LA CONDENA - Episodio 49: El motín (parte II)
—No te mueras, no te mueras, joder, no te mueras.
La respiración de La Gitana era superficial, irregular. Sus ojos se movían bajo los párpados cerrados como si estuviera soñando algo que ninguna de ellas podía alcanzar.
Alba miraba la escena con el pecho encogido. Tenía las manos libres —no había sitio para más manos sobre el cuerpo de la herida— y esa inutilidad la estaba volviendo loca. La rabia le crecía por dentro como una planta venenosa, alimentándose del miedo, de la sangre, de la imagen de La Gallega siendo esposada a unos metros, aún erguida, aún desafiante.
—No puedo quedarme aquí —dijo Alba, la voz rota.
—Alba, no... —empezó Elisa, pero ya era tarde.
Alba se puso en pie. Sus piernas temblaban, pero no de miedo. De furia. Caminó hacia la Gallega con pasos firmes, esquivando los cuerpos que forcejeaban a su alrededor, las sillas rotas, los colchones humeantes. La rubia estaba siendo inmovilizada por dos funcionarios, pero aún así logró verla venir. Sus ojos ensangrentados se abrieron ligeramente.
—Tú —dijo Alba, escupiendo la palabra como si fuera veneno.
—Alba, no te acerques —ordenó uno de los funcionarios, levantando una mano para detenerla—. Vuelve a tu celda o...
El puño de Alba viajó antes de que el funcionario pudiera terminar la frase. No alcanzó a la Gallega —el hombre se interpuso a tiempo—, pero el gesto fue suficiente para encender la mecha.
—¡Zorra! —gritó Alba, forcejeando con el funcionario que la sujetaba—. ¡Mírame a la cara, cobarde! ¡Mírame!
La Gallega, esposada, sucia de sangre, le sostuvo la mirada con una frialdad que helaba. No dijo nada. No necesitaba hacerlo. Su sonrisa torcida lo decía todo.
Fue entonces cuando Carlota se sumó. Había estado ayudando a contener la hemorragia de La Gitana, pero cuando vio a Alba forcejeando con el funcionario, algo dentro de ella se rompió. Se incorporó, tambaleándose, y se lanzó hacia la Gallega con un grito gutural.
—¡Voy a matarte!
Una de las afines —una mujer tatuada con telarañas en el cuello— bloqueó su camino. Los puños de Carlota se alzaron, y de repente ella ya no estaba forcejeando con un funcionario, sino peleando cuerpo a cuerpo con la secuaz de la narcotraficante. Golpes secos, mal dados, pero cargados de una furia que parecía inagotable.
Las afines de la Gallega, las pocas que quedaban —algunas se habían esfumado al ver perder a su líder, otras estaban siendo esposadas por los refuerzos—, se agruparon alrededor de la rubia. Era una formación desesperada, un último círculo de lealtad obstinada. Pero eran menos. Muchas menos.
Shadi, que había estado al borde del círculo, observando, sintió cómo la sangre le hervía. Miró a Marina, a Nadia, a Valentina. No hicieron falta palabras. Todas lo sintieron al mismo tiempo.
—Por La Gitana —dijo Shadi, en voz baja.
—Por La Gitana —respondieron las demás.
Y se lanzaron.
Lo que siguió no fue una pelea. Fue una purga. Las afines de la Gallega, superadas en número y en moral, cayeron una tras otra. No hubo pinchos, no hubo armas. Hubo puños, hubo patadas, hubo el sonido sordo de los cuerpos contra el cemento. Los funcionarios, desbordados, intentaban separar a las mujeres sin conseguirlo del todo. Cada vez que apartaban a una, dos más se sumaban.
Lorena llegó justo en ese momento. Su pelirroja cabeza asomó entre la multitud, y sus ojos recorrieron la escena: La Gitana en el suelo, Elisa y Kiara arrodilladas a su lado; Alba forcejeando con un funcionario que intentaba apartarla; Carlota en el suelo, con una sangre que no era la suya en la comisura de los labios; y el grupo de las suyas —Shadi, Marina, Nadia, Valentina— abatiendo a las últimas resistentes.
Sin pensarlo, se unió.
Sus puños, pequeños pero afilados, encontraron el estómago de una de las afines que intentaba incorporarse. La mujer dobló el cuerpo con un gemido, y Lorena le asestó un rodillazo en la cara para asegurarse de que no volviera a levantarse. No era violenta por naturaleza —nunca lo había sido—, pero la noche había sido larga, y la rabia que llevaba acumulada dentro era un animal que pedía sangre.
—¡Ya basta! —la voz del funcionario de mayor rango cortó el aire como un látigo—. ¡He dicho que basta o empiezo a meter a todas en el hoyo!
Las reclusas se detuvieron. Fue un parón abrupto, como si alguien hubiera pulsado el pause en una película. Alba, aún sujeta por dos funcionarios, jadeaba con los puños cerrados. Carlota, en el suelo, se limpiaba la sangre del labio con el dorso de la mano. Shadi, Marina, Nadia, Valentina y Lorena formaban un semicírculo alrededor de las afines derrotadas, sus pechos subiendo y bajando al ritmo de la respiración agitada.
