LA CONDENA - Episodio 48: El motín (parte I)
Su puño derecho silbó en el aire. La Gitana, menuda y ágil, se agachó justo a tiempo, sintiendo el viento del golpe rozarle el pelo. El círculo de reclusas exhaló un murmullo colectivo. Algunas de las afines a la Gallega rieron con dureza.
—¡Corre, Gitana, que te alcanza! —gritó una.
Pero la Gitana no corría. Esquivaba. Sus pies descalzos —se había quitado las zapatillas antes de bajar— se movían sobre el suelo de cemento con una ligereza que parecía imposible para una mujer de su edad. No era una luchadora, pero había pasado décadas aprendiendo a leer los cuerpos. Sabía cuándo un puño iba a llegar, hacia dónde se desplazaría el peso, en qué momento el adversario quedaba descompensado.
La Gallega lanzó un segundo golpe, y luego un tercero. La Gitana los esquivó ambos, pero el último le rozó el hombro, haciéndola girar ligeramente. El dolor fue agudo, breve. Lo ignoró.
—Te dije que estabas muerta —bufó la Gallega, avanzando con fiereza.
La Gitana no respondió. Sus ojos no se apartaban de los de su enemiga, pero su mente trabajaba a toda velocidad. La Gallega era más fuerte, más alta, con un alcance muy superior. Un solo golpe directo podría partirle un hueso, dejarla inconsciente, incluso matarla si caía mal. No podía permitir que ese golpe llegara.
Así que la siguiente vez que la Gallega arremetió, la Gitana no esquivó hacia atrás. Esquivó hacia dentro.
Se pegó al cuerpo de la Gallega, tan cerca que el puño no podía alcanzarla. Su frente chocó contra el pecho de la rubia, y sus manos —pequeñas, rápidas— encontraron la muñeca del brazo que había fallado. La torció, no con fuerza bruta, sino con un movimiento preciso que aprovechaba la palanca de la articulación.
La Gallega gruñó de dolor y sorpresa. Su brazo quedó inmovilizado un instante, y la Gitana usó ese instante para asestarle un golpe con la rodilla en el muslo. No fue un golpe demoledor, pero la Gallega cojeó, perdiendo el equilibrio.
—¡Agárrala! —gritó alguien desde el círculo.
Pero nadie se movió. El pacto era entre ellas dos.
La Gallega se recuperó rápido. Escupió sangre en el suelo y sonrió. Ya no era una sonrisa de suficiencia, sino una más peligrosa: la de quien empieza a tomarse en serio a su adversaria.
—Vale —dijo, girando el cuello con un crujido—. Así que quieres jugar sucio.
La Gitana se colocó en guardia de nuevo, las manos abiertas, los pies separados.
La Gallega embistió como un toro, sin puños esta vez, usando su peso corporal para derribarla. La Gitana saltó hacia atrás, pero no lo suficiente. Los brazos de la Gallega la atraparon por la cintura y la levantaron del suelo, apretando con una fuerza que le robaba el aliento.
El círculo rugió. Los funcionarios, al borde del círculo, intercambiaron miradas nerviosas. Uno de ellos llevó la radio a la boca y susurró algo que nadie pudo oír.
La Gitana sentía las costillas crujir bajo la presión. La Gallega apretaba más, más, con una sonrisa salvaje en el rostro ensangrentado.
Las dos mujeres jadeaban. La Gallega tenía las mejillas enrojecidas. La Gitana se llevó una mano a las costillas, donde seguro que empezaban a formarse moretones.
—No puedes conmigo —resopló la Gallega—. Solo estás alargando lo inevitable.
—Quizá —respondió la Gitana, con una calma que desconcertó a todo el círculo—. O quizá tú tampoco puedas conmigo. Y te estás cansando.
Era cierto. La Gallega tenía la respiración agitada, los movimientos más torpes. Llevaba minutos lanzando golpes y agarres que no conseguían tumbar a su escurridiza adversaria. La Gitana, en cambio, aunque magullada, seguía moviéndose con esa agilidad de felino viejo que ha aprendido qué batallas librar y cuáles evitar.
El silencio en el círculo era absoluto. Incluso las afines a la Gallega habían dejado de animarla. Demasiado cerca. Demasiado igualada. Y si la Gitana, la mujer de las cosquillas, la líder que nunca había necesitado alzar un puño para dominar, lograba plantar cara en una pelea cuerpo a cuerpo a la luchadora más temida de la prisión...
