. Tanques en las calles, disturbios, un gobierno que se tambalea. Los funcionarios están desbordados, asustados, pendientes de sus familias. Las comunicaciones fallan. La prisión está medio vacía de personal porque muchos no han podido llegar. ¿Qué mejor momento para mover ficha?

—¿Mover ficha cómo? —preguntó La Gitana, con la voz calmada pero los ojos atentos.

—Primero, liberar a Aminata. No podemos dejarla en aislamiento. Es una de las nuestras y la van a usar como chivo expiatorio. Si organizamos un motín controlado, una revuelta que parezca espontánea pero que en realidad dirijamos nosotras, podemos sacarla de allí sin que nadie sepa que fue planeado.

—¿Y cómo la sacamos? —preguntó Lidija—. El aislamiento está en otro módulo, con puertas blindadas.

—Con ayuda de dentro —dijo Alba, mirando a La Gitana—. Maribel, la funcionaria. ¿Y si la convencemos de que abra la celda de Aminata en medio del caos? Que diga que la estaba trasladando por seguridad, que el motín la obligó a moverla. Nadie va a investigar en medio de una revuelta.

La Gitana asintió lentamente, sopesando.

—Y una vez que Aminata esté con nosotras —continuó Alba—, usamos el motín para señalar a la Gallega. La gente le tiene miedo, pero también la odia. Solo necesitan un empujón. Nosotras podemos correr la voz de que fue ella quien mató a Loba, que incriminó a Aminata, que lleva años chupando del bote a costa de las demás. Si el motín se extiende, la Gallega quedará aislada. Sus secuaces la abandonarán. Y entonces... entonces podremos enfrentarla sin que tenga su red de protección.

Marina frunció el ceño.
—Un motín es peligroso. Puede haber muertos. Los funcionarios pueden sacar los fusiles.

—Ya dos muertas —recordó Elisa desde su rincón, con voz fría—. La Flaca. Loba. Y si no hacemos nada, habrá más. La Gallega no va a parar.

Violeta se removió incómoda.
—¿Y qué pasa con nosotros si nos descubren como cabecillas? 

—Si el país se desmorona —respondió Alba—, no sé si va a haber justicia como la conocemos. Y si la hay, nosotras podemos asegurarnos de que parezca que el motín fue espontáneo. La Gallega tiene muchos enemigos. Cualquiera podría haber empezado el fuego.

Carlota la miró largamente, y en sus ojos había orgullo y miedo a partes iguales.
—Eres una temeraria. Pero... puede que tengas razón.

La Gitana se levantó y caminó hasta la ventana. El sol de la mañana se reflejaba en los barrotes, proyectando sombras alargadas en el suelo.

—Un motín es una bestia difícil de controlar —dijo, sin volverse—. Una vez que empieza, no sabes dónde va a parar. Puede que consigamos lo que queremos, o puede que se nos vaya de las manos y acabemos todas muertas o en celdas de castigo para siempre.

Se volvió hacia el grupo.
—Pero Alba tiene razón en una cosa: no podemos quedarnos de brazos cruzados. La Gallega nos ha declarado la guerra. Mató La Flaca y a Loba. Incriminó a Aminata. Nos está diciendo que podemos ser las siguientes. Así que tenemos que responder.

—¿Entonces apoyas el motín? —preguntó Nadia.

—No lo sé todavía —admitió La Gitana—. Pero quiero oír más. Quiero un plan. Detalles. Fechas. Cómo lo hacemos, quién hace qué, y sobre todo, cómo salimos del otro lado con vida y sin que nos echen la culpa.

Miró a Alba.
—Tú has empezado esto. Desarrolla la idea. Y que sea buena, porque de ella depende el futuro de todas nosotras.

Alba asintió, y en sus ojos brilló la chispa del desafío. Sabía que se jugaba mucho. Pero también sabía que a veces, para ganar una guerra, hay que arriesgarlo todo. El motín empezaba a tomar forma en su cabeza, y las piezas comenzaban a encajar.

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La celda de aislamiento era un cubículo de cemento y silencio, iluminado por la luz fría de un fluorescente que parpadeaba con un zumbido hipnótico. No había ventanas. Solo una puerta metálica con una pequeña trampilla a ras de suelo, por donde a veces pasaban bandejas de comida. Y ahora, por donde asomaban los pies de Aminata.