La Gallega, de pie entre sus captores, observaba la escena con una expresión que no lograba descifrarse. Derrota, quizá. O quizá solo el cálculo frío de una asesina que ya está pensando en su siguiente movimiento.
—Llevaos a esta —dijo el funcionario, señalando a la Gallega—. Y a las otras también. Separadlas. Que no se mezclen con el resto.
Los refuerzos obedecieron. La Gallega fue arrastrada hacia el pasillo de celdas de castigo, seguida de sus afines, esposadas, cabizbajas, derrotadas. Algunas lloraban. Otras maldecían en voz baja. La mayoría caminaban en silencio, con la mirada perdida en el vacío.
El módulo comenzó a vaciarse lentamente. Los funcionarios, por fin con el control, ordenaban a las reclusas volver a sus celdas. La mayoría obedeció sin rechistar; el agotamiento pesaba más que la rebeldía.
Alba, liberada de los funcionarios que la sujetaban, se dejó caer de rodillas junto a La Gitana. Sus manos encontraron las de Kiara, y se miraron un instante. No había consuelo en esa mirada. Solo una pregunta muda: ¿y ahora qué?
Elisa seguía presionando las heridas. La sangre, al fin, parecía empezar a coagularse. O eso querían creer.
—Necesitamos una enfermera —dijo, con una calma que era puro esfuerzo—. Ya.
—Están de camino —respondió un funcionario, agachándose a su lado—. Ya han llamado. Hay que esperar.
Esperar. Esa era la palabra. Esperar a que la vida o la muerte decidieran sobre La Gitana. Esperar a que el motín se disipara del todo. Esperar a que, de algún modo, las piezas volvieran a encajar.
Kiara miró a Alba, a Carlota, a Lorena, a las demás. Sus rostros, iluminados por la luz mortecina de los neones que habían sobrevivido al caos, eran una galería de emociones: rabia, cansancio, miedo, lealtad.
—Estamos contigo —dijo Kiara, en voz baja, como si La Gitana pudiera oírla—. Siempre.
El estruendo del helicóptero llegó antes que las balas. Un sonido que no pertenecía a ese mundo de cemento y barrotes, algo del exterior que se abría paso a la fuerza, que hacía temblar los cristales de las ventanas y vibraba en el pecho de todas las que aún permanecían en el módulo.
—¿Qué coño es eso? —gritó alguien.
Pero nadie respondió. Nadie sabía.
Los rotores batían el aire con violencia, levantando remolinos de polvo en el patio interior. Los focos del helicóptero barrían el módulo como ojos ciegos, iluminando por segundos los rostros confusos de las reclusas. Y entonces los disparos. No al aire, no al principio —el primero alcanzó a un funcionario en el hombro, y el hombre cayó de espaldas con un grito ahogado.
—¡A cubierto! —gritó otro funcionario, pero era tarde.
El helicóptero aterrizó sobre el cemento del patio, las aspas aún girando, y tres figuras bajaron de un salto. Hombres. Grandes, armados, con pasamontañas negros que ocultaban sus rostros. Pistolas, fusiles, chalecos antibalas. No eran policía. No eran soldados. Eran otra cosa.
—¡A por ella! —ordenó uno, y los tres avanzaron hacia el módulo derribando la puerta de acceso con una patada.
El caos que había amainado renació con una virulencia imposible. Las reclusas corrían en todas direcciones, chocando entre sí, pisándose, buscando rincones donde esconderse. Los funcionarios, desbordados, unos heridos, otros aturdidos, intentaban formar un cordón sin conseguirlo. Las radios crepitaban con llamadas de auxilio que nadie respondía.
Elisa, que aún estaba arrodillada junto a La Gitana, levantó la vista justo para ver a los tres hombres abrirse paso entre la multitud. Iban derechos hacia donde los funcionarios retenían a la Gallega esposada. La rubia, al verlos, sonrió. Una sonrisa ancha, triunfal, que heló la sangre de Elisa.
—¡Aquí! —gritó la Gallega, levantando las muñecas esposadas—. ¡Estoy aquí!
Los hombres la alcanzaron en segundos. Uno de ellos disparó a los pies de los funcionarios que la custodiaban —un tiro, otro, otro—, y los hombres uniformados saltaron hacia atrás, protegiéndose el rostro con los brazos. El segundo hombre sacó una radial de la mochila y, en un instante, cortó las esposas de la Gallega.
—Vamos —dijo el tercero, sujetándola por el brazo.
Pero antes de salir, el primero se volvió y disparó dos veces. Uno de los funcionarios que había caído al suelo intentaba incorporarse; la bala le alcanzó en el pecho. El otro, el que había sido tiroteado al principio, recibió el segundo disparo en la cabeza mientras trataba de arrastrarse hacia la salida.
Silencio. Por un segundo, el módulo entero enmudeció.