Entonces todo cambiaría. El equilibrio de poder, el respeto, el miedo.
La Gallega lo sabía. Y por eso, cuando se lanzó esta vez, no fue con un puño ni con un abrazo. Fue con una patada baja, sucia, que pilló a la Gitana desprevenida. Le impactó en la espinilla, un dolor que la hizo trastabillar. Cayó de rodillas.
La Gallega se abalanzó sobre ella.
Y el círculo contuvo la respiración.
La bota le alcanzó en el costado. La Gitana rodó sobre el cemento, pero la segunda patada la encontró en la espalda, y la tercera en el muslo. El sonido de los golpes era sordo, húmedo, y cada impacto arrancaba un gemido contenido de la mujer menuda que se encogía sobre sí misma.
—¡Eso es, Gallega! —gritó una voz desde el círculo.
—¡Mátala! —corearon otras.
La Gallega sonreía mientras pateaba. Había recuperado su confianza, su superioridad física. Sus botas, de suela gruesa, se ensañaban con el cuerpo de la Gitana. Una patada le alcanzó en el brazo, y la oyeron gemir con los dientes apretados.
Pero la cuarta patada no llegó.
La Gitana, agazapada en el suelo con la cara oculta por el brazo, había estado esperando. Sintió la pierna de la Gallega elevarse de nuevo para otro golpe, y en el instante en que la bota empezaba a descender, sus dos manos se cerraron alrededor del tobillo con la fuerza de la desesperación.
Tiró.
La Gallega, desequilibrada, perdió el apoyo de la pierna que aún pisaba el suelo. Su cuerpo enorme se fue hacia atrás, los brazos abiertos buscando un punto de agarre que no encontró, y cayó de espaldas con un golpe seco que retumbó en el cemento. Su nuca rebotó contra el suelo. Un gemido, esta vez de dolor genuino, escapó de sus labios ensangrentados.
El circulo enmudeció.
La Gitana se incorporó. Lo hizo con lentitud, con una calma que parecía sacada de otro tiempo. Sus rodillas temblaban, sus costillas ardían, su espalda era una masa de dolor. Pero se puso de pie. Se quedó quieta un momento, recuperando el aliento, y luego miró a la Gallega.
La narcotraficante estaba en el suelo, aturdida, tocándose la nuca con una mano. Esperaba que la Gitana se abalanzara sobre ella, que aprovechara la ventaja para seguir golpeándola en el suelo, como ella misma habría hecho.
Pero la Gitana no se movió.
Esperó.
Las reclusas del círculo se miraban entre sí, desconcertadas. Los funcionarios, igualmente. La Gallega parpadeó, tratando de procesar lo que estaba pasando. No entendía aquella pausa. En la calle, cuando tirabas a tu enemigo, no le dabas tiempo a levantarse.
—Levántate —dijo la Gitana.
Su voz era baja, pero se oyó en cada rincón del módulo.
La Gallega la miró, incrédula. La sangre le corría por la mejilla. Una mezcla de ira y algo que podía ser respeto a regañadientes nubló su mirada. Se incorporó con esfuerzo, apoyándose en una rodilla primero, poniéndose en pie después. Se tambaleó un momento, recuperando el equilibrio.
—Eres más tonta de lo que pensaba —resopló, escupiendo otro poco de sangre—. Me vas a dar tiempo a...
No terminó la frase.
La Gitana avanzó.
Un paso firme, decidido, que la acercó a la Gallega antes de que la rubia pudiera levantar los brazos para defenderse. Su puño, pequeño y menudo comparado con la mole de su adversaria, se estrelló contra la mejilla de la Gallega con un sonido que hizo enmudecer hasta los ecos del motín.
El primer puñetazo.
La Gallega retrocedió un paso, la cabeza ladeada por el impacto. Sus ojos se abrieron con sorpresa —no con dolor, sino con incredulidad. Aquella mujer menuda, aquella líder que nunca había alzado un puño, acababa de golpearla.
El segundo puñetazo llegó antes de que pudiera reaccionar. Directo a la nariz. Sintió el crujido del cartílago, vio estrellas, y la sangre que ya corría por su cara se intensificó, goteando sobre sus labios, su barbilla, su camiseta.
