LA CONDENA - Episodio 46: Isabel
El protocolo de ingreso tras el accidente había sido un infierno burocrático. Declaraciones, formularios, un interrogatorio largo y tedioso en el que Kiara repitió una y otra vez la misma versión: el furgón volcó, ella quedó inconsciente, despertó junto a la agente que la custodiaba —Begoña—, pasaron la noche escondidas en una gasolinera abandonada mientras el tumulto seguía fuera, y por la mañana, en cuanto tuvieron cobertura, la agente contactó con sus superiores y la entregó. Omitió, por supuesto, lo que había ocurrido entre ellas en aquel pequeño almacén. Esa noche era solo suya, y de nadie más.
La creyeron. O al menos, no tenían pruebas para no hacerlo. La muerte de dos agentes y el caos general habían sumido a las autoridades en una maraña administrativa. Kiara era solo una reclusa más que volvía a su celda con un informe que certificaba su buena conducta durante el incidente.
Pero cuando cruzó la puerta del módulo, algo olía mal.
No era un olor físico. Era la tensión, el aire denso, los murmullos, las miradas esquivas que se cruzaban entre las reclusas como mensajes en código. Kiara avanzó por el pasillo central, sus ojos verdes recorriendo el patio, la zona común, los rincones donde solían reunirse las suyas.
Reconoció a algunas hermanas. Pero no vio a La Gitana. Tampoco a Elisa. En cambio, en el fondo del módulo, junto a las celdas de castigo, un grupo de reclusas forcejeaba. Entre ellas, distinguía el pelo oscuro de Alba y los movimientos nerviosos de Carlota. Las dos novias inseparables estaban en medio del tumulto, junto a otras dos reclusas de la Hermandad y varias más que Kiara no reconocía como parte del grupo, pero que les eran afines.
El grito rasgó el aire.
—¡A por La Gallega!
Kiara no entendía nada. La Gallega era una de las veteranas, una mujer de unos cincuenta años, con una red de contactos fuera que la convertían en una figura muy temida. ¿Qué había hecho? ¿Por qué las suyas estaban contra ella?
Se abrió paso entre la creciente multitud, empujando codos, esquivando brazos. Las internas se arremolinaban como moscas alrededor del conflicto, unas animando, otras intentando mediar, la mayoría simplemente observando con los ojos muy abiertos.
Carlota estaba forcejeando directamente con La Gallega, sus manos robustas aferradas a las muñecas de la mujer mientras Alba la sujetaba por los hombros desde atrás. Otras dos reclusas —Kiara las conocía de vista, aunque no las trataba— ayudaban a inmovilizarla. La Gallega tenía un labio partido y sangre en la mejilla, pero aún así oponía resistencia, maldiciendo palabras que Kiara no alcanzaba a distinguir.
—¡La Gallega nos ha vendido! —gritó una de las reclusas afines desde el fondo—. ¡Chivatazo a los funcionarios! Por su culpa han registrado el módulo.
El registro. Kiara no sabía nada de ningún registro. Había estado fuera, en aquella gasolinera, en aquella noche que aún le quemaba en la memoria. Había perdido días clave.
—¡Tres de las nuestras han caído! —otra voz, más aguda, más desesperada—. ¡Traslado directo a la de máxima seguridad!
El caos se intensificó. Alguien lanzó un puñetazo. Alguien gritó. La Gallega soltó un alarido cuando un golpe le alcanzó en el hombro. Carlota tensó el brazo, lista para descargar otro golpe sobre la cabeza de la mujer rubia...
Y Kiara se interpuso.
—¡Para! —gritó, plantándose entre Carlota y su objetivo, con las manos en alto, las esposas recién retiradas dejando marcas rojas en sus muñecas—. ¡Para, joder! ¿Qué coño está pasando?
Carlota la miró. Sus ojos, enrojecidos por la ira, tardaron un segundo en reconocerla.
—¿Kiara? —su voz era un hilo roto—. ¿Tú... tú qué haces aquí? Creíamos que...
—Que me había fugado, ya lo sé. Pues no. Estoy aquí. Y no voy a dejar que te juegues el resto de tu condena por una cabrona que no lo merece.
Alba, aún sujetando a La Gallega por los hombros, miró a Kiara con una mezcla de alivio y frustración.
—Kiara, no entiendes. Esta perra nos ha hundido. La Gitana está...
—¿Dónde está La Gitana? —interrumpió Kiara, buscando con la mirada a la líder.
—Está bien —respondió Alba, bajando la voz—. Pero está harta. Esto ha sido un golpe duro, y ella... ella está recomponiendo los pedazos. No quiso estar aquí cuando esto empezara. Dijo que confiaba en nosotras para manejarlo.
La Gallega, aún sujeta, escupió sangre en el suelo.
—Yo no delaté a nadie, zorras. Esto es una puta trampa y todas lo sabéis. La estáis cagando.