—¡Tirad gas! —ordenó uno de los funcionarios que aún estaba en pie.
Las bengalas de gas lacrimógeno cayeron al suelo, y el humo blanco y espeso comenzó a llenar el espacio. Las reclusas tosían, lloraban, se cubrían el rostro con los brazos. Los tres hombres, la Gallega entre ellos, corrieron hacia el helicóptero mientras las aspas seguían girando, levantando el humo en espirales cegadoras.
Y entonces volvió el barullo. Gritos, pisotones, toses, llantos. El gas quemaba los ojos y la garganta, y todas buscaban el suelo, las paredes, cualquier superficie que las protegiera.
Elisa se cubrió la boca con el brazo, pero no apartó la mirada de La Gitana. La líder seguía inconsciente, su pecho aún subiendo y bajando, pero por cuánto tiempo. El gas llegaba también hasta ellas.
—¡Hay que sacarla de aquí! —gritó Elisa, pero su voz apenas se oía entre el estruendo.
Kiara, a su lado, asintió. Entre las dos, levantaron a La Gitana del suelo, soportando su peso muerto, arrastrándola hacia el pasillo donde el humo era menos denso. Los ojos les lloraban, la garganta les ardía, pero seguían avanzando.
Fue entonces cuando Elisa la vio.
Alba estaba arrodillada en medio del caos, con una mano apoyada en el suelo y la otra cubriéndose el rostro. Pero no era el gas lo que le impedía levantarse. Era la sangre. La sangre que le brotaba de la cara y le corría entre los dedos, empapándole la camiseta, cayendo en gotas gruesas sobre el cemento.
—¡ALBA! —gritó Elisa, soltando a La Gitana para correr hacia ella.
Entre las sombras y el humo, Elisa distinguió otra figura. La silueta de una reclusa de las afines a la Gallega, con una silla del comedor aún en la mano. La mujer la miraba fijamente, y en sus ojos había una furia que no era solo del momento. Era personal.
—Carlota... —logró decir Alba, con voz rota—. Carlota está...
Elisa giró la cabeza, buscando entre el humo. Vio el cuerpo de Carlota en el suelo, a unos metros de Alba. Estaba boca abajo, inmóvil. La silla de comedor, la misma que había visto en manos de la otra reclusa, yacía rota a su lado.
—¡CARLOTA! —Elisa se puso en pie, pero sus piernas no respondieron. El gas le nublaba la vista, la tos le retorcía el pecho, y una nausea creciente le decía que si no salía de allí pronto, caería también.
Alguien la agarró por el hombro. Era Kiara, con la cara empapada en lágrimas, los ojos enrojecidos, pero aún en pie.
—Tenemos que sacarlas —dijo Kiara, señalando a Alba y a Carlota—. A las dos. Ahora.
Elisa asintió. Entre las dos, con la ayuda de otras reclusas que se materializaron desde el humo —Shadi, Marina, Nadia—, lograron arrastrar a Alba y a Carlota hacia el pasillo. Carlota estaba inconsciente, con un corte en la sien que manaba sangre con un ritmo aterrador. Alba, aún consciente pero tambaleante, se negaba a cerrar los ojos.
—No la pierdas de vista —le susurró Elisa a Kiara—. A ninguna.
El helicóptero despegó en ese momento. El ruido de las aspas se hizo más intenso, más lejano, y luego comenzó a disiparse. Los tres hombres, con la Gallega entre ellos, se alejaban en la nave mientras los focos se perdían en el horizonte. Afuera, las sirenas de la policía y las ambulancias comenzaban a oírse, pero parecían venir de otro planeta.
Dentro del módulo, el gas comenzaba a disiparse. Las reclusas tosían, lloraban, se ayudaban a ponerse en pie. Los funcionarios, los que aún podían, contaban los cuerpos: dos compañeros en el suelo, inmóviles, y decenas de reclusas heridas, aturdidas, traumatizadas.
Elisa se quedó arrodillada junto a Carlota, presionando un trapo contra su sien para contener la hemorragia. Sus manos temblaban. Todo su cuerpo temblaba. A su lado, Kiara sostenía a Alba, que se había desmayado por fin, vencida por la pérdida de sangre.
La Gitana, unos metros más allá, seguía inconsciente. Su pecho aún se movía. Apenas.
—No sé si vamos a sobrevivir a esta noche —susurró Elisa, más para sí misma que para nadie.
Kiara la oyó.
—Vamos a sobrevivir —respondió, con una firmeza que no sentía—. Porque no nos queda otra.
Y mientras las sirenas se acercaban y los primeros auxilios llegaban por fin, la noche seguía siendo dueña del módulo. Una noche que no parecía tener fin.
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Maribel seguía paralizada en el umbral.
Su uniforme de funcionaria estaba manchado de hollín, las mangas remangadas hasta los codos. El rostro, que había atravesado horas de motín y caos, pasó del cansancio al horror en una fracción de segundo. Sus ojos negros se abrieron de par en par, recorriendo la imagen ante ella.