El tercero fue al ojo izquierdo. El cuarto a la mandíbula. La Gallega levantó los brazos para protegerse, pero los puños de la Gitana encontraban siempre un hueco, siempre un espacio vulnerable. La rapidez era asombrosa. No había fuerza bruta en esos golpes, no la necesitaban. Eran precisos, quirúrgicos, colocados con una exactitud que solo alguien que ha pasado años estudiando el cuerpo humano podía tener.
La Gallega cayó de rodillas.
La Gitana se detuvo. Sus puños aún estaban cerrados, sus nudillos ensangrentados —no solo con la sangre de la Gallega, sino también con la suya propia, porque la piel de sus manos se había abierto en algún momento de la pelea. Jadeaba, pero con una regularidad controlada, como quien acaba de subir un tramo de escaleras, no una montaña.
La Gallega, de rodillas en el suelo, la cara arrasada, los ojos hinchados, la nariz rota, levantó la mirada hacia ella. Ya no había desafío en esa mirada. Solo derrota. Una derrota que no podía comprender del todo.
—He dicho —dijo la Gitana, bajando los brazos— que íbamos a hablar tu lengua. —Se inclinó ligeramente, para que solo la Gallega la oyera—. ¿Quieres que sigamos?
La Gallega no respondió. No podía. Tenía la boca llena de sangre y los dientes bailándole en las encías.
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Mientras el caos se desataba en el módulo principal, en una de las celdas del pasillo de las veteranas, el tiempo corría a otro ritmo.
Lorena estaba sentada en el borde de la litera inferior, las manos cruzadas sobre el regazo, la mirada fija en la puerta entreabierta. Era una mujer de treinta y tantos, el pelo rojo fuego recogido en una coleta desordenada, pecas salpicando sus mejillas y el puente de la nariz. En circunstancias normales, esa cara reflejaba su carácter vivo, casi chispeante. Pero ahora estaba pálida, tensa, mordiéndose el labio inferior con una ansiedad que no lograba disimular.
Las voces del motín llegaban amortiguadas desde el módulo, ecos lejanos de gritos y golpes, pero aquí, en este rincón apartado, el silencio era casi absoluto. Demasiado silencio. Lorena sabía que tendría que estar abajo con las demás, ayudando, apoyando a La Gitana. Pero tenía una cita que no podía aplazar. Una cita con un demonio con uniforme.
El ruido de pasos en el pasillo la puso en alerta. No eran pasos de reclusa. Eran más pesados, más seguros, con ese taconeo autoritario que solo los funcionarios tenían. Lorena contuvo el aliento cuando la silueta se recortó en el marco de la puerta.
El funcionario que entró era un hombre de unos cincuenta y cinco años, canoso, con la papada flácida y los ojos pequeños hundidos en una cara de sapo. Se llamaba Miguel, aunque las reclusas le conocían por otros nombres, ninguno bueno. Su uniforme estaba impecable, pero había algo desagradable en él, algo que iba más allá de su aspecto: la forma en que miraba, como si estuviera valorando una mercancía. El mismo modo en que la había mirado aquella noche, meses atrás, cuando creyó que podía hacer con ella lo que quisiera.
—Lorena —dijo, con una sonrisa grasienta—. Cuánto tiempo.
Lorena no respondió. Sus manos se aferraron al borde de la litera.
Miguel se acercó, sin prisa, como quien sabe que tiene el control. Metió la mano en el bolsillo del chaleco y extrajo una pequeña papelina de plástico, blanco, con un polvo marrón en su interior. Heroína. Lorena reconoció el envoltorio al instante; había visto demasiados como para equivocarse. Sus dedos temblaron ligeramente. Necesitaba esa dosis. Llevaba días necesitándola, desde que la última se le había acabado y el mono empezaba a arañarle las entrañas.
La mano de Lorena se extendió hacia la papelina, casi involuntariamente. Pero Miguel la retiró antes de que pudiera tocarla, escondiéndola en su puño cerrado con un gesto teatral.
—Antes —dijo, su voz un susurro ronco— quiero acabar lo que empezamos aquel día. El día que intentasteis joderme la vida.
Lorena sintió el estómago encogerse. Aquel día. Las náuseas le subieron por la garganta solo de pensarlo. Ella había sido el cebo, la trampa. La Hermandad había grabado al funcionario intentando abusar de ella en el almacén de la lavandería. Una cámara oculta, un plan perfecto. Con el vídeo en su poder, tenían a Miguel comiendo de su mano. Favores, información, protección. Todo funcionó durante meses.