La joven de ascendecia senegalesa estaba tumbada boca arriba en la delgada colchoneta que hacía las veces de cama. Sus muñecas y tobillos habían sido atados con esposas de plástico a los anclajes de la litera fija, pero eso no era lo peor. Lo peor era que dos funcionarias, Marta y Lourdes, se turnaban para recorrer su cuerpo con dedos implacables. Marta era una mujer de mediana edad, de rostro duro y manos ásperas, que se especializaba en las axilas y el torso. Lourdes, más joven, de uñas largas y afiladas, atacaba sus costillas y su vientre con una precisión sádica.

Pero la humillación mayor venía de fuera.

La trampilla baja de la puerta estaba abierta, y a través de ella, dos funcionarios, César y el Gordo, habían introducido sus manos. Habían sujetado los tobillos de Aminata con firmeza, inmovilizando sus pies contra el borde metálico, y ahora sus dedos bailaban sobre las plantas, los arcos, los dedos.

—La Gallega manda recuerdos —dijo César con una sonrisa cruel, mientras sus uñas recorrían el arco del pie izquierdo.

—Dice que te portes bien —añadió el Gordo, atacando el derecho con movimientos rápidos y erráticos—. Que esto es solo un aviso.

Aminata no podía responder. Su boca estaba libre, pero lo único que salía de ella era risa. Una risa incontenible, que se escapaba de sus pulmones en oleadas. No era una risa de alegría, sino de puro reflejo nervioso. Su cuerpo se retorcía contra las ataduras, sus caderas se levantaban de la colchoneta en espasmos involuntarios, su cabeza se sacudía de un lado a otro.

—¡Ja... ja... ja... no... joder! —lograba articular entre carcajadas, pero las súplicas se ahogaban en nuevos estallidos.

Marta atacaba sus axilas con una técnica metódica: dedos rígidos que se hundían y giraban en el hueco sensible, provocando convulsiones en sus hombros. Lourdes se concentraba en las costillas flotantes, usando las uñas para arañar suavemente la piel, una sensación eléctrica que hacía que Aminata se arqueara como un arco.

—¡Qué a gusto te ríes, negrita! —se burló Lourdes—. Parece que te gusta.

Aminata negaba con la cabeza, sus trenzas revueltas pegándose a su frente sudorosa. Sus ojos negros, brillantes de lágrimas involuntarias, miraban al techo con una mezcla de odio y rendición momentánea. Era fuerte, sí. Había demostrado su valentía enfrentándose a las nazis, había soportado el aislamiento sin quejarse. Pero esto... esto era diferente. Las cosquillas no dejaban marcas, pero desarmaban cualquier defensa. Su cuerpo, extremadamente sensible, traicionaba su voluntad a cada roce.

Desde fuera, César y el Gordo redoblaban el ataque en sus pies. Habían descubierto que pasar las yemas de los dedos por el arco, desde el talón hasta la almohadilla bajo los dedos, producía espasmos violentos. Y si además frotaban el espacio entre los dedos, Aminata lanzaba chillidos agudos que resonaban en el pasillo vacío.

—¡No los pies, desgraciados! —gritó entre carcajadas, tirando de las esposas—. ¡Dejad mis putos pies!

Pero ellos no paraban. Al contrario, se turnaban para atacar un pie mientras el otro descansaba, alargando la tortura sin tregua. La risa de Aminata se volvió más aguda, más desesperada. Su cuerpo, empapado en sudor, brillaba bajo la luz fría del fluorescente. Las lágrimas le corrían por las sienes.

Marta se incorporó un momento, limpiándose las manos en el uniforme.
—¿Vas a portarte bien cuando salgas de aquí? —preguntó, con voz de autoridad—. ¿Vas a olvidarte de vengarte de la Gallega?

Aminata jadeó, buscando aire. Sus ojos, enrojecidos, la miraron con un destello de desafío que aún no se había apagado.
—Yo... yo no... —logró decir entre hipidos—. No fui... yo... no maté...

—Eso ya lo sabemos —dijo Lourdes, encogiéndose de hombros—. Pero da igual. La Gallega dice que tú eres la asesina, y tú lo serás. Mientras tanto, vas a aprender a reírte de tu mala suerte.

Y las manos volvieron a posarse sobre su cuerpo.