El cuerpo inerte de Marta, atado a los barrotes de la litera, la cabeza ladeada, los ojos abiertos y vacíos mirando al techo. Las esposas en sus muñecas, los tobillos aún atados con la cuerda. La palidez de su rostro contrastando con el rojo intenso de sus mejillas, la boca entreabierta como si aún intentara respirar.
Los pies descalzos de Lourdes, que acababa de ser desatada, las marcas de las esposas en sus muñecas. La camiseta de tirantes arrugada y manchada de lágrimas y sudor.
Y Aminata, de pie en el centro de la celda, descalza, con su uniforme beige arrugado y manchado, las manos aún extendidas como si estuviera en medio de un gesto. Su rostro, aunque cansado y marcado por las horas de tortura, mostraba una determinación férrea. Miró a Maribel sin pestañear.
El silencio se alargó, denso, irrespirable.
Maribel abrió la boca para decir algo —una pregunta, una orden, un grito—, pero ninguna palabra salió. Solo un jadeo ahogado. Su mano, que aún sostenía la manilla de la puerta, tembló.
Entonces, Lourdes reaccionó.
Con un movimiento rápido, impulsada por la adrenalina, la joven funcionaria salió disparada hacia la puerta. Pasó rozando a Maribel, que no tuvo tiempo de reaccionar, y sus pasos descalzos resonaron en el pasillo de aislamiento, alejándose.
—¡Lourdes! —gritó Maribel, pero la funcionaria ya había desaparecido.
Aminata dio un paso hacia la puerta, sus puños apretados, la mirada fija en el pasillo vacío. No conocía a Maribel. No sabía de qué lado estaba. En su mente, solo había una certeza: esa mujer, la que acababa de huir, podía condenarla.
—Tranquila —dijo Maribel, levantando las manos en un gesto de paz—. No voy a hacerte daño. Estoy contigo.
Aminata la miró, incrédula.
—¿Contigo? No te conozco.
—Soy amiga de La Gitana —respondió Maribel, bajando la voz—. Me hizo un gran favor hace años. Fuera las cosas se están poniendo difíciles. El motín… no ha ido bien.
Antes de que Aminata pudiera responder, un sonido nuevo se sumó al rumor lejano del helicóptero. Pasos. No eran los pasos firmes de un funcionario, sino unos pasos arrastrados, inseguros. Alguien se acercaba por el pasillo.
Ambas se giraron.
Violeta apareció en el marco de la puerta. La colombiana estaba desorientada, con el rostro sudoroso, el pelo revuelto. Tenía la mirada perdida, vidriosa, y se tambaleaba ligeramente, apoyándose en la pared.
—Violeta —dijo Aminata, sorprendida—. ¿Qué haces aquí?
—Me escondí —respondió Violeta, su voz débil, entrecortada—. No podía… no podía seguir. El humo, los gritos… Me mareé. No quería arriesgarme a que me hicieran daño.
Maribel la observó un instante. Sus ojos recorrieron el rostro pálido de Violeta, la forma en que se llevaba una mano al vientre de manera inconsciente, la respiración agitada. Algo en su mirada cambió. Una comprensión repentina.
—Estás embarazada —dijo Maribel, no una pregunta, una afirmación.
Violeta la miró, asustada, y asintió débilmente.
—No lo sabe casi nadie. Salió en los análisis del último chequeo, pero pedí que lo guardaran en secreto. No quería… es de un funcionario. Fue en la prisión en la que estuve. Fue consentido.
—No vamos a dejar que te pase nada —dijo Aminata, con una firmeza que no sentía del todo.
Afuera, el sonido de disparos. Secos. Alejados, pero reales. Alguien estaba usando armas de fuego, probablemente los funcionarios o los antidisturbios que habrían entrado para sofocar el motín.
Maribel miró hacia el pasillo, luego hacia la celda donde yacía el cuerpo de Marta. Sacudió la cabeza.
—No podemos quedarnos aquí. Si alguien viene, encontrarán a Marta, y tú —señaló a Aminata— serás la principal sospechosa. Tenemos que moveros.
—¿A dónde? —preguntó Violeta.
—A la celda contigua —dijo Maribel, señalando la puerta de al lado en el pasillo de aislamiento—. También está vacía. Allí podremos pensar sin que nadie nos vea.
La celda contigua era idéntica a la anterior: una litera fija, una colchoneta fina, una puerta metálica con trampilla. Sin el cadáver, el aire parecía menos denso. Cerraron la puerta y se sentaron en el suelo, apoyadas contra la pared.
Maribel se volvió hacia Aminata.
— El otro día, La Gitana me pidió que te cuidara. Lamento no haber podido llegar antes.
Aminata les contó todo lo que había pasado.
—De acuerdo —continuó Maribel—. Vi a Marta. Y vi lo que hiciste, aunque fuera sin querer. No voy a denunciarte. Pero tenemos que cubrirte.
—Muu bien, pero... —susurró Violeta—. ¿Y Lourdes? Se ha ido. Puede contarlo.