—¡Cállate! —Carlota volvió a tensar el brazo, pero Kiara sujetó su muñeca.
—No. Escúchame. Esto es lo que quieren. Que nos matemos entre nosotras para tener excusa para meter más presión.
—No. Escúchame. Esto es lo que quieren. Que nos matemos entre nosotras para tener excusa para meter más presión.
Carlota soltó una risa amarga, sin humor. Sus ojos, aún encendidos, se clavaron en los de Kiara.
—¿Presión? ¿De verdad crees que esto es solo por un puto chivatazo?
Kiara frunció el ceño. Algo en el tono de Carlota le heló la sangre.
—¿Qué quieres decir?
Carlota soltó a La Gallega de un empujón, dejando que las otras reclusas la sujetaran.
—La Gallega no se ha chivado de nada —dijo Carlota, la voz quebrada—. Es mucho peor.
—¿Peor que un chivatazo? —preguntó Kiara, confundida.
Carlota tragó saliva. A su lado, Alba bajó la mirada, apretando la mandíbula.
—Intentó matar a La Gitana —soltó Carlota, como quien escupe veneno—. Está aliada con las nazis. Helga, Sandra y Tamy la inmovilizaron, le hicieron cosquillas y trataron de asfixiarla.
Kiara sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—¿Qué...? ¿Está bien? ¿La Gitana está bien?
—Sí —respondió Alba, con voz tensa—. Maribel las detuvo. Pero estuvo cerca, Kiara. Muy cerca.
Kiara miró a La Gallega. La mujer rubia, con la cara ensangrentada, le devolvió la mirada con una frialdad que helaba. No había miedo en sus ojos. Ni arrepentimiento. Solo un desafío vacío.
Kiara negó con la cabeza, incrédula.
—También mataron a La Flaca. No fue una sobredosis accidental, se la llevaron y se la provocaron, dejando que se ahogara en su celda.
El nombre de La Flaca flotó en el aire como un fantasma. Kiara cerró los ojos un instante. La Flaca era una de las suyas.
—La Flaca —dijo Kiara, abriendo los ojos— Joder.
Carlota asintió, con el rostro desencajado.
—Y el otro día mataron a Loba por traicionarlas, culpando a Aminata, la hija de Mimi, que ingresó cuando estábamos fuera.
Loba muerta. Aminata, la hija de Mimi. Kiara sintió un nudo en la garganta. Había demasiada información que procesar.
—Por eso estamos aquí —dijo Alba, rompiendo el silencio—. No es un motín, Kiara. Es justicia.
Kiara miró a su alrededor. Vio los rostros de las reclusas, algunas de la Hermandad, otras no, pero todas unidas por la misma sed de algo que no sabía si podían permitirse. Vio el odio, el dolor, la rabia contenida. Y vio, también, el abismo. Un paso en falso y todas caerían.
Pero La Gallega había matado a una de las duyas. Había intentado matar a La Gitana. Se había aliado con los que les habían disparado en la carretera.
Kiara apretó los puños. Ya no sabía si estaba allí para calmar los ánimos o para unirse a ellas.
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La celda de La Gitana era un espacio pequeño, casi monacal, pero en sus paredes de cemento colgaban recuerdos de una vida dentro de otra vida: fotografías de reclusas que habían pasado por la Hermandad, dibujos hechos a mano, una postal de una playa que nadie sabía de dónde había salido. La mujer estaba de espaldas a la puerta, rebuscando en la estantería metálica que hacía las veces de mesilla. Su figura, menuda pero firme, contrastaba con la leyenda que la precedía.
El ruido de la puerta al abrirse no la sobresaltó. En la prisión, una aprendía a reconocer las pisadas, las intenciones, el peso del aire antes incluso de girarse.
—Tienes que parar esto, Gitana —dijo la reclusa que entraba, una mujer de unos cuarenta y cinco años, pelo canoso recogido en una coleta baja, ojos oscuros y cansados—. Si no paras ahora, estáis todas muertas.
La Gitana no se giró. Sus dedos continuaron recorriendo los objetos de la estantería con una calma que parecía ajena a las urgencias del momento.
—Te recuerdo que ya ha muerto gente —respondió, su voz grave, pausada, como quien conversa sobre el tiempo.
La reclusa dio un paso adelante. Su rostro mostraba una mezcla de frustración y algo que podría haber sido miedo, o quizá respeto mal disimulado.
—Morirá mucha más gente, Gitana. Esto no es uno de tus juegos de cosquillas que ya conoce todo el centro.
La Gitana se giró entonces. Sus ojos, oscuros también, pero con un brillo que los años de encierro no habían logrado apagar, se posaron sobre la intrusa. No había enfado en su mirada. Tampoco sorpresa. Solo una certeza antigua, como si ya hubiera previsto esta conversación mucho antes de que ocurriera.