Aminata cerró los ojos, intentando encontrar algún lugar dentro de sí misma donde esconderse. Pero las cosquillas la alcanzaban todo. Las axilas, las costillas, el vientre, los costados, las plantas de los pies, los dedos, el cuello cuando Marta se inclinaba para soplarle detrás de la oreja. Cada centímetro de su piel era un campo de batalla donde sus nervios perdían la guerra.

Su risa era ahora un torrente continuo, entrecortado por jadeos y pequeños gritos. No se desvanecía, no perdía la conciencia. Eso era parte del castigo: mantenerla al borde, siempre consciente, siempre riendo, siempre humillada.

Los funcionarios se turnaban para descansar, pero nunca dejaban de atacar. Uno se apartaba, otro ocupaba su lugar. El ritmo era implacable. Las horas se hacían eternas.

En algún momento, César se asomó por la trampilla.
—La Gallega dice que esto es solo el principio. Que cuando salgas, hablaremos de nuevo. Y que si te portas bien, quizás te deje en paz.

Aminata quiso responder, quiso escupirle, quiso maldecirla. Pero lo único que salió de su boca fue otra carcajada, otra explosión de risa que la sacudió por completo.

Marta y Lourdes se turnaban dentro de la celda. Marta, la más veterana, de manos ásperas y uñas cortas, atacaba las axilas de Aminata con una técnica implacable: dedos rígidos que se hundían en el hueco sensible y giraban lentamente, como si estuvieran perforando un agujero en la piel. Aminata arqueó la espalda, un alarido-risa escapándose de su garganta.

—¡No! ¡Ahí no! —gritó entre carcajadas, pero sus brazos no podían bajar para protegerse; las esposas lo impedían.

Lourdes, más joven, de uñas largas y afiladas, se concentraba en las costillas y el vientre. Pasaba las puntas de sus uñas por los espacios intercostales, ascendiendo y descendiendo en un ritmo aleatorio, y luego trazaba círculos lentos alrededor del ombligo. El abdomen de Aminata se contraía en espasmos violentos, y su risa se volvía más aguda, más desesperada.

—¡Por favor! —jadeó—. ¡No puedo... no puedo más!

Pero ellas no paraban. Marta cambió de táctica: ahora soplaba suavemente en la axila izquierda, justo donde el vello comenzaba, y luego pasaba los dedos por la piel húmeda, provocando un cosquilleo más difuso pero igualmente insoportable. Aminata giró la cabeza de un lado a otro, sus trenzas revueltas pegándose a las mejillas.

Fuera de la celda, César y el Gordo seguían atacando sus pies. Con los tobillos bien sujetos. César, más delgado y ágil, usaba las yemas de los dedos para recorrer el arco del pie derecho desde el talón hasta la bola, una y otra vez, en un movimiento rápido y continuo. El Gordo, con dedos más gruesos, se concentraba en los dedos del pie izquierdo: los agarraba uno por uno y los retorcía suavemente, pasando la uña por la base y el borde de la uña, una zona hipersensible.

Aminata se convulsionó entera. Su cuerpo tiró de las ataduras con tal fuerza que la litera crujió. Una risa frenética, casi histérica, brotó de sus pulmones, mezclada con sollozos.

—¡Los pies no! ¡Por favor, los pies no! —aulló, pero sus palabras se perdían entre carcajadas.

Marta aprovechó que la boca de Aminata estaba abierta para soplar en su cuello, justo detrás de la oreja, una zona que había descubierto especialmente sensible. 

Lourdes, mientras tanto, había pasado a atacar la cintura. Tomando un pequeño pliegue de piel y grasa entre el pulgar y el índice. No era doloroso, pero provocaba una sensación de cosquilleo profundo, interno, que hacía que Aminata se doblara sobre sí misma, ofreciendo sin querer nuevas zonas al ataque.

—¡Maldita...! ¡Para! —gritó entre risas, pero la risa la ahogaba.

Desde fuera, César y el Gordo se coordinaban: uno atacaba la planta, el otro los dedos, y luego se turnaban. El arco del pie era especialmente traicionero. César descubrió que presionar con el nudillo y hacer pequeños movimientos circulares provocaba convulsiones en toda la pierna. El Gordo, por su parte, comenzó a pasar la lengua por la planta del pie izquierdo, una humedad cálida y repulsiva que hizo que Aminata chillara como si la hubieran electrocutado.