—Yo me encargaré de Lourdes —dijo Maribel, con una seguridad que no admitía réplica—. Pero ahora tenemos que pensar en ti —se dirigió a Aminata—. Cuando encuentren a Marta, te buscarán a ti. Tienes que tener una coartada.
Violeta asintió lentamente, una idea formándose en su mente.
—Atarla —dijo—. La ataremos. Aminata fingirá que ha estado atada en esta celda desde el principio. Que nunca salió de aquí. Que la encontraron así cuando todo esto acabó.
—¿Y el cadáver? —preguntó Aminata.
—El cadáver está en la otra celda —respondió Maribel—. Si tú apareces atada aquí, y Lourdes no está, y yo digo que te encontré así… podemos inventar una historia. Que Lourdes y Marta estaban haciendo algo ilegal aquí, que hubo una pelea, que Marta murió y Lourdes huyó. Tú eres una víctima más.
Aminata la miró largamente.
—¿Por qué haces esto? No te conozco. Podrías entregarme y salvar tu pellejo.
Maribel sonrió, una sonrisa triste y cansada.
—Porque La Gitana le salvó la vida a mí hija una vez. Y porque sé que tú no eres una asesina. Porque si no os ayudo, la Gallega ganará. Y eso no puede pasar.
Afuera, los disparos seguían, más espaciados. El helicóptero se había ido, pero el eco de la violencia aún vibraba.
—¿Y Lourdes? —insistió Aminata—. Lo ha visto todo. Puede delatarme.
Maribel se levantó, alisándose el uniforme manchado de hollín.
—Yo me encargaré de Lourdes —dijo—. Ahora, atemos a Aminata. Rápido. No sabemos cuánto tiempo tenemos.
Violeta se levantó, tambaleándose, y ayudó a Maribel a buscar las esposas o tiras de sábana. Aminata se ofreció voluntaria, extendiendo las manos.
—Ata fuerte —dijo—. Tiene que parecer real.
Maribel asintió. Con movimientos rápidos y profesionales, esposó a Aminata a los barrotes de la cama, asegurando sus muñecas y tobillos. Violeta ajustó los nudos, asegurándose de que no la lastimaran pero que parecieran auténticos.
Cuando terminaron, Aminata quedó tumbada sobre la colchoneta, inmovilizada, igual que había estado horas antes. Solo que ahora era una farsa. Un teatro para salvar su vida.
—¿Estás bien? —preguntó Violeta, arrodillándose a su lado.
Aminata asintió. Sus ojos negros, enrojecidos, miraban el techo gris.
—No quería que muriera —susurró—. Solo quería que hablara.
—Lo sé —respondió Violeta, tomándole la mano—. Lo sé.
Maribel se acercó a la puerta, escuchando. Los disparos se habían detenido, pero se oían voces, pasos, el ruido de puertas abriéndose y cerrándose.
—Tengo que irme —dijo—. Tengo que encontrar a Lourdes antes de que hable con alguien. Vosotras quedaos aquí. No abráis a nadie.
—¿Y si vienen los funcionarios? —preguntó Violeta.
—Decid que estábamos escondidas, que no sabéis nada. Yo os cubriré —respondió Maribel—. Cuidad de ella —añadió, mirando a Violeta—. Y cuídate tú también. Por los dos.
Violeta se llevó una mano al vientre, instintivamente. Asintió.
Maribel abrió la puerta, se asomó al pasillo vacío y desapareció. La puerta se cerró con un clic sordo.
Aminata y Violeta quedaron solas en la celda de aislamiento, a oscuras, con el eco de los disparos aún resonando en sus oídos y la incertidumbre de lo que vendría.
Violeta la miró largamente. Sus ojos, aún nublados por el mareo y el cansancio, se llenaron de una ternura profunda. No se conocían mucho. Un par de encuentros en el patio, algún cruce de miradas en el comedor. Pero sabían que eran hermanas. Que compartían la misma sangre invisible que La Gitana había tejido entre todas ellas.
—Todo va a estar bien —dijo Violeta, su acento colombiano arropando las palabras como una caricia—. Ya verás.
Aminata suspiró. Un suspiro hondo, tembloroso, que venía de muy adentro. Sus ojos negros, enrojecidos por las horas de tortura y las lágrimas contenidas, se fijaron en Violeta. Y entonces, la confesión.
—Me torturaron hasta no poder más —dijo, su voz quebrada, apenas un hilo—. Violeta, hazme un favor. Necesito que me hagas cosquillas. Pero como nosotras sabemos. Como en la Hermandad. Necesito olvidar esa sensación de que las cosquillas son algo horrible. Necesito volver a asociarlas a vosotras. A la risa buena. A la confianza.
Violeta no dudó. No preguntó por qué, ni si estaba segura, ni si no prefería descansar. Simplemente sonrió, una sonrisa dulce y cálida, y se arrodilló junto a los pies de Aminata.
—Claro que sí, corazón —dijo—. Para eso estamos.