—No —dijo, con una lentitud deliberada—. Hasta ahora he intentado mantener la estabilidad sin derramar sangre. Pero con tu jefa es imposible. Díselo.
La reclusa negó con la cabeza, acercándose un poco más. Su postura era tensa, pero no agresiva.
—No me envía ella. Vengo por propia voluntad. En serio, hay que parar esto. —Hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas—. ¿De verdad pensabas que ibas a solucionarlo todo eternamente a base de cosquillas?
La Gitana sonrió.
—Te demostraré que así es —dijo, separándose de la estantería y dando un paso hacia el centro de la celda—. Hagamos un trato: si eres capaz de soportar solo cinco minutos de mis cosquillas, bajaré y pararé esto.
La reclusa la miró, incrédula. Parpadeó una, dos veces. Sus labios se entreabrieron, como si fuera a reírse, pero la risa no llegó. La Gitana seguía allí, seria, esperando. No era una broma.
—¿Estás de coña? —preguntó la mujer, su voz un hilo de incredulidad.
—Nunca bromeo con mis métodos —respondió La Gitana, sin perder la calma—. Cinco minutos. Si aguantas, bajo y lo paro. Si no... tu jefa pagará por lo que ha hecho.
La reclusa la estudió un largo momento. Sus ojos recorrieron el rostro de La Gitana, buscando el engaño, el doble filo. No lo encontraron. La líder de la Hermandad tenía la reputación de cumplir su palabra, incluso cuando esa palabra era tan absurda como aquella proposición.
—¿Cinco minutos? —repitió la mujer, como si necesitara confirmarlo.
—Cinco minutos —asintió La Gitana—. Y te dejaré elegir la posición.
La reclusa soltó un suspiro largo, un rendirse a la locura del momento. Negó con la cabeza, pero sus hombros se relajaron ligeramente.
—Vale —dijo, con un tono que aún conservaba un resto de escepticismo—. Vale. Pero si gano, quiero algo más que solo que pares esto.
La Gitana arqueó una ceja, interesada.
—¿Qué quieres?
—Protección. Para mí y para las que no están con tu Hermandad. Que esto no se convierta en una cacería.
La Gitana la miró largamente. Luego, extendió la mano.
—Trato hecho.
La reclusa dudó un segundo, luego tomó su mano. El apretón fue firme, un pacto sellado en el silencio de la celda mientras afuera, en el módulo, el motín contenía el aliento.
—Elige —dijo La Gitana, soltando su mano y señalando la litera—. Boca arriba o boca abajo. Con o sin ataduras.
La mujer tragó saliva. Por primera vez desde que entró, sus ojos reflejaron algo parecido al miedo.
—Boca arriba —respondió, con voz más queda—. Y sin ataduras. Confío en que cumplirás.
La Gitana sonrió de nuevo, esta vez más amplia.
—Sabia decisión. —Señaló la litera inferior—. Túmbate. Y prepárate, Isabel. No va a ser un paseo.
Isabel —porque ese era su nombre, aunque nadie lo usaba en los pasillos— se acercó a la litera. Se quitó el uniforme y las zapatillas, se tumbó boca arriba sobre la manta, los brazos a los costados, la respiración ya acelerada por la anticipación. Miró el techo de cemento, las manchas de humedad, los desconchones. Pensó en lo absurdo de la situación.
La Gitana se arremangó la camisa lentamente, con la parsimonia de un cirujano antes de una operación. Se acercó a la litera, miró a Isabel desde arriba.
—¿Lista?
—No —respondió Isabel, con sinceridad.
—Mejor así —dijo La Gitana—. La sinceridad es el primer paso.
Isabel se quedó en ropa interior sobre la cama. La camiseta y el pantalón del uniforme quedaron doblados a los pies del colchón, junto a las zapatillas que ya se había quitado antes. Su cuerpo era el de una mujer de mediana edad que había vivido demasiado en prisión: flácido en algunos sitios, fibroso en otros, con tatuajes desvaídos en los antebrazos y una cicatriz en forma de media luna sobre la cadera derecha. Su sostén era blanco, funcional, y sus bragas de algodón gris. Nada de seducción. Solo una mujer a punto de ser sometida a un examen que ella misma creía ridículo.
La Gitana la observó un momento, con la cabeza ligeramente inclinada, como si estudiara una pieza de ajedrez antes de moverla.
—Ya que no vas a estar atada —dijo, señalando el cabecero de la cama, de hierro cobrizo y frío—, tienes que mantener los barrotes agarrados con ambas manos. Puedes reír, puedes gritar, puedes moverte cuanto quieras. Pero si sueltas los barrotes, pierdes. ¿Entendido?
Isabel asintió, estirando los brazos por encima de la cabeza hasta que sus dedos encontraron los barrotes. Los sujetó con firmeza, las palmas hacia arriba, las muñecas apoyadas en el metal.