—Ni lo sueñes, puto viejo —escupió Lorena, con una fiereza que no sentía del todo.
Miguel rió. Una risa seca, sin humor.
—¿Ah, no? —Se acercó un paso más, invadiendo su espacio—. ¿Quieres que te dé otra paliza como el día de la inundación?
Lorena sintió el miedo helarle la sangre. La inundación. El caos, el agua hasta las rodillas. En medio del tumulto, Miguel la había apartado del grupo y la había golpeado en un rincón. Puñetazos en el rostro, patadas en los riñones.
—O quizá prefieras —continuó Miguel, bajando la voz hasta hacerla casi íntima— que les diga a tus chicas toda la información que me has estado dando a cambio de esta porquería.
Lorena agachó la cabeza. Sus hombros se hundieron. Era verdad. Todo era verdad. Llevaba meses pasándole a Miguel información sobre la Hermandad a cambio de droga. Movimientos, planes, puntos débiles. Nada que hubiera causado daño irreversible, pero suficiente para que la expulsaran, la aislaran, la dejaran sola. Y sola, en un lugar como aquel, en su actual situación, era una sentencia de muerte.
—Bien —dijo Miguel, interpretando su silencio como una rendición—. Túmbate. Quítate la ropa.
Lorena no se movió.
—Tranquila —añadió, con una sonrisa que le heló la sangre—. Te haré cosquillas. Como os gusta a vosotras.
La risa que acompañó la frase fue lo peor. Esa forma de burlarse de lo que para la Hermandad era sagrado, de convertir en arma su propio lenguaje. Lorena sintió asco, pero también miedo. Mucho miedo.
—Vamos, no seas tímida.
Antes de que pudiera reaccionar, Miguel la empujó contra la litera. Lorena cayó de espaldas sobre el colchón fino, y antes de que pudiera incorporarse, los dedos del funcionario encontraron su abdomen.
No fue una caricia. Fue un ataque. Dedos que se clavaban en su vientre, que se movían con una rapidez que no parecía propia de un hombre de su edad. Las cosquillas le recorrieron el torso como descargas eléctricas, y a pesar del miedo, a pesar del asco, la risa brotó de sus labios. Una risa involuntaria, imposible de contener, que la horrorizaba y la humillaba al mismo tiempo.
—¡Ja-ja-ja-para! —gritó, retorciéndose—. ¡Para, joder!
—¿No te gusta? —Miguel rió, triunfante, mientras sus dedos ascendían hacia las costillas—. Cómo disfrutan las de tu hermandad con estas cosas. Y tú también, ¿eh? Parecéis niñas pequeñas.
Lorena no podía negarlo. Su cuerpo era un mapa de puntos vulnerables, y Miguel parecía haberlos estudiado. Ahora atacaba sus costillas, ese punto donde la piel es fina y los nervios están cerca de la superficie, y ella se reía a pesar de sí misma, a pesar de que las lágrimas ya corrían por sus mejillas, a pesar de que cada carcajada le sonaba a traición.
De las costillas pasó a las axilas. Lorena bajó los brazos instintivamente para protegerse, pero él los apartó con un movimiento brusco y sus dedos se hundieron en el hueco cálido y húmedo. La risa se hizo más aguda, más desesperada. Lorena pataleaba sobre el colchón, su cuerpo arqueándose y retorciéndose, pero Miguel era más pesado, más fuerte, y la mantenía inmovilizada con su propio peso.
—Así me gusta —susurró, mientras sus dedos seguían su danza—. Que te rías, cariño. Las mujeres son más bonitas cuando ríen.
Lorena no podía hablar. Las palabras se le ahogaban en un mar de carcajadas y jadeos. Su cerebro estaba dividido entre el pánico y la sensación abrumadora de las cosquillas, y en algún lugar de esa tormenta, su mano derecha buscaba a tientas algo. Cualquier cosa.
Miguel, confiado, bajó la guardia. Dejó atrás las axilas y descendió hacia el vientre, esta vez no con los dedos, sino con los labios. Besó la piel de Lorena, caliente y sudorosa, mientras una de sus manos subía hacia su pecho y la otra descendía hacia su pubis, sobre la tela del pantalón.