Aminata seguía atada a los barrotes por las esposas y las cuerdas que Maribel y Violeta le habían puesto para simular su cautiverio. Pero ahora esas ataduras no eran una trampa, sino un marco. Un escenario para un ritual distinto. Violeta no las desató. No hacía falta.
La colombiana tomó el pie derecho de Aminata entre sus manos. Era un pie moreno, alargado, con los dedos finos y las uñas cortas. Con suavidad, con una delicadeza que parecía imposible en alguien tan agotada, comenzó a acariciar la planta.
No fue un ataque. No fue tortura. Fue un roce apenas perceptible, las yemas de sus dedos deslizándose desde el talón hasta la bola del pie con una lentitud hipnótica. Aminata contuvo el aliento. Su cuerpo, aún tenso por las horas de abuso, primero se resistió, esperando el cosquilleo brutal, las uñas, la desesperación.
Pero no llegó.
Llegó una caricia. Un susurro de piel contra piel. Un cosquilleo leve, casi agradable, que no pedía la risa a gritos, sino que la invitaba con suavidad.
Aminata cerró los ojos. Sus párpados temblaron. Y entonces, la risa brotó. No fue la risa histérica, forzada, de la tortura. Fue una risa baja, temblorosa, casi un suspiro. Una risa de alivio.
—Así —murmuró Violeta, sin dejar de acariciar su pie—. Así, tranquila. Estás conmigo. No va a pasarte nada malo.
Aminata rió de nuevo, esta vez un poco más fuerte. Sus dedos de los pies se contrajeron y extendieron, pero no para huir, sino como si estuvieran bailando al ritmo de las caricias.
Violeta cambió de pie y repitió la caricia. Ahora usaba no solo las yemas, sino el dorso de los dedos, un roce aún más suave, más difuso. La risa de Aminata se volvió más sonora, más cálida. Abrió los ojos y miró a Violeta, y en sus ojos negros ya no había miedo. Solo gratitud.
—Gracias —susurró.
—Para eso estamos —respondió Violeta—. Para recordarnos quiénes somos.
Afuera, los disparos se habían detenido. El silencio era denso, roto solo por el zumbido lejano de alguna sirena. Pero dentro de la celda de aislamiento, el tiempo se había detenido. Solo existían aquellas dos mujeres, una tumbada y atada, otra arrodillada a sus pies, y el roce suave de unos dedos sobre una piel que empezaba a sanar.
Violeta siguió acariciando. Aminata siguió riendo. La risa era pequeña, contenida, pero auténtica. No la risa desgarrada de la tortura, sino la risa de quien se permite sentir algo bueno en medio del horror.
—¿Quieres que suba? —preguntó Violeta, refiriéndose a otras zonas.
Aminata asintió, con los ojos cerrados, una sonrisa tranquila en los labios.
—Sí. Todo lo que quieras. Todo lo que necesites.
Violeta soltó los pies y se incorporó. Se arrodilló ahora junto a su torso, y con la misma delicadeza, deslizó sus dedos bajo el borde del uniforme. Rozó la cintura de Aminata, y la risa de la joven se hizo más aguda, más gozosa.
—No pares —susurró Aminata—. Por favor, no pares.
La colombiana no pensaba hacerlo. Sus dedos ascendieron por los costados de Aminata, dibujando círculos lentos, subiendo hacia las costillas. Sintió el cambio en la respiración de Aminata. Las risas, antes suaves y rítmicas, se volvieron más entrecortadas, más hondas, y entre ellas comenzaron a filtrarse pequeños gemidos. La colombiana, con esa intuición que nace de la cercanía y el cuidado, comprendió que el cuerpo de su hermana pedía algo más.
No preguntó. No dudó.
Con una mano, la que llevaba acariciando los costados de Aminata, subió hasta sus axilas y comenzó un cosquilleo suave, circular, apenas un roce de yemas. Con la otra, descendió lentamente por el vientre, cruzó la cintura y se posó sobre la entrepierna de Aminata, sobre la tela fina que separaba los dedos de su calor.
El gemido de Aminata se hizo más agudo, mezclándose con la risa que aún brotaba de sus labios. Violeta no presionó, no frotó. Acarició con la misma delicadeza con la que había tratado sus pies, despacio, con una ternura que era también una pregunta silenciosa.
—¿Sí? —susurró Violeta, cerca de su oído.
Aminata asintió, los ojos aún cerrados, la sonrisa temblorosa en los labios.
—Sí —respondió, y su voz era un hilo de deseo y alivio.
Violeta se incorporó ligeramente y, con un movimiento fluido, se puso a horcajadas sobre la cadera de Aminata. La joven seguía atada a los barrotes, inmóvil, entregada. La colombiana se inclinó sobre ella, su larga melena negra rozando la piel morena de Aminata.