—¡No, la lengua no! ¡Quita, asqueroso! —aulló, retorciéndose con violencia.

Pero ellos no paraban. Al contrario, se reían de sus súplicas.

Dentro, Marta y Lourdes se relevaron para descansar, pero nunca dejaron de atacar. Cuando una se apartaba, la otra redoblaba su esfuerzo. El ritmo era implacable. Las cosquillas pasaron de las axilas a las costillas, de las costillas al vientre, del vientre a la cintura, de la cintura a los muslos internos. Cada centímetro de su piel era explorado, acariciado, torturado.

Aminata ya no podía formar palabras. Su risa era un torrente continuo, entrecortado por jadeos y pequeños gritos de sobrecarga sensorial. Las lágrimas corrían a chorros por sus sienes, empapando la colchoneta. El sudor la cubría por completo, haciéndola brillar.

Su cuerpo se retorcía en todas direcciones, un torbellino de espasmos incontrolables. Tiraba de las esposas con desesperación, pero no cedían. Sus dedos se abrían y cerraban, sus pies intentaban apartarse de las manos de los funcionarios, pero estaban firmemente sujetos.

En algún momento, César se asomó por la trampilla y dijo:
—La Gallega manda recuerdos. Dice que esto es solo el principio. Que cuando salgas, hablaremos de nuevo. Y que si te portas bien, quizás te deje en paz.

Aminata quiso responder, quiso escupirle, quiso maldecirla. Pero lo único que salió de su boca fue otra carcajada, otra explosión de risa que la sacudió por completo. Su cabeza golpeó la colchoneta, sus ojos se cerraron un momento, y cuando los abrió, vio el techo gris, las manchas de humedad, el fluorescente parpadeante.

Las manos seguían sobre ella. Las cosquillas no cesaban.

Y allí, en la soledad del aislamiento, con cuatro pares de manos sometiendo su cuerpo y su voluntad, Aminata comprendió que la guerra contra la Gallega no sería como las demás. No sería con llaves inglesas ni puñetazos. Sería con esto: con la humillación más profunda, con el arma que la Hermandad había usado durante años, ahora vuelta contra una de las suyas.

Pero también supo, en algún rincón de su mente que aún no había sido invadido por el cosquilleo, que cuando saliera de allí, cuando recuperara la libertad, recordaría cada segundo. Y pagaría con la misma moneda.

La risa seguía llenando la celda de aislamiento, incesante, desgarradora. Y fuera, en el pasillo vacío, los ecos se perdían en la oscuridad.

Los lametones en los pies continuaron, húmedos y cálidos, repulsivos y eléctricos a la vez. César y el Gordo se turnaban para pasar la lengua por las plantas de Aminata, desde el talón hasta los dedos, con una lentitud cruel que hacía que cada centímetro de piel fuera explorado. La saliva se enfriaba al contacto con el aire, creando una sensación pegajosa que se mezclaba con el cosquilleo. Los dedos de los pies de Aminata se contraían y extendían en espasmos involuntarios, intentando huir, pero las manos de los funcionarios los sujetaban con firmeza.

—¡No, la lengua... por favor... la lengua no! —gritaba entre carcajadas desgarradoras, su voz resonando en la pequeña celda.

Dentro, Lourdes se había incorporado y ahora se situaba sobre el torso de Aminata. Con una sonrisa sádica, separó la tela del uniforme, dejando al descubierto el vientre moreno y sudoroso. Luego, juntó los labios contra la piel y comenzó a hacer pedorretas.

El sonido era grotesco, infantil, pero la sensación era devastadora. La vibración de los labios contra la piel, el aire caliente que escapaba entre los pliegues, la humedad inesperada... todo se combinaba en una sobrecarga sensorial que hizo que Aminata perdiera el poco control que le quedaba. Su abdomen se contraía y relajaba en espasmos violentos, su risa se volvió un alarido continuo, y su cabeza se sacudía de un lado a otro.

—¡No, no, no! —aullaba entre carcajadas—. ¡Eso no... eso es... asqueroso!

Pero Lourdes no paraba. Cambiaba de zona: alrededor del ombligo, hacia los costados, subiendo hasta las costillas, bajando hacia la cadera. Cada pedorreta era un nuevo estallido de cosquilleo que sacudía el cuerpo de Aminata.