El contacto fue como una descarga eléctrica de otro tipo. No placer, sino repulsión absoluta. La mano de Lorena, que había estado buscando a ciegas, encontró algo frío y duro. Los barrotes de la litera.
No lo pensó.
Sus dedos se cerraron alrededor de la barra de hierro un instante antes de impulsarse hacia arriba con todas las fuerzas que le quedaban. Su frente chocó contra la frente de Miguel. El funcionario, sorprendido, se echó hacia atrás. Pero ella no le dio tiempo a reaccionar. Apretó los dientes y, con un movimiento rápido que pareció costarle una vida, levantó la cabeza y volvió a golpear.
Esta vez el impacto fue en la nariz. Oyó un crujido. Miguel soltó un alarido ahogado y se llevó las manos a la cara. Lorena aprovechó el momento para rodar sobre la litera, ponerse de pie, y antes de que el hombre pudiera recuperarse, lo agarró por la nuca y lo estampó contra la cabecera de la cama.
El golpe fue seco, definitivo. El cuerpo de Miguel se desplomó sobre el colchón, inerte. No inconsciente del todo, pero aturdido, mareado, con la sangre brotándole de la nariz rota.
Lorena no perdió tiempo. Buscó bajo la almohada, donde guardaba un rollo de cinta aislante que usaba para arreglar sus zapatillas. Con manos temblorosas pero firmes, arrancó un trozo largo y lo enrolló alrededor de las muñecas de Miguel, luego alrededor de los tobillos, atándolo a los barrotes de la litera. El hombre gimió, intentó forcejear, pero no tenía fuerzas. La sangre le corría por la barbilla, manchando la almohada, la manta, su propio uniforme.
Cuando terminó, Lorena se apartó y lo miró. Respiraba agitada, con el pecho subiendo y bajando, la camiseta sudada y arremangada, la coleta deshecha por los forcejeos. Tenía moretones empezando a formarse en sus costillas, y una risa residual aún le temblaba en el pecho. Pero estaba viva. Y él estaba atado.
Miguel parpadeó, tratando de enfocar la mirada. Cuando lo logró, sus ojos pequeños se abrieron con horror al verse inmovilizado.
—¿Qué... qué haces? —balbuceó—. Suéltame. Suéltame o te...
—¿O qué? —lo interrumpió Lorena. Su voz sonaba extraña, incluso para ella. Más grave, más fría—. ¿Me vas a pegar? ¿Me vas a echar la culpa? ¿Me vas a decir que todo esto es un malentendido?
Miguel tragó saliva. Sangre. Notó el sabor metálico en su lengua.
—Lorena, piensa lo que haces. Soy funcionario. Si me tocas...
—Ya te he tocado —dijo Lorena—. Y te he atado. ¿Ves estos barrotes? Son muy resistentes. No te vas a soltar.
Miguel forcejeó un poco, pero la cinta aguantó. Estaba bien sujeta, enrollada varias veces. Lorena se había asegurado.
—Esto es una locura —dijo él, con una voz que ya no era amenazante, sino casi suplicante—. Van a venir a buscarme. Cuando no aparezca...
—Cuando no aparezcas, pensarán que estás en el baño o tomando café. Están todos ocupados con el motín de abajo. ¿No lo has oído? —Lorena señaló la puerta entreabierta, por donde se colaban los gritos lejanos—. A nadie le importas, Miguel. A nadie.
El hombre la miró, y en sus ojos vio algo que no había visto antes: miedo. Miedo de verdad. Lorena sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No era un escalofrío de frío.
—Ahora —dijo, sentándose a horcajadas sobre sus muslos para que no pudiera patalear—, ahora me toca a mí.
Levantó la camisa de Miguel, dejando al descubierto su barriga. Era un vientre de hombre de mediana edad, blando, con una línea de vello que subía desde el ombligo hacia el pecho. La piel era pálida y ligeramente sudorosa.
—¿Qué haces? —preguntó Miguel, con una nota de pánico en la voz—. ¿Qué coño haces?
Lorena no respondió. Sus dedos, los mismos dedos que minutos antes habían sido víctimas de aquel hombre, se posaron sobre su abdomen.
—Las cosquillas —dijo, con una lentitud deliberada—. Ahora las vas a probar, ¿no quieres? Pues vamos a ver cuánto te gustan a ti.