Con una mano siguió acariciando sus axilas, con la otra continuó su exploración íntima. Y ahora también sus labios se unieron al juego. Besó el cuello de Aminata, justo donde late la sangre, un beso suave que se prolongó en una caricia húmeda. Bajó hacia los pechos, dibujando círculos con la lengua sobre la tela del uniforme, sintiendo cómo se endurecían bajo su boca. Recorrió el torso desnudo que asomaba por la camiseta levantada, dejando estelas cálidas que se mezclaban con el sudor y las lágrimas recientes.
Aminata reía y gemía a la vez. Su cuerpo se arqueaba, no para huir, sino para buscar más contacto. Las ataduras chirriaban suavemente, pero no las sentía. Solo sentía las manos de Violeta, su boca, su aliento. El cosquilleo en sus axilas se mezclaba con el cosquilleo más profundo, más íntimo, que crecía en su vientre y se expandía como una ola.
La respiración de Aminata se volvió más rápida, más errática. La risa se convirtió en un jadeo rítmico, y los gemidos en un lamento gozoso. Violeta la besó en los labios, un beso breve pero intenso, y luego volvió a su cuello, a sus pechos, mientras su mano no cesaba su caricia íntima.
El orgasmo, cuando llegó, fue un suspiro largo y tembloroso que se prolongó en espasmos. Aminata cerró los ojos con fuerza, su boca abierta en una mueca de placer, y su cuerpo se tensó todo, cada músculo, cada nervio, para luego soltarse en una oleada de temblores. La risa, por un instante, se apagó, sustituida por un gemido hondo, casi un llanto. Luego, la risa volvió, más débil, más agotada, como un eco feliz.
Violeta se quedó quieta sobre ella, sin apartar las manos, solo acompañando los espasmos residuales. Apoyó la frente contra la de Aminata y sonrieron juntas, en la penumbra.
Aminata, aún temblorosa por el orgasmo, abrió los ojos y vio esa sonrisa en el rostro de su compañera. Y entonces supo. No había terminado.
Con un movimiento rápido, Violeta llevó sus dos manos a los costados de Aminata, Y comenzó.
No fue la caricia suave de antes. Fue un cosquilleo firme, insistente, rápido. Sus dedos bailaban sobre la piel morena como dos músicos en un teclado, sin piedad pero sin crueldad. Era el cosquilleo de una amiga que quiere verte reír, de una hermana que te conoce y sabe exactamente dónde eres más débil.
Aminata soltó una carcajada limpia, sonora, que no tenía nada que ver con la risa forzada de la tortura. Era una risa auténtica, contagiosa, que parecía venir del fondo de sus pulmones y estallar como un ramo de fuegos artificiales. Su cuerpo se retorció sobre la colchoneta, tirando de las ataduras, pero no para escapar: para abrazar la sensación, para sumergirse en ella.
—¡Violeta! —gritó entre carcajadas—. ¡Jajajajajajajajajajaja!
La colombiana redobló el ataque, alternando los costados, subiendo un momento hacia las costillas, bajando hacia la cadera, pero siempre volviendo a esa zona sensible que hacía reír a Aminata como una niña. Sus dedos eran implacables, pero sus ojos brillaban con una ternura infinita.
Aminata reía y reía. Las lágrimas volvían a brotar, pero ahora eran lágrimas de risa, de esas que limpian por dentro. Su cuerpo se sacudía en espasmos gozosos, y cada carcajada era un ladrillo más en la reconstrucción de su alma.
—¡Para, para! —aulló entre risas—. ¡Jajajajajajajajaja!
Las dos mujeres, una atada a los barrotes y otra a horcajadas sobre ella, rieron juntas en la penumbra de la celda de aislamiento, ajenas al motín, ajenas a los disparos, ajenas a la muerte que yacía al otro lado del pasillo.
Violeta aminoró el ritmo, pero no paró del todo.
—¿Ya? —preguntó Violeta.
Aminata abrió los ojos. La miró largamente, y en esa mirada viajó todo: el agradecimiento, la hermandad, la certeza de que, pase lo que pase, no estaría sola.
—Ya —respondió—. Por ahora.
Violeta sonrió y se dejó caer a su lado, en el poco espacio que quedaba en la colchoneta. Apoyó la cabeza en el hombro de Aminata y suspiró.
—Eres muy sensible —dijo, con un deje de cariño—. Me alegra haberte conocido, Aminata.
—Y yo a ti —respondió la joven, girando la cabeza para besarle la frente—. Y yo a ti.
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La niebla espesa del gas lacrimógeno se arremolinaba en el módulo como un fantasma que no terminaba de irse. Las luces de los vehículos de emergencia, al otro lado de los muros, pintaban el humo de tonos rojos y azules que se movían con las corrientes de aire. Entre esa penumbra irreal, las siluetas de los sanitarios y los policías entraban y salían, cargando camillas, apartando reclusas, levantando cuerpos.
Kiara vio cómo se llevaban a La Gitana. La líder yacía inmóvil sobre la camilla, su rostro pálido como la cera, una manta blanca cubriéndole el cuerpo hasta el cuello. A su lado, una enfermera corría con una bolsa de suero elevada sobre la cabeza, y un policía abría paso entre la multitud a gritos. La camilla desapareció por la puerta del módulo, engullida por el caos exterior.