Marta, mientras tanto, redoblaba sus esfuerzos en las axilas. Las axilas de Aminata estaban sudadas, enrojecidas, hipersensibles después de tanto castigo. Marta usaba ahora la técnica de arañado suave, con sus uñas cortas, pasándolas muy ligeramente por la piel húmeda, una y otra vez, en movimientos rápidos y aleatorios. La sensación era eléctrica, insoportable, y arrancaba de Aminata alaridos agudos que se mezclaban con las vibraciones de las pedorretas y los lametones en los pies.

—¡Para... para ya... me voy a desmayar! —logró articular, pero no se desmayaba. Su cuerpo era fuerte, demasiado fuerte, y se mantenía consciente a pesar del tormento.

Fue entonces cuando los oyó.

Pasos. No los pasos lentos y confiados de los funcionarios corruptos que la torturaban, sino pasos apresurados, casi corriendo, que se acercaban por el pasillo de aislamiento.

César y el Gordo se incorporaron de inmediato, como muelles. Sus lenguas se retiraron de los pies de Aminata, sus manos soltaron los tobillos. Con un movimiento rápido, se pusieron de pie frente a la trampilla, colocando sus cuerpos de manera que ocultaran lo que estaba pasando. Sus uniformes fueron ajustados apresuradamente.


Aminata quedó jadeando sobre la colchoneta, su cuerpo aún sacudido por espasmos residuales. Las lágrimas y el sudor cubrían su rostro, su pecho subía y bajaba con violencia. Pero sus ojos, enrojecidos pero aún brillantes, se abrieron de par en par cuando vio la expresión de los torturadores.

Algo estaba pasando.

Un funcionario joven, de rostro alterado y uniforme desaliñado, se asomó sin por el pasillo. Su respiración era agitada, como si hubiera estado corriendo.

—¡Hay disturbios! —exclamó, sin dirigirse a nadie en particular—. Colchones ardiendo, gritos... ¡se está yendo todo a la mierda!

César frunció el ceño.
—¿Estás seguro?

—Joder, sí. 

—¿La Gallega? —interrumpió el Gordo, con voz nerviosa—. ¿Qué dice la Gallega?

El funcionario joven negó con la cabeza.
—No lo sé. Nadie sabe nada. Solo sé que nos han ordenado que vayamos todos al módulo. Que dejen todo lo demás.

Marta y Lourdes se quedaron donde estaban, mirando la puerta metálica. Hubo un instante de confusión, de expectación. Luego, Lourdes se acercó a la puerta y presionó el botón de apertura.

Nada.

Lo intentó de nuevo. Un clic seco, inútil. La cerradura eléctrica no respondía.

—¿Qué pasa? —preguntó Marta, frunciendo el ceño.

—No se abre —respondió Lourdes, con un hilo de voz—. El mecanismo... no funciona. Se ha debido de quedar sin corriente con el motín, o lo han bloqueado desde fuera.

Marta se acercó y probó también. Nada. La puerta permanecía hermética, sellada como una tumba.

—Estamos atrapadas —dijo Lourdes, y en su voz comenzaba a asomar el pánico—. Encerradas. Aquí dentro. Con ella.

La joven yacía sobre la colchoneta, todavía atada por las esposas de plástico a los anclajes de la litera. Su cuerpo estaba bañado en sudor, su rostro marcado por las lágrimas y el agotamiento. Las axilas, enrojecidas. El vientre, aún húmedo por las pedorretas. Los pies, brillantes de saliva. Pero sus ojos... sus ojos negros, aunque enrojecidos y cansados, tenían un brillo nuevo.

—¿Por qué no me desatáis? —preguntó Aminata al fin. Su voz era ronca, cascada por horas de risa forzada, pero tenía una calma perturbadora—. Si estáis encerradas conmigo, al menos podríamos estar las tres en igualdad de condiciones.

Marta y Lourdes se miraron. La propuesta era tan descabellada como peligrosa.

—Ni lo sueñes —respondió Marta.

Aminata sonrió. Una sonrisa lenta, cansada, pero con un destello de ironía.
—Entonces esperaremos. Yo puedo esperar. He pasado una semana en esta celda, sola. Unas horas más no me van a matar. La pregunta es... ¿vosotras cuánto podéis esperar? ¿Y qué diréis si os descubre alguien que no sea un lameculos de la Gallega?

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