Sus yemas comenzaron a moverse. Círculos lentos alrededor del ombligo, explorando la geografía de esa piel blanda. Miguel contuvo el aliento un momento, y luego—sorprendiéndose a sí mismo, sorprendiéndola a ella— soltó una risa. Una risa breve, nerviosa, que intentó reprimir apretando los labios.
—No... —dijo, pero era demasiado tarde.
Lorena intensificó el movimiento. Sus dedos ahora atacaban los costados, donde la piel es más fina y los nervios están más cerca de la superficie. La risa de Miguel se hizo más audible, más descontrolada. Su cuerpo se retorcía sobre la litera, tirando de las ataduras, pero la cinta aguantaba.
—¡Ja-ja-ja... para... para ya! —gritó, entre carcajadas que parecían dolerle.
Lorena no paró. Subió hacia las axilas, hundiendo los dedos en el hueco velludo. Miguel perdió el control por completo. La risa se convirtió en algo histérico, un sonido agudo y desgarrador que rebotaba en las paredes de la celda. Las lágrimas brotaron de sus ojos, limpiando surcos en la sangre seca de su nariz rota.
—¡LORENA! —aulló, usando su nombre como si fuera una súplica—. ¡JA-JA-JA-LORENA, BASTA!
Lorena lo miró desde arriba. El hombre que la había humillado, golpeado, amenazado, retorciéndose bajo sus dedos como un insecto. La risa era un sonido extraño en él, casi obsceno, como si su cuerpo no estuviera acostumbrado a expresar algo que no fuera odio o desprecio.
—¿No te gusta? —preguntó Lorena, usando sus mismas palabras—. ¿No te gustan las cosquillas, Miguel?
—¡NO, JA-JA-JA, NO ME GUSTAN!
—Pues a mí tampoco. Pero tú no me preguntaste.
Sus dedos encontraron las costillas de nuevo, insistiendo en los espacios intercostales. Miguel se sacudió como un poseso, la cabeza girando de un lado a otro, los pies pateando el aire. La risa se mezclaba con sollozos, con gemidos de dolor —por la nariz, por las muñecas irritadas por la cinta—, un sonido casi humano en su descomposición.
Lorena se detuvo un momento. El hombre jadeaba, recuperando el aliento, tratando de recomponerse. Le temblaban hasta las pestañas.
—Esto no ha acabado, Miguel —dijo Lorena, en voz baja—. Tú me has tenido sometida en secreto durante meses. Me has pegado. Me has amenazado. Y hoy has venido a...
No terminó la frase. La necesidad de vomitar le subió por la garganta. Tragó saliva y continuó.
Miguel la miró con los ojos llenos de lágrimas y miedo. La risa histérica se había convertido en un sollozo contenido. Cerró los ojos. La respiración se le escapaba en espasmos irregulares, restos de las carcajadas anteriores. Sabía que había perdido. Sabía que no tenía escapatoria.
El grito atravesó el pasillo como un cuchillo caliente, desgarrándose la garganta de quien lo profería mientras el eco de las pisadas se perdía hacia el módulo principal.
—¡La Gallega y La Gitana se están peleando! ¡Cuerpo a cuerpo!
Lorena sintió que el corazón se le paraba un instante. La pelea. El motín. Todo lo que había estado sucediendo mientras ella estaba aquí, encerrada con ese... individuo. Su cabeza giró hacia Miguel, atado a la litera, el pánico asomando entre las costras de sangre de su nariz rota.
Él también lo había oído. Sus pupilas se dilataron ligeramente, y en su mirada brilló un destello de esperanza macabra. Quizá pensaba que el caos le daría una oportunidad. Quizá pensaba que Lorena saldría corriendo y lo dejaría allí, para que alguien lo encontrara más tarde y le diera la razón a él.
Pero Lorena no se movió hacia la puerta. No inmediatamente.
Se inclinó sobre él, sus pecas recortándose contra la penumbra de la celda. Sus manos, aún temblorosas por la adrenalina, encontraron la mandíbula de Miguel y se la sujetaron con una fuerza que él no creía que aquella mujer delgada pudiera tener.
—Abre la boca —ordenó.
Miguel forcejeó, girando la cabeza, pero ella lo inmovilizó. No era más fuerte que él, pero él estaba atado de pies y manos, aturdido, magullado, y ella estaba poseída por una furia fría que no conocía límites.
—Te he dicho que abras la puta boca.
Miguel, con un gesto mezquino, la abrió.
Lorena tomó la papelina que había caído al suelo durante el forcejeo. Con una mano, desdobló el plástico; con la otra, mantuvo la mandíbula del hombre. Volcó el contenido. La pequeña montaña de polvo marrón cayó sobre la lengua de Miguel, y Lorena le cerró la boca de un golpe seco, frotándole la garganta con dos dedos para forzar el reflejo de tragar.
Miguel tosió, sus ojos se abrieron con horror. Tragó. El sabor amargo de la heroína le llenó la boca, la garganta, y supo que no podría devolverla aunque quisiera.
—¿...qué has hecho? —balbuceó, la voz quebrada.
Lorena no respondió. Ya se estaba incorporando, ya estaba ajustándose la camiseta, ya estaba corriendo hacia la puerta. Su coleta pelirroja se movía como una llama líquida a su espalda.
—Joderte la vida —dijo, sin girarse—. Ahora tú también dependes de esto, Miguel. Dentro de unas horas te va a dar el mono. Y solo yo sé dónde conseguir más. Piensa en eso mientras esperas que alguien venga a liberarte.
Salió al pasillo sin mirar atrás. Las dos reclusas que habían llevado la noticia ya habían desaparecido, pero el rumor se extendía por el módulo como un reguero de pólvora. Lorena corrió, sus pies descalzos apenas haciendo ruido sobre el cemento. A su paso, otras mujeres se sumaban a la carrera, todas en la misma dirección, todas con la misma urgencia pintada en el rostro.
Cuando llegó al módulo principal, el espectáculo era apocalíptico.
Sillas rotas, colchones humeantes, bandejas de metal repartidas por el suelo como hojas de otoño. Y en medio, un círculo humano que respiraba como un solo pulmón. Lorena se abrió paso entre codos y hombros, buscando a las suyas.
Shadi estaba allí, su larga melena negra recogida en un moño apretado, sus ojos almendrados clavados en el centro del círculo. A su lado, Marina, mordiéndose las uñas con una ansiedad que no podía disimular. Nadia, con sus brazos cruzados sobre el pecho y la mandíbula tensa, ocupando más espacio del que su complexión delgada sugería. Valentina, la más callada del grupo, con una mano apoyada en el hombro de Alba y la otra apretando el puño con tanta fuerza que las uñas se le clavaban en la palma.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Lorena, jadeando—. ¿Dónde está La Gitana?
Nadia señaló hacia el interior del círculo sin decir palabra. Lorena se puso de puntillas y alcanzó a ver.
La Gitana lo vio un instante antes de que ocurriera. Ese brillo. Esa tensión en los hombros de la narcotraficante, que no era la relajación de quien se rinde, sino la preparación de quien va a atacar.
—Cuidado, Gitana —alcanzó a gritar alguien desde el círculo.
Pero fue tarde.
La mano de la Gallega, la que había estado apoyada en el suelo para incorporarse, se movió con una rapidez que su cuerpo magullado no debería haber permitido. Sus dedos encontraron el bolsillo del pantalón, el mismo que habían pasado por alto al registrarla antes del motín, y extrajeron algo pequeño, afilado, mortal.
Un pincho. Una hoja de afeitar sujeta con cinta aislante a un trozo de plástico duro, convertida en un arma de mano. El tipo de objeto que circulaba por las cárceles como moneda de cambio, que se escondía en sitios que nadie miraba.
La Gallega se abalanzó antes de que nadie pudiera reaccionar.
El primer impacto fue bajo, casi en la cadera. La Gitana sintió un pinchazo agudo, como la picadura de un insecto gigante, y luego un ardor profundo que se extendía por su vientre. Su mano fue al lugar del impacto y encontró algo húmedo, caliente. Sangre.
—¡LA GALLEGA TIENE UN PINCHO! —gritó una reclusa.
El caos volvió a estallar. Algunas mujeres intentaron meterse en el círculo para detenerla, pero las afines a la narcotraficante las bloquearon. Los funcionarios, que habían bajado la guardia, forcejeaban para abrirse paso entre la multitud.
El segundo pinchazo llegó al otro lado del abdomen, más arriba. La Gitana gruñó, retrocediendo, pero la Gallega la siguió, moviéndose con una ferocidad alimentada por la adrenalina y la humillación.
—¿Quién habla ahora, zorra? —escupió la rubia, con la boca ensangrentada, los ojos inyectados—. ¿Quién coño habla ahora?
El tercer impacto fue en el brazo, cuando la Gitana intentó protegerse. La hoja le abrió la manga y la piel bajo ella, una cortada larga y superficial pero que sangraba abundantemente.
La Gitana cayó de rodillas. Su mano izquierda presionaba el vientre, tratando de contener las heridas. La derecha buscaba algo, cualquier cosa, en el suelo de cemento.
La Gallega levantó el pincho para un cuarto ataque. Esta vez apuntaba al pecho, al corazón o a los pulmones. Su sonrisa era una mueca de triunfo y odio.
Pero el golpe no llegó.
Alguien se abalanzó sobre la Gallega por la espalda. Un cuerpo menudo, de pelo canoso y movimientos rápidos. Isabel. La misma que minutos antes había estado en la celda de la Gitana, sometida a sus cosquillas, humillada por su propia sensibilidad. Isabel la sujetó por el brazo que sostenía el pincho, forcejeando para que no descendiera.
—¡Suéltame, puta de mierda! —rugió la Gallega.
—¡No, no te suelto, coño! —respondió Isabel, con una fuerza que no parecía tener—. ¡Gitana, levántate, joder!
El círculo se rompió definitivamente. Era un campo de batalla: reclusas de la Hermandad peleando con las afines de la Gallega, funcionarios tratando de separar cuerpos, sirenas sonando ya dentro del centro, refuerzos pisando el módulo con porras y gas pimienta.
La Gitana, aún de rodillas, consiguió ponerse en pie. Su camiseta estaba empapada en sangre. No sabía cuántas puñaladas había recibido, ni lo profundas que eran. Sabía que dolía, que el mundo giraba a su alrededor, que si no hacía algo pronto, caería y quizá no volvería a levantarse.
Miró a la Gallega, forcejeando con Isabel. Miró el pincho, aún en su mano. Miró la sangre en sus propias manos.
Y entonces, con las últimas fuerzas que le quedaban, avanzó.
Un paso. Otro. La Gallega la vio venir y sus ojos se abrieron con una mezcla de sorpresa y algo que podría haber sido miedo. La Gitana, la mujer de las cosquillas, la líder que nunca había necesitado la violencia, avanzaba hacia ella con las manos ensangrentadas y la mirada fija.
No alcanzó a llegar.
Las piernas le fallaron a medio camino. Cayó hacia delante, y cuatro reclusas de la Hermandad —Alba, Elisa, Kiara y Carlota, que habían logrado abrirse paso entre el tumulto— la atraparon antes de que golpeara el suelo.
—¡La Gitana está herida! —gritó Alba—. ¡Necesitamos una enfermera, rápido!
—¡Que se aparten, joder! —la voz de un funcionario, por fin llegando al centro del caos—. ¡Paso, paso!
Pero la Gallega, aún forcejeando con Isabel, aún con el pincho en la mano, seguía riendo. Una risa ronca, loca, de quien sabe que ha cruzado una línea de la que no se vuelve.
—¡Que se muera! —gritó, escupiendo sangre—. ¡Que se muera la puta de las cosquillas! ¡A ver si así aprendéis todas dónde está vuestro sitio!
Isabel le asestó un rodillazo en el estómago, y la Gallega dobló el cuerpo, pero no soltó el arma. Fue entonces cuando los funcionarios de los refuerzos, con sus porras y sus escudos, lograron llegar hasta ellas. Uno de ellos golpeó el brazo de la Gallega con la defensa, y el pincho cayó al suelo con un tintineo metálico. Otro la inmovilizó contra el cemento, las esposas cerrándose alrededor de sus muñecas.
La Gitana yacía en el suelo, la cabeza apoyada en el regazo de Elisa, los ojos medio cerrados. Perdía sangre. Mucha sangre. Pero aún respiraba, y sus dedos, los dedos que tantas risas habían provocado, se movían débiles sobre su propio vientre, como si intentaran taponar las heridas con las manos desnudas.
—No te mueras —susurró Elisa, a su lado, aferrando su mano—. Por favor, Gitana, no te mueras.
El motín, el caos, los gritos, todo se difuminaba a su alrededor. La Gitana apenas oía ya nada. Solo el latido de su corazón, cada vez más lento, y el eco lejano de una risa —la suya propia, quizá— que se perdía en la distancia mientras la oscuridad empezaba a invadir los bordes de su visión.
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