Detrás, dos camillas más. En una, Carlota, con un collarín inmovilizándole el cuello y una venda ensangrentada en la sien. Su rostro, normalmente vivaz, estaba gris, apagado. Alba iba en la otra, sentada, con una gasa presionando la frente y cubriendo uno de sus ojos, respirando hondo para no marearse. Una enfermera la sujetaba por el hombro, hablándole al oído con voz calmada pero urgente.
—¡Alba! —gritó Elisa, intentando soltarse de Kiara para correr tras ella.
—No puedes —susurró Kiara, apretándola contra su pecho—. Ahora no. Déjalos trabajar.
Elisa forcejeó un instante, pero sus fuerzas la abandonaron. Se desplomó sobre el hombro de Kiara, los brazos colgando a los costados, la respiración entrecortada por el gas y las lágrimas.
Los funcionarios heridos también fueron evacuados. Dos camillas más, con cuerpos que no se movían, con mantas que cubrían rostros que quizá nunca volverían a ver la luz. Silencio a su alrededor. Nadie hablaba. Nadie sabía qué decir.
El gas comenzaba a disiparse, pero sus efectos aún se notaban: ojos llorosos, gargantas irritadas, toses secas que se perdían en el rumor general. Los policías habían formado un cordón alrededor del módulo, y las reclusas que no estaban heridas eran conducidas en grupos hacia sus celdas. El motín había terminado. La batalla, también. Solo quedaba el humo, las sirenas y el silencio roto de vez en cuando por algún gemido o alguna orden.
Kiara y Elisa se quedaron solas en un rincón del pasillo, alejadas del trasiego de los sanitarios. Nadie reparó en ellas. Por un momento, fueron invisibles.
Kiara sintió el cuerpo de Elisa contra el suyo, tembloroso, frío. Sus brazos la rodearon con fuerza, como si temiera que fuera a desaparecer también, como La Gitana, como Carlota, como Alba. Habían pasado tantas cosas desde que se separaron en aquel autobús, desde aquella despedida a la fuerza, desde los traslados y la inundación y los días de incertidumbre. Ahora por fin estaban juntas, y el mundo se estaba derrumbando a su alrededor.
—¿Qué va a ser de nosotras ahora? —preguntó Kiara. Su voz sonaba pequeña, frágil, tan distinta a la chica dicharachera que solía ser.
Elisa separó ligeramente el rostro de su hombro para mirarla. Tenía los ojos enrojecidos, las mejillas sucias de hollín y sangre seca que no era la suya. Pero en el fondo de sus pupilas, aún brillaba algo. Algo que se negaba a apagarse.
—Lo superaremos —respondió Elisa.
No era una promesa. Era una afirmación, dicha con la misma seguridad con que se dice que el sol saldrá mañana, aunque hoy no pueda verse entre las nubes.
Kiara la miró un instante, buscando en su rostro alguna señal de duda, de miedo, de fragilidad. No la encontró. O quizá sí, pero Elisa la mantenía a raya, escondida detrás de esa coraza que había construido en todos aquellos años de prisión.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Kiara, con un hilo de voz.
Elisa no respondió de inmediato. Miró a su alrededor: el módulo destrozado, las sillas rotas, los colchones humeantes, los cristales esparcidos por el suelo. Miró a los policías que aún recogían pruebas, a los sanitarios que cargaban la última camilla, a las reclusas que caminaban cabizbajas hacia sus celdas. Miró todo aquello, y luego volvió a mirar a Kiara.
—Porque siempre lo hemos hecho —dijo al fin—. Desde el primer día. Siempre ha sido una mierda, y siempre lo hemos superado. Esto no es diferente.
Kiara quiso creerle. Necesitaba hacerlo.
—La Gitana... —empezó, pero la voz se le quebró.
—La Gitana es más fuerte que todo esto —la interrumpió Elisa, con firmeza—. Ha sobrevivido a cosas peores. Y Carlota y Alba también. Solo tenemos que esperar.
Esperar. Esa palabra otra vez. La misma que habían pronunciado tantas veces en tantos contextos. Esperar a que pasara la tormenta. Esperar a que los funcionarios dejaran de mirar. Esperar a que el traslado no fuera definitivo. Esperar a que la condena terminara. Esperar.
Kiara asintió, apoyando la frente contra la de Elisa. Sus narices se rozaron, y por un instante, el mundo exterior dejó de existir. Solo estaban ellas, dos reclusas abrazadas en un pasillo lleno de humo, sujetándose la una a la otra como quien se agarra a un clavo ardiendo.
—Te he echado de menos —susurró Kiara.
—Yo también —respondió Elisa.
Y se quedaron así, abrazadas, mientras el módulo se vaciaba lentamente y los primeros rayos de un sol pálido comenzaban a filtrarse por las ventanas empañadas. La noche había sido larga. El día que empezaba no prometía ser mejor.
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