—Entendido —dijo, con voz segura.
La Gitana sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Te veo muy segura.
Isabel encogió un hombro, todo desdén.
—Solo son cosquillas. Puedo con ello.
La Gitana no respondió. Se acercó un paso más, situándose a la altura de la cabeza de Isabel, justo donde sus axilas quedaban expuestas, vulnerables, bajo los brazos levantados. Desde allí podía ver la piel pálida, el vello oscuro y rizado que asomaba por los bordes del sostén, la forma en que Isabel respiraba, aún tranquila, aún confiada.
La verdad era que La Gitana no sabía nada de Isabel. No sabía si tenía cosquillas, si era sensible, si su cuerpo respondería como ella esperaba. Su jefa, la Gallega, era completamente insensible a ese tipo de contacto —una roca, un bloque de granito en el que ningún cosquilleo parecía hacer mella. Pero Isabel no era la Gallega. Isabel era otra cosa. Y La Gitana estaba a punto de descubrir qué.
—Claro que puedes —dijo La Gitana, con suavidad—. Claro que sí.
Sus manos se elevaron, los dedos extendidos como las patas de una araña blanca. Isabel contuvo el aliento, pero no apartó la mirada. Sus ojos oscuros seguían fijos en los de La Gitana, como si quisiera demostrar que no le importaba, que estaba por encima de aquello.
Las yemas de los dedos de La Gitana encontraron las axilas de Isabel al mismo tiempo. A la izquierda y a la derecha, un movimiento sincronizado. No fue un ataque, sino una caricia: dedos que se hundían suavemente en el vello, que revolvían, que exploraban la piel caliente y húmeda bajo los brazos.
La carcajada que brotó de la garganta de Isabel fue sonora, ronca, como un ladrido inesperado en el silencio de la celda. Su cuerpo se arqueó, los abdominales contraídos, y sus manos se aferraron a los barrotes con una fuerza que enblanqueció sus nudillos.
—¡Joderrr...! —alcanzó a decir, antes de que otra oleada de cosquillas la interrumpiera.
La Gitana no cesó. Sus dedos continuaron su danza lenta, metódica, ascendiendo y descendiendo por el hueco de las axilas, rozando los bordes del sostén, descendiendo ligeramente por los costados de las costillas. Isabel se retorcía en la litera, sus piernas pateando la manta, su cabeza girando de un lado a otro como si buscara una posición que la librara de la sensación.
—¡Ja-ja-ja! ¡Hostia, para! —gritó, pero sus manos seguían agarradas a los barrotes. Aún no había perdido.
La Gitana sonrió, satisfecha. No era insensible. No como la Gallega. Isabel era carne viva, nervio expuesto, y sus cosquillas eran una prueba de ello.
—¿Segura que puedes? —preguntó La Gitana, sin dejar de mover los dedos.
—¡Ja-ja-ja-que te... que te calles, joder!
La risa de Isabel llenaba la celda, un sonido que se filtraba por la puerta entreabierta y se perdía en los pasillos del módulo, mezclándose con los gritos lejanos del motín. Era una risa involuntaria, primaria, la de alguien que había olvidado lo que era reír así, con todo el cuerpo, sin control.
Pero sus manos seguían en los barrotes. Aún no había soltado.
La Gitana cambió el ritmo, ahora más rápido, los dedos vibrando como alas de insecto por la piel blanca. Isabel soltó un grito agudo, una carcajada que se convirtió en un jadeo y luego otra vez en risa, un ciclo imparable.
—¡No puedo, no puedo, joder, no! —suplicó, pero sus dedos seguían blancos sobre el hierro.
La Gitana no respondió. Solo continuó, paciente, implacable, como quien sabe que el tiempo está de su lado. Cuatro minutos...
Solo había pasado un minuto y el rostro de Isabel ya era otro. La seguridad de hacía un instante se había desmoronado por completo, reemplazada por una expresión de asombro casi infantil. Sus ojos, antes desafiantes, estaban ahora muy abiertos, como si no pudieran creer lo que su propio cuerpo estaba experimentando.
Los dedos de La Gitana seguían bailando sobre sus axilas, pero ya no era solo eso. Ahora recorrían el borde de sus costillas, la parte baja del torso,la cintura. Cada contacto era una descarga eléctrica, un latigazo de sensaciones que se propagaban por la piel de Isabel.
—¿Sabes? —dijo La Gitana, con una calma que contrastaba brutalmente con el estado de la mujer bajo sus manos—. A mí me queda muy poco de condena. Apenas unos meses.
Isabel escuchaba, o intentaba hacerlo, pero su cerebro estaba ocupado procesando las señales que le llegaban desde cada punto de contacto. Las axilas le hormigueaban como si tuviera hormigas bajo la piel. Las costillas subían y bajaban a toda velocidad. Su cuerpo se retorcía sobre la manta como una lombriz al sol, los pies frotándose entre sí, las piernas subiendo y bajando sin ritmo.
La risa que brotaba de ella era un caos de sonidos: ronquidos guturales que nacían en lo profundo de su garganta, gruñidos que parecían sorprenderla a ella misma, carcajadas explosivas que se cortaban en seco cuando La Gitana cambiaba de zona y luego volvían con más fuerza. Mostraba los dientes y las encías, la boca abierta en una mueca que era todo risa y nada de control.
—Pero allá fuera —prosiguió La Gitana, mientras sus dedos descendían por los costados de Isabel, como las patas de una araña sobre la piel sensible— no tengo nada. ¿Entiendes?
Isabel intentó responder. Abrió la boca, pero lo que salió fue un gruñido extraño, un sonido que pretendía ser una palabra y se convirtió en una carcajada más. Sus manos seguían aferradas a los barrotes, los nudillos blancos, las venas marcadas en el dorso. No había soltado. Aún no.
—Mis chicas —continuó La Gitana, ahora atacando el borde inferior de las costillas de Isabel,— son lo único que tengo. Esta hermandad.
Un minuto y medio. La cara de Isabel ya estaba desencajada. Sus mejillas estaban congestionadas, su frente perlada de sudor. Los tatuajes desvaídos de sus antebrazos parecían moverse con la tensión de sus músculos.
La Gitana cambió de táctica. Sus dedos abandonaron las costillas y encontraron el vientre de Isabel, esa zona blanda y vulnerable. Ahora no había huesos que la protegieran, solo piel, solo carne, solo nervios expuestos. Las yemas de La Gitana se movieron lentas alrededor del ombligo.
El cuerpo de Isabel se arqueó violentamente. Su risa se hizo más aguda, más desesperada, un sonido que vibraba en el aire de la celda y rebotaba en las paredes de cemento. Su cabeza se sacudía de un lado a otro, el pelo canoso de la coleta deshaciéndose, los mechones pegados a la frente por el sudor.
—¡Jajajaja no! —logró articular, pero la frase se perdió en otra oleada de carcajadas—. ¡Ahí no, coño, ahí no!
La Gitana no hizo caso. Sus dedos ascendieron desde el ombligo hasta el esternón, describiendo un camino lento, deliberado, que dejaba a su paso una estela de cosquillas imposibles de ignorar. El torso de Isabel era un mapa de sensibilidades, y La Gitana lo estaba cartografiando con la precisión de quien conoce la geografía humana mejor que nadie.
Las piernas de Isabel pateaban el aire, las sábanas enmarañadas a sus pies. Sus dedos de los pies se curvaban y estiraban en un espasmo continuo. Y sus manos, siempre sus manos, seguían aferradas a los barrotes. No por voluntad, quizá, sino por puro reflejo, por una terquedad muscular que se negaba a rendirse aunque el resto de su cuerpo hubiera capitulado hace rato.
—Y haría lo que fuera por ellas —terminó La Gitana, inclinándose sobre Isabel, su rostro a centímetros del suyo, sus dedos aún moviéndose en sus costados—. ¿Lo entiendes ahora?
Isabel no pudo responder. Solo rió, rió con todo su ser. Aún faltaban más de dos minutos. Y por primera vez desde que entró en la celda, Isabel se preguntó si realmente podría aguantar.
Los dedos de La Gitana seguían moviéndose sobre su piel como patas de araña, incansables, precisos, encontrando cada punto débil con una exactitud que parecía sobrenatural. Había vuelto a centrarse en las axilas, insistiendo en esa zona que ya había demostrado ser especialmente vulnerable. Sus yemas vibraban sobre el vello húmedo, sobre la piel caliente y sensible, y la risa de Isabel era ya un torrente incontrolable que le impedía respirar con normalidad.
Pero fue entonces cuando La Gitana se agachó.
Su rostro se situó sobre el vientre desnudo de Isabel, y antes de que la mujer pudiera procesar lo que estaba ocurriendo, sus labios se posaron sobre la piel justo al lado del ombligo. Una pedorreta. Larga, sonora, vibrante. El aire y la saliva crearon ese sonido tan reconocible, tan infantil, tan absolutamente devastador en el contexto de una lucha por mantener el control.
—¡NO! —gritó Isabel, pero era tarde.
La sensación fue indescriptible. La vibración de los labios de La Gitana sobre su vientre se extendía en ondas concéntricas, activando terminaciones nerviosas que Isabel ni siquiera sabía que tenía. Y para colmo, las manos de La Gitana seguían atacando sus axilas, sin descanso, sin piedad. La combinación era letal.
Su cuerpo se convulsionó. Las piernas patearon el aire. La cabeza giró de un lado a otro. La risa que brotaba de su garganta era ya un sonido animal, desesperado, la de alguien que está siendo sometido a una presión que no había previsto y que no sabe si podrá soportar.
Y entonces, casi sin pensarlo, sus manos soltaron los barrotes.
Fue un acto reflejo, pura supervivencia. Sus brazos descendieron como un escudo, cubriendo sus axilas, protegiendo su vientre, tratando de poner una barrera entre su piel y esos dedos implacables. Solo cuando sus manos tocaron su propio cuerpo, cuando sintió la seguridad de haber detenido el ataque, fue consciente de lo que había hecho.
Dos minutos y unos pocos segundos. Eso fue todo lo que Isabel pudo resistir.
—¡NO! —gritó, esta vez de rabia.
Se incorporó sobre la litera, mirándose las manos vacías, los barrotes fríos que ya no sujetaba. Soltó un alarido de frustración, un sonido gutural que parecía salir de lo más profundo de su ser. Su rostro, aún enrojecido por la risa, se cubrió de vergüenza. Se tapó la cara con las manos, negando con la cabeza, incapaz de mirar a La Gitana.
—Dos minutos y unos segundos —dijo La Gitana, con voz suave, sin rastro de burla. Se enderezó, ajustándose la camisa—. Has aguantado bien.
Isabel no respondió. Sus hombros temblaban, ya no por las cosquillas, sino por la humillación. Había aceptado el trato segura de sí misma, convencida de que podría con ello. Y había durado dos minutos. Dos miserables minutos.
La Gitana se acercó un paso, pero no para continuar. Su mano se posó sobre la cabeza gacha de Isabel, acariciando su pelo canoso con una ternura que desarmaba.
—No te preocupes, niña —dijo, y la palabra "niña" en boca de La Gitana sonaba a absolución, a perdón—. Iba a parar este motín de todos modos.
Isabel levantó la cabeza, incrédula. Sus ojos se encontraron con los de La Gitana. Buscaban el engaño, la burla, la victoria malintencionada. No encontraron nada de eso. Solo una calma profunda.
—Solo quería demostrarte —continuó La Gitana, retirando su mano— que mis métodos no son ningún juego.
Isabel parpadeó, aún confundida. Su pecho seguía subiendo y bajando con la respiración agitada, y un temblor residual recorría sus piernas.
—Pero antes —dijo La Gitana, y su tono cambió ligeramente, volviéndose más juguetón, más deliberado—, debes convalidar el tiempo que te falta.
Antes de que Isabel pudiera reaccionar, La Gitana se agachó de nuevo. Su mano encontró el tobillo de Isabel, los dedos rodeando el hueso con firmeza pero sin brusquedad. Levantó el pie, lo sostuvo en el aire un momento, y lo miró.
Era un pie delgado, pálido, con los dedos largos y las uñas cuidadas. Los empeines, surcados por venas finas, tenían algo de frágil, de vulnerable. La Gitana sonrió para sus adentros. Kiara habría apreciado aquel pie. Era exactamente el tipo que a la rubia la hipnotizaban.
Entonces comenzó.
Sus yemas encontraron la planta, y el contacto fue suave al principio, casi una caricia. Describió círculos lentos en el arco, explorando la sensibilidad de esa piel que pocas veces recibe atención. El efecto fue inmediato. El pie de Isabel intentó retirarse, pero La Gitana lo sujetó con firmeza.
—¡Gitana! —exclamó Isabel, y ya había risa en su voz, una risa que apenas empezaba a brotar—. Los pies no, por tu puta madre.
La risa se intensificó cuando La Gitana atacó el centro de la planta, justo donde la piel es más suave, más sensible. Los dedos de Isabel se curvaron involuntariamente, y su cuerpo entero respondió con espasmos contenidos.
—¡Cosquillas en los pies no! —gritó, entre carcajadas que ya no podía controlar—. ¡Jajajajaja, Gitana, por favor!
La Gitana no respondió. Sus dedos seguían bailando sobre la planta, ascendiendo hasta la base de los dedos, descendiendo hasta el talón, trazando un mapa de sensibilidad que parecía no tener fin. Isabel se retorcía en la litera, su mano libre aferrándose a la manta, la otra aún presionada contra su vientre por el reflejo de la humillación anterior.
—¡Jajajaja te lo ruego, te lo ruego! —suplicaba entre risas, la cabeza echada hacia atrás, el pelo desparramado sobre la almohada—. ¡Los pies no, Gitana, los pies no!
Pero sus ojos, cuando lograba abrirlos, miraban a La Gitana con algo que ya no era solo súplica. Había también una especie de reconocimiento, una rendición que iba más allá del mero cumplimiento del trato. Isabel entendía ahora. Entendía por qué esa mujer había logrado mantener unida una hermandad durante años, en el lugar más hostil del mundo. No era por la fuerza. Era por esto. Por la capacidad de desarmar, de humillar sin destruir, de someter sin dañar.
La Gitana sonrió, satisfecha, y sus dedos continuaron su danza sobre el pie delgado y pálido de Isabel, mientras la risa de la mujer llenaba la celda y el motín, afuera, esperaba su resolución.
La risa de Isabel aún flotaba en el aire de la celda, deshaciéndose lentamente como el eco de una campana después de la tormenta. La mujer permanecía tendida en la litera, jadeando, con el pecho subiendo y bajando al ritmo de una respiración que aún no recuperaba la normalidad. Su pie, recién liberado, descansaba sobre la manta, y un temblor residual le recorría los dedos de vez en cuando, como si la piel recordara algo que el cerebro ya había olvidado.
La Gitana no dijo nada más. Se giró y caminó hacia la estantería metálica que había estado revisando cuando Isabel entró. Sus movimientos eran pausados, tranquilos, como si el tiempo no fuera una urgencia sino un territorio que ella dominaba. Su mano recorrió los lomos de los libros, los cuadernos, los pequeños objetos acumulados durante años de encierro. Hasta que encontró lo que buscaba.
Entre dos gruesos libros de tapa blanda, sus dedos extrajeron un sobre. Era de color marfil, con el borde ligeramente doblado en una esquina. No tenía nombre, ni dirección, ni ninguna marca que lo identificara. Solo un sobre, anónimo, que La Gitana sostuvo entre sus dedos durante unos instantes, como si pesara más de lo que su apariencia sugería.
Sus ojos lo miraron con una intensidad que Isabel no supo interpretar. Había algo en esa mirada, algo que no era tristeza pero se le parecía, o quizá melancolía, o quizá simplemente el recuerdo de algo que ya no volvería. La Gitana sopesó el sobre en su mano, lo giró, observó el reverso, y luego, con un gesto casi tierno, lo deslizó bajo la almohada de la litera superior.
No dijo para qué era. No dijo de dónde venía. No dio ninguna explicación.
Se ajustó la camisa, pasó una mano por su pelo oscuro, y caminó hacia la puerta. Antes de cruzar la cortina marrón que adornaba el umbral, se detuvo un segundo, sin girarse.
—Puedes irte cuando quieras —dijo, con su voz grave y calmada—. El trato está cumplido.
Y salió.
Isabel se quedó sola en la celda. El silencio cayó sobre ella como una manta pesada, roto solo por su propia respiración y los gritos lejanos del motín que aún resonaban en algún módulo. Permaneció un rato tendida sobre la vieja cama de matrimonio, mirando el techo de cemento y luego la almohada bajo la que La Gitana había escondido el sobre.
Por respeto —y fue un pensamiento consciente, deliberado—, no trató de leer lo que ponía. No se incorporó para deslizar la mano bajo la almohada. No alzó la vista para comprobar si el sobre tenía alguna marca, algún nombre, alguna pista sobre su contenido. No era su asunto. Y aunque La Gitana no se lo había pedido explícitamente, Isabel entendió que aquel sobre era parte de algo que no le pertenecía.
Se incorporó con un gemido, sintiendo los músculos resentidos por la tensión de los últimos minutos. Buscó su ropa al pie de la litera: el pantalón y la camiseta beige del uniforme. Se vistió con movimientos lentos, casi mecánicos, atándose la coleta antes de subir la cremallera. Sus manos aún temblaban un poco.
Cuando terminó, se quedó un momento de pie en el centro de la celda, mirando la almohada. El sobre no se veía. Estaba oculto, como un secreto que ella había decidido no desenterrar.
Luego se giró y salió.
La puerta se cerró tras ella con un clic metálico. El pasillo estaba vacío, pero los gritos del motín se oían más cerca ahora, mezclados con el sonido de los funcionarios corriendo, las radios crepitando, el caos contenido que amenazaba con desbordarse. Isabel caminó hacia el ruido, hacia donde el motín seguía su curso, hacia donde La Gitana ya habría llegado para cumplir su palabra y detener lo que ella misma había iniciado.
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El módulo era un infierno contenido. Sillas volaban por el aire, bandejas metálicas se estrellaban contra las paredes con un ruido ensordecedor, colchones ardiendo en alguna esquina llenaban el ambiente de humo y olor a espuma quemada. Los pocos funcionarios del turno de noche —cuatro, tal vez cinco— trataban de poner orden entre la marea de cuerpos, sus porras extendidas, sus radios crepitando con llamadas de refuerzo que aún tardarían en llegar.
En el centro del caos, la Gallega estaba rodeada por un grupo de reclusas que la sostenían en pie. Su rostro, antes imponente, era ahora una máscara de sangre. Tenía el labio partido en dos sitios, una ceja abierta que le teñía medio ojo de rojo, y la boca ensangrentada por algún diente que se había aflojado con los golpes. Pero aún así sonreía. Una sonrisa torcida, desafiante, que no pedía clemencia ni la ofrecía.
A pocos metros, otro grupo —más pequeño, pero más violento— trataba de liberarla. Eran las afines a la narcotraficante, mujeres duras, con tatuajes de lágrimas en el rostro y cicatrices en los nudillos. Se abrían paso a golpes entre las reclusas que sujetaban a la Gallega, sus puños encontrando costillas y mandíbulas sin discriminación. El aire olía a sangre y sudor, a adrenalina y a miedo.
Fue entonces cuando el grito rasgó el tumulto.
—¡GALLEGA!
No fue un grito especialmente alto. No necesitó serlo. Había en él una calidad gutural, profunda. Un sonido que todas conocían, que todas temían, que todas respetaban.
El tiempo se detuvo.
Las sillas dejaron de volar a medio trayecto. Las bandejas cayeron al suelo con sonidos metálicos y dispersos. Los colchones ardieron un momento más en el silencio repentino. Las reclusas que forcejeaban se separaron lentamente, como si un imán invisible las hubiera empujado hacia atrás. Incluso los funcionarios, aquellos cuatro o cinco hombres y mujeres con porras y uniformes arrugadod, interrumpieron sus movimientos y se volvieron hacia el origen de la voz.
La Gitana estaba en lo alto de la escalera que conducía a las celdas. Su figura menuda parecía más pequeña aún contra el bullicio que acababa de congelarse, pero había algo en su presencia que llenaba el espacio entero. Sus brazos colgaban a los costados, las manos abiertas. Su rostro, iluminado por las luces de emergencia que habían reemplazado a los neones rotos, era una máscara de calma tensa.
Bajó los escalones uno a uno. Las reclusas se apartaban a su paso como el mar ante una roca que avanza. Cuando llegó al suelo del módulo, caminó hacia el centro del círculo que se había formado a su alrededor. La Gallega, aún sujetada por sus captoras, la miraba con sus ojos inyectados en sangre.
La Gitana se detuvo a unos tres metros de ella.
—Esto es entre tú y yo —dijo, su voz clara y firme, sin necesidad de gritar—. No tiene que derramarse más sangre. Resolvamos esto cuerpo a cuerpo.
Un murmullo recorrió la multitud. Algunas reclusas se miraban entre sí, incrédulas. La Gitana no era una luchadora. Su poder no residía en sus puños, eso todas lo sabían.
La Gallega sonrió, mostrando los dientes manchados de sangre. Los funcionarios, que habían escuchado el intercambio, se mantenían al margen. No interferían. Sabían que, en ocasiones, la justicia carcelaria tenía sus propios códigos.
—Te recuerdo, Gitana —dijo la Gallega, con voz ronca— que yo no tengo cosquillas.
Algunas de sus afines soltaron risas nerviosas, celebrando la frase. Fueron breves, incómoda s, y murieron pronto cuando vieron que la Gitana no inmutaba su expresión.
—Ya lo sé —respondió la Gitana, con una lentitud que subrayaba cada palabra—. Ahora hablaremos tu lenguaje. Pero tú y yo. —Hizo una pausa, sus ojos oscuros fijos en los de su enemiga—. Si te gano, dejaréis en paz a mis chicas.
La Gallega se incorporó, apartando a las mujeres que la sujetaban con un gesto de su brazo. Se tambaleó un momento, recuperando el equilibrio, y se quedó de pie frente a la Gitana. Su altura le sacaba una cabeza, y su complexión, aunque golpeada, era el doble de imponente que la de su rival.
—Te advierto que te estás suicidando —dijo la Gallega, limpiándose la sangre del labio con el dorso de la mano—. Pero trato hecho.
Se escupió en la palma y extendió la mano. La Gitana no dudó. Su mano pequeña se encontró con la de la Gallega, y el apretón fue firme, un pacto sellado bajo la mirada de cientos de reclusas y unos pocos funcionarios que ya habían bajado sus porras, rendidos a la evidencia de que aquello seguiría su curso, con ellos o sin ellos.
El círculo se ensanchó, dejando un espacio de unos cinco metros de diámetro alrededor de las dos mujeres. Las reclusas de un bando y otro se mezclaban ahora en el perímetro, sus diferencias aparcadas momentáneamente ante el espectáculo que se avecinaba. Alguien apagó el colchón que ardía con una manta húmeda, y el humo se disipó lentamente.
Las dos contendientes se miraban. Una alta y sanguinolenta, la otra menuda y serena. Una dura de puños y navajas, la otra experta en la piel y las risas. El lenguaje de una no era el de la otra, pero esa noche, en ese círculo improvisado sobre el suelo de cemento, iban a entenderse por las malas.
La Gallega fue la primera en moverse.
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