LA CONDENA - Episodio 47: Marta y Lourdes
Aminata no había dormido. No podía. Su cuerpo, agotado por las horas de tortura, pedía descanso, pero su mente se negaba. Permaneció inmóvil sobre la colchoneta, sus ojos negros fijos en las dos funcionarias que se habían acurrucado en el rincón opuesto de la celda.
Marta se había quitado el uniforme azul y lo había doblado para usarlo como almohada. Dormía boca arriba, con los brazos cruzados sobre el pecho, la boca entreabierta. Roncaba. No era un ronquido leve, sino un sonido profundo, gutural, que resonaba en el pequeño espacio como un motor averiado. Su pecho subía y bajaba con un ritmo pausado, y sus manos, grandes y ásperas, descansaban sobre su estómago cubierto por la camiseta de tirantes.
Lourdes, en cambio, apenas se movía. Se había quitado también el uniforme y yacía acurrucada sobre su costado, con las rodillas pegadas al pecho y los brazos rodeándose las piernas. Su respiración era apenas un susurro, casi inaudible. Parecía más pequeña sin el uniforme, más frágil. De vez en cuando emitía un gemido leve, como si sus sueños fueran inquietos.
Aminata las observaba. Había estado esperando este momento. Sabía que, con el agotamiento y la tensión del motín, terminarían durmiéndose. Y ahora, en el silencio de la celda, con el fluorescente parpadeando débilmente, era el momento.
Comenzó a trabajar con sus ataduras.
Las esposas de plástico mordían sus muñecas, apretadas contra los barrotes de la litera. Había intentado forcejear, pero el plástico era grueso, resistente. Necesitaría otra estrategia.
La joven trataba de dislocarse el pulgar para librarse de las esposas de los policías corruptos. Dolía, pero funcionaba.
Pausó un momento, cerrando los ojos. Respiró hondo. Luego, con un movimiento rápido y seco, forzó su pulgar izquierdo hacia atrás.
Un crujido sordo. Un dolor agudo, blanco, que le recorrió el brazo hasta el hombro. Mantuvo la boca cerrada, ahogando el grito. Una lágrima escapó de sus ojos, pero no hizo ruido.
El pulgar quedó dislocado, colgando en un ángulo extraño. Pero ahora su mano era más estrecha. Con cuidado, deslizó la muñeca hacia afuera. El plástico cedió, raspando su piel. Salió.
Respiró hondo otra vez, el dolor palpitando en su mano. No tenía tiempo para lamentarse. Rápidamente, liberó la otra muñeca con la misma operación. Los pulgares dislocados colgabab inútiles, pero podía usarlos más tarde. Ahora, necesitaba moverse.
Se incorporó sin hacer ruido. Las sombras de la celda la cobijaban. El ronquido de Marta seguía rítmico, ininterrumpido.
Aminata buscó con la mirada. En el rincón, junto a las funcionarias dormidas, estaban los uniformes doblados. Pero también los cinturones. Y en los cinturones, esposas metálicas. Mejor que el plástico.
Se acercó en silencio, sus pies descalzos apenas rozando el cemento frío. Con manos temblorosas por el dolor, tomó los cinturones y extrajo las esposas. También encontró un trozo de cuerda que había traído de alguna de las dos, tirada en un rincón.
Volvió junto a las funcionarias dormidas. Sus ojos se posaron en los tobillos de Lourdes, delgados, blancos. Con cuidado, con una lentitud exquisita, pasó la cuerda alrededor de ambos tobillos y anudó un lazo firme. No demasiado apretado, pero sí seguro.
Luego hizo lo mismo con los tobillos de Marta. Los de la mujer mayor eran más gruesos, tostados por el sol, con venas marcadas. Aminata tuvo que hacer un nudo más grande, pero funcionó.
El ronquido de Marta cesó.
Aminata se quedó inmóvil, conteniendo la respiración. Los segundos se alargaron como horas. Pero Marta solo se giró ligeramente, murmuró algo ininteligible, y volvió a roncar.
Aminata exhaló en silencio. Luego, con el extremo de la cuerda en su mano, se preparó.
Tiró.
Un tirón seco, firme, que tensó la cuerda y cerró los lazos alrededor de los tobillos de ambas mujeres. El movimiento brusco las despertó de golpe.
Marta abrió los ojos, desorientada. Sus manos se movieron instintivamente hacia su cinturón, pero no estaba. Vio a Aminata de pie sobre ella, con la cuerda en la mano, y la conciencia le volvió como un latigazo.
—¡Qué...! —gruñó, tratando de incorporarse.
Pero Aminata tiró de la cuerda hacia atrás. Los tobillos de Marta fueron arrastrados, y su cuerpo perdió el equilibrio. Cayó hacia adelante, de bruces, el rostro golpeando el cemento con un golpe sordo.
—¡Agh! —exclamó, escupiendo saliva y algo de sangre de un labio partido.
Lourdes se incorporó sobresaltada, sus ojos verdes muy abiertos. Vio a Marta en el suelo, a Aminata tirando de la cuerda, y su cuerpo reaccionó antes que su mente. Intentó levantarse, pero sus tobillos estaban atados a los de Marta, y el tirón la arrastró también. Cayó hacia adelante, sobre la espalda de Marta, sus brazos flacos extendiéndose para frenar el golpe.
—¡Será hija de puta! —gritó Lourdes, su voz temblorosa.
Aminata no respondió. Con movimientos rápidos y precisos, se acercó a las dos mujeres enredadas en el suelo. Marta intentaba levantarse, forcejeaba, pero la posición era incómoda, y los lazos en sus tobillos la mantenían unida a Lourdes. Aminata aprovechó la confusión: tomó las esposas metálicas que había preparado y, con una agilidad que su cuerpo agotado no debería tener, esposó las manos de Marta a la espalda. Luego, las de Lourdes.
—¡No te atrevas! —gruñó Marta, retorciéndose como un gusano—. ¡Cuando salgamos de aquí, te pudres en la celda de castigo el resto de tu vida!
—Cuando salgáis de aquí —respondió Aminata, con voz calmada, ronca—, ya no estaré yo.
Terminó de esposarlas. Luego, las arrastró hacia la litera. Las dos funcionarias, enredadas, maniatadas, se movían como podían, pero era inútil. Aminata era más joven, y a pesar del agotamiento, la adrenalina la impulsaba.
Ató las esposas de Marta a los barrotes de la litera. Luego, las de Lourdes al mismo barrote, dejándolas sentadas en el suelo, una al lado de la otra, con los tobillos aún atados entre sí.
Marta y Lourdes quedaron así, en camiseta de tirantes y bragas, sus uniformes en el rincón, sus piernas desnudas y pálidas sobre el frío cemento Marta tenía el labio partido, una gota de sangre resbalando por su barbilla. Lourdes temblaba, sus ojos verdes llenos de lágrimas.
—¿Qué vas a hacer con nosotras? —preguntó Lourdes, su voz un hilo de terror.
Aminata se sentó frente a ellas, apoyando la espalda contra la pared opuesta. Sus pulgares dislocados colgaban, hinchados, y por primera vez permitió que el dolor se reflejara en su rostro. Hizo una mueca y, con un movimiento rápido, recolocó el hueso en su sitio. Un crujido, un gemido ahogado, y un pulgar volvió a su lugar. Después, el otro.
Miró a las dos funcionarias. Sus ojos negros, enrojecidos por las horas de llanto y agotamiento, tenían ahora un brillo de acero.
—Vais a decirme todo lo que sabéis de la Gallega —dijo, con voz pausada—. Sus contactos. Sus planes. Los funcionarios que la protegen. Las reclusas que la obedecen. Todo.
—No sabemos nada —respondió Marta rápido, demasiado rápido.
Aminata sonrió. Una sonrisa cansada, pero llena de determinación.
—Mentira. Me habéis estado torturando durante horas por orden suya. Sabéis cosas. Y vais a contármelas.
Se levantó y caminó hacia ellas. Lourdes se encogió, pegándose al cuerpo de Marta. La mayor mantuvo la mirada desafiante, pero sus ojos, pequeños y marrones, traicionaron una chispa de miedo.
—No voy a pegaros —dijo Aminata, deteniéndose frente a ellas—. No voy a usar la porra ni las esposas.
Se arrodilló frente a Lourdes, tan cerca que podía sentir su aliento tembloroso. La miró fijamente.
Lourdes rompió a llorar en silencio. Las lágrimas corrían por sus mejillas afiladas, manchando la camiseta de tirantes.
—¿Qué vas a...? —balbuceó.
Aminata levantó sus manos. Los dedos largos, morenos, aún temblorosos por el agotamiento. Pero firmes.
—Vais a reíros —dijo—. Vais a reíros como me he reído yo. Y cuando no podáis más, vais a contarme todo lo que sabéis. Y luego... luego decidiré qué hago con vosotras.
Marta escupió en el suelo, un gesto de desprecio.
—Haz lo que quieras. No voy a decirte nada.
Aminata la miró. Luego, con una lentitud que helaba la sangre, extendió una mano hacia el pie desnudo de Marta, que asomaba bajo el tobillo atado.
—Ya veremos —susurró.
Los pies de Marta eran un mapa de rudeza. Años y años de botas de cuero mal ajustadas, de guardias interminables de pie sobre el cemento frío, de caminatas por pasillos húmedos, habían dejado su huella. La piel de sus plantas era gruesa, callosa, surcada por grietas profundas y manchas de durezas mal cuidadas. Los talones, agrietados. Los dedos, gordos y rechonchos, se movían arriba y abajo.
Aminata los observó un momento, con el mismo desdén con que ella había sido observada horas antes. Luego, sin prisa, extendió sus manos.
Sus dedos, morenos y largos, contrastaban brutalmente con la piel blanquecina y áspera de la funcionaria. Comenzó a recorrer las plantas con las uñas, no con la agresividad sádica que habían usado con ella, sino con una exploración meticulosa, casi científica.
Las uñas de Aminata estaban cortas, limadas, pero la punta era suficiente para crear ese cosquilleo superficial que precede a la risa. Recorrió el talón, subió por el arco, bajó hacia la bola del pie. Cada centímetro era un territorio diferente: más duro aquí, más agrietado allá, pero en los bordes, donde la piel se volvía más fina, la sensibilidad seguía intacta.
Marta movió el pie instintivamente. Un espasmo leve, apenas perceptible. Su rostro, cuadrado y duro, se tensó. Los labios finos se apretaron en una línea recta. Pero sus ojos, pequeños y marrones, delataban la lucha interior.
—¿Qué pasa, Marta? —preguntó Aminata con voz serena, sin detener el movimiento de sus dedos—. ¿Te molesta?
Marta no respondió. Contenía la respiración, los músculos de la mandíbula en tensión. Pero el pie, traidor, se retorció ligeramente, intentando escapar de las uñas que lo recorrían.
Aminata insistió, buscando. Pasó de las uñas a las yemas, presionando suavemente en los puntos donde la piel era más delgada: el borde interno del arco, la almohadilla justo bajo los dedos, el espacio entre el talón y el arco. Marta emitió un sonido ahogado, algo entre un gruñido y una risa contenida.
—Así no vas a conseguir nada —escupió Marta, con desprecio—. Negra de mierda.
El insulto flotó en el aire. Aminata no se inmutó. Sus dedos siguieron explorando, ahora más lentamente, más deliberadamente. Subió hasta los dedos de los pies. Los tomó uno por uno y los separó suavemente, exponiendo la piel fina y blanca de los espacios interdigitales.
—¿Esto te hace cosquillas, Marta? —preguntó Aminata.
Marta apretó los dientes. Su cara estaba congestionada, las mejillas encendidas. Un temblor recorría su pierna, un espasmo involuntario que no podía controlar.
—No vas a... —intentó decir, pero la frase se cortó cuando los dedos de Aminata encontraron el punto exacto.
Fue justo debajo de los dedos. Aminata recorrió esa zona con sus uñas.
Marta soltó una carcajada. No fue una risa contenida, ni un intento fallido de disimular. Fue una risa franca, sonora, que brotó de sus pulmones como un animal atrapado. Su cuerpo se sacudió, intentando retirar el pie, pero los tobillos seguían atados a los de Lourdes, y las esposas la mantenían sujeta a los barrotes.
—¡No... ahí no! —gritó entre carcajadas, su rostro congestionado de vergüenza y furia—. ¡Para, hija de puta!
Aminata no paró. Al contrario, intensificó el ataque. Usó de nuevo las uñas para recorrer esa zona ultrasensible, una y otra vez, en movimientos rápidos y aleatorios. La risa de Marta se volvió más descontrolada, entrecortada por insultos que se ahogaban en las carcajadas.
—¡Put... puta! —aulló, tirando de las esposas—. ¡Te voy a... a matar, negra de mier... ja, ja, ja!
Lourdes observaba, pegada a Marta, sintiendo las sacudidas de su compañera. Sus ojos verdes estaban abiertos de par en par, las lágrimas aún frescas en sus mejillas. Veía a la dura Marta, la veterana, la que siempre había estado al mando, reducida a un manojo de risas y espasmos. El terror en sus ojos era aún más profundo.
—¿Vas a decirme lo que sabes? —preguntó Aminata, sin detener sus dedos—. ¿Vas a contarme lo que la Gallega está planeando?
—¡No... no sé nada! —gritó Marta entre carcajadas—. ¡Solo... solo nos ordenó...!
—¿Qué os ordenó? —insistió Aminata, cambiando de pie.
—¡Que... que te hiciéramos cosquillas... que te humilláramos! —logró articular Marta, pero su voz se perdía entre risas y jadeos.
Aminata detuvo sus dedos un momento. Marta quedó jadeando, su pecho subiendo y bajando violentamente bajo la camiseta de tirantes. El sudor perlaba su frente, sus axilas oscuras. La miraba con una mezcla de odio y algo que podría ser respeto a regañadientes.
—¿Y qué más? —preguntó Aminata, con voz calmada—. ¿Qué más te ordenó?
Marta negó con la cabeza, su respiración aún entrecortada.
—Nada más. Solo eso. Que... que te hiciéramos reír.
Aminata la observó largamente. En sus ojos negros, enrojecidos por las horas de tortura, no había clemencia. Pero tampoco crueldad. Solo una determinación fría, la misma que la había mantenido con vida durante su semana en aislamiento, la misma que la había impulsado a enfrentarse a las nazis.
—No te creo —dijo al fin.
Y volvió a atacar.
Esta vez no se concentró en los pies. Sus dedos subieron por la pierna de Marta, recorriendo la pantorrilla desnuda, la corva de la rodilla, una zona que pocos consideran pero que es increíblemente sensible. Marta se convulsionó, una carcajada nueva, más aguda, escapando de sus labios.
—¡Ahí no! —aulló—. ¡Ahí tampoco!
Lourdes sollozaba en silencio, pegada a Marta. Veía cómo la veterana, la que siempre la había protegido, se desmoronaba bajo los dedos de la reclusa. Y sabía que, tarde o temprano, llegaría su turno.
La joven se detuvo de nuevo, evaluando. Marta yacía jadeante, agotada, su cuerpo bañado en sudor, su rostro una máscara de sufrimiento y humillación. Lourdes temblaba a su lado, los ojos verdes clavados en Aminata con un terror que iba más allá de las palabras.
El silencio en la celda era denso, roto solo por la respiración agitada de las dos funcionarias y el zumbido hipnótico del fluorescente. Afuera, el motín seguía su curso, pero dentro, el tiempo parecía haberse detenido.
Aminata las observaba, esperando. Sabía que la información que necesitaba estaba allí, en algún lugar de las mentes de aquellas dos mujeres. Solo era cuestión de seguir buscando.
Se apartó de Marta, que quedó jadeando, su cuerpo bañado en sudor, su rostro una máscara de agotamiento y humillación. La veterana funcionaria no dijo nada. Solo la miró con odio. Sus ojos pequeños y marrones seguían cada movimiento de Aminata, pero ya no había desafío en ellos. Solo el reconocimiento de la derrota.
—Ahora tú —dijo Aminata, volviéndose hacia Lourdes.
La joven funcionaria se encogió instintivamente, pegándose aún más a Marta. Sus ojos verdes, brillantes de lágrimas, se abrieron de par en par. Un gemido de terror escapó de sus labios.
—No... por favor... —susurró.
—Tú no has tenido piedad conmigo —respondió Aminata, con voz calmada pero firme—. Tú te reías mientras me hacías cosquillas. Tú me hacías pedorretas en la barriga. ¿Recuerdas?
Lourdes negó con la cabeza, pero era un gesto inútil. No podía negar lo que Aminata había vivido en sus propias carnes.
Aminata se arrodilló frente a ella. Sus manos, morenas y largas, se posaron sobre los hombros de Lourdes, que vestía una camiseta de tirantes blanca, ahora arrugada y manchada de sudor.
Las axilas quedaban al descubierto, depiladas, suaves, ligeramente húmedas por el nerviosismo. La piel era blanca, suave, delicada.
Aminata observó un momento. Luego, extendió sus manos.
No atacó de inmediato. Primero, rozó la piel con las yemas de los dedos, apenas un contacto fantasmal. Lourdes contuvo el aliento, su cuerpo tenso como una cuerda de violín. Los músculos de sus axilas se contrajeron instintivamente.
—¿Te gusta? —preguntó Aminata, con una sonrisa leve—. ¿Te gusta que te toquen aquí?
Lourdes negó con la cabeza, pero no podía hablar. Sus labios temblaban.
Entonces, Aminata atacó.
Sus dedos se hundieron en la axila izquierda con un movimiento rápido y firme, no violento, pero sí implacable. Las yemas de los dedos recorrían la piel suave en círculos pequeños, rápidos, cambiando de dirección constantemente para que nunca hubiera un patrón predecible.
Lourdes emitió un chillido agudo, una mezcla de sorpresa y cosquilleo insoportable. Su cuerpo se retorció violentamente, sus piernas patearon el suelo, pero las ataduras en sus tobillos y muñecas la mantenían inmovilizada.
—¡No! ¡Ahí no! —gritó entre carcajadas que brotaban antes de que pudiera contenerlas.
Aminata no paró. Ahora atacaba las dos axilas a la vez, usando ambas manos. Los dedos bailaban sobre la piel hipersensible, alternando entre caricias ligeras y presiones más firmes, entre movimientos circulares y arañados suaves con las uñas cortas. Cada técnica provocaba una reacción diferente: a veces una risa aguda y nerviosa, a veces un gemido entrecortado, a veces una súplica que se ahogaba en otra carcajada.
Lourdes se retorcía como una anguila. Su cabeza se sacudía de un lado a otro, sus trenzas negras azotando sus mejillas. Las lágrimas brotaban a chorros de sus ojos verdes, mezclándose con el sudor que ya la cubría. La camiseta de tirantes se había subido, dejando al descubierto su vientre pálido, que se contraía en espasmos involuntarios.
—¡Por favor, por favor, para! —suplicaba entre risas y sollozos—. ¡No puedo más!
—Yo tampoco podía —respondió Aminata, sin detener sus manos—. ¿Recuerdas? Yo también suplicaba. Yo también lloraba. Y tú te reías.
—¡Lo siento, lo siento! —gritó Lourdes—. ¡No volveré a hacerlo, te lo juro!
Aminata detuvo sus dedos un instante, pero no retiró las manos. Las dejó apoyadas sobre las axilas de Lourdes, sintiendo los latidos acelerados de su corazón a través de la piel fina.
—¿Lo sientes de verdad? —preguntó, con voz grave—. ¿O lo dices porque quieres que pare?
Lourdes jadeó, buscando aire. Sus ojos, enrojecidos por las lágrimas, la miraron con una súplica absoluta.
—Lo siento... de verdad... te lo juro por mi madre...
Aminata la observó largamente. En sus ojos negros no había odio, solo una evaluación fría. Luego, sin decir palabra, retiró las manos.
Lourdes dejó caer los brazos como pesos muertos, sollozando, temblando. Su cuerpo se sacudía con espasmos residuales. Marta, a su lado, la miraba con una expresión compleja: algo de lástima, algo de alivio de que no fuera ella, y quizás algo de miedo por lo que vendría después.
Aminata se sentó frente a ellas, apoyando la espalda contra la pared opuesta. El pulgar que se había dislocado horas antes aún le dolía, pero el dolor era un recordatorio de que seguía viva, de que seguía luchando.
—Ahora vamos a hablar —dijo, con voz calmada—. Vais a contarme todo lo que sabéis de la Gallega. Sus contactos. Sus planes. Los funcionarios que la protegen. Todo.
Marta y Lourdes intercambiaron una mirada. Lourdes aún sollozaba, pero asintió débilmente. Marta apretó la mandíbula, pero ya no había desafío en sus ojos.
Las palabras no llegaban.
Aminata suspiró. Se levantó del suelo y caminó hacia los pies de Lourdes.
La joven funcionaria la vio acercarse y supo lo que venía. Sus ojos verdes se abrieron con un terror nuevo, más profundo.
—No... los pies no... —susurró—. Por favor, los pies no.
Aminata no respondió. Se arrodilló frente a sus pies descalzos y los observó un momento.
Los pies de Lourdes no podían ser más diferentes de los de Marta. Eran delicados, de una blancura impoluta, con la piel suave como la seda. Los dedos, largos y finos. Los arcos, perfectos, casi de bailarina. Los talones, cuidados, sin una sola grieta. Eran pies de alguien que los mimaba, que los cremaba, que los mostraba utilizando sandalias en verano. Y ahora estaban indefensos, atados, a merced de la mujer a la que había ayudado a torturar.
Aminata extendió una mano. Sus dedos morenos contrastaban con la palidez de la piel de Lourdes. Comenzó por el talón.
Un roce suave, casi una caricia. Lourdes contuvo el aliento.
Luego, las yemas de los dedos ascendieron lentamente por el arco, trazando una línea desde el talón hasta la los dedos del pie. Era un movimiento pausado, deliberado, que dejaba tiempo para que la sensación se instalara, para que cada terminación nerviosa se encendiera una tras otra.
Lourdes soltó un gemido agudo que pronto se transformó en una risa nerviosa, entrecortada. Su pie intentó retirarse, pero las ataduras se lo impidieron.
—¡No, no, no! —gimió entre risas—. ¡Ahí no!
Aminata ignoró la súplica. Ahora usaba las uñas, muy ligeramente, para recorrer el arco en la dirección contraria, desde la bola hasta el talón. La piel blanca se enrojecía bajo el roce, y la risa de Lourdes se volvía más descontrolada.
Pasó a los dedos. Uno por uno, los tomó entre sus dedos y los separó suavemente, exponiendo la piel fina y blanca de los espacios interdigitales.
Lourdes se retorcía como si fuese presa de una posesión. Su cabeza se sacudía de un lado a otro, sus trenzas negras azotando sus mejillas húmedas. La risa era ya un torrente continuo, mezclado con sollozos y súplicas ininteligibles.
—¡No puedo... no puedo más... por favor! —aullaba entre carcajadas.
Marta observaba, rígida, a su lado. No decía nada, pero sus puños se apretaban y desapretaban, y en sus ojos pequeños se reflejaba un miedo que no quería reconocer.
Aminata variaba el ataque sin descanso. A veces subía de nuevo a los arcos, otras veces se concentraba en los talones, otras recorría la planta entera con las diez uñas en un barrido rápido y devastador. Cada centímetro de esos pies delicados era explorado, acariciado, torturado.
Lourdes ya no podía formar palabras. Su risa era un sonido casi primitivo, entrecortado por jadeos y pequeños gritos de sobrecarga sensorial. Las lágrimas corrían a chorros por sus mejillas, formando charcos en el suelo de cemento. Su cuerpo, sacudido por espasmos, tiraba de las ataduras con una fuerza que parecía imposible en alguien tan delgada.
—¡Basta, basta, por el amor de Dios! —logró articular en un momento de lucidez, antes de que otra oleada de cosquillas la sumergiera de nuevo.
Aminata se detuvo un instante. Lourdes quedó jadeando, su pecho subiendo y bajando violentamente bajo la camiseta de tirantes. La miró con unos ojos que ya no eran verdes, sino rojos de tanto llorar.
—¿Vas a hablar? —preguntó Aminata, con voz calmada.
Lourdes negó con la cabeza, un gesto mínimo, casi imperceptible, pero firme. A pesar del sufrimiento, a pesar de la humillación, algo la mantenía callada. Quizás el miedo a la Gallega era más fuerte que el cosquilleo. Quizás sabía que si hablaba, su muerte sería peor que esto.
Aminata asintió, como si hubiera esperado esa respuesta.
—Entonces seguimos.
Volvió a atacar los pies. Ahora con una intensidad renovada. Usaba las yemas, las uñas. Presionaba, acariciaba, arañaba. Cambiaba de ritmo constantemente: a veces rápida, a veces lentísima, para que Lourdes nunca pudiera acostumbrarse, nunca pudiera anticipar la siguiente caricia.
La risa de Lourdes se volvió histérica. Ya no era siquiera risa, era un grito continuo, un alarido de puro reflejo nervioso. Su cuerpo se convulsionaba con tal violencia que las esposas metálicas chirriaban contra los barrotes. Los dedos de sus pies se abrían y cerraban como los de un animal electrocutado.
—¡YA! ¡YA! —gritó Marta de repente, su voz ronca—. ¡Para ya, que va a darle algo!
Aminata detuvo sus manos. La cabeza de Lourdes cayó sobre la colchoneta, jadeando, temblando, su rostro una máscara de sudor, lágrimas y una sonrisa involuntaria que aún no podía borrar.
Miró a Marta. La veterana funcionaria sostenía su mirada con un resto de desafío.
—Ni una palabra —dijo Marta, con voz firme—. No diremos nada. Puedes hacernos lo que quieras. Pero no te daremos lo que buscas.
Lourdes, aún temblorosa, asintió débilmente.
Aminata se giró hacia Marta con una determinación fría, sus ojos negros brillando bajo la luz parpadeante del fluorescente. La veterana funcionaria la miró con desafío, pero sus manos, esposadas a los barrotes, temblaron ligeramente.
—Otra vez tú —dijo Aminata, arrodillándose frente a sus pies.
Los pies de Marta seguían siendo el mismo mapa de rudeza, pero Aminata ya conocía sus puntos débiles. Volvió a tomar el pie derecho.
Comenzó a recorrerlo con las yemas de los dedos, lentamente, explorando cada centímetro. El talón, duro como una piedra, apenas provocaba reacción. El arco, algo más sensible, arrancó un leve estremecimiento. Pero fue bajo los dedos, en esa zona menos castigada, donde la piel aún conservaba algo de suavidad, donde Marta volvió a perder la compostura.
Marta apretó los dientes. Su rostro, congestionado, se tensó en una mueca de esfuerzo. Una risa contenida, un gruñido ahogado, escapó de sus labios. Movió el pie instintivamente, pero Aminata lo sujetó con firmeza.
—Así no vas a... —intentó decir Marta, pero la frase se cortó cuando las uñas de Aminata recorrieron la zona bajo los dedos, una y otra vez, en movimientos rápidos y erráticos.
Una carcajada corta, explosiva, brotó de su garganta. La tapó con un carraspeo forzado, pero sus ojos se humedecieron. La lucha interna era evidente: los músculos de su mandíbula tensos, los labios apretados, la respiración entrecortada.
—Aguanta —se dijo a sí misma en un susurro—. Aguanta.
Aminata sonrió. No dijo nada. Simplemente soltó el pie y cambió de objetivo. Se fijó en las axilas peludas de la funcionaria.
No era como la de Lourdes. La axila de Marta era oscura, con un vello espeso y descuidado. La piel, más gruesa que la de su compañera, tenía un olor intenso a esfuerzo y miedo.
Aminata no dudó. Hundió sus dedos en esa mata de vello y comenzó a moverlos en círculos rápidos, presionando contra la piel húmeda y caliente.
El efecto fue devastador.
Marta soltó una carcajada ronca, gutural, que parecía venir de lo más profundo de sus pulmones. No era la risa nerviosa de Lourdes, sino algo más primitivo, más incontrolable. Su cuerpo se sacudió violentamente, tirando de las esposas. Los barrotes metálicos resonaron con el forcejeo.
—¡Ahí no! —rugió entre carcajadas—. ¡Ahí no, negra hija de puta!
Aminata no paró. Cambió de técnica: ahora pasaba las puntas de los dedos muy ligeramente, apenas rozando la piel velluda, un contacto superficial que precedía a la risa. Luego, sin previo aviso, volvía a hundir los dedos con firmeza.
La risa de Marta se volvió entrecortada, mezclada con toses. Tosía y reía a la vez, su rostro congestionado, los ojos inyectados en sangre.
—¡No puedo! —gritó—. ¡Para, hostias! ¡Para, coño, para!
Aminata se detuvo un instante. Marta quedó jadeando, su pecho subiendo y bajando bajo la camiseta de tirantes. La miró con una mezcla de odio y miedo.
—¿Vas a hablar? —preguntó Aminata.
Marta negó con la cabeza, atrapando aire.
—No... no sé... nada...
Aminata asintió, como si hubiera esperado esa respuesta. Luego se volvió hacia Lourdes.
La joven funcionaria, que había observado la escena con los ojos desorbitados, se encogió instintivamente. Aún temblaba, aún tenía las mejillas marcadas por las lágrimas.
—Ahora tú —dijo Aminata—.
Lourdes negó con la cabeza, un gesto rápido, casi convulsivo.
—No, por favor, te lo suplico, no puedo más...
—Lo sé —respondió Aminata.
Y atacó.
Sus dedos se posaron en las costillas de Lourdes, justo donde terminaban en la cintura. Allí, la piel era fina, apenas cubierta por una capa de grasa. Comenzó a mover los dedos en movimientos rápidos y aleatorios, un "punteo" que recordaba a las teclas de un piano.
Lourdes se retorció de forma frenética. Su cuerpo se arqueó y se contrajo en espasmos imposibles, tirando de las ataduras con desesperación. Su risa, aguda y nerviosa, llenó la celda, mezclada con súplicas y gemidos.
—¡No, no, no! —gritaba entre carcajadas—. ¡Ahí no, por favor!
Aminata pasó a la cintura, acariciando la suave piel de sus costados y provocando que Lourdes se doblara sobre sí misma.
—¡Dios, no, por favor! —aulló Lourdes, entre risas y sollozos—. ¡De verdad, no puedo más!
Aminata no paró. Alternaba entre las costillas y la cintura, entre el punteo rápido y la caricia enervante. A veces subía hacia las axilas, ya sensibles por el ataque anterior, y Lourdes chillaba con un tono aún más agudo. Otras veces bajaba hacia las caderas, donde la piel se volvía más gruesa pero igualmente sensible.
Lourdes ya no podía formar palabras. Su risa era un torrente continuo, entrecortado por jadeos y pequeños gritos de sobrecarga sensorial. Las lágrimas corrían a chorros por sus mejillas. La camiseta de tirantes se había subido por completo, dejando al descubierto su vientre pálido, que se contraía en espasmos violentos.
—¡Para, para, no puedo más! —logró articular entre carcajadas—. ¡Te lo ruego!
Aminata se detuvo. Lourdes quedó exhausta, su cuerpo sacudido por espasmos residuales. Marta, a su lado, la miraba con una expresión compleja: algo de lástima, algo de alivio de que no fuera ella, y quizás un principio de comprensión de que esto no iba a terminar hasta que hablaran.
El silencio cayó sobre la celda, denso, cargado de respiraciones agitadas y el zumbido hipnótico del fluorescente. Afuera, el motín seguía su curso. Dentro, las tres mujeres se miraban.
—¿Vais a hablar? —preguntó Aminata, con voz calmada.
Marta y Lourdes intercambiaron una mirada. Lourdes aún sollozaba, pero negó con la cabeza. Marta apretó la mandíbula y también negó.
Aminata asintió. No mostró frustración. Solo una calma que resultaba más inquietante que cualquier amenaza.
—Está bien —dijo—. Tenemos tiempo. Todo el tiempo del mundo.
Y sus manos volvieron a posarse sobre los pies de Lourdes, comenzando de nuevo, con una paciencia que helaba la sangre. Las risas no tardaron en llenar la celda otra vez. Y las súplicas. Y los sollozos.
Pero las palabras que Aminata quería oír seguían sin llegar.
Aminata volvió a los pies de Lourdes con una paciencia que helaba la sangre. Sus dedos, largos y morenos, se posaron en las plantas blancas y delicadas de la joven funcionaria, comenzando un recorrido lento desde el talón hasta los dedos. Lourdes se retorció inmediatamente, sus pies moviéndose desesperados de un lado a otro, intentando huir de esas manos implacables. Pero las ataduras las mantenían firmes, expuestas, vulnerables.
—¡No, otra vez no! —gritó Lourdes entre carcajadas—. ¡Los pies no, por favor!
Aminata no respondió. Sus dedos ascendían y descendían por los arcos perfectos, presionando aquí, rozando allá, encontrando cada punto sensible con una precisión que resultaba aterradora. Los dedos de los pies de Lourdes se abrían y cerraban en espasmos incontrolables, y su risa se volvía más aguda, más desesperada.
Luego, Aminata cambió de táctica. Se incorporó y se situó sobre el torso de Lourdes. Con un movimiento rápido, subió la camiseta de tirantes, dejando al descubierto el vientre pálido y las costillas marcadas. Junto los labios contra la piel, justo al lado del ombligo, y comenzó a hacer pedorretas.
El sonido era grotesco, infantil, pero la sensación era devastadora. Lourdes emitió un chillido agudo que pronto se transformó en una carcajada histérica. El abdomen se le contrajo violentamente, y su cuerpo se arqueó contra las ataduras.
—¡No, no, no, no, no, no! —aullaba entre risas—. ¡Para, para!
Aminata no paró. Subió hacia las costillas, haciendo pedorretas en cada espacio intercostal. La vibración de los labios contra la piel, la humedad inesperada... todo se combinaba en una sobrecarga sensorial que hizo que Lourdes perdiera el poco control que le quedaba.
—¡No puedo, no puedo más! —gritaba, retorciéndose como una posesión.
Luego, Aminata pasó a las axilas. Allí, las pedorretas eran aún más insoportables. La piel fina y depilada vibraba con cada contacto, y Lourdes chillaba con un tono que parecía imposible en una garganta humana. La piel de Lourdes olía bien, a pesar del sudor.
Marta observaba a su lado, rígida, con los puños apretados. En sus ojos pequeños, algo empezaba a resquebrajarse. No era compasión, quizás, sino el reconocimiento de que su turno volvería a llegar.
Y llegó.
Aminata se apartó de Lourdes, que quedó jadeando, y se volvió hacia Marta. La veterana funcionaria la miró con desafío, pero sus manos, esposadas a los barrotes, temblaron ligeramente.
Con un gesto rápido, le subió la camiseta de tirantes, dejando al descubierto sus costados. La piel era más oscura que la de Lourdes, cubierta aquí y allá por lunares y manchas de la edad.
Aminata hundió sus dedos en el costado derecho, justo donde la cintura se curva. Fue un ataque directo, sin caricias previas. Dedos rígidos que se movían rápidamente, ascendiendo y descendiendo bajo las costillas flotantes.
Marta estalló en carcajadas histéricas, su cuerpo sacudiéndose violentamente contra las ataduras. Los barrotes metálicos resonaron con el forcejeo.
—¡No! ¡Ahí no! —rugió entre risas—. ¡Para, hostia puta, para!
Aminata no paró. Ahora atacaba el costado izquierdo con la misma intensidad, alternando entre ambos. Marta se retorcía, tiraba de las esposas, pero no podía escapar.
—¡Hija de perra! —gritaba entre carcajadas—. ¡Te voy a... a matar!
Aminata rió. Una risa breve, satisfecha. Había encontrado otro punto débil en la dura funcionaria, y la sensación de poder era embriagadora. Insistió, redoblando el ataque, variando el ritmo para que Marta nunca pudiera acostumbrarse.
—¡Para, para, que me ahogo! —aulló Marta, pero su voz se perdía entre las carcajadas.
La risa de Marta se volvió más descontrolada, más frenética. Su rostro comenzó a enrojecer, primero las mejillas, luego toda la cara. Una tos seca, áspera, se mezcló con las carcajadas. Tosía y reía a la vez, su pecho subiendo y bajando con violencia.
Aminata no detuvo sus dedos. Pasó de los costados a las axilas peludas, ese territorio que ya había demostrado ser mortal para la compostura de Marta. Hundió los dedos en el vello espeso y movió rápidamente, alternando entre las dos zonas, costados y axilas, sin descanso.
Los ojos de Marta se abrieron como platos. Su cara era roja, roja como un tomate, congestionada por la falta de aire y la sobrecarga sensorial. Las carcajadas se hicieron más espaciadas, más entrecortadas. Tosía sin parar, pero la risa seguía brotando, incontrolable.
—¡No... puedo... respirar! —logró articular entre espasmos.
Aminata la miró un instante. Vio el rostro congestionado, los ojos desorbitados, el pecho que subía y bajaba con un ritmo errático. Pero no paró. No podía parar. Necesitaba que hablara.
Sin embargo, el cuerpo de Marta comenzó a cambiar. La risa se apagó, sustituida por un jadeo seco, un boqueo desesperado. Su boca se abría y cerraba como la de un pez fuera del agua, pero no salía ningún sonido. Los espasmos se volvieron más débiles, más erráticos. Sus ojos, antes desorbitados, se fijaron en un punto del techo, vacíos, vidriosos.
Y luego, nada.
El cuerpo de Marta quedó inmóvil. Sus manos, esposadas a los barrotes, colgaron flácidas. Su cabeza se ladeó ligeramente, y sus ojos, abiertos, miraban sin ver.
El silencio cayó sobre la celda como una losa.
Aminata se quedó con las manos suspendidas en el aire, sus dedos aún manchados por el sudor de la mujer que acababa de... ¿morir? ¿Había muerto? Sí. No había duda. La ausencia de respiración, la palidez que sustituía al rubor, la flacidez de sus músculos.
Un grito ahogado rasgó el aire.
Lourdes gritaba. Un grito agudo, desgarrador, que resonó en la pequeña celda y se estrelló contra las paredes de cemento.
—¡Marta! ¡MARTA! —aullaba, retorciéndose contra sus propias ataduras, como si pudiera llegar hasta su compañera, como si pudiera salvarla—. ¡No, no, no, no!
Aminata no se movía. Sus manos, aún extendidas, comenzaron a temblar. La mirada perdida en el rostro inmóvil de Marta. Había querido que hablaran, que confesaran, que soltaran la información sobre la Gallega. Pero no esto. Nunca esto.
—No... yo no... —musitó, su voz quebrada, pero las palabras no llegaban a completarse.
El rostro de Marta, congestionado un momento antes, ahora palidecía rápidamente. Sus labios, finos y apretados en vida, se entreabrieron, mostrando una lengua reseca. Algo en su expresión, en la forma en que sus ojos seguían abiertos, parecía acusador.
Lourdes seguía gritando, pero sus gritos se habían vuelto más roncos, más desesperados. Las lágrimas brotaban a chorros de sus ojos verdes, arrastrando rímel y sudor por sus mejillas.
—¡Asesina! ¡La has matado! —gritó, y su voz se rompió en un sollozo—. ¡Eres una asesina!
Aminata negó con la cabeza, un gesto mecánico. Se llevó las manos a la boca, como si pudiera contener el horror que ascendía por su garganta. Sus ojos negros, siempre tan firmes, se llenaron de lágrimas.
No era una asesina. No quería serlo. Pero allí estaba, frente al cuerpo de Marta, y los dedos aún le dolían por el esfuerzo. Las manos que habían hecho cosquillas, que habían torturado, que habían buscado información, ahora temblaban sin control.
El fluorescente parpadeó, lanzando sombras bailarinas sobre la escena. El humo del motín seguía colándose por las rendijas, mezclándose con el olor a sudor, a miedo, a muerte.
Se giró hacia Lourdes, que seguía gritando, sollozando, su cuerpo sacudido por espasmos de terror. Las palabras de la joven funcionaria le llegaban como ecos lejanos, distorsionados.
—Tranquila —dijo, pero su voz era un hilo, apenas audible—. Tranquila... no voy a...
No pudo terminar la frase. No sabía cómo terminarla.
El cuerpo de Marta seguía allí, inmóvil. Los pies ásperos, las axilas peludas, los costados sensibles. Todo lo que la había hecho humana ahora era solo carne vacía.
Aminata se dejó caer contra la pared, resbalando hasta sentarse en el suelo. Las lágrimas, que había contenido durante horas de tortura, durante días de aislamiento, durante años de dolor, brotaron por fin. Silenciosas. Calientes.
No había querido esto. Solo quería información. Solo quería proteger a las suyas. Solo quería sobrevivir.
Pero Marta estaba muerta. Y ella, Aminata, era responsable.
Lourdes seguía llorando, pero sus gritos se habían apagado, convertidos en sollozos y gemidos. Miraba a Aminata con terror, pero también con algo que parecía incredulidad. Como si no pudiera creer que aquella mujer, la que reía a carcajadas hacía solo un momento, estuviera muerta.
La celda de aislamiento se había convertido en una tumba. Y Aminata, la hija de Mimi, la que había sobrevivido a las nazis, la que se había enfrentado a la Gallega, ahora se enfrentaba a algo peor: a sí misma.
El silencio solo se rompía por los sollozos de Lourdes y el zumbido hipnótico del fluorescente. Afuera, el motín seguía, indiferente.
Aminata cerró los ojos.
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Pasaron las horas. Aminata no sabía cuántas. El tiempo en la celda de aislamiento se había detenido. Su cuerpo, sentado contra la pared, con la cabeza hundida entre las rodillas, había dejado de sentir el frío del cemento. Los pulgares dislocados y recolocados latían ahora con un dolor sordo. A su lado, el cuerpo inerte de Marta seguía atado a los barrotes, los ojos abiertos, la boca entreabierta. Lourdes seguía en su rincón, atada, inmóvil. Tampoco había dicho una palabra. Tampoco sabía cuánto había pasado.
El silencio era tan denso que se podía cortar. Ni siquiera el zumbido hipnótico del fluorescente bastaba para llenarlo. Afuera, el motín había cambiado de carácter. Los gritos y los portazos se habían apagado, sustituidos por un rumor lejano, confuso, que podía ser el fin de la revuelta o simplemente el cansancio de los amotinados. Aminata no lo sabía. No le importaba.
Entonces, el sonido.
Al principio fue apenas un rumor, una vibración en el aire que se confundía con el parpadeo de la luz. Pero fue creciendo. Haciéndose más nítido. Más real.
Un helicóptero.
Aminata levantó la cabeza. Sus ojos enrojecidos, cansados, buscaron automáticamente la rendija de la puerta, como si pudieran ver a través del metal. El ruido de los rotores cortaba el aire con un ritmo grave y constante. No era una patrulla. No era un traslado. Era algo más. Algo que hacía temblar ligeramente las paredes de cemento.
Lourdes también lo oyó. La joven funcionaria, agotada, con el rostro surcado por las lágrimas secas y la mirada perdida, levantó la cabeza. Sus ojos verdes, enrojecidos, se abrieron ligeramente. Fue la primera en romper el silencio.
—Vienen a por ella —dijo.
Su voz era ronca, cascada por las horas de gritos y súplicas, pero tenía algo nuevo. Una certeza fría, afilada. Un desprendimiento.
Aminata la miró.
—La Gallega —continuó Lourdes, y en sus ojos verdes ya no había miedo, solo un cansancio infinito—. ¿No querías saber? Pues ahí lo tienes. Vienen a por la Gallega. Eso quiere decir que ahí fuera, las cosas no han ido muy bien para las tuyas. Que el motín ha fracasado.
Aminata se puso en pie de golpe. Las piernas le temblaron, acalambradas por la inmovilidad. Los pulgares le dolían con cada latido. Pero se mantuvo firme. Sus ojos negros se clavaron en Lourdes.
—¿De verdad pensabas ganar esta guerra? —Lourdes esbozó una sonrisa triste, sin humor, apenas un rictus amargo—. Ahora estás jodida. La Gallega nunca pierde. Nunca. Y tú... tú tendrás mucho que explicar cuando encuentren el cuerpo de Marta.
Aminata apretó la mandíbula. Su mirada se desvió hacia el cuerpo inerte de la veterana funcionaria, aún atada a los barrotes, aún con los ojos abiertos. Desvió la mirada rápidamente.
—Tú también vas a tener mucho que explicar —respondió, su voz más firme de lo que se sentía—. Como qué hacíais vosotras dos aquí dentro. Quién os ordenó torturarme. Las esposas. Las ataduras.
Lourdes encogió los hombros, un gesto mínimo, casi imperceptible.
—Lo sé. Y seguramente perderé mi empleo. Pero prefiero eso a tener a la Gallega de enemiga. A mí ya me da igual contártelo todo. Con la Gallega libre, ya no le sirvo para nada. Supe demasiado. Vi demasiado. Si no me mata ella, me matará el olvido. Pero al menos no me perseguirá.
—Pues cuéntame —dijo Aminata, dando un paso hacia ella.
Lourdes la miró. Sus ojos verdes, enrojecidos, parecían dos pozos sin fondo.
—¿El helicóptero? Si el narco ha venido a por ella, probablemente signifique que las tuyas, a estas alturas, están todas muertas.
Aminata sintió un vuelco en el estómago. El aire se le hizo espeso, difícil de respirar. Negó con la cabeza, un gesto mecánico, casi infantil.
—Yo no he oído disparos.
—Hay formas más silenciosas de matar —respondió Lourdes, con una frialdad que helaba la sangre—. La Gallega no es tonta. No iba a armar un tiroteo que alertara a todo el mundo. ¿Tu club de las cosquillas? Están todas muertas. Seguro.
Aminata apretó los puños. Las uñas se le clavaron en las palmas.
—No es cierto.
—¿No? —Lourdes inclinó la cabeza, como si estuviera hablando con una niña ingenua—. Tus amigas no tenían nada que hacer. Eran quince contra el mundo. La Gallega tiene contactos fuera, dinero, gente que la obedece. El motín que habéis montado solo les dio la excusa perfecta para actuar sin testigos. Si no están ya muertas, la Gallega las perseguirá una por una para matarlas. A ti también.
El helicóptero se oía más cerca ahora. El zumbido de los rotores vibraba en el aire, haciendo temblar ligeramente la puerta metálica de la celda. Pasaba casi sobre ellas.
Aminata se llevó una mano a la cabeza. Las imágenes se agolpaban.
No podían estar muertas. No podían.
—Si la Gallega se va en ese helicóptero —dijo, su voz más firme de lo que se sentía—, no tendrá tiempo de matar a todas. Estará ocupada huyendo.
Lourdes levantó una ceja.
—¿Y qué vas a hacer tú? ¿Subirte al techo y derribarlo con una pedrada?
Aminata la miró largamente. En sus ojos negros se encendió algo. Una chispa vieja, rescatada de algún lugar profundo.
—No —respondió—. Pero puedo llegar a las mías antes que ella. Puedo advertirles.
—¿Cómo? —preguntó Lourdes, con escepticismo—. Estás encerrada en una celda de aislamiento, con una muerta y una testigo. Cuando te encuentren aquí, no te dejarán ni acercarte al módulo principal. Te esposarán, te interrogarán, te...
Y sin esperar a que acabara, Aminata se acercó a Lourdes y comenzó a desatarla.
La puerta metálica de la celda de aislamiento se abrió con un chirrido agudo que rasgó el silencio. La luz del pasillo, más blanca y cruda que el parpadeo del fluorescente, inundó el espacio revelando cada rincón de la escena.
Maribel se quedó paralizada en el umbral.
El cuerpo inerte de Marta, atado a los barrotes de la litera, la cabeza ladeada, los ojos abiertos y vacíos mirando al techo. Las esposas en sus muñecas, los tobillos aún atados con la cuerda. La palidez de su rostro contrastando con el rojo intenso de sus mejillas, la boca entreabierta como si aún intentara respirar.
Los pies descalzos de Lourdes, que acababa de ser desatada, las marcas de las esposas en sus muñecas. La camiseta de tirantes arrugada y manchada de lágrimas y sudor. Su rostro surcado por el rastro seco de las lágrimas, los ojos verdes enrojecidos y desorbitados mirando a Maribel con una mezcla de alivio y nuevo terror.
Y Aminata, de pie en el centro de la celda, descalza, con su uniforme beige arrugado y manchado, las manos aún extendidas como si estuviera en medio de un gesto. Su rostro, aunque cansado y marcado por las horas de tortura, mostraba una determinación férrea. Miró a Maribel sin pestañear